Marcos Giralt Torrente: “Con Nabokov y Banville aprendí a mentir literariamente”

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Por Emma Rodríguez © 2018 / En la portada de Mudar de piel, el nuevo libro de relatos de Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968), aparece un grupo de jóvenes que ocupan un mismo espacio, pero que no se miran, ensimismados, distantes, quebradizos. La escena, un cuadro de la pareja artística Muntean/ Rosenblum refleja mucho de lo que transmite este conjunto de historias íntimas que trazan un sugerente, perturbador, diálogo generacional; que nos hablan de esos momentos, no necesariamente espectaculares, muchas veces sutiles, en que se producen cambios de dirección en la vida, pequeñas sacudidas capaces de remover pilares y convicciones.

Libro a libro, ha ido afinando el escritor la mirada. Ha partido de su propia experiencia para ir asomándose a las ventanas de los otros. Después de Tiempo de vida, su obra más autobiográfica, ajuste de cuentas y homenaje a su padre, el pintor Juan Giralt, fallecido en 2007, ha ampliado la perspectiva y los folios se le han ido llenando de experiencias y emociones ajenas. Los personajes de Mudar la piel (Anagrama) avanzan entre incertidumbres y rarezas; arrastran culpas: se preguntan por qué cambiamos; tienen miedo a que se rompan sus frágiles equilibrios… En este conjunto de piezas que se van engarzando y enriqueciendo unas a otras, construyendo una lograda unidad temática y estilística, todo transcurre en el ámbito familiar, de puertas adentro, en el territorio de lo privado, lo inadvertido, lo oculto.

Lo que hacemos los escritores es emboscarnos y yo siempre he tenido la sensación de que he conseguido funcionar en la vida desde el extrarradio, emboscado”, señala el autor ya al final de esta conversación en la que hablamos de su proceso creativo; de sus lecturas, de la sombra, en su caso nada intimidatoria, de su abuelo, el escritor Gonzalo Torrente Ballester; de su pertenencia, más allá de nombres reconocidos, a una saga de contadores de historias, de leyendas transmitidas oralmente, que estimularon su imaginación desde muy temprano.

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Mudar de piel es un libro sobre padres e hijos, sobre la familia, pero, como indica su título, es, sobre todo, una obra sobre los cambios, las etapas de la vida y el crecer, sobre el proceso de crecimiento con todo lo que conlleva.

– Bueno, toda la literatura, de un modo u otro, hace referencia a cambios. Cualquier historia es la narración de una transformación y en Mudar de piel espero que se vea que, efectivamente, todos los narradores cambian y lo hacen dentro de una gramática familiar. En todos ellos el cambio se produce a través de una comprensión, que hasta entonces puede haber sido intuida, pero no formada del todo, no armada, respecto a su propia condición familiar o a su relación con los otros personajes, con los otros miembros de la familia. Se dan situaciones entre hermanos, entre hijos y padres, a veces en el seno de parejas…

– Siempre a la búsqueda de momentos en los que algo hace que se quiebre la dirección de los acontecimientos, situaciones clave, vueltas de tuerca.

– Sí. He tratado que fuera así, pero también he buscado que esos momentos no resultaran demasiado evidentes ni demoledores. No quería reflejar ese tipo de cambios drásticos que pueden torcer toda una vida, sino esos otros más sutiles que en realidad no cierran todo un asunto, sino solo una parte del conflicto. Lo que he pretendido es que, a partir de ahí, a través de ese conflicto y de ese pequeño cierre, se vea un poco, fuera de campo, todo lo demás; lo que no se ha descrito ni se ha contado. Se trata de que los lectores puedan intuir lo no escrito, imaginar tanto el futuro como el pasado de los personajes.

En los relatos de “Mudar de piel” no quería reflejar ese tipo de cambios drásticos que pueden torcer toda una vida, sino esos otros más sutiles que en realidad no cierran todo un asunto, sino solo una parte del conflicto.

– Hay un momento, en el relato que abre el libro, Lucía y yo, en el que leemos: “¿Por qué cambiamos? ¿En qué momento alguien, cuyo desarrollo ha corrido en paralelo al nuestro decide emanciparse y seguir su propio sendero?

Lucía y yo fue para mí un reto, porque hasta ese momento mis narradores nunca habían declarado tener hermanos. Algunos decían abiertamente que no los tenían, que eran hijos únicos, y otros no lo dejaban claro. Este cuento es el primero que escribí sobre una relación entre hermanos, contada desde dentro. El relato trata sobre la complicidad entre un hermano y una hermana que, evidentemente, está abocada al cambio que significa la separación. No me refiero a una separación definitiva, a una falta de amistad, de entendimiento, sino a ese punto determinado a partir del cual ambos tienen que continuar creciendo por separado. Ese momento solo se puede dar a partir de un reconocimiento mutuo, porque si solo uno lo reconociera sería un drama. El relato bordea ese drama, pero lo elude y traza el camino hacia la emancipación mutua, convencida.

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– En cierto modo, este cuento es una especie de introducción a todo el libro. Muchos de los temas que se van abordando ya están planteados aquí.

– Sí, probablemente. Aunque no de una manera explícita, está latente el asunto de la culpa. La culpa cruza todo el libro como un extraño pegamento de las relaciones familiares. No hablamos de grandes culpas que se convierten en catástrofes para otros. Se trata de culpas, que por ser familiares, son muy a menudo recíprocas y atan fuertemente. Se trata, por ejemplo, de la historia del padre que tiene algo que reprochar al hijo y del hijo que se rebela por encima de él y arrastra también su culpa…

– Ha dicho la escritora Elena Poniatowska que se trata de “un libro que enseña a vivir”. Hay de verdad fragmentos que invitan a reflexionar hondamente sobre la vida y sus etapas, sobre el proceso de maduración. Por ejemplo, leemos en este otro fragmento de Lucía y yo. “Si la gente supiera desprenderse de lo inútil conforme crece, no haría falta quitar telarañas. Nadie sufriría al venírsele el tiempo encima. Estaríamos vacunados contra la melancolía, que, supongo, es el principal mal de la vejez”.

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– Sí. El crecimiento entraña muchas metáforas y una de las metáforas posibles es: o bien la depuración de la culpa o bien la asunción de la misma. La culpa puede convertirse en algo paralizante, que no te permite avanzar, conquistar tu propio territorio, y muchos de los personajes lo que hacen es dar el paso de dejarla a un lado, asumirla para continuar adelante.

– Se trata de un libro duro, porque analiza los traumas, las heridas, el efecto devastador que las relaciones con los padres pueden tener sobre los hijos, pero también se habla de descubrimientos, de enseñanzas mutuas, porque los hijos aprenden de los padres y estos también resuelven conflictos a través de la relación con sus hijos. El último relato, Baker y margaritas, es muy significativo al respecto.

– Claro. Lo que pasa es que tendemos a pensar en el pasado, sobre todo si nos atañe más íntimamente, como un relato cerrado, como si todo estuviese de alguna extraña forma predeterminado. Solemos ver a  los padres como si estos fueran los hacedores del presente de sus hijos, cuando en realidad nadie llega al mundo sabiendo cómo actuar en ese papel tan complejo. En la relación entre padres e hijos siempre se da ese conflicto. Ambas partes van aprendiendo y ambas pueden salir doloridas. El problema en ese proceso es que los hijos están más verdes y, por lo tanto, el dolor puede condicionarlos de manera más intensa, más larga.

– Buena parte de tu literatura ha girado alrededor de la familia, sobre todo desde la perspectiva de los hijos: la orfandad, la separación… Ahí está París, Los seres felices, Tiempo de vida, tu libro más biográfico. Pero hay una evolución en el trayecto. Ahora conoces y hablas desde otra perspectiva, la de ser padre, una experiencia totalmente nueva. ¿En qué medida esa experiencia está afectando a las historias que escribes?

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– En efecto, antes de Tiempo de vida y antes de la muerte de mi padre, siempre escribí, para bien o para mal, desde el punto de vista del hijo, de las búsquedas del hijo, de sus frustraciones, de las batallas y conflictos con sus padres. Pero con este libro, el último de esta fase, el único abiertamente biográfico, donde todo lo cuento a través de mí mismo, dije adiós a esta perspectiva. Le siguió El final del amor, con relatos sobre temas más dispares, con especial atención a las relaciones amorosas. Transcurren también en el interior de las casas, pero no son tan marcadamente familiares. En Mudar de piel he regresado a la familia, pero con una mayor pluralidad de miradas. Claro que influyen mis vivencias. Ya no tengo únicamente el punto de vista del hijo sino que estoy mirando más adelante, porque también soy padre y me puedo meter en el papel del otro. A partir de ahí mi intención fue hacer un libro donde la familia fuera vista desde muchas perspectivas: hijos de padres separados; hermanos; padres que se dedican intensamente a sus hijos…

Solemos ver a  los padres como si estos fueran los hacedores del presente de sus hijos, cuando en realidad nadie llega al mundo sabiendo cómo actuar en ese papel tan complejo. En la relación entre padres e hijos siempre se da ese conflicto. Ambas partes van aprendiendo y ambas pueden salir doloridas.

– Pese a la diversidad de miradas, hay una unidad que impregna todo el libro.

– Sí. Se trata de piezas autónomas que funcionan como cuentos –muchas de ellas han sido publicadas previamente y han tenido vidas efímeras por separado–, pero he perseguido que juntas lograsen una gravedad, un peso específico propio de la novela. Para ello lo que hice fue enfatizar el carácter común de los temas tratados (la culpa, la familia, las ataduras…) y también hacer que las atmósferas fueran similares; siempre son historias en lugares físicos muy marcados. En cuanto al narrador, no recurrí al viejo truco de que fuese siempre el mismo, porque no hubiera resultado un fresco tan variado como pretendía, pero, pese a las diferencias, sí hay en todos los narradores una manera común o parecida de mirar el mundo, una voz, un estilo incluso.

– Reconoces que, al ser padre, has ampliado tus perspectivas. ¿En qué medida tu mirada es más comprensiva hacia tus padres, hacia los padres en general?

– Creo que cualquier versión de una historia es siempre una ficción, porque siempre hay cosas que te dejas en el camino sin querer, cosas que malentendiste… Lo digo aunque haya escrito un libro autobiográfico como Tiempo de vida. No es una contradicción. A pesar de que es cien por cien real, lo juzgo como una ficción desde el momento en que se trata de mi versión de una historia real. El pulso y la voluntad con que lo escribí fue la de hacer una novela a partir de lo vivido. Pero el autor no tiene que comprender necesariamente a sus personajes, no tiene que simpatizar con ellos ni mucho menos juzgarlos. Lo que tiene que hacer es ponerlos en el texto y darles una imitación de vida, y, a mi parecer, la imitación más cercana a la vida es precisamente aquella que retrata la vida en su incertidumbre y en su falta de respuestas claras, unívocas, a los grandes problemas. Por tanto, no creo que comprenda mejor a los personajes padres del libro por el hecho de que ahora yo sea padre. Lo que puede ser es que, detrás de mí, como una especie de razón absolutamente inconsciente por el hecho de tener un hijo, tienda a buscar salidas más felices a las historias o dejar un resquicio de luz que no pasa necesariamente por la comprensión de los personajes padres, sino por una asunción de lo inexorable, de lo que prácticamente no se puede cambiar, y por el deseo de que esa constatación de lo inexorable no te haga sucumbir en la melancolía sino que te permita seguir avanzando. Puede que ahí sí se haya producido un cambio en mí que me lleve a ser más optimista, a dar salidas a mi hijo, a ver la luz más que la oscuridad. No se trata de comprensión, sino de aspiración, de deseo, de búsqueda de esperanza.

Marcos Giralt Torrente. Fotografía por Karina Beltrán

–  Tu literatura y tus relatos en general son retratos de interior, transcurren de puertas adentro, en los ámbitos domésticos. ¿No te preocupa lo que sucede en el exterior? ¿No te preocupa que un presente tan complejo, tan oscuro, pueda afectar a tu hijo, que tiene ahora nueve años? (el cambio climático, el efecto de la tecnología, la velocidad del presente). ¿No te preguntas cómo todo eso afecta y seguirá afectando a las nuevas generaciones?

– Bueno, ahí no estoy del todo de acuerdo. Yo creo que sí se refleja. No de forma directa, evidentemente, pero mis personajes son rigurosamente contemporáneos. En ese sentido la imagen de la portada del libro, un cuadro de Muntean/Rosenblum, es muy reveladora. Se retrata a gente que está junta, pero en realidad están solos, cada uno con la cabeza en otro sitio. Mis personajes son un poco así, habitan la incertidumbre, no tienen certezas. Esto es el ahora, el presente inmediato. No sabemos de dónde venimos, más o menos intuimos a dónde vamos, pero ese adonde vamos no nos gusta y tampoco somos capaces de anticiparlo en los cambios radicales que se están produciendo y que sin duda serán muchísimos más. Mis personajes están ahí. Todo eso se refleja en ellos, en su carácter, en su personalidad, en sus acciones. Es cierto que no lo concretizo, que no voy a la explicación sociológica, pero es que, sinceramente, no creo que hacerlo sea tarea de la literatura o por lo menos de la literatura que a mí me interesa. Por otro lado, los hijos que aparecen en la novela son hijos adolescentes, hijos que no han escapado todavía del dominio de sus padres. A lo mejor, a medida que esos hijos vayan creciendo o que mi propio mundo vaya evolucionando, empiece a colocar a mis personajes topando con esos obstáculos que tienen más que ver con esas realidades concretas de la calle.

Mis personajes son rigurosamente contemporáneos. Habitan la incertidumbre, no tienen certezas. Esto es el presente inmediato. No sabemos de dónde venimos, más o menos intuimos a dónde vamos, pero ese adonde vamos no nos gusta y tampoco somos capaces de anticiparlo en los cambios radicales que se están produciendo.

– En ese caso será otra transformación, del interior al exterior. ¿Te imaginas fuera de las cuatro paredes de una casa?

– Bueno, en mi caso, lo de la narrativa de interior es una mezcla de cosas. Por un lado, me mueve el afán de que mis relatos sean un espejo en el que otros puedan reconocerse; quiero pensar que no solo los madrileños de cierta clase social que vivan cerca de mi barrio, sino cualquiera. Aspiro a que sea un reconocimiento a nivel universal y creo que las historias que se desarrollan en el interior de las casas son precisamente las más universales, porque es dentro de las casas, en compañía de los seres más cercanos, donde surgen los conflictos que a mí me interesan. Persigo esas historias que reflejan lo contemporáneo, pero que han venido sucediendo en todas las épocas, y pocas veces hablo de nombres propios, porque un nombre demasiado concreto aleja al lector y particulariza la experiencia en un lugar o en una etapa histórica determinada. Dicho esto, también me motiva formar parte de esta tradición de interiores un poco menospreciada frente a la gran literatura, que se ha ocupado de grandes procesos o de personajes que han reflejado un momento histórico de cambio importantísimo para la civilización o para el devenir de un país en concreto. Esos grandes temas me parecen estupendos y los disfruto muchísimo, pero a veces me parece incluso más revelador lo que ocurre dentro de una casa que lo que sucede en un campo de batalla, y paradójicamente han sido temas que han estado como relegados y a los que se ha mirado con un cierto desdén. Desde siempre ha sido una corriente adscrita a lo femenino, porque durante mucho tiempo las mujeres han tenido reducido su ámbito de conocimiento y de acción a lo doméstico. Como muy bien ha reflejado Carmen Martín Gaite en sus escritos, la mujer ha estado obligada a mirar a la calle desde una ventana. Me gusta invadir ese territorio y profundizar en él porque creo que hay grandes tesoros y me siento muy cerca de muchas escritoras que lo han dominado, caso de Martín Gaite, Alice Munro y tantas otras.

– Volviendo al tema de los hijos. ¿En el ámbito personal, qué es lo que intentas transmitir a tu hijo?

– Por medio de mi literatura, nada. A veces, inevitablemente, imagino que algún día tendrá la curiosidad, desde luego nunca forzada por mí, de abrir mis libros y tal vez se tope con Tiempo de vida. Supongo que entonces, sea lector o no, sea cual sea su tipo de vida, la historia le removerá de algún modo, porque entenderá mucho de cómo he intentado educarlo y de por qué soy como soy con él. Encontrará muchas de las razones ahí, pero, más allá de eso, no escribo para que nadie extraiga verdades ni mucho menos. Escribo en todo caso para señalar dónde están esos lugares extraños de la realidad donde todos nos podemos ver reflejados. A nivel personal a mi hijo le deseo lo que cualquier padre o madre, cosas muy pueriles: que sea feliz; que pueda desarrollar todas sus capacidades en armonía; que sea capaz de trabajar y ganar dinero con una actividad que le guste; que sea justo y solidario; que piense en los demás y sea empático. Me imagino que lo mismo que tú…

– Hay una frase en el libro, en el relato Abrir ventanas, que dice: “Ver a un hijo crecer es contemplar la vida en movimiento”. Es un buen colofón a lo que dices y también define, en cierto modo, el libro en su conjunto.

– Sí. Totalmente. Hay una intensa relación con esa frase en muchos sentidos. La gente se sorprende de que haya tardado tanto tiempo en publicar este libro, siete años desde el anterior. Es evidente que durante este periodo no he estado solo con estos relatos, claro que no, pero sí es verdad que los he tenido muy presentes, y, sobre todo, lo que ha sucedido es que he estado viendo crecer a mi hijo. Por otro lado, mi carácter me lleva a ser lento. Yo no puedo escribir con prisa ni sobre cosas apenas tocadas, necesito hacerlo sobre asuntos que me preocupan y que me remueven interiormente y eso no sucede muy frecuentemente.

Creo que las historias que se desarrollan en el interior de las casas son precisamente las más universales. A veces me parece incluso más revelador lo que ocurre dentro de una casa que lo que sucede en un campo de batalla, y paradójicamente han sido temas a los que se ha mirado con un cierto desdén. 

La fragilidad, la vulnerabilidad, es algo que también está muy presente en Mudar de piel. En Traición, por ejemplo, leemos: “Y teníamos preocupaciones. La principal de las cuales, la precariedad de nuestros cimientos: un miedo vago, pero persistente, que no nos confesábamos, a que aquel frágil equilibrio se desmoronase.

– Sí. Mis personajes son frágiles, pero creo que todo ser humano arrastra como una herida primigenia, que en realidad es un momento necesario de tránsito en el que te das cuenta de que el mundo que te han fabricado entre algodones (casi todos los padres del mundo son capaces de hacerlo, salvo en situaciones penosas, de extrema desgracia), no es del todo cierto; que no todo es tan fácil y tan bondadoso como te han contado; que el mundo es injusto y que suceden crímenes. Y luego está el descubrimiento de lo azaroso, de la desgracia que puede venir sin buscarla y no llegar a quien la busca. Todas esas complejas situaciones, la constatación de que las cosas son así, de que todo eso mueve el mundo, te puede paralizar de por vida. Hay gente que no supera ese momento y cuya existencia es consecuencia de no haberlo hecho y hay otra que lo supera olvidándose y entregándose a la convención que a lo largo de toda la historia ha habido sobre lo que tiene que ser una vida: el trabajo, la reproducción, lo que sea… Pero el hecho es que sin esa herida no hay conflicto y que la vida es conflicto. Todo eso es lo que intento explorar a través de la literatura. Creo que sentir esa herida, arrastrar esa fragilidad, es lo que nos abre el camino de la búsqueda, de la indagación dentro de la realidad que nos lleva del descontento a la sorpresa y de la sorpresa a un intento de entendimiento que no llega de una manera acabada nunca, que puede presentarse mediante una intuición, un acercamiento…

– El último relato del libro, Baker y margaritas, trata el tema de cómo pueden llegar a decepcionar los hijos, de cómo es frustrante comprobar que no cumplen las expectativas puestas sobre ellos. Aquí nos encontramos con una pareja que experimenta eso y que al mismo tiempo siente que necesita superarlo, quebrar, romper la rutina, para volver a ser quienes fueron, para, en cierto modo, dar marcha atrás al reloj.

– Bueno, en realidad la literatura y el cine suelen mostrarnos historias de hijos descontentos, de adolescentes descontentos, a veces sin motivos, pero muy a menudo cargados de motivos. Explorar, o siquiera contemplar que los padres puedan estar descontentos con los hijos, parece, sin embargo, un tema tabú. No es frecuente expresarlo abiertamente. Hay historias de hijos rebeldes, que pueden saturar o hacer perder los nervios de sus padres, claro que sí, pero pocas veces nos encontramos ante la realidad de padres capaces de decir: “no me gusta mi hijo”, y al mismo tiempo sentirse responsables y culpables, porque si es así en algo dependerá de ellos, de la educación, del ejemplo que le han dado. Es un asunto muy complejo. No te gusta tu hijo y te sientes culpable porque tú has contribuido en parte a que sea como es, y al mismo tiempo lo amas profundamente, lo que agudiza o retroalimenta la frustración que te genera el que alguien a quien quieres tanto no sea como quieres que sea. Y del otro lado, está el propio hijo que intuye todo eso, siente un rencor inusitado ante ello y reacciona en contra, reacción que a su vez le hace tener remordimientos y sentirse culpable. Es la cadena de culpas recíprocas a la que me refería antes.

– En este relato los padres se convierten en espías de la hija, un poco para conocerla mejor, para entender sus decisiones, el camino que ha tomado. Es de los más extraños del conjunto, por su poca convencionalidad en la manera en que se resuelve.

– Sí. Así es. En este libro hay una marcada estructura. Hay cuentos de tres longitudes. Cuatro de ellos son como estampas de memoria, en torno a ocho o diez páginas que apenas retratan un momento, no con realismo, sino con un no forzamiento de la ficción, con pretensión de ser eso, estampas verídicas. Luego hay otras dos narraciones, medianas, que son Abrir ventanas y Mudar de piel, que ya están más articuladas, con una trama que se puede intuir más ficcional. Y luego están los tres relatos principales: el primero, el del medio y el último, que es donde me permito ser más desinhibidamente ficcional, incluso introducir más humor y hacer juegos autorreferenciales, un poco metaliterarios, que dejan las bambalinas a la vista, porque realmente no me importa, y porque es algo que se ha hecho siempre en la tradición norteamericana que me gusta, en tantos relatos de Saul Bellow o en cuentos como El nadador de John Cheever. ¿Quién puede pensar que alguien se pone a nadar a través de todas las piscinas de una urbanización? Forzar los límites de lo verosímil para hacer una ficción tan apegada a la realidad me interesa mucho. Eso está en este libro, dentro de esa estructura tan marcada que me permite imprimir ritmo y sujetar la voluntad de que todas las piezas formen parte de un mismo universo.

– Es inevitable que aparezca también en el conjunto el tema de la rivalidad entre hermanos, de los celos, de las preferencias de los padres por unos hijos determinados… Estamos ante una entrega cargada de matices, de situaciones diversas, de sugerencias.

– Sí. Creo que es un libro que no se puede coger precipitadamente, que hay que leer dándole su tiempo. He intentado no trabajar con lo evidente, con lo grandilocuente, sino ser muy sutil. Incluso en los cuentos más desinhibidos, más abiertamente ficcionales, he intentado que los matices de las realidades insatisfactorias, de los conflictos afectivos, estuviesen muy sutilmente apuntados.

– Truman Capote, Bernhard, los “beat”… hay referencias a autores y lecturas en algunos de los relatos de Mudar de piel.

– Sí. Fue algo que me divirtió y que no solía hacer. Otros escritores de mi generación a los que admiro, empezaron desde muy pronto a introducir en sus textos referencias culturales que les ayudaban a situarse a sí mismos y a sus propios personajes. Yo empecé a hacerlo en las narraciones de Al final del amor, y en este libro he continuado con ello, aunque no necesariamente esas referencias, esos autores, películas o libros que aparecen, me retraten a mí o reflejen un momento vital parecido al de mis personajes. En Lucía y yo, por ejemplo, el protagonista lee muchos libros: de Henry Miller, de Truman Capote, de Thomas Bernhard, que son lecturas que elegí para darle una personalidad. Es un adolescente muy particular, que vive aislado, que ha creado, en compañía de su hermana, como para protegerse, un mundo exaltadamente, ingenuamente, cultural, lleno de películas que ven juntos, de libros que leen y que se recomiendan el uno al otro. Elegí unos autores que me parecía que iban bien a ese perfil de adolescente que es un lector voraz. Algún crítico me ha reprochado haber incluido a Thomas Bernhard. No sé por qué no puede leer un adolescente a Bernhard. La verdad es que opté por esos nombres porque se ajustaban al protagonista, pero ahora que lo pienso, también es cierto que yo leí de adolescente a Truman Capote, a Henry Miller, a Thomas Bernhard, sobre todo a Bernhard, al que descubrí con Corrección y del que leí todo lo que iba publicando hasta casi al final de su vida. Pero, insisto, no necesariamente las referencias me retratan a mí.

– ¿Qué primeras lecturas recuerdas?

– En mi caso yo llegué tarde a esas lecturas juveniles de los que nacimos en los 70: Los cinco, Los Hollister… No las exploré demasiado. Los primeros libros que me recuerdo leyendo con voracidad fueron La forja de un rebelde, de Arturo Barea, y Crónica del alba, de Ramón J. Sender. Elegía libros que había por casa y otros los pescaba en la biblioteca… Puedo citar a Hemingway entre mis primeras lecturas y también a Fitzgerald, del que caí, como muchos otros, prendado, y del que lo leí prácticamente todo. Y también descubrí a Salinger… Todo eso entre los 13 y los 15 años, momento en que mi madre vino a casa con los primeros volúmenes de la Biblioteca de Babel, la colección dirigida por Borges editada en España por Siruela. Esa fue ya mi puerta de entrada a todo el universo borgiano: a Chesterton, Kafka, Papini… Y por supuesto a la propia obra de Borges, y por contagio y curiosidad a Bioy Casares, que también fue muy importante, a Cortázar y posteriormente a gran parte de la literatura latinoamericana.

Los primeros libros que me recuerdo leyendo con voracidad fueron “La forja de un rebelde”, de Arturo Barea, y “Crónica del alba”, de Ramón J. Sender. Elegía libros que había por casa y otros los pescaba en la biblioteca… Entre los 13 y los 15 años leí a Hemingway, Fitzgerald, Salinger…

– ¿Te marcó como lector tener de abuelo a un gran escritor como Gonzalo Torrente Ballester? ¿Te hizo recomendaciones?

– A mi abuelo yo lo buscaba y disfruté mucho de la cercanía con él, una cercanía en todo momento alentada por mi madre. Por tanto, de niño tuve un trato muy frecuente con él que prosiguió por propia voluntad cuando ya tuve autonomía y capacidad de decisión. La verdad es que siempre he sido excesivamente sentimental y siempre me han interesado mucho los viejos de ambas familias, la de mi padre y la de mi madre. Me ha encantado sacarles historias. Lo hice con un falso abuelo que tuve, que fue Bergamín; lo hice con mi abuelo paterno, y por supuesto con Torrente Ballester. Iba con frecuencia a su casa, a Salamanca, siempre ansioso por arrancarle palabras. Y por supuesto que me dio todo tipo de indicaciones y de consejos que seguí en ocasiones y otras veces no tanto. Gracias a él descubrí libros que fueron muy importantes como el Tristram Shandy de Laurence Sterne, y las Memorias del duque de Saint-Simon. Mi abuelo tenía una formación riquísima de literatura española, pero, además, conocía muy bien las letras francesas, alemanas y, sobre todo, inglesas. También tenía una serie de referencias que para él eran importantes generacionalmente: Azorín, Gabriel Miró y otros autores que consideraba esenciales para conocer el desarrollo de la lengua española, más por razones de estilo que de imaginación. Sin embargo, a mí nunca me cautivaron, evidentemente, también, por razones generacionales. Muchas de esas lecturas no acabé de secundarlas, pero otras sí, como Tristram Shandy, un libro grandioso para él, junto con el Quijote. Ambas obras están detrás de sus libros más importantes: La saga / fuga y Fragmentos de apocalipsis.

– ¿Cuál de sus libros es tu favorito?

– Pues La saga / fuga, sin duda. Él tenía una relación sentimental muy estrecha con el Don Juan, porque fue un libro en el que puso muchas esperanzas y que fracasó comercialmente. Siempre le tuvo un apego muy especial por eso, porque era ese patito feo al que había creído muy guapo. Y luego la novela de la que estaba intelectualmente más satisfecho era Fragmentos de apocalipsis, la posterior a La saga / fuga. Puede que como artefacto sea el mejor construido, donde menos sobra, pero su novela más ambiciosa y libre; más gozosa, juguetona y también personal, es La saga / fuga, que algunos malos lectores han emparentado con el realismo mágico de Gabriel García Márquez. Se pueden encontrar algunas concomitancias, pero la novela no surge de ahí ni mucho menos; realmente parte de un modo de ser muy galaico, emparentada con la mejor literatura de regiones muy parecidas a la gallega, como la celta.

La novela más ambiciosa y libre; más gozosa, juguetona y también personal de Torrente Ballester es “La saga / fuga”, que algunos malos lectores han emparentado con el realismo mágico de Gabriel García Márquez.

– ¿Algún consejo cuando se enteró de que querías ser escritor?

– Sí. Dos consejos que nunca seguí. Uno literario: que me olvidara de mí mismo, algo que evidentemente no he llevado a cabo, y otro vital: que estudiara unas oposiciones, en lo que tampoco le hice caso (risas). También me aconsejó que renegara del realismo, del costumbrismo, de esa peste de intentar retratar lo concretísimo del presente. Él creía que la literatura al final siempre te removía, pero que no tenías que estar apegado a una ideología, ni a una visión cerrada sobre la realidad, y que, de ninguna manera, debías servirte de ella como instrumento político. Aunque no me lo dijera literalmente, tras sus palabras subyacía la idea de que la literatura en sí misma, si es verdadera y habla de la realidad desde la autenticidad, ya es de por sí revolucionaria, heterodoxa.

– ¿Llegó a leer algo tuyo?

– Sí. Llegó a leer mi primer libro de cuentos, Entiéndame. Recuerdo que por entonces siempre que llegaba a su casa de Salamanca, le leía los periódicos. Mi abuelo entonces ya no veía muy bien y permanentemente andaba a la búsqueda de lectores. Tenía siete hijos, jóvenes, de distintas edades, que se iban turnando y que le iban leyendo más o menos, dependiendo de las ocupaciones y del apego de cada cual. Pero cuando llegaba yo y permanecía tres días con él, le solía leer los periódicos de pe a pa, siguiendo sus indicaciones. Era él quien me decía que me detuviera en una columna, porque le interesaba la firma de un columnista determinado, o en una información cuyo titular le llamaba la atención. A veces me hacía parar a la mitad y me decía que ya bastaba; que a otra cosa. Del mismo modo, cuando empecé a publicar quería conocer mis textos y algunos de los cuentos de mi primer libro llegué a leérselos. Siempre fue muy generoso. Me dijo que escribía mejor que él a su edad, que era un juicio que no comprometía demasiado (risas). Cuando murió, en enero de 1999, yo estaba a punto de finalizar mi primera novela, París.

Mi abuelo me dio dos consejos que nunca seguí. Uno literario: que me olvidara de mí mismo, algo que evidentemente no he llevado a cabo, y otro vital: que estudiara unas oposiciones, en lo que tampoco le hice caso.

– Está claro que tu entorno familiar ha influido en tus gustos como lector.

– Sí, pero no tanto por haber decantado mi inclinación por determinados autores o libros. Está claro que mi abuelo me indicó caminos y también mi madre, una mujer muy culta que me descubrió, por ejemplo, El jardín de los Finzi Contini, de Giorgio Bassani, pero lo realmente importante son las raíces literarias de una familia que siempre se ha aferrado a las historias, que ha interpretado el mundo a través de ellas. Recuerdo los cuentos que me contaba mi madre, muchos de ellos leyendas de carácter fantástico, transmitidas de generación a generación, a las que se les llegaba a otorgar casi una categoría real. Esas historias, que me llegaban de muy atrás, sí han determinado el tipo de imaginación literaria que tengo.

– ¿Algún libro transformador, que haya cambiado tu percepción sobre la realidad, sobre tu propio proceso de escritura?

– Pues yo creo que el libro más transformador fue en ese sentido Tristram Shandy, del que ya te he hablado. Fue una obra iniciática, clave en el nacimiento de mi vocación. Me deslumbró y me hizo descubrir los trucos del escritor y las muchas posibilidades de la literatura, al final un juego muy serio que te proporciona una libertad absoluta para afrontar las historias del modo que quieras: dirigiéndote al lector, interpelándolo, ocultándote, mintiéndole… Aprendí mucho  en cuanto a la estructura y al uso de infinidad de recursos explotados después en la literatura contemporánea por Joyce, Virginia Woolf y tantos otros. También fue muy importante, como te comentaba antes, Thomas Bernhard y el descubrimiento de toda la literatura centroeuropea previa a él: Robert Musil, Hermann Broch, Joseph Roth

– ¿Sigues leyendo a Bernhard?

– Hace tiempo que no. Creo que el último libro, Los premios, lo debí leer hace unos cuatro años y era uno de esos pastiches que han salido tras su muerte. Lo que sí hago de vez en cuando es coger alguno de sus libros y repasar sus páginas, porque me apetece recuperar ese estilo tan suyo, tan irrepetible, de diálogo casi con lo absoluto. Pero leer un libro entero, no. He preferido despegarme de esa voz, porque es una voz que anula. Mi primer cuento de cierta importancia, que escribí con 17 años y presenté a un premio literario, era un relato que aunaba, no me explico muy bien cómo, esa tradición fantástica que yo había bebido en Borges, Cortázar y un poquito en Bioy, con una prosa y un estilo bernhardiano. Era como un equilibrio bien raro, el estilo de Bernhard con el fantástico argentino (risas).

De vez en cuando vuelvo a coger alguno de los libros de Thomas Bernhard y a repasar sus páginas, porque me apetece recuperar ese estilo tan suyo, tan irrepetible, de diálogo casi con lo absoluto. Pero leer un libro entero, no. He preferido despegarme de esa voz, porque es una voz que anula.

– ¿Otros autores que te hayan acercado a descubrimientos esenciales?

– Puedo citar a Nabokov, al que leí en torno a los 17 años, y al escritor irlandés John Banville, que es muy nabokoviano. Con ellos aprendí a mentir literariamente, a crear a esos narradores que no cuentan la verdad. En sus historias percibes muchas veces que quien cuenta te está engañando. Se trata de narradores ambiguos que mienten y pueden llegar a poner a la vista los mecanismos de la propia ficción. Nabokov y Banville me han ayudado a desprenderme de prejuicios limitadores, a jugar con el equívoco. Y también debo mencionar a otros autores como Georges Perec y Patrick Modiano.

– Antes comentabas que te sentías muy cerca de la literatura escrita por mujeres…

– Sí. Explorar el universo literario de las mujeres ha sido para mí una decantación a través de los años. Ahí está, por ejemplo, Willa Cather, que tiene libros tan estupendos como Mi enemigo mortal, una nouvelle en la que me inspiré para escribir uno de los cuentos de Al final del amor. En ella creo encontrar algo de Henry James, porque él también escribía sobre conflictos que sucedían en el interior de las casas; de un modo muy masculino, si quieres, pero sus historias también tratan de relaciones que se desarrollan en espacios pequeños… También tengo que citar, como te decía antes, a Alice Munro, una literatura que ha ido ganándome cada vez más, a Carmen Martín Gaite y a otras autoras como Karen Blixen, Marguerite Duras, Ingeborg Bachman, Carson McCullers, Nina Berberova

– ¿Una asignatura pendiente?

– Pues muchas, por ejemplo releer a Virginia Woolf. No la he leído tanto como debería y me apetece volver a sus novelas, por las que transité demasiado pronto. Recuerdo más sus ensayos literarios, que me parecen estupendos.

¿Rituales a la hora de leer?

– Bueno, en la vida de los padres, como sabes, no hay momentos especiales en el sentido de rutinarios. Así que ahora mismo están los momentos que me dejan tener. Lo que sí necesito es leer tumbado, ya sea en un sofá o en una cama. Es como mejor y como más a gusto me encuentro. Naturalmente hay veces que puedo leer hasta en el autobús. Y andando por la calle he tenido algún que otro disgusto. Casi me han atropellado varias veces y he despertado la ira de muchos viandantes con poco humor… Pero cuando leo me gusta el silencio a mi alrededor, estar solo y tumbado. En cambio, para escribir prefiero que haya música, una música repetitiva, que no suelo cambiar generalmente. Me puedo pasar tres semanas con la misma, casi hasta ya no oírla. Me introduce en una atmósfera que anula el exterior, que logra que no me lleguen otros ruidos: una cadena en el baño, una puerta que se cierra fuertemente, un vecino que grita… La música, en este caso, tiene una utilidad: me facilita el aislamiento.

Tengo muchas asignaturas pendientes, por ejemplo releer a Virginia Woolf. No la he leído tanto como debería y me apetece volver a sus novelas, por las que transité demasiado pronto.

– ¿Sigues a otros autores de tu misma generación? ¿Estás al tanto de las novedades?

– Sí. No tanto como me gustaría, pero sí… Yo creo que todos cuando empezamos a escribir, o estamos en el tránsito de publicar nuestro primer libro, seguimos muy de cerca lo que hacen nuestros contemporáneos para compararnos y también para aprender, porque hay otros que están escribiendo desde el mismo mundo desde el que tú escribes y siempre es interesante contrastar esas miradas. Pero a medida que vas creciendo, vas perdiendo el interés por los próximos. El tiempo de lectura se va acortando y quieres rellenar lagunas que arrastras y que te parecen muy importantes. Por esos motivos ahora mismo estoy siguiendo a menos contemporáneos que hace veinte años, pero aún así procuro estar al tanto. Si hay un libro en el que olfateo que puede haber un interés, rápidamente me hago con él y lo leo.

– ¿Hay corrientes de afinidad significativas?

– Claro. Creo que conformamos una generación que comparte unos rasgos muy evidentes, cada uno desde sus diferentes ámbitos, tradiciones culturales, lenguas y países. Ahora sucede que el mundo se ha ido estrechando de alguna forma. Antes los escritores vivían más recluidos en sus respectivos territorios y todos conocían un poco de las distintas literaturas mundiales. Pero eso se ha acabado, gracias a la interconexión, a la tecnología, a los viajes, a las traducciones… Y al mismo tiempo el mundo como entidad sobre la que escribir está perdiendo también sus rasgos diferenciales y se está como achicando. Todo eso forma parte de un proceso que arranca desde muy lejos y que mi generación está viviendo de una manera más intensa y evidente. Vamos definitivamente, yo no sé si a un gobierno mundial, pero desde luego hacia un mundo donde va a ver muy pocas diferencias, donde las mayorías y también las minorías, que antes vivían aisladas en sus espacios, van a poder conectarse cada vez más entre sí e incluso a igualarse. La vida va a ser muy poco diferente, independientemente de donde nazcas. Podemos pensar que es una realidad que limita, porque reduce los conflictos y hace que al final todos escribamos a la vez sobre lo mismo, pero, por otro lado, supone una riqueza porque facilita un diálogo más amplio entre todos los que estamos mirando a esa misma realidad. También nos permite, como escritores, como creadores, ser más libres a la hora de elegir la tradición en la que queremos desenvolvernos, encontrar a nuestros interlocutores o buscarlos en sitios más diversos, no solamente en aquellos a los que tenemos acceso desde nuestro pequeño país, con nuestra única lengua.

Antes los escritores vivían más recluidos en sus respectivos territorios. Pero eso se ha acabado, gracias a la interconexión, a la tecnología, a los viajes, a las traducciones… Y al mismo tiempo el mundo como entidad sobre la que escribir está perdiendo también sus rasgos diferenciales y se está como achicando.

– ¿Puedes dar algunos nombres como referencia?

– Bueno, me siento cerca de muchos escritores-as latinoamericanos: Álvaro Enrigue, Alejandro Zambra, Samanta Schweblin, Guadalupe Nettel, Mariana Enríquez, Pedro Mairal, María Gainza… Y entre los españoles puedo citar a Sara Mesa, Ismael Grasa y Jon Bilbao, aunque son muchos más los autores que me interesan por motivos diferentes.

[El día que tuvo lugar este encuentro con Marcos Giralt Torrente en su casa del centro de Madrid, una casa llena de libros y de obras de arte, muchas de ellas de su padre –un sugerente recorrido por las distintas etapas creativas de Juan Giralt– el autor tenía sobre la mesa El proceso de Macanaz, de Carmen Martín Gaite. Estaba inmerso en su lectura porque preparaba un prólogo para una nueva edición del ensayo, la particular investigación llevada a cabo por la escritora sobre el proceso seguido por la Inquisición contra Melchor Rafael de Macanaz, pensador, escritor y fiscal general del Consejo de Castilla con Felipe V. Pero para las fotografías eligió otro volumen: Anochecer, de James Salter, un conjunto de relatos para darse un respiro y salir de los cauces históricos. “Me encanta la extraña humildad con la que Salter narra pequeños hechos de la vida cotidiana, el modo en el que habla de las relaciones, del amor, de la traición, del proceso de maduración. Son historias muy delicadas, que cuando estás leyendo parece que no van a cristalizar en nada, pero que resultan reveladoras. Es un autor que me interesa mucho, dotado de esa humildad ante lo cotidiano que tanto me gusta en la literatura”, señalaba. Era un día lluvioso de comienzos de octubre.


Mudar de piel ha sido publicado por la editorial Anagrama. 

Las fotografías fueron realizadas por Karina Beltrán en la casa del escritor, en el centro de Madrid. El libro que está leyendo es “Anochecer”, de James Salter.

 


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