Apuntes de Roma

Por Emma Rodríguez © 2013 / A los lugares hay que acercarse con los ojos muy abiertos, pero sobre todo con el corazón. Es el primer pensamiento que acude a mi mente cuando abro este Diario con la intención de verter en él mis impresiones de un viaje reciente a Roma, un viaje que empezó con la intención de ser un recorrido por una ciudad que no visitaba desde hacía mucho tiempo y a la que volvía gracias a una inesperada invitación de mis padres, y acabó siendo un reencuentro, no sólo con sus espacios, sino con la memoria, la memoria personal, esa que permanece agazapada y que en un determinado momento se torna vívida y nos hace percibir que todo lo acontecido, todo lo que hemos amado, todo lo que nos ha dolido, permanece en nosotros y nos conforma, construyendo los estratos de una manera de ser única, intransferible, que no deja de sorprendernos nunca.

Todo viaje es sorpresa, sorpresa ante los paisajes, pero también ante nosotros mismos, pues, aún siendo meros turistas que no podemos permitirnos llegar a la condición de viajeros de la que hablaba Paul Bowles porque llevamos en el bolsillo el billete de vuelta, podemos percibir que algo se mueve en nuestro interior por efecto de la introspección en nuestras curiosidades y asombros. Todo viaje, sí, es evocación y recuento. Tuve esto presente mientras paseaba por las orillas del Tíber, mientras visitaba esas ruinas y monumentos que tanto impresionan con su carga de Historia y que se acaban mostrando ante la mirada atónita de quien los busca, incapaz de imaginar por muchas guías que haya consultado, su grandiosa escala. Fui consciente también de lo que todo viaje tiene de recreación, de cómo los pasos que damos y los rincones en los que nos detenemos se cargan de la energía de nuestras emociones, mientras iba construyendo mi propio mapa íntimo y personal de la ciudad.

Emma Rodríguez. Roma. Fotografía Karina Beltrán © 2013

Un mapa que me conducía a mirar hacia el río, hacia los tejados y terrazas floridas -qué maravillosas y verdes las terrazas de Roma- hacia los ángeles de Bernini apostados en el puente de Sant’Angelo, figuras protectoras que me hacían evocar otros ángeles, los de Win Wenders, sobre otros cielos, los de Berlín. En mi particular itinerario romano volví a encontrarme con los gatos entre las ruinas, que tanto llamaron mi atención en un primer viaje a la ciudad hace ya muchos años, y merodeé por las callejuelas del Trastevere, que acabaron convirtiéndose en el centro de mi ruta de afinidades. Allí, en via della Lungaretta, 90, descubrí la librería minimum fax. Una serie de libros de llamativos colores llamó mi atención en el escaparate y no pude más que sentir alegría cuando comprobé que se trataba de una colección de escritores latinoamericanos traducidos al italiano. Nombres significativos de distintas generaciones: Cortázar, Donoso, Onetti, Cabrera Infante, Sábato, Roberto Arlt, Rodolfo Fogwill, Alan Pauls, César Aira, Ricardo Piglia, etcétera, conviven en Sur, un proyecto alternativo en el que editores y libreros se implican en la difusión y distribución independiente de obras-tesoro de la literatura en castellano tanto en formato tradicional, en tapa dura, como electrónico (www.edizionisur.it). Me detuve en las páginas de “La última conversación”, un libro de entrevistas con Roberto Bolaño que recorre su vida e inquietudes y se acompaña de un análisis del escritor italiano Nicola Lagioia.

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Nombres significativos de distintas generaciones: Cortázar, Donoso, Onetti, Cabrera Infante, Sábato, Roberto Arlt, Rodolfo Fogwill, Alan Pauls, César Aira, Ricardo Piglia, etcétera, conviven en Sur, un proyecto alternativo en el que editores y libreros se implican en la difusión y distribución independiente de obras-tesoro de la literatura en castellano.

Minimum fax no fue la única librería que me cautivó. En la plaza de Campo de’ Fiori descubrí Fahrenheit 451. En su escaparate, muy a la vista, la traducción al italiano de “Cinco horas con Mario”, de Miguel Delibes; dentro un espacio bellísimo en el que los libros antiguos conviven en perfecta armonía con las novedades. Pasado y presente se dan la mano en esta ciudad que recorrí impregnada del efecto de las palabras, de las imágenes, de una de sus grandes escritoras, Dacia Maraini. El impacto de los relatos de “Amor robado”, pero, sobre todo de las confesiones y recuerdos contenidos en el volumen biográfico “Bagheria” se fueron entremezclando, como cuento en el artículo dedicado a la escritora, con mis propias reflexiones sobre la pervivencia de lo vivido, sobre la nitidez y la intensidad de los rincones del pasado.

Leía “Bagheria” y a ratos venían a mí atmósferas, ráfagas de otro libro, “Las pequeñas virtudes”, de la también espléndida escritora italiana, Natalia Ginzburg, nacida, otra casualidad, en Palermo (1916-1991). Volví a recorrer sus páginas (edición de Acantilado, 2002; traducción de Celia Filipetto) a mi regreso a Madrid. El tono evocador, la melancolía, la capacidad de la autora para sacar a la luz sus interiores, la dura experiencia de la guerra, que Maraini vivió de niña y Ginzburg como adulta, esposa y madre, me habían llevado a establecer asociaciones, a esos misteriosos e inesperados paralelismos a los que nos suele conducir la literatura.

Emma Rodríguez. Roma. Fotografía Karina Beltrán © 2013

Tanto el libro de Maraini como el de Ginzburg -una muy coherente recopilación de ensayos ligados a la propia biografía, que fueron publicados en distintos medios- se centran en un viaje, en un destino, en una llegada. La primera arriba a Bagheria; la segunda a los Abruzzos, una áspera región de la Italia central, a orillas del Adriático, donde se exilió durante la II Guerra Mundial. “Existe una cierta uniformidad monótona en los destinos de los hombres. Nuestras existencias se desarrollan según leyes antiguas e inmutables, según una cadencia propia, uniforme y antigua. Los sueños no se hacen nunca realidad, y en cuanto los vemos rotos, comprendemos que las mayores alegrías de nuestra vida están fuera de la realidad. En cuanto vemos rotos nuestros sueños, nos consume la nostalgia por el tiempo en que bullían dentro de nosotros. Nuestra suerte transcurre en ese alternarse de esperanzas y nostalgias”, me dejo llevar por las reflexiones de Ginzburg, quien reconoce que la época de penurias, de carencias, de la guerra, antes de la muerte  de su marido en una cárcel de Roma, pasado el tiempo, se le reveló, una vez perdida para siempre, como la mejor época de su vida.

Tanto el libro de Dacia Maraini como el de Natalia Ginzburg participan de un evocador tono melancólico y se centran en un viaje, en un destino, en una llegada. La primera arriba a Bagheria; la segunda a los Abruzos, una áspera región de la Italia central, a orillas del Adriático, donde se exilió durante la II Guerra Mundial.

Como Maraini, Ginzburg se ve a sí misma como la joven que disfrutaba escribiendo, juntando palabras. Como ella, ha sido herida por pérdidas, por desapariciones y derrumbamientos. “Hemos conocido la realidad en su aspecto más tétrico. Ya no nos produce disgusto. Todavía hay quien se queja de que los escritores utilicen un lenguaje amargo y violento, de que cuenten cosas duras y tristes, de que presenten la realidad en sus términos más desolados. Nosotros no podemos mentir en los libros ni podemos mentir en ninguna de las cosas que hacemos. Quizás sea el único bien que nos ha traído la guerra. No mentir y no tolerar que nos mientan los demás. Así somos ahora los jóvenes, así es nuestra generación”, sigo el discurso de una mujer que habla con cristalina sencillez de las relaciones humanas y se preocupa de la educación de los hijos en un revelador texto que cierra el volumen y le da título. “A los hijos no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber”, voy leyendo este ensayo excepcional de Ginzburg.

A Maraini también le preocupa la educación de los más pequeños y aún podemos tender desde aquí un pequeño puente entre las dos escritoras y José María Guelbenzu, que en “Mentiras aceptadas”, su última novela cede el protagonismo a un padre que se pregunta una y otra vez cómo educar a su hijo en un entorno hostil. Los puentes de las afinidades son pequeños milagros, como lo es poder dialogar secretamente con los ángeles de Bernini. A través de ellos vuelvo a Roma, a la visión que ofreció de la ciudad otra mujer excepcional, María Zambrano, también conocedora de contiendas y adioses.

Roma, donde se exilió huyendo de la Guerra Civil, era para la pensadora malagueña una ciudad de perspectivas contrapuestas. “Una ciudad enteramente abierta, enteramente visible y presente (…) preparada para ser recorrida, para ser vista, para ser abrazada…”, pero al mismo tiempo, en un segundo plano de más difícil acceso, una urbe “hermética y secreta”, una especie de “fotografía de sí misma que a veces se abre” ofreciendo al turista distraído e incluso al romano confiado que cree conocerla, “una grieta, un intersticio, un vacío”.

Roma era para María Zambrano una ciudad de perspectivas contrapuestas. “Una ciudad enteramente abierta, enteramente visible y presente, preparada para ser recorrida, para ser vista, para ser abrazada…”, pero al mismo tiempo, en un segundo plano de más difícil acceso, una urbe “hermética y secreta”, una especie de “fotografía de sí misma que a veces se abre” ofreciendo al turista distraído e incluso al romano confiado que cree conocerla, “una grieta, un intersticio, un vacío”.

Zambrano se refiere a Roma como una ciudad “fascinadora”, “laberíntica” y “sensual”, al igual que otras ciudades mediterráneas que son “reflejos o improntas de una antigua y viejísima categoría de ciudad mítica, del laberinto de Creta”. También hay en ellas “la necesidad de un coloso, de algo que se yergue”, argumentaba la filósofa. Nada mejor que sus palabras para culminar esta Ventana hablando de un ciclo de debates que se celebró recientemente en el Círculo de Bellas Artes de Madrid bajo el título “El Mediterráneo visto desde Córcega y España”. Un ciclo cuyo preámbulo tuvo lugar con anterioridad en la isla mediterránea y que, auspiciado por la Colectividad Territorial de Córcega, pretende seguir buceando en el futuro en las relaciones profundas, de complicidad, que existen entre todas las geografías bañadas por el soplo alentador de las hazañas y aventuras de Ulises.

Emma Rodríguez. Roma. Fotografía Karina Beltrán © 2013

Geografías del Sur, que vieron nacer la cultura occidental, y que hoy sufren la humillación de los países del Norte de Europa, como puso de manifiesto el autor Jean-Noel Pancrazi, que vivió su infancia en Argelia durante la guerra de la independencia y cuya última novela, “La Montagne”, ha sido publicada por Gallimard y se ha hecho merecedora del Premio Mediterráneo. “El sol, la luz, el cielo visto de frente, como decía Camus, es la esencia del escritor mediterráneo. Una idea de fraternidad mítica recorre nuestra literatura, nuestra cultura, pero ¿cómo podemos hablar de hospitalidad viendo lo que sucede en Siria o en Egipto? El mundo hoy, también el Mediterráneo, se reduce. No podemos seguir rodeándolo todo de una fábula. El tiempo de la fábula se ha terminado. Escribimos para paliar la ausencia de los dioses, el vacío”, señaló el autor, quien se permitió soñar con un frente común de los países del sur, con una fraternidad y una resistencia capaces de poner freno a las deshumanizadas políticas de la crisis.

“El mundo hoy, también el Mediterráneo, se reduce. No podemos seguir rodeándolo todo de una fábula. El tiempo de la fábula se ha terminado. Escribimos para paliar la ausencia de los dioses, el vacío”, señaló en unas jornadas el autor de origen argelino Jean-Noel Pancrazi, quien se permitió soñar con un frente común de los países del sur, con una fraternidad y una resistencia capaces de poner freno a las deshumanizadas políticas de la crisis.

Me gustó la intervención de Pancrazi, que puso el acento crítico a unas jornadas en las que autores españoles como Carlos García Gual, Luis Alberto de Cuenca y Lourdes Ventura pudieron intercambiar reflexiones con otros colegas en lengua francesa. El mar, la isla y sus orillas, la travesía como fuente de esperanza; el placer y el dolor; la celebración y la guerra, salieron a relucir, del mismo modo que los conflictos interiores y esos paisajes de la infancia que tanto marcan, con indudables puntos de conexión entre todos los que comparten -compartimos- una cierta sensibilidad, una imaginería común. “Los valores del Mediterráneo frente a un mundo cada vez más americanizado y homogeneizado”, señaló García Gual, quien habló de los caminos, de las aventuras, de los héroes que siempre “han intentado renovar el mundo, cambiarlo, ir hacia adelante”. “La travesía del Mediterráneo como esperanza”, apuntó Lourdes Ventura, quien aunó a Kavafis, Camus, Marguerite Duras y Marguerite Yourcenar con Manuel Vicent y Esther Tusquets, dos autores españoles que miran a las mareas. La literatura y el viaje, nada más y nada menos.

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Libros. Roma. Fotografía Karina Beltrán © 2013

(“Las pequeñas virtudes”, de Natalia Ginzburg, traducido por Celia Filipetto, ha sido publicado por El Acantilado).

Las fotografías de esta Ventana fueron realizadas por Karina Beltrán en el Trastevere romano. La librería que aparece es minimum fax y el libro que tengo entre las manos “Bagheria”, de Dacia Maraini.

 
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