Jesús Ferrero: “Cuando renunciamos a pensar sólo nos aguarda la desgracia”

Jesús Ferrero - Fotografía: Nacho Goberna © 2016

Por Emma Rodríguez © 2016

Todo parece ocurrir a la vez en Nieve y neón, la última novela de Jesús Ferrero, una historia absorbente e hipnótica, una trepidante aventura de huidas y descubrimientos que es su tercera incursión en el género negro. Han pasado ya 34 años desde que el autor se diera a conocer con Belver Yin, una auténtica bocanada de aire fresco en una década, los 80, que auguraba todo tipo de promesas en este país. El trecho ha sido largo e intenso desde entonces. El veinteañero que trabajaba como portero de noche en un hotel de París mientras combinaba una tesina sobre Platón para la Escuela de Altos Estudios en La Sorbona con la escritura de una ópera prima cuya suerte estaba lejos de imaginar, ha quedado atrás, a distancia podemos verlo incluso como un personaje de ficción. Ferrero ha superado ya los 60. Muchas nubes se han podido cruzar en su camino, pero lo cierto es que no ha parado de escribir, de publicar, de ir levantando los pilares de una obra que ha ido creciendo a la par que él, una obra diversa, pero atravesada por la coherencia.

La exploración de los deseos ocultos, la indagación en los límites entre el bien y el mal, la presencia de fuerzas y pulsiones que escapan a la razón, la ambigüedad de los vínculos, de los afectos, son temas que animan toda la obra del escritor y que vuelven a estar presentes en esta  entrega que nos demuestra su capacidad para adaptar el género negro a su propia medida, a sus búsquedas. En Nieve y neón, título sacado de unos versos de Pere Gimferrer, tenemos la oportunidad de conocer los orígenes de la atractiva detective Ágata Blanc. La protagonista de El beso de la sirena negra y La noche se llama Olalla, se muestra aquí como una adolescente muy especial, consciente ya de sus dotes para ver más allá de las evidencias de lo real y para cambiar el curso de los acontecimientos.

Berlín, un Berlín en proceso de transformación, en vías de cambiar “de aliento y de vibración” tras la caída del muro, es el escenario elegido en esta ocasión. En esa ciudad misteriosa, oscura, marcada por los pactos del olvido entre los dos lados, por el auge de las mafias y de la especulación urbanística, la joven Blanc empieza a saber, en medio de la aventura coral en la que se desenvuelve, cómo es y hasta dónde es capaz de llegar movida por sus intuiciones. Todo es posible. Un horizonte de sucesos inesperados aguardan a unos personajes que van caminando a ciegas y han de adaptarse y reaccionar continuamente a situaciones extremas, siempre al filo de la navaja.

Berlín, un Berlín en proceso de transformación, en vías de cambiar “de aliento y de vibración” tras la caída del muro, es el escenario elegido en esta ocasión. En esa ciudad misteriosa, oscura, marcada por los pactos del olvido entre los dos lados, por el auge de las mafias y de la especulación urbanística, la joven Blanc empieza a saber, en medio de la aventura coral en la que se desenvuelve, cómo es y hasta dónde es capaz de llegar movida por sus intuiciones.

También a él le esperaban tiempos muy turbulentos, no sólo al universo en general, se plantea Yakio, uno de los protagonistas, mientras en la televisión ve un programa sobre agujeros negros y galaxias caníbales. “Quienes me conocen saben que es muy frecuente que en mis novelas introduzca el tiempo geológico y el tiempo del universo, ese tiempo que nos excede a unos niveles vertiginosos. Es mi forma de recuperar el papel que en la literatura antigua, en la tragedia griega, tenían los astros vinculados al destino”, señala Ferrero, invitándonos a perdernos con él, con sus criaturas de ficción, por unas calles que atrapan muy bien la sensación de pérdida, de desorientación, que experimentamos en las urbes de un presente de horizontes inciertos.

Jesús Ferrero - Fotografía: Nacho Goberna © 2016

En las novelas detectivescas de Jesús Ferrero reconocemos muchos de los temas y obsesiones que animan toda su obra, pero da la impresión de que se desarrollan de una manera más libre, más lúdica y gozosa…

– Sin duda. Me lo he pasado muy bien escribiendo esta novela y eso se nota. Los temas que sustentan la historia son los mismos que aparecen en otras de mis obras, pero cuando te planteas una novela de género tienes más libertad porque estás obligado a mezclar, lo quieras o no, la literatura pura con la literatura popular, y la literatura popular, por mucho que la despreciemos, es bastante más atrevida y osada argumentando porque se nutre de mitos. Los mitos son muy libres y gracias a ellos el género humano ha potenciado su imaginación a la enésima potencia. Creo que si esta novela fuese simplemente existencial, sin gángsters, sin crímenes, sin ambiciones, sin corrupción, me hubiera salido una Ágata Blanc mucho menos divertida.

Nieve y neón es la tercera novela de la serie de Ágata Blanc, pero no se sigue para nada una línea temporal. Aquí viajas hacia atrás, hacia los orígenes de la protagonista, al momento en el que empieza a descubrir sus dones, su capacidad para la observación, para la pesquisa. Nos acercamos a su educación, a sus carencias, a los afectos que la nutren, a los ambientes en los que va creciendo. ¿Esa discontinuidad fue premeditada?

– Este paso atrás surgió espontáneamente, pero desde el principio, al plantearme la serie, tuve claro que iba a ser muy libre a la hora de moverme, sin cortapisas, sin reglas, hacia adelante, hacia atrás, contando historias en las que Ágata Blanc fuese un personaje más, sumida en una estructura totalmente coral. Eran proyectos que desde un principio estaban en mi cabeza y que tarde o temprano iban a acabar saliendo. Y que hubiese una cierta discontinuidad me atraía. En realidad siempre ha sido así. En mis novelas no me suelo ocupar de esos nexos obvios y absolutamente innecesarios que se emplean habitualmente. Muchas veces dejo que los llene el lector por su cuenta, intentando mantener la línea de la emoción. Los nexos entre escenas pueden perturbar o quebrar la emoción. Es como romper por la mitad una melodía, algo que no me gusta nada. Por eso la discontinuidad me la planteo como algo evidente y necesario, así como los cambios de persona verbal. En El beso de la sirena negra hay dos narraciones en primera persona que se van entrelazando; la de  Ágata Blanc y la de Alize Urbach, a la que ésta investiga, mientras que En la noche se llama Olalla recurro a la tercera persona y le quito protagonismo a Ágata Blanc, lo que me permite dar más cabida a otros personajes. Esa estructura coral la repito ahora. En Nieve y neón Ágata es un personaje más, uno más, pero definitivo, porque sus intervenciones son la clave de la novela, las que lo desencadenan todo. Ella es como el alma de Berlín, la gran exploradora de Berlín. La ciudad se sintetiza en ella misma mejor que en cualquier otro personaje.

Berlín, Madrid, París, sobre todo París, son lugares importantes en la biografía y en la literatura de Jesús Ferrero. ¿Se puede hablar de ciudades fetiche?

– Sí. Todas son leitmotivs en mi vida que han ido apareciendo en mis novelas. París, Madrid y Berlín, son, en efecto, los máximos fetiches para mí en lo que se refiere a ciudades europeas. Estoy muy enamorado de las tres, las tres me han dado momentos de gran felicidad, también de gran desdicha, todo cuenta, pero tendría que añadir tres más que también son muy importantes: Pekín, Nueva York y Shanghái. Las dos últimas no las toco literariamente desde mi juventud. He tenido la oportunidad de conocer bien lo que son esos territorios ahora mismo y me gustaría volver a ellos. Me encantaría mandar a Ágata Blanc a China en una próxima novela de la serie.

Jesús Ferrero - Fotografía: Nacho Goberna © 2016

En Nieve y neón se describe Berlín como la “apoteosis del ladrillo y el cristal”. (“¡Qué maravilloso imperio de hormigón y vidrio para blanquear todo el dinero de la tierra!”, leemos). En el Madrid de La noche se llama Olalla se retrata la crisis, la decadencia, la desorientación, que ha seguido a esa etapa. Pocas ciudades se han librado de “la furia urbanística y especulativa” anterior a la crisis económica…

– Sí, así es. En Berlín sucedió antes que en Madrid. En cuanto cayó el muro se desató esa furia. Yo llevaba en mi cabeza el Berlín del telón de acero, que me dejó absolutamente fascinado, que me impregnó muchísimo; de hecho no tuve que hacer grandes esfuerzos para crear la atmósfera de esta novela porque la tenía muy interiorizada. Pero bastaron siete años, siete años después de mi último viaje a la ciudad dividida, para que esas calles que describo, polvorientas, grises, llenas de charcos, todavía con las huellas de la metralla en las paredes, dieran paso a una ciudad absolutamente reluciente. Cuando volví ya no reconocía las calles y las esquinas por las que había pasado, no las reconocía bajo ningún concepto. Eso también me pasó con Nueva York. Recuerdo que la primera vez que vi la calle 42 era una calle tremendamente siniestra, muy interesante desde el punto de vista novelesco, con una de las tabernas más tristes que he visto en mi vida, y poco tiempo después todo eso había desaparecido y buena parte de los rascacielos clásicos habían sido sustituidos por rascacielos de vidrio, hierro y hormigón, pero, pese a todo, la calle 42 seguía reconocible. En Berlín, no… Parecía otro lugar. La furia inmobiliaria de España no es comparable a la que se desató en Berlín en cuanto se cayó el muro. En Pekín sí sucedió algo similar; de repente empezaron a crecer rascacielos por todas partes, como setas.

Yo llevaba en mi cabeza el Berlín del telón de acero, que me dejó absolutamente fascinado, que me impregnó muchísimo; de hecho no tuve que hacer grandes esfuerzos para crear la atmósfera de esta novela porque la tenía muy interiorizada. Pero bastaron siete años, siete años después de mi último viaje a la ciudad dividida, para que esas calles que describo, polvorientas, grises, llenas de charcos, todavía con las huellas de la metralla en las paredes, dieran paso a una ciudad absolutamente reluciente.

La novela capta muy bien el momento de efervescencia en el que el muro cae y todo está a punto de cambiar en la ciudad. ¿Se puede hablar de un antes y un después de este capítulo clave en la historia europea reciente?

– Sin la menor duda. En el muro estaba representada la guerra fría; el muro era la separación de dos mundos y cuando se derribó todo cambió por completo. Europa es diferente desde entonces. A tal punto es diferente que ha perdido los dos polos antagónicos que la mantenían en equilibrio. La decadencia de Grecia llegó cuando Atenas y Esparta dejaron de competir y se aniquilaron la una a la otra y me pregunto si parte de nuestra decadencia no será el resultado de haber perdido cromatismo cultural e ideológico de la manera que los hemos perdido. Antes había dos mundos, podíamos juzgarlos como quisiéramos, pero ahora hay uno solo y, en cierto sentido, es como si estuviésemos encerrados en una cárcel mucho más grande y mucho más homogénea.

Los protagonistas de la novela buscan salvar sus vidas mientras las mafias ganan poder e influencia con la complicidad del Estado. En ese torbellino empieza a cambiar la percepción del mundo, de la realidad…

– Berlín era la capital de las mafias ya en los años 70 y en los 80, pero con la caída del muro llegó la oportunidad de hacer nuevos negocios y de borrar la memoria. Fue la hora de los pactos del olvido. Los papeles que se quemaron en uno y otro lado son muy considerables. Nos suelen acusar a los que vivimos en culturas de ámbitos católicos de hipócritas, de que lo que nos importa son las apariencias. A mí eso me produce carcajadas, porque, precisamente, esa es una de las características de la cultura protestante. Mientras no veas algo, no existe, y eso está muy presente en toda la novela. Ese momento histórico, lo que supuso, es el telón de fondo de la obra. Mientras se desarrollan las vidas de los personajes, observamos cómo se acentúan los vínculos de las mafias con los gobiernos, no sólo con el gobierno estatal. El ayuntamiento de Berlín, que  ha pasado por ser un gobierno limpio, liberal, ha sido de una suciedad indiscutible… Alemania ha sido la gran blanqueadora de dinero, incluso por encima de Suiza, aunque Suiza se lleve la mala fama. Pero, obviamente, como decía, la novela no busca explorar ese mundo, le sirve sólo como telón de fondo.

Jesús Ferrero - Fotografía: Nacho Goberna © 2016

–  Berlín es una ciudad literariamente muy rica. Arrastra un legado pesado y trágico. Es una carga que sigue marcando a las nuevas generaciones, difícil de descifrar.

– Sí. Se trata de un peso muy difícil de sostener y de soportar. La extrañeza de la ciudad arranca ya en sus orígenes. Nació como una ciudad extraña, de carácter militar, de estilo prusiano, y ese poso, esa dureza, se sigue notando en su misma arquitectura, tan pesada y excesiva, representación del poder prusiano. Todo esto puede resultar perturbador para el que visita el lugar por primera vez, porque se percibe una pesadez desconocida en otros lugares de Europa: en Francia, en Inglaterra, en España, en Portugal... Es una contundencia que está también en los automóviles, en los frigoríficos… Una contundencia inquietante y a veces incómoda, pero, más allá de eso, lo sorprendente de Berlín son sus contradicciones y las fases por las que ha pasado, todas muy interesantes. Pensemos que, en el periodo de entreguerras, pasó de ser la ciudad más libre de Europa a la más oprimida y represora. Las huellas de la guerra siguen presentes, se notan por todas partes, sobre todo en Berlín Este, ese Berlín del que me quedé tan colgado en su día, literariamente mucho más interesante que el de ahora. Antes de la caída del muro, ir allí era como entrar en otro mundo; era la niebla, la oscuridad, la tristeza irredimible. Esa era la atmósfera que quería que se reflejase en la novela.

Las recreación de atmósferas es un elemento básico en tu obra…

– Sí, las atmósferas siempre me han interesado. Suelo trabajarlas mucho, pero debo decir que las novelas que buscan sólo la atmósfera, no me interesan. La atmósfera debe servir para dar más relieve a la acción y a los personajes, pero nunca se los puede comer.

En Nieve y neón, el protagonismo es compartido. Son muchas historias, muchas vidas, las que se entrecruzan.

 Sí. A medida que iba escribiendo la novela me iba saliendo una comedia humana muy plural, con todo tipo de personajes. Estaba empeñado en que todos tuvieran alma y hasta una justificación interior, hasta el que parece más descerebrado. En mi opinión si no hay un verdadero rastro de humanidad en los personajes las historias no funcionan. En la novela negra es muy normal presentar figuras planas, sin alma, malos sin más. Yo creo que hasta en la más profunda maldad podemos encontrar un fondo absolutamente humano con el que podernos identificar

Hay una referencia constante a los tiempos paralelos y a los agujeros negros en toda la narración. ¿Es un guiño a la ciencia-ficción, otro de tus géneros de referencia?

– No quiero asustar a los lectores. Pero quienes me conocen saben que es muy frecuente que en mis novelas introduzca el tiempo geológico y el tiempo del universo, ese tiempo que nos excede a unos niveles vertiginosos. Es simplemente mi manera de recuperar el papel que tenían los astros vinculados al destino en la literatura antigua, mi forma de recuperar esa relación de los hombres con el todo, que se ve perfectamente en la tragedia griega. Se trata de una llamada de atención: “Ojo, estamos aquí, pero nos rodea esta inmensidad, y esta inmensidad está en continuo movimiento”. Y al mismo tiempo, las galaxias caníbales y los agujeros negros son una metáfora fundamental en la novela, porque los personajes se van metiendo poco a poco en un agujero negro que llega a su máxima intensidad en el capítulo de la veleta, cuando Ágata Blanc ejecuta el único disparo de su vida [Jesús Ferrero cuenta esto riendo, recreando la escena].

Jesús Ferrero y Emma Rodríguez (lecturassumergidas.com) - Fotografía: Nacho Goberna © 2016

– En todo momento el azar mueve a Ágata Blanc. Siempre se anticipa a los acontecimientos. Parece que tiene dotes visionarias…

–  Digamos que tiene una intuición extraordinaria. Actúa poco, pero cuando lo hace cambia el sentido de la acción, del relato. Cuando creas a un detective tienes que conocer a fondo su estilo. Esto no es tan fácil, no sucede de inmediato, pero poco a poco, a medida que vas trabajando, lo llegas a localizar, y en ese sentido, Ágata Blanc es lo contrario a los detectives de Simenon, a los clásicos de la novela negra de la edad de oro norteamericana, que andan siguiendo todo el rato al delincuente; incluso la palabra delincuente no me gusta porque no cuadra en absoluto en el universo que estoy creando. Eso ya no tiene ninguna gracia. Ágata Blanc nunca se convierte en la sombra de la persona a la que está persiguiendo, no necesita seguir su rastro permanentemente, pero está muy atenta a todo lo que sucede a su alrededor, a todas las señales, y sabe cuando tiene que lanzar el dardo. El crítico José Lázaro ha dicho que Ágata Blanc es la detective más lacaniana que existe y creo que tiene mucha razón. En el psicoanálisis de Lacan el psicoanalista casi no habla, sólo interviene en momentos definitivos y puede hacerlo con un simple gesto, con una mirada. En lugar del psicólogo tradicional, que está hablando contigo todo el rato y te permite desarrollar tu máscara, el psicoanalista lacaniano está silencioso, muy atento a tu discurso y cuando ve que te estás deslizando hacia el lugar de la revelación te lo indica con un gesto. Eso es lo que hace también Ágata Blanc: ve, escucha y subraya, es decir, actúa.

–  Ya que hablamos de psicoanálisis, en la novela destacan los elementos oníricos. “A veces la vida puede tener la lógica de los sueños”, se dice en un momento dado.

– Sí. Hay elementos oníricos desde el principio, pero me pregunto en cuál de mis novelas no sucede eso, quizás en El último banquete, que es hiperrealista y donde los sueños no están tan presentes. Siempre me acuerdo de una frase de Ernesto Parra que decía que “una novela ha de ser como un sueño”. Yo estoy plenamente de acuerdo con esa idea.

Ágata Blanc es lo contrario a los detectives de Simenon, a los clásicos de la novela negra de la edad de oro norteamericana, que andan siguiendo todo el rato al delincuente. Eso ya no tiene ninguna gracia. Ella nunca se convierte en la sombra de la persona a la que está persiguiendo, pero está muy atenta a todo lo que sucede a su alrededor, a todas las señales, y sabe cuando tiene que lanzar el dardo.

El erotismo es otra de tus constantes. En Nieve y neón está muy acentuado. Se puede hablar incluso de novela erótica negra.

– Sí, pero yo sólo utilizo el erotismo cuando veo que los personajes tienen que abordarlo, no como un elemento arbitrario, que es como suele utilizarse en los típicos best-sellers, un camino que puede acabar claramente en la pornografía. A mí me ha asombrado que alguien me haya acusado de pornógrafo cuando mi erotismo es simplemente sugerente. Hay ocasiones en que resuelvo el encuentro erótico entre dos personajes en un párrafo, en un párrafo muy sintético donde doy las claves al lector de lo que está pasando, pero sin excederme. En su carga erótica no veo esta novela muy diferente a las otras. El erotismo no es el tema principal, como sí podría haberlo sido en Belver Yin, en Opium e incluso en El efecto Doppler, por irme muy lejos en el tiempo. Aquí los personajes entran en relación carnal en momentos que son necesarios. Me limito a ser verosímil, sin más.

Pero en este caso se explora el descubrimiento de los deseos de una adolescente llamada Ágata Blanc, que se mira en el espejo de su madre, una mujer que sabe mucho de las artes del erotismo, de la seducción…

– Sí, pero tampoco olvides que las adolescentes europeas, desde hace unos quince años o más, tienen un comportamiento no muy diferente al de Ágata Blanc. Una vez vi un reportaje sobre las muchachas de diez años en Inglaterra y no tenían nada que envidiarle… En este sentido no he querido exagerar en absoluto, simplemente presentar a una adolescente de estos días, con toda la información a su alcance. Puede que ella resulte algo avanzada, porque el relato sucede en 1989, pero, como bien indicas, tiene una buena maestra en casa.

Jesús Ferrero - Fotografía: Nacho Goberna © 2016

Otra de tus obsesiones: los límites, las fronteras entre el bien y el mal. “Hay escaleras que no debemos bajar y que de pronto las bajamos. ¿Por qué? No es fácil saberlo”, leemos en esta novela. ¿Hasta qué punto la literatura es para ti una manera de indagar, de responder a esa pregunta?

– No es fácil encontrar la respuesta a eso. Muchas veces ni siquiera tenemos el por qué y basta con la descripción del descenso al infierno, sin formularse demasiadas preguntas. Lo que sí es evidente, y habría que reconocerlo, es que el bien y el mal, la bondad y la maldad, dependen muchas veces de la situación. Por ejemplo, sabemos que éticamente no está bien mentir, pero cómo juzgamos a los que ocultaban a judíos en su casa y tenían que negarlo ante la Gestapo. En ocasiones mentir es necesario. En la novela, cuando Yaquio está huyendo por Berlín, con la muerte pisándole los talones, se ve obligado a cometer una serie de aberraciones. ¿Cómo se pueden juzgar desde el punto de vista del bien y del mal si está en peligro su vida? Estas cuestiones siempre me han preocupado y están presentes desde mi primera novela. Me limito a colocar a los personajes en situaciones muy concretas, ante una especie de duda moral, para que sean los lectores los que interpreten y saquen sus propias conclusiones.

¿Eres buen lector de novela negra?

– Es uno de los muchos géneros que frecuento, pero no más que otros. Me interesan mucho Patricia Highsmith y Joyce Carol Oates cuando hace novela negra. Me gustan especialmente las mujeres porque me resultan más divertidas y porque, de entrada, tienen más dominio de la ironía. Y también me atraen autores que no son profesionales del género, pero que lo frecuentan, por ejemplo Patrick Modiano. Creo que los novelistas que llegan de otros ámbitos resultan más sueltos, juegan más con el género, mientras que los que lo practican en exclusividad acaban teniendo unos esquemas mucho más rígidos y realistas.

– Vayamos un poco hacia atrás en el tiempo. ¿Por qué crees que tu primera novela, Belver Yin, fue tan celebrada en los 80?

– Bueno. Fue una novela rompedora en su momento. Rompió con los espacios habitados de la novela española de entonces, con unos personajes muy construidos y la apuesta por una nueva clase de  narrador, frío y atemperado, que no emite juicios morales sobre lo que está contando. No es que la novela se vendiera demasiado, en la primera edición de Bruguera apenas alcanzó los 12.000 ejemplares, pero el interés de la historia se ha mantenido en el tiempo y se ha ido reeditando continuamente.

Jesús Ferrero - Fotografía: Nacho Goberna © 2016

– ¿Cómo ha marcado esa novela a Jesús Ferrero? ¿Qué queda de ese joven de veintitantos años que la escribió?

– Bueno, intento no andar enredándome en mi pasado, como hacen, de la manera más vil, tantos escritores narcisistas. Estoy convencido de que lo que hemos vivido se acaba convirtiendo en nuestra cabeza en una ficción y basta con que comparemos cualquier año de nuestra vida con el de otra persona que lo vivió junto a nosotros para ver que la memoria y la interpretación de los hechos son totalmente diferentes. Creo que es necesario liberarse del pasado para mantener el alma despojada. Lo que supuso para mí Belver Yin es muy simple: no tener problemas para publicar en mi vida. Puede que en determinados momentos haya podido echar de menos la virginidad de la primera novela, pero ahora ni siquiera la considero mi obra preferida. Quizás de esa época inicial me quede con El efecto Doppler, donde ya sentí que profundizaba más en la naturaleza humana. Me siguen gustando Belver Yin y Opium, pero sé que actualmente no haría algo así. En ese momento yo escribía las novelas que podía escribir, novelas muy próximas a la fábula, más cerca de lo leído que de lo vivido. En cambio ahora, como es normal, hasta las historias más fabulosas llevan dentro una gran ración de experiencia.

¿Cómo llevas cumplir años, cómo te enfrentas al paso del tiempo?

– Pues lo llevo bien. Sé que he entrado en la tercera fase de la vida. Da la impresión de que es la más complicada porque vas notando que ya no tienes la misma fuerza física, pero también puedes percibir que tu potencialidad mental es superior a la de antes y apreciar momentos de una gran plenitud. Realmente, ver la vida con la perspectiva con que uno la ve ahora mismo es impagable. Te vas haciendo menos egoísta, empiezas a apreciar mucho más tanto la bondad como la inteligencia, incluso las colocas en una dimensión muy parecida; puedes llegar a creer incluso que la bondad es la forma más exquisita de la inteligencia… Eso no lo piensas a los 20 o a los 30 años, cuando eres un narciso y un egoísta que sólo te miras a ti mismo.

Con la edad te vas haciendo menos egoísta, empiezas a apreciar mucho más tanto la bondad como la inteligencia, incluso las colocas en una dimensión muy parecida; puedes llegar a creer incluso que la bondad es la forma más exquisita de la inteligencia…Eso no lo piensas a los 20 o a los 30 años, cuando eres un narciso y un egoísta que sólo te miras a ti mismo.

Me da la impresión de que tu ensayo Eros y misos ha sido un punto de llegada muy importante en tu trayectoria, una vuelta a tus orígenes, a la filosofía, la filosofía como base, como soporte de todo lo demás.

Eros y misos es, sin duda, uno de los libros de mi vida, si bien es muy tardío. En realidad yo pensé que iba a ser ensayista en un principio. Me  eduqué en la historia de la antropología e iba encaminado hacia ahí, pero me harté de la universidad y como, al mismo tiempo que gran lector de libros de antropología y de historia, también lo era de novela y poesía, en un momento determinado me lancé hacia la ficción. Sin embargo, nunca me olvidé del ensayo, del que me nutro continuamente; leo tantos ensayos como novelas. Con este libro he saldado un poco mis deudas con mi vocación inicial y me he quedado muy satisfecho, porque dije lo que pensaba del deseo y le di una dimensión muy amplia, a la manera de los griegos, los chinos y los hindúes. En Eros y misos he convertido el deseo en el dios de la creación.

Jesús Ferrero - Fotografía: Nacho Goberna © 2016

Tu cuna es la filosofía. Tuviste el privilegio de tener como maestros a Foucault, Deleuze, Barthes… ¿Cómo vives el ninguneo al que está sometida ahora mismo la filosofía en España, el hecho de que se la valore cada vez menos en en los planes de estudio?

– Pues lo vivo con tristeza, rabia e inquietud, porque parece que los nuevos poderes están buscando que los ciudadanos renuncien a pensar y yo personalmente creo que cuando renunciamos a pensar sólo nos aguarda la desgracia. De hecho, la irreflexión es una forma de alienación y de locura. Como dije en Eros y misos parte de la culpa la tiene estar bajo poderes tremendamente bárbaros y también el hecho de que se haya tendido a considerar la filosofía y el pensamiento como algo doloroso. Eso es totalmente falso, pensar, descifrarte a ti mismo y a los otros, puede ser un placer inmenso. Siempre he rechazado los vínculos de la creación, tanto de obras literarias como de pensamiento, con el dolor. Algunas de las tardes más felices de mi vida, sobre todo en verano, las he dedicado al pensamiento y han sido momentos de auténtica revelación, en los que sentía que cruzaba un puente que nunca había imaginado que iba a cruzar. Esos placeres están al alcance de cualquiera, y es una pena que se los vincule al dolor y a la miseria. Parece que sólo pensaran los desgraciados. Esto es totalmente erróneo, es una mala herencia, probablemente cristiana; desde luego ni los griegos ni las antiguas escuelas orientales lo veían así. Los griegos ya sabían que los amantes del saber podían llevar una vida plenamente feliz, mucho más feliz que los que no lo eran. En nuestra escuela están destruyendo toda la memoria, pero yo no soy totalmente pesimista. Nuestra cultura, la cultura occidental, está llena de aciertos y de errores, de avances y regresiones. Pero las regresiones no son eternas. Ahora estamos en un momento regresivo, culturalmente muy regresivo, pero eso no tiene porqué durar, de ahí se acaba saliendo. No es la primera vez que sucede.

– ¿Qué te anima a ser optimista en el día a día?

– Observar a los jóvenes. Pese al mal momento que atravesamos, hay en ellos optimismo, alegría de vivir y una inteligencia despierta. Eso que dicen de que los jóvenes están adocenados es falso. Han sido ellos los que impulsaron el 15-M y eso ha traído repercusiones que no se esperaban para nada quienes estaban ya apoltronados en la más absoluta inmovilidad, incluyendo a amplios territorios de la izquierda. Podemos quejarnos de la situación, pero lo cierto es que están cambiando muchas cosas a gran velocidad y van a tener que seguir cambiando. Esas generaciones que siguen en el poder y a las que suelo comparar con muertos vivientes, no se quieren dar cuenta de nada, pero empieza a surgir una nueva conciencia, no sólo en España; una conciencia planetaria en todos los países del mundo, incluidos los más reacios, que marca el rumbo hacia la necesidad de un cambio histórico. Hoy la incertidumbre es total. Cuando tenía 20 años o 30 podía imaginar cómo podrían ser los diez años siguientes; ahora me preguntas qué va a ocurrir el año que viene y no tengo ni idea. Es emocionante y a la vez inquietante para nuestros hijos. Pero las cosas no pueden seguir como están. Nos espera un siglo complicado y lleno de cambios. Ojalá no sean turbulentos.

Jesús Ferrero y Emma Rodríguez (lecturassumergidas.com) - Fotografía: Nacho Goberna © 2016

– ¿Ahora mismo tienes algún otro ensayo en perspectiva?

–  Sí. Pero con los ensayos me eternizo, a diferencia de las novelas. Ahora estoy explorando el universo del amor y creía que ya tenía armado un libro, que ya lo había rematado, pero he visto que no, que aún falta trabajo por hacer. Sucede, además, que estoy sufriendo una metamorfosis muy profunda, de esas que sufrimos tres o cuatro veces en la vida, y eso lo está ralentizando todo.

Eso que dicen de que los jóvenes están adocenados es falso. Han sido ellos los que impulsaron el 15-M y eso ha traído repercusiones que no se esperaban para nada quienes estaban ya apoltronados en la más absoluta inmovilidad, incluyendo a amplios territorios de la izquierda.

– ¿Metamorfosis? ¿Crisis?

–  Sí. Normalmente se denomina crisis, y es acertado, porque toda crisis conduce a una modificación. Nietzsche lo denominaba cambio de piel, pero la piel es algo muy superficial, yo lo llamaría cambio de alma. Tiene que ver con lo que hablábamos antes de la edad, del paso del tiempo. Uno empieza a ver el mundo de otra manera. Yo lo vinculo a la madurez y a una visión mucho más humana de todo: de ti mismo, de tus amigos, de tu país, de la condición humana…

– ¿Tiene que ver con el momento de incertidumbre, de cambio, que estamos viviendo?

– No lo sé. No podemos separarnos de lo que nos rodea; formamos parte intrínseca del mundo… Pero yo creo que tiene más que ver con mi experiencia interior, con mi experiencia de la vida. Llega un momento en que empezamos a vernos como en otra dimensión. Son cambios dolorosos, en los que se sufre mucho, pero muy positivos porque empiezas a ver facetas en tu persona que antes desconocías, que no habías explorado. Te observas a ti mismo con más limpieza y objetividad, con menos prejuicios, y eso te permite enfrentarte a tus propias sombras, a tus miedos y fantasmas sin rehuirlos, mirándolos directamente a la cara. Todo esto me ha llevado a un largo periodo de reflexión de siete, ocho meses, en los que apenas he escrito nada y que me está proyectando ya en otro tipo de vida. Quisiera ser más austero de lo que he sido nunca. Y eso puede dar lugar a otro tipo de obra, aunque todavía no puedo ver su dirección. Después de este proceso que estoy viviendo creo que ni mi pensamiento ni mis ideas van a ser exactamente iguales. He visto dimensiones mucho más amplias de las que conocía hasta ahora y me asustan un poco por su vastedad, he sido consciente, como nunca antes, de la inmensidad de la vida y de la muerte, y todo eso tendrá que reflejarse de algún modo en lo que escriba a partir de ahora.

Jesús Ferrero - Fotografía: Nacho Goberna © 2016

 

Nieve y neón, de Jesús Ferrero, se ha publicado en la editorial Siruela.

Las fotografías a Jesús Ferrero, realizadas durante la entrevista en el Hotel de las Letras de Madrid, las ha realizado Nacho Goberna © 2016