Óscar Hernández Arteaga © 2026
Hubo un tiempo en que la literatura se medía por la distancia recorrida; hoy se mide por la resistencia al naufragio. Hace ya mil años —o al menos así lo computa la memoria, que deforma el tiempo a su antojo— sostenía junto a un amigo un proyecto de podcast cuyo título encerraba una ironía melancólica: Gente de principios. El nombre, lejos de apelar a una rectitud moral o a una categoría ética intachable, funcionaba como una parodia descarnada de nuestra propia claudicación. Éramos, por derecho propio, militantes de la lectura interrumpida. Formábamos parte de esa legión de náufragos que naufragan siempre en la orilla, atrapados de manera sistemática en el umbral de las primeras páginas, incapaces de cruzar la frontera del primer capítulo.
Ser un «lector de principios» es una dolencia contemporánea que no entiende de voluntades. Es estar suspendido en un eterno intento, acumulando volúmenes en la mesilla de noche como quien colecciona intenciones que jamás llegarán a dar fruto. Durante mucho tiempo habité ese bache crónico, esa parálisis del ojo y de la mente que encuentra en la prisa cotidiana la coartada perfecta para justificar el desinterés. Nos auto convencemos de que la culpa es del tiempo, de la falta de horas o de las obligaciones que nos asedian, cuando en realidad lo que flaquea es nuestra musculatura para sostener la mirada ante el abismo de un texto largo. El bache del lector no es un desierto de ideas; es, más bien, un exceso de ruidos que satura el canal y vuelve estéril la semilla de la atención.
La dispersión digital
Es tentador, casi higiénico, culpar a la tecnología de nuestra propia indigencia intelectual. Nos resulta sumamente cómodo parapetarnos tras la teoría de la dispersión digital, acusar a los algoritmos de haber triturado nuestra capacidad de concentración y lamentar cómo las notificaciones parpadeantes fragmentan el pensamiento hasta convertirlo en una papilla de impactos efímeros. Sin embargo, al mirar de cerca esa dispersión, uno empieza a sospechar que el entorno digital no es el causante del bache, sino su excusa más brillante. El teléfono móvil se convierte en el cómplice perfecto para huir de la densidad que exige un libro; es el refugio automatizado donde nos escondemos para evitar el esfuerzo sagrado de la introspección.
Buscamos deliberadamente la distracción porque la distracción no exige nada, mientras que la literatura reclama una entrega absoluta, un pacto de sangre con el silencio. La atención atomizada del siglo XXI nos ha vuelto cobardes frente a la finitud de las historias. Nos aterra la idea de permanecer inmóviles ante una página, desarmados frente a la voz de un extraño que pretende movernos los cimientos. Por eso, preferimos el flujo infinito de las redes, donde nada empieza y nada termina, donde el umbral se desplaza continuamente para evitarnos la fatiga de profundizar. Retomar el hilo en este contexto no es una cuestión metodológica; es un acto de rebeldía íntima. Es decidir, contra todo pronóstico, volver a buscar la conmoción.

Carrère, Bolaño y la imperfección viva
Cuando el bache parece definitivo y la condición de «lector de principios» se ha fosilizado en el carácter, el sismo ocurre. En mi caso, la fractura no llegó con un clásico incontestable ni con un tratado de filosofía hermética, sino de la mano de un autor que durante años me había resultado soberanamente ajeno, casi un territorio baldío: Emmanuel Carrère. Llevaba recorridas cuatrocientas y pico páginas de su último libro, avanzando con esa inercia gris del que lee por cumplir un trámite, cuando de pronto una frase —un giro imprevisto en la arquitectura de su prosa— me asestó un golpe seco en pleno pecho. El bache se fue al traste en un segundo.
Lo fascinante de ese instante no fue el hallazgo de una verdad universal, sino el descubrimiento de una escritura que se alimenta del olvido, del silencio y de los restos cotidianos. La prosa de Carrère posee esa virtud extraña: es condensada pero resulta increíblemente ligera, como si flotara sobre el fango de la realidad sin mancharse. Sus reflexiones no pretenden cuajar en una moraleja cerrada; huyen de la sentencia dogmática y abrazan la ambigüedad, proyectando con honestidad brutal la no finitud y la imperfección de los relatos que están verdaderamente vivos.
Es el mismo registro magnético que late en ciertas zonas de la obra de Roberto Bolaño. Pienso en esas páginas de Los detectives salvajes o 2666, donde la trama parece estancarse en lo irrelevante, donde el escritor se distancia conscientemente del lector y se niega a darle el final masticado que el mercado exige. Esa distancia no es desprecio; es un espacio sagrado que se nutre del vacío, una invitación a que el lector experimente el vértigo de lo inacabado. La conmoción literaria nace precisamente ahí: no en la perfección simétrica de una trama de relojería, sino en la grieta por donde se filtra el aire sucio de la existencia. Es un estremecimiento interior que se parece a la experiencia estética tradicional, pero que resulta mil veces más violento porque te quiebra por dentro, transformando la lectura en un llanto físico y metafísico cuyas lágrimas no se evaporan, sino que se despliegan hacia las profundidades de la conciencia hasta hacerse raíz.

La poética de la nitidez: el jazz de cámara de Hall y Evans
Mientras intento arrastrar estas palabras hacia el papel, el aire de la habitación se llena con las notas de un diálogo histórico: la guitarra de Jim Hall entrelazada con el piano de Bill Evans. Quien no esté familiarizado con los entresijos de la música improvisada podría tildar esta referencia de nota pedante, un adorno gratuito para prestigiar el texto. Pero quienes pasamos horas intentando descifrar los secretos de las maderas y las cuerdas, quienes practicamos con torpeza los acordes de jazz buscando una sonoridad propia, sabemos que en esa colaboración no hay pedantería, sino una dolorosa poética de la precisión.
Jim Hall repetía a menudo una declaración de intenciones que siempre me ha parecido un tratado de estética oculto: «Pretendo tocar la guitarra eléctrica como si fuera una guitarra acústica». En esa aparente contradicción se esconde una búsqueda obsesiva por el sonido nítido, limpio y desprovisto de artificios. Hall desnudaba el instrumento; renunciaba al volumen estridente y al efecto pirotécnico para quedarse a solas con la vibración pura de la nota. Cuando su guitarra conversa con el piano herido de Evans, el resultado no es un hilo musical de fondo, sino una arquitectura del silencio donde cada nota pesa, donde cada acorde omitido contiene una carga emocional insoportable. Es una música capaz de conmocionar a personas que, por temperamento o por desgaste vital, solemos huir de los actos conmemorativos institucionales y de los homenajes de diseño. La nitidez de Hall es honestidad pura: hiere porque no tiene dónde esconderse.

Enterrar al enigma: la imperfección real en Raymond y Ray
Esa misma corriente subterránea de melancolía e imperfección es la que descubrí hace poco al ver Raymond y Ray, la película dirigida en 2022 por Rodrigo García. En las actuaciones de Ethan Hawke y Ewan McGregor, encarnando a dos hermanos rotos que acuden al entierro de un padre que fue un monstruo y un enigma absoluto, hay una verdad incómoda que dialoga directamente con la prosa de Carrère.
Acompañados en el reparto por una magnética Maribel Verdú, la cinta avanza sin prisa, renunciando a los clímax artificiales de la industria de Hollywood. La película no busca redimir al padre fallecido ni encontrar una reconciliación mágica que suture las heridas del pasado. Lo que filma García es la torpeza del dolor, el absurdo de tener que cavar una fosa con tus propias manos para enterrar un pasado que te atormenta, y la constatación de que la vida, al igual que los buenos relatos, progresa de forma defectuosa, asimétrica y contradictoria.
La conmoción cinematográfica aquí no se da a través de la música lacrimógena o el plano efectista; se produce en el silencio que queda entre los reproches de los dos hermanos, en la mirada cansada de unos hombres que peinan canas y que descubren que madurar no consiste en tener respuestas, sino en aprender a convivir con las preguntas que nunca se resolverán.

El dióxido de carbono y la felicidad de las flores
Para intentar atar este mapa de dispersiones y encontrar el nexo que unifique la música, el cine y la página cuatrocientas, tengo que recurrir a la memoria de un maestro. Hace unos años murió Jesús Sánchez Navarro, el profesor que me dio clases de Filosofía de la Ciencia y que dejó una huella imborrable en mi forma de mirar el mundo. Sé que van a hacerle un homenaje dentro de poco, un recital de piano para conmemorar su ausencia, y, aunque ya he dicho que los actos institucionales no son mi fuerte, su recuerdo me asalta hoy a través de las páginas de un viejo libro que perteneció a su fondo personal: Historias de la ciencia y del olvido.
En esa recopilación de ensayos, rescatada del polvo del olvido, encontré una frase que parece una hermosa paradoja científica o un verso de vanguardia: «Cada vez que respiramos hacemos feliz a una flor». El enunciado encierra una verdad biológica incontestable: nuestro organismo, al exhalar, expulsa dióxido de carbono, un gas que para nosotros es un residuo venenoso, un desecho del que debemos desprendernos obligatoriamente para no morir asfixiados. Sin embargo, ese mismo veneno es el nutriente esencial que las plantas absorben con avidez para realizar la fotosíntesis, transformándolo en el oxígeno que nos devolverán más tarde.
Esa circularidad simbiótica es la metáfora definitiva de la conmoción artística. Lo que expulsamos, el dolor que nos quiebra por dentro, el bache de la lectura o la imperfección de nuestras vidas rotas, es la materia prima con la que el arte trabaja. Necesitamos ser fracturados por una página de Carrère, desarmados por la nitidez acústica de la guitarra de Jim Hall o confrontados por el dolor de dos hermanos ante una tumba abierta para poder exhalar nuestro propio veneno interior. Conmoverse no es un acto de debilidad; es el mecanismo biológico del espíritu que nos permite vaciarnos del ruido digital y de la prisa del siglo para que la belleza y el olvido hagan su trabajo. Al fin y al cabo, solo a través de ese estremecimiento, solo aceptando la no finitud y dejándonos romper por dentro, es posible que sigamos respirando para hacer feliz a una flor.
Nota: La fotografía de cabecera de Emmanuel Carrère la hemos tomado de la editorial Anagrama.









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