Carlos Castán, el contagioso virus de la literatura

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Por Emma Rodríguez © 2014 / Como lector de novelas el narrador de “La mala luz”, de Carlos Castán, se declara “francés y melancólico”, confiesa que siempre ha preferido “el monólogo interior a las historias enrevesadas que avanzan entre revólveres, pistas fiables o falsas, enigmas y coartadas” y asegura que siempre se ha sentido perdido en ese tipo de aventuras, no logrando nunca llegar a entender del todo, ni en el cine ni en la literatura, historias como “L. A. Confidential” o “El sueño eterno”. Si empiezo por aquí este artículo es por dos razones: porque el propio autor nos está ofreciendo una pista certera acerca de sus gustos literarios, definiendo las búsquedas de sus propias creaciones, y porque ese párrafo marca el punto de inflexión de la novela, el giro, el cambio de registro hacia una especie de “thriller”, una particularísima investigación que Castán se anima a poner en pie, pese a sus reticencias, y que se queda en un simple esbozo de algo que podría haber llegado a más.

No, no es la acción, lo que interesa a este escritor. No es tampoco la novela el género que mejor se ajusta a sus palpitaciones. Carlos Castán (Barcelona, 1960), quien lleva algún tiempo levantando una interesante obra desde la periferia; actualmente vive en Zaragoza, donde comparte la escritura con la enseñanza, es un extraordinario autor de cuentos que ha conseguido en su primer intento de correr la larga distancia una obra cautivadora en su imperfección, de altas intensidades emocionales, estremecedora a ratos, poética y profunda en sus reflexiones.

Los lectores que hayan seguido las huellas de Castán no dejarán de reconocer en esta entrega los hallazgos de quien se ha dedicado a buscar en sus relatos esas esquinas inesperadas hacia las que dirigir el foco de la linterna, esos instantes en los que se abren huecos a través de los cuales es posible introducir las manos y alcanzar los prodigios que permanecen agazapados, escondidos, en los recovecos del tiempo, de las distancias, de la memoria, de lo que no puede ser explicado. En cierto modo Castán es como uno de esos viajeros, perseguidores de prodigios, que protagonizan una de sus piezas inolvidables, “El andén de nieve”, relato que abre “Frío de vivir”, el sorprendente libro con el que se dio a conocer hace ya 16 años y que simplemente con su título ya presagiaba en cierto modo lo que es “La mala luz”.

Estamos ante una crónica de la desilusión frente a la complicada práctica de existir, ante ese momento en el que, habiendo realizado ya buena parte del trecho, se constata que faltan las fuerzas, la energía suficiente, para volver a creer que es posible levantarse de la última pérdida y empezar de nuevo. Poco importa en esta novela que la parte detectivesca se quede coja, poco importa que la narración se cierre demasiado abruptamente después de un comienzo, tal vez, excesivamente lento. De la resolución del crimen que tiene lugar, de las motivaciones, de las circunstancias en torno al mismo, esperará mucho más, sin duda, el lector habituado a disfrutar con el rastreo de enigmas, a correr tras las pistas del delito, pero no es éste el caso. Quien eso espere se habrá equivocado de historia, espoleado sin duda por el texto de la contraportada con la que la editorial ha querido confundir a los muchos adictos al género negro.

De la resolución del crimen que tiene lugar, de las motivaciones, de las circunstancias en torno al mismo, esperará mucho más, sin duda, el lector habituado a disfrutar con el rastreo de enigmas, a correr tras las pistas del delito, pero no es éste el caso. Quien eso espere se habrá equivocado de historia, espoleado sin duda por el texto de la contraportada con la que la editorial ha querido confundir a los muchos adictos al género negro.

Carlos Castán © Lorenzo Silva

¿A estas alturas podemos pedir reglas, convenciones a la novela? ¿No se trata de un recipiente en el que todo puede tener cabida: la poesía, el diario, el pensamiento…? ¿No debe ser toda novela un experimento? ¿No debemos acercarnos a ella sin corsés, sin estereotipos, sin comparaciones?, me pregunto al tiempo que voy pisando las páginas de esta narración larga hecha de relatos, de pequeñas piezas que se van engarzando a la manera de las cuentas de un collar; fragmentos, ráfagas, piezas del puzzle de la vida.

Lo que de verdad resulta sugerente en “La mala luz” es lo que le sucede por dentro al protagonista, el flujo de sus pensamientos y, sobre todo, el paralelismo que se traza entre literatura y vida, la constatación de que esos autores a los que se lee, esas ficciones que se eligen, pueden ser tanto o más decisivas que los trabajos, los amores, los comienzos y finales tantas veces asumidos a lo largo del recorrido vital. “La mala luz” es una novela muy literaria, llena de referencias que no se quedan en eso, sino que se convierten en un mecanismo que pone en marcha los pasos del personaje central, un hombre que no logra escapar del tedio, de esa sensación de estar atrapado en una existencia muerta, huérfana de ilusiones, de sentidos. Hay, por tanto, dos tramas paralelas: la de los acontecimientos reales en torno a las vivencias de ese ser que intenta explicarse y va llenando las hojas de su particular novela, de su diario más íntimo, y esa otra biografía de los libros cuyas hojas se recorren con avidez: querencias, afectos, elecciones que pueden llegar a decir mucho más de una persona que cualquier otro dato, fecha o acontecimiento.

Lo que de verdad resulta sugerente en “La mala luz” es lo que le sucede por dentro al protagonista, el flujo de sus pensamientos y, sobre todo, el paralelismo que se traza entre literatura y vida, la constatación de que esos autores a los que se lee, esas ficciones que se eligen, pueden ser tanto o más decisivas que los trabajos, los amores, los comienzos y finales tantas veces asumidos a lo largo del recorrido vital.

“Suponiendo que alguien tuviera alguna vez la curiosidad y el tiempo necesario y estuviese dispuesto a tomarse la molestia, podría colocar todos los libros por el orden exacto en el que yo los había ido adquiriendo a lo largo del tiempo, con una precisión de días, y seguro que a partir de esa secuencia sería posible elaborar una tesis acerca de algo más que la evolución de mis intereses y mis gustos lectores: mis pulsiones de huida, mis obsesiones, mi alma en definitiva, al menos tal como yo en cada uno de los momentos había querido verla. Y, si yendo todavía un poco más lejos, se superpusiera esa cronología a la de los hechos de mi vida, obtendríamos entonces una biografía paralela, como subterránea, que explicaría quizá muchas cosas de la peripecia vital que se desplegó en la superficie y arrojaría algún tipo de luz sobre mis acciones, escapatorias, terrores, enamoramientos, mudanzas y todas sus derivas”, se va explicando el narrador. Y se va preguntando qué libro tenía en la mesilla cuando creyó “agonizar de amor por vez primera, a los dieciséis años”; qué leía una de las veces que fue abandonado; qué literatura le acompañaba cuando la muerte se cebó con lo que más quería e “hizo del mundo entero, con sus calles y con sus mares, una interminable tumba…”

“Los contenidos de cada uno de aquellos libros se mezclaron con los de mi conciencia en cada momento preciso, y no es aventurado suponer que de algún modo tendrían que influir necesariamente en mis decisiones o al menos en el estado de ánimo que a su vez inspiró esas decisiones”, seguimos leyendo ese largo monólogo que es toda esta novela en la que Castán ha prestado mucho de sí mismo a su personaje, poniendo las palabras precisas, las más lúcidas del diccionario, a algo que yo como lectora siempre he tenido claro: la fuerza que tienen las ficciones, su poder para consolarnos, para salvarnos, para transformarnos, para sacar de nosotros la alegría, pero también esa capa de tristeza, de frustración, que tanta gente intenta mantener a raya en el fondo de sus corazones, oculta tras los quehaceres diarios, las ocupaciones rutinarias, los gestos mecánicos.

Carlos Castán © Lydia Solans Andreu

Por ejemplo, confieso que leí “La mala luz” en un momento especial, apenas recuperada de un proceso gripal que me dejó extremadamente vulnerable, frágil, empequeñecida. Confieso que la novela contribuyó a ampliar los márgenes de mi propia melancolía, que destapó en mí determinados recuerdos dormidos acerca de la soledad y las carencias de mi propia infancia, acentuando mi sensibilidad hacia episodios en los que el narrador siente una inmensa pena al recordarse de niño. Carlos Castán es grande a la hora de manejar los mecanismos de la ternura, cuando se pone a tocar determinadas teclas que tienen que ver con la iniciación, con esas experiencias, imágenes, detalles, capaces de definir un carácter, una forma de mirar al mundo de la que ya nunca podremos despojarnos. La ternura es la manera que encuentra el protagonista para reconciliarse con su destino, para abrazarse, para sentirse acogido. La ternura y esa bellísima mirada poética sobre las cosas de este mundo son las armas del escritor para comunicar una visión desencantada de la realidad.

Carlos Castán es grande a la hora de manejar los mecanismos de la ternura, cuando se pone a tocar determinadas teclas que tienen que ver con la iniciación, con esas experiencias, imágenes, detalles, capaces de definir un carácter, una forma de mirar al mundo de la que ya nunca podremos despojarnos. La ternura es la manera que encuentra el protagonista para reconciliarse con su destino, para abrazarse, para sentirse acogido

Hay varios tramos estremecedores en este doble sentido, pero me quedo con el capítulo que lleva por título “El niño de las palomas”, un capítulo que podría ser un cuento en sí mismo y que se desarrolla en torno a una foto en blanco y negro de cuando el narrador tenía cuatro o cinco años, una foto en la que camina feliz abriéndose paso entre las palomas de una plaza, “probablemente la del Pilar de Zaragoza”.

“La imagen de ese niño me despierta una ternura que no soy capaz de sujetar. Lo miro y me da pena (…) Niño, perdóname por todo el daño que te he infligido, por lo que he acabado haciendo con tu vida. Perdóname por no haberte escuchado más, Rocamadour de mi novela, caballito de cartón, por no haber pasado más tiempo contigo…”, vamos leyendo. “Necesito hoy decirte que te he querido a mi modo, aun sin saber hacerlo. Que me gusta que seas mi pasado y que estoy orgulloso de tus diplomas del colegio y de las cosas que dibujabas con cuatro pinturas en cualquier papel, algunas de las cuales guardo todavía en una vieja carpeta al fondo de un armario, monstruos y montañas con las nubes arriba, heladerías ambulantes, bólidos de todos los colores, futbolistas a punto de disparar, revólveres y príncipes a caballo”.

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Rocamadour, “Rayuela”, Cortázar. “La mala luz” está llena de guiños, de homenajes literarios. Son muchos los autores de los que se habla: de Cioran, de Marguerite Duras, de Proust, de Paul Celan, sobre todo de Paul Celan, representante de los creadores suicidas con los que tanto se identifica el protagonista. No me resisto aquí a transcribir un pasaje en el que éste alude a la manera en la que su amigo Jacobo, también lector compulsivo, le contagió esa pasión por el autor de “Amapola y memoria”.

Carlos Castán © Virginia Barbancho

“De hecho consiguió que yo acabase empapado por entero de Celan, al que empecé a imaginar siempre en medio de un paisaje nevado, con un nudo en la garganta, dueño de una tristeza inhumana y de la culpa que ni un solo día de su vida le dejó desterrar de la mente la imagen de sus padres muertos, tendidos sobre el frío, en el campo de Mijailovka, a orillas del Bug. El agujero de bala en la nuca de su madre, la conciencia de poder haberlos salvado, todo semicubierto por un manto blanco. Consiguió meterme dentro el veneno de esa delicadeza. Hay obras que nos poseen como un virus, durante un tiempo las tenemos dentro como quien ha contraído una enfermedad y luego se van despacio aunque dejando a su paso un poso de lo que fue su mirada sobre el mundo y las cosas, y unos cuantos versos con todo el sabor de lo aparentemente olvidado”.

Hay otro momento en el que se reflexiona sobre la impostura que contradice lo expuesto con anterioridad. Los libros que recorren la vida de cada cual, que van conformando una biblioteca, no acaban componiendo necesariamente una personalidad auténtica, sino tal vez, una falsa identidad, construida desde la premeditación. “Creo que esas atestadas librerías no hablan tanto de lo que soy como de lo que he querido ser (…) La impostura a la que me refiero consiste en que mi biblioteca tal vez no sea, como siempre he creído, el mapa de mi alma. Pero me falta saber a quién he pretendido engañar, con mayor o menor conciencia, a lo largo de tantos años”, seguimos el discurso del narrador.

“Creo que esas atestadas librerías no hablan tanto de lo que soy como de lo que he querido ser (…) La impostura a la que me refiero consiste en que mi biblioteca tal vez no sea, como siempre he creído, el mapa de mi alma. Pero me falta saber a quién he pretendido engañar, con mayor o menor conciencia, a lo largo de tantos años”, seguimos el discurso del narrador.

Imposible que esta novela no atraiga a todo aquel que haya experimentado alguna vez ese virus del que habla Castán. “La mala luz” es una obra que atrapa por sí misma y por los muchos otros senderos, lecturas, que abre. De un modo convencional, esquemático, a la manera en la que se suelen resumir los argumentos de cualquier libro, podríamos decir que estamos ante una historia que narra la crisis de un hombre de mediana edad, que acaba de separarse, emprende cambios en su recorrido solitario y se ve involucrado en la turbia historia de su mejor amigo. Podríamos decir que en su desarrollo esa historia, que adquiere la forma de una confesión, de un ajuste de cuentas con la vida, relata una relación de amistad cómplice; ahonda en el sentimiento de culpa; recuerda el drama de los campos de concentración, una especie de puente hacia la Historia colectiva, hacia el nosotros, y abre sus puertas a la entrada de una misteriosa y enigmática mujer con la que nuestro hombre llega a soñar enamorarse de nuevo y que es esencial en el desarrollo de ese “thriller” que, como decía antes, no llega a cuajar. Pero “La mala luz” es mucho más que eso. A Carlos Castán le han bastado 227 páginas para abarcar la esencia de una vida, para apresar el miedo, la rabia, la tristeza, la pena, la pérdida, la necesidad de amor y esa pregunta cargada de crueldad que en determinados momentos, hacia el ecuador de la existencia, cuando las pérdidas y las traiciones ya empiezan a pesar, podemos llegar a plantearnos: Pero, ¿vivir era esto finalmente? ¿Hasta aquí hemos llegado con nuestros sueños a cuestas?

“La mala luz” ha sido publicada por la editorial Destino.

Las fotografías, facilitadas por la editorial y por el propio autor, las firman, de arriba a abajo: Lydia Solans Andreu, Lorenzo Silva, Ángel Sahún y Virginia Barbancho.

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