David Bowie: “Nunca os aburriré”

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Por Fidel Oltra © 2015 /

Bruce Springsteen me hizo la vida más llevadera en la década de los 80, de la misma manera que Sinatra me está ayudando a entenderla mejor en estos últimos años, pero Bowie siempre ha estado ahí, intemporal, etéreo, como el mismo aire que respiro, una presencia que no se nota pero cuya ausencia tendría efectos catastróficos. Me hice fan de David Bowie en 1980, a los 14 años. En realidad, aunque por supuesto yo aún no lo sabía, me estaba haciendo fan de un Bowie concreto, el de 1980, que a su vez conectaba temporal, temática y estilísticamente con otro Bowie al que conocería más adelante. Así, poco a poco, fui estableciendo esa misma relación de seguidor embobado con todos y cada uno de los Bowies. Es lo bueno que tiene ser seguidor del artista al que la sabiduría popular (o algún avispado periodista, no lo sé) bautizó como El Camaleón: te podías hacer fan de él muchas veces, y cada vez era diferente.

Supongo que sería la primavera de 1980, aunque no lo puedo afirmar con rotundidad. Sí, podría consultar en la Wikipedia cuándo salió el single, incluso es posible que pudiese averiguar las fechas en que se pasó el vídeo por televisión, pero prefiero no hacerlo. Quiero mantener ese momento en mi mente así, confuso, mágico, quién sabe si incluso imaginado. No, eso seguro que no, desde luego no lo imaginé. Sé que estuve allí, en la habitación de mis padres, recuerdo perfectamente la pequeña televisión que había sobre un mueble. Sería por la tarde, o tal vez un domingo por la mañana. Entraba luz por el balcón, creo. El pequeño televisor estaba en marcha y anunciaron en TVE1 aquellos habituales “Minutos musicales” con los que se amenizaba la espera entre programa y programa. Suena ingenuo si lo comparamos con el desbarajuste y el cachondeo que es hoy la televisión, pero era así: había unos horarios fijos de emisión y, aunque se emitía publicidad, muchas veces quedaban huecos de pocos minutos, o incluso segundos, que se solían rellenar con música. Es curioso que entonces, con solo dos canales de televisión, se tratara con mucho más mimo la música que hoy. En ese sentido parece que hemos salido perdiendo con la multiplicación de la oferta. Pero eso es otra historia, no nos desviemos del tema.

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En aquellos “Minutos musicales” pusieron dos vídeos. Los vídeos musicales eran algo novedoso por aquel entonces. No el hecho de que existieran grabaciones de actuaciones en directo o incluso vídeos realizados con la intención de promocionar alguna canción, los propios Beatles lo hicieron en varias ocasiones, pero sí que se considerara el vídeo musical como un producto casi independiente, algo con entidad propia más allá del single correspondiente. Con la aparición de la MTV todo cambiaría hasta el punto de que la imagen pasó a ser casi más importante que la propia música que se intentaba promocionar, convirtiéndose de vehículo para lograr un fin a un fin en sí mismo. Pero nos estamos desviando otra vez del tema. O quizás no. La imagen tiene mucho que ver con lo que estoy intentando contar. Pero debo centrarme: volvamos a aquella tarde, o mañana, vaya usted a saber, y a aquella habitación.

Me hice fan de David Bowie en 1980, a los 14 años. En realidad, aunque por supuesto yo aún no lo sabía, me estaba haciendo fan de un Bowie concreto, el de 1980, que a su vez conectaba temporal, temática y estilísticamente con otro Bowie al que conocería más adelante.

El primer vídeo era “Going underground”, de The Jam. Un grupo que no me sonaba de nada pero que me capturó de inmediato. En primer lugar por su potente imagen, claro, no olvidemos que un servidor entonces tenía catorce años y era fácilmente impresionable, así que me impactaron sobremanera aquellas pintas de enfurruñados pero elegantes rebeldes que tenían Paul Weller y sus compinches. También quedé impresionado por la propia canción, claro. ¿Qué puedo decir? Era una bomba. En aquellos tiempos no había Internet, así que la información había que buscarla por donde cada uno pudiera, y en un pueblo de 900 habitantes a principios de los 80 no había muchos medios para investigar. El resultado fue que me compré un par de discos de The Jam buscando la dichosa canción, en vano. Supe tiempo después que sólo se había lanzado como single. En fin, dado lo infructuoso de mis esfuerzos hube de conformarme con hacer guardia ante el radiocassette para intentar grabarla. Al final lo conseguí, y debo decir que me quedé muy satisfecho. Cómo ha cambiado todo…hoy se puede escuchar o bajar cualquier canción en segundos. De nuevo me queda la duda de si hemos salido ganando o perdiendo en el cambio.

david-bowie-ashes-to-ashes-279588186.jpgEl segundo vídeo era “Ashes to ashes”, de David Bowie. Tampoco sabía quién era, aunque resulte extraño. No sonaba en la radio, al menos en las emisoras que yo lograba sintonizar con mi precario equipo. ¿Quién sería ese tipo flacucho y feo, disfrazado de payaso, que me cantaba desde el televisor con una voz como de falsete acatarrado? Otros tipos vestidos de forma muy rara le hacían los coros. El mismo tipo flacucho volvía a aparecer vestido poco después de forma corriente, encerrado en una especie de sala acolchada, como si estuviese en un manicomio o algo similar. La cámara se acercaba y, aunque nuestro televisor era en blanco y negro, se apreciaba que sus ojos no eran iguales, no tenían el mismo tono de gris. Todo en ese vídeo, en ese tipo feo y desgarbado, parecía amenazante, desafiante, retador. Moderno. Perfecto para un adolescente que empieza a sentir la necesidad de encontrar un sitio propio en el mundo, un lugar en el que afirmar su personalidad como casi todos los adolescentes, por oposición a su entorno. A veces todos los tipos raros se juntaban y empezaban a desfilar de forma muy teatral hacia la pantalla, seguidos por una excavadora. ¿De qué iba todo aquello? No entendía nada, me encontraba perplejo. El vídeo de The Jam era impactante pero muy directo y sencillo: aquellos tipos trajeados de negro sobre un fondo blanco tocaban con furia durante menos de tres minutos y al final explotaba una bomba atómica. Incluso yo lo podía entender: era 1980 y la amenaza nuclear se cernía sobre el mundo. Pero el vídeo de “Ashes to ashes” no tenía ningún significado. Todo aquello me parecía ininteligible…pero también fascinante, embriagador. Quería más. ¿Quién era David Bowie?

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Es genial seguir en tiempo real la evolución de un artista desde sus inicios, pero también es muy interesante descubrirlo en mitad de una carrera ya consolidada y verse obligado a ir tirando del hilo para ver cómo y por qué ha llegado hasta ahí. Resulta curioso que la siguiente canción de Bowie que escuché fuera “Space Oddity”, que creo recordar se reeditó por aquellas fechas. Curioso porque, con mis escasas nociones de inglés (yo era de francés, y sólo sabía de las letras de las canciones lo que leía en alguna revista), intuía que había una relación, una conexión entre ellas. Hoy sé que es así, claro. bowie-space-40th.jpgDe hecho hay una línea que, partiendo de “Space Oddity” a finales de los 60, describe una trayectoria que se va haciendo cada vez más amplia durante los 70 hasta que, de repente, vuelve al punto de origen formando un círculo perfecto. Y no sólo por la temática que vagamente compartían “Space Oddity” y “Ashes to ashes”, no solamente porque en esta última se hiciera referencia al personaje del Major Tom que protagonizara aquella primeriza odisea espacial.

Hay más: David Bowie hizo una de sus primeras apariciones como actor / mimo junto a su maestro Lindsay Kemp en la obra Pierrot in Turquoise. El protagonista, interpretado por Kemp, es Pierrot, el famoso personaje de la Comedia Del Arte también conocido como “Payaso blanco” o “Carablanca”. ¿Y de quién iba disfrazado Bowie en el vídeo de “Ashes to ashes”? De payaso blanco. O sea, de Pierrot. Además los tipos raros que le acompañaban en el vídeo, que tan siniestros me parecieron entonces, eran otros personajes de la Comedia del Arte. Primer círculo cerrado. Cuenta saldada con la etapa del mimo, de los disfraces, de las odiseas espaciales. Se baja el telón, prepárense para el siguiente acto.

¿Quién sería ese tipo flacucho y feo, disfrazado de payaso, que me cantaba desde el televisor con una voz como de falsete acatarrado? (…) el vídeo de “Ashes to ashes” no tenía ningún significado. Todo aquello me parecía ininteligible…pero también fascinante, embriagador. Quería más. ¿Quién era David Bowie?

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En aquellos tiempos era bastante más sencillo seguir la actualidad que indagar en el pasado. Así pues, prácticamente tuve que esperar dos años hasta saber algo más de aquel enigmático personaje. Lo siguiente que llegó a mis oídos fue su colaboración con Freddie Mercury en “Under pressure”. Por supuesto aquello nada tenía que ver con la encantadora y misteriosa sensación que me había dejado “Ashes to ashes”. Era algo más terrenal, era rock. El nuevo camino por el que se iba a deslizar Bowie en los 80. Un camino que, aunque por supuesto sentía curiosidad (acabé comprando el cassette de “Let’s Dance”, mi primer álbum de Bowie) no era el mío por aquel entonces. Bowie había sembrado en mí una semilla, un germen lunático. Me hizo interesarme por los Nuevos Románticos, por grupos que cultivaban la imagen como principal activo: Adam and the Ants, Visage, Spandau Ballet… Muy típico de Bowie, el Gran Impostor, chanchullero hacedor de jugarretas. Tirar la piedra y, mientras todos seguíamos su trayectoria con la vista, escabullirse y empezar a preparar su siguiente reencarnación. Dicen de Bowie que se apuntaba a todas las modas, pero yo no lo veo así: él era quien conseguía que aquello en donde ponía su mirada, fuese lo que fuese y quien quiera que lo hubiese iniciado, se convirtiese en moda. Y cuando ya era moda, dejaba de interesarle. Matar a sus personajes era algo habitual en él, tanto como desconcertar a sus fans. Lo fui averiguando con el tiempo.

David Bowie hizo una de sus primeras apariciones como actor / mimo junto a su maestro Lindsay Kemp en la obra Pierrot in Turquoise. El protagonista, interpretado por Kemp, es Pierrot, el famoso personaje de la Comedia Del Arte también conocido como “Payaso blanco” o “Carablanca”. ¿Y de quién iba disfrazado Bowie en el vídeo de “Ashes to ashes”? De payaso blanco. O sea, de Pierrot

Según iban avanzando los 80 me pareció mucho menos interesante acompañarle en sus nuevos intereses musicales que seguir sus huellas hacia atrás. Me motivaba la arqueología musical. ¿Qué había pasado entre “Space Oddity” y “Ashes to ashes”? Necesitaba saberlo. Me ayudó un buen amigo, otro enamorado de Bowie, que me grabó en una cassette un recopilatorio con todas sus grandes canciones hasta la fecha. Aquella fue mi consagración definitiva. Fue en esa cinta donde descubrí más temas con aquella arrebatadora esencia interplanetaria que me había aprisionado el corazón desde que escuché “Ashes to ashes” y “Space Oddity”: “Life on Mars”, “Starman”, “Ziggy Stardust”… Pero, agazapados entre aquellas canciones, había otros Bowies que yo quería, necesitaba conocer: el romántico y desgarrador de “Heroes”, el cáustico de “Fame”, el negro de “Young americans”, el pálido de “The man who sold the world”, el desafiante de “Rebel, rebel” y el desconcertante de “TVC15”. Eso para empezar, más adelante ya me ocuparía de aquellos extraños desvaríos instrumentales que acompañaban a esas mágicas canciones.

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Fue así como me introduje cada vez más y más en el particular multiverso Bowie. Ya era bastante complicado seguir sus pasos, encima cada uno de ellos era como una rama brotando de un árbol inabarcable, infinita maraña cuyas bifurcaciones me llevaban a nuevos parajes musicales: el krautrock, el glam, Iggy Pop, Lou Reed, Scott Walker, Mott the Hopple, la electrónica, el vanguardismo, la música del periodo de entreguerras, el blue-eyed soul… Todos ellos habitados, poseídos y abandonados por Bowie en menos tiempo del que sus seguidores tardábamos en escuchar aquellos discos, en desbrozar la maleza siguiendo el tesoro prometido y siempre huidizo de una música más nueva, más transgresora, mientras su autor ya estaba metido en otros berenjenales dejando a todos los tontos mirando el dedo. Es, posiblemente, lo más grande de todo lo que ha hecho Bowie a lo largo de su carrera: abrirnos puertas. Él se pensó a sí mismo como un inmenso cebo, un reclamo, un  moderno Flautista de Hamelín. Y nosotros siguiéndole, felices, hasta que nos dábamos cuenta de que el eco de su flauta nos llamaba desde una esquina mientras él se marchaba por otra. Pero valía la pena el esfuerzo de intentar seguir su camino, aunque sólo acertáramos a ver su sombra lejana y las migajas que iba dejando por el suelo para que nunca  perdiéramos del todo su pista.

Dicen de Bowie que se apuntaba a todas las modas, pero yo no lo veo así: él era quien conseguía que aquello en donde ponía su mirada, fuese lo que fuese y quien quiera que lo hubiese iniciado, se convirtiese en moda. Y cuando ya era moda, dejaba de interesarle. Matar a sus personajes era algo habitual en él, tanto como desconcertar a sus fans

Me reconcilié con el presente de Bowie ya entrado el siglo XXI, cuando accedí a unas obras que me habían pasado desapercibidas, desencantado como estaba por sus experimentos de los 90 y absorto en intentar seguir desentrañando los misterios de su época más gloriosa. Fue cuando el mismo amigo que me había grabado aquel iniciático recopilatorio, una década antes, me pasó una copia de “Heathen” y otra de “Reality”. Me hice también con “Outside”. Fue fascinante descubrir que Bowie volvía a estar en forma, a deslumbrar con su música. Incluso me animé a echar un vistazo a su obra de la década anterior, que no me había llamado la atención. Siguió sin hacerlo, pero no importaba, ahí estaba de nuevo esa presencia imperturbable en nuestras vidas. Siempre joven, siempre activo, siempre dispuesto a mirar hacia adelante, metido en mil movidas modernas, apadrinando a artistas nuevos (Arcade Fire, por ejemplo)…

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Hasta que llegó 2013 y con él la sorpresa de ver a nuestro ídolo rendirse, creo que por primera vez, a la nostalgia. El vídeo y la letra de “Where are we now” nos dejaron atónitos. Aquello se asemejaba demasiado a un balance de toda una vida. ¿Se estaría despidiendo? El hombre que dijo en su 50 cumpleaños “no sé a dónde voy a ir desde aquí, pero no os aburriré” parecía preguntarse si ya habría llegado a su destino. Aunque el resto del disco, por suerte, daba la sensación de que Bowie todavía tenía mucho que decir, era bastante evidente que ya no iba a ser más el hombre al que aterraba convertirse en un mito, que ansiaba desesperadamente construir nuevos personajes, realizar nuevos descubrimientos, situarse a la vanguardia de los hallazgos tecnológicos. Sus actuaciones se habían espaciado cada vez más, limitándose ya casi totalmente a los Estados Unidos, hasta que finalmente llegó la temida noticia: se retiraba definitivamente de los escenarios. Sí, esta ya debía ser la retirada definitiva. Pero estamos hablando de Bowie…se había retirado tantas veces desde aquel último concierto de los Spiders From Mars en el 73… ¿Quién sabe? Nunca digas nunca jamás, aunque seas una vieja estrella de rock y estés rozando los 70.

Él se pensó a sí mismo como un inmenso cebo, un reclamo, un  moderno Flautista de Hamelín. Y nosotros siguiéndole, felices, hasta que nos dábamos cuenta de que el eco de su flauta nos llamaba desde una esquina mientras él se marchaba por otra

En el último año las noticias sobre el viejo Duque Blanco se sucedían: temas para películas y series, intervenciones en musicales, reediciones de su obra, nuevos recopilatorios… Y entonces soltó el bombazo: ¡habría nuevo disco de Bowie! Blackstar está previsto para 2016, y desde el mismo momento de su anuncio ya se ha convertido en el álbum más esperado del año. Por si fuera poco, hace apenas unas semanas Bowie nos ha vuelto a dejar a todos con la boca abierta estrenando un inquietante y vanguardista vídeo de diez minutos, prácticamente un cortometraje, correspondiente al tema que dará nombre al álbum. Por lo que hemos podido escuchar, parece que su nuevo trabajo tendrá influencias del krautrock, referencias a su época berlinesa y también un exquisito toque jazz. ¿Qué decir? De nuevo lo ha conseguido: volvemos a esperarlo todo del que ya nada esperábamos.

La vieja flauta vuelve a sonar, veremos a dónde nos lleva ahora.

El hombre que dijo en su 50 cumpleaños “no sé a dónde voy a ir desde aquí, pero no os aburriré” parecía preguntarse si ya habría llegado a su destino

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FIRMAS SUMERGIDAS | FIDEL OLTRA LANDETE

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Nació en 1966 en Fortaleny (Valencia). Es titulado en informática por la Universitat Politécnica de Valencia. Ha sido empresario, desarrollador de software por cuenta propia y, desde 2002, profesor de secundaria en la especialidad de informática. De pequeño sus dos obsesiones eran los cómics de la Marvel y hacer listas con las canciones que sonaban en la radio.

Desde 2008 colabora en la revista online de actualidad musical Muzikalia (http://www.muzikalia.com), donde actualmente ejerce como redactor-jefe. En 2015 empieza a escribir asiduamente en la revista Ruta66. Además ha publicado textos en diferentes webs relacionadas con la cultura y la música. Mantiene el blog personal Música Para Leer (http://musicaparaleer.blogspot.com).


Blackstar, el último vídeo -cortometraje- de David Bowie. Es el adelanto de su nuevo álbum -del mismo nombre- que verá la luz a principios del 2016.