Vuelta al otoño, libros transformadores

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Por Emma Rodríguez © 2014 /

Me gustan los primeros días del otoño, ese momento en el que se percibe el cambio de la luz, de la temperatura, de las sensaciones. Me gustan esas jornadas que ya se acortan, en las que dejamos atrás la languidez del verano y percibimos que nos llenamos de una nueva energía mientras el aire que entra fresco por la ventana abierta nos invita a renovarnos, a volver a empezar. Igual que los niños que regresan al cole excitados y nerviosos ante los reencuentros y los aprendizajes que les esperan, en esta época del año siempre estrenamos ilusiones, expectativas, deseos. A quienes nos gusta visitar con frecuencia las librerías, el otoño nos trae el regalo de nuevos títulos, de libros que desde sus tentadoras portadas reclaman nuestra atención y nos invitan a entrar en sus páginas para ir a cualquier otra parte.

Me gustan los primeros días del otoño porque todo queda por delante, todo está por hacer, y, sin embargo, aún no nos hemos olvidado completamente del paréntesis del estío, aún no hemos tenido tiempo de aborrecer el ajetreo cotidiano de la ciudad. Por eso, aunque ya he dedicado mi tiempo a pensar en los viajes literarios que me apetece emprender en estos próximos meses, sigo sintiendo muy cercanas experiencias de lectura recientes de las que aún no he dado cuenta en este Diario y que han tenido en común el descubrimiento de un autor, de una obra, a partir del estímulo de actividades paralelas: la visión de una película, el recorrido por una exposición.

Normalmente me gusta ir al cine siempre que se estrena una versión de una novela que me ha conmovido, aún sabiendo que pocas veces el resultado suele igualar las emociones que me despertó la lectura. Lo contrario: acudir al libro después de haber asistido a la escenificación de una historia ha sido menos frecuente, pero es lo que me ha sucedido con “Tren nocturno a Lisboa”, de Pascal Mercier, seudónimo del escritor, filósofo y filólogo Peter Bieri (Berna, 1944), llevada a la pantalla grande por Bille August, con Jeremy Irons, uno de mis actores favoritos, en el papel protagonista.

Lejos de ser una gran película, con imperfecciones en mi opinión exageradas por la crítica, la versión de August me resultó extraordinariamente sugerente y estimuló en mí las ganas de saber más cosas de la historia del Portugal del dictador Salazar y, sobre todo, de la figura del protagonista, Amadeu de Prado, un misterioso personaje de ficción, médico y escritor secreto, que murió antes de poder celebrar la Revolución de los Claveles, y del que el serio profesor Raimund Gregorius encuentra, en extrañas circunstancias, su único libro publicado, un libro tan increíblemente transformador para él que su lectura le impulsa a dejarlo todo y a ir en busca de las huellas de su autor.

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Esa capacidad de los libros para modificar la mirada y la vida, que tan bien se refleja en la película, impregna toda la novela, una novela que se bifurca en dos partes, en dos planos literarios: la historia del profesor que abandona su trabajo y su ciudad, Berna, para encontrarse a sí mismo a través de las vivencias de alguien que, sin saberlo, había escrito sobre sus propias búsquedas e inquietudes más ocultas, y la del propio Amadeu, un soñador al que las circunstancias obligaron a pasar a la acción, a comprometerse con la resistencia, y que, al tiempo que vivía circunstancias excepcionales, fue anotando en su cuaderno las complejidades de su alma, la riqueza de esa existencia íntima, que ocurre de puertas adentro, lejos de la mirada de los otros.

“Es un error creer que los momentos decisivos de una vida, en los que un rumbo acostumbrado cambia para siempre, tendrían que ser de un dramatismo escandaloso y estridente, socavados por violentos arrebatos interiores. Eso es un cuento de mal gusto que algunos periodistas ebrios, algunos cineastas y escritores adictos a los flashes, en cuyas mentes todo aparece como en un periódico sensacionalista, han puesto en el mundo. En verdad, el dramatismo de una experiencia determinante para la vida es a menudo de una levedad increíble. Está tan poco relacionado con el estruendo, con las llamas o las erupciones volcánicas, que la experiencia, en el instante en que la tenemos, es a menudo pasada por alto. Cuando ésta despliega su efecto revolucionario y se ocupa de que una vida sea vista bajo una luz nueva y reciba una melodía absolutamente distinta, lo hace de un modo silencioso, y en ese maravilloso silencio radica su nobleza particular”, va pasando el profesor las páginas de “El orfebre de las palabras”, ese libro tan decisivo para él, ya en el tren que ha de llevarle a Lisboa, sintiendo que estaba experimentando “una manera distinta de estar despierto, una nueva manera de estar en el mundo, una manera de la que hasta ahora no había sabido nada”.

Son muchísimos los atractivos de esta novela en la que los lectores sentimos que también estamos tomando el tren e iniciando un viaje hacia algún lugar nuevo. Cargada de filosofía y de análisis sobre el sentido profundo del lenguaje -las dos especialidades del autor- nos atrapa con sus paralelismos, con su juego de casualidades, con ese empeño detectivesco en el que el profesor de Lenguas Clásicas pone todas sus energías, extrañado ante lo que ha sido capaz de hacer, porque “nunca había seguido a nadie de ese modo, con la idea de vivir una vida extraña en lugar de la propia”.

Y después está el recorrido histórico, el repaso a la memoria reciente de Portugal, a través de distintas voces, las voces de quienes conocieron a Amadeu y van reconstruyendo su trayecto, aportando cada uno sus propias vivencias y destapando el frasco de los recuerdos dolorosos, de los miedos guardados en el cajón del olvido. El amor, el compromiso, el valor, la cobardía, la culpa, la apertura a los otros en la que el Gregorius viajero empieza a descubrir un nuevo sentido a su existencia. De todo esto trata este “Tren de noche a Lisboa” que no está en las mesas de novedades y que tanto merece la pena rescatar.

Con “Tren nocturno a Lisboa” repasamos la memoria reciente de Portugal, a través de distintas voces, las voces de quienes conocieron a Amadeu y van reconstruyendo su trayecto, aportando cada uno sus propias vivencias y destapando el frasco de los recuerdos dolorosos, de los miedos guardados en el cajón del olvido. La novela habla del amor, el compromiso, el valor, la cobardía, la culpa, la apertura a los otros en la que el Gregorius viajero empieza a descubrir un nuevo sentido a su existencia.

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Puede que os haya convencido de hacerlo, pero si no, elijo otro de los muchos fragmentos enriquecedores que encierran sus páginas, por ejemplo uno que habla del bálsamo de la desilusión. “A la desilusión se la considera un mal. Es un prejuicio irreflexivo, ¿A través de qué, sino por medio de la desilusión, podríamos descubrir nuestras expectativas y esperanzas? ¿Y en qué debe consistir el conocimiento de uno mismo sino en ese descubrimiento? ¿Cómo puede alguien obtener cierta claridad sobre sí mismo sino es a través de la desilusión?, va leyendo Gregorius “El orfebre de las palabras”, que prosigue: “No deberíamos padecer las desilusiones suspirando, como algo sin lo cual nuestra vida sería mejor. En realidad, deberíamos frecuentarlas, seguirles el rastro, coleccionarlas (…) Si una persona quisiera saber realmente quién es, tendría que ser un infatigable y fanático coleccionista de desilusiones, y el trato frecuente con experiencias decepcionantes tendría que ser para ella como una adicción, la adicción determinante en su vida, pues entonces podría ver con claridad que la desilusión no es un veneno caliente y destructor, sino un bálsamo fresco y tranquilizador que nos abre los ojos sobre los verdaderos contrastes de nosotros mismos”.

Siguiendo con la idea de la capacidad transformadora de ciertos libros que llegan a nosotros en el momento adecuado, en mi reciente visita a la maravillosa exposición de Henri Cartier-Bresson en la Fundación Mapfre me encontré nuevamente con un título que, en más de una ocasión, me habían recomendado o me había llamado la atención a través de citas y referencias: “Zen en el arte del tiro con arco”, de Eugen Herrigel. En una de las notas explicativas del recorrido Bresson, ya al final, cuando se da cuenta de la etapa en la que se fue a vivir a Japón y optó por una obra de carácter más íntimo y esencial, ya lejos de los grandes viajes, del trabajo de fotorreportero, del compromiso político, se indicaba que esa obra tuvo un efecto transformador para él.

Por segunda vez, una circunstancia concreta me conducía a un libro, en este caso de cariz totalmente distinto, que he recorrido con sumo interés, como quien espera encontrar en sus páginas señales secretas. Y, en efecto, hay señales y enseñanzas en esta obra que es un clásico, pero hay que saber buscarlas y acercarlas a la cotidianidad, hacia las propias experiencias vitales. Herrigel, un filósofo alemán muy atraído por el misticismo, obtuvo en 1924 una cátedra en una universidad japonesa para enseñar historia de la filosofía occidental y aprovechó su estancia allí para profundizar en el budismo zen, alentado por la imagen de otro profesor que ante un terremoto, lejos del pánico general, respondió con una serenidad y una impasibilidad que despertaron su admiración.

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Fue un colega el que le animó, como medio para alcanzar los conocimientos que buscaba, a realizar un curso de tiro al arco con el maestro Kenzo Awa, de quien se decía, como leo en la nota sobre el autor que acompaña la bella edición de Gaia, que si realizaba cien disparos era capaz de clavar cien flechas en el blanco. Durante ese curso el profesor tarda en comprender que lo importante no era hacer diana sino alcanzar una actitud espiritual de desprendimiento, ese necesario olvido de sí mismo que requiere abandonar el ejercicio continuo de pensar.

“El tiro en el momento justo no acaece porque usted no sabe desprenderse de sí mismo. Usted no se pone en tensión esperando la consumación, sino que está a la expectativa de su fracaso”, le dice el maestro, quien, poco a poco, le va mostrando el camino de la espera, de la perseverancia, de no anticipar con el pensamiento lo que sólo la experiencia puede enseñar. “¡Espere pacientemente lo que vendrá y cómo vendrá!”, le indica. Es imposible apresar lo que este libro contiene, cada cual ha de abrir el cofre y encontrar sus riquezas dependiendo de sus búsquedas particulares. A mí me ha resultado especialmente atractivo el modo en que se cuenta la relación entre el maestro y sus discípulos en la cultura japonesa, como éstos deben recordar siempre, como constata Herrigel, “que más importantes que todas las obras exteriores -por cautivantes que sean- es la obra interior que deben realizar”.

“El hombre, el artista, la obra, todo es uno. El arte de la obra interior, que no se desprende del artista como la exterior, que él no puede hacer, sino únicamente ser, surge de profundidades que la luz del día no conoce”, voy leyendo esta obra llena de metáforas y de verdades que nos hace darnos cuenta de lo terribles que resultan los grilletes mentales, los límites impuestos por sociedades absolutamente centradas en los resultados, en el éxito entendido como logro y posesión. “Como el principiante, el poeta de la espada no conoce el miedo, pero a diferencia de aquel se torna cada vez más insensible a lo que pueda causar miedo”, nos dice Herrigel, quien nos introduce en los principios de la meditación, en la frágil distancia que hay entre la vida y la muerte.

Cada cual ha de abrir el cofre de un libro como “Zen en el arte del tiro con arco”, de Eugen Herrigel, y encontrar sus riquezas dependiendo de sus búsquedas particulares. A mí me ha resultado especialmente atractivo el modo en que se cuenta la relación entre el maestro y sus discípulos en la cultura japonesa, como éstos deben recordar siempre “que más importantes que todas las obras exteriores -por cautivantes que sean- es la obra interior que deben realizar”.

Seguir adelante, pero sin intención, sin estar pendientes de los resultados. Seguir adelante por el mero placer de hacerlo, es uno de los aprendizajes de esta luminosa entrega que tanto cambió en Cartier-Bresson su percepción de las cosas. “En esas semanas y meses, cursé la escuela más dura de toda mi vida, y aunque no siempre me era fácil adaptarme, llegué a comprender con el tiempo cuánto le debía. Aniquiló en mí los últimos vestigios de la necesidad de ocuparme conmigo mismo y con las fluctuaciones de mis estados de ánimo”, nos confiesa su autor.

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Es la casualidad la que nos lleva a determinados libros. Pero la casualidad pasa completamente de largo si no estamos atentos. Cada lectura, cada encuentro, cada viaje, depende de muchos factores, pero, sobre todo, de la atención, ese tranquilo estar dispuestos a encontrar en cada momento lo que buscamos, lo que necesitamos, confiando en que ha de aparecer. En este número de “Lecturas Sumergidas” se abre la puerta a un poeta palestino maravilloso, excepcional, Mahmud Darwix, que acabo de descubrir y que llegó a mi manos cuando estaba muy interesada en la reciente barbarie de Gaza. Agradezco aquí a Karina Beltrán, que tomó un libro suyo, “En presencia de la ausencia” de la biblioteca del poeta canario Melchor López, y lo puso en mis manos.

La casualidad tuvo también que ver en la elección de otro volumen que leí este verano del que aún conservo la estela. Se trata de “Noticias del frente”, de Guillermo Busutil, y reúne un amplio ramillete de artículos que el autor granadino ha ido publicando en la edición dominical de “La Opinión de Málaga” y que juntos ofrecen una visión coherente, crítica, combativa de España, de la Europa de los mercados, del modo de vida capitalista. Busutil me ha reconciliado con el periodismo, con el periodismo que me gusta, en un momento en el que siento que el periodismo está perdiendo su esencia, sumiso y sometido a poderes e intereses, sin la capacidad de renovarse, de ver más allá de los planos muros de una realidad impuesta.

Hay interesantes proyectos en Internet, sin duda, pero los grandes medios siguen influyendo aún demasiado, siguen tirando del rédito de un prestigio cada vez menos creíble. Por eso adquieren más valor estas columnas, columnas que desde el papel, desde un diario de provincias, dicen no: no a los discursos impuestos, no a las verdades absolutas, y se colocan al lado de los ciudadanos, denunciando los problemas de los más débiles, de quienes no tienen voz. “Puede que tengamos miedo a discrepar. Quizá nos hayamos olvidado de cómo se hace”, señala el autor en una pieza titulada “Día del gobierno de la mujer”, donde reflexiona sobre lo ofensivo de reducir a una celebración el derecho de las mujeres al trabajo.

Con “Noticias del frente”, Guillermo Busutil me ha reconciliado con el periodismo, con el periodismo que me gusta, en un momento en el que siento que el periodismo está perdiendo su esencia, sumiso y sometido a poderes e intereses, sin la capacidad de renovarse, de ver más allá de los planos muros de una realidad impuesta.

Vivimos una época de deconstrucción. Nada es lo que era. Nada es lo que significaba. Tal vez sea una buena ocasión para reflexionar a fondo y comenzar una regeneración de nuestros actos, de nuestros conceptos, de la inercia a dejarnos llevar, de que nos digan cuándo tenemos que reír, llorar, protestar o festejar. Pero pensar introspectivamente es hoy un concepto proscrito”, nos dice Busutil. Son muchas las realidades, las cuestiones, que plantea esta recopilación a la que tan afín me siento, pero este extracto que he señalado refleja muy bien el espíritu de un conjunto donde se interpretan las informaciones de cada día desde la calma, frente a la “sobrecarga de realidad” a la que estamos sometidos.

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El criterio propio, el análisis sociológico, el sentido común aplicado a las sinrazones de esta época en la que vivimos, son las herramientas de las que se vale el escritor para trazar la crónica cotidiana de la crisis, de la deriva en la que estamos sumidos, de la resistencia a todo eso desde la dignidad. Unas veces es un acontecimiento, un dato, una tendencia social o un personaje para nada célebre, lo que le da pie para armar sus reflexiones. Así, en “Crónicas de la mirada” dibuja el retrato de Juan Ferreras, un hombre que cada mañana sale de su casa, con una vieja “leica” sentimental y una cámara digital contra las trampas de la luz, y recorre los campos de combate creados por esta larga crisis en cada ciudad”. Y en “La vida después de los 50” habla de quienes, cada vez más, con toda su magnífica experiencia y capacidad a cuestas, son desplazados del mundo del trabajo porque los jóvenes resultan más cómodos, más baratos, más dóciles y fáciles de explotar. “Feo mundo inmundo”, que dice Luis Eduardo Aute en una canción y que Guillermo Busutil refleja en textos magníficamente, literariamente, escritos, en los que asoma la mirada feroz frente a las mentiras del poder y también el compromiso con los desprotegidos.

Cierro esta Ventana con el escenario del otoño en la retina. Esta Ventana por la que han revoloteado los pájaros de la casualidad de los que habla en su novela “La insoportable levedad del ser” Milan Kundera, quien tras catorce años de silencio reaparece con “La fiesta de la insignificancia”, una de las tentaciones de las mesas de novedades de las que hablaba al principio. Las fotos que aparecen en esta entrada, realizadas por Nacho Goberna en la librería Tipos Infames de Madrid, dan cuenta del momento justo en que no pude resistirme a abrir sus páginas. Allí empecé a leerla y allí recordé que Teresa, la inolvidable Teresa de “La insoportable levedad…”, acude a los libros para diferenciarse de los demás y encontrar su individualidad. Los libros para Teresa eran la contraseña de una hermandad secreta. Pues eso. Por los libros, por las contraseñas y por una renovadora, transformadora, vuelta al otoño.

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En esta “Ventana” se recomiendan, los siguientes libros: “Tren nocturno a Lisboa”, de Pascal Mercier, publicado por Austral y traducido por José Aníbal Campos; “Zen en el arte del tiro con arco”, de Eugen Herrigel (Kier/Gaia), traducido del alemán por Juan Jorge Thomas y con prólogo de Daisetz T. Suzuki. Y “Noticias del frente”, de Guillermo Busutil (Tropo Editores). 

Todas las fotografías de Emma Rodríguez fueron tomadas por Nacho Goberna © 2014 en la librería “Tipos infames” de Madrid.