Si un viajero en la noche de la eterna

Foto de cabecera: Raymond Queneau, uno de los autores del círculo surrealista de París

Alberto Trinidad © 2019 /

Supongamos que sigo aquí, que permanezco inmerso en estos «Territorios de Fuga» que construyo a medida que recorro. Que el ardid que me propuse al iniciar esta serie de artículos para la revista Lecturas Sumergidas sigue vigente. Esto es, habitar únicamente en el equilibrio de estas páginas, allá donde moran los significados (los significantes) de las obras y artistas que analizo (en los que me sumerjo). Ahora supongamos también que existe un número indeterminado de lectores que me leen, que, en mayor o menor medida, esperan la publicación de un nuevo número de la revista para hacerme compañía en estos tránsitos. Imaginemos que un par de docenas de estos lectores recogieron el guante que lancé al vacío con mi primer artículo sobre Roberto Juarroz, y han aceptado el artificio ficcional que propuse, no solo con el fin de conocer algo más de ciertos autores u obras por los que sienten algún interés, sino con cierta curiosidad morbosa por descubrir el derrotero del ente inaprensible que los narra, del espacio que se crea en el ámbito de esa escritura y que es donde el autor de estas líneas ha prometido quedarse, para siempre. Más aún, imaginemos que alguno de esos cuantos lectores ha asumido como propia la estratagema del autor de los artículos y pretende morar en ellos a partir, no únicamente de su lectura, sino también de aquellas a las que hace referencia, de aquellas que acumula él mismo en su bagaje cultural. Supongamos que ese lector del que hablo eres tú, que estás aquí ahora mismo, leyendo, actuando, y que con tu sola presencia modificas indefectiblemente el sentido y el destino de estas líneas.

Italo Calvino

Italo Calvino, en su obra Si una noche de invierno un viajero, propone al lector un ejercicio estilístico pocas veces llevado a la práctica en la historia de la literatura. Un ejercicio a modo de reflexión metaficcional que se muestra casi como un estudio teórico acerca de los volubles límites del género de la novela y de aquellos que separan sus diferentes voces narrativas. La obra comienza apelando directamente al lector, narrándole en segunda persona que está a punto de iniciar la lectura del libro que tiene entre las manos (Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino). Al cabo de pocas páginas, en las que se describe cómo el propio lector, tú (es decir, nosotros), adquiere el ejemplar, se lo lleva a su casa, se acomoda y empieza a leer, comienza la narración de lo que se supone es, en realidad, la novela Si una noche de invierno un viajero. Sin embargo, esta narración queda interrumpida cuando el Lector descubre, poco tiempo después de iniciada la lectura, que el ejemplar que le han vendido está defectuoso, ya que se reiteran las mismas diecisiete páginas a lo largo de todo el volumen. Indignado, acude a la librería a reclamar un ejemplar en condiciones del libro. Allí, para su sorpresa, el librero le indica que se trata de un fallo de edición generalizado, y que en realidad el fragmento impreso en su ejemplar corresponde a otra novela, de un escritor polaco, llamada Fuera del poblado de Malkbork. Obviamente, el Lector ya no quiere la novela de Calvino, sino continuar con la que le ha intrigado, la que estaba leyendo en su casa, y le pide que le venda un ejemplar de ese otro libro. El librero accede. A su vez, el Lector conoce en la tienda a otra Lectora que se encuentra en su misma situación. Ambos compran Fuera del poblado de Malkbork y se citan para comentarlo una vez acaben de leerlo.

Lo siguiente que sucede en la acción de la novela es que este nuevo libro no tiene nada que ver con el que el Lector había estado leyendo, inaugurándose así una búsqueda irresoluble en que conoceremos el principio de diez narraciones distintas insertadas, a un mismo tiempo, en un arco argumental central que describe al Lector y la Lectora  inmersos en una extraña trama detectivesca acerca de organizaciones secretas que investigan novelas apócrifas.

Imaginemos ahora a ese lector del que hablábamos al principio del artículo, tú, interesándose por lo que el autor nos quiere contar acerca de la novela de Calvino. El autor, yo, nos ha expuesto en unas cuantas líneas dos aspectos básicos: qué importancia tiene, muy grosso modo, la obra en la historia de la literatura, y un resumen pormenorizado del inicio de la novela y de lo que podemos esperar de ella de ahí en adelante. Si, como hemos apuntado, el lector, tú, está habituado a los artículos escritos por Alberto Trinidad, te habrás conformado en tu fuero interno cierta expectativa acerca de su desarrollo. Esperarás, seguramente, un análisis teórico, más que crítico, en que enlazando citas de Blanchot, Barthes, Foucault, Todorov o Bataille se ponga en duda la preeminencia del autor sobre su obra, la posibilidad de que ningún texto refiera a un mundo externo más allá del propio texto, y tal vez, también, que se haga hincapié en la naturaleza de la ficción, enfrentada a la realidad, como un activo de verdad, de sentido, que remite permanentemente a algo que evoca pero que no alcanza jamás. Junto con estas consideraciones teóricas aguardarás la presencia, casi inevitable, de un uso lúdico de la metaforización con marcada intención poética, y, si has leído las últimas entregas, estarás atento a cualquier uso perverso del texto, porque lo imaginarás trufado de trampas disfrazadas de metalepsis y de juegos literarios erigidos en base a cualquier excusa que el motivo del artículo le haya inspirado.

Macedonio Fernández

Así que permaneces atento, ya hemos dicho que has aceptado el reto, que habitas estas líneas, que formas parte de ellas, que no existe mundo objetivo afuera de las cuatro paredes de las páginas de los libros, de las pantallas de los cines, de los marcos de las obras de arte. Entonces, al albur de lo que has ido leyendo te viene a la cabeza la obra de Macedonio Fernández Museo de la Novela de la Eterna; consideras que tiene muchos puntos en común con la de Italo Calvino, que está siendo ahora mismo reseñada por el autor. A lo mejor, piensas, en realidad este artículo trata sobre esta novela y no sobre la otra.

Museo de la Novela de la Eterna es una obra concebida como una suspensión infinita. Como aquello que deberá dar lugar a lo que concibe en su seno, pero a lo que solo podrá dar a luz en el futuro, más allá de sí misma. Está constituida por un amasijo de prólogos, algunos de los cuales compiten entre sí y otros se complementan; unos cuantos menos capítulos en que deambulan una serie de personajes que están prestos a existir solo cuando futuramente se alumbre esa novela que está por venir; y un final que cierra (abre) un bucle en equilibrio con la Eterna. El libro, el objeto en sí que contiene la novela, es el Museo, y lo que se desarrolla en el interior es la Novela de la Eterna, que, como se ha dicho, no tiene cabida más que en el futuro. Esta novela fue y será futurista hasta que se escriba, como lo es su autor, que hasta hoy no ha escrito página alguna futura y aun ha dejado para lo futuro el ser futurista… (Macedonio Fernández).

Autor, lector y personajes se enredan en un diálogo que los hace existir no existiendo. De un modo órfico, tal como expresó Maurice Blanchot en La otra noche, se aluden a sí mismos solo para crear el espacio en que hayan de ser posibles, afuera de la propia Novela. Enredados pues en ese diálogo, crean una telaraña invertida que, en lugar de atraparlos en el lenguaje, los libera de él para crear un ulterior personaje imposible y futuro, la literatura, es decir, aquello que encierra el libro dejándolo invariablemente afuera. Los personajes se citan más allá de las escenas narrativas que nunca acaban de ser presentadas por el autor para desesperación del lector, que no sabe a qué atenerse (si el lector lo supiera, la novela quedaría atrapada entre las páginas del libro, o en la mente del propio lector, y su efecto futurible y verdadero perdería toda su razón). Y entonces, ¿por dónde erra y anda nuestro viajero? –Mi Viajero vive allí en frente. Y no sale de su casa sino a la hora de fin de capítulo en la Novela. Funciona únicamente como extinguidor de la alucinación que llegue a amenazar de realismo al relato. (Macedonio Fernández).

El Viajero es uno de los personajes de la novela de la Eterna. Pero ¿no era el protagonista de Si una noche de invierno un viajero, de Calvino?, se pregunta el lector. Te preguntas, sin saber realmente todavía si el artículo que estás leyendo versa sobre el libro de Calvino o sobre el de Macedonio Fernández. Vuelves a leer el título del artículo y, por un momento, sientes que alguien lo ha modificado, que tenía otro nombre cuando empezaste a leerlo. Aunque enseguida tu imaginación te lleva por otros caminos. Recordemos que eres ese lector que ha decidido aceptar la propuesta de integrarte en estos territorios de fuga. Tramarte en ellos como una más de las presencias que los componen y trascenderlos con tus propias lecturas, con, quién sabe, tus propias creaciones. Así que dejas que una cosa te lleva a la otra. Decides abandonar las certezas y esperar la evolución conceptual del artículo, el momento de su advenimiento final, leer qué marea cubre la playa que abandonas.

Novelas que dan comienzo pero que nunca llegan a desarrollarse, piensas, conformándose como novela en ese no existir; prólogos que anuncian obras que no existen existiendo; personajes en busca ya no de un autor que los convierta en protagonistas de su propia novela, sino de todo lo contrario: de un no-autor que los libere de ese constreñimiento, que los perfile allá donde ya no está la novela, en ese instante en que ya es Eterna (no existe mejor manera de no morir jamás que no existiendo -no haber existido-). Así sí que es posible lo imposible. Entonces no te sorprende que el artículo que estás leyendo te hable de Niebla, de Miguel de Unamuno, incluso de El túnel de Ernesto Sábato. ¿Quién te espera asomada en ese cuadro? De Ejercicios de estilo de Raymond Queneau.

Raymond Queneau

Raymond Queneau fue uno de los autores más iconoclastas del círculo surrealista de París. Conocido por sus innumerables estratagemas literarias, concebía la escritura como un juego en que tan pronto utilizaba las matemáticas para crear sus artefactos poéticos como desarrollaba experimentos indescifrables al amparo de la escuela patafísica.

En la que quizá es su obra más celebrada, Ejercicios de estilo, Queneau se propuso el reto de narrar de 99 formas diferentes un único suceso insignificante de la vida cotidiana. Sin añadir ninguna información relevante, cada una de estas variaciones responde a un matiz con el que nombra dicho fragmento: «Metafóricamente», «Anagramas», «Ignorancia», «Permutaciones por grupos crecientes de letras»… Todos juntos conforman la obra, detenida en ese solo instante que no despega nunca, ensamblando uno de los ejercicios teórico-prácticos más interesantes e imaginativos de la historia literaria.

Ahora ya no sabes si lees, si has dejado de hacerlo y finalmente te encuentras enfrentado a una biblioteca imaginaria, como la de Borges, participando de las páginas azarosas de esos libros que, con sus páginas, crean las huellas de ausencia imprescindibles que conducen al único lugar al que merece la pena llegar, y que, como todo único lugar merecedor de ese anhelo, no se alcanza nunca alcanzándolo. Suspendido en ese viaje de la Eterna. Soy yo, soy el Viajero, dices. Imaginemos que sí, que eres tú, el Viajero, y que indicas con tus pasos el camino que el autor de este artículo está siguiendo. ¿A dónde vamos?, digo. Tú me hablas entonces de La espuma de los días señalándome la cresta de una ola de este mar infinito. No estamos aquí. Ya no.

Boris Vian, en La espuma de los días, hunde un universo de palabras en los escenarios surrealistas que…

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