Vivian Gornick: “A veces creo que la lectura me infunde valor para vivir”

Emma Rodríguez © 2021 / Foto © Mitchell Bach

Señala la escritora Vivian Gornick que releer un libro que fue importante para ella en el pasado es un acto similar a tenderse en el diván del psicoanalista. Se refiere a la activación de la memoria, a los recuerdos que una obra determinada despierta, trasladando a un momento concreto, a una edad, a unas circunstancias. No puedo estar más de acuerdo con la escritora. Se trata de una experiencia común a cualquier persona que se acerca a la literatura con una actitud activa, ávida de inspiración, de descubrimiento.

Ahora que, animada por Gornick, me pongo a pensar en todas esas obras y autores que marcan mi trayecto personal, visualizando incluso escenarios, atmósferas, actitudes, acontecimientos y acciones paralelas a mis lecturas, os animo a hacer lo propio. ¿A qué edad, en qué tramo del camino, un libro fue capaz de despejar un horizonte sombrío? ¿En qué ocasión sentisteis que un personaje os ofrecía más compañía que cualquier amigo o amiga? ¿Cuántos episodios de vuestra existencia se pueden contar a través de una novela leída, de un ensayo revelador, de un poema luminoso, tal vez oscuro?

Hoy quiero asomarme a esta ventana con esa sensación de alegría, también de agitación, que me han proporcionado, y siguen haciéndolo, los libros. Lecturas Sumergidas, de hecho, es una publicación que avanza animada por la idea de la capacidad altamente inspiradora, incluso transformadora, de la lectura. De ahí que me haya sentido especialmente cómplice de Gornick, quien asegura: “Cuando leo, el mundo sigue pasando a un segundo plano y no puedo evitar maravillarme, porque si esto lo he recordado mal, incluso eso o aquello otro, ¿Cómo es posible que el libro siga atrapándome de esa manera? / Como la mayoría de los lectores, a veces creo que nací leyendo. No recuerdo época en que no haya tenido un libro en las manos y la cabeza abstraída del mundo que me rodea”.

Todo esto nos lo cuenta la autora en el prólogo de Cuentas pendientes, las reflexiones de una lectora reincidente, que es como se subtitula la entrega. Nacida en Nueva York en 1935, en el seno de una familia judía y comunista, esta mujer, referente de la lucha feminista, autora de, entre otros títulos, Apegos feroces, La mujer singular y la ciudad y Mirarse de frente, con los que se ha ganado la devoción de un público fiel, ha centrado toda su obra en el merodeo por su propia biografía, convirtiéndose ella misma en la gran protagonista de un trayecto que ahonda en la identidad, en la construcción del ser, en la introspección de las motivaciones, de las búsquedas, de los fondos y cauces emocionales que la constituyen y que la acercan a otras muchas mujeres, todas con sus vivencias, con sus heridas a cuestas, todas marcadas por un destino común que arranca de directrices establecidas, de prejuicios de género, de silencios y negaciones.

El libro del que os estoy hablando, en el que me he sumergido con gran interés y complicidad, trata sobre lecturas, pero no hay separación entre la lectura y la vida en el caso de Gornick. Pessoa meditó largamente sobre ello. “Hay metáforas más reales que las personas que pasan por la calle. Hay imágenes en los rincones de los libros que viven más nítidamente que muchos hombres y mujeres (…) Toda literatura consiste en un esfuerzo por hacer real la vida”, dejó dicho, por medio de la voz de su heterónimo Bernardo Soares. Y también me he encontrado en los Diarios de Rafael Chirbes, protagonista de otro de los artículos de este número de Lecturas Sumergidas, un ejemplo más de esa singular fusión de la que estamos hablando.

Ya sé que es algo que todo escritor experimenta en mayor o menor medida, pero Gornick ahonda en el tema, lo convierte en centro de sus indagaciones, en motor de su literatura. Cuando la autora habla de sus experiencias, en paralelo a sus nuevas aproximaciones a obras para ella esenciales, se detiene en episodios clave de su recorrido, muchos de los cuales han sido recogidos en las páginas de sus otros libros. He disfrutado volviendo a Apegos feroces, identificando en su devenir esas tramas existenciales a las que alude nuevamente en Cuentas pendientes, consciente de la brillantez, de la lucidez, con que la autora nos demuestra el alcance de las ficciones, su papel en el transcurso de la existencia. 

¿Seríamos los mismos sin haber leído determinadas obras; nos habríamos conducido de la misma manera; habríamos llegado a los mismos lugares, a las mismas conclusiones sobre lo acontecido, sobre lo sentido o experimentado?, me pregunto llegada a este punto, convencida de que Gornick se ha planteado la misma pregunta. ¿No es acaso este volumen que tengo en las manos una manera de ofrecer respuestas a esta cuestión, de ahondar en el tema, de ir más allá en el trazado de puentes entre lo vivido y lo leído

Habla la escritora de la compañía que siempre le han deparado los libros. “Nada se puede comparar” a la lectura, asegura. “Brinda paz y emociona, reconforta y consuela (…) Por encima de todo lo demás, es un alivio puro y duro del caos mental”, prosigue, concluyendo: “A veces creo que me infunde por sí sola valor para vivir, y lo ha hecho desde mi más tierna infancia”.

Vivian Gornick Ha centrado su obra en el merodeo por su propia biografía, convirtiéndose en protagonista de un trayecto que ahonda en la identidad, en la introspección de los fondos y cauces emocionales que la constituyen y que la acercan a otras muchas mujeres, todas marcadas por un destino común.

A partir de ahí, con su habitual concisión, con esa capacidad para mirarse a sí misma como si fuese la protagonista de una novela, de su propia novela, la autora traza un retrato de sus años de formación. Los que ya hemos transitado por sus territorios, reconocemos las calles del Bronx, los ambientes de clase obrera inmigrante donde creció y donde descubrió un lugar fundamental, la sucursal de la Biblioteca Pública de Nueva York. “Me había criado en un bullicioso hogar de izquierdas en el que tanto Karl Marx como la clase obrera internacional eran artículos de fe: creer de todo corazón en la injusticia social era algo que venía dado. De modo que, desde muy temprano, la naturaleza política de la vida impregnó para mí casi toda vivencia tangible, entre las que por supuesto se incluía la lectura. Leía siempre y con la única intención de sentir el poder de la Vida con mayúsculas, tal y como se manifestaba (y con qué emoción) en el combate del o la protagonista con esas fuerzas externas que escapaban a su control”, nos hace saber en las páginas de Cuentas pendientes.

Páginas en las que continúa narrando su desarrollo como creadora, del camino que la llevó a descubrir, siempre acompañada de lecturas, que su voz, su estilo, estaba en la utilización de sí misma como narradora interna, como si estuviera escribiendo ficción con los materiales de su vida, situando a sus lectores tras sus ojos para aproximarlos a sus vivencias, sus emociones, su mirada visceral sobre los acontecimientos, sobre el mundo. A grandes líneas Gornick relata, en el prólogo de la obra que nos ocupa, sus andanzas como periodista, su búsqueda de unas crónicas de cariz personal; así como su primer matrimonio y sus primeros contactos, en la década de los 70 del siglo pasado, con los movimientos por las libertades civiles, con los que se implicó radicalmente, impulsando gran parte de sus energías hacia la lucha feminista.

Allá donde miraba veía sexismo: crudo y brutal, ordinario e íntimo, antiguo y omnipresente. Lo veía en la calle y en el cine, en el banco y en la frutería. Lo veía al leer los titulares, cuando cogía el metro, cuando me sujetaban la puerta para pasar. Y, lo más impactante de todo, lo veía en la literatura. Al volver a muchos de los libros con los que me había criado, vi por primera vez que la mayoría de los personajes femeninos que los habitaban no eran más que monigotes carentes de sustancia y alma, que solo estaban allí para impedir o propiciar las peripecias del protagonista, que hasta entonces no había caído en la cuenta que era un hombre. Pensé que llevaba toda mi vida lectora identificándome con personajes cuyo desarrollo vital distaba sustancialmente de cualquiera que yo pudiera llegar a tener”, argumenta la autora, reconociendo el júbilo que le proporcionó llegar a ese análisis, reconocerlo, ser capaz, a partir de ese punto, de dar de lado a las convenciones: el idealismo del amor, los hijos, la maternidad...

Ahí está el cauce por el que transcurre su obra, una obra irreverente, lúcida, que emerge con el propósito de dar valor a su propia voz, a la voz de las mujeres; de identificar esos sentimientos, principios y prejuicios tan largamente asumidos, esas contradicciones entre el pensar y el sentir que aún hoy siguen marcando el rumbo femenino. Vivian Gornick le da la vuelta a todo desde el momento en que se da cuenta de lo comentado. Empieza a leer de forma distinta, vuelve a novelas que le habían cautivado y reconoce sus fallas en cuanto a la apreciación de los géneros, tratados tan desigualmente, pero también percibe, como una iluminación, que “la gran literatura no es un registro del logro de la plenitud del ser, sino del obstinado esfuerzo que hacemos por conseguirla”.

«Al volver a muchos de los libros con los que me había criado, vi por primera vez que la mayoría de los personajes femeninos que los habitaban no eran más que monigotes carentes de sustancia y alma, que solo estaban allí para impedir o propiciar las peripecias del protagonista, que hasta entonces no había caído en la cuenta que era un hombre», escribe la autora en «Cuentas pendientes».

La relectura, el repaso a obras que llegan a su destinataria de otra forma, que ganan o pierden en función del tiempo que ha pasado, de los aprendizajes, del cambio de la mirada sobre el mundo, de las experiencias y aprendizajes de las distintas edades de la vida, es la base de un recorrido que se divide en diez capítulos, cada uno de ellos dedicado a una obra, un autor o varios autores que trataron los mismos asuntos a través de la literatura. Pero antes de contaros un poco más sobre esto quiero hacer un paréntesis para, imitando el ejercicio realizado por Gornick, retomar yo Apegos feroces, una entrega que para nada me ha decepcionado en una segunda lectura, esta vez enriquecida por las nuevas aportaciones de Cuentas pendientes.

He sido consciente ahora de la fluidez con la que la escritora maneja los materiales de su vida, dándoles la vuelta una y otra vez, a la manera de un constante psicoanálisis literario. La compleja relación con la madre, central en el libro de memorias cuyas páginas vuelvo a pasar, encuentra explicación en el volumen dedicado a las relecturas, en ese pasaje en el que la autora descubre que su camino está en desmitificar, en despojarse, de esas ideas aceptadas por las mujeres durante generaciones; en el caso de su madre la idea del amor como un todo, como el único sentido de su vida; el drama y el sufrimiento que para ella supuso la muerte de su marido, ese estado de letargo, de depresión, que transmitió a su hija y que ésta llega a reconocer en sus propias vivencias. La batalla por salir de ahí, por ser una mujer diferente, liberada de corsés, de presiones sociales, recorre un trayecto revelador, en el que madre e hija se enfrentan y a la vez se necesitan.

Los modelos de mujer con los que va creciendo la autora, el de su madre y otros, no menos importantes los que aparecen en las ficciones que lee, son esenciales en la obra de Gornick, que reflexiona una y otra vez sobre el mecanismo de las identificaciones, de los reconocimientos, de la gran lucha que supone derribarlos para ser ella misma, incluyendo sucesivos sabotajes a sus propias relaciones amorosas, derivados de un rechazo a la pareja convencional, de la necesidad de encontrar una manera de vivir el amor y el sexo de forma diferente a como lo hizo su madre, a como dicta la sociedad tradicional, desde sus propias búsquedas y querencias. 

De la trascendencia de la literatura en su vida ya da cuenta la escritora en Apegos feroces. Nos dice, por ejemplo, que en su etapa de estudiante universitaria en el City College de Nueva York aprendió “que Faulkner era los Estados Unidos, que Dickens era política, que Marx era sexo, Jane Austen la idea de cultura, que yo provenía de un gueto y que D. H. Lawrence era un visionario”. Nos hace saber que en esos años de distanciamiento de sus orígenes, en compañía de otros estudiantes, fue cuando realmente cuajó su amor por la literatura y su asombro ante la vida intelectual. “Descubrí que las ideas transformaban a las personas y que las conversaciones intelectuales podían ser enormemente eróticas”.

Apegos feroces y Cuentas pendientes son dos libros muy conectados. Ya en el segundo, nos encontramos con la mujer adulta, con su mirada original, desprejuiciada, con su estilo preciso. Está claro que Vivian Gornick ha conseguido desprenderse de pesadas cargas, de rémoras de todo tipo, incluso literarias. No duda en echar por tierra las opiniones que en algún momento tuvo sobre determinada obra o autor; no duda en reconocer que también se equivocó en la consideración de títulos que en su día no la entusiasmaron y que con el paso del tiempo han ido ganando valor, le han llegado de otra manera. Es muy interesante seguir su proceso. Os animo a hacerlo.

De entre todos los capítulos que conforman el libro me detengo en el de Natalia Ginzburg, una escritora que me interesa especialmente, y que nunca ha defraudado a Gornick, hasta el punto de reconocer que su obra la ha llevado a “amar más la vida” y la condujo a una revelación importante respecto a su propio trayecto creativo. “Al leerla, como he hecho en repetidas ocasiones desde hace muchos años”, reproduzco sus palabras, “experimento la euforia que provoca que te recuerden desde el intelecto que eres un ser sensible. Mi primera vez con ella me abrió los ojos y me hizo ver algo importante sobre quién era yo en el momento de esa lectura; más tarde, sobre quién o en qué estaba convirtiéndome. Luego, sin embargo, he vivido lo suficiente para verme como una desconocida –yo soy la primera sorprendida con la persona que he acabado siendo–, y leer a Ginzburg de nuevo me ha procurado tanto solaz como iluminación”.

Asegura Gornick que nunca la ha defraudado la escritora italiana Natalia Ginzburg. Reconoce que su obra la ha llevado a “amar más la vida” y que la condujo a una revelación importante respecto a su propio trayecto creativo. “Al leerla experimento la euforia que provoca que te recuerden desde el intelecto que eres un ser sensible».

El texto dedicado a la autora italiana nos ofrece muchas de las claves de nuestra protagonista. En otros asoma más la crítica sagaz, directa a la yugular en ocasiones, en otras humilde al reconocer sus errores de apreciación, pero aquí hallamos a Vivian Gornick en estado puro, reencontrándose consigo misma, indagando en su naturaleza, en sus interiores. Nos dice, por ejemplo, que un día se imaginó escribiendo grandes novelas, pero que no tardó en descubrir “que no tenía talento alguno para contar un relato fraguado íntegramente a partir de un paño imaginado”. Confiesa que todo cambió para ella cuando leyó Mi oficio, ensayo de Natalia Ginzburg incluido en el tomo Las pequeñas virtudes, una entrega inolvidable, en el que se cuenta el proceso de maduración, de encontrar su lugar en el mundo de un ser humano dedicado a la tarea de escribir. 

Asegura que Ginzburg se convirtió en una especie de profesora magistral que le daba instrucciones a través de sus textos para que se convirtiera “en la escritora que llevaba dentro”. Se refiere a una de sus piezas favoritas, Él y yo, donde la autora de Léxico familiar utiliza con fines literarios la vida con su segundo marido”.  En la “autoinvestigación”, en la “autoimplicación” que cultiva, encontró Gornick un camino iluminador. “La preocupación pertinaz de Ginzburg, como la de cualquier escritor que se precie, siempre ha sido la de identificar los conflictos de nuestro fuero interno que nos impiden comportarnos como decencia los unos con los otros”, argumenta.  

Vivian Gornick. Josh Libatique / Windham-Campbell Prizes

Doris Lessing es otra de las autoras, motivo de relectura, en Cuentas pendientes. Vivian Gornick nos cuenta que al volver a su obra Gatos ilustres, que en su día no le interesó especialmente y no fue capaz de hacerla comprender mejor a dos gatas que había adoptado y con las que no conseguía congeniar, descubrió elementos sorprendentes, en relación al comportamiento de los gatos en general y también, entre otras cosas, a la manera en que Lessing abordó siempre las relaciones con los hombres, a los que retrataba, tanto en El cuaderno dorado como en otras de sus obras, de “manera implacable”

Escribe nuestra autora: “Al leer a Lessing por primera vez siendo joven, esa visión de los hombres me había alegrado (“¡Sí, sí, sí!”), pero en una segunda vuelta, me había dejado perpleja (“¡No pueden ser todos tan malos!”) (…) Lo que entonces vi con más claridad fue ese autoproteccionismo (de ideóloga nata, había dicho anteriormente). Era, comprendí, el origen de la fuerza de Lessing como escritora y también su limitación. Si hubiera sido capaz de darle al mundo un poco de cancha, pensé entonces, distanciarse por momentos en un pequeño arrebato cómico o incluso en una exasperación afectuosa, su visión de las relaciones animales –de hombres y bestias por igual– podría haberse ampliado y haber incluido más matices. Sin lugar a dudas, sus frases habrían procurado más placer”.

Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con Gornick, en el caso de conocer a los autores y obras que analiza, pero no se puede dejar de reconocer la audacia de sus lecturas, la sabia mezcla entre su propio devenir y el de sus protagonistas, ya sean los personajes de una novela, ya sean los creadores de los mismos. Jonathan Lethem, prologuista de Apegos feroces, alude a la “frescura”, la “capacidad permanente de sorprender” y “la sinceridad mordaz” de la autora, rasgos que recorren también Cuentas pendientes, donde, además de las escritoras citadas, aparecen D. H. Lawrence, a través del cual recupera la relación con su madre y los pareceres de ambas sobre el amor; Colette, que tanto le gustó en su juventud y que, ya en su madurez, la acabó decepcionando con su superficialidad y repetición de estereotipos; Marguerite Duras, cuya lectura de El amante se transforma con los años; W. H. Auden; Elizabeth Bowen; Saul Bellow; Pat Barker; Thomas Hardy

Estamos, repito, ante un recorrido que nos hace reflexionar sobre cómo los libros pueden llegar a marcar nuestra mirada sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Desde la desmitificación o el reconocimiento, Vivian Gornick se mira en el espejo, a sus distintas etapas vitales, a sus transformaciones, y nos anima a hacer lo mismo, a comprendernos a través de lo que hemos leído; a regresar, sin miedo, a esas obras y autores que hemos amado, para acabar encontrándonos; a dar una segunda oportunidad a clásicos que tal vez estén esperando para comunicarnos algo importante.

Cuentas pendientes. Reflexiones de una lectora reincidente, (traducido por Julia Osuna Aguilar), ha sido publicado por la editorial Sexto Piso, que también ha editado Apegos feroces (con traducción de Daniel Ramos Sánchez).