Cees Nooteboom: Antes y después del muro de Berlín

Cees Nooteboom. Fotografía suministrada por la editorial Siruela.

Por Emma Rodríguez © 2014 / 

Quiero empezar este artículo por el final, por el último gesto que acompaña cualquier lectura, ese momento en el que cerramos las páginas de un libro. Quiero empezar por ahí porque una vez finalizado el recorrido por el mapa amplio, complejo, lleno de bifurcaciones, que es Noticias de Berlín, compendio de crónicas del escritor holandés Cees Nooteboom sobre la capital alemana y alrededores antes y después de la caída del Muro, me he quedado con la sensación de lo poco que sabía de un capítulo clave para entender la Europa actual y la deriva hacia sociedades cada vez más dominadas por la frialdad de los números, de los datos económicos, del tan repetido, aburrido, manoseado lenguaje de los mercados.

La caída del Muro permanecía en mi memoria como un momento idílico, como el símbolo de un derrumbamiento necesario, inevitable, de una cárcel que se abrió dejando en libertad a millones de ciudadanos amordazados. Los trozos coloreados de piedra, un viaje a ese Berlín unificado en el que el pasado estaba siendo desmantelado y el capitalismo se hacía notar en los nuevos centros comerciales de un Este convertido en reclamo turístico, eran recuerdos a los que se sumaban imágenes más recientes de películas como Good bye, Lenin, pero nunca me había parado a pensar a fondo en aquel aún cercano mes de noviembre de 1989, en los prolegómenos y epílogos de un proceso que llenó las páginas de los periódicos y las pantallas televisivas, abriendo una nueva etapa que entonces era toda una incógnita y a la que hoy podemos acercarnos con perspectiva.

En estos días en los que tantos análisis periodísticos se han desplegado ante nuestros ojos, en los que la ventana del pasado se ha abierto momentáneamente en nombre de las conmemoraciones del 25 aniversario, debo agradecer a Nooteboom la oportunidad de viajar de su mano a un país, a una ciudad que entonces se debatía entre la esperanza y el temor, atravesado por las cicatrices de la Historia y lejos de saber que pocos años después iba a ser de nuevo una potencia fuerte, con capacidad de imponer su voluntad y sus dogmas al resto de un continente viejo y atrapado en sus contradicciones y prejuicios.

Este libro consigue que olvidemos el ahora y nos situemos en el centro del torbellino que fue la capital alemana en esos días. ¿Cómo transmitir todas sus claves, referencias, enriquecimientos? El autor, ese viajero en busca de verdades, ese explorador de almas ajenas, ese hombre preocupado por comprender a los demás y comprenderse a sí mismo, nos habla de cómo nos sigue asombrando cada día la velocidad con que todo parece ocurrir. Lo que hasta ayer era impensable hoy se propone y mañana se enmienda”, dice refiriéndose a la acelerada reconversión de la RDA, a la normalidad con la que aparentemente, en tan poco tiempo, desaparecieron las fronteras y se disiparon las diferencias. Cees Nooteboom nos está hablando de ese Berlín que ahora recordamos, pero al mismo tiempo, a través del recorrido por los cauces que nos conducen hasta el presente, hace que nos sintamos reflejados en esa capacidad para engullir vorazmente las noticias, para pasar capítulo y fijar la mirada en otra cosa, para emitir juicios demasiado a la ligera sobre todo lo que acontece.

Debo agradecer a Nooteboom la oportunidad de viajar de su mano a un país, a una ciudad que entonces se debatía entre la esperanza y el temor, atravesado por las cicatrices de la Historia y lejos de saber que pocos años después iba a ser de nuevo una potencia fuerte, con capacidad de imponer su voluntad y sus dogmas al resto de un continente viejo y atrapado en sus contradicciones y prejuicios.

Pero no corramos. Detengámonos en esa ciudad en la que de repente se cruzaba un control y todo era diferente, hasta los colores, hasta las palabras. Escuchemos lo que entonces, en los meses anteriores a que el muro se abriera, comentaban los habitantes de un país y de otro. El escritor holandés estaba allí para dejar constancia. Había ido a Berlín con una beca a escribir un libro y el río de la Historia le atrapó en sus rápidos. Sus comentarios, sus anotaciones, sus preguntas, sus pesquisas, fueron registradas al hilo de los acontecimientos y así nos llegan ahora, todo tan cercano, cargado de inmediatez, de frescura. “¿Pero qué ocurrirá cuando eso ocurra? Entonces, de repente, en medio de Europa habrá un país muy grande y poderoso, del que muchos habían pensado que no volvería a existir, y del que nadie sabe qué tipo de país es”, escribía, atrapando el espíritu del momento.

Muro de Berlín, por Dan Budnik

¿Qué es la reunificación: una quimera, un deseo, una posibilidad?”, se preguntaba Nooteboom, preocupado, atento al efecto de esa gran cicatriz que dejó el muro en la gente común. “La reunificación es la quimera del resto de los europeos, que tienen miedo a una Alemania unida. Nunca la habrá. Los del Este sí que la quieren, pero los del Oeste bajo ningún concepto”, era la opinión de un amigo alemán, quien le transmitió que los vecinos de la RDA no serían bien acogidos en la Alemania moderna, rica y occidental porque desentonaban en ella con su pobreza y su atraso y porque, además, no estaban dispuestos a costearla.

Hay otro interlocutor en esa conversación de la que, pasado el tiempo, Nooteboom nos hace partícipes. Se trata de un húngaro que alude a la lengua, a la comunidad alemana; que reprocha su egoísmo a quien habló previamente y que, ese mes de mayo de 1989, no podía imaginar que diez años después el muro siguiera en pie. “¿Qué será entonces de la casa común europea? ¿Tiene que estar la RDA en medio como una habitación cerrada?”, formulaba la cuestión y analizaba las ventajas de la apertura para el otro lado, la posibilidad de establecer un plan de ayuda tipo Marshall para el Este. Vamos leyendo el diálogo y sentimos que estamos en cualquier bar en esos días, dentro de los hogares donde la gente discutía y jugaba a vaticinar el inmediato futuro.

Nooteboom utiliza más de una vez conversaciones escuchadas en estas Noticias de Berlín (Siruela). Sus propias opiniones, observaciones, experiencias y emociones, se mezclan con las de los otros, compañeros de viaje, seres anónimos que se encuentra por el camino y a los que presta atención. Estamos ante un libro de crónicas políticas y sociales que va más allá de la mera interpretación periodística porque, partiendo de la mirada a lo que sucede fuera, el autor, nacido en La Haya en 1933, viaja hacia dentro y se reencuentra con su propia infancia, una infancia rota por el estallido de la II Guerra Mundial. Ese acontecimiento brutal, le marcará para siempre y le impedirá recordar nada anterior a los bombardeos, al hambre, a las desgracias familiares que acaecieron. Esa “fuerza destructiva externa” le dejó sin nada y señala que ahí, debido a esa dolorosa usurpación, surgió esa necesidad de inventarse una vida, el germen de su talante pensativo y viajero, así como su fascinación por el pasado y por la Historia.

Estamos ante un libro de crónicas políticas y sociales que va más allá de la mera interpretación periodística porque, partiendo de la mirada a lo que sucede fuera, el autor, nacido en La Haya en 1933, viaja hacia dentro y se reencuentra con su propia infancia, una infancia rota por el estallido de la II Guerra Mundial, acontecimiento brutal, le marcará para siempre y le impedirá recordar nada anterior a los bombardeos, al hambre, a las desgracias familiares que acaecieron.

Es bellísimo este capítulo en el que el escritor habla de las “sucias y rotas ventanas” del palacio de su memoria. Es sumamente atractivo el modo en el que enlaza sus vivencias personales con el discurrir de la Historia. Alemania, cuyas vicisitudes, mitología y cultura tan a fondo ha estudiado, sigue siendo un enigma. Alemania siempre le remitirá a un pasado de guerra, de imágenes de llamas fijadas en lo más hondo de su conciencia. Y asegura que tampoco ha logrado nunca descifrar del todo una ciudad como Berlín, una ciudad que continuamente le ha aturdido con sus grandiosas escalas, con su monumentalidad.

Recuerda la primera vez que la visitó, después de la contienda mundial, junto con dos amigos de más edad que habían estado en el campo de concentración de Dachau. Aún se percibía un cierto sabor a guerra, parecía una continuación de lo que yo había visto y oído de niño. Sin embargo, al mismo tiempo se había agregado un nuevo elemento, un crujido que recorría el mundo y que era más visible aquí que en ninguna otra parte, como un ataque cardíaco hecho piedra, como si una vez más Berlín tuviese la tarea de demostrar algo al mundo, la conclusión lógica de Yalta, que era en sí misma la conclusión lógica del deseo de destrucción que había comenzado en este lugar”, nos cuenta.

Pero, al igual que el viajero narra y constantemente nos cambia de ubicación y nos lleva hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, nos hemos desviado un poco del camino. Estábamos en la antesala de noviembre de 1989, escuchando distintas opiniones. Estábamos en medio del torbellino. En octubre tuvo lugar un encuentro crucial entre Mijaíl Gorbachov, a quien tanto llegamos a admirar en aquella época, y Erich Honecker, al frente de la RDA que iba a desaparecer. Un beso -la fotografía del beso entre ambos- fijó esa cita que ya hacía vislumbrar la inminente vuelta de tuerca. “Tras ese instante congelado del beso estaban ocultos todos esos movimientos desenfrenados, esos tira y afloja de las fuerzas y los poderes, de los deseos y rencores acumulados, de los artículos de fe, de la resistencia y la esperanza, como si esos dos hombres se encontrasen en el vórtice de un huracán…”, escribe Nooteboom, quien a continuación, nos dice que “la historia en vivo siempre tiene algo de extático, de conmovedor, de inquietante”.

Muro de Berlín. No hemos podido encontrar el crédito de esta fotografía.

Nuevas conversaciones, a favor y en contra de volver a ser una gran nación, sobre la ruptura del equilibrio que tanto temían los otros países europeos. Los del Este decían que los del Oeste querían comprar su país a precios irrisorios, los del Oeste que el Estado era un pozo sin fondo en el que se perdería el marco fuerte por el que tanto habían trabajado. Todo lo iba escuchando Nooteboom, convencido de que nada iba a parar el tren en marcha, una metáfora tan recurrente esos días. El 10 de noviembre de 1989 cayó el Muro y allí estuvo, para contarlo, para recordarlo, con todos sus matices, el autor de obras como El enigma de la luz, El día de todas las almas y Cartas a Poseidón, entre muchas otras.

Los del Este decían que los del Oeste querían comprar su país a precios irrisorios, los del Oeste que el Estado era un pozo sin fondo en el que se perdería el marco fuerte por el que tanto habían trabajado. Todo lo iba escuchando Nooteboom, convencido de que nada iba a parar el tren en marcha, una metáfora tan recurrente esos días.

La tenebrosa nave del Reichstag se encuentra en medio de un mar de gente, todo el mundo se dirige hacia las altas columnas de la Puerta de Brandenburgo, hacia los caballos al galope que la coronan, que antes corrían para el otro lado. El estrado, desde el que se puede ver toda la avenida de Unter den Linden, se mece bajo el peso de la gente, forcejeando logramos subirnos a la plataforma…”, seguimos las líneas de una crónica llena de griterío, vitoreo y flashes, “los flashes de cientos de cámaras fotográficas” que se lanzaban voraces hacia el muro en medio de un ambiente absolutamente festivo: bailes, gritos, entusiasmo, lágrimas de emoción, abrazos…

Nunca nadie sabrá con certeza qué es la historia, pero durante estas últimas semanas la gente aquí ha pasado una página de esa historia. Los Krenz, pero también los Kohl, los Gorbachov, los Mitterrand y las Thatcher habrán de ver cómo escriben las páginas siguientes, y quien figura en ellas (…) Todavía hay rusos en la RDA, como todavía hay americanos en la República Federal de Alemania. Todavía hay dos países, y todavía está el Muro, aunque tenga agujeros. Pero los de ese Otro País caminan por estas calles por primera vez en treinta años y si miro por la ventana puedo verles”, reflexionaba Nooteboom en los días posteriores al gran estallido de júbilo.

Uno de esos días, concretamente el 26 de noviembre de 1989, jornada en la que llovía sobre la nieve congelada el viajero visitó una exposición en el Martin-Gropius-Bau -a Nooteboom siempre le vemos recorriendo exposiciones, dialogando con los personajes de los cuadros, de las fotografías; con las estatuas…- Se trataba, esta vez, de una exposición sobre las asociaciones deportivas exclusivamente judías, una vez que los judíos fueron expulsados de los otros clubes deportivos. Y en la sala de abajo, del mismo museo, otra muestra sobre lo inmediato, sobre lo que acababa de suceder, fotos y pancartas de las manifestaciones en torno a la caída del Muro. Un contraste perverso, anota el escritor. Un contraste que define un Berlín debatiéndose permanentemente entre pasado y presente, un Berlín al que intenta descifrar una y otra vez.

Pero “uno no puede pasar por una herida y salir indemne, esa herida está en todas partes (…) La limpieza interior tendrá que esperar a unas personas que no han nacido todavía, a los nuevos habitantes, o a los que no piensan en ello, pero de estos hay pocos. Parece como si todos tuvieran el muro en la mente; más tarde o más temprano aparece en todas las conversaciones…“, escribió Cees Nooteboom.

En ese lugar el autor holandés se detuvo a leer algunos de los comentarios escritos por berlineses del Este en el libro de los asistentes. Comentarios que decían mucho del resentimiento, de las diferencias, del “miedo al abrazo de hermanos y hermanas”. Dos años después de dejar ese Berlín tan transformado, Nooteboom regresa a la ciudad y se pone a buscar las marcas del antiguo Muro, convertido ya en un recuerdo de hormigón. Pero “uno no puede pasar por una herida y salir indemne, esa herida está en todas partes (…) La limpieza interior tendrá que esperar a unas personas que no han nacido todavía, a los nuevos habitantes, o a los que no piensan en ello, pero de estos hay pocos. Parece como si todos tuvieran el muro en la mente; más tarde o más temprano aparece en todas las conversaciones…”

Muro de Berlín. 16 de noviembre de 1989, por Yann Forget

Cees Nooteboom volvió a encontrarse con un nuevo Muro, esta vez dentro de las cabezas de unos y de otros. Los del Oeste le decían que no podían comunicarse con gente que tenía mentalidad de sargento mayor; los del Este se preguntaban qué harían al perder las protecciones del Estado y se quejaban de la arrogancia de esos vecinos que los consideraban mendigos y que sólo pensaban en términos de dinero. Más adelante, el escritor asistió a una representación en el Teatro Máximo Gorki (La sociedad de transición, de Volker Braun). En un gran cartel, en el vestíbulo, el autor de la obra se preguntaba si el Este había de dejarse colonizar por el Oeste y si merecía la pena eso que se les venía encima y que podía traducirse en “una nueva miseria y desasosiego social”. En algunos pasajes del libro Nooteboom registra las voces de quienes se lamentaban de que la única salida posible para la RDA fuera abrazar el capitalismo salvaje, de que no se hubiera intentado ir hacia otro tipo de sociedad más sencilla y humana, no pervertida por la avaricia, por el materialismo, por la ostentación de la República Federal, capaz, en fin, de integrar los ideales del comunismo, esos ideales enmohecidos, decapitados por el estalinismo.

“La historia debería ser algo que ya ha ocurrido, no algo que está ocurriendo ahora. Nadie que crea estar haciendo historia puede tener la mente centrada en la realidad, y aún menos una ciudad que está saturada de signos del pasado, con estatuas proyectadas y fortuitos agujeros de bala, con columnas dañadas junto a otras intactas, una ciudad que se lee como una extensa remembranza en piedra, una ciudad a la que todos los días se le recuerda su papel anterior…”, sigue reflexionando Nooteboom. Es ese carácter reflexivo, indagador, el que dota a sus Noticias de Berlín de peso, el que salva el libro de la aceleración del presente, porque habiendo sido escritas las crónicas que lo componen en la inmediatez de lo sucedido, la caída del Muro y la reunificación, no han perdido vigencia. Por debajo de ellas late el alma de un pueblo, con todo el peso de su pasado, de su cultura, de su lengua.

Esta entrega del escritor holandés nos fascina porque es un compendio de múltiples viajes. A bordo de su coche recorremos, además de Berlín, otras ciudades alemanas como Múnich, Leipzig, Lübeck, Weimar, Hamburgo, Núremberg… Nos sentamos con él en parques, nos tumbamos en bosques y nos situamos frente a monumentos legendarios, dejando que la atmósfera del pasado, de distintos pasados de gloria y de fracaso, nos impregne. Los personajes históricos, los artistas, los escritores, los filósofos, son quienes, a través del filtro del autor, nos hablan y nos orientan en el complejo devenir de un país que una y otra vez ha sido llamado a agitar, a enturbiar, las aguas del destino colectivo. Goethe, Hölderlin, Rilke, Musil, Bernhard, Jünger, Günter Grass, Christa Wolf y tantos y tantos otros, ayudan a Nooteboom a entender, a profundizar, en los fondos de ese país que tanto le atrae y desconcierta. A quienes le leemos nos resulta apasionante, altamente enriquecedor, adentrarnos en todos los espacios que va abriendo para nosotros y que nos llevan a querer saber más, a querer seguir viajando.

Esta entrega del escritor holandés nos fascina porque es un compendio de múltiples viajes. A bordo de su coche recorremos, además de Berlín, otras ciudades alemanas como Múnich, Leipzig, Lübeck, Weimar, Hamburgo, Núremberg… Nos sentamos con él en parques, nos tumbamos en bosques y nos situamos frente a monumentos legendarios, dejando que la atmósfera del pasado, de distintos pasados de gloria y de fracaso, nos impregne.

Después de la caída del Muro las páginas de la Historia se siguieron escribiendo y el autor volvió a visitar la ciudad en distintas ocasiones para vivir los acontecimientos de primera mano y continuar analizándolos: la unidad monetaria, las obras de reconstrucción de Berlín como una sola y poderosa capital... “Los últimos doscientos años, y sobre todo los últimos cincuenta, se ha producido aquí tal cantidad de historia, que el aire parece estar saturado; y no me estoy refiriendo a todo lo que se ha construído, sino a lo que ha desaparecido, el poder de los lugares vacíos, la fuerza de atracción de todo lo perdido: las plazas, los ministerios, los búnkers del Führer, las cámaras subterráneas de tortura, la tierra de nadie alrededor del Muro…”, nos dice.

Muro de Berlín

Y llega un momento en que se hace, y nos lleva a hacernos, preguntas como éstas: ¿Y después de ese gran salto, de ese derrumbe, qué ha pasado? ¿Cuál ha sido el papel de Alemania? ¿En qué ha quedado la alegría, la esperanza, la incertidumbre, que acompañó a la reunificación? ¿Hacia dónde se dirige Europa, el sueño de la Europa única? De pronto ya no se trata de ideas sino de dinero; no de una de las aventuras más grandes de la historia europea sino de miedo a los vecinos que han estado comprando cosas a crédito al tendero; no de la Europa de Erasmo y Voltaire, de Tolstói y Thomas Mann, de Rembrandt y Botticelli, de Hegel y Hume. No, se trata de cifras anónimas, mucho más grandes…” ofrece Cees Nooteboom una contestación demoledora a todas esas grandes cuestiones. Y achaca a los gobernantes el haber reducido Europa a “abstracciones detrás de la coma de un decimal”, el haber empleado “la demagogia del sentido común para enterrar bajo cenizas el entusiasmo de los ciudadanos”.

El autor se traslada a 2008, cuando todos los medios hablaban de la peor crisis desde 1945, una crisis que no ha cesado y que ha seguido adelante con sus perjudiciales recetas de austeridad como bandera, haciendo crecer las diferencias y los recelos. Ve a Alemania “tejiendo una inmensa red de seguridad” en la que se ha protegido hasta hoy, convertida en la gran potencia económica europea. Hay una escena del libro en la que Nooteboom observa la Bundeskanzleramt, la Cancillería Federal, y sigue meditando sobre Europa y el mundo: “El poder se ejerce desde aquí sin pompa; detrás de alguna de esas ventanas hay alguien que considera que los ahorros alemanes no deben darse a otros europeos que han vivido del cuento, alguien que tiene apego a las viejas costumbres y que no quiere que, en ningún caso, se le obligue a avivar la inflación…

El autor se traslada a 2008, cuando todos los medios hablaban de la peor crisis desde 1945, una crisis que no ha cesado y que ha seguido adelante con sus perjudiciales recetas de austeridad como bandera, haciendo crecer las diferencias y los recelos. Ve a Alemania “tejiendo una inmensa red de seguridad” en la que se ha protegido hasta hoy, convertida en la gran potencia económica europea.

Esta crisis tiene su propia iconografía, tanto en las fotografías como en las caricaturas: Merkel con casco prusiano y la Cruz de Hierro, bigote hitleriano y otros viles símbolos que Alemania preferiría olvidar”, señala más adelante. Quien tanto ama a los países del sur de Europa, quien tanto admira sus modos de vida y sus culturas, quien pasa gran parte del año en la isla española de Menorca, no puede dejar de criticar el desprecio hacia ellos de los amos de Alemania, “ese país grande, donde la desigualdad ha crecido constantemente en el transcurso de los últimos diez años, ahora centrado en sí mismo con el propósito de llevar a cabo un grandioso ritual de culpa y expiación y demostrar lo que significa la integridad a esos países corruptos…”

Crítico, cargado de razones y de conocimientos, el autor de Noticias de Berlín, a quien debemos, además, otra obra esclarecedora, Cómo ser europeos, donde también ahonda en todas estas cuestiones, hace hincapié en el desconocimiento, en la ignorancia, en la persistencia de prejuicios antiguos entre las distintas naciones del viejo continente. Ahí está el germen de los conflictos, de la falta de integración y de solidaridad entre los países. Ahí están las causas de una fallida construcción que no respeta las diferencias culturales ni atiende a las necesidades de los ciudadanos. “Todo el que haya viajado a lo largo y ancho de los tres países grandes de Europa durante los últimos cincuenta años no puede por menos de darse cuenta de que en realidad no se conocen entre sí”, apunta el escritor.

Le seguimos a través de estos tiempos revueltos que describe: “Este ha sido siempre un continente peligroso. Ha estado durante mucho tiempo atentando contra su propia vida, por la tierra, por las dinastías, por la religión y por las colonias. Él solito se descolgó con las dos ideologías que han hecho de este siglo el más desastroso de la historia, una catástrofe ideológica gemela de aquella de la que América nos rescató no una vez sino dos. Quizá no debamos contar con una tercera… “, nos dice. Le seguimos cuando se refiere a la maniobra política y económica de la moneda única; cuando afirma que la unificación política “va renqueando como un niño desdichado, obstaculizada por lenguas múltiples, arraigadas ambiciones y un parlamento mimado, impotente y a menudo invisible”.

Muro de Berlín

“Pero este es precisamente el desafío”, sigue confiando Nooteboom en Europa. Podríamos acabar aquí este artículo, pero no podemos dejar de repasar un episodio anecdótico, pero no por ello menos atractivo. El escritor tiene la oportunidad de mantener una conversación con la canciller alemana Angela Merkel, quien ha convocado a un grupo de personas relacionadas con el mundo de la cultura y la edición. Seguramente a él le habría gustado preguntarle por Alemania y por el momento en que ésta consideraría oportuno derrumbar el muro financiero que ha levantado frente a otros países europeos. Pero “estaba claro desde un principio que nuestra conversación no versaría sobre política. Ella quería hablar de agentes, de precios fijos de libros, de IVA, de libros electrónicos, de derechos en el extranjero: en suma, de todo lo que debería interesar a los escritores…” cuenta el autor, quien si de algo fue consciente ese día fue de estar frente a “una profesional genuina”.

El autor holandés se refiere a la maniobra política y económica de la moneda única; cuando afirma que la unificación política “va renqueando como un niño desdichado, obstaculizada por lenguas múltiples, arraigadas ambiciones y un parlamento mimado, impotente y a menudo invisible”.

Como colofón de la entrega, nada mejor que tres fábulas sobre el trayecto de Europa. En la primera de ellas el escritor convoca a las distintas, ya desaparecidas, monedas europeas, a “un gran club elegante pero algo deteriorado, como los que se ven en Londres”. Es el momento en el que son conscientes de que deben abandonar la batalla entre ellas, la competición, porque, a partir de ese momento, será el ecu -antecesor del euro-, que acaba de verse con el dólar y el yen en McDonald’s, quien tome el mando.

En la segunda, las protagonistas son las batallas, las viejas batallas europeas. Entre ellas se entabla un diálogo que culmina con la siguiente frase: “Lo que hace falta es una consciencia histórica, el que desee vivir sin memoria siempre acabará entre nosotros”. Y en la tercera y última, mi favorita, un joven compositor acepta el encargo de escribir el himno de la nueva Europa. En sus sueños imagina una música que engloba todos los paisajes y culturas, todo el variado, diferente, bellísimo abanico, de geografías y creaciones europeas, pero a la hora de ejecutar el himno que ha creado para 31 instrumentos, el sueño se torna pesadilla y lo que escucha es una lamentable cacofonía, ya que cada uno de los intérpretes, en lugar de tocar la nueva melodía, acomete los compases de su antiguo himno nacional.

En Noticias de Berlín Cees Nooteboom nos muestra el camino del no olvido. Todas las carreteras que atraviesa, todos los lugares que visita, todos los diálogos que sostiene, conducen ahí, a ese territorio de los recuerdos, de la memoria, que es el territorio del que de verdad emana el conocimiento y donde se ha de encontrar el cauce para seguir avanzando. Ese territorio está hecho de leyendas, de palabras, de literatura; de ahí que, una y otra vez, el escritor nos remita a ensayos, a novelas, a autores -clásicos y modernos- capaces de retirar las espesas cortinas del tiempo para ofrecernos el palpitante sonido de la Historia, de la grande y de la pequeña, esa historia privada, íntima, de las gentes.

En sus evocaciones, en sus pensamientos escritos, en su capacidad para emocionarse ante un paisaje, ante una obra de arte, Nooteboom consigue que también nosotros nos sintamos viajeros a la búsqueda de rastros, de escenas capaces de hacernos vibrar con la belleza, con la verdad oculta de las cosas. Su análisis, su dibujo, del tiempo que corre veloz, tan frágil y huidizo, nos enseña a poner un poco de trascendencia a lo que vivimos, a mirar al pasado con los ojos de quienes lo habitaron, de quienes se estremecieron con sus acontecimientos. Como Nooteboom, sabemos que “nadie puede estar seguro de nada en un mundo que, intelectual y materialmente, ya no está en sintonía”, pero aceptamos el reto de seguir haciéndonos preguntas para las que buscamos respuestas, el reto de seguir construyendo sueños de cambio que tal vez se hagan realidad algún día.

Noticias de Berlín. Cronicas de Alemania abtes y después de la caída del Muro,  ha sido publicado en la colección El Ojo del Tiempo de la editorial Siruela.

Las distintas fotografías del autor nos fueron cedidas por la editorial.

Cees Nooteboom. Fotografía suministrada por la editorial Siruela.

– Traducción del neerlandés de M.C. Bartolomé Corrochano y P.J. van de Paverd

– Traduccion del inglés de María Condor

Las fotografías de Cees Nooteboom nos fueron suministradas por la editorial Siruela.

Fotografía 2: Muro de Berlín, por Dan Budnik

Fotografía 3: Muro de Berlín. No hemos podido encontrar el crédito de esta fotografía.

Fotografía 4: Muro de Berlín. 16 de noviembre de 1989, por Yann Forget

Fotografías 5 y 6: Muro de Berlín. No hemos podido encontrar el crédito de esta fotografía.