Vagar entre realidades y sueños con Margaret Atwood

Fotografía de cabecera: Margaret Atwood por Rodrigo Ruiz Ciancia

Emma Rodríguez © 2019 /

Para Constance, la protagonista de Alphilandia, el relato que abre Nueve cuentos malvados, de Margaret Atwood, ese territorio literario que da título a la narración, es un lugar al que acudir cuando las cosas no marchan bien, un “refugio”, una “fortaleza” contra las agresiones del exterior, contra el discurrir no siempre amable de la vida. “Podía traspasar en espíritu aquel portal invisible y vagar entre sus lóbregos bosques y por sus prados resplandecientes, trabando alianzas y derrotando enemigos, y nadie más podía entrar a menos que ella diera permiso, pues un conjuro pentadimensional protegía la entrada”.

En Constance, no digo que no sea por mi naturaleza fantasiosa, he querido yo ver a Atwood (Ottawa, 1939), habitando con alegría, con ligereza, en los territorios de sus ficciones, contemplando e interpretando el mundo a través del espejo de la literatura, librando batallas contra los prejuicios, injusticias y agresiones del mundo a través de realidades paralelas que muchas veces actúan como metáforas de un presente demasiado espeso como para vislumbrar con claridad sus claros y salidas.

La escritora, que con novelas como El cuento de la criada, de la que ya ha escrito segunda parte, The testaments, que probablemente será editada en inglés antes de que termine 2019, ha encontrado el lenguaje y las imágenes precisas, para identificar el maltrato a la mujer, la resistencia feminista, la lucha por la igualdad entre los sexos y la presencia de fuerzas retrógradas e involucionistas que permanentemente la obstaculizan, es una maestra en el arte de asomarse al presente e identificar sus grietas, las fuerzas destructoras que nos amenazan, las corrientes subterráneas que estimulan los miedos, los resortes de manipulación sobre los que se sostienen las mentiras del poder. Tiene ese don, el don de saber mirar a lo profundo y de transformar lo que ve en historias que parecen surgir con una asombrosa naturalidad, como si fuese sencillo, como si no le costase, como si la literatura, de igual modo que para Constance, su personaje, fuese para ella, lo que está aguardando cuando cierra la puerta de esa otra habitación en la que todo le está permitido, en la que puede cultivar sin cortapisas su capacidad de asombro, dar rienda suelta a su mente visionaria.

Margaret Atwood es una maestra en el arte de asomarse al presente e identificar sus grietas, las fuerzas destructoras que nos amenazan, las corrientes subterráneas que estimulan los miedos, los resortes de manipulación sobre los que se sostienen las mentiras del poder.

De todo esto volvemos a ser conscientes cuando nos sumergimos en estos Nueve cuentos malvados que ahora publica en castellano Salamandra y que nos regalan muchos de los registros de la autora canadiense y nos aproximan a su momento vital, pues si hay un tema presente en la mayoría de los relatos es la vejez, una etapa de decadencia, pero también de revelación y de reconciliación. En un predominante tono humorístico, los personajes de las distintas narraciones asumen sus limitaciones en el declinar de sus vidas y miran al pasado en un intento de comprender sus recorridos, sus decisiones, de rendir cuentas, de abrir el cofre de los secretos… En la mayoría de los casos se impone el perdón, pero tampoco falta la venganza en unas historias donde las edades se encuentran, donde los actos de juventud acaban teniendo consecuencias.

La envolvente historia de Constance, una escritora de género fantástico que acaba de perder a su marido, aunque sigue dialogando con él; se refugia en su mágico reino de Alphilandia, que le ha granjeado éxito y una gran legión de seguidores –a los que prefiere evitar–, y procura arreglárselas con las cuestiones prácticas de la existencia, ante el temor de que sus hijos acaben internándola en una residencia de ancianos, abre el libro. Y lo cierra A la hoguera con los carcamales (el título no puede ser más descriptivo), donde se cuenta la tierna historia de amistad entre un hombre y una mujer, cómplices en el tramo final de sus vidas, haciendo frente a su última contienda, la lucha por la supervivencia en un centro de lujo para la tercera edad que es atacado por un grupo de terroristas que reclaman que alargar la vida no tiene sentido cuando hay tantos jóvenes, sin recursos, sin posibilidades de futuro, pidiendo paso.

Los dos relatos citados son mis favoritos, aunque, por diferentes motivos, en todos he encontrado puntos de atracción, referencias interesantes, giros cautivadores. En el noveno, que tanto me recuerda la novela de Adolfo Bioy Casares Diario de la guerra del cerdo, donde el escritor recrea una situación en la que los ancianos también son vistos como un estorbo y odiados por pandillas callejeras de jóvenes que se lanzan a exterminarlos, nos encontramos con la constructora de distopías, con la sagaz y sarcástica observadora de los males del presente, de sus orígenes y efectos. Hay un momento en el que Wilma, la protagonista, enciende la radio y escucha una tertulia en la que los invitados debaten sobre los continuados ataques que se están realizando contra los ancianos y “se enredan en una polémica inútil” sobre si lo que está ocurriendo, transcribo textualmente: “es un estallido de vandalismo, un ataque contra el principio mismo de la tercera edad, el civismo y la familia, o si no será, por otra parte, una reacción comprensible teniendo en cuenta los problemas y las provocaciones y, francamente, el desbarajuste tanto económico como medioambiental, con que se ha cargado a quienes están en la franja de, pongamos, los veinticinco para abajo”.

Atwood refleja en esta historia en la que conmueve la calidez, la ayuda que se prestan los viejos protagonistas, la vulnerabilidad y la violencia que generan las sociedades de la desigualdad, el momento de cambio, de transición y de incertidumbre que define nuestro presente. La vejez, como os decía, está muy presente, pero también la literatura, la imaginación, pues en gran parte de las piezas habitar otros mundos, ya sea a través de la creación (hay unos cuantos personajes que cultivan la escritura), ya sea a través de los sueños, se convierte en un modo de salvación, en un consuelo.

Margaret Atwood en una imagen promocional de «Nueve cuentos malvados».

Antes os decía que este conjunto de narraciones nos acerca a las experiencias de la escritora en su tercera edad (el libro se publicó en inglés en 2014), una etapa en la que nos la encontramos plena de facultades, de energía, y, por qué no rendirnos al tópico, aún más sabia, sin perder un ápice de su sentido del humor. En estos cuentos Margaret Atwood ironiza sobre los ambientes literarios; sobre el éxito tan anhelado; sobre la competición y los premios; sobre la supuesta solemnidad con que investigadores y críticos se acercan a los grandes escritores e intentan escudriñar en sus obras. En estos cuentos la autora también rinde homenaje a los géneros considerados menores durante tanto tiempo: la fantasía, la ciencia-ficción, el terror, el thriller… Se maneja con ellos como una maga, nos hace reír y reflexionar a través de una mezcla sublime entre la ligereza y el conocimiento profundo de los sentimientos y de las pulsiones más profundas del ser humano, de los comportamientos tanto individuales como colectivos.

La vejez está muy presente en «Nueve cuentos malvados», pero también la literatura, la imaginación, pues en gran parte de las piezas habitar otros mundos, ya sea a través de la creación, ya sea a través de los sueños, se convierte en un modo de salvación, en un consuelo.

Los tres primeros relatos comparten protagonistas, siguen una línea argumental, pues la historia de Constance nos conduce, en El aparecido, a la de Gavin, su primer amor, un poeta rebelde en su juventud, un escritor consagrado en su vejez, para el que el exceso de confort y el lujo se convierten en un obstáculo para que surjan las musas. Aquí Atwood ironiza sobre la estupidez de la crítica, que tantas veces persigue la insignificancia, entregada a descubrir el morbo en las vidas de los creadores, al tiempo que parece querer vengarse de la prepotencia masculina, del machismo y del poderío de los hombres en el territorio de las letras, un ámbito en el que también las mujeres han sido constantemente minusvaloradas.

Estamos ante un cuento divertido y triste a la vez, pues en la caricatura del escritor, grosero, displicente, hay una compasión que se expresa en el modo sutil en que asoman sus carencias, sus cicatrices, la asunción de los errores del pasado. Y a través de él conocemos, en la pieza La dama oscura, a Jorrie, la amante despechada, que nunca perdonó a Gavin el que la abandonara, una mujer adicta a las esquelas, que mantiene una lucha permanente con su cuerpo porque no se resigna a envejecer y que, de la manera más insospechada, acaba aprendiendo el significado del perdón. A su vez, las tres piezas, están unidas por el hilo mágico de la costurera Atwood, por un aliento onírico, donde los sueños y la fantasía crean un universo alternativo, lejos de lo real, de lo aprehensible, que reconozco me ha cautivado sobremanera.

La literatura, la creación, el éxito literario, están presente en La mano muerta te ama, una pieza ingeniosa en la que se narra un cuento dentro de otro cuento, ya que Atwood relata la historia de un escritor que, contra todo pronóstico, logra escribir un libro de éxito y ha de repartir los cuantiosos beneficios que le proporciona con quienes fueron sus tres compañeros de piso, al tiempo que nos hace conocedores del contenido de ese libro, un relato de terror gótico. En esta pieza y en otras, como señalaba antes, se alude al desprecio hacia la novela popular y de género de la supuesta “intelectualidad”, a la poca consideración que durante mucho tiempo se tuvo hacia estos ámbitos que tardarían un tiempo en labrarse un hueco, “que más tarde sería un túnel, en el parnaso de las letras”, como indica el narrador.

Al respecto, volvamos al primer relato, el de Constance (situado en parte, en su rememoración del pasado, en el Toronto “prehippy”), donde leemos: “Los poetas y cantautores se mofaban de sus historias de Alphinlandia, como no podía ser de otra manera. ¿Por qué no, si hasta ella se burlaba? Faltaban todavía muchas décadas para que aquella ficción subliteraria que Constance producía como churros gozara de algún respeto. Un puñado de ellos admitía haber leído «El señor de los anillos», aunque siempre con el pretexto de sentir cierto interés por el nórdico antiguo…”

Margaret Atwood por Rodrigo Ruiz Ciancia

Atwood homenajea estos géneros en sus relatos, juega a mezclarlos. A través del humor, nos habla de la literatura y ridiculiza el éxito comercial, pero también trata asuntos sociales, conflictos e inquietudes de actualidad. La realidad se cuela por la ventana de sus ficciones una y otra vez, asoma sus oscuras garras, unas veces de manera explícita, como sucede en A la hoguera con los carcamales, otras por medio de tenues pinceladas. Así, el problema de la gentrificación se aborda en el citado La mano muerta… y la obsesión por la juventud, por el cuerpo, está muy presente y es especialmente relevante en narraciones como La Dama Oscura y Colchón de piedra, una historia que la autora comenzó a escribir, como cuenta en la nota final de agradecimientos, en un viaje al Ártico, con la intención de entretener a sus compañeros de expedición y donde, de nuevo, por debajo de la trama, muy ágil, con elementos propios de la novela negra, se vislumbra, una vez más en la narrativa de Margaret Atwood, las humillaciones e injusticias contra las mujeres, en este caso personificadas por Verna, la protagonista, quien convierte su “rabia desafiante” en una venganza.

Cuenta la escritora, en una nota final, que uno de los relatos, «Colchón de piedra», con elementos de novela negra, lo comenzó a escribir, en un viaje al Ártico, con la intención de entretener a sus compañeros de expedición.

También adquiere formas de “thriller” el desconcertante El novio fosilizado, con una supuesta “mujer fatal” como enigmático personaje central, donde cuesta imaginar lo que puede llegar a ocultarse en un guardamuebles. La novela de crimen, la fantasía, el terror, la ciencia-ficción, la distopía… son medios idóneos para la evasión. Sumergirnos en sus territorios nos permite salir fuera de lo que somos y vivimos, pero también reconocer nuestras derivas, enfrentarnos a nuestros miedos y prejuicios, acercarnos a los otros, con sus diferencias. Margaret Atwood se mueve sabiamente en sus fronteras y nos permite indagar en las razones que llevan a actuar oscuramente, también a dialogar con seres despreciados por su aspecto deforme, “monstruos” para nada exentos de humanidad. Os invito a leer Lusus Naturae.

Llegados a este punto, solo me falta hablaros de uno de los cuentos: Sueño con Zenia, la de los colmillos rojo brillantes. Aunque no lo tenía previsto de antemano, es una buena manera de acabar este repaso, en espera de que seáis vosotros los que hagáis vuestras propias inmersiones. Os hablaba de que el cruce entre la realidad y el sueño es otro de los ejes con que Atwood construye estos Nueve cuentos malvados. De la realidad al sueño apenas hay un paso, un difuso y resbaladizo puente que cruzamos con frecuencia, aunque a veces no seamos conscientes del prodigio.

Este relato con aires vampíricos, que nos habla de la amistad cómplice, a lo largo del tiempo, de tres amigas, y de una cuarta, que se aparece en sueños, –una amistad capaz de vencer a las traiciones–, nos muestra también la importancia de lo que acaece cuando estamos fuera de lo palpable, con los ojos cerrados, habitando otros espacios que se convierten en un rico nutriente literario y que pueden condicionarnos más de lo que estamos dispuestos a creer. “El tiempo es distinto en los sueños (…) En los sueños nadie está muerto (…) En los sueños solo hay presente…”, vamos leyendo. Todo el conjunto bebe de estos principios. Sabemos que en la vejez la memoria inmediata suele borrarse y los recuerdos, el pasado, cobran cada vez más importancia. En los relatos de Atwood las vivencias acaecidas, las vueltas atrás para encontrar consuelo y sentido, y los sueños, sobre todo las revelaciones de los sueños, contribuyen a muchos de los personajes a encontrar la vía de la reconciliación con sus destinos. La lectura de este libro nos anima a ver más allá, a reír con nuestras inconsistencias, con nuestras zozobras, a avanzar, a seguir avanzando…

Estos nueve cuentos”, nos indica la escritora en la nota final, “deben mucho a los cuentos de todos los tiempos. Llamar “cuento” a una narración breve supone distanciarla en cierta medida del prosaico reino de los trabajos y los días, puesto que el término evoca el mundo del folclore popular, de los cuentos de hadas y de los cuentacuentos de antaño…”  Sentémonos, pues, a leer, a escuchar lo que tiene que contarnos Atwood, abramos la puerta de lo sorprendente, como los niños que seguimos siendo, en permanente asombro, dispuestos a seguir descubriendo, descubriéndonos.  Lo de “malvados», os digo, llama mucho la atención, pero no es para tanto, porque, como os decía, en el recorrido impera, a grandes dosis, la comprensión, la compasión, la reconciliación.

“Nueve cuentos malvados”, de Margaret Atwood, ha sido publicado por Salamandra, con traducción de Victoria Alonso Blanco.

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