Luis Mateo Díez: “Vivimos en un tiempo de vencimiento”

Luis Mateo Díez por Nacho Goberna © 2014
Fotografías © Nacho Goberna

Por Emma Rodríguez © 2014 / 

Imaginemos que visitamos una ciudad desconocida, misteriosa, cuyas escalas y trazados no responden a nada de lo que hemos conocido hasta ahora. Imaginemos que vagamos desorientados, sin rumbo, por esa ciudad, con la misma extrañeza que producen las difusas e inalcanzables geografías de los sueños. Imaginemos que recorremos sus bosques, sus espacios y alrededores, como si hubieran sido recién creados para provocar en nosotros la más absoluta sorpresa. Imaginemos que seguimos avanzando y que llegados a un recodo del sendero, percibimos la liviandad del que ya nada teme porque sabe que ya se ha incorporado a esos paisajes y ha asumido sus climas. Así, como exploradores de nuevos sentidos y arquitecturas, nos sentimos durante la lectura de La soledad de los perdidos, la nueva novela de Luis Mateo Díez, una entrega en la que el escritor leonés (Villablino, 1942) dirige todas las búsquedas que han animado su trayecto literario hacia los límites, hacia los confines, hacia un más allá en todas las vertientes, desde el punto de vista de la narración, de la historia que nos cuenta, hasta los cauces de un estilo que se torna más poético y simbólico que nunca.

En este viaje, que participa de los enigmas y las brumas de Celama, el territorio imaginario por el que el autor se ha movido a sus anchas durante largo tiempo; que conecta directamente con un título anterior, Los fantasmas del invierno y que traza puentes de complicidad con la exaltación de una de sus obras más celebradas, La fuente de la edad, Mateo Díez se desplaza con la ligereza de quien, como él mismo dice, ya ha andado muchos caminos y se siente capaz de unirlos todos para trazar un mapa único, un mapa que exige la adaptación de la mirada y de la voluntad a sus particulares medidas, niveles y proporciones. “Ésta es una novela de extraviados en la que los lectores también deben extraviarse si quieren llegar al fondo de las cosas”, asegura el escritor, consciente del desafío que supone abrir las puertas de un mundo que a veces parece un cuento y otras una pesadilla; un mundo imaginario en el que, a lo lejos, se reconocen ráfagas de realidad y de Historia y que, engarzando tradiciones y lenguajes diversos, tanto nos dice de los males del presente.

– Si te parece, podemos  empezar esta conversación a partir de una palabra, “extravío”, una palabra que suele aparecer en tus novelas y relatos y que en La soledad de los perdidos se convierte en fundamental, ya que toda la historia gira en torno a la pérdida, a lo que significa perderse, extraviarse.

– Sí. La verdad es que es una palabra muy significativa porque, tal vez, es de las que mejor definen mi vida y mi concepción del mundo y del ser humano. Tengo por ahí un minicuento que habla de alguien que se mira en el espejo y en vez de encontrarse con su imagen ve las palabras sustanciales de su existencia. Si me pongo en la misma situación, una de mis primeras palabras sería extravío. Tiene mucho que ver con la idea que tengo de lo que somos: seres frágiles propensos a perdernos y a partir de ahí he trabajado la pérdida desde sus múltiples ángulos: lo que perdemos, cómo nos perdemos, los caminos de perdición a los que podemos llegar, el extravío como esa sensación de vivir sin agarraderas, en un medio confuso, hostil… Todo eso forma parte del sustrato fundamental de mis personajes y en esta novela, sin duda alguna, se acentúa. Nadie sabe muy bien por dónde va y tampoco sabe muy bien por qué tiene que ir por ese sitio. Aquí todo se consuma en una gran metáfora de lo que pueden ser las perdiciones y los extravíos. Todo es muy literario, sí, pero lo cierto es que yo siempre me he sentido un ser extraviado. Nunca he llegado a entender del todo el mundo ni la vida y frecuentemente me pregunto por qué me sucede eso. Hay en mí una sensación de orfandad, de fragilidad, pero sobre todo de extravío. Salgo de casa y me pierdo y me cuesta trabajo volver porque no sé por dónde hacerlo.

– El extravío en esta novela se lleva al extremo, pero no sólo eso. Mientras vamos leyendo tenemos la impresión de que todas las obsesiones, los temas que han acompañado siempre a Luis Mateo Díez, están llevados a los extremos. ¿En qué medida mientras escribías te planteaste que querías ir en esa dirección?

– Tuve claro desde un primer momento que se trataba de una novela ambiciosa. Cuando me la planteé, después de mucho tiempo de pensar en lo que iba a hacer y de tomar muchas notas en mis cuadernos, la vi como una historia un poco terminal. Yo, que he andado muchos caminos y he transitado muchas veredas, vislumbraba aquí un largo túnel final, término de tantas cosas, y sabía que tenía que encontrar un personaje capaz de recorrerlo. En todas mis novelas hay elementos simbólicos y metafóricos, pero en ésta se hacía necesario incluso abusar de ellos. Se trataba de elegir una ciudad con unas características extremadamente simbólicas, una de esas ciudades de sombra en las que yo me muevo. A esa ciudad tenía que arribar alguien que ha asumido una derrota personal, moral, también política, y que por ello huye e intenta transformarse para dejarse en el más absoluto abandono, en la disolución de sí mismo. Todos estos elementos están en otras de mis novelas y, seguramente, se les puede seguir el rastro. Ambrosio Leda, el protagonista, lleva tras de sí a muchos otros personajes, pero es cierto que aquí todo se lleva al límite. El reto artístico, el compromiso de la escritura y del arte en general, está siempre en los límites, en lo que queda fuera del desarrollo de la normalidad. Uno escribe para llegar a algo, para alcanzar un techo y parece que siempre hay un más allá. Mientras estás culminando tu aventura del límite tienes que estar convencido de que ese más allá no existe; pero parece que siempre es posible encender otra bombilla.

En La soledad de los perdidos todo se consuma en una gran metáfora de lo que pueden ser las perdiciones y los extravíos. Todo es muy literario, sí, pero lo cierto es que yo siempre me he sentido un ser extraviado. Nunca he llegado a entender del todo el mundo ni la vida y frecuentemente me pregunto por qué me sucede eso. Hay en mí una sensación de orfandad, de fragilidad, pero sobre todo de extravío. Salgo de casa y me pierdo y me cuesta trabajo volver porque no sé por dónde hacerlo.

Luis Mateo Díez por Nacho Goberna © 2014

– ¿Qué cerca está Balma de Celama? ¿Qué le debe a Celama?

– Pues diríamos que Balma es una de las ciudades de sombra que forman parte de una provincia innominada donde se desarrollan todas mis novelas. Podría haber optado por Ordial, por Doza, pero elegí Balma. En esa provincia imaginaria, en el suroeste, hay una comarca que se denomina Celama y que sería el territorio de la finitud, del acabamiento, donde se consumaron todos los valores de las grandes culturas campesinas y donde hay como un gran cementerio. Balma le debe a Celama la irradiación, la fosforescencia de los huesos de los enterrados en Celama. Se trata de una luz que llega al resto de la provincia, una luz un poco mortuoria que tiene mucho que ver, tal vez, con el pasado de todos los que viven en estas ciudades de sombra. Celama sería el pasado de Balma, su memoria.

– ¿Cuánto hay en los paisajes, en las geografías literarias de Luis Mateo Díez, de su infancia en la localidad leonesa de Villablino?

– Pues hay bastante de la infancia en lo que puede ser una visión esplendorosa, enaltecedora, del paisaje, sobre todo del aprendizaje de la importancia del paisaje que hay en la niñez. El medio geográfico donde uno vive y los acontecimientos físicos, meteorológicos, lo que son las luces y lo que son los amaneceres, las noches, está muy presente en todo lo que escribo. Se trata de sensaciones primitivas o primarias que constituyen un humus que nos impregna y del que no nos podemos desprender. Ese humus igual está en un valle perdido del norte, donde yo nací, que en un barrio de Madrid, en el polvo de uno de aquellos cines antiguos donde tuvieron lugar muchas ensoñaciones infantiles. En eso si que no hay diferencias. Se trata de ese descubrimiento primero, que es mítico. En mi caso, esos paisajes iniciales, con el tiempo se han ido nutriendo de mi imaginación, por supuesto, pero también de los paisajes de la vida. Cuando viajo, cuando me muevo por ahí, veo de pronto lugares que parece que me pertenecen. Por ejemplo, hay ciudades como Teruel, que podría ser una perfecta ciudad de sombra en algunos de sus recovecos, del mismo modo que algunas localizaciones europeas. Ahí si que no hay fronteras. Hasta en algún barrio perdido de México he encontrado restos, espejos, de mis ciudades de sombra.

– ¿Y otras ciudades de ficción, otras atmósferas literarias, han podido llegar a influenciarte?

– Bueno, también, pero en este caso se trata, sobre todo, del aprendizaje de cómo se puede contar una atmósfera, porque eso no está en la vida, sino en la literatura, en el arte, en el cine. Las atmósferas son las que dan un componente físico muy poderoso a lo que se cuenta, a lo que se dibuja, y ahí puedo citar como el autor crucial de mi aprendizaje a Simenon y a sus ciudades urbanas o de provincias. Para mí él es el gran creador de atmósferas del siglo XX. Hay otros muchísimos, pero Simenon tiene la cualidad de que es infinito. No hay novela suya, pertenezca a la  serie del inspector Maigret o al lote de sus obras maestras, que no son precisamente las de Maigret, que no se resuelva no ya en lo que se ve y en lo que se mira sino en lo que se siente y se respira.

La niebla. La niebla es tu paisaje por excelencia. Uno de los personajes de La soledad de los perdidos, el obispo Galat, dice que “la niebla simboliza lo indeterminado, la fusión de los elementos aire y agua” y que la siente como “el acompañamiento más adecuado a la confusión de un alma conturbada”.

– ¡Vaya cosas dice el obispo! (risas) Él lo explica un poco científicamente, pero sí, mis paisajes son la noche y la niebla; la noche, la niebla y la nieve, más que el esplendor del sol primaveral, aunque también he hecho cosas sobre lo que es la luz de agosto [Brasas de agosto es el título de una de sus novelas]. Lo físico, los elementos meteorológicos, están siempre presentes en mis libros y acaban teniendo sustancia simbólica, pero aquí, como decíamos antes, todo eso está llevado al límite. La niebla en la ciudad es como un estado del alma y tiene mucho que ver con el interior de los personajes, con su espíritu. Sin duda es el elemento climático que más se adapta al extravío, a la confusión, y, por otro lado, está rodeada de toda una mitología fantasmal que me interesa muchísimo. Balma es una ciudad fantasmal que, partiendo de algunas percepciones de los personajes, puede llegar a parecerse a la laguna Estigia.

La niebla en la ciudad es como un estado del alma y tiene mucho que ver con el interior de los personajes, con su espíritu. Sin duda es el elemento climático que más se adapta al extravío, a la confusión, y, por otro lado, está rodeada de toda una mitología fantasmal que me interesa muchísimo. Balma es una ciudad fantasmal que, partiendo de algunas percepciones de los personajes, puede llegar a parecerse a la laguna Estigia.

– Entre todas las referencias a que nos conduce la novela y, aunque pueda parecer muy evidente, está la de Rulfo y su Pedro Páramo...

– Bueno, soy heredero de todo lo que he tenido detrás y, siempre he dicho que soy un heredero agradecido que no sólo reconoce el legado de la cultura literaria de su lengua sino también de las europeas y  americanas. Yo no he inventado nada con Balma. Hay muchas tradiciones que avalan lo que es la ciudad fantasma. Lo que he hecho ha sido personalizarla, darle un contenido impregnado de mi mirada. Entre los paseantes por las ciudades de sombra y las geografías imaginarias está Rulfo, por supuesto, pero en las cercanías encontramos también a Benet con su Región. La herencia de las geografías imaginarias es muy fuerte en el siglo XX, con todas las variantes que queramos. Ahí está  Faulkner, con ese condado impronunciable que recreó, y está también la Santa María de Onetti, que es una mirada más interior que exterior, con sus galpones y sus pensiones extrañas, así como el Macondo de García Márquez, que sería el brillo de lo más legendario. Todos esos territorios han sido desde siempre orientaciones para mí. Y tampoco puedo olvidar la influencia de los autores italianos, a los que he leído mucho desde muy joven y que me han ayudado a vencer esa especie de complejo que ha acompañado siempre a la literatura española, esa cierta aversión a lo provincial, porque siempre lo hemos asociado al costumbrismo y lo hemos ninguneado pensando que lo universal tenía que buscarse en lo cosmopolita. Yo aprendí a ver las cosas de otra manera leyendo a los grandes escritores italianos que situaban sus novelas en sus ciudades. Pratolini no se tenía que ir más allá de Florencia, ni Bassani de Ferrara y Moravia se quedaba en Roma y todo eso era el pequeño mundo cercano y el universo, la totalidad. Son grandes escritores que asumen sus pequeñas geografías y que las transforman. Sin movernos de casa, aquí también tenemos algunos ejemplos imaginarios poderosos. Si vamos a Cervantes siempre encontramos algo, pero si nos quedamos, por ejemplo, en La Regenta, de Clarín, Vetusta es una ciudad imaginaria asentada en una ciudad de la realidad como puede ser Oviedo. Todos esos han sido para mí ejemplos que me han servido de avales. Son mis avales literarios.

Luis Mateo Díez por Nacho Goberna © 2014

 – En La soledad de los perdidos se habla de los emboscados y resultan figuras muy enigmáticas que nos remiten a tiempos no tan lejanos. Los topos, los que optaron por esconderse durante y después de la contienda, cuando lo daban todo por perdido, están en la memoria de la posguerra española. Cuánto los hemos olvidado, ¿no te parece?

– Sí, en efecto. Se trata de figuras a las que se ha apartado de la memoria colectiva. Los emboscados podrían ser los muertos en vida, los que eligieron la muerte de la desaparición. En ese sentido, el propio Ambrosio Leda, el protagonista, es un desaparecido que se transforma, adopta otra personalidad, se metamorfosea, se embosca, se hace un bicho, hiberna como los osos y sale convertido en otro ser humano; incluso encuentra una tarjeta de identidad que le lleva a tomar un nombre falso. En cierto modo, él representa el destino de esas gentes que estuvieron muertas en vida y que históricamente han sido borradas. Llegó un momento en que dejaron de interesarnos, en que decidimos olvidarlas, pero la suya fue una peripecia vital que refleja lo terrible de la guerra y de la posguerra, de todas las guerras y posguerras, porque esas figuras no son sólo nuestras, están repartidas por todo el mundo.

– Las referencias a la Guerra Civil salpican la historia. Está claro que Ambrosio, igual que tantos otros, decidió un día abandonar casa y familia, y emprender la huida del vencido, pero el relato va más allá de las circunstancias concretas. Ese no es su objetivo.

– Así es. En la novela se habla de una posguerra que obviamente tiene connotaciones con la nuestra, pero que podría ser cualquier otra. Más de una vez he dicho que el hombre me parece un bicho de posguerra, situado en esos trances posteriores a la debacle y siempre con un afán de supervivencia lleno de hostilidad y de precariedades. El emboscado es la imagen del que elige desaparecer e incluso elige hasta la sepultura. Muchos de nuestros topos famosos; que, aunque no nos acordemos de ellos, hubo muchísimos y constituyeron un fenómeno político social que en su momento nos traumatizó bastante, muchos de ellos, como decía, vivieron casi en ataúdes, en un trozo del desván o metidos bajo tierra, en cajones subterráneos… Yo los había usado ya en Fantasmas del invierno, donde hay algún topo, algún escondido que asumía el riesgo de salir de noche a respirar. Recuerdo que esas incursiones nocturnas daban pie a alguna vicisitud policial en aquella novela.

El emboscado es la imagen del que elige desaparecer e incluso elige hasta la sepultura. Muchos de nuestros topos famosos; que, aunque no nos acordemos de ellos, hubo muchísimos y constituyeron un fenómeno político social que en su momento nos traumatizó bastante, vivieron casi en ataúdes, en un trozo del desván o metidos bajo tierra, en cajones subterráneos…

– El tiempo en el que transcurre la acción es un tiempo indeterminado, suspendido de los hilos de la Historia. Un tiempo marcado por la derrota, por las ruinas.

– Es un tiempo de desolación, sí. Y ese tiempo es el de las posguerras. Las guerras son siempre terribles, aparatosas, pero, aún las más miserables, tienen un contenido épico, reflejan la épica de la desgracia, de la tragedia. Pero la parte de la desolación viene después, en las posguerras. Siempre hay vencedores y vencidos, obviamente, pero la posguerra es la que nutre la totalidad de un tiempo de sombras, la que da oscuridad a la vida y noche y niebla a las peripecias humanas. En ese espacio todo el mundo tiene algún tipo de perturbación, ya sea por el recuerdo de lo vivido; por las tropelías que se pudieran haber podido cometer; por los muertos que se tengan en la conciencia o por las culpas. Todo eso adquiere un matiz metafórico de remordimiento en la novela. En Fantasmas del invierno, después de pasados muchos años, la gente se despertaba alterada porque le parecía escuchar los motores de los bombarderos, un ruido de aviones que era como el propio ruido de la conciencia, y aquí lo que le llega a la cabeza a Ambrosio, mientras deambula de esa manera tan azarosa, traído o llevado, haciendo esto o lo otro, ocupándose de encargos absurdos, son los ecos de Balma, el sonido del remordimiento. Es un murmullo de voces anónimas que el lector también escucha un tanto perdido. El que yo haya optado por romper un relato lineal, como es la noche de Ambrosio, con esos cortes de sucesivas voces que van contando, no deja de ser una sacudida, pero enseguida se percibe que esas voces son las voces de Balma, la gran murmuración de los desaparecidos, de los que ya no están.

– Derrota es otra de las palabras del particular diccionario de Luis Mateo Díez. ¿Hasta qué punto aquí la derrota se convierte en la mejor definición del presente, la derrota de las expectativas, de las ilusiones, de los ideales colectivos?

– Está claro que vivimos en un tiempo de vencimiento y está claro que no se trata ya de la idea de derrota como contraposición a la victoria. La soledad de los perdidos no es para nada una novela testimonial, aunque se nutre de muchas de las sensaciones que yo, como niño de posguerra, he podido acumular. A veces hay en ella escenas grotescas que remiten a figuras muy reconocibles, por ejemplo ésa en la que se ve a Franco, el centinela de Occidente, al que le han pegado un tiro en el culo, pero se trata de representar un sentido colectivo, de transmitir la idea de que todos hemos perdido algo, de que la vida a través de los conflictos históricos, y, sobre todo, de lo que fue el siglo XX, es una gran perdición. No sólo somos seres contrariados, que tenemos nuestras carencias particulares, sino que eso se puede convertir en un destino histórico. Es la colectividad, en la que cada uno de nosotros somos diminutos espejos de lo que ha sucedido, la que está tocada del ala en esa gran derrota de la condición humana. Siempre ha sido así, pero el siglo XX fue terrible. El siglo XX ha sido, entre otras muchas cosas, el siglo del holocausto, y todo lo que ha venido detrás, en el XXI, está esparciendo por todo el mundo elementos derivados de esa suerte de derrota a la que parecemos tan proclives.

Luis Mateo Díez por Nacho Goberna © 2014

– Volviendo al presente, hay pasajes en los que parece que se están poniendo palabras a la falta de moral y de ética que nos encontramos cada día en la política, en la sociedad, en esos sectores privilegiados económicamente que no tienen escrúpulos de ningún tipo a la hora de enriquecerse, de medrar. En un momento dado se habla de “miseria política y moral, de destrucción y de usura”.

– La verdad es que en el viaje que he hecho en esta novela no he optado por ir hacia atrás para volver hacia delante, sino que desde el ahora me he movido hasta allí. El viaje es desde el presente, el camino está aquí, en lo inmediato: en la corrupción galopante puesta de manifiesto en nuestro país en episodios como el de las tarjetas black, en todas esas tropelías que no hace falta nombrar, pero que de inmediato acuden a nuestra mente. Lo que se transmite es la sensación que nos producen las actuales circunstancias. El siglo XX ha sido un va y viene constante, un sube y baja permanente. Dejando de lado los preocupantes conflictos, la miseria del Tercer Mundo, en Europa, tras la caída de todos los grandes ideales, vivíamos como en un pequeño refugio de tranquilidad que, de pronto, empieza a estar lleno de fisuras. Puede que esas fisuras no sean tan cruciales como otras, pero sí resultan muy perturbadoras porque nos han llevado a asimilar una cierta sensación de engaño, de impostura. En el caso de España, cuando parecía que teníamos asumido un tiempo de normalidad, de país desarrollado, que tanto trabajo nos costó conseguir después de una dictadura férrea, los acontecimientos que se están produciendo desde hace algún tiempo son desoladores. Y ya no es desencanto, desilusión, lo que sentimos. Lo que experimentamos ahora es el desengaño absoluto. Nos hemos dado cuenta de que nos han estado mintiendo y de que lo han hecho con vileza. Y no se trata de disquisiciones metafísicas sobre el engaño y el desengaño, para nada. Ahí están los preferentistas para ponerlo en evidencia. Hemos sido engañados por el poder, por toda esa gente que representa tantas cosas que parece que son las que conducen a un país a su destino. El espejo que tiene la novela pretende ser esa mirada inquietante que te puede producir sensaciones variadas, sin necesidad de racionalizarlas.

En el caso de España, cuando parecía que teníamos asumido un tiempo de normalidad, de país desarrollado, que tanto trabajo nos costó conseguir después de una dictadura férrea, los acontecimientos que se están produciendo desde hace algún tiempo son desoladores. Y ya no es desencanto, desilusión, lo que sentimos. Lo que experimentamos ahora es el desengaño absoluto. Nos hemos dado cuenta de que nos han estado mintiendo y de que lo han hecho con vileza.

– “Heredamos penosamente lo peor del siglo. Convictos y reos de lo que la Historia tira a la basura”, se dice en un momento dado.

– Bueno, eso tiene mucho que ver con la conciencia europea del siglo XX de la que hablamos, con esa conciencia que tanto se refleja en la literatura de entreguerras, en una serie de personajes que aparecen como tirados al desperdicio de la Historia y que nunca han estado en el relieve de la misma. Al respecto, hay unas figuras, muy propias del expresionismo, los sonámbulos. Esa idea del sonambulismo, de esos seres arrojados de la Historia, que no están ni en el sueño ni en el despertar, y que se han quedado en esa nebulosa de lo fantasmal, siempre me ha atraído mucho. Hay un pasaje en el que juego con eso, el baile de los sonámbulos. Ahí se hace referencia a que el salón de baile es el agujero de Europa y hay un momento en el que las voces de los sonámbulos, que se escuchan mientras bailan, son versos de poetas europeos, muchos de ellos grandes poetas del expresionismo.

– De una manera o de otra, no sé si consciente o inconscientemente, lo que hace Luis Mateo Díez en esta novela es enfrentarse a la realidad como mejor sabe hacerlo, a través de la narración, de una forma poética, simbólica.

– Así es. Lo que ha sucedido es que la actualidad me ha reconducido a un viaje lleno de simbolismos y de sensaciones que, inevitablemente, conectan con el ahora. Por eso La soledad de los perdidos tiene una lectura tan actual y perturbadora. Insisto en que para nada me interesaba hacer una novela testimonial, histórica, una revisión de nuestra posguerra que ofreciera datos e interpretaciones. Como decía antes, su punto de partida es la idea de que los seres humanos somos bichos de posguerra, portadores de tramas de inquietud que no se acaban de resolver y donde todo son reservas, hostilidades, miedos, secretos del sumario. Hoy casi todo está en el secreto del sumario.Todos andamos metidos en la culminación de nuestros pequeños secretos cotidianos y, al mismo tiempo, nos vemos afectados por unos grandes secretos, traumáticos, que están por ahí, judicializados.

– Incluso en la novela hay una proyección de futuro que tampoco es nada alentadora. “Se había olvidado el tiempo de las urbes pacíficas y complacientes”, leemos.

– Bueno, esa es tal vez la vertiente más pesimista de la novela. Me la podía haber ahorrado un poco, pero es que las pautas de la narración, las cosas que se cuentan, tienen mucho que ver con lo que yo pienso que es la condición humana. Si ésta se nutre de todas estas miserias que andan por ahí y que desordenan tanto el orden que necesitamos para vivir, la dirección no puede ser otra. Hay dos personajes, el gobernador y el obispo de Balma, dos hombres tan desasistidos y tan extraviados como cualquiera, porque son como un obispo sin fe y un gobernador sin conciencia del mando, que construyen una parábola sobre cómo los seres humanos estamos llenos de pasiones y necesitamos ciertas reglas para que éstas no se desborden. Las pasiones íntimas y amorosas son todas maravillosas, pero las pasiones del poder, del dinero, de la realización personal en las cosas materiales, eso ya es otra historia.

Luis Mateo Díez por Nacho Goberna © 2014

– Sin embargo, como contrapeso, para demostrar que no todo es pesimismo, también están los cofrades, seres que aún creen en el ejercicio de la bondad. “Los complacidos cofrades”, reproduzco textualmente “están convencidos de que la bondad es el bien que puede lograr que las cosas buenas resplandezcan en la noche oscura, cuando el corazón de los hombres destila lo peor que supura la especie”. Estos personajes nos remiten a una de tus primeras novelas, La fuente de la edad.

– Sí. Se trata de un sendero en esa dirección. Los cofrades representan la parte noble de lo que somos, porque no se trata sólo de la oscuridad, de la noche, de la niebla, de todo lo que refleja la gran desgracia del mundo donde estamos viviendo y en el que hemos vivido. El mundo está lleno también de gente bondadosa. Entre el bien y la bondad, la novela apuesta por la bondad, ya que la lucha por el bien muchas veces ha conducido a totalitarismos y grandes desgracias. Es una conclusión a la que han llegado muchos pensadores y que uno defiende sin duda alguna. Hay, como decíamos, personajes y caminos que se abren en esa noche oscura y que alientan un sentido más luminoso y más esperanzador del corazón humano. Y ahí encontramos, en efecto, cosas que estuvieron en mis orígenes: el mundo de La fuente de la edad, de El expediente del náufrago, esas viejas novelas que tenían también un eco legendario, donde había mucha vitalidad y donde la gente tenía sentido visionario de su destino y de la Historia y se lanzaba en busca de causas más nobles, más espirituales. Nada de horrendas cuestiones financieras.

– Los animales: los lobos que hablan y se suben a los taxis; los perros que dominan a sus amos; los gatos que mueren en la séptima vida; los zorros codiciosos que roban anillos con poderes casi mágicos… Todos introducen un tono de fábula, de cuento, que resulta muy atractivo y que le otorga a la obra un halo de irrealidad, de alucinación.

– Sí. Se trata de un material humorístico, grotesco. Hay muchas metáforas provenientes de la fábula; de hecho, uno de esos animales dice que viene del mundo de Esopo. Y también hay algunas otras cosas simbólicas que le dan a esa realidad degradada un aire más misterioso, como es la bajada de los bichos del monte a la ciudad. En esos animales  humanizados, que también son huidos, perdedores, ya que todos ellos tuvieron que marcharse del bosque porque allí ya no había medios de subsistencia, Ambrosio encuentra cierta comprensión, una especie de solidaridad, que no halló entre los seres humanos. En el fondo, todos son elementos de un mundo trastocado, reflejo de un orden natural que se ha pervertido.

– Incluso hay elementos de ciencia-ficción. A Balma han llegado los extraterrestres.

– Bueno, esa es una ocurrencia un tanto surrealista, que también tiene esa aureola simbólica, ya que en ese tiempo de contienda del que hablan todos, en el cual se produjo la gran debacle, esa Guerra Civil con tantos muertos, que son las voces de Balma, se cuenta una especie de leyenda, de esas leyendas urbanas que va relatando el personaje del gacetillero y que alude a cómo llegaron los extraterrestres y a cómo algunos fueron abducidos y se marcharon con ellos. Esos extraterrestres también eran unos señores que se extraviaron, unos navegadores siderales que cayeron en la ciudad desolada por la contienda y que venían de otro mundo donde tampoco había más esperanza que ese vuelo final. Pero se trata de una leyenda urbana, de otra extraña figuración, como la de los animales que deambulan por las calles y cogen taxis con absoluta normalidad, que nutre la parte legendaria de esa ciudad y de esa noche.

– Hay temas muy concretos y poderosos en la novela, por ejemplo el del miedo. ¿También hay aquí un reflejo del presente?

– Yo creo que sí. El miedo es una de las emociones que más conmocionan. Se trata de una experiencia íntima y personal, pero que está conectada con lo que viene de fuera, del exterior. Es difícil que tú te enredes a ti mismo en un miedo cerval, a no ser que sea un miedo metafísico que destruye todas tus capacidades intelectuales y demás. Somos seres temerosos y esa condición nos hace más manipulables y daña mucho la convivencia. Yo creo que para el poder establecido en los distintos ámbitos de la sociedad en que vivimos un elemento crucial es el miedo. Se trata, un poco, de un elemento secreto. Pero ahí está. Nos lo inoculan y, además, lo aceptamos porque forma parte de nuestra naturaleza.

Somos seres temerosos y esa condición nos hace más manipulables y daña mucho la convivencia. Yo creo que para el poder establecido en los distintos ámbitos de la sociedad en que vivimos un elemento crucial es el miedo. Se trata, un poco, de un elemento secreto. Pero ahí está. Nos lo inoculan y, además, lo aceptamos porque forma parte de nuestra naturaleza.

– El paso del tiempo y la vejez son otras de las constantes de toda tu trayectoria.

– Sí. La edad como mito está ya en los exaltados cofrades de La fuente de la edad, quienes buscaban la eternidad en la vida porque tenían una vitalidad un poco descontrolada, una energía que estaba por encima de las medidas restrictivas que imponía el mundo político de su época. Y hay otra mirada que tiene que ver con el carácter destructor del tiempo, que va poniendo las cosas en su sitio. Resumiendo: la edad es un camino de enaltecimiento, de vitalismo y de ilusión, pero también, irremediablemente, de decrepitud. Y eso se asume con más o menos resignación. El paso del tiempo es la parte más crucial de lo que somos en la aventura humana. Somos tiempo, es evidente. Y a mí me gusta abordar el tema también como un buen camino de descubrimiento. El tiempo pasa y no pasa en balde; es un destino destructivo, sin duda, pero también un destino de maduración que nos aporta transformación y conocimiento. Lo que nos va pasando a lo largo de la vida va modificando nuestra experiencia, para bien o para mal, y nos va otorgando un grado de conocimiento distinto. Todo es conocimiento, enriquecimiento humano: la tragedia que acaece a nuestro alrededor y los placeres infinitos; el ver crecer a alguien a nuestro lado y el observar cómo se va desarrollando el discurrir histórico, ese levantarnos cada mañana y comprobar que cada día nos depara sorpresas, muy desagradables últimamente. El tiempo es un camino de descubrimiento que nos conduce a un término que nunca sabemos cuándo ha de llegar. Mis personajes tienen una conciencia bastante melancólica de cómo pasa el tiempo. A muchos los dibujo cuando ya son mayores y miran hacia atrás, pero también hay adolescentes, como ese chaval de La cabeza en llamas, que no pueden aguantar la vida, que se sienten desbordados por ella y cometen todo tipo de disparates por una sobrecarga de vitalidad. Son seres que intentan quemar la vida quemando el tiempo, personajes que intentan vivir mil vidas en la conciencia del poco margen temporal que tienen.

Luis Mateo Díez y Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2014

– Hay un símbolo que resulta clave, el saco que lleva a la espalda Ambrosio en todo momento. Como se dice, la vida es como un río difícil de navegar y el saco ayuda al protagonista a soportarla.

– Esa sería la metáfora, sí. El saco, obviamente, es un elemento tan crucial y tan simbólico que casi apesta de tanto como se ha usado. El saco al hombro ayuda a cruzar ese río duro de la vida. Teóricamente, en su interior se guardan las cosas buenas que se pueden recoger para la supervivencia: un mendrugo de pan, un reloj regalado por alguien, una arena que parece oro, un cacho de piedra… Todas las cosas que acaban teniendo un sentido un poco peculiar y que además pesan. Para Ambrosio la experiencia más desoladora es cuando pierde el saco. Es en ese momento cuando se siente más huérfano que nunca. En la novela se habla una y otra vez del destino urbano, que es como si el destino estuviera marcado y la ciudad tuviera unas andaduras a las que sus habitantes se han de someterse. Pero, de repente, el protagonista pierde ese destino urbano, que es casi como el sentido de la vida, y no encuentra a qué agarrarse hasta que recupera el saco.

– Antes hablabas de la influencia del expresionismo en la novela, pero también está el absurdo y el surrealismo…

– Aquí volvemos al tema de la herencia. Me repito al decir que me siento totalmente identificado con la tradición literaria española y que siempre he lamentado ciertas connotaciones o menosprecios que se han dado porque la tradición del realismo español ha estado cerca del costumbrismo y eso se ha considerado una cosa provinciana, complaciente, una literatura menor, al lado de la gran literatura cosmopolita europea. Esa lectura de las cosas ha sido injusta. Galdós, al que repetidamente se ha llamado “Benito el garbancero” era realista, pero es uno de los escritores más grandes de la Europa del siglo XIX. Podemos defender que es tan genial como Tolstoi, porque es de una grandeza inaudita, pero, como en sus usos lingüísticos está la lengua de su tiempo y esa lengua ha quedado aquí matizada por unos ciertos gustos costumbristas, ha dado lugar a unas visiones ciertamente penosas de nuestra cultura literaria, por fin ya superadas. Yo nunca me he sentido menospreciado, para nada, pero lamento esas argumentaciones y reivindico, siempre que viene al caso, nuestra tradición. En mi literatura está la herencia del esperpento, del sainete negro, de todo lo que queramos, pero luego hay unas conexiones europeas que me interesan mucho, sobre todo el expresionismo y el absurdo, efectivamente, todo el teatro del absurdo: Beckett, Ionesco… En mis novelas está el intento de tocar teclas de ese tipo, no tanto del surrealismo, del que nunca he sido un ardoroso enamorado, aunque reconozco que sí me ha interesado mucho la corriente buñuelesca, eso que alguien denomina el surrealismo de la realidad. En La soledad de los perdidos todo esto aparece metido en un mejunje: la noche, la niebla, el expresionismo, el absurdo, cierta mirada surrealista… Y el resultado es una mezcla muy peculiar que lleva, como resultado, al onirismo. La novela propone un mundo muy onírico y en muchas ocasiones muy delirante. Y aquí volvemos a lo quimérico y volvemos a Cervantes, claro, porque uno siempre está ahí, en la locura, en el disparate cervantino, en la lucidez y la inocencia que se encuentra sólo en la muerte.

Siempre he lamentado ciertas connotaciones o menosprecios que se han dado porque la tradición del realismo español ha estado cerca del costumbrismo y eso se ha considerado una cosa provinciana, complaciente, una literatura menor, al lado de la gran literatura cosmopolita europea. Esa lectura de las cosas ha sido injusta. Galdós, al que repetidamente se ha llamado “Benito el garbancero” era realista, pero es uno de los escritores más grandes de la Europa del siglo XIX.

– En tus libros siempre hay mapas. Se parte de un mapa, de una geografía. “Lo urbano no es otra cosa que el mapa de nuestras emociones y necesidades”, se dice. Y todo esto me lleva a pensar que al entrar en esta novela, en esta geografía literaria tan distinta y compleja, uno tiene que llevar un mapa que le ayude a moverse, a conducirse.

– Estoy de acuerdo. Se puede decir que se trata de una novela de extraviados donde el lector también debe extraviarse si quiere llegar al fondo de las cosas. Es evidente que para los tiempos que corren esta novela entraña dificultades. Tal vez hace unos años no resultaba tan rara, pero ahora a todo el mundo le resulta peculiar. “Esto es un novelón extraño”, me ha dicho ya más de uno (risas). La verdad es que muchos de los que la han leído coinciden en que el arranque es difícil, pero que una vez dentro, superada la primera dificultad, se han sentido fascinados con sus hallazgos.

– ¿Cómo se siente Luis Mateo Díez en el panorama editorial y literario actual? ¿Es fácil mantenerse al margen de las modas, de un mercado editorial que valora la comercialidad ante todo?

– Pues la verdad es que me siento completamente cómodo. No me veo como un bicho raro metido en casa que mira aviesamente lo que escriben los otros ni como un letraherido. Yo convivo con todo lo demás con una naturalidad absoluta, porque mi manera de escribir es mi manera de ser y mi manera de ser está en este mundo un poco estrambótico y visionario que es el que ha dominado siempre mi vida y mi imaginación. Me doy cuenta de que el mundo editorial, como la sociedad, también se ha degradado mucho, pero sigue habiendo buenas novelas. Los escritores más interesantes siguen siendo fieles a sí mismos, no están vendidos al oro de Moscú. Tenemos que asumir que los lectores van en descenso, que la gente lee menos que antes. Pero puedo decirte que la mayor tranquilidad que yo encuentro consiste en seguir con mi reto personal, que se resume en hacer lo que hago porque eso es lo que quiero y lo que me interesa hacer, aunque también me atraigan muchas de las cosas en las que trabajan otros autores. Y, además de todo esto, no miento si te digo que me considero un autor con suerte. Y no porque me acompañen grandes cifras, que no estaría mal, sino porque siempre he tenido lectores cómplices, lectores que aguardan mis obras y que me dan la cara continuamente. Esos lectores me estimulan a seguir con los retos a los que estoy comprometido.

Mi manera de escribir es mi manera de ser y mi manera de ser está en este mundo un poco estrambótico y visionario que es el que ha dominado siempre mi vida y mi imaginación. Me doy cuenta de que el mundo editorial, como la sociedad, también se ha degradado mucho, pero sigue habiendo buenas novelas. Los escritores más interesantes siguen siendo fieles a sí mismos, no están vendidos al oro de Moscú.

– ¿Han ido tus libros siempre a la par de tu vida?

– Sí. No soy un escritor nada autobiográfico, aunque en algún momento he sentido la necesidad de hacer alguna cosa en esa línea y la he hecho, pero el subsuelo que tiene mi literatura también se nutre de la experiencia de lo que ha sido mi vida en todos los sentidos, tanto en la vertiente de la felicidad que ha podido corresponderme como en la de la desgracia, la que marcan esos acontecimientos no queridos. Todo eso, claro, sin duda alguna, ha ido nutriendo mi personalidad, mi manera de ver el mundo, y se ha ido reflejando en la literatura de manera casi siempre muy discreta y alguna vez de forma un poco más explícita. Todo está ahí, en lo escrito. En lo que es Ambrosio Leda, por ejemplo, también hay una parte de lo que a mí me pudiera tocar.

[Si está claro que todo escritor, en mayor o menor medida, va por la vida ideando ficciones, cuando se habla con Luis Mateo Díez, cuando se le conoce, cuando se superponen sus palabras y opiniones, su manera de ser y de estar en el mundo, a los devenires de sus personajes, se tiene la impresión de que su caso va más allá, de que él es parte de su universo literario o, en cierto modo, ha acabado construyendo un camino paralelo muy cercano y consistente, un camino por el que transita sintiendo que la realidad puede escapársele de las manos, pero que ahí, en la ficción, es donde está su saco, ese saco a la espalda tan necesario para meter lo que de verdad importa.]

Luis Mateo Díez por Nacho Goberna © 2014


“La soledad de los perdidos”  ha sido publicada por la editorial Alfaguara.

Todas las fotografías de Luis Mateo Díez que aparecen en este artículo fueron tomadas, mientras se desarrollaba la entrevista de Emma Rodríguez para Lecturas Sumergidas,  por © Nacho Goberna en la casa del escritor en Madrid.

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