Viaje a Noruega en más de 100 cuentos

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Por Emma Rodríguez © 2017 /Aconseja el novelista francés Daniel Pennac a todos los padres que lamentan que sus hijos no lean, sobre todo en la adolescencia, que prueben a volver a leer en voz alta, recuperando la calma y la intimidad de las jornadas infantiles, esas jornadas en las que los cuentos son capaces de cerrar las puertas al exterior y abrir nuevas estancias en las que jugar y activar el mecanismo de la imaginación, del asombro, de la curiosidad. En lo que respecta a la lectura no debe haber reglas ni lecciones, sino pasión, transmite el autor en su recomendable ensayo Como una novela, donde argumenta que “una de las funciones esenciales del cuento, y, más ampliamente del arte en general” consiste “en imponer una tregua al combate de los hombres”.

La habitación en la que leemos acompañados abre pues, un tiempo de tregua; se convierte en refugio, en isla de los tesoros, en cueva de encantamientos. No está lejos ni exige grandes esfuerzos, sólo voluntad, ganas y entusiasmo, llegar a ese lugar donde resguardarse de los ruidos, de las tareas, de las preocupaciones, de las noticias, juntos los pequeños y los adultos. Leer en voz alta es, según el autor, un placer, un placer que no debe perderse. “Este placer está muy próximo. Es fácil de recuperar. Basta con no dejar pasar los años. Basta con esperar la caída de la noche, abrir de nuevo la puerta de su habitación, sentarnos a la cabecera de su cama, y reanudar nuestra lectura en común”, argumenta.

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Partiendo de lo que dice Pennac, partiendo de mi propia experiencia, hoy os quiero recomendar –ya lo he hecho en alguna otra ocasión– apagar por unas horas la televisión, los ordenadores, los móviles y citaros con vuestros hijos para leer cuentos en casa, incluso en el parque, ¿por qué no?. Hacedlo, eso sí, como si fuese la mayor de las aventuras, de los juegos, recuperando la tradición de la oralidad, de las historias contadas generación a generación, al amparo de la hoguera, por los caminos. Es importante elegir bien el libro y ciertamente hay obras que se prestan especialmente a ello, cuentos para todas las edades, con distintas capas de significados, de asimilación, de comprensión.

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Os propongo una entrega que ha ocupado mis días en el corazón de este invierno, en esas tardes frías en las que tan a gusto me he sentido evocando paisajes nevados, bosques misteriosos, escenas mágicas capaces de alejarme de llevarme lejos, muy lejos de una realidad en ocasiones grotesca. Se trata de Cuentos noruegos, una bellísima recopilación de relatos clásicos, tradicionales, provenientes del país escandinavo, y acompañados de sugerentes ilustraciones de algunos de los artistas más representativos del país, presentes ya en las primeras ediciones, que datan del siglo XIX: Theodor Kittelsen, Carl Larsson, Eilif Peterssen, August Schneider, Otto Sinding y Erik Werenskiold, todos ellos inspirados en unos paisajes naturales únicos, anclados en la tierra de origen, pero abiertos a las tendencias del arte europeo de su época.

Apagad por unas horas la televisión, los ordenadores, los móviles y citaros con vuestros hijos para leer cuentos en casa, incluso en el parque, ¿por qué no?. Hacedlo, eso sí, como si fuese la mayor de las aventuras, de los juegos, recuperando la tradición de la oralidad, de las historias contadas generación a generación, al amparo de la hoguera, por los caminos.

No os voy a decir que la obra me trasladó a mi infancia porque en mi niñez yo no tuve la fortuna de acceder al mundo de los cuentos; pasé directamente en la adolescencia, ya en el instituto, a devorar obras consideradas para adultos. Pero sí os confieso que ahora he disfrutado como una niña con este libro con el que, algún día, he salido fuera, con ganas de esa naturaleza que tanto protagonismo adquiere en los relatos (las fotos que ilustran este texto las realizó Nacho Goberna en el Parque del Oeste, de Madrid, una mañana luminosa de invierno). He disfrutado con el encanto, la sencillez, los significados, el alcance, de unas historias que, por otro lado, para nada pertenecen en exclusiva a los más pequeños, cuyo mejor destino, en mi opinión, es el de ser compartidas, comentadas, porque están llenas de sentidos, porque guardan la sustancia, la llama, de las grandes cuestiones, de los temas esenciales que nutren la literatura y la vida.

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En mis manos, en vuestras manos, pues, un hermoso ejemplar con más de cien cuentos en su interior, que ya es mágico en su portada de color azul, con un enorme oso blanco andando por un bosque en nieblas, llevando en su lomo a una joven de largos cabellos. El dibujo lo realizó uno de los ilustradores más conocidos de Noruega, Theodor Kittelsen, para el cuento El rey Valemon, el Oso Blanco. Pasar las páginas de esta entrega, en una primera aproximación, contemplando los dibujos, algunos de ellos realmente maravillosos, es ya una gozada, pero más lo es empezar a leerlos, y, más aún, como os decía, hacerlo en voz alta, en compañía.

Precisamente Libros de las Malas Compañías es el nombre del sello que ha llevado a cabo esta aventura que ha contado con el apoyo de Norla (Norwegian LIteratura Abroad), organismo encargado de la difusión de las letras noruegas en el exterior. No deja de resultar curioso que sean pequeñas editoriales las que acometan proyectos de esta envergadura, muchas veces lejos de los focos mediáticos. En una ocasión la responsable de publicidad de un gran grupo me decía que no era en los libros ni en los autores supuestamente minoritarios, de culto, donde concentraban todos sus esfuerzos promocionales, sino en aquellos con visos de funcionar entre públicos más amplios, llámese best-sellers. Y yo me pregunto qué pasaría si se hiciese lo contrario, si se llevaran a cabo buenas campañas de difusión con obras de calidad. ¿Acaso no tendrían un mayor alcance? ¿Acaso no merece la pena intentarlo? Perdonad el inciso.

Nos cuenta María Condor, la traductora y responsable de la edición, en un texto introductorio a este compendio de cuentos populares recogidos en el siglo XIX por el escritor, folclorista y zoólogo Peter Christen Asbjornsen y por el poeta y teólogo Jorgen Engebretsen Moe, que “la geografía noruega convierte el país en terreno propicio para el cuento y la leyenda”, que “en todas las casas se contaban cuentos al amor de la lumbre”; que “las largas noches del invierno escandinavo se llenaban de susurros y de ecos”; que “el páramo desierto y helado se convertía, por la sola virtud de las palabras, en un jardín encantado”. Y nos pone en contexto, trasladándonos a la época de los dos ilustres antólogos, una época en la que el Romanticismo y el sentimiento nacionalista –Noruega no logró su plena independencia hasta 1905– propiciaban el interés por mitos y leyendas que hundían sus raíces en la cultura pagana y vikinga. “Estos cuentos servirán para la fijación escrita de una lengua que era eminentemente rural, y para el desarrollo de una identidad nacional noruega”, señala Condor, explicando cómo en ese proceso tuvo singular relevancia la labor de Asbjornsen y Moe, “que contribuiría a la edad de oro de las letras noruegas, entre 1890 y 1920, y será fuente de inspiración para muchos importantes escritores noruegos, como el propio Ibsen”.

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No deja de resultar interesante comprobar las semejanzas en los argumentos de estas historias que se han transmitido de manera oral en todas las culturas del mundo. Como señala la traductora, hay similitudes evidentes entre esta recopilación y las realizadas por los hermanos Grimm, Perrault o Andersen. “Los cuentos tradicionales son universales, pues es más lo que une a los seres humanos que lo que los diferencia por su origen, cultura, etnia o religión”, apunta, una idea que no deja de ser un argumento de peso en un presente en el que se cierran fronteras y se desdeña, desde determinados gobiernos y posturas ideológicas, a los que llegan de fuera. La literatura como apertura, como puente de comprensión hacia los otros, como diálogo. La literatura como herramienta para comprender mejor el mundo y a las personas que nos rodean, como sostiene Grace Paley, otra de las protagonistas de este número de Lecturas Sumergidas.

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Cuenta María Condor, traductora y responsable de la edición de “Cuentos noruegos” que “en todas las casas se contaban cuentos al amor de la lumbre”; que “las largas noches del invierno escandinavo se llenaban de susurros y de ecos”; que “el páramo desierto y helado se convertía, por la sola virtud de las palabras, en un jardín encantado”.

En todos los cuentos, de cualquier lugar, “late la misma ansia de maravillas, de hacer del mundo el lugar de la posibilidad: una casa encantada”, nos dice, por su parte, el escritor Gustavo Martín Garzo, quien abre el volumen con un escrito cargado de entusiasmo. En todos los cuentos, prosigue, “los problemas de sus protagonistas no son distintos de aquellos a los que cada uno de nosotros debe enfrentarse al vivir: cómo ser nosotros mismos. Y esta es la razón de que nos sigan gustando…”, argumenta el autor, convencido de la necesidad que,  en la actualidad, en las llamadas sociedades del bienestar, cada vez más entregadas al mercado y generadoras de preocupantes brechas de desigualdad, tenemos de cuentos, de la sencillez y belleza de esos cuentos de toda la vida, que empiezan con “érase una vez…” o “había una vez…”, que tanto nos enseñan de la generosidad, la compasión, el amor a la naturaleza, el respeto por los diferentes; y que, de una manera tan llana, nos siguen mostrando la eterna lucha entre el bien y el mal, entre la oscuridad y la luz.

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Martín Garzo recurre a la escritora danesa Isak Dinesen, para la que la peor gente es la que no tiene fantasía, porque se muestra incapaz de comprender. Solo aquellos que tienen fantasía son capaces de ver la verdadera esencia de las cosas y todas las puertas se abren”, señalaba la autora de Memorias de África. ¿Qué esperamos para afinar la fantasía y emprender este encantador viaje? Hemos de adentrarnos en el tupido, mágico, bosque de estos Cuentos noruegos poblados de trolls, ogros, brujas, dragones, gigantes; de animales que hablan, de fuerzas de la naturaleza humanizadas, de reyes, príncipes y princesas, de aldeanos pobres a los que sus buenas acciones llevan a alcanzar la riqueza… Hay muchos estereotipos, por supuesto. Hay narraciones previsibles, con esquemas que podemos dar por sabidos, pero, sin embargo, hay otras tantas piezas que sorprenden, que al menos a mí me han sorprendido. Como señala María Condor, la misoginia, propia de las sociedades tradicionales, está presente, pero hay historias que desarman, porque están protagonizadas por mujeres valientes, que no dan su brazo a torcer.

Hay un cuento que me ha gustado especialmente porque da un giro a los tradicionales de príncipes y caballeros que han de superar todo tipo de obstáculos para salvar a la amada. En Al este del Sol y al oeste de la Luna sucede todo lo contrario. Es la protagonista femenina la que emprende un viaje lleno de arriesgadas aventuras hasta encontrar el lejanísimo castillo en el que está su príncipe encantado a manos de una malvada reina. Es el viento, en este caso, el vehículo que utiliza la valiente muchacha para encontrar el enigmático lugar. Y una y otra vez se repite la misma pregunta: ¿Tienes miedo? ante la que la joven repite que no. Estamos ante un relato de superación, que anima a no resignarse aunque los objetivos parezcan inalcanzables, a luchar por aquello que se desea, sin temor.

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Hay magia, deslumbramiento y mucho humor en estas historias. Las hay que ridiculizan a las mujeres, pero, como indica la traductora, tampoco los hombres salen muy bien parados, caso del divertidísimo El hombre que tenía que hacer las tareas domésticas o del no menos hilarante Hombres tontos y maridos ingenuos. La variedad de temas y de registros es uno de los atractivos de esta antología en la que destaca la presencia de personajes habituales como Cenizo, ese típico jovencito tonto, al que todos hacen de menos, hasta que demuestra su ingenio para resolver situaciones y hacerse con la princesa o con la fortuna anhelada. Misteriosos y eternos, como señala Gustavo Martín Garzo, los cuentos clásicos son capaces de atravesar ríos de tiempo para, desde el ayer, seguir hablándonos de las debilidades del ser humano, de los vicios del presente. Hay un relato en concreto, Los cuatro ochavos honrados que se convierte en todo un alegato contra la codicia y contra el egoísmo. Pese a que su madre y todos aquellos con quienes se encuentran le dicen que lo que hay que hacer es “mirar por uno mismo”, el protagonista no duda en comportarse con generosidad y es finalmente premiado.

La lucha entre el bien y el mal, decía antes, está en el fondo de todos los cuentos que ha habido y habrá. En estas narraciones tradicionales hay esperanza, porque normalmente el bien es premiado de alguna manera y el mal obtiene justo castigo. “Lástima que no suceda lo mismo en la realidad; lástima que, en el mundo en el que vivimos, los explotadores, los mentirosos, los traidores, no obtengan siempre su castigo a manos de la Justicia”. Este puede ser un comentario que surja en ese debate abierto en familia, al finalizar la lectura. No dejéis de jugar. No dejéis de citaros en casa para leer, para escuchar, para contaros cuentos.

La lucha entre el bien y el mal, está en el fondo de todos los cuentos que ha habido y habrá. Hay, por ejemplo, un relato, Los cuatro ochavos honrados, que se convierte en todo un alegato contra la codicia y contra el egoísmo. Pese a que su madre y todos aquellos con quienes se encuentran le dicen que lo que hay que hacer es “mirar por uno mismo”, el protagonista no duda en comportarse con generosidad y es finalmente premiado.

Y ya que estamos en ello, dejemos el país de “los bosques y los navegantes, de las noches interminables y los hielos eternos”, como dice Martín Garzo, y viajemos a otra geografía, al París que vio nacer a una artista que construyó, a través de su obra, de sus esculturas, de sus instalaciones, un cuento no siempre amable, lleno de extrañas guaridas, de misteriosos y perturbadores significados. Dentro de un cuento, Nana de tela, nos encontramos ahora a Louise Bourgeois, un bello libro ilustrado publicado por Impedimenta en su colección para los más pequeños, para los lectores del futuro.

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Últimamente más de un sello editorial se afana por cambiar los esquemas tradicionales, por transmitir otros modelos de mujer alejados de las princesas y de los estereotipos femeninos fomentados por los sectores más conservadores de la sociedad y por la prensa rosa. Frida Kahlo, Coco Chanel, Marie Curie, Clarice Lispector, han sido convertidas en protagonistas de cuentos infantiles. Sin entrar a valorar la calidad de esos relatos, en los que suele primar el tono didáctico, divulgador, aplaudo la iniciativa, la mera intención de normalizar la igualdad entre los sexos, de despertar la atención de niñas y niños hacia personajes femeninos capaces de saltar por encima de las convenciones sociales y brillar por su talento, por su trabajo, por sus logros personales, no por haber sido parejas de hombres ilustres o símbolos de sumisión y belleza.

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En esta línea podemos situar Nana de tela, esta entrega sobre Bourgeois que se convierte en una aproximación a la biografía de la creadora apta para los más pequeños, sin entrar en las aristas de su vida, claro, pero mostrando el inicio de su vertiente creativa y la unión cercana que siempre mantuvo con su madre, que fue tejedora y la introdujo en el oficio, básico en sus creaciones posteriores con telas, ovillos, lanas, hilos… El cuento transmite ese estrecho vínculo, germen de uno de los más repetidos y célebres motivos de la protagonista, la araña, ese insecto que tanto nos asusta, pero que hila, teje y repara sus propias telas, constructora de tramas, de refugios…

En su colección para los más pequeños Impedimenta ha publicado “Nana de tela”, un cuento bellamente ilustrado donde la protagonista es Louise Bourgeois. Es una aproximación a la biografía de la creadora, mostrando el inicio de su vertiente creativa y la unión cercana que siempre mantuvo con su madre, que fue tejedora y la introdujo en el oficio.

“Echaba tanto de menos a su madre que esculpió arañas gigantes en bronce, acero y mármol, y las llamó mamán, mamá (…) Su madre no era muy distinta de una araña: reparaba lo que estaba roto”, escribe Amy Novesky, la autora de un relato poético que, como no podía ser de otro modo, se acompaña de las hermosas ilustraciones de Isabelle Arsenault, piezas que reflejan muy bien un trayecto, el de Louise Bourgeois, cargado de misterio, de soledad, de dolor y de superación.

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Cuentos noruegos, recopilación de cuentos tradicionales realizada por Asbjornsen & Moe, ha sido publicada por el sello Libros de las Malas Compañías. María Condor ha sido la traductora y responsable de la edición. Incluye prólogo de Gustavo Martín Garzo.

Nana de tela, de Amy Novesky, con ilustraciones de Isabelle Arsenault, ha sido publicado en la colección La Pequeña Impedimenta. La traducción la ha realizado Pilar Adón.

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Todas las fotografías las realizó, en el Parque del Oeste, Madrid, Nacho Goberna © 2017

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