Fue Pissarro quien me encontró a mí

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Por Javier Plaza © 2016 / Lo cierto es que fue Pissarro quien me encontró a mí, y no yo a él. Fue él quien comenzó a aparecer, sin buscarlo, en los libros que yo leía. Si ojeaba una biografía de Monet aparecía Pissarro paseando a su lado por la orilla del Támesis, cuando ambos vivían exiliados en Inglaterra. Si leía un texto sobre la vida de Cezanne encontraba a Pissarro pintando junto a él, en Pontoise. Cuando el Salón Oficial francés rechazaba las obras de Manet y Wisthler, Pissarro, con varios colegas, promovía un salón alternativo, de rechazados, en el que pudieran exponer aquellos artistas. En 1886 Seurat concluía la obra magna del puntillismo, Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte, y era Pissarro quien le convencía para que la presentara al público en la última Exposición de los Impresionistas, de la que él era el principal organizador. Pissarro, siempre Pissarro. Gauguin miraba hacia atrás, en sus últimos años, y renegaba del Impresionismo, pero nunca de Pissarro: “Fue uno de mis maestros y no reniego de él”. Así, por casualidad, fue como yo conocí a Pissarro, y quise saber de él.

Maestro de maestros, patriarca del Impresionismo… Los calificativos son siempre elogiosos para un pintor apasionado que vivió dedicado al arte en cuerpo y alma. Un genio en continuo aprendizaje y con vocación de profesor que además de pintar repartió sus consejos y sus lecciones entre numerosos colegas. Un artista social que trató de unir a los pintores de su movimiento, el Impresionista, más homogéneo en los libros que en la realidad. Pissarro buscaba continuamente el trato con sus colegas, el intercambio de consejos y experiencias, ya fuera en las tertulias del café Guerbois, en las cenas del café Riche, en las reuniones en casa de Zola o pintando junto a algún otro artista a la vera de un camino. Él siempre trataba de aunar esfuerzos, de buscar sinergias entre los pintores, de aprender y de enseñar.

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Camille Pissarro ” L’Ile Lacroix a Rouen . Effet de brouillard ” (1888) / Museo del arte de Filadelfia.

Y es que Camille Pissarro aportó al Impresionismo mucho más que sus excelentes pinturas. Trabajó prácticamente con todos los artistas de su época, impulsó la creación de la Sociedad Anónima Cooperativa de Artistas, Pintores, Escultores y Grabadores con la finalidad de organizar exposiciones de aquellos artistas que no lograban abrir las puertas de los salones oficiales, e incluso redactó sus estatutos. Ahí encontraremos, entre otros, a Degás, Cezanne, Caibellotte o Monet. También fue él uno de los principales precursores de las llamadas, a posteriori, Exposiciones Impresionistas, que surgieron a raíz de la recién formada Sociedad, y el único que participó en todas ellas. Pissarro no solo pintaba, irradiaba arte. No fue por casualidad que cinco de sus hijos y numerosos descendientes, hasta nuestros días, se hayan dedicado en mayor o menor medida a la pintura. “Pissarro hubiera podido enseñar a dibujar a las piedras”, dijo de él una de sus numerosas alumnas, la pintora Mary Cassatt.

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Pissarro buscaba continuamente el trato con sus colegas, el intercambio de consejos y experiencias, ya fuera en las tertulias del café Guerbois, en las cenas del café Riche, en las reuniones en casa de Zola o pintando junto a algún otro artista a la vera de un camino. Él siempre trataba de aunar esfuerzos, de buscar sinergias entre los pintores, de aprender y de enseñar.

Esas apariciones de Pissarro por los rincones del Impresionismo fueron calando en mí como calaban en los artistas de su tiempo y poco a poco fui descubriendo en él a un artista único que vivía para la pintura casi desde su niñez. Camille había nacido en 1830 en una familia acomodada de las Antillas danesas dedicada a la ferretería naval, y a una edad temprana fue enviado a París para recibir una formación elitista. Fue allí donde comienza a dibujar. Finalizada su formación regresó al hogar familiar, y desde ese momento decidió cambiar el guión que se le había asignado y dedicarse tan solo a su pasión, la pintura.

Al parecer en las Antillas dibujaba en el puerto, en sus ratos libres, y allí fue donde conoció al que sería su maestro, Fritz Melbye. Para escándalo de su familia el joven Camille decide abandonar el hogar para recorrer Venezuela dibujando paisajes en compañía de Melbye. Sus padres, indignados, le cortaron cualquier ayuda iniciándole así en las dificultades económicas que le acompañarían durante la mayor parte de su vida. Pero para Pissarro no cabía marcha atrás, había encontrado su camino y ya no lo abandonaría.

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De Venezuela Camille se traslada a Francia, donde vive en casa de unos familiares y se dedica a pintar y a aprender en la Escuela de Bellas Artes. Un tiempo después abandona la Escuela, por encontrarla demasiado formal, y comienza a acudir a la Académie Suisse. En 1857 sus padres regresan a Francia y se produce el reencuentro. Pisarro vuelve a vivir con ellos mientras se dedica a su pintura. Conoce a Corot  y más tarde a Cezanne, presenta una obra que es aceptada por el Salón Oficial, donde expondrá en varias ocasiones más a lo largo de los siguientes años, época en la cual su pintura era todavía bastante tradicional y en la que se le asocia con la escuela de Barbizón. Todavía su estilo no ha derivado hacia el Impresionismo y su paleta se basa en una gama sobria de verdes y grises, aunque poco a poco va adquiriendo luminosidad, atraído siempre por la pintura de paisajes cotidianos, la belleza de las cosas sencillas.

Cuando sus padres parecen aceptar su pasión por la pintura Camille inicia una relación con Julie Vellay, una doncella de su madre, la mujer con la que compartirá el resto de su vida. Pronto tuvieron un hijo, sin haberse casado, ya que el matrimonio no encajaba con las ideas ácratas de Pissarro. Sus padres escandalizados lo expulsan de la casa cortándole, definitivamente, cualquier ayuda. La pareja parte hacia Pontoise y se instala allí. Años más tarde, exiliados de Francia por el avance de las tropas alemanas, Julie y Camille deciden formalizar en Inglaterra su relación, aunque fuera tan solo por lo civil, cuando ya habían tenido otro hijo.

Cuando sus padres parecen aceptar su pasión por la pintura Camille inicia una relación con Julie Vellay, una doncella de su madre, la mujer con la que compartirá el resto de su vida. Pronto tuvieron un hijo, sin haberse casado ya que el matrimonio no encajaba con las ideas ácratas de Pissarro. Sus padres escandalizados lo expulsan de la casa cortándole, definitivamente, cualquier ayuda.

Consagrar una vida a la pintura conlleva dificultades, y a Pissarro ninguna le fue ajena; ni la pobreza, ni la incomprensión de sus padres ni el desinterés del público. Su vida es una búsqueda continua, preocupado siempre por cubrir las necesidades básicas de su familia. Durante su exilio trata de exponer sus cuadros en Londres, junto a Monet, pero tan solo obtienen indiferencia, aunque al menos en aquel país logra entablar amistad con el galerista Durand-Ruel, quien promocionará su obra durante décadas. Desilusionado por el escaso interés que despierta su trabajo en Inglaterra, y agobiado por la pobreza, regresa con su familia a Francia tratando de encontrar allí compradores para su arte. El regreso es desolador. Las tropas prusianas en su avance han saqueado su estudio. De las 1.500 obras que abandonó al huir con su familia quedan allí cuarenta. A Camille no lo queda más remedio que comenzar una frenética producción artística y esforzarse por vender sus lienzos, incluso a precio de saldo. También pinta carteles y abanicos y cultiva, junto a Julie, los terrenos aledaños a su casa, ya que la familia no para de crecer. Julie y Camille tendrán ocho hijos, aunque alguno falleció a edad temprana. En esta época ya queda poco en su trabajo del estilo tradicional, se ha consagrado por entero al Impresionismo.

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A pesar de su frenética actividad las cosas no marchaban tan bien como hubiera deseado. Durante muchos años Pissarro fue tan admirado por sus colegas como ignorado por el gran público. En su casa de Eragny le visitaban Van Gogh, Monet, Cezanne o Gauguin, y en sus viajes a la capital se reunía con numerosos artistas, pero a pesar de ello su obra no despertaba demasiado interés entre críticos oficiales y compradores. Cuando en 1876 el restaurador y pastelero Murer organizó un sorteo en el que premio principal era un lienzo de Pissarro la ganadora prefirió que le dieran una tarta. Y cuando Louis Leroy, uno de los más prestigiosos críticos de Francia, contempló su obra La escarcha comentó: “Pero si son raspaduras de paleta aplicadas de manera uniforme sobre un lienzo sucio. Eso no tiene ni pies ni cabeza…” Yo, en cambio, todavía recuerdo como me recogía en mi abrigo por el frío que sentí contemplando esa “escarcha”, en el museo de Orsay. El mismo frío que sentía Zola, gran defensor del Impresionismo, tras visitar la obra de Pissarro en el Salón Oficial en 1866: “Su paisaje invernal me refrescó durante media hora en mi viaje a través del desierto del Salón”.

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Durante muchos años Pissarro fue tan admirado por sus colegas como ignorado por el gran público. En su casa de Eragny le visitaban Van Gogh, Monet, Cezanne o Gauguin, y en sus viajes a la capital se reunía con numerosos artistas, pero a pesar de ello su obra no despertaba demasiado interés entre críticos oficiales y compradores.

Pero Camille no cede, continúa trabajando y nunca deja de aprender. Es la época de la Sociedad Anónima Cooperativa de Artistas, Pintores, Escultores y Grabadores, de las llamadas Exposiciones Impresionistas que promueve y en las que participan, entre otros: Renoir Degás, Cezanne, Gauguin, Monet,… aunque nunca con el reconocimiento esperado. Pissarro trabaja y se reinventa continuamente. En la década de los ochenta conoce a Signac y Seurat, y junto a ellos comienza a practicar el puntillismo apoyado por su hijo Lucien, quien había heredado la pasión de su padre, y se dedicaba ya a la pintura. Y poco a poco, con grandes esfuerzos, Camille se abre camino en el negocio del arte hasta que en la década de los noventa logra finalmente el reconocimiento del público y la solvencia económica tan deseada, siendo ya prácticamente un anciano. Su año clave es 1892 cuando Durand-Ruel, cómo no, organiza una gran exposición de la obra Pissarro que le proporciona, tras sesenta y dos años de esfuerzos, ese éxito tan merecido. En aquel año incluso consigue devolver a Monet el dinero que éste le había prestado mucho tiempo atrás para adquirir su casa.

Por fin lo ha logrado, pero Pissarro no se abandona. A pesar de haber dejado atrás las estrecheces económicas y de encontrarse enfermo de la vista, de la que le operaron por vez primera en 1891, y anciano, quiere seguir pintando y aprendiendo. Del mismo modo que Renoir hacía que le ataran los pinceles a las manos para continuar trabajando, cuando la artrosis le impedía ya sostenerlos, Pissarro adecúa su arte a su enfermedad. La pintura no es su trabajo, es su pasión, es su vida. Comienza a pintar vistas de París desde balcones y ventanas, donde su debilitada vista sufre menos y le permite trabajar durante horas. Y el resultado de esta última reinvención no puede ser más brillante. Sus series sobre la Place du Théâtre-Français, Avenue de l’Opéra o las Tullerías son aclamadas por sus colegas y por el público. En 1896 Durand-Ruel le compra todas las vistas de París y le anima a hacer más. En el año siguiente, ya con sesenta y siete años, Pissarro alquila para trabajar una habitación en el Grand Hotel de Russia, instala junto a la terraza la silla y el caballete, sus óleos y su paleta, toma el pincel y desde allí llevará a cabo la que para mí es su obra cumbre: la serie de trece vistas del Boulevard de Monmartre. Esencia del Impresionismo: árboles, edificios, paseantes, carruajes y, sobre todo, luces, diferentes luces, luces mortecinas y brillantes, luces de noche y de día, de sol y de farolas de gas, y de lluvia de primavera. Creo que fue contemplando su Boulevard de Montmartre al atardecer cuando decidí que escribiría una novela (La urrraca en la nieve) sobre las calles del Impresionismo, y que el protagonista se llamaría Camille.

“Seguramente todos nosotros provenimos de Pissarro” (Paúl Cézanne).

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Camille Pissarro: "Boulevard Montmartre en la tarde" (1897) / Museo del Hermitage.
Camille Pissarro: “Boulevard Montmartre en la tarde” (1897) / Museo del Hermitage.

FIRMAS SUMERGIDAS | JAVIER PLAZA

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Nacido el 31 de Marzo de 1974 en Pamplona (España). Licenciado en Derecho y Diplomado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Zaragoza.

En el mes de noviembre de 2014 publica La urraca en la nieve (Ediciones Hades) de la que se han impreso hasta la fecha tres ediciones. La novela narra un paseo por las calles del  París de 1893 a través de los ojos de Camille, un pintor aficionado que convive con los artistas más reconocidos del Impresionismo al tiempo que trata de aclarar su camino en la vida.

El autor está terminando su segunda novela, Canción de amor tardío, que define como una canción de amor a la vida. Transcurre a principios del Siglo XIX. Narra la reconstrucción personal de Rosa, una mujer que ha regresado al pueblo en el que nació, en las montañas del norte de España, tras haber quedado viuda y haber perdido a su hijo en la guerra que estaba enfrentando en aquellos años a Francia y España.

También ha escrito varios relatos cortos, entre ellos: Visita nocturna, un homenaje a diferentes escritores, y El germen con el que recientemente resultó ganador el III Concurso de Relatos cortos contra la violencia machista convocado por el Ayuntamiento de Terrasa.

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Actualmente publica reseñas en el blog literario La boca del libro.

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