Auster y Coetzee, dos amigos cambiando el mundo

J.M. Coetzee (2012) - Fotografía suministrada por editorial

Por Emma Rodríguez © 2013 / 

Imaginemos que tenemos la posibilidad de escuchar, sin ser vistos, una conversación que nos resulta sumamente interesante o que, por azar, tenemos acceso a una correspondencia ajena o a un cruce de mensajes vía Internet que no podemos dejar de seguir porque desde un primer momento ha captado nuestra atención. Algo así, la sensación de estar entrando en un ámbito íntimo, en ese espacio en el que dos personas muy cercanas se sinceran, es la que me acompañó durante todo el tiempo que duró la lectura de “Aquí y ahora”, las cartas que se enviaron los escritores Paul Auster y J. M. Coetzee desde el barrio de Brooklyn, en Nueva York, a la ciudad australiana de Adelaida, donde vive actualmente el Premio Nobel sudafricano, durante un periodo de tres años, de 2008 a 2011. 

Percibirme como una intrusa, como una testigo indiscreta, añadió, si cabe, mayor atractivo a una aventura ya de de por sí tentadora que acabó ofreciéndome mucho más de lo que esperaba, porque si bien partía del hecho de que iba a asistir a un intercambio de impresiones sobre la novela, sobre la literatura, sobre los intereses compartidos por dos hombres de letras; aspecto éste en el que no me he sentido para nada decepcionada, no podía imaginar que estos dos autores a los que admiro me iban a proporcionar una valiosísima lección sobre la amistad y sobre la manera -sincera, expectante, curiosa- de abordar los asuntos de la vida, los vaivenes del presente. 

Son muchas las enseñanzas que se encierran en este libro cargado de revelaciones y uno de cuyos principales alicientes es su capacidad para abrirnos los ojos, contrastar diferentes realidades y hacernos reflexionar sobre hechos que nunca nos habíamos planteado, a veces tan anecdóticos como el porqué de la inclinación a optar por un determinado menú en un restaurante, acto que puede remitir a recuerdos ocultos de la infancia. Estamos ante dos hombres, no sólo bendecidos por los dioses con el don de la palabra, sino reconocidos en vida por su talento, por su capacidad para reinventar el lenguaje y para ahondar en las profundidades del alma. Y, por supuesto, se establece entre ellos un juego intelectual de indudable brillantez, pero no es eso lo que más llama mi atención. Lo que me atrae, sobre todo, es la comprobación de que las preocupaciones, las dudas, los temores de Auster  y Coetzee les igualan al resto de los mortales, al resto de los ciudadanos de a pie . 

Ni uno ni otro tienen respuestas certeras sobre la actual crisis económica; ni acaban de entender el comportamiento de los poderes financieros; ni tienen grandes ideas sobre cómo actuar en el conflicto entre Palestina e Israel, que afecta especialmente a Auster por sus orígenes judíos. Las conversaciones que escuchamos detrás de la puerta, los temas que se plantean, son similares a los que hoy están a la orden del día en cualquier casa, y eso engrandece, hace más cercana esta comunicación -vía carta, vía fax, vía correo electrónico- que lejos de encerrar a los dos interlocutores en una torre de marfil se abre al nosotros, convirtiéndose de este modo en algo compartido por muchos más cómplices. 

Entre estos dos hombres se establece un juego intelectual de indudable brillantez, pero no es eso lo que más llama mi atención. Lo que más me atrae es la comprobación de que las preocupaciones, las dudas, los temores de Auster  y Coetzee les igualan al resto de los mortales, al resto de los ciudadanos de a pie.

He ahí la palabra: complicidad. Como lectora me siento cómplice de esta conversación a la que asisto como mera observadora, pero que se convierte en una experiencia muy enriquecedora. Empiezo a escuchar y les oigo hablar del sentido de la amistad, particularmente de la amistad entre hombres. “Parece que la amistad sigue siendo en cierto modo un enigma: sabemos que es importante, pero no tenemos nada claro por qué la gente traba amistad y la conserva”, dice Coetzee, a quien Auster responde con la que considera una súbita y luminosa idea: “las mejores amistades, las más duraderas, se basan en la admiración”.

Paul Auster 2012  Maria Teresa Slanzi

“Se admira a alguien por lo que hace, por lo que es, por cómo se las arregla para andar por el mundo”, señala el autor de “La música del azar”, quien recurre a los “Cuadernos” del ensayista francés Joseph Joubert, quien sentenciaba: “siempre perdemos la amistad de aquellos que pierden nuestra estima”; quien aconsejaba: “Sólo debes elegir por esposa a la mujer que escogerías como amigo, si fuera hombre”, algo con lo que no está del todo de acuerdo Auster, quien habla del matrimonio como “una discusión que no deja de evolucionar, una eterna obra inacabada, una continua exigencia de llegar al fondo de sí mismo y reinventarse en relación con el otro…”.

Imposible mejor punto de partida para seguir adelante. Ya ganado el interés avanzamos por esta entrega con las mismas ansias que recorremos una obra de ficción en la que todo es una incógnita. ¿Qué cuestiones les interesarán? ¿De qué seguirán hablando? En “Aquí y ahora” se contrastan puntos de vista, se pide al otro que indague, que busque respuestas, que bucee en sus experiencias y en su bagaje de conocimientos para entender la actualidad . “¿Qué pasó que nos hizo más pobres? (…)  “El mundo está igual que antes, sólo han cambiado los números (…) ¿por qué, me pregunto, tenemos que aceptar el veredicto de que ahora somos más pobres y tenemos que empezar a comportarnos como si fuéramos más pobres?, se plantea Coetzee, negándose a aceptar la respuesta que le dan los expertos: “Lo que a ti te pasa es que no entiendes cómo funciona el sistema” y jugando a inventar una fórmula para “tirar a la basura el sistema económico viejo y malo y reemplazarlo por uno nuevo y bueno”.

“De lo que estamos hablando”, llega la respuesta de Auster, “es de la capacidad de la ficción para influir en la realidad, y la suprema ficción de nuestro tiempo es el dinero”. ¿Qué es el dinero sino unos despreciables trozos de papel? Si ese papel ha adquirido algún valor, es únicamente porque grandes cantidades de gente han decidido dárselo. El sistema funciona a base de fe. No de verdad ni realidad, sino de creencia colectiva” (…) “Acabamos de entrar en una época en la que los números han empezado a asustarnos”.

La política, la economía, la cultura, el deporte, la comida…  Todo entra en este libro impregnado de sentimiento y de vida, porque Coetzee y Auster abren las puertas de sus casas y dejan que nos colemos en ellas para saber un poco más de sus pasos sobre el presente, de sus aficiones, de esas ráfagas de felicidad que en ocasiones les embargan; de esas escenas ante el aparato de televisión para seguir partidos de fútbol o de béisbol. Las emociones, los sentimientos, la preocupación por el paso del tiempo, las observaciones sobre los pequeños detalles que van desgranando hacen que sigamos adelante, queriendo conocer más del desarrollo de esa amistad.

J.M. Coetzee (2012) - Fotografía suministrada por editorial

Los secretos del oficio de escritor, la manera en la que ambos se enfrentan a la ficción, ocupan un lugar esencial en la entrega. ¿A qué admirador del autor de “La trilogía de Nueva York” no le interesa saber más sobre sus manías,  sobre su aversión a las nuevas tecnologías y su dependencia de las máquinas de escribir Remington? ¿Qué admirador del Premio Nobel sudafricano no quiere saber lo que opina, por ejemplo, de las críticas que recibe o de la posible perdurabilidad-eternidad de la obra, de su obra literaria? 

“Sé que dicen muchas chorradas románticas sobre la vida del escritor, sobre la desesperación de enfrentarse a la página en blanco, sobre la angustia de la inspiración que no llega, sobre las rachas impredecibles -y no fiables- de creación febril e insomne, sobre la inseguridad agobiante e inquebrantable, etcétera. Pero no son del todo chorradas, ¿verdad? Escribir es una cuestión de dar y dar sin parar, sin respiro. Pienso en el pelícano que tanto le gusta a Shakespeare, que se abre el pecho para alimentar a sus vástagos con su sangre (¡qué grotesca leyenda popular!. Y luego pienso en ti en ese sitio solitario, ofreciéndote a la boca abierta de la Remington”, le hace saber Coetzee a Auster. 

¿A qué admirador del autor de “La trilogía de Nueva York” no le interesa saber más sobre sus manías,  sobre su aversión a las nuevas tecnologías y su dependencia de las máquinas de escribir Remington? ¿Qué admirador del Premio Nobel sudafricano no quiere saber lo que opina, por ejemplo, de las críticas que recibe o de la posible perdurabilidad-eternidad de la obra, de su obra literaria?

Ambos aluden a la relación con determinados personajes de la vida pública, con críticos malintencionados a los que de buena gana darían un puñetazo, como reconoce Auster, pero ante los que acaban demostrando una civilizada indiferencia. Ambos se refieren al aislamiento del proceso creativo, pero también a los continuos viajes a congresos, festivales y citas literarias, ocasiones que aprovechan los dos protagonistas para encontrarse en distintas ciudades del mundo, casi siempre en compañía de sus parejas. Asistir a los comentarios posteriores, a la recreación de los momentos vividos, es otro de los placeres de este recorrido cargado de anécdotas, de pequeños retazos de cotidianeidad, que ellos dotan de un cierto tono de ficción, por ejemplo, el encuentro repetido, casual, en escenarios diferentes, de Auster con el veterano actor Charlton Heston, que más que una realidad parece un cuento. 

Un recorrido en el que cada cual encontrará motivos de interés. A mí me llama la atención, además de las muchas cosas citadas, lo que  estos dos ases de la literatura piensan de la entrevista. Auster reconoce sufrir una especie de amnesia y confiesa que no logra recordar ninguna de las respuestas que ha dado a sus entrevistadores; Coetzee asegura sentir a menudo “un aburrimiento opresivo” al escucharse a sí mismo “fanfarronear”. “En mi opinión”, dice, “una verdadera conversación solo tiene lugar cuando discurre alguna clase de corriente entre los interlocutores. Y esa corriente casi nunca discurre en una entrevista”.

Paul Auster 2008 © Maria Teresa Slanzi

Al escuchar a uno y a otro, no podemos evitar como lectores ponernos a imaginar cuánto de ellos hay en sus relatos. Cuando se refieren a sus ciudades, ya sean los ambientes de Nueva York, en el caso de Auster ; ya sean los paisajes de Ciudad del Cabo, tierra natal de Coetzee, con toda esa conflictividad interracial que tanto protagonismo tiene en su obra, no podemos dejar de volver a sus ficciones para reconocer allí esas huellas. Reconozco el deseo de volver a algunos títulos de Auster a raíz de sus observaciones. Reconozco haber corrido al videoclub de mi barrio a buscar “Desgracia”, la versión cinematográfica de la novela de Coetzee del mismo título, que éste rehúye y que Auster ha ido a ver acompañado de su mujer, la también escritora Siri Hustvedt. Reconozco haberme puesto a leer compulsivamente “Verano”, que ahora mismo sigo disfrutando. 

“Aquí y ahora” es un libro peligroso en el mejor sentido de la palabra, estimulante porque nos lleva a otros autores, a otros libros, siguiendo el rastro de los entusiasmos y fascinaciones de sus protagonistas, dos amigos que se ponen a hablar y acaban queriendo cambiar este mundo en el que, como dice Auster, “las artes desempeñan un papel cada vez menor en nuestra vida interior”  y “la estupidez se ha incrementado en todos los frentes”. “¿Mala calidad de la enseñanza? ¿Malos gobiernos que permiten la mala calidad de la enseñanza? ¿O simplemente demasiadas distracciones, demasiadas luces de neón, demasiadas pantallas de ordenador, demasiado ruido?”, se pregunta. Y responde: “Mi único consuelo es que el arte sigue avanzando, a pesar de todo. Es una insaciable necesidad humana…”. 

Consolémonos y busquemos saciarnos, pues, con esta amena y riquísima conversación entre, como dice el propio Coetzee, dos caballeros de avanzada edad que comparten su aflicción “ante el rumbo que está tomando el mundo” y que, como indica Auster, tienen la obligación de continuar refunfuñando, riñendo, atacando sus “hipocresías, injusticias y estupideces”. “Nosotros, los profetas menospreciados que gritan en el desierto, debemos seguir vigilantes, pues solo porque sepamos que estamos librando una batalla perdida, eso no significa que debamos abandonar la lucha”, tomo esta conclusión de Paul Auster para poner el punto final a esta intensa escucha que he seguido desde detrás de la puerta sin experimentar ningún sentimiento de culpa.

[“Aquí y ahora”. Cartas 2008-2011”, traducido por Benito Gómez y Javier Calvo, ha sido editado conjuntamente por Anagrama y Mondadori, los sellos que publican a Paul Auster y J. M. Coetzee respectivamente. Del primero está programada una nueva novela para finales de 2013, aún sin título definido, y acaban de reeditarse en la nueva colección “Otra vuelta de tuerca” tres de sus títulos más significativos: “La trilogía de Nueva York”; “La invención de la soledad” y “La música del azar”. Del segundo se publica un volumen que, bajo el título “Escenas de una vida de provincias”, reúne su trilogía de memorias noveladas: “Infancia”, “Juventud” y “Verano”. Habrá nueva novela, “La infancia de Jesús”, para septiembre. Las fotografías han sido cedidas por ambos sellos. Las de Auster las firma María Teresa Slanzi]

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