Juan Marqués y su «hombre que ordenaba bibliotecas»

(“algunas melodías, algunas imágenes, algunos libros”)

Emma Rodríguez © 2021 /

Empezaré a escribir este texto por el principio, por el título: El hombre que ordenaba bibliotecas. Y diré que los títulos importan; que son la llave inicial de los libros, que una simple palabra, una frase, puede  despertar la curiosidad y llevarnos al centro de una historia, al corazón de un territorio nuevo, desconocido hasta entonces. Es algo así como lo que sucede con ciertas calles que de pronto nos encontramos en las ciudades que transitamos y que despiertan nuestra atención por la luz que cae sobre sus piedras en un momento dado, o por algún detalle concreto… Calles que recorremos y que, tal vez, lleguen a formar parte de nuestra geografía más íntima.

Me lo dije a mí misma cuando, gracias al título, sentí deseos de pasar las páginas de la ópera prima de Juan Marqués (Zaragoza, 1980), poeta y crítico literario. No es la primera vez que algo así me sucede y debo decir que en estos casos me gusta hacer caso a la intuición y ver qué me depara la aventura. En esta ocasión agradezco haber entrado en la calle, recorrido el camino de una obra corta, poco más de cien páginas, pero amplia en las bifurcaciones que abre; una historia aparentemente sencilla, de fácil lectura, pero intensa en las complejidades de fondo que plantea, en su caudal de indagaciones, de preguntas, de enigmas.

De El hombre que ordenaba bibliotecas podemos hacer múltiples interpretaciones. Esta novela sugerente y motivadora nos lleva a indagar en las conexiones entre la vida y la literatura; a reflexionar sobre la precariedad de los trabajos creativos; a plantearnos los momentos de crisis, de bloqueo, de parálisis, que a lo largo de la vida conducen a otros lugares y nos convierten en otras personas. La percepción lectora va cambiando a medida que nos vamos adentrando, ahondando, en una narración que va variando de tonos, de tintes, de escenarios… Ahora, mientras escribo estas líneas, me invade la sensación de que tal vez el propio autor no tenía del todo claro el trayecto, que la escritura de la obra fue en sí misma una búsqueda, un campo de exploración, una experimentación a partir de vivencias, de pensamientos, de impulsos e intuiciones. Marqués parece enfrentarse a la narrativa desde una posición similar a la del poeta, lanzándose al abismo en busca de algo de entendimiento, de luz; apartando las brumas para alcanzar un poco de verdad. 

Sugerente y motivadora, la primera novela de JUan Marqués nos lleva a indagar en las conexiones entre la vida y la literatura; a reflexionar sobre la precariedad de los trabajos creativos; a plantearnos los momentos de crisis a lo largo de la vida.

Al comienzo el marco no puede ser más realista y actual. El narrador, del que sabemos que le faltan unos cuantos meses para cumplir cuarenta años, reconoce atravesar una etapa de abatimiento general, y da cuenta de un viaje a una ciudad francesa, Toulouse, donde se lo encuentra todo destrozado tras las contundentes manifestaciones de los denominados “chalecos amarillos”, que visibilizan con sus acciones de protesta ante el mundo el creciente empobrecimiento de los trabajadores en las sociedades neoliberales, su incapacidad para hacer frente a la subida de los precios, de los gastos básicos del día a día.  

Alguien, el hombre que le ha invitado a un acto en el citado lugar, personaje interesante y enigmático, que irá adquiriendo cada vez más importancia en el recorrido, se lo explica de forma muy clara: “Si nos paramos a pensarlo bien, todos estamos a un solo paso de dormir en la calle, no es tan difícil. Basta un solo revés en la vida que conoces para que ya no puedas pagar ni siquiera un sucedáneo de esa misma vida…” Y él se siente identificado. Es un padre divorciado que reconoce su precariedad como trabajador en los entornos de la cultura: “crítico de novedades editoriales en revistas culturales invisibles, corrector de galeradas, pre-jurado en premios”, incluso en ocasiones uno de esos “negros” que escriben textos que han de firmar otros. Un perfil de mileurista, sujeto a la inestabilidad en todo momento, que ha de asumir, en cierto modo, que por hacer lo que le gusta ha de aceptar esas condiciones. 

A Juan Marqués le bastan las páginas iniciales de su novela para trazar un certero retrato de los trabajos creativos, de esas actividades que se realizan de forma vocacional, pero que exigen un esfuerzo, un tiempo, una preparación y conocimientos que parecen desconocer quienes las pagan y quienes se nutren de ellas. Su personaje se siente un privilegiado por andar siempre entre libros, lo que más le gusta. “Al menos su trabajo coincide con su vocación, eso es algo impagable, no lo olvide”, le dice su interlocutor. Pero él sabe lo mucho que le cuesta salir adelante, liberarse de la tensión, de la ansiedad y el agobio permanentes que requieren las múltiples tareas que debe abordar para llegar a cubrir los gastos básicos. “Triunfa en la vida”, se dice, “aquel que es dueño de su tiempo, libre de poder invertirlo en lo que ama, en lo que le motiva”. 

Aquí un inciso para poner a dialogar esta obra con El entusiasmo y Frágiles, dos ensayos de Remedios Zafra que profundizan en esta realidad retratada en el párrafo anterior, la vida precaria, insegura, acelerada de tantos profesionales en los tiempos de Internet. Estamos en un cauce de la novela, pero, como os decía, hay otros. Contamos con el marco social para comprender las angustias y miedos del protagonista, quien se plantea qué es lo que quiere, de qué modo desea vivir, cómo puede ganarse el sustento de manera aceptable, digna.

Estos inicios de la entrega, que luego ha de avanzar hacia territorios menos tangibles, no dejan de resultar significativos, pues hablan del trabajo, de su significación, de su aporte de satisfacción o frustración, un tema de suma importancia sobre el que se debate tan poco, muy extendida la idea de que tratándose de trabajo todo hay que aceptarlo. Pero la novela que nos ocupa toma las circunstancias materiales de su personaje como punto de partida para hablar de las crisis de identidad, de las épocas confusas, de esos momentos angustiosos de la existencia en los que todo se vuelve oscuro, en los que cuesta seguir andando.

A la búsqueda de salidas, nuestro hombre responde a la gran pregunta: “¿qué haría usted en su vida si pudiera?” Da vueltas a la cuestión y piensa que podría dedicarse a guiar las lecturas de otros, aprovechar su conocimiento, su pasión por los libros, para obtener un más justo rédito económico. “Me da que Madrid está infestado de millonarios que andan acomplejados por saberse poco letrados, que sufren cuando en determinados contextos tienen que simular cierta cultura elemental (…) Haría para ellos listas de libros necesarios (…) Podría organizar sus bibliotecas…”, se va planteando, hasta decidirse a poner un anuncio por palabras ofreciéndose a ordenar bibliotecas, enriquecerlas, limpiarlas, crearlas a partir de las querencias de sus propietarios.

A partir de aquí la novela da un giro y se centra en encuentros diversos con todo tipo de clientes, extravagantes, con gustos y criterios caprichosos. Citas y ciudades se suceden mientras el hombre que se dedica a ordenar bibliotecas se va dando cuenta de la complejidad de las psicologías ajenas, de las carencias y deseos de la gente con la que va entrando en contacto. Nuestro planeta y nuestro siglo están llenos de psicópatas inofensivos. Son personalidades interesantes, en principio no hacen ningún daño y crean puestos de trabajo. En torno al mundo del libro, y muy particularmente al de la poesía, pululan ejércitos enteros de gentes enajenadas, con traumas de muy distinto signo que, sin embargo, tienen algo en común: todos los males surgieron a partir de un texto, todos sus daños o sus complejos tienen orígenes literarios”, transcribo parte de sus reflexiones.

El protagonista se va encontrando con clientes extravagantes, con gustos y criterios caprichosos. Citas y ciudades se suceden mientras el hombre que ordena bibliotecas se da cuenta de la complejidad de las psicologías ajenas.

Son muchas las peripecias extrañas, divertidas, que le depara al personaje su nueva ocupación. De entre quienes reclaman sus servicios quiero destacar a uno que solo desea en sus estanterías óperas primas porque le cautiva la “literatura de estreno, de tanteo”. “Me gustan los primeros balbuceos, los errores de los principiantes, los excesos y las carencias, la forma divertidísima en que se intenta ocultar, por supuesto sin ningún éxito, la inseguridad, la escandalosa forma de titubear...”, le hace saber a quien ha de organizar su biblioteca. Y más adelante le indica que no soporta “las ínfulas de los autores consagrados”. Resulta curiosa esta petición en el conjunto, pues estamos dentro de una primera novela, original, singular, en sus tanteos, en sus búsquedas.

Esta obra, como podéis imaginar, está llena de referencias literarias y lleva a meditar sobre el lugar que ocupan los libros, las lecturas, en el discurrir de la vida. Seguro que si habéis llegado hasta estas líneas, estaréis pensando, como me sucede a mí, en una obra, un autor, uno o tal vez más personajes de ficción, causantes de un impacto, de un efecto especial en el ánimo, de un giro en la mirada que puede llevar a cambios de índole más profunda.

El hombre que ordenaba bibliotecas induce a dar vueltas a todo ello. Los libros que vamos leyendo conforman una especie de biografía paralela, subterránea. A partir de ellos es posible elaborar una tesis no solo de los intereses y los gustos literarios en cada momento, sino incluso de las pulsiones, emociones, obsesiones, estados del alma, como indica el protagonista de otra novela muy centrada en los libros, La mala luz, de Carlos Castán, a la que el volumen que os estoy comentando me ha conducido. En ambos casos se reflexiona sobre la manera en que las ficciones nos definen y construyen. El protagonista de Marqués alude a la superposición de lecturas dentro de uno mismo, “ampliando el mundo interior, ensanchando la forma de mirar”

Pero siendo los libros esenciales en la obra que nos ocupa, el autor va más allá, como decía, pues nos habla de una crisis, de un tiempo de confusión, de cambio, de pérdida de sentidos, de incertidumbre. Su personaje está cambiando de piel mientras salta de biblioteca en biblioteca, mientras viaja de una a otra ciudad. En Zaragoza hace un interesante análisis del que es su lugar de nacimiento y recupera sensaciones y fantasmas del pasado. “Zaragoza es tan maravillosa como desesperante (…) Zaragoza es un hogar, realmente, hospitalario y protector, pero es también como una pared pintada con algún entramado flamante, vistoso, agradable, en la que sin embargo, a poco que rasques con la uña, aparece enseguida un empapelado franquista. Es algo tan sepultado como perceptible, y emerge constantemente, al mismo ritmo que las ruinas romanas de los fundadores”, vamos leyendo.

El movimiento no evita el abatimiento. Entra en escena un viejo amigo, de esos con los que poder hablar de lo que más duele. A través de él sabe de una especie de logia de intelectuales exiliados, seguidores de Ortega y Gasset, que se reúnen en Grenoble… En distintas ocasiones, de manera azarosa, va apareciendo ese hombre que conoció en Toulouse, cada vez más enigmático. Caminan y hablan. Las conversaciones entre ambos son muy reveladoras. Hay una sobre Goya especialmente alrededor de su cuadro Perro semihundido, que resulta esencial. Son páginas muy hermosas en las que se habla de lo trascendente, de lo inexplicable, de la necesidad de encontrar anclas en la música, en el arte, en la literatura, (“algunas melodías, algunas imágenes, algunos libros”).

Estamos dentro de una novela donde el azar y el misterio irrumpen en unos planteamientos de partida realistas. Y es precisamente esa combinación, esa quiebra, la que convierte a la narración en desconcertante y especial. Estamos dentro de una novela que intenta atrapar el espíritu de nuestro tiempo a través de las tribulaciones de un hombre desorientado. “Yo soy un prototipo, un arquetipo, casi un lugar común”, nos dice. Y más adelante reflexiona sobre la urgencia de atrapar “la vida buena”.

El mundo es un lugar horrible, una calamidad, un verdadero estercolero, pero es también, parece, el único lugar donde es posible esa vida, tal y como la conocemos, una vida inteligente, consciente de sí misma, creativa, bondadosa, fecunda. Una vida que siempre ha sido inexplicable por definición pero cada vez se hace más compleja: ahora todo es más provisional que nunca, está más desdibujado y confuso… La multiplicación de las posibilidades vitales ha llevado la incertidumbre a un punto desconocido hasta ahora…”, reproduzco este extracto tan significativo.

Estamos dentro de una novela donde el azar y el misterio irrumpen en unos planteamientos de partida realistas. Y es esa combinación, esa quiebra, la que convierte a la narración en desconcertante y especial.

Todo en principio nos parece reconocible, pero a medida que vamos avanzando por la calle, por la novela, comprendemos, a la par que el protagonista, lo difícil que resulta encontrar certezas, entender que lo inexplicable aguarda en el recorrido de toda existencia. El hombre que ordenaba bibliotecas es una obra de reflexión, de interiorización. Juan Marqués tiene la capacidad de bucear en espacios en penumbra, de tantear entre las sombras en busca de cauces de lucidez, de pasadizos capaces de descubrir lo que se oculta, lo que sólo puede percibirse a través del sentir. Esta entrega, atravesada de aliento poético, parte de las verdades del yo para intentar abrazar inquietudes colectivas. No ofrece respuestas, pero sí unas cuantas y valiosas ráfagas de comprensión, que nos hacen volver una y otra vez sobre determinadas frases, palabras, imágenes… 

El autor parece tener claro que su narración debe partir de lo que él más aprecia en las obras literarias que ama. “Los mejores libros del mundo sólo acertarán a hacernos vislumbrar o intuir una diminuta porción de lo que hay, algo minúsculo. La literatura es una pequeña linterna en un planeta lleno de luz que está en medio de un universo anegado de oscuridad, un espacio eternamente hundido en la noche...”, medita su protagonista. Como lectores tomamos en la mano la linterna y nos abrimos paso por las páginas de esta novela abierta que nos deja con ganas de más.

Fotografías del autor por Carmen de Pascual.

El hombre que ordenaba bibliotecas, de Juan Marqués, ha sido editada por la editorial Pre-Textos.

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