El arte de viajar. Rutas con Stevenson, Chatwin, Camba, Theroux…

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Robert Louis Stevenson / Bruce Chatwin / Paul Theroux / Julio Camba / Elwyn Brooks White

Por Emma Rodríguez © 2015 / “Disfrutar al máximo cualquier lugar que visitamos es asunto difícil, que depende en gran medida de nuestra propia capacidad, pues lo que se contempla de principio a fin y con paciencia acaba por mostrar su lado hermoso”, escribió Robert Louis Stevenson en un texto absolutamente vigente que sigue animándonos a buscar la belleza del mismo modo que “el botánico busca la espiga del centeno” y a adecuar los estados de ánimo a los paisajes que puedan ir surgiendo por el camino.

De caminos, de viajes, de travesías, de dificultades, de descubrimientos, saben mucho los protagonistas de este recorrido múltiple, viajeros de distintas épocas y talantes, hermanados por el afán de ampliar los márgenes del mundo, por no claudicar ante las convenciones de los espacios cerrados. Al seguir sus rutas percibimos que ninguna geografía es única, que los lugares cambian por el efecto del tiempo y según las miradas, las interpretaciones, de quienes los visitan. Algunas de esas miradas -sin duda las de los cinco guías que aquí nos acompañan- son capaces de imprimir carácter a un lugar concreto, marcando los pasos y la memoria de quienes hasta allí nos dirijamos, a veces sin ni siquiera salir de las páginas de los libros.

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No hay nada como los lugares imaginarios para vivir”, decía Julio Camba, quien con sus crónicas sobre las grandes urbes de principios del siglo XX, estimulaba los sueños, las ansias de viajar, de sus lectores. “Mi propósito al hacer este maravilloso viaje es no engañarme a mí mismo sino descubrirme en los objetos que veo. Nada, por mucho que se busque, es comparable a la nueva vida que experimenta una persona reflexiva cuando observa un país nuevo. Aunque siempre sigo siendo yo mismo, creo que he cambiado en lo más profundo de mi ser”, escribió Goethe en su célebre Viaje a Italia. Sus palabras guían hoy a Paul Theroux, un hombre que sigue dispuesto a encontrarse consigo mismo en cada nuevo trayecto. Theroux también se deja orientar por otro maestro, Henry David Thoreau, quien aconseja el viaje como una manera de huir de la trivialidad, de los pequeños y tantas veces frívolos asuntos, del día a día (“Creo que la mente puede acabar profanada de forma permanente por la costumbre de ocuparse de cosas triviales”, escribió el autor de Walden). Con tantas certezas, con los sentidos despiertos, emprendemos una ruta transoceánica con Stevenson, cargada de revelaciones, y que nos lleva a pensar en lo poco que han cambiado ciertas cosas pese al profundo túnel del tiempo; descubrimos las soledades y lejanías de la Patagonia, de la mano de Chatwin; desenmascaramos la África actual siguiendo los pasos de Paul Theroux y disfrutamos con las crónicas de principios del siglo XX de un corresponsal llamado Julio Camba. Crónicas que nos conducen finalmente a Nueva York, un Nueva York poliédrico en la voz de Camba y de un visionario conocedor de la ciudad como E. B. White, una de las firmas de la mítica revista New Yorker. Esta es una invitación a dejarlo todo, a embarcarnos, a sumergirnos, a distanciarnos de nosotros para reconocernos en otros espejos, en el reflejo de un río lejano, de un lamento, de un murmullo, de una niebla.

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Las reflexiones en cubierta de Robert Louis Stevenson

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Paseante avezado, amante de la naturaleza, observador agudo de los distintos caracteres humanos, Stevenson buscó siempre, incluso en las situaciones más complicadas, algo del prodigio del mundo, ese prodigio tantas veces oculto bajo capas de fealdad y penuria. Es su capacidad para ver con sus propios ojos, huyendo de las opiniones y verdades asumidas, así como su talante de cronista, de aventurero, sin renunciar a ser un hombre corriente, lo que nos atrapa de Viajar, un compendio de ensayos en el que se recogen las rutas, las travesías, las huidas que emprendió el autor de La isla del tesoro en un recorrido diverso en el que aprendemos a valorar la oportunidad que todo viaje auténtico tiene de aprendizaje, de acercamiento y conocimiento de los otros y de nosotros mismos.

De entre todas las sorpresas que depara este libro, que es conveniente degustar a ritmo lento, quien esto escribe recomienda especialmente el recorrido que Stevenson hace por su ciudad natal, Edimburgo, el Edimburgo de finales del siglo XIX. Un recorrido en el que intenta hallar la armonía entre las localizaciones geográficas y el devenir de una historia “extraña y apasionante”. “Pocos lugares ofrecen una exhibición de contrastes que resulte más bárbara a la vista”, nos dice, haciéndonos ver los distintos estilos arquitectónicos del lugar, “templos egipcios y griegos, palacios venecianos y chapiteles de catedral gótica, todos apiñados en el más admirable desorden”, y deteniéndose, sobre todo, en “la tosca masa del castillo y la cumbre del Asiento de Arturo” que “contemplan desde lo alto estas imitaciones con elegante dignidad”.

Al escritor le gusta hablar de los monumentos, de las construcciones, de los paisajes, pero, sobre todo, de la vida de los lugares, del latido y el carácter de sus habitantes. Su mirada es generosa, comprensiva, pero también crítica, cargada de una agudeza que le permite llegar más allá de lo obvio, de la primera y engañosa apariencia, desenmascarando las convenciones, las hipocresías de esas gentes, que en toda época y lugar, se parapetan en sus comodidades y miran con indiferencia, con corazón de hielo, lo que les sucede a sus próximos.

La descripción y la reflexión, el retrato de lugares y tipos, el registro histórico y la tonalidad poética se dan la mano en todo momento. Muy sensible a la desigualdad, a la notoria diferencia de clases, Stevenson mira, por ejemplo, hacia las buhardillas de su ciudad e indica. “Allá duermen los pobres, en el centro de Edimburgo, sí: pero tienen una magnífica vista de los verdes campos desde su ventana; ven cómo se extienden más abajo los barrios de los ricos con sus amplias plazas y jardines, y no tienen sobre sus cabezas unos cuantos chapiteles, esa especie de juanetes de piedra de las ciudades; y tal vez el viento que les llega lleve en él una pureza campestre y una bocanada de aire marino, o el aroma de las lilas en primavera”.

A Stevenson le gusta hablar de los monumentos, de las construcciones, de los paisajes, pero, sobre todo, de la vida de los lugares, del latido y el carácter de sus habitantes. Su mirada es generosa, comprensiva, pero también crítica, cargada de una agudeza que le permite llegar más allá de lo obvio, de la primera y engañosa apariencia, desenmascarando las convenciones, las hipocresías de esas gentes, que en toda época y lugar, se parapetan en sus comodidades.

La pobreza, la ruina, la decrepitud de las personas, de los lugares, son asuntos sobre los que el autor indaga una y otra vez. Y también le interesan las leyendas, ese cauce subterráneo que nunca desaparece, en el que se siguen alimentando los miedos. “En las míseras covachas y en las buhardillas de altos vuelos de Edimburgo la gente puede recorrer retrospectivamente los pasajes más oscuros de la historia de la ciudad y dejar que se le hiele el tuétano con relatos de los que se escuchan en invierno junto al fuego: Historias que son singularmente apropiadas y características, no sólo de los tiempos antiguos, sino de la propia constitución de la naturaleza de esa región, y que están singularmente bien estructuradas para añadir horror al horror cuando el viento silba en los alrededores de los altos edificios y ulula bajo los pasadizos abovedados…”

Robert Louis Stevenson in Samoa
El escritor escoces Robert Louis Stevenson sentado con familia y amigos en la terraza de su casa en Vailima, Samoa. Se instaló en la isla en 1890 y vivió allí hasta su muerte, a la edad de 44 años, después de una vida en la que la mala salud lo acompañó allá donde estuvo.

Así nos cautiva Stevenson para que nos preparemos a escuchar las oscuras leyendas de su ciudad, leyendas que hablan de tiempos oscuros, de plagas, de intransigencia… que una vez interiorizadas nos ofrecen una visión más profunda del lugar. De la mano del escritor seguimos recorriendo la Historia de Edimburgo y paseando por sus calles, hasta salir del centro y llegar a sus alrededores, a sus colinas. Quien tan bien conoce los secretos de la ciudad no ha eludido sus estampas menos complacientes, pero, al final se hace la luz y nos quedamos con este párrafo final: “No hay ningún emigrante de Edimburgo cerca o lejos, de China a Perú, que no lleve consigo alguna hermosa imagen de la ciudad: la puesta de sol tras los acantilados del Castillo, alguna escena nevada, un laberinto de faroles...”

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Los tiempos que le tocó vivir a Stevenson fueron tiempos duros en los que muchos europeos se vieron obligados a emigrar a América, un continente que les llamaba con la promesa de lo nuevo, del emprendimiento, de la fortuna. La necesidad de comprender esa realidad, de acercarse a la experiencia, llevaron al escritor a subirse a uno de los barcos que emprendían las larguísimas rutas transoceánicas, tomar un billete de segunda clase y disponerse a entablar conversación con pasajeros de toda clase y condición, incluidos polizones. He aquí, en la narración de la travesía y del posterior viaje en tren desde Nueva York a San Francisco, donde el libro se torna apasionante y adquiere su mayor altura.

Al ir paseando por cubierta, observando a mis compañeros de travesía –ese curioso surtido de tipos procedentes de todo el norte de Europa– comencé a entender algo que no había entendido hasta entonces: la naturaleza de la emigración. Día a día, durante toda la travesía y luego por todo Estados Unidos y a las orillas del Pacífico, este conocimiento se hizo más claro y se tiñó de melancolía. Y “emigración” pasó de ser una palabra de la más animada relevancia a sonar sombría a mis oídos. No hay nada que sea más agradable imaginar, ni más patético contemplar. La idea en abstracto, tal como uno la concibe cuando está en su tierra, encierra en su interior esperanza y aventura. Imaginamos a un joven que, desdeñando cualquier barrera o muleta, se lanza a la vida, a esa gran batalla, para pelearla por sí mismo”, va argumentando Stevenson, pero resulta que a su alrededor, pocos hombres tienen menos de 30 años y muchos están casados y tienen una familia a su cargo. “Esto, por sí solo, constituye la nota desafinada de mis fantasías, pues el emigrante ideal ha de ser joven (…) Pero estos que me rodean son casi todos hombres silenciosos, ciudadanos de bien, obedientes, padres de familia destrozados por la adversidad, jóvenes envejecidos que no consiguieron situarse en la vida, y gente que ha conocido mejores tiempos…”, sigue constatando.

Los tiempos que le tocó vivir a Stevenson fueron tiempos duros en los que muchos europeos se vieron obligados a emigrar a América, un continente que les llamaba con la promesa de lo nuevo, del emprendimiento, de la fortuna. La necesidad de comprender esa realidad, de acercarse a la experiencia, llevaron al escritor a subirse a uno de los barcos que emprendían las larguísimas rutas transoceánicas, tomar un billete de segunda clase y disponerse a entablar conversación con pasajeros de toda clase y condición, incluidos polizones.

Si algo nos transmiten estos ensayos es que Stevenson no podía permanecer ajeno a los dolores del mundo; no podía dar la espalda a la desigualdad desde su atalaya de escritor de ficciones, de observador privilegiado. Tal vez su frágil salud, le hizo comprender mejor a los que sufrían, a los desfavorecidos que luchaban por abrirse camino. Sin duda la literatura fue para él la mejor manera de cultivar el compromiso, un puente de conocimiento levantado hacia los demás, hacia las contradicciones de la sociedad en la que vivía.

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En Samoa Stevenson tomó el nombre nativo de Tusitala, “contador de historias”, y rápidamente se involucró en la política local. Convencido de que los funcionarios europeos designados para gobernar a los samoanos eran incompetentes, escribió “ocho años de problemas en Samoa -una cuenta de la rivalidad entre las potencias coloniales para el control de la isla-“. El libro era tan incendiario que dio lugar a la retirada de dos funcionarios de la isla, y Stevenson temió por un tiempo que daría lugar a su deportación.

Mientras el barco avanzaba lentamente entre calmas y tormentas, reflexionaba el escritor sobre las derrotas “prolongadas y devastadoras” de la clase obrera británica. “Yo había oído hablar, vagamente, de todos estos reveses: calles enteras con las casas abandonadas, a orillas del Tyne, arrancadas las puertas de los sótanos para hacer fuego con la madera; hombres sin hogar deambulando por las esquinas de Glasgow cargados con sus baúles; fábricas cerradas, huelgas inútiles y muchachas hambrientas”, va enumerando hasta reconocer que no había sido consciente de todas esas miserias hasta no conocer a sus víctimas de cerca, al emprender el destino común del viaje, al hacer el mismo camino y constatar lo dura que estaba siendo la batalla. “Éramos una comunidad de marginados: borrachos, incompetentes, débiles, hijos pródigos... Todos los que no habían sido capaces de alzarse contra las circunstancias en su tierra huían, patéticos, a otro lugar. Y aunque uno o dos pudieran todavía tener éxito allá donde fueran, todos ellos habían fracasado ya. Éramos un cargamento de fracasados, los descastados de Inglaterra”, dejaba constancia en su escrito.

Llegados a este punto, quienes tuvieran en mente un crucero de placer, ya pueden quedarse en tierra. Pero si lo hacen se perderán los momentos gozosos que también se suceden a bordo, porque, pese a la incertidumbre, como pudo comprobar Stevenson, todos los pasajeros “iban llenos de esperanza en el futuro, todos eran proclives al más inocente regocijo. Nada de lágrimas ni de gestos de tristeza. El escritor da cuenta de los momentos gozosos en cubierta, momentos de charlas, de confesiones, de amistades, de canciones, bailes y juegos que animaban el largo trayecto. A la dureza se opone la bondad de determinadas conductas; a la pobreza, la dignidad; a los momentos oscuros, el instante de elevación de un día absolutamente luminoso, prodigioso, con todo el frescor de la brisa marina en el rostro.

Pese a los trastornos, los mareos y las incomodidades del viaje, Stevenson canta a la “paz intacta y eterna” que en ocasiones le es dado percibir “justo por encima del mástil”; más allá de la mirada displicente de los viajeros de primera, capaces de helar el ánimo con su actitud pretenciosa. Frente a ellos, elogia el autor la inocente alegría de la gente sencilla, la naturalidad y la disposición para la felicidad de algunas personas alejadas de la codicia por lo material (“un hombre no es rico o pobre por su bolsa, sino por su carácter”, nos dice). Todo el tiempo, mientras leemos, sabemos que el autor va a regalarnos un detalle, una observación, capaz de alejar los más negros nubarrones. Es su manera de enfrentarse al mundo.

Pese a los trastornos, los mareos y las incomodidades del viaje, Stevenson canta a la “paz intacta y eterna” que en ocasiones le es dado percibir “justo por encima del mástil”; más allá de la mirada displicente de los viajeros de primera, capaces de helar el ánimo con su actitud pretenciosa. Frente a ellos, elogia el autor la inocente alegría de la gente sencilla, la naturalidad y la disposición para la felicidad de algunas personas alejadas de la codicia por lo material.

Así sucede durante la travesía y así sucede a bordo del tren en el que se sube en Nueva York rumbo a San Francisco. De nuevo asistimos a una sucesión de accidentes, de peligros, de penurias. De nuevo somos conscientes de la lentitud de los viajes de antaño, de la novedad que suponían para seres desacostumbrados a dejar atrás sus hogares, sus afectos, para, tal vez, no volver jamás. Es también muy interesante este ensayo en el que Stevenson piensa en todos los cambios que llegaron la construcción del ferrocarril, una historia de “oro, lujuria, muerte”, de ciudades nacidas por un corto periodo de tiempo para luego desaparecer. Los lugares por los que va pasando y contempla desde la ventanilla, las duras condiciones del viaje, los paisajes de extrema monotonía de las llanuras de Nebraska y el desierto de Wyoming... El autor nos transmite sus vivencias con intensidad y al final comparte con nosotros una reflexión sobre los prejuicios hacia las otras razas y culturas absolutamente vigente.

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Stevenson en Samoa
Incluso en el clima cálido de Samoa, Stevenson continuó sufriendo con su mala salud. A lo largo de la edad adulta hizo muchos de sus escritos desde su lecho de enfermo. Aquí se le ve con su dulzaina.

Percibía Stevenson el odio que sus compañeros occidentales experimentaban hacia los chinos que viajaban en otro vagón, a los que consideraban “una plaga horrenda” y cargaban con todo tipo de insultos por ser capaces de trabajar por mucho menos salario. “Yo, por mi parte, sólo puedo mirar a los chinos con admiración y respeto. Sus antepasados ya observaban las estrellas cuando los míos habían empezado a criar cerdos”, escribía, alabando la antigüedad de las religiones, las sabias filosofías de un pueblo rico en enseñanzas.

Viajamos en un medio de transporte a vapor, pero con el equipaje tan cargado de viejos prejuicios y supersticiones contra ellos que la locomotora podría detener su curso en cualquier momento”, se lamenta. Y del mismo modo defiende al pueblo indio, otra raza que también sufría las antipatías de los pasajeros. Cuando el escritor observó las burlas de que fue objeto una pareja india, que apareció en una de las estaciones, con su actitud de callado estoicismo y vestida muy pobremente, no pudo dejar de sentirse enormemente avergonzado ante lo que se denomina civilización. “¿Qué furia no albergarán en sus corazones estas pobres tribus que han sido relegadas, cada vez más, paso a paso, a las prometidas reservas, separadas unas de otras a medida que este país se va extendiendo hacia el oeste, hasta quedar encerrados en medio de estos horribles desiertos montañosos del centro, e incluso así son invadidos, insultados y perseguidos por brutales caza-fortunas?, se preguntaba.

Y seguía argumentando ya muy al final del recorrido, antes de atisbar el Golden Gate: “La expulsión de los cherokees (por nombrar sólo a unos pocos), la extorsión de los representantes de los indios, la crueldad de los malvados, la mala fe de todos, hasta el ridículo de aquellos pobres infelices que viajaban conmigo en aquel tren… Con todo ello se escribe un capítulo de injusticia e indignidad tan extenso que el hombre debe ser verdaderamente pobre de espíritu si su corazón le permite perdonar u olvidar…

Los viajes que nos propone Stevenson están llenos de vistas, de experiencias, de paisajes inolvidables, pero también de enseñanzas y de reflexiones, muchas reflexiones. Es su manera de recorrer el mundo, abriéndose a nuevas emociones y haciéndose cómplice del devenir de los otros. Stevenson, que acabó sus días en Samoa, en el Pacífico Sur, donde buscó un clima más benigno para su salud rota, nos anima a aprender de la belleza, a buscar la calma, a sentir la proximidad de los corazones y a hallar la felicidad pensando, disfrutando de los placeres sencillos. “Siempre tenemos tanta prisa por hacer, por escribir, por llegar, por conseguir que nuestra voz se oiga en un momento determinado en medio del silencio burlón de la eternidad, que olvidamos precisamente eso de lo que todo lo demás forma parte: vivir”, nos dice tras uno de sus paseos a pie.

Perdidos en la Patagonia con Bruce Chatwin

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Tierra legendaria, mítica por sí misma, espacio de extravíos, de soledades y de naturaleza salvaje, la Patagonia ha sido y sigue siendo un lugar en el que es posible perderse y donde tantas veces nos hemos perdido de la mano de Bruce Chatwin, explorador, viajero, caminante y, sobre todo, buscador de historias, de leyendas, de realidades capaces de ser iluminadas con la llama de la ficción.

En la Patagonia, título que no debe faltar en la librería de ningún devoto de los libros de viajes y de aventuras, es el relato de un recorrido que el autor inglés, amante del arte, de la arqueología, de los relatos de lejanías, emprendió movido por un impulso. Chatwin (Sheffield, 1940–Niza, 1989) sintió un día el deseo de dejar su trabajo como reportero en el Sunday Times Magazine, preparar su ligero equipaje y embarcarse en un trayecto apasionante. Según nos cuenta, esa repentina decisión arrancaba de muy atrás, del recuerdo infantil de un trozo de piel de animal que guardaba su abuela, un trozo de piel “pequeño, grueso, correoso, con mechones de pelo áspero y rojizo” que siempre fascinó al niño porque le hacía soñar con animales prehistóricos como los brontosauros y despertaba su curiosidad hacia familiares tan novelescos como Charley Milward el Marino, primo de su abuela y quien le envió tan curioso regalo.

Seguir el rastro de ese antepasado, capitán de un buque mercante que se hundió en la entrada del Estrecho de Magallanes, sobrevivió al naufragio y se quedó a vivir cerca de allí, en la localidad de Punta Arenas, protagonizando a partir de entonces una vida plena de acción, de glorias y de desastres, fue el detonante que llevó a Bruce Chatwin a emprender una ruta en busca del pasado. Confiesa que tardó años en descubrir que la piel que tanta curiosidad le despertaba no era de un brontosauro sino de un milodonte, o perezoso gigante. Confiesa que en esa peculiar pieza, que su abuela guardaba en una vitrina, había quedado marcado para siempre su interés por la Patagonia y que, más adelante, la Guerra Fría acabó despertando del todo su pasión por la geografía. Cabos de una vida que en un momento dado se unieron y terminaron trazando un relato, un destino.

Estamos en el preámbulo de un itinerario que acaba dibujando una historia de exilio y de supervivencia. “El único tema digno de abordar es la soledad”, cuenta el autor que le dijo una novelista con la que coincidió en Buenos Aires, en el inicio del viaje. La sensación de soledad se queda pegada a la piel de todo el que decida seguir a Chatwin en sus caminatas y en sus encuentros con los pobladores de una tierra de acogida, hombres y mujeres llegados de todos los rincones del mundo con el afán de habitar un lugar nuevo, portentoso. Hombres y mujeres armados con el arrojo de los pioneros y atravesados, en muchos casos, por la herida de una nostalgia insaciable.

“El único tema digno de abordar es la soledad”, cuenta Chatwin que le dijo una novelista con la que coincidió en Buenos Aires, en el inicio del viaje. La sensación de soledad se queda pegada a la piel de todo el que decida seguir al autor en sus caminatas y en sus encuentros con los pobladores de una tierra de acogida, hombres y mujeres llegados de todos los rincones del mundo con el afán de habitar un lugar nuevo, portentoso.

Como buen periodista, el autor parte de conversaciones, de anécdotas, de pistas. Unos hilos van conduciendo a otros al viajero que escucha atentamente y reconstruye las historias, dotándolas de un halo de fábula, de misterio, de esencialidad, de pasadizo hacia los orígenes, porque en el presente que cuenta siempre se vislumbra lo subterráneo, lo que late por debajo: el exterminio de los indios, la violencia, las luchas de poder, los levantamientos revolucionarios, los abusos, los naufragios…

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No estamos, tampoco en esta ocasión, ante un viaje cómodo. Los paisajes de la Patagonia, compartidos por Chile y Argentina, son paisajes de dureza, extensiones desérticas, descarnadas, indomables, donde el viento parece arrasarlo todo, pero, a la vez, son paisajes que atrapan con su belleza extraña, que parecen comunicar el enigma, lo esencial de la vida. Chatwin parte de las experiencias de exploradores que antes que él llegaron a esos parajes, caso de Charles Darwin y de W. H. Hudson. El primero, nos dice, “intentó explicar, sin éxito, “por qué estos “eriales yermos” se habían apoderado con tanta fuerza de su mente, con mucha más fuerza, en verdad, que cualesquiera de los otros prodigios que había visto”. El segundo, que viajó a Río Negro siguiendo la estela de las aves migratorias que pasaban el invierno cerca de su casa de La Plata, llegó “a la conclusión de que quienes deambulan por el desierto descubren en sí mismos una serenidad primigenia (que tan bien conoce el salvaje más simple), tal vez idéntica a la Paz de Dios”.

Bruce Chatwin va a pie, aunque por esos lares piensen que quienes van a pie están locos. Se enfrenta una y otra vez a los elementos y descubre la hospitalidad de unas gentes que le ofrecen comida, cobijo y relatos, muchos relatos con los que ir armando un fresco coral, un diálogo entre épocas, un trazado histórico, un manual geográfico. Gauchos típicos a caballo, granjeros y ganaderos que le van orientando, protagonizan un libro por cuyas páginas deambulan los fantasmas de  forasteros, forajidos, desterrados, descubridores, marineros, anarquistas… Resultan cautivadoras las hazañas de los primeros exploradores y, por supuesto, las aventuras, en las primeras décadas del siglo XX, del intrépido Charley Milward, quien dejó escritas muchas páginas inéditas a las que Chatwin tuvo acceso. Fue la suya una vida en riesgo permanente, a través de mares, de barcos que naufragaron, de negocios que oscilaban entre la prosperidad y la quiebra. Un vida siempre alumbrada por el espíritu indómito de los seres incapaces de detenerse, de resignarse.

Los paisajes de la Patagonia son paisajes de dureza, extensiones desérticas, descarnadas, indomables, donde el viento parece arrasarlo todo, pero, a la vez, son paisajes que atrapan con su belleza extraña, que parecen comunicar el enigma, lo esencial de la vida. Chatwin parte de las experiencias de exploradores que antes que él llegaron a esos parajes, caso de Charles Darwin y de W. H. Hudson.

El cronista señala que para poner en pie parte de la existencia azarosa de su héroe hubo de recurrir a “desvaídas fotos de color sepia, copias purpúreas hechas en papel carbón, escasas reliquias y recuerdos de gente muy anciana”. Todo ello, pero, sobre todo, el relato de primera mano de sus andanzas, le lleva a forjar el retrato de un hombre de múltiples perfiles. Sus primeras imágenes, nos dice, son las de “un brioso pionero confiado, de gran mostacho, que cazaba elefantes marinos en las islas Georgias del Sur, que rescataba restos de naufragios para el Lloyd’s de Londres, que ayudaba a un buscador de oro alemán a dinamitar la cueva del Milodonte, o que se paseaba por la fundición de su socio Herr Lion, inspeccionando las turbinas de agua o los tornos…

Más adelante, el personaje se transmuta en el “cónsul más austral del Imperio Británico y también en “un distinguido ciudadano de Punta Arenas y director del Banco local”, que se casó dos veces y que, en un momento dado, decidió volver a Inglaterra y vivir allí plácidamente con su segunda mujer y sus hijos, deseo que las circunstancias quebraron haciéndole regresar.

En sus cartas se infiltra gradualmente un sentimiento de desesperanza. Ninguno de sus planes se materializó tal como estaba previsto. Buscó petróleo en Tierra de Fuego, pero se le rompió el trépano. La tierra del valle Huemules prometía pingües beneficios, pero había ladrones de ovejas, pumas, usurpadores y un especulador inescrupuloso…”, escribe Bruce Chatwin, quien es capaz de detenerse, de sacar a relucir el elemento deslumbrante, el tono de epopeya, de otras muchas vidas.

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He ahí la aportación, la grandeza de una entrega en la que los datos del viaje se ponen al servicio de la recreación literaria. Si bien muchos de los personajes dibujados llegaron a comentar después de leer el libro que no se reconocían con exactitud en el relato, es la ficción la que dota de trascendencia a los hechos, la que consigue ahondar, allí donde ni siquiera los protagonistas son capaces de hacerlo, en el efecto sobre los ánimos y los destinos del clima, del paisaje, de la historia del lugar.

Hay, como decía, sugerentes y llamativas narraciones y diálogos en este itinerario tan singular que se publicó por primera vez en 1977 y donde no faltan las alusiones a nombres de la literatura como Poe, Coleridge o Shakespeare, en cuyas obras encuentra Chatwin ingredientes propios de aconteceres y leyendas patagónicas. En su peregrinaje el viajero se encuentra con todo tipo de gente: con hombres sin blanca que deambulan por los caminos en busca de trabajo que les permita seguir avanzando; con viejos huraños de pieles curtidas al aire libre que se siguen dedicando a la cría de ovinos y le hablan de tiempos ya idos; con exiliados y exiliadas que no han dejado de añorar lo perdido.

Así, nos presenta a una doctora rusa que durante la II Guerra Mundial trabajaba como enfermera, fue capturada por los nazis y una vez terminada la contienda se casó con un polaco que tenía familia en la Patagonia. Con sus dos piernas ortopédicas (“tal vez la amputación le había salvado la vida”, supone el narrador), esta mujer varada en un territorio que siempre le resultó ajeno, gastaba hasta el último de sus pesos en los libros que pedía a París de autores como Mandelstam, Tsvetaeva, Pasternak, Gumilev, Ajmátova o Solyenitzin. El presente por el que transita Chatwin le conduce, una y otra vez al pasado, y de este modo, conocemos, por ejemplo, al anarquista gallego Antonio Soto, quien lideró en 1920-21 una rebelión contra los propietarios de las estancias, “una revolución en miniatura que parecía explicar la mecánica de todas las revoluciones”, señala el cronista, quien nos muestra al joven, hijo póstumo de un marinero español que se había ahogado durante la guerra de Cuba, vociferando “frases tomadas de Proudhon y Bakunin, clamando que la propiedad era un robo, y la destrucción, una pasión creadora”.

En su peregrinaje el viajero se encuentra con todo tipo de gente: con hombres sin blanca que deambulan por los caminos en busca de trabajo que les permita seguir avanzando; con viejos huraños de pieles curtidas al aire libre que se siguen dedicando a la cría de ovinos y le hablan de tiempos ya idos; con exiliados y exiliadas que no han dejado de añorar lo perdido.

También sigue Chatwin la pista de los indígenas de Tierra del Fuego y de los bandidos de la Patagonia, entre ellos el célebre Butch Cassidy. Nos habla de las peripecias de los misioneros y nos atrapa con la narración de leyendas como la del unicornio o la de la Ciudad Dorada, buscada por distintas expediciones y por muchos exploradores solitarios que nunca regresaron. En Tierra del Fuego, antes de viajar hasta Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, Bruce Chatwin se encontró con una inglesa muy peculiar, la señorita Starling, fotógrafa en su juventud y apasionada de los arbustos que había recorrido parte del mundo de jardín en jardín y que en ese momento estaba en la región cuidando de los cultivos de una estancia.

Siempre quise cultivar un jardín en Tierra del Fuego y ahora puedo decir que lo he hecho”, le dijo al escritor, reconociendo la belleza del lugar. “Es hermoso. Pero no querría volver”, le indicó “mirando desde la granja en dirección a la franja negra donde terminaba la hierba y empezaba el bosque”, mientras el escritor asentía y compartía su impresión, su sentimiento.

Theroux, un mochilero de 70 años por la nueva África

Photo Courtesy Houghton Mifflin Harcourt

Viajar por África era mi manera de oponerme a la velocidad cada vez mayor de la tecnología, de resistirme y de retroceder, aprender a tener paciencia y estudiar el mundo así.” Quien lo dice es Paul Theroux en El último tren a la zona verde, un libro de viajes -el más reciente y actual de los elegidos en este reportaje- que se convierte en las memorias de un viajero veterano que, con toda su experiencia a cuestas, decide, a sus 70 años, ponerse a prueba y emprender nuevamente el camino hacia lo desconocido, hacia la libertad de quien decide marcharse lejos para desconectarse, para no sentir la premura de contestar correos electrónicos, de ceñirse a plazos, de vivir las servidumbres de la vida moderna.

Ese fue el punto de partida de un itinerario que condujo a Theroux (el viaje lo realizó en 2011) a una parte del continente africano que no conocía y con el que intentaba completar su mapa particular, resultado de otro trayecto del que dejó constancia en una obra anterior, El safari de la estrella negra. En esa ocasión había partido de El Cairo y avanzado hasta Ciudad del Cabo; ahora le tocaba retomar el rumbo donde lo había dejado, en Ciudad del Cabo, y viajar hacia el norte desde el lado izquierdo, a través de Sudáfrica y Namibia, poniendo punto final al recorrido en Angola, un país poco frecuentado, apartado de las rutas turísticas, símbolo de lo peor que pueden ofrecernos las sociedades capitalistas.

A medida que seguía los pasos del viajero, a medida que pasaba las páginas de esta obra apasionante donde el autor mezcla su anhelo explorador con su desencanto ante un mundo agonizante que parece ir perdiendo a marchas forzadas la dignidad y la inocencia, iba anotando todo aquello que llamaba mi atención, así el carácter reflexivo que tanto aprecio en los libros de viajes y que es, en realidad, el que aporta diferencia, el que añade profundidad a los reportajes habituales, a las fotografías espectaculares que podemos encontrar en cualquier revista especializada. Theroux sale de los márgenes de lo trillado, busca con afán y con nostalgia lo inesperado, lo novedoso, lo que aún permanece. Su punto de vista es el de un hombre cansado de los ruidos de Occidente, de las ciudades repetidas, del exceso de información, del culto a lo material que tanto unifica los deseos y que tanto determina la desigualdad como marca del mundo moderno.

Nada, por mucho que se busque, es comparable a la nueva vida que experimenta una persona reflexiva cuando observa un país nuevo. Aunque siempre sigo siendo yo mismo, creo que he cambiado en lo más profundo de mi ser”, hace suyas el escritor las palabras de Goethe en su Viaje a Italia, consciente de que la aventura que ha emprendido puede ser la última de este tipo, porque los años ya empiezan a pesarle, ha metido en la maleta los medicamentos que necesita y también los miedos y aprensiones que no tenía cuando era un joven dispuesto a comerse el mundo.

El carácter reflexivo aporta diferencia y añade profundidad a los reportajes habituales, a las fotografías espectaculares que podemos encontrar en cualquier revista especializada. Theroux sale de los márgenes de lo trillado, busca con afán y con nostalgia lo inesperado, lo novedoso, lo que aún permanece. Su punto de vista es el de un hombre cansado de los ruidos de Occidente, de las ciudades repetidas, del exceso de información, del culto a lo material que tanto unifica los deseos y que tanto determina la desigualdad como marca del mundo moderno.

En esta ocasión, Theroux acaba conquistándonos con esa vulnerabildad, con la sinceridad con la que nos habla de sus temores y desnuda sus emociones y sentimientos. Al principio, somos testigos de la excitación del viaje, de las ansias renovadas de libertad (“viajar desconectado, fuera del alcance y la mirada de todos, es pura felicidad”, señala), pero, poco a poco, a medida que surgen las dificultades y el autor se va enfrentando a las geografías de la miseria y de la desolación de un África que nada tiene que ver con sus ideas románticas y sí, mucho, con la construcción de un parque temático para turistas y con el abandono de culturas y tradiciones para abrazar con desesperación los valores y las creencias de Occidente, empieza a preguntarse qué diablos pinta él ahí, qué ha ido a buscar.

Dejar constancia del cambio, de las transformaciones, de las posibles mejoras experimentadas en Ciudad del Cabo, diez años después, diez años sin la dureza del apartheid, fue uno de sus objetivos. Y se encontró con barrios de chabolas que habían prosperado, con  jóvenes estudiantes ilusionados con el progreso, pero también con un futuro de desesperanza para una gran parte de la población hacinada en villasmiseria (townships), que son explotadas como recorridos turísticos para visitantes que se convierten en voyeurs de la desgracia ajena.

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Hay un momento, ya al final del recorrido, en el que Theroux expone: Mi viajero ideal es la persona que se adentra a la manera esforzada y tradicional en lo desconocido, y en esa convicción se basan mis viajes. Quiero ver las cosas tal como son, verme a mí mismo tal como soy. Soy un hombre de setenta años como un mochilero por Angola, y los únicos extranjeros que veo, -siete u ocho- son hombres de negocios que tratan de sacar provecho de los recursos del país. Tal vez yo soy también así, otro tipo de hombre de negocios, otro tipo de charlatán, alguien que aspira a vivir de estar aquí y escribir lo que ve”.

Este es el tono de la entrega, un tono de cuestionamiento, de crítica, que nace de la impotencia, del grito ahogado ante lo que se observa, de la terrible sensación de que no hay esperanza en el mundo del dios dinero. Pero no nos quedemos en la oscuridad, también hay momentos luminosos en la ruta, también hay motivos por los que nos quedamos con la impresión de que, pese a todo, el viaje ha merecido la pena. En Namibia, en “la sabana llana y ardiente”, a unos kilómetros al norte del enclave de Tsumkwe, Theroux entra en contacto con el pueblo bosquimano, concretamente con la rama de los ju/’hoansi, a los que tanto deseaba conocer desde la época en la que trabajó, durante seis años, como maestro en África.

Eran el pueblo que había sobrevivido, y tenían derecho a considerarse los restos vivientes de los primeros seres humanos de la tierra, con un antiguo linaje que llegaba ininterrumpido hasta el presente (…) Los ju/’hansi no habían emigrado. Algunos se habían dispersado a causa de persecuciones y expropiaciones de tierras, pero la mayoría había permanecido más o menos donde había vivido siempre, en la parte meridional de África, desde el Pleistoceno Superior, leales y aferrados a sus destrezas y sus tradiciones, pacíficos y complacientes, sin robos ni peleas…”, nos cuenta el autor, quien nos pone al tanto de las habilidades de sus admirados nuevos amigos: rastreadores de animales, maestros de caza y brillantes botánicos, conocedores de todas las plantas y matorrales de su hábitat, que empleaban como alimento, medicina, fetiches y adornos.

En Namibia, en “la sabana llana y ardiente”, a unos kilómetros al norte del enclave de Tsumkwe, Theroux entra en contacto con el pueblo bosquimano, concretamente con la rama de los ju/’hoansi, a los que tanto deseaba conocer desde la época en la que trabajó, durante seis años, como maestro en África.

Aunque pronto fue consciente de que toda esa forma de vida se había perdido y que tan solo persistía como farsa, como representación para turistas, el escritor tuvo la oportunidad de dialogar con un anciano que le contó cómo vivía cuando todo era verdadero, cuando una familia de exploradores, de pioneros, los Marshall, decidieron convivir con ellos, escribir y filmar sus costumbres y su evolución.

La conversación con el viejo Dambó es uno de los pasajes más hermosos y tiernos del libro. El sabio ju/´hoansi le habló de las antiguas tradiciones y creencias;  rememoró la primera vez que mató un órix (antílope de gran tamaño) siendo aún un niño y como, siguiendo los rituales de su pueblo, le hicieron un corte en el brazo sobre el que le aplicaron grasa ardiente y carne del animal como símbolo de su entrada en el mundo de los hombres. También recordó la época en la que llegaron los primeros blancos, en torno a 1950, y el miedo que les producían; la manera en la que su padre le informó de que aquellas eran las personas para las que tendría que trabajar.

Theroux comprueba cómo el espíritu de ayuda, de cooperación entre los miembros de la aldea, no ha desaparecido y parte del testimonio de Dambó para reconstruir la historia del pueblo bosquimano, la semiesclavitud a la que fue sometido por los blancos afrikáners que arrasaban sus campamentos y se llevaban a los hombres en camiones para trabajar en sus granjas como peones a los que trataban con dureza. Para dar cuenta del presente, el autor sigue el testimonio de Elizabeth Marshall Thomas, continuadora de la tarea de sus progenitores, quien en 2006 señaló: “Hoy, nadie vive como antiguamente. Todos los bosquimanos, salvo que se pongan pieles para un fotógrafo, llevan las ropas de las culturas dominantes… y ninguno vive de cazar y recolectar, aunque esas actividades, a veces, les sirven para completar su escasa dieta, que con frecuencia es harina de maíz que les proporciona el gobierno namibio como ración de asistencia social”.

Los cambios, las alteraciones de los modos de vida, el avance imparable del progreso, es el hilo conductor de este libro que se convierte también en una metáfora de la pérdida. Theroux observa la pérdida de pueblos, de culturas, de costumbres, pero también sufre la pérdida de amigos a los que ha conocido en un camino atravesado por la tragedia: un domador de elefantes australiano, con el que traba amistad en un safari de lujo, muere atacado por el animal al que cuida; un portugués descendiente de colonizadores que le transmite la historia de su familia es asesinado; su gran aliado en Angola, el documentalista Kalunga Lima, fallece a consecuencia de un infarto mientras practicaba submarinismo. Todas esas experiencias estimulan en el viajero las reflexiones sobre la desaparición, sobre el paso del tiempo; oscurecen el relato y lo conducen hacia un final de tono sombrío, apocalíptico.

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Uno de sus últimos capítulos se titula precisamente Este es el aspecto que tendrá el mundo cuando se acabe y se desarrolla a partir de una frase de Kalunga, quien al contemplar una noche la ciudad de Luanda, sus barrios marginales, su decadencia (“una sociedad chillona, caótica y temeraria al borde de la extinción”, la define Theroux), pronuncia esa frase tan contundente que parece sacada de una película de ciencia-ficción.

El último tren a la zona verde (Alfaguara) es una obra llena contrastes, de emociones enfrentadas. El autor de obras como El gran bazar del ferrocarril y La costa de los mosquitos es un hombre curioso, siempre dispuesto a dejarse deslumbrar, a ampliar la mirada. Una y otra vez pregunta a los jóvenes que se va encontrando, sobre todo a los estudiantes africanos a los que tiene oportunidad de impartir clases en varias de sus paradas a lo largo del viaje, a dónde les gustaría ir y la respuesta casi siempre es: “lejos que aquí”, con una especial fijación en Estados Unidos.

Igual que su charla con el viejo Dambó en Namibia, hay otro personaje luminoso, una profesora llamada Akisha, que en Lubango le enseña la lección que siempre se acaba aprendiendo de la gente humilde y deseosa de encontrar en la vida la senda del enriquecimiento personal. Akisha “no juzgaba ni hablaba por hablar, pero sus fotos demostraban que se daba cuenta de cada cosa: las desigualdades entre ricos y pobres, los edificios destrozados, las contradicciones, el humor, la buena voluntad, los trucos y la violencia en Angola, además de la alegría”, señala Theroux, quien sí de algo da cuenta a lo largo de todo el camino es de las contradicciones.

Del lujo a la miseria, del aparente paraíso a la pesadilla, apenas hay un paso en África, una frontera, una valla, un muro de separación. El viajero se aloja en ocasiones en grandes hoteles y es invitado a un safari exclusivo en el que turistas millonarios pagan cuatro mil dólares diarios por montar a lomos de elefante por la sabana, conocer lugares y emociones sólo al alcance de unos pocos y ser tratados con todo tipo de comodidades en medio de un entorno exótico, de ensueño. Pero la mayor parte de las veces viaja en autobuses por carreteras destartaladas, en siniestros trenes que le conducen a aldeas perdidas donde conseguir agua y comida se convierte en el reto de cada día.

Al llegar a Angola, un país tan difícil de recorrer, tan peligroso y alejado de las primeras páginas de las noticias, el viaje adquiere sus tonos más negros y Theroux, que ya en la frontera detecta “un mundo de mal karma, cercano a la anarquía y oportunista”, no puede dejar de preguntarse cómo un país tan rico en petróleo y diamantes puede estar tan sumido en la miseria, en manos de gobernantes corruptos y de multinacionales cuya única ley es sacar el máximo de beneficios.

El viajero se aloja en ocasiones en grandes hoteles y es invitado a un safari exclusivo en el que turistas millonarios pagan cuatro mil dólares diarios por montar a lomos de elefante por la sabana, conocer lugares y emociones sólo al alcance de unos pocos y ser tratados con todo tipo de comodidades en medio de un entorno exótico, de ensueño. Pero la mayor parte de las veces viaja en autobuses por carreteras destartaladas…

Hay análisis político, histórico, literario incluso, en esta última parte. Llega un momento en el que el escritor se pregunta si todo lo que está percibiendo no será fruto de la intensidad del viaje, de la mala comida, de los traslados difíciles, de los autobuses lentos, de las burlas de la gente; si todo eso no le habrá generado episodios de confusión, de interpretación errónea de la realidad, pero se encuentra con Kalunga Lima, quien le confirma que está en lo cierto, que sentir repulsión es algo lógico al observar el discurrir de una ciudad como Luanda, una ciudad “disfuncional, sujeta a cortes repentinos de luz y escasez de agua, donde la gente con dinero, “tanto angoleños como extranjeros, creaba pequeños recintos herméticos, complejos amurallados en los que disponían de sus propios generadores, fuentes de agua y servicios: pistas de tenis, piscinas, clubes sociales y de golf y, por supuesto, guardias armados y perros vigías”.

Hay un momento en el que, en un riachuelo, el explorador contempla una escena que le traslada a la vieja África: un hombre pescando en una piragua, niños bañándose y mujeres lavando las ropas en la orilla, pero esa escena “no tiene nada de idílico”, nos dice. Y nos habla de las dificultades y las penuria de una Angola en la que más de la mitad de sus veintitrés millones de habitantes viven por debajo del umbral de la pobreza. “Me habría sorprendido que hubiera algún pez comestible de tamaño decente en el río, que estaba tan lleno de barro que lavar y bañarse en él parecían actividades sin sentido. El olor del riachuelo, la peste del agua estancada, invadía el aire y cubría el puente de hedor. Pero la luz del sol era bellísima y cubría la superficie de copos dorados”, nos regala el escritor uno de sus magníficos claroscuros, una de esas descripciones en las que lo bello y lo sórdido llegan a convivir y aturden al que contempla con su complejo equilibrio.

9b57301-3.cachedY más adelante señala: “Si me encontraba con alguien que presumiera de la prosperidad de Angola gracias al petróleo, podría decirle que había visto: gente hambrienta y semidesnuda en las orillas pestilentes de un río lleno de fango”. La mirada de Paul Theroux es una mirada irónica. En ningún momento, a lo largo del recorrido, este hombre, al que llama la atención la creciente inversión china, la imagen de una nueva África de raperos y teléfonos móviles, se ha dejado engañar por los brillos. África no puede ser para él la tierra de los safaris y de las emociones fuertes, porque se ha acercado al otro lado y ha querido ver, conocer.

De luz a la sombra, de la esperanza al desencanto, así evoluciona el estado de ánimo del caminante. Si al comienzo de la ruta, cuando todo estaba por ser vivido, Theroux reconocía que África le empujaba a seguir adelante porque “permanece muy vacía, aparentemente inacabada y llena de posibilidades”; porque “sigue siendo salvaje, e incluso en su hambre es un continente esperanzado, quizá como consecuencia de su desesperación”, al final, cuando decide parar en Angola, no seguir adelante, no afrontar los peligros del yihadismo, las revueltas que le esperaban más al norte, las escenas de miseria repetidas, el casi imposible recorrido por zonas de interior dominadas por hombres de la guerra, argumenta: “África se ha convertido en un continente de ciudades inmensas e insostenibles, y la mayoría de los africanos viven en ellas, después de dejar sus pueblos empobrecidos por barrios marginales y mucho más pobres. Es imposible recorrer África por tierra en transporte público sin incluir las ciudades, horribles lugares en los que no hay nada que aprender salvo lo que ya sabías por los peores vecindarios de tu propio país”.

“Si me encontraba con alguien que presumiera de la prosperidad de Angola gracias al petróleo, podría decirle que había visto: gente hambrienta y semidesnuda en las orillas pestilentes de un río lleno de fango”, señala el autor La mirada de Paul Theroux es una mirada irónica. En ningún momento, a lo largo del recorrido, este hombre, al que llama la atención la creciente inversión china, la imagen de una nueva África de raperos y teléfonos móviles, se ha dejado engañar por los brillos.

¿Qué hago aquí? se titula el último capítulo de este libro en el que Paul Theroux dice adiós a África, a la África que llegó a conocer y a amar, y es consciente de hasta qué punto el continente de hoy es el símbolo de la precariedad, de la desigualdad, de la, explotación, que anida en muchas ciudades de gran parte del mundo. El último tren a la zona verde es un libro ameno, lleno de enseñanzas, de amistad, de búsquedas. No podemos dejar de leerlo porque, igual que el viajero, avanza en busca de respuestas, nosotros, como lectores, también queremos saber un poco más, abandonar la virtualidad a través de las páginas de libros que buscan un poco de luz, de verdad.

Hay un momento en el que el autor recurre a Camus para buscar sentido a su viaje. Abre los Cuadernos del autor de La peste, en los que dejó escrito: “Cuando un hombre ha aprendido -y no en teoría- cómo vivir a solas con su sufrimiento, cómo vencer su anhelo de huir, la ilusión que pueden compartir otros, entonces le queda poco por aprender”. Cuando cerramos las páginas de este libro sabemos que hemos sido partícipes de un viaje del que el eterno explorador no volvió siendo la misma persona, como sucede siempre en los viajes auténticos.

Julio Camba, humor e ingenio en el equipaje

Julio Camba

Theroux aborrece las ciudades y prefiere el viaje en contacto con la naturaleza, todo lo contrario de Julio Camba, un viajero que amaba las urbes de principios del siglo XX. En Camba (1884-1962) encontramos la ligereza, la libertad a la hora de escribir de lo que al parecer más le apetecía, la capacidad de observación, el sentido del humor, el buen oído para escuchar las conversaciones de la calle y para trazar un relato a partir de las anécdotas del día a día. Todo ello caracteriza los escritos de viaje de este hombre cuyas crónicas seguimos disfrutando hoy, reconociendo en muchas de ellas formas de ser que se mantienen inalterables porque forman parte de la condición humana, señas de identidad de los países en los que vivió y de cuyos acontecimientos, ritmos y costumbres escribió para distintos diarios españoles.

Difrutamos leyendo los artículos del periodista gallego reunidos por Francisco Fuster, experto en su obra, en Crónicas de viaje. Impresiones de un corresponsal español, un volumen publicado por la editorial Fórcola que recupera una voz y un estilo muy particulares y que ofrece, junto a piezas ya conocidas, otras rescatadas de la hemeroteca que no habían sido publicadas antes en libro.

Lo primero que vemos en las crónicas viajeras de Camba es al propio escritor, sobre cuya existencia gira todo lo demás. Con él nos paseamos por Europa y con él cruzamos el Atlántico para adentrarnos en Estados Unidos, pero siempre sin perderlo de vista. En este sentido se puede decir que Camba pasó toda su vida haciendo el mismo trayecto: el de un español que recorrió el mundo en un viaje interior al centro de su propia persona”, señala Fuster, mientras que Antonio Muñoz Molina apunta en el prólogo: “Fue capaz de inventar una forma exclusivamente suya que se adaptaba por completo a su forma peculiar de talento, a su manera de ser y respirar en la vida (…) Escribía artículos que no podían ser más que de Julio Camba, que le pertenecían en la brevedad, en la dicción, en la mirada curiosa y benévola, en la brizna trivial del punto de partida y en el desarrollo, en los finales sin énfasis”.

El recorrido que nos propone la edición comienza en Estambul, denominada Constantinopla en 1908, cuando un joven Camba se inició como enviado para el periódico La Correspondencia de España en la ciudad bañada por el Bósforo, una ciudad que entonces empezaba a europeizarse y en la que el periodista y escritor encontró suficientes motivos de interés para esbozar sus sagaces piezas, así la prohibición de la venta de opio; la impresión que le causaron los baños turcos; la situación de las mujeres, para nada favorecidas por los vientos de modernidad que empezaban a llegar a la sociedad turca o el respeto profesado a los perros, a los que -se quejaba el autor- se les permitía entorpecer el paso a los ciudadanos.

Julio Camba pasa por los lugares sabiendo que no va a quedarse definitivamente. Se coloca en un rincón, se sienta en un café a hojear la prensa, escucha las quejas de la gente, afina la mirada y escribe con rapidez, tomando al vuelo las ideas, las reflexiones que le surgen al hilo de lo que va observando, siempre manteniendo la distancia de quien está de visita en un lugar que no es el suyo, siempre teniendo en cuenta el público al que se dirige, un público ávido de conocer cómo vive, cómo actúa y cómo piensa la gente de otros lugares.

El autor mantuvo siempre una relación de amor-odio con España, “una especie de mezcla entre el deseo insatisfecho de encontrar un verdadero hogar fuera de aquí, y, al mismo tiempo, la nostalgia irreprimible de querer reencontrarse con su primera patria”, indica Francisco Fuster. De ahí que en las crónicas sean frecuentes las comparaciones entre las costumbres españolas y las de otros países, saliendo casi siempre mal paradas las del lugar de origen, al que, al mismo tiempo, el autor agradece volver y convertirse durante unos días en protagonista por haber viajado y haber conocido otras realidades.

Julio Camba pasa por los lugares sabiendo que no va a quedarse definitivamente. Se coloca en un rincón, se sienta en un café a hojear la prensa, escucha las quejas de la gente, afina la mirada y escribe con rapidez, tomando al vuelo las ideas, las reflexiones que le surgen al hilo de lo que va observando, siempre manteniendo la distancia de quien está de visita en un lugar que no es el suyo, siempre teniendo en cuenta el público al que se dirige.

Son amenos, ágiles y divertidos, los escritos de Camba. De su mano visitamos las grandes ciudades europeas: París, Londres, Berlín, Roma, sin poder evitar reírnos al leer las crónicas que dedica a hacer comparaciones entre ellas. Está claro que al escritor le gustaba, sobre todo París, aunque en una entrevista a la que alude Fuster, cuando le preguntaron cuál de ellas elegiría para vivir, contestó que no creía que hubiera nada comparable a los países imaginarios.

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Hay un escrito magistral dedicado a París, titulado El rumor de la gran ciudad, donde escribe: “Si yo fuera músico, yo no soñaría con escribir una pastoral sino con hacer una sinfonía que sintetizara el rumor de París. Yo no sé describir este rumor. Yo sólo sé que en París no tengo que preocuparme de ver ni de leer. Me limito a oír. Me dejo arrullar por el rumor de París y me encuentro al poco rato saturado de parisianismo. Con el solo rumor de París me basta y me sobra para escribir mis crónicas. / El rodar de los coches, el campanillazo de los tranvías, una bocina, un pregón, un diálogo, el eco de una música que sale de un café, un cochero que jura… ¿Cómo descomponer el rumor de París?”

“Si yo fuera músico, yo no soñaría con escribir una pastoral sino con hacer una sinfonía que sintetizara el rumor de París. Yo no sé describir este rumor. Yo sólo sé que en París no tengo que preocuparme de ver ni de leer. Me limito a oír. Me dejo arrullar por el rumor de París y me encuentro al poco rato saturado de parisianismo. Con el solo rumor de París me basta y me sobra para escribir mis crónicas”, señalaba Julio Camba.

Hay intimidad y poesía en muchos de los artículos de Camba. Hay ironía, análisis político y social en otros. Todos los registros se pueden apreciar en la recopilación de Fórcola, que reúne 150 piezas muy significativas de sus trabajos para diarios como El Mundo, La Tribuna o ABC. Pero sigamos en París, a la que Camba compara con Londres. “¡Con qué gusto al salir de Londres se hunde uno en este desconcierto de París, y ve uno gesticular a esta gente tan exuberante, y oye uno a la criada del hotel hacer la apología del cuarto donde uno va a dormir! Esto es humano. Estos franceses enfáticos, que se visten de una manera tan llamativa, son personas de verdad, y esos ingleses serios, fríos, afeitados, que no pierden el tiempo en palabras ni en gestos, son figuras de cera que tienen mucho parecido”.

Es muy difícil elegir, porque abundan las observaciones ingeniosas, chispeantes. Hay un artículo sobre Roma (La Roma verdadera) donde se refleja muy bien lo que dice Francisco Fuster de que todos los viajes de Camba giran y conducen a él. “Llevo ya unos cuantos días en Roma. He visto el Foro, he visto el Panteón, he visto las termas de Diocleciano y de Caracalla, he visto la columna de Marco Aurelio y sin embargo no me doy importancia ninguna…”, comienza la crónica. Hay otro artículo que escribió en Ginebra donde especialmente se percibe su sentido del humor, El verdadero turista es el inglés, en el que argumenta: “El turismo, como el roast-beef, ha sido inventado en Inglaterra, y el verdadero turista es el turista inglés. Ningún país puede considerarse como lugar de turismo mientras no vayan a él los turistas ingleses. Un hotel donde no haya un inglés no parecerá un hotel sino una pensión de familia; un departamento de ferrocarril sin inglés ninguno no es un departamento de ferrocarril, y a mí no me dará jamás la impresión de estar viajando”.

También hay piezas sobre Madrid, la ciudad que acogió al aprendiz de escritor cuando dejó Galicia y a la que volvía entre una estancia y otra en el extranjero, percibiendo que por unos días todos le preguntaban por sus andanzas en los círculos literarios de la capital. En los escritos sobre Madrid vemos a Camba admirando el estanque del Retiro, subiendo al tranvía y sufriendo las altas temperaturas del verano en la ciudad, ante lo que proponía en una crónica que se cambiasen los horarios, se trabajase de noche y se dedicase e el día al descanso.

En Madrid se vive mal, muy mal, terriblemente mal. No hay dinero. No hay comodidades ningunas. El madrileño se pasa el día renegando, bien en sus pésimas habitaciones particulares, bien en el fondo odioso de una oficina…”, señala en la pieza titulada Los fracs que hay en Madrid, publicado en 1922 en El Sol. Y en un artículo anterior (de 1917 para ABC) decía, refiriéndose a los madrileños: “Nos arreglamos como podemos y nos lanzamos a la calle. Lanzarse a la calle, en Madrid, quiere decir, ir al café. Bebemos café, leemos periódicos, hablamos de política. Hay huelgas, crisis, elecciones, encarcelamientos...”

Camba, según el retrato de Fuster, “fue fundamentalmente un urbanita, un observador de lo cotidiano que pasó la mayor parte de su tiempo respirando ese aire característico de la gran ciudad: callejeando sus barrios, viviendo en hoteles y pensiones, frecuentando cafés y, en definitiva, comprobando día a día cómo se iban forjando esas gigantescas urbes de la modernidad”.

Paseo por Nueva York con Camba y White

Elwyn Brooks White
Elwyn Brooks White

Como amante de las urbes modernas seguimos A Julio Camba en su estancia en Nueva York en dos etapas diferentes, una primera en 1916-1917, y una segunda tras el crack del 29. “¿Qué cosa extraña es esta que me ocurre a mí con Nueva York?, se preguntaba el escritor en una crónica de 1931 en la que confesaba: “Nueva York es una ciudad que me irrita, pero que me atrae de modo irresistible, y cuanto más me doy cuenta de lo que me atrae, a sabiendas de lo que me irrita, me irrita, naturalmente, más todavía. / Todas las comparaciones que se me ocurren para definir la clase de atracción que Nueva York ejerce sobre mí pertenecen por entero al género romántico: la vorágine, el abismo, “el pecado”, las mujeres fatales, las drogas malditas...”

El texto sobre la ciudad de los rascacielos es uno de mis favoritos. En él el autor sigue argumentando por qué Nueva York le parece una ciudad romántica. “No a pesar de su brutalidad y de su codicia sino por ellas precisamente”, expone. “Por su brutalidad y su codicia, por su estridencia, por su violencia, por su culto de las catástrofes, por su sacrificio constante del pasado y del porvenir al momento presente, por la organización comercial de sus crímenes y la organización criminal de sus negocios, por su clima contradictorio, desmesurado e incontrolable, por su afán de escalar el cielo haciendo cada año un edificio más alto que los demás, y, en suma, por su ilimitación…”, vamos leyendo a Camba.

Y seguimos sus impresiones: “Nueva York me atrae a pesar mío, como atrae a pesar suyo a todo el mundo moderno. Uno viene hacia aquí solicitado por el afán ineludible de vivir su época (…) Nueva York es ante todo el momento presente (…) El momento presente íntegro, puro, total, aislado, desconectado. Al llegar aquí la primera sensación no es la de haber dejado atrás otros países, sino otras épocas, épocas probablemente muy superiores a ésta, pero en todas las cuales nuestra vida constituía una ficción porque ninguna de ellas era realmente nuestra época. Nuestra época sólo Nueva York ha acertado a  encarnarla, y probablemente ésta es la verdadera causa de que la gran ciudad nos atraiga y nos rechace a la vez de un modo tan poderoso”.

Casi veinte años después, otro cronista célebre, exponía su visión de Nueva York, su Nueva York más íntimo y cercano. Se trata de Elwyn Brooks White (1899-1985), uno de los reporteros de la etapa dorada de la revista New Yorker, donde empezó a colaborar en 1927, se hizo amigo de firmas de la célebre publicación como la escritora Dorothy Parker y se enamoró de la editora del área de ficción, Katherine Sergeant Angell, con la que contrajo matrimonio en 1929.

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Cuando a White otro medio, la revista Holiday le pidió que escribiese un texto sobre la ciudad de apenas siete mil quinientas palabras, el autor ya vivía fuera, en la localidad de Maine, en Nueva Inglaterra. Pero aceptó el encargo y regresó para rememorar su juventud un caluroso verano de 1948. El encargo, cuyo resultado lleva por título Esto es Nueva York, un libro publicado en castellano por Minúscula, se lo hizo su hijastro, Roger Angell, quien escribe la introducción de la obra en una edición de 1999.

Angell cuenta las circunstancias de la aventura y señala que “el cambio es el asunto del libro”, porque White lo que hace en su recorrido nostálgico, con tono de despedida, es dejar constancia de los cambios experimentados por la mítica urbe en “su tempo y temperamento”, así como resaltar hasta qué punto en la ciudad de los años 20 quien lo deseaba podía encontrar de todo y, además, soledad y aislamiento, ese romanticismo del que hablaba Julio Camba en sus crónicas.

E. B. White, como señalaba antes, traza un retrato ágil, poético, muy íntimo de su Nueva York, y, como sucede siempre, es la mirada personal, la emoción, la adecuación de los lugares a los pensamientos y a los estados del corazón, lo que nos fascina. En su sencillo y ajustado relato el autor dibuja el entramado de barrios que conforman muchas ciudades en una y reflexiona sobre la velocidad a la que todo sucede y se transforma. Para poner Nueva York al día habría que publicar a la velocidad de la luz, señalaba en una revisión que hizo de su texto un año después de su primera publicación, animando a cada habitante, visitante, amante de la ciudad, a realizar por sí mismos el ejercicio de actualización.

Lo que hace E. B. White en su recorrido nostálgico, con tono de despedida, es dejar constancia de los cambios experimentados por la mítica urbe en “su tempo y temperamento”, así como resaltar hasta qué punto en la ciudad de los años 20 quien lo deseaba podía encontrar de todo y, además, soledad y aislamiento.

Pero, pese a los cambios, aún hoy, muchas atmósferas de la ciudad permanecen a la manera de un rumor, ese rumor del que hablaba Camba y que tan bien transmite el autor de esta entrega que nos regala escenas memorables de una ciudad capaz de rejuvenecerse continuamente, de naturaleza inquieta y meta de llegada, ayer y siempre, de creadores, de buscadores de un cierto horizonte de grandeza. “La ciudad es como la poesía: comprime toda la vida, todas las razas y castas, en una pequeña isla y les añade música y un acompañamiento de motores subterráneos. La isla de Manhattan es sin ningún género de dudas el mayor concentrado humano de la tierra, un poema cuya magia se hace comprensible para los millones de habitantes que residen en ella de forma permanente, pero cuyo significado completo siempre se nos escapa. Al pie de las oficinas más altas y lujosas se encuentran las peores chabolas. Los amables misterios que acoge la iglesia de Riverside están a pocas manzanas de los hechizos vudú de Harlem…” escribió White, quien sigue enumerando contrastes.

Su crónica da cuenta de localizaciones pérdidas, lugares fijados en la memoria como los antiguos montacargas de libros de la Biblioteca Nacional, la vieja Ópera Metropolitana o el Queen Mary, su quejumbrosa sirena y el muelle de donde partía, como constata Roger Angell. Es el de White un recorrido bello, humilde melancólico, y también visionario, porque al final del texto imagina una situación que nos asombra y que nos hace recordar irremediablemente los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, recién comenzado un nuevo siglo. Cincuenta años antes el autor escribía: “El cambio más sutil que ha experimentado Nueva York es algo de lo que la gente no habla demasiado pero que está en la imaginación de todos. La ciudad, por primera vez en toda su historia, se ha vuelto vulnerable. Una escuadrilla de aviones poco mayor que una bandada de gansos podría poner fin rápidamente a esta isla de fantasía y quemar las torres, derribar los puentes, convertir los túneles del metro en túneles mortales e incinerar a millones. La intimidad con la muerte forma ahora parte de Nueva York: está el sonido de los reactores en el cielo y en los negros titulares de la última edición”.

No podemos evitar un estremecimiento al leer este párrafo. El fin de la Segunda Guerra Mundial estaba cercano y la ciudad se había vuelto más irritable (“Las frustraciones de la vida moderna se han multiplicado y amplificado (…) Hay más tensión y velocidad…”, anotaba), mientras la sede permanente de las Naciones Unidas se encontraba en proceso de construcción. “Nueva York acoge otra ciudad en su interior para cobijar, esta vez, a todos los gobiernos y acabar con las chabolas de la guerra”, dejaba constancia el cronista. “Nueva York debe de ejercer un atractivo irresistible sobre la imaginación de cualquier soñador perturbado que desee desatar la tormenta”, vaticinaba. Estremece, sí, volver a sus palabras, percibir que la mirada del viajero sensible es capaz de volar lejos, de atrapar el presente e imaginar lo que ha de acaecer cuando ya sus pasos no recorran el asfalto ni sus ojos se detengan en las nuevas construcciones, en las piedras del camino.


Los libros de los que se habla en este reportaje son:

Viajar, de Robert Louis Stevenson, traducido por Amelia Pérez de Villar y publicado en Páginas de Espuma. 

Viaje a la Patagonia, de Bruce Chatwin, traducido por Eduardo Goligorsky y publicado en Ediciones Península.

El último tren a la zona verde, de Paul Theroux, traducido por María Luisa Rodríguez Tapia para Alfaguara.

Crónicas de viaje. Impresiones de un corresponsal español, de Julio Camba, publicado por Fórcola. Prólogo de Antonio Muñoz Molina y edición a cargo de Francisco Fuster.

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– Esto es Nueva York, de E. B. White, traducido por Miguel Temprano García para Editorial Minúscula.

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