Fidel Oltra © 2024 /
Mucho se habla de los años 60 como el periodo donde la música popular sufrió la gran transformación. Un cambio de paradigma, impulsado desde ambos lados del Atlántico principalmente por los Beatles y Bob Dylan, que la convirtió no solo en aceptada como una faceta más de la cultura sino incluso en arte propiamente dicho. Solo hay que detenerse unos minutos a analizar la sorprendente y colosal evolución que tuvo lugar desde las canciones que copaban las listas de éxitos en 1961 o 1962 hasta la excitante fusión y profusión de estilos que campaban a sus anchas al final de la década. Vale la pena detenerse unos segundos a pensar en ello: entre 1962 y 1969 apenas habían pasado siete años, pero en términos de evolución artística es como si hubieran sido setenta.
Estoy muy de acuerdo en que esos años fueron cruciales para la explosión de la música popular, para la creación de géneros como el Soul y la radical transformación de otros como el Folk o el Rock and Roll. Sin embargo, creo que ha habido otros periodos casi igual de importantes sobre los que alumbran menos focos. Uno de ellos, aunque cabe la posibilidad de que mi percepción esté contaminada porque aquellos fueron mis años de iniciación en la música como parte importante de mi vida, fue el que va de 1977 a 1983. Estos años no solo vieron nacer el Punk, sino que también popularizaron la música electrónica como algo accesible a todos y ramificaron el Rock, una vez más, hacia múltiples y novedosas direcciones.
Pocas veces en mi vida he visto a grupos y artistas tan inclasificables y excéntricos llegar al gran público. Nina Hagen, Adam and the Ants, The Police, Bob Marley, Peter Gabriel, los Sex Pistols o Kraftwerk serían algunos de los nombres, así sin pensarlo demasiado, que me vienen a la cabeza. Pero hubo muchos más, un buen puñado de grupos excitantes y misteriosos que llegaban no solo desde Inglaterra o Estados Unidos, sino también de Alemania, Australia, Nueva Zelanda o los países nórdicos. Y uno de los más enigmáticos, para mi todavía inflamable imaginación en tiempos donde no había Internet y todo era susceptible de ser fantaseado, era Fischer-Z.
Para empezar, los orígenes de su cantante y líder, John Watts, resultan bastante sorprendentes en el mundo del Pop Rock. Allí donde tantos y tantas artistas venían de escuelas de arte, la incursión de Watts en la música llegó desde la Facultad de Psicología. Efectivamente, John Watts – que también tenía formación musical – había estudiado psicología clínica y trabajaba en un psiquiátrico cuando fundó Fischer-Z junto a Stephen Skolnik, allá por 1977. Era el año del Punk. Dicen las crónicas, reales o inventadas, que tras ver a los Sex Pistols miles de británicos pensaron en formar su propia banda. No creo que fuera su caso, porque Watts y Skolnik ya se conocían desde unos años antes, y de hecho ya tenían experiencia intentando labrarse un camino en la música. Hacia mediados de los 70 crearon The Onknow Band, que luego cambió su nombre a Sheep y finalmente a Fischer-Z. Además habían probado fortuna en Amsterdam y también en los Estados Unidos, sin ningún éxito. Quizás la popularidad de los Sex Pistols no fue lo que les hizo formar el grupo, pero es bastante seguro que les animó a volver a una Inglaterra que había cambiado muchísimo en apenas un par de años.

Como ocurrió con tantos otros grupos, algunos anuncios en revistas del sector ayudaron a conformar la primera alineación del grupo. El 20 de agosto de 1977 se presentaron en vivo con el batería Steve Liddle y el bajista David Graham acompañando a John Watts (voz, guitarra) y Steve Skolnik (teclados). Pronto se vio que su propuesta era más elaborada que la de grupos coetáneos que abrazaban la corriente del Punk, que por otro lado tampoco duró tanto antes de mutar en otros estilos igual de atrevidos pero también más trabajados. Su caso fue parecido al de The Police, otro gran grupo que nació con el Punk y que con apenas un disco ya habían creado un sonido propio. Fischer-Z, sobre todo John Watts, eran menos irascibles y nihilistas que sus compañeros de generación.
Watts era un tipo ilustrado, inquieto culturalmente, y su experiencia trabajando con enfermos mentales seguramente le llevó a forjarse una personalidad diferente, indescifrable. O al menos eso nos parecía a nosotros, los chavales que a finales de los 70 íbamos de sorpresa en sorpresa, con la boca abierta frente a los programas musicales que ofrecía la única cadena de televisión que existía en aquel momento y frente a los primeros vídeos que llegaban a las pantallas.
Fischer-Z firmaron con United Artists en 1978, con menos de un año de vida, y publicaron un primer sencillo titulado Wax dolls, con un sonido muy nuevaolero en el que destacaba un pegadizo riff de teclado. Poco después lanzaron el segundo, Remember Russia, con el que consiguieron llamar la atención del famoso locutor John Peel. Un tema que ya muestra a las claras algunas de las características de la banda que luego se harían inconfundibles: el ritmo reggae tan en boga en estos últimos años de la década, el semifalsete, las referencias políticas y sociales en las letras, las guitarras entrecortadas y el infalible teclado de Skolnik. En ese sentido su estilo se encontraba a medio camino entre The Police y Talking Heads, banda esta última con las que se les solía comparar aunque a mí, personalmente, me recordaban más a The Police, con la salvedad de que estos últimos, en aquellos años, no llevaban teclados (aunque en algunas canciones de su álbum de debut, Outlandos D’Amour, sonara un piano).
En 1979 lanzaron su tercer sencillo, The worker, que fue el que les dio a conocer en nuestro país. Una canción en la que enfatizaban todavía más sus señas de identidad ya mencionadas, acertando además en este caso en lo que se refiere al impacto comercial. Para entonces ya se habían ganado el favor de John Peel, algo que les ayudó enormemente a promocionarse y a lanzar su primer álbum, también en 1979: World Salad. El disco se abría con una canción fenomenal, First impressions (Pretty Paracetamol), que lanzaron como siguiente sencillo. World Salad incluía también el resto de sencillos previos, además de otros interesantes temas como Billy and the motorway police o la acelerada Spiders.
Gozando de la atención de John Peel era casi obligatorio que aparecieran en el famoso programa Top of the Pops. Sin embargo, allí donde otros grupos encontraban el camino hacia el estrellato, Fischer-Z casi se estrellan. La actuación fue un desastre y las ventas cayeron rápidamente. Es aventurado decirlo, pero quizás aquella malograda aparición en televisión frente a los millones de espectadores de Top of the Pops impidió que alcanzaran un éxito más masivo y los empujó a ser considerados eso que denominamos muchas veces “grupo de culto”. Curiosamente, o quizás por eso mismo (a nosotros no nos llegaba el mítico programa de la BBC, que solo pudo verse en otros países a partir de los 90), Fischer-Z acabarían teniendo más éxito en otros países europeos que en su Inglaterra natal.

En 1980 publicaron un nuevo sencillo, So long, que a la postre se convertiría en su canción más conocida y que aún hoy suena con frecuencia en las emisoras “oldies”. Como comentaba anteriormente, a estas alturas el éxito de Fischer-Z era mayor fuera de su país, así que So long no pasó del número 72 en las listas británica mientras escalaba posiciones en otros países. El vídeo, que pudimos ver en nuestros Minutos Musicales y un año después seguía triunfando en la MTV, les hizo ser conocidos en medio mundo.
So long era uno de los temas que formaban su segundo disco, Going Deaf For A Living (1980). Un álbum que se abría con una canción enigmática, aunque casi todas las del grupo lo eran, titulada Room service. Fischer-Z se habían labrado una personalidad atrayente y misteriosa, con un sonido muy reconocible y pegadizo, en apenas un par de años. El disco, al igual que su álbum de debut, estuvo producido por Mike Howlett, que había sido miembro del grupo de rock progresivo Gong, pero también había estado brevemente en otra banda en la que coincidió con Sting, Stewart Copeland y Andy Summers. Exacto, el trío que poco después dejarían solo a Howlett para formar The Police, banda con la que no paramos de encontrar conexiones que nos llevan a Fischer-Z. Howlett acabaría siendo uno de los productores más codiciados en los 80, trabajando sobre todo con grupos entre los que encontramos a China Crisis, The Alarm, OMD o A Flock of Seagulls.
Poco después de sacar el álbum, Steve Skolnik abandonó el grupo. El mayor protagonismo de las guitarras (y del propio Watts) en Going Deaf For A Living frente a los teclados, que aquí habían pasado a un segundo plano, provocó rencillas entre los dos miembros fundadores del grupo. Tras la salida de Skolnik, Fischer-Z siguió adelante como trío, encargándose el propio Watts de los teclados, al menos en el estudio. Con esa formación reducida grabaron su siguiente álbum, Red Skies Over Paradise (1981). Este tercer álbum fue el que consolidó su éxito comercial, con dos sencillos excepcionales y muy diferentes entre sí: Berlin y Marliese. El primero es un tema que recuerda bastante al London calling de The Clash, se encuadra en esa fascinación por la vieja y dividida Europa que mostraban muchas de la canciones de aquellos años entre finales de los 70 y primeros 80. Por su parte, Marliese tenía una temática completamente diferente, una letra que hoy sería polémica y políticamente incorrecta sobre el acoso de un seguidor un tanto desequilibrado (o de una expareja, no queda claro) a una actriz.

Red Skies Over Paradise, de llamativa portada roja con tintes apocalípticos, incluye múltiples referencias políticas, sobre todo a la Guerra Fría, que entonces estaba en uno de sus momentos más complicados. La amenaza de una guerra nuclear sobrevolando nuestras cabezas inspiró a muchos grupos y artistas que, en aquellos años, vertieron en sus canciones miedo y desesperanza a la vez que vertiginosa y morbosa atracción hacia el vacío que parecía ofrecer el futuro. El tema que le da título al álbum ofrecía, con esa combinación de oscuridad, misterio y ritmos pegadizos en la que Fischer-Z eran maestros, una historia inquietante sobre un posible bombardeo sobre Inglaterra. Cruise missiles es otra de las canciones donde esa temática resulta más evidente. Otras canciones como Multinationals bite o In England insisten en la visión política y social de Watts, algunas veces críptica pero aquí representada bastante a las claras.
John Watts se vino arriba tras el éxito de So long y Red Skies Over Paradise en la Europa continental, animándose a intentar una carrera en solitario. Quizás la salida de Skolnik le hizo ver que, desde ese momento, Fischer-Z y John Watts eran prácticamente la misma cosa, así que no tenía más importancia seguir con el nombre del grupo o con el suyo propio. Fue un pequeño fallo de cálculo que subsanó seis años después. En este intervalo de tiempo Watts publicó un par de discos con su nombre y se convirtió en una de las caras visibles –aunque menos que otras– de un movimiento político, social y cultural que trató de plantar cara a los excesos del thatcherismo.
Watts puso su grano de arena participando en varios festivales como el famoso No Nukes, en eventos contra la política británica de la época y con la canción Dark crowds of Englishmen. Pronto se dio cuenta de que le iba mejor como grupo, y tras intentar formar uno llamado The Cry decidió recuperar el nombre de Fischer-Z para discos como Reveal (1987), Fish’s Head (1989) o Destination Paradise (1992).
Watts era el único miembro original de Fischer-Z que seguía en el grupo, aunque Skolnik participó tocando el teclado en alguna de las canciones de esa etapa. Destination Paradise quizás sea el disco más interesante de los tres, aunque en ningún caso se consiguió igualar la altura artística de los álbumes publicados por la formación clásica del grupo. Un grupo que ahora era simplemente el vehículo de la ambición artística y la implicación política de Watts. En los discos mencionados, y en otros que siguieron como Kamikaze Shirt (1993) y Stream (1995), es tan fácil encontrar los rastros de la personalidad de Watts, de sus convicciones y obsesiones, como difícil localizar algo del riesgo y la innovación de sus inicios. No diré que sean discos horribles, pero cuesta verlos publicados con el nombre de Fischer-Z, sobre todo si, como es mi caso, uno es muy fan de sus tres primeros trabajos. A mí, desde luego, el grupo dejó de interesarme cuando se convirtió simplemente en el nombre artístico del que era a todos los efectos un proyecto en solitario de su líder.

No seré yo quien les desanime si desean aventurarse en algunos de los casi veinte discos que publicó Watts tras disolver la formación más gloriosa de Fischer-Z, pero yo no lo hecho ni tengo intención de hacerlo por ahora. Concluyo pues aquí la historia del que fue uno de mis grupos de cabecera en una época en la que no andaba corto de ellos, puesto que casi cada semana escuchaba en la radio una canción, como mínimo, que me inflamaba la imaginación y me provocaba asombro ante el amplio abanico de estilos que se estaban creando o recreando en tiempo real ante mis ojos. Puede que la nostalgia y la añoranza de mi infancia y juventud me jueguen una mala pasada, pero no recuerdo unos años tan excitantes musicalmente como aquellos. Claro que cada generación tiene los suyos, no me cabe duda, pero entenderán que yo, aquí, hable de los míos.
Para finalizar, decirles que si a estas alturas de texto todavía no han sentido la tentación de escuchar esos primeros discos de Fischer-Z, en cuyo caso la culpa sería mía, vayan rápido a hacerlo. Incluso hoy, más de cuatro décadas después, siguen sonando originales y estimulantes.









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