Emma Rodríguez © 2023 /
¿Por qué me llena de alegría volver a Natalia Ginzburg? La pregunta surgió apenas empecé a pasar las páginas de Vida imaginaria, recopilación de ensayos de no ficción de la autora italiana. Le di vueltas y llegué a la conclusión de que tenía mucho que ver con su capacidad innata para emocionar, con la honda comprensión de lo vivido, con esa lucidez y esa natural y sencilla sabiduría que emana de sus narraciones.
Confieso que tenía el listón muy alto cuando me adentré en estos ensayos que nacieron como artículos elaborados por la autora para ser publicados en los periódicos «La Stampa» y «Corriere della Sera» a principios de la década de los 70. Buscaba, en cierto modo, reencontrarme con la voz de Las pequeñas virtudes, y la hallé a trechos, es cierto, aunque pronto fui consciente de que no valía la pena hacer comparaciones, ya que la obra que nos ocupa está marcada por el destino de las piezas, por el carácter de inmediatez, de “cumplir con una obligación”, como la propia escritora señaló.
Todo ello, por supuesto, dota al conjunto, de un cariz menos íntimo, menos apegado a las experiencias vitales, aunque la propia biografía asoma una y otra vez, a pequeñas pinceladas, destellos de la memoria, en composiciones donde se conjugan la observación y la reflexión sobre los terrenos que se pisan (la ciudad, la política…); sobre los libros y las películas que acompañan el camino de la vida. Hay en este recorrido escritos que me han parecido sublimes junto a otros que considero de menor calado; lo que, por otra parte, es lógico en una entrega de estas características, pero lo que valoro especialmente es el desvelamiento de algunas de las claves y obsesiones que nutren todo el trayecto de Ginzburg, así como el descubrimiento de su perfil de lectora que disfruta dialogando y encontrándose en los textos de los otros.
En Vida imaginaria, título tomado del único ensayo inédito que se incluyó en la primera edición de este libro (Mondadori, 1974), que desde entonces no había vuelto a ver la luz y que en Italia el sello Einaudi recuperó recientemente, bajo la supervisión del crítico literario Domenico Scarpa –del que se incluye al final un interesantísimo análisis–, me he podido maravillar nuevamente con la especial sensibilidad de esta mujer que mira al mundo y se mira a sí misma, a sus paisajes interiores. De algunas de sus obras de ficción he escrito en otra página de Lecturas Sumergidas, donde dedicaba especial atención a Las pequeñas virtudes, libro ya mencionado. Muchos de los motivos, de las búsquedas literarias, de los temas de las novelas de Ginzburg, asoman en los artículos. La autora se refiere a ellos, los introduce en sus indagaciones, al tiempo que revela secretos y confiesa con toda naturalidad pormenores de su proceso creativo.
Aquí vemos de qué manera la Ginzburg lectora está muy unida a la escritora, mientras que la mujer, con sus certezas e inseguridades, con sus convicciones y dudas, se retrata a través de sus opiniones sobre hechos concretos, costumbres y realidades, que analiza desde la implicación personal, desde el propio transcurrir. Cuando escribió los artículos que nos ocupan, a comienzos de los 70 del pasado siglo, la autora, que nació en Palermo en 1916 y murió en Roma en 1991, cargaba en su memoria con las vivencias de una época oscura, atravesada por la guerra, con el gran drama del asesinato de su marido, el reconocido intelectual Leone Ginzburg, en una cárcel romana a manos del fascismo. De ello escribe en uno de los conmovedores capítulos que componen Las pequeñas virtudes. No alude a ese momento crucial de su vida en este libro, pero la sombra del horror aparece una y otra vez en las páginas

La manera en la que Ginzburg se enfrenta a lo acaecido y a su presente es a través del claroscuro, desde una posición que se sitúa a medio camino entre lo deplorable y lo esperanzador, con la creación como asidero fundamental para seguir adelante. “No me gusta en absoluto el tiempo en el que me ha tocado vivir. No sé si habría preferido otro porque es imposible saberlo. Lo que sé es que encuentro esta época detestable y la detesto. No la juzgo: la detesto. Sin embargo, alguna vez también he pensado que esta época tiene cosas esenciales y valiosas a las que no renunciaría por nada del mundo. Entre estas cosas: los poemas de Sandro Penna, los libros de Elsa Morante y las películas de Ingmar Bergman”, escribe, a modo de arranque, un texto entusiasta dedicado al director sueco.
Cuando escribió los artículos de «VIDA IMAGINARIA» La Autora cargaba en su memoria con las vivencias de una época oscura, atravesada por la guerra, con el gran drama del asesinato de su marido, el intelectual Leone Ginzburg, en una cárcel romana a manos del fascismo.
Por párrafos así merece la pena adentrarse en este libro en el que la autora nos hace partícipes de sus gustos, de sus entusiasmos, descubriendo a través de las creaciones que ama sus propios fondos, sus devenires, el curso de sus recuerdos. Natalia Ginzburg nos hace ver hasta qué punto marcan la biografía de cada cual las lecturas, las películas, las músicas y obras de arte que amamos; hasta qué punto son capaces de sacar a la luz emociones, impresiones y pulsiones que tal vez no habíamos sido capaces de reconocer.
Esta mujer que tanto nos cautiva encuentra recuerdos, retazos de sí misma, a través de los libros que lee. Y nos lo hace saber. Sus análisis literarios, que ocupan la primera parte de Vida imaginaria, son muy personales y sinceros. Si una obra le apasiona escarba en ella hasta extraer sus perlas más valiosas; si, por el contrario, se siente decepcionada, no tiene reparos en criticarla, aunque haya disfrutado de la amistad de su creador, como le sucede con un libro de poemas de Giorgio Basani titulado Epitafio, cuyas composiciones le parecen demasiado cargadas de “satisfacción”. En todos los casos, se implica, se adentra, regalándonos textos sorprendentes. En ocasiones estos se convierten en pequeñas historias, narraciones, sobre autores cuya biografía y obra recorre; en otras, un libro se convierte en el punto de partida para reflexionar sobre una circunstancia, sobre un tema determinado.
La escritora suele fijarse en autores poco conocidos, casi secretos en ocasiones. Es el caso de Biagio Marin, Antonio Delfini, Goffredo Parise… Pero también reclaman su atención escritores tan reconocidos como Alberto Moravia o Elsa Morante, por los que manifiesta abiertamente su devoción. Como decía, sus peripecias vitales, van asomando, unidas a experiencias de lectura reveladoras, transformadoras. La vemos, por ejemplo, de jovencita, cuando aún iba al instituto, leyendo revistas literarias en la biblioteca de Turín, sintiéndose una poeta fracasada y viendo los ambientes de la edición, de la crítica, de la creación, inalcanzables.
“Tenía la impresión de contemplar el mundo desde una remota provincia. Las palabras de las que disponía me parecían rancias; la ciudad en la que me había tocado vivir, el lugar menos poético del universo…”, voy leyendo en el texto que abre el volumen que nos ocupa, dedicado a Biagio Marin, cuyos versos descubrió en la revista “Pegaso” y a los que regresa, ya de adulta, en 1970, gracias a la publicación de una de las obras del autor, La vida es llama, que la estimula a escribir, a contar, en uno de sus artículos para “La Stampa”.
Las peripecias vitales de Ginzburg asoman, unidas a experiencias de lectura transformadoras. La vemos, por ejemplo, de jovencita, cuando aún iba al instituto, leyendo revistas literarias en la biblioteca de Turín, sintiéndose una poeta fracasada.
“En el curso de la vida pensé mucho en Biagio Marin. Me preguntaba qué sería de él y si seguiría escribiendo. Repetía tan a menudo, para mis adentros, aquel puñado de versos suyos que me sabía, que poco a poco me pareció que formaban parte de mi pensamiento. Me hicieron compañía toda la vida. Permanecieron dentro de mí sin entristecerse ni morir”, escribe Ginzburg, reconociendo que tiempo después, coincidiendo con la publicación de su texto, comprendió que la poesía de Marin era para ella “una fuente inagotable de felicidad”.

Esta pieza explica muy bien la manera que tiene la escritora de acercarse a la lectura, de manera intensa, apasionada, vital. En la misma línea se sitúa su entrega sobre el escritor Antonio Delfini, a quien considera “extraordinario”, aunque poco recordado en el devenir de las letras italianas. Confiesa nuestra protagonista que en vida de este –que murió en 1963, a los cincuenta y dos años– pensaba que era aburrido y frívolo y no leyó sus libros. Fue, a raíz de la edición de una obra póstuma, cuando se sintió fascinada con sus relatos y se imaginó que, si estuviera vivo, le escribiría una carta, la carta de una lectora a cuyas manos había llegado por casualidad un libro suyo que le hizo superar las viejas hostilidades y sentirse de golpe “fulgurada y fascinada”.
A partir de ahí Ginzburg accede a la singular biografía del autor y, enriqueciendo la composición con sus dotes narrativas, habla de las circunstancias de su vida, de su obra, de sus cartas, de su última y triste historia de amor, que tiene como destinataria a una mujer cuyo nombre empieza por G. “Los relatos de Delfini nunca tienen un final; los pasos se detienen al borde de un valle” (…) “En sus últimas cartas a G., Delfini ha perdido la esperanza, pero su ardiente y mortal voluntad de ser feliz no se apaga”, escribe en una hermosa pieza en la que asegura que los libros de Delfini la impresionaban porque eran capaces de hacerla revivir, “con una evidencia luminosa y real”, la Italia de su juventud, “el fascismo y la guerra, el ambiente y la historia” de su generación, aunque el autor solo hablara de sí mismo, de sus amores y amigos.
“Quizá sea tonto maravillarse, siendo este el prodigio habitual y natural que obra la poesía”, señala. Y concluye el artículo hablando del amigo que tantas cosas le contó sobre el escritor, a quien trató personalmente; entre ellas lo que Delfini le dijo un día: “¿La realidad? La realidad no existe. Solo existe la imaginación. ¿La realidad? La realidad somos tú y yo, sentados en el café Hungària como dos imbéciles”.
Podría seguir repasando otros muchos de los artículos contenidos en este libro, en el que, lectura a lectura, vemos a la escritora en sus diferentes edades, extrayendo esos fondos de verdad, de lucidez, a los que accede con tanta naturalidad. Me detengo en el dedicado a Alberto Moravia, a partir de una crítica no demasiado positiva sobre la novela Yo y él, que no entraba en la lista de sus obras favoritas porque en ella emergía demasiado la imagen pública del escritor. Ginzburg analiza su relación con la literatura de Moravia, confiesa los motivos por los que el autor, al que conocía desde hacía tiempo, la llegaba a cohibir.
Sus “maneras bruscas e impacientes”, tenían algo que ver, pero sobre todo, hay un hecho biográfico, una experiencia, a la que se refiere de la siguiente manera: “Creo que inconscientemente, no logro olvidarme de que cuando era una chiquilla leí “Los indiferentes” a escondidas y tuve la impresión de que el mundo que me rodeaba, un mundo que me parecía muerto y embalsamado, de golpe se estremeció de vida. El mundo que me rodeaba era el de la Italia fascista, donde la verdad aparecía velada y remota, inaprensible como un espectro, y buscarla y tocarla parecía una hazaña desesperada. Leí “Los indiferentes” una y otra vez con el propósito expreso de aprender a escribir. Pretendía que se me enseñara a moverme en un mundo estancado, y Moravia me parecía el primer ser humano que se había puesto de pie y había echado a andar en dirección a la verdad”.
A través de los otros, Natalia Ginzburg habla de sí misma, se retrata. Los amantes de su literatura descubrimos en esta recopilación de artículos muchas de sus claves, de sus motivaciones. La sentimos cercana, con ese tono de confidencia, de revelación, que tanto domina. Anteriormente reproducía un párrafo en el que declaraba su entrega a Bergman y a Elsa Morante. A ambos dedicó espacio en su ventana abierta a la actualidad. Sendos textos se encuentran, en mi opinión, además de los ya citados, entre los mejores de la recopilación.
«Leí “Los indiferentes” una y otra vez con el propósito expreso de aprender a escribir. Pretendía que se me enseñara a moverme en un mundo estancado, y Moravia me parecía el primer ser humano que se había puesto de pie y había echado a andar en dirección a la verdad”, reconoce la escritora en uno de sus artículos.
En el que homenajea al director de películas como El séptimo sello, Juegos de verano, Una lección de amor, Sonata de otoño y Fresas salvajes, entre otros títulos, escribe: “Recuerdo que en un momento dado me juré a mí misma que perseguiría todas las películas de Bergman hasta los barrios más remotos y que nunca pospondría la oportunidad de ver una película suya. Pensé que en un mundo en el que el deseo de relatar parece muerto y enterrado, Bergman era uno de los pocos narradores que existían, uno que prodigaba con generosidad desmedida historias de personas y el único que contaba lo que es indispensable contar, es decir, la manera en la que las personas se enfrentan y soportan el dolor y la felicidad, la miseria, el miedo y la muerte”.
En el cine de Bergman Natalia Ginzburg sabe que encontrará siempre algo esencial. Leyéndola soy consciente de lo mucho que expresaba de sus propios anhelos creativos, vivenciales, a raíz de estos ensayos en los que se detiene ante otras obras que la cautivan, que la motivan, que la maravillan. En la pieza que dedica a Elsa Morante, fechada en 1974, donde analiza la que ella considera una entrega extraordinaria de la autora, su novela La historia, reflexiona sobre las pocas ocasiones en las que una obra de ficción no está al servicio del yo del autor, sino de los demás. Por ello, Ginzburg se siente enormemente agradecida y nos dice: “La voz narradora en “La historia”, es la voz de quien ha cruzado los desiertos de la desesperación. Es la voz de quien sabe que las guerras nunca se acaban, y que siempre deportarán a los judíos, o a otros en su lugar”.

Antes de detenerme en la segunda parte del libro, más centrada en observaciones y hechos de actualidad, no quiero dejar de citar un texto que se convierte en toda una defensa de quien fuera su gran amigo, el escritor Cesare Pavese, a quien dedica páginas reveladoras en Las pequeñas virtudes. En este caso, en el artículo Il vizio assurdo (El vicio absurdo), se pone de parte de la negativa del teatro Stabile de Turín de poner en escena una pieza sobre el escritor, la que da título al texto, un hecho muy discutido por ciertos sectores de la cultura en su día.
Ginzburg rechaza el retrato que se hace del amigo, de ese hombre al que conoció tan profundamente, y al que se muestra en la pieza teatral como “un neurótico, un cobarde, un idiota”. Consciente de que el escritor era ya una figura pública y de que cualquiera podía hacer una comedia sobre él, no puede la autora tolerar la ofensa, la simplificación. “Se había extraído de la vida de Pavese”, escribe, “todo lo que podía ser domesticado, embotellado, saponificado. Da la casualidad de que la persona de Pavese, su vida y sus relaciones con el prójimo fueron en la realidad de una naturaleza tan singular, híspida, áspera, enrevesada, delicada y compleja que el proceso que las había domesticado y saponificado no sólo era ofensivo e innoble sino alucinante para mí”.
Natalia Ginzburg, como vemos, no evitó las polémicas de su tiempo, no se mantuvo de perfil en temas que le tocaban de lleno. Lo vemos en esos otros artículos más al hilo de la actualidad social y política, caso de Los judíos, que en palabras de Domenico Scarpa, responsable de la edición que comentamos, es el más importante del recorrido, pues la escritora “nunca había hablado de manera tan explícita de sus orígenes”. Scarpa no duda en titular el interesante ensayo que cierra el libro, de su autoría, Los judíos, Natalia Ginzburg, lo inhumano, y a él me voy a remitir yo para acercaros al texto que la escritora publicó en “La Stampa” un 14 de septiembre de 1972, y que fue muy comentado y criticado en su momento, despertando el entusiasmo de unos y la indignación de otros, como bien documenta el crítico, que introduce respuestas y reacciones al texto de la autora, entre ellas las de Primo Levi y Alberto Moravia.
El TEXTO de «Los judíos» , polémico en su día, es en palabras del crtico Domenico Scarpa, responsable de la edición de «VIDA IMAGINARIA», es el más importante del recorrido, pues la escritora “nunca había hablado de manera tan explícita de sus orígenes”.
El texto surgió de un terrible acontecimiento, el asesinato, a manos de un comando formado por ocho terroristas palestinos de dos atletas del equipo de Israel que participaban en las Olimpiadas de Munich de 1972. Otros siete fueron tomados como rehenes para negociar la puesta en libertad de un número elevado de prisioneros árabes en las cárceles alemanas. Las autoridades se negaron a cualquier tipo de acuerdo y, finalmente, a sus muertes se sumaron las de siete deportistas más, cinco terroristas y un policía alemán, que perdieron la vida durante el transcurso de un tiroteo en el aeropuerto de Múnich.
Natalia Ginzburg se refiere a sus orígenes judíos por parte de padre y reconoce su pertenencia y su complicidad con un pueblo masacrado, con su cultura, pero tiene claro que ser supervivientes de un intento de genocidio no da derecho a ese pueblo a imponerse a otros desde la superioridad, cuestionando a la nación “poderosa, agresiva y vengativa” en que se convirtió el Estado de Israel.
“Cuando alguien habla de Israel con admiración, siento que estoy en el lado opuesto. En un momento dado, tardé quizá, comprendí que los árabes eran pobres campesinos y pastores. Sé poquísimas cosas de mí misma, pero sé con absoluta certeza que no quiero estar del lado de quienes usan armas, dinero y cultura para oprimir a campesinos y pastores”, argumenta en un artículo complejo, difícil, en el que la autora se muestra, como dice Scarpa, “ambivalente con el Estado de Israel, con su militarismo y su política hacia los árabes”, situándose finalmente en “el lado de quienes mueren y sufren injustamente”.
La definición de los terroristas como “guerrilleros”, así como su alusión a los palestinos como “pueblo de campesinos y pastores”, fueron algunos de los puntos que más polémica levantaron. Ginzburg fue acusada de ambigüedad y de estar desinformada, poco dotada para el análisis político, pero, como dice Scarpa, se profundizó poco en el carácter moral de su artículo.
En esta segunda parte merece mucho la pena acercarse a otras piezas como La condición femenina, donde Natalia Ginzburg muestra su desacuerdo con algunas ideas del movimiento feminista, con “el uniforme que el feminismo pone a las mujeres”, aludiendo a las diferencias entre las muchas mujeres sometidas a situaciones humillantes, de esclavitud, y las que pertenecen a sociedades privilegiadas, a las que “en la época actual, ni se las usa ni se las humilla”.

También arremete la autora en este texto sobre la palabra “realizarse”, sobre la falta de realización de las mujeres que se denuncia debido a la crianza de los hijos. “Realizarse” nos dice, “es realmente algo muy sutil, complicado y oculto que no es posible pesar en una balanza ni leer con claridad en el curso de nuestra vida”, reivindicando el instinto maternal, el hecho de que el cuidado de los hijos, pese a que se solicite la ayuda masculina, recaiga sobre los hombros femeninos sin problema alguno, pues la relación entre madres e hijos es “una relación especial, secreta y subterránea, una relación ineludible porque traspasa y confunde a la vez la vía de las entrañas y las vías del espíritu”.
Eran otros tiempos los de Ginzburg, muy alejados aún del “Me Too”, de los avances de la última oleada feminista y de las cuestiones de género, y podemos estar más o menos de acuerdo con sus ideas, pero de lo que no cabe duda es de la convicción de sus argumentaciones, basadas en sus propias experiencias, en su devenir existencial, en sus búsquedas y luchas personales. Al comienzo de este artículo os decía que quise buscar la voz de Las pequeñas virtudes en este libro y que la hallé en determinados trechos del camino.
La misma emoción que me provocó esa obra que ocupa un lugar tan especial en mi biblioteca, en mi memoria lectora, la encontré en textos como Así es Roma. En el mismo habla de su deseo de dejar Turín, la ciudad de su infancia, de echar raíces e instaurar costumbres lejos de los paisajes primeros, reconociendo en Roma la ciudad elegida. Se refiere, sin embargo, a la nostalgia del pasado que la embargaba determinados días de lluvia; comenta al deterioro de la ciudad debido al exceso de automóviles, al ruido del tráfico… Pero lo que me conmueve es el momento en el que nos remite a una etapa de su vida en Roma, a la que sigue amando pese a todo, porque está muy ligada a episodios cruciales. Cuenta, con esa sensibilidad y capacidad evocadora tan especiales, que durante la guerra se ocultaba en un convento en via Nomentana y “compartía habitación con una viejecita judía de Viena” con la que entabló amistad y que cuidaba de su hija de pocos meses cuando ella salía. Rememora que siempre, aunque no hiciese falta, la compañera le pedía permiso para usar su hornillo eléctrico; el té que hacía en las tardes frías…
“Se me podría preguntar qué tienen que ver mis sentimientos por la ciudad con esa viejecita exiliada a la que jamás he vuelto a ver y que habrá muerto hace tiempo. Para mí, via Nomentana y el pasillo oscuro de aquel convento y las altas ventanas lamidas por los árboles son inseparables del recuerdo de aquella anciana menuda, sentada en la cama con un chal marrón sobre los hombros, y yo creo que empecé a amar Roma buscando una especie de protección maternal en aquella mujer, que a su vez buscaba mi protección y mi hornillo…”, escribe Ginzburg, atrapando el transcurrir de la vida, la potencia de los afectos. Pasajes así contestan a la pregunta que me hacía inicialmente: ¿Por qué me llena de alegría volver a Natalia Ginzburg?
Este libro está lleno de llaves hacia los pasadizos más profundos de su mundo; nos permite penetrar en el huerto de su memoria (imagen que tomo de uno de sus escritos). Anteriormente me he referido al acceso a muchas de sus claves, a los genuinos pilares sobre los que se asientan sus construcciones narrativas. Una y otra vez alude la escritora a la felicidad, una búsqueda constante en toda su obra, en sus ensayos, en sus ficciones. En este libro hace referencia a ella en episodios rescatados de la memoria (suele enfrentar la idea de felicidad con la de infelicidad) y en su reflejo en obras ajenas con las que siente una honda afinidad, por ejemplo, cuando tras la lectura de un relato de Antonio Delfini apunta que su conclusión es “un hondo suspiro final de felicidad”; o cuando, en referencia a Amarcord, de Fellini, señala que le parece “un acontecimiento feliz” y que “los acontecimientos felices son insólitos”.
Una y otra vez alude la escritora a la felicidad, una búsqueda constante en toda su obra. En este libro hace referencia a ella en episodios rescatados de la memoria y en su reflejo en obras ajenas. tras la lectura de un relato de Antonio Delfini apunta que su conclusión es “un hondo suspiro final de felicidad”.
“Cuando salí de ver Amarcord, experimenté una sensación muy extraña y rara, una mezcla de energía vital, complejidad y claridad de pensamiento, inquietud febril y paz profunda. Era y es difícil explicarme a mí misma por qué Amarcord es tan bonita, y por qué me impresionó tanto”, recupero las palabras de Ginzburg, quien en otro de los textos, el dedicado a Giorgio Bassani, ya citado, y que supuso el fin de su amistad con el escritor por su cariz crítico, compara la felicidad con la satisfacción. “La satisfacción”, reflexiona, “no tiene nada que ver con la felicidad. La felicidad es infinita, por eso también comprende la desesperación (…) El lenguaje de la felicidad es universal. El lenguaje de la satisfacción privado y personal (…) La satisfacción es opaca, solo contenta a quien la experimenta, y no proyecta sobre los demás ni luz ni sombra”.

El paso del tiempo, las transformaciones que implica crecer, ir pasando las edades de la vida, es otra constante en Natalia Ginzburg y se ve muy claramente en el texto final del volumen, el que le da título, La vida imaginaria, un escrito de «matriz proustiana», como lo define Domenico Scarpa, donde hace un recorrido por su vida, por sus fantasías, por su acercamiento a la creación. La vejez se echa encima “como un vendaval”, nos dice Ginzburg, quien argumenta sobre la distancia que separa esta etapa de la infancia, de la juventud.
“No nos hemos convertido en extraños. Nuestra sustancia más profunda no ha cambiado para nada; seremos nosotros mismos los que tendremos que soportar la vejez. Las transformaciones que hemos sufrido, en el cuerpo y en el espíritu, son enormes y profundas, pero no tanto como para volvernos irreconocibles para nosotros mismos. El núcleo más profundo de nuestro espíritu ha permanecido idéntico. Observamos en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu transformaciones y devastaciones. Las observamos con los mismos ojos estúpidos de siempre”, escribe la autora. El final brusco, ese filo con el que rompe la indagación profunda, también es muy propio de su estilo.
Scarpa habla del mensaje íntimo de sus escritos para la prensa, un mensaje que “se convierte en universal porque no está dirigido a nadie en especial”. La escritora alude a los paisajes interiores en el texto dedicado a Moravia. Señala que deberíamos estar profundamente agradecidos al autor de obras como Los indiferentes o Cuentos romanos. “Si Moravia no hubiera existido, nuestro paisaje interior no sería el mismo, sería completamente diferente”, escribe. “Puede que no nos hayamos dado cuenta, pero él lo ha poblado con una flora y una fauna que antes no existían y ha diseminado generosamente en él seres humanos, lugares y pensamientos que hemos acogido e incorporado como si fueran nuestros”.
Podemos decir lo mismo de la literatura, de los autores que amamos y cuyos personajes y lugares llegan a cobrar en ocasiones una sorprendente intensidad, convirtiéndose en fuente de esa felicidad de la que nos habla la autora. Si Ginzburg no existiera nuestro paisaje interior no sería el mismo, pienso ahora que pongo el punto final a este texto. Vida imaginaria va de esto, exactamente, de paisajes interiores, de esos paisajes interiores que nos hacen ser lo que somos, sentir lo que sentimos.
Esta edición de Vida imaginaria (Einaudi, 2021), bajo la supervisión de Domenico Scarpa, ha sido publicada en España por la editorial Lumen (2023). La traducción ha sido realizada por Ana Ciurans Ferrándiz.





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