Fidel Oltra © 2024 /
Recuerdo cuando, en mi más tierna juventud, empezaron a emitir en TVE la mítica serie «Fama». La directora de la academia les decía a sus alumnas y alumnos que “la fama cuesta, y aquí es donde vais a empezar a pagar”, o algo así. La cuestión es que el grupo de aspirantes a alcanzar la fama estaban dispuestos a pagar lo que fuera, como lo está tanta y tanta gente hoy en día, en una época en que la fama está más en venta que nunca, y además ya no cuesta tanto. Pero ese es otro tema del que no toca hablar hoy, quizás en otra ocasión.
Hoy toca hablar de un personaje, una persona, que sin estar dispuesta a pagar el precio que se le pedía consiguió igualmente hacerse con un nombre en la historia de la música. Aunque muchas veces se le etiqueta como un artista “de culto”, una reputación que él mismo se ha labrado sobre todo en las últimas décadas, no hay que olvidar que sus canciones, durante unos años, sonaron en radio, en televisión y en el corazón encogido de mucha gente aficionada a la música pop pegadiza y a la vez inteligente y sensible. Hablo de Paddy McAloon, aunque le conoceréis más por el grupo en el que él era prácticamente el único miembro fijo: Prefab Sprout. Y si tampoco habíais oído hablar de su grupo, entonces os envidio porque estáis a tiempo de adentraros en una aventura vital y musical fascinante.
Patrick Joseph McAloon nació en 1957 en un pequeño pueblo del norte de Inglaterra, Witton Gilbert, ubicado en el condado de Durham. Allí su padre regentaba un taller-gasolinera donde el joven Paddy y su hermano Martin echaban una mano de cuando en cuando. De todos modos el destino de Paddy McAloon parecía estar en el sacerdocio, ya que pasó parte de su juventud en un seminario para curas católicos (su familia era de origen irlandés). Aunque aquella estancia le imbuyó de una cierta espiritualidad que nunca le abandonó, lo cierto es que sus fantasías de formar un grupo musical pudieron más. De nuevo junto a su hermano Martin, en 1977 formaron The Dick Diver Band. Un nombre que apenas unos meses después cambiarían por el de Prefab Sprout. Ya con su nueva denominación, sobre la que circulan diversas teorías cada una más enrevesada, empezaron a dar sus primeros conciertos con Michael Salmon a la batería. Todavía habrían de pasar un par de años para que aquel trío de jóvenes grabara sus primeros temas, pero el joven Paddy ya tenía guardadas un buen puñado de composiciones. La creación musical, su actividad favorita, ocupaba buena parte de su tiempo desde los 15/16 años.
Su primer sencillo, editado por ellos mismos en su sello Candle Records, se titulaba Lions in my own garden (exit someone). Un raro título que tiene una explicación: si nos fijamos en las iniciales de cada palabra vemos que forman el nombre de una ciudad francesa, Limoges. ¿Casualidad? No, desde luego. La entonces novia de Paddy estaba viviendo allí en esa época. El sencillo se creó y lanzó de forma casera, apenas se editaron mil copias y la propia pareja se encargaba de distribuirlo prácticamente puerta por puerta. Casi al mismo tiempo se producían dos hechos importantes para el futuro de la banda. Por una parte, una de las pocas seguidoras del grupo, Wendy Smith, se incorporaba a Prefab Sprout como corista o segunda vocalista. Por otro lado en Newcastle, a unos 30 kilómetros de donde vivían los McAloon, otro joven entusiasta de la música llamado Keith Armstrong creaba el sello Kitchenware Records en el sótano de una tienda de discos. Armstrong, junto a otros socios, había llevado hasta unas semanas antes el club The Soul Kitchen, por donde pasaron grupos como Orange Juice o Josef K., pero ahora trabajaba en HMV vendiendo discos. Allí llegó uno de los hermanos a intentar que la tienda promocionara su sencillo. Armstrong quedó sorprendido por la calidad de la canción, así que les propuso fichar por su recién creado sello. El propio Keith Armstrong acabaría convirtiéndose en el mánager del grupo.

Llegamos así a 1983, año de cambios para Prefab Sprout. Tras fichar por Kitchenware, el batería Michael Salmon abandona el grupo justo cuando estaban a punto de grabar su primer disco. Los McAloon reclutaron al batería de sesión Graham Lant, quien por entonces tocaba en otra banda emergente de la comarca, The Kane Gang, para entrar en un estudio de Edimburgo a grabar su primer álbum, Swoon. De la producción se encargó el propio grupo con la ayuda de Dave Brewis, quien también era miembro de The Kane Gang.
Curiosamente, para el que iba a ser su primer álbum Paddy McAloon no echó mano de las que él creía que eran sus mejores canciones. Haciendo gala de una particular visión de la vida y sus circunstancias, una visión que siempre ha mantenido, pensó que si el primer disco era un fracaso habría gastado sus mejores balas. Así pues, en lugar de grabar las canciones más inmediatas, curtidas ya en un buen número de actuaciones en vivo, Paddy decidió incluir en Swoon otros temas más recientes, menos trabajados y accesibles. El resultado es un disco que muestra algunas de las cartas que McAloon guardaba en la manga, pero no todas.
En sus canciones encontramos rasgos de ese sonido sofisticado que caracterizará posteriores trabajos, pero a medio hacer, todavía huidizo. Las melodías aparecen y desaparecen, hay cambios de ritmo inesperados, una mezcla de estilos (de la Bossa Nova al Gospel, pasando por el Pop) que no resulta del todo coherente pero sí llamativa, y una idea musical en la que tanta importancia tenían los clásicos populares (Bacharach, los Beatles) como la música más vanguardista (Sondheim, Stravinski) o sofisticada (Bowie, Steely Dan). Otro aspecto interesante de Swoon son las letras de las canciones, que avanzan ya la tendencia de Paddy McAloon a introducir referencias espirituales y multitud de nombres propios, sean inventados, reales, anónimos o famosos. En las letras de aquellas primeras canciones publicadas por Prefab Sprout aparecen por ejemplo el mítico ajedrecista Bobby Fischer o Juana de Arco. Y Dios, por supuesto. A pesar de ese carácter un tanto caótico de este primer disco, en temas como las dos partes de Green Isaac o Elegance se puede vislumbrar la personalidad de los Prefab Sprout posteriores, más reconocibles y también más exitosos.

Un éxito que no tardaría en llegar. Poco después de lanzar Swoon, y con la incorporación del batería Neil Conti (que, en paralelo, en la segunda mitad de los 80 se convertiría en un reputado músico de sesión), el grupo entró a grabar su segundo álbum. Para ello contó con un productor de lujo, Thomas Dolby, que estaba en la cresta de la ola con su trabajo como solista y sencillos como Hyperactive. Parece ser que Dolby, que había escuchado el primer disco de Prefab Sprout, elogió a la banda durante una entrevista. Paddy lo escuchó y se puso en contacto con él, ofreciéndole la producción de su nuevo disco. Ambos se reunieron y Paddy McAloon le mostró a Dolby casi sesenta canciones, muchas de ellas anteriores a su disco de debut. El productor escogió las que le parecieron más interesantes y ambos se pusieron manos a la obra.
El resultado de aquel trabajo conjunto es Steve McQueen, publicado de nuevo con Kitchenware en junio de 1985 y la primera obra maestra de Prefab Sprout. La aportación de Dolby en cuanto a arreglos, y el mayor protagonismo de la voz de Wendy Smith, convierten Steve McQueen (renombrado como Two Wheels Good en los Estados Unidos para evitar problemas con los herederos del famoso actor) en toda una joya del pop sofisticado, elegante, delicado y melancólico. Dolby tuvo buen ojo para escoger las canciones, pero McAloon, como hemos mencionado con anterioridad, había sabido guardarse sus mejores temas para esta ocasión.
Aquí tenemos la famosa canción When love breaks down, no por más escuchada menos espléndida, pero toda la primera cara está repleta de joyas similares: Faron Young, Bonny, Appetite, Goodbye Lucille #1… Y cuando parece que la cara B baja algo el nivel en comparación, llega una maravilla como Desire as. Años después se publicaría una edición ampliada que incluía un segundo CD con las versiones acústicas de las canciones. Sin menospreciar la producción de Dolby, no tan pasada de moda como otras similares de aquella época, lo cierto es que al escuchar las canciones desnudas, en su mínima expresión, uno entiende que McAloon esté considerado como uno de los grandes compositores pop de la historia. Comercialmente el disco no funcionó tan bien, pero con el tiempo se ha ido revalorizando hasta estar considerado como uno de los grandes álbumes de los 80 y de toda la historia del pop. Y no quiero olvidarme del nuevo desfile de personajes, reales o inventados, siempre tan importante en las canciones de McAloon: Faron Young, Bonnie, Robin Hood, Lucille y Johnny, Hayley Mills o George Gershwin. Sin olvidar a Steve McQueen, que le da nombre al disco, y a Marvin Gaye, que no aparece mencionado pero que con su reciente y trágico final inspiró la canción When the angels.

La hiperactividad creativa, o la gran cantidad de canciones que todavía tenía en el cajón, llevó a Paddy McAloon a, de nuevo, volver a entrar en el estudio apenas publicado Steve McQueen. En apenas unas semanas ya tenía a punto su siguiente disco, Protest Songs. Sin embargo, el carácter más crudo del disco, la falta de sencillos claros junto a la vuelta a la aridez y la experimentación de Swoon, no acababan a convencer a la compañía CBS (que publicaba ahora sus discos junto a Kitchenware). El hecho de que, en plenas conversaciones sobre cuándo y cómo publicar Protest Songs, el sencillo When love breaks down estuviese triunfando en medio mundo, acabó de decantar la balanza.
Con idea de estirar el éxito de su anterior disco, Protest Songs se quedó en un cajón esperando mejores tiempos, aunque algunas copias se extraviaron en el proceso y acabó circulando sin problemas como copia “pirata” entre los fans del grupo. Pasado ya un tiempo se volvió a retomar la idea de lanzarlo oficialmente, pero de nuevo hubo dudas y Prefab Sprout se pusieron a trabajar en otro disco. Protest Songs, finalmente, vería la luz en 1989. Su título es algo engañoso, puesto que la mayoría de las canciones no tienen nada que ver con la protesta. Sí que es cierto que, por una vez (a Paddy McAloon le disgustaban las canciones “reivindicativas”) aparecen algunas cuestiones sociales en sus letras, pero no es el principal tema del álbum. En lo musical, es lógico que la primera impresión sea la de un paso atrás, pero en todo caso se trata de un paso pensado y planificado. Estas canciones de Prefab Sprout tienen más que ver con las de su debut que con los efusivos manifiestos pop de Steve McQueen: son irregulares, escurridizas, poco comerciales, aunque temas como Horsechimes, Life of surprises, el sorprendente escarceo con el Music-Hall que es Tiffanys o la aparente deconstrucción de sus éxitos que supone ‘Til the cows come home, sean composiciones más que apreciables y dignas muestras de la variedad de registros que dominaba su autor.

Pero antes de que Protest Songs saliera a la superficie todavía hubo otro bombazo. Ese disco largamente esperado que Prefab Sprout venían anunciando desde 1986 apareció, finalmente, en 1988. Su (de nuevo) imaginativo título fue From Langley Park to Memphis (irónica referencia a una hipotética conexión entre un pequeño pueblo de su condado y el gran centro musical norteamericano) y salió publicado de forma conjunta por Kitchenware y CBS. Tres años son mucho tiempo para el pop, y había cierto riesgo de que el público se hubiese olvidado de Prefab Sprout, pero todos los miedos quedaron sepultados bajo el aluvión de alabanzas y éxitos que obtuvieron las dos canciones que abrían el disco: The King of Rock ‘n Roll y Cars and girls, posiblemente los dos temas más conocidos del grupo.
Paddy McAloon volvía a demostrar que podía hacer las canciones más introspectivas, experimentales y lánguidas, pero que también era capaz de facturar éxitos inmediatos, canciones generacionales que marcaran a toda una época. De nuevo con la producción de Thomas Dolby, quien, por otras obligaciones contractuales, solo pudo ocuparse en esta ocasión de unas cuantas canciones, regresan aquí los Prefab Sprout más efusivos y comerciales, aunque para nada exentos de calidad.
Con un sonido perfecto, quizás demasiado elaborado para nuestra visión actual y también para algunos críticos de la época que lo consideraban sobreproducido, fue su disco de más éxito gracias en parte a los dos primeros sencillos, las ya mencionadas Cars and girls y The King of Rock ‘n Roll. Además el disco contaba con colaboradores de lujo como Pete Townshend de The Who, que toca la guitarra acústica en Hey Manhattan!, o Stevie Wonder, cuya armónica suena en Nightingales. Hey Manhattan! es una deliciosa oda a lo americano, con su letra ilusionante ante el desembarco en la tierra de las oportunidades, pero también con una producción que evoca las series de TV de los 70 y el pop suave para las FM que se facturaba en los Estados Unidos en aquella época. Hay otras influencias de sonidos norteamericanos, en este caso el Soul o el Gospel, en temas como I remember that, The Venus of the soup kitchen o Knock on wood. En general, una vez lanzados los dos ganchos iniciales, el disco se adentra en un sonido menos inmediato, directo y comercial, pero más sofisticado, envolvente y seductor, bastante en la línea del White Soul o el Soul Pop que facturaban por entonces gente como Sade o Simply Red. Otro maravilloso hito en la carrera de una banda que parecía no tener límites.

Tras publicar Protest Songs en 1989, sin apenas promoción, pero beneficiándose de la ola a la que se habían subido con su anterior disco, Prefab Sprout volverían al estudio para grabar su siguiente álbum, Jordan: The Comeback. De nuevo un título anclado en personajes de la cultura popular que nos preparaba para un nuevo desfile de nombres propios, desde Elvis Presley a Jesse James (jugando con la figura del famoso bandolero, pero también con la del hermano fallecido de Elvis, tal como haría Scott Walker años después en una de sus canciones más desgarradoras), de Atlantis a Ibiza, del Río Jordán a Harlem, de Lucifer al Rey David, pasando por el Arcángel San Miguel.
Se trata de un disco ambicioso, que huye de concesiones comerciales para adentrarse en el verdadero universo musical que Paddy McAloon tenía en su cabeza, repleto de referencias atemporales, espiritualidad, reflexión y variedad estilística. El disco fue producido de nuevo por Thomas Dolby, quien esta vez no realizó la habitual operación de quedarse con las mejores 10/11 canciones, decidiendo incluir en el álbum nada menos que 19 temas. La decisión que sacarlo en un único vinilo, teniendo la opción del CD o la del doble vinilo, fue bastante criticada por la pérdida de calidad del sonido. Se trata de un disco que hay que degustar poco a poco, sin prisas, un antídoto contra la velocidad del mundo actual y sus escuchas precipitadas, fragmentadas y aleatorias.
Jordan: The Comeback no es un disco para ponerlo de fondo ni para picar canciones sueltas (es importante, de hecho, escucharlas en orden para atisbar sus ideas principales) sino para zambullirse completamente en él, paladeando hasta el último arreglo, escrutando las letras con pasión y reflexionando de forma conjunta con el autor sobre cuestiones tan fundamentales como la vida, el amor, la religión y la muerte. Se trata de un disco exquisito y de una profunda sensibilidad donde, al contrario que en sus antecesores, no hay ninguna canción que destaque demasiado sobre las demás, estando todas ellas a un altísimo nivel. Navegando entre estilos con la soltura que ya había demostrado desde siempre, con sus particulares cambios de ritmos y texturas, incluso dentro de una misma canción, Paddy McAloon creó aquí su White Album particular, o más bien su Pet Sounds.

Similar aproximación realizó McAloon en su siguiente trabajo, Andromeda Heights. Un disco lastrado por varios factores. En primer lugar, Paddy dejó pasar nada menos que siete años (en los que lanzó algún sencillo y un recopilatorio, eso sí) antes de animarse a publicarlo. Eso es una eternidad en términos de música pop, cuyos tiempos son esclavos de la inmediatez y la frescura de la novedad, una fábrica de éxitos que nunca puede parar y que se muestra siempre dispuesta a devorar a sus hijos en cuanto nacen otros nuevos. En segundo lugar, McAloon no estaba, no lo había estado nunca, demasiado preocupado por la promoción de sus trabajos. Su ilusión estaba en escribir, cuanto más mejor, y al tiempo que su perfeccionismo iba en aumento también se incrementaba su deseo de alejarse de todo lo que significaba estar en primera línea.
En el magnífico libro de Carlos Pérez Ziriza titulado Prefab Sprout. La Vida es un Milagro (Efe Eme, 2021), imprescindible para los seguidores de Prefab Sprout y para quienes tengan curiosidad por adentrarse sin prejuicios en su obra, McAloon afirma que si dedicaba mucho tiempo a la promoción y a tocar en directo no podía dedicarlo a componer, ocupación que era con mucho la que más le interesaba. De hecho, en una de las conversaciones que mantiene con Carlos, se manifiesta compungido ante la convicción de que, en el tiempo que le quede, nunca podrá grabar todas las canciones que tiene compuestas. Andromeda Heights es otro disco típico de esta etapa de Prefab Sprout, sin excesivo gancho comercial pero repleto de una mesurada elegancia que ya era marca de la casa a estas alturas.
El disco se abre con dos magníficas canciones: Electric guitars y A prisoner of the past, dos absolutas maravillas –más introspectiva la primera y más impetuosa la segunda–, con unos arreglos que envidiaría el propio Phil Spector. En mi opinión, ambas (sobre todo la segunda) están entre las mejores canciones que jamás grabó el grupo. El resto tampoco están nada mal, destacando quizás The mystery of love, The Fifth Horseman o Weightless, por mencionar algunas. La presencia del saxo y el inteligente uso de los teclados crean una atmósfera plácida, romántica, propia de un tiempo exento de preocupaciones y maldad. Otro fenomenal disco tal vez algo oculto dentro de una trayectoria fantástica y que, de nuevo, vale la pena escuchar con atención completa.

Entrado el siglo XXI, Paddy McAloon empieza a sufrir algunos problemas de visión que le dificultan seguir la típica vida de un artista, entre promociones y directos, algo que por otra parte nunca le había atraído demasiado. Tras publicar un nuevo recopilatorio, 38 Carat Collection (1999), y una gira bastante exitosa pero problemática por las circunstancias antes comentadas, se embarca en un nuevo proyecto. Uno que, alguna vez tenía que suceder, supone el primer paso en falso de Prefab Sprout / Paddy McAloon en toda su carrera. Con Wendy Smith ausente por maternidad, y de nuevo sin batería, los hermanos McAloon fichan a su productor soñado, Tony Visconti, para que se encargue de su nuevo álbum, The Gunman and Other Stories.
Con Visconti llegan músicos míticos como Carlos Alomar o Eric Weissberg, el del famoso “duelo de banjos” en la película Deliverance. En este caso, sin embargo, es la materia prima lo que falla en comparación con discos anteriores. Paddy McAloon decide recuperar para este álbum, una especie de disco conceptual sobre el Lejano Oeste y la música Country, diversas canciones que, a lo largo de su carrera, había cedido o compuesto para otros artistas como Kenny Rogers, Jimmy Nail o Cher. Hay ahí una pequeña contradicción entre proponerse crear un disco conceptual, con un sonido homogéneo, y hacerlo con canciones compuestas en etapas diversas y con artistas diferentes en mente. La producción de Visconti es bienintencionada, entendiendo a la perfección lo que McAloon buscaba para el disco, pero contrasta demasiado con la sutilidad de sus dos últimos trabajos y tampoco llega al éxtasis sonoro de sus sencillos más exitosos. Una tierra de nadie en la que, eso sí, suenan banjos, mandolinas, steel guitars, historias de cowboys y baladas tradicionales, todo ello con cierto aroma a carreteras polvorientas. The Gunman and Other Stories, que sería un disco bastante bueno en el currículo de muchos otros grupos o artistas, queda aquí como una nota al margen algo emborronada en el de Prefab Sprout.

A partir de 2003, Prefab Sprout se convirtió, si no lo era ya, en simplemente un nombre artístico para Paddy McAloon. Ese mismo año publica, con su nombre, el álbum I Trawl the Megahertz, que 15 años después sería reeditado y lanzado como otro disco de Prefab Sprout. Se trata de un trabajo casi completamente instrumental que gira alrededor del mundo de la radio, prácticamente el único entretenimiento entonces para un Paddy McAloon con una visión muy deteriorada. Es por eso que el disco suena a sintonías de programas nocturnos, neoclasicismo crepuscular, nocturnidad y soledad.
Un raro artefacto en una banda de pop, motivo por el que Paddy quiso sacarlo inicialmente con su nombre, aunque mucho después reapareciera con el de la banda. A sus problemas de visión se unieron otros auditivos en 2006. Si hasta entonces McAloon había vivido encerrado en un mundo propio, en estas difíciles circunstancias su reclusión se hizo casi definitiva. El resto de trabajos publicados en las dos últimas décadas, Let’s Change the World with Music (Sony, 2009) o Crimson/Red (Universal, 2013), son principalmente discos en los que rescata algunas de esos muchos centenares de canciones que, según asegura, tiene escritas.
Algunas pertenecen a la época mágica de Prefab Sprout, otras son posteriores y algunas se escribieron para la ocasión. Let’s Change the World with Music es una declaración de amor a la música, y a la vez un agradecimiento por todo lo que le ha dado durante tantos años, con títulos tan explícitos como I love music, Music is a princess, Meet the new Mozart, Let there be music o Last of the great romantics. Para nada es un disco menor ni de descartes, todo lo contrario, se trata de un gran álbum que vale la pena recuperar. Son canciones escritas, en su mayoría, en la etapa dorada y más fructífera de su autor, así que quien se adentre en ellas no se decepcionará. Crimson/Red es, con toda probabilidad, un disco menor en comparación, pero escarbando entre sus canciones también puede encontrarse alguna pequeña joya.

Desde hace diez años hay rumores sobre un nuevo disco de Prefab Sprout. De hecho los rumores han sido confirmados por el propio Paddy McAloon, quien afirma tener más o menos preparado un disco titulado Femmes Mythologiques, del que llegó a avanzar parte de una canción que se titulaba Cleopatra. Aquello fue en 2019, poco después llego la pandemia y el proyecto quedó paralizado. Desde entonces no hemos tenido más noticias. Las redes sociales de Prefab Sprout están ocupadas principalmente por Martin McAloon, quien sigue en activo. Respecto a Paddy, vive tranquilamente con su familia en el mismo condado de Durham donde nació y creció. Si sus problemas de salud le dejan, es posible que en algún momento salte la sorpresa y aparezca ese prometido nuevo material de Prefab Sprout. Con Paddy McAloon sería igual de posible que saliera mañana mismo como que no lo hiciera nunca, o que se olvidara del proyecto y se embarcara en otro distinto. Esperamos, en cualquier caso, volver a escuchar su voz lo antes posible.









Deja un comentario