Debo remontarme una vez más, y espero que perdonéis mi insistencia, a mi muy temprana adolescencia. Al fin y al cabo es el momento de la vida en que, por lo general, empieza a establecerse nuestro criterio musical. A eso hay que sumar que también es el momento en el que nuestra capacidad de asombro está en máximos históricos. Cada canción que sonaba en la radio, cada vídeo que emitían por la televisión, era un descubrimiento, todo un acontecimiento en algunos casos. Inolvidables recuerdos entre los que quiero rescatar uno. En 1980, en plena cresta de lo que se llamó New Wave, escuché Elvis should play Ska, canción del grupo Graduate, aunque los presentaban como The Graduate o The Graduates, y no se diferenciaban demasiado de otras bandas pop similares que sonaban bastante en la radio, como The Romantics o The Knack. Aquella canción tenía algo magnético, podía haber sido un gran éxito, pero igual que llegaron desaparecieron. Al menos aquí en España. De momento.

Dos o tres años después empezó a sonar por la radio otro grupo que se llamaba Tears for Fears. Lo hicieron con alguno de sus primeros sencillos (Mad world, Pale shelter, Change). Era otro rollo que no tenía que ver con el pop «nuevaolero» de Graduate: se acercaban más al pop sintético con un toque emotivo y épico, así que ni en sueños hubiese podido adivinar que era el mismo grupo, o al menos su núcleo principal. Pero resulta que lo eran, como supe tiempo después.
El germen de Tears for Fears se remonta a la ciudad británica de Bath, a finales de los 70. Roland Orzabal y Curt Smith se conocieron siendo adolescentes y encontraron cada uno en el otro un alma gemela en lo musical. Ambos adoraban a grupos de hard rock como Thin Lizzy o Blue Öyster Cult, aunque suene extraño sabiendo el tipo de música por la que más tarde serían mundialmente reconocidos. Pronto empezaron a colaborar en diferentes proyectos, el más importante de ellos el de los ya mencionados Graduate, con los que exploraron la música que entonces estaba de moda: el pop de nueva ola y el revival mod, tendencias que había capitaneado The Jam. Una música fresca y excitante, más suave y melódica que el punk pero igualmente pegadiza y potente.
La banda se separó poco después, aunque Orzabal y Smith siguieron haciendo alguna cosa juntos, generalmente como músicos de sesión para otros grupos. Poco a poco sus intereses empezaron a virar hacia el synth pop, quedando impresionados por la musica que estaban haciendo OMD, Human League, Tubeway Army, Depeche Mode o Joy Division. De OMD y Soft Cell, particularmente, les impactó el hecho de que fueran un dúo. Se dieron cuenta entonces de que la música electrónica les ofrecía más posibilidades que un grupo al uso, así que decidieron retomar su proyecto como dúo, o al menos con la idea de ser ellos dos la cara visible. Lo tenían todo claro pero faltaba el nombre.
Tras manejar algunos como History of Headaches finalmente se decidieron por Tears for Fears, un nombre inspirado en las ideas de la terapia primaria de Arthur Janov. Unas ideas que han calado mucho en el mundo de la música: recordemos que hay un grupo que se llama Primal Scream y que John Lennon dedicó prácticamente un álbum entero, su versión de Plastic Ono Band, al asunto. Esta influencia temática sobre el trauma infantil y la represión emocional se convertiría en una especie de eje conceptual en sus canciones durante sus primeros años.
En un principio el dúo se expandió para incluir al teclista Ian Stanley, quien les ofreció el uso de su estudio de grabación personal (una grabadora de 8 pistas, básicamente), y al baterista Manny Elias. Juntos publicaron un par de sencillos con los que no obtuvieron demasiada repercusión, aunque uno de ellos, Pale shelter, se reeditó más adelante con gran éxito. Con el tercero, Mad world, alcanzaron el número 3 de las listas británicas. Para entonces ya habían fichado por Mercury Records, sello que, ante el éxito de su último sencillo, les ofreció grabar todo un álbum. Tuvieron la valentía para apostar por Tears for Fears con apenas un par de maquetas y tres sencillos, pero entonces la industria musical funcionaba de otra manera. Lo cierto es que la jugada tenía su riesgo pero salió bien: a principios de 1983 publicaron The Hurting, en mi opinión no solo una de las cumbres del pop electrónico, sino también uno de los grandes debuts de la historia y uno de los mejores discos de los 80.

El debut de Tears for Fears es probablemente su disco más crudo y psicológico. Las canciones giran en general en torno a las ideas que antes he mencionado: el trauma, la soledad, la infancia dañada y la fragilidad emocional. Así lo demuestra el propio título del disco, The Hurting, y canciones como Ideas as opiates, Mad world (la sensación de abandono en un mundo alienante), Pale shelter (la falta de afecto parental) o Suffer the children. Además de las mencionadas, tenemos otras igualmente interesantes como la que da títulño al álbum, The hurting, Start of the breakdown o Watch me bleed. El sonido es claramente electrónico, pero con una intensidad emocional que rivalizaba con la del legendario Architecture & Morality de OMD.
Con canciones como las antes citadas, a las que hay que añadir su exitoso sencillo Change, Tears for Fears demostraban un gran talento para combinar pop melódico con atmósferas inquietantes. Para mí The Hurting es posiblemente su mejor disco, aunque esto puede ser opinable y desde luego lo que vendría después está a su altura. Lo que creo que no admite duda es que ya desde su debut fijaron una identidad reconocible basada en esos contrastes mencionados entre música y letra, luz y oscuridad, emotividad y magnetismo pop. También entre su sonido electrónico y elementos orgánicos como la batería real.
Como suele ocurrir en estos casos, el grupo se vio presionado para sacar pronto otro disco y tratar de repetir o incluso incrementar el impacto comercial. Orzabal tomó las riendas (en el primer disco las canciones estaban repartidas casi al 50% entre ambos compositores) y firmó, en solitario o junto a otros miembros del grupo, ocho nuevas canciones en su mayoría espléndidas. El disco finalmente salió en 1985 y se tituló Songs From the Big Chair. Buena parte de su éxito se debió a canciones como Shout o Everybody wants to rule the world, sin duda dos de los himnos de los 80.
El disco tiene un sonido muy representativo de la década: potente, sintético, usando samplers y con una producción mucho más expansiva que en su debut. Sin duda, es más que la suma de sus exitosos singles: canciones como I believe nos recuerdan que Tears for Fears no han perdido la capacidad de crear tensión emocional que mostraron en su debut. Esa combinación entre éxito masivo y personalidad propia, entre el dominio del hit y la introversión, algo que ya aparecía en su primer álbum, alcanza aquí su momento álgido. Además de todas las canciones mencionadas, destacan las igualmente grandiosas Head over heels y Mothers talk.

Songs From The Big Chair impulsó la fama de Tears for Fears. El reconocimiento obtenido les sirvió para realizar una extensa gira mundial, además de recibir nominaciones y premios varios. Estuvieron a punto de participar en el mítico Live Aid de 1986, evento del que se cayeron en el último momento. Quizás para quitarse presión, Orzabal y Smith montaron un proyecto paralelo de breve duración, Mancrab, con el que grabaron una canción para la película Karate Kid 2. Todo ello retrasó algo la puesta en marcha de su tercer disco, marcado por problemas internos en la formación y por un perfeccionismo que disparó su presupuesto.
La espera valió la pena: The Seeds of Love, publicado en 1989, amplió la paleta sonora del grupo hacia un estilo más elaborado y sofisticado. Su pop sintético se vio mejorado con aportes del soul o el el jazz-pop tan de moda a finales de los 80, además de beneficiarse de una producción todavía más detallista. El disco contiene la grandiosa, en todos los sentidos, Sowing the seeds of love, una canción con una fuerte carga política inspirada por el tercer mandato consecutivo de Margaret Thatcher. Otra gran canción incluida en el tercer álbum de Tears for Fears es Woman in chains. Se trata de una espléndida balada que cuenta con la voz de Oleta Adams, cantante a la que conocieron durante una de sus giras norteamericanas. Advice for the young at heart es personalmente una de las favoritas de quien esto escribe, una canción con la voz de Curt Smith que rompe un tanto la pomposidad y grandilocuencia que definen la mayor parte del disco.
Con The Seeds of Love el dúo afirmaba definitivamente su posición en el terreno no solo del pop electrónico sino en la música popular en general. Fue el final de una trilogía fabulosa y el inicio de una nueva etapa de gran complejidad para Tears for Fears. De hecho las tensiones internas se hicieron tan insoportables que el grupo se separó a principios de los 90, quedándose Roland Orzabal con el nombre. Lo primero que hizo fue lanzar un nuevo sencillo, Laid so low (Tears roll down), y un recopilatorio titulado también Tears Roll Down (Greatest Hits 82-92). Por supuesto fue un gran éxito, ya que contenía prácticamente todas las mejores canciones que el dúo había publicado en esa primera etapa que había tocado a su fin.
Poco después, Elemental (1993) salió como un disco de Tears for Fears aunque, a todos los efectos, es un trabajo en solitario de Orzabal. El disco es más seco, más directo y personal, su habitual épica está presente todavía pero de forma más contenida, sin buscar el impacto inmediato. Canciones como la que da título al disco, o Break it down again, que habla precisamente del fin de su relación con Smith, no se alejan excesivamente de los temas de discos anteriores, manteniendo cierta fuerza melódica y el impacto emocional típico de las canciones de Roland Orzabal. El trabajo se cierra con una pequeña maravilla titulada Goodnight song, que contribuye a acabar su escucha dejando un buen sabor de boca, olvidando, eso sí, ese homenaje bienintencionado pero un poco raro que es Brian Wilson said y el brutal ataque a su ex compañero que realiza Orzabal en el tema Fish out of water. En general, un disco al que vale la pena darle una oportunidad a pesar de las circunstancias en las que fue fraguado.

Más personal todavía es el siguiente disco de Tears for Fears, un trabajo en el que Roland Orzabal exploraba sus raíces españolas, con más o menos fortuna, titulado Raoul and the Kings of Spain. Este disco sigue alejándose del sonido comercial de sus primeros trabajos, aunque la canción “que le da título no hubiera desentonado en aquellos. Orzabal continúa deslizando su típico sonido expansivo hacia terrenos más orgánicos y menos pomposos. Destaca en ese sentido la elegancia de Secrets, Don’t drink the water o Me and my big ideas, canción en la que vuelve a colaborar la cantante Oleta Adams como ya hiciera en Woman in chains.
Estos dos últimos discos de Tears for Fears demostraron que Roland Orzabal estaba perfectamente capacitado para seguir llevando el nombre de la banda y seguir construyendo un legado más o menos coherente. Sin embargo, al igual que ocurrió con grupos como Supertramp, también quedó claro que, por mucho que Orzabal fuera el compositor y cantante principal, sin Smith se había perdido algo de su esencia. Un tipo especial de sensibilidad, quizás, o una voz menos ostentosa que hiciera de contrapeso a la afectación de muchas de las canciones de Orzabal. No sé si ellos también eran conscientes de que estar juntos les hacía mejores, pero poco a poco recuperaron la relación y finalmente, hacia el año 2000, empezaron a hablar de una posible nueva colaboración entre ambos.
Tras ese largo periodo de distanciamiento, en 2004 Tears for Fears, ahora de nuevo Orzabal y Smith, publicaron el disco Everybody Loves a Happy Ending. Un título que limaba asperezas y recuperaba parte de la sensibilidad melódica y la épica suntuosa de la banda clásica, aunque lógicamente con una perspectiva más madura y menos apresurada. El disco no funcionó demasiado bien comercialmente, pero tampoco parece que nadie esperara otra cosa. Más bien fue una excusa para volver a juntarse y pasar la siguiente década recibiendo homenajes, dando conciertos y también sacando puntualmente alguna canción nueva. En todo caso, el disco es bastante mejor de lo que cabría esperar, con canciones como Closest thing to heaven, Secret world o la rabiosamente pop Call me mellow, con las que consiguen mantener bien alto su prestigio.

Durante la siguiente década de cuando en cuando salía alguna noticia sobre la posibilidad de un nuevo disco, pero hubo que esperar casi veinte años para que se hiciera realidad. Finalmente en 2022 vio la luz The Tipping Point, un álbum que lógicamente refleja los cuarenta años que habían pasado desde sus primeros sencillos y de forma inevitable desprende un inequívoco aire nostálgico. De todos modos, al escuchar The tipping point, Long, long, long time, Break the man o, sobre todo, The demons, se puede percibir el lejano eco de los días de gloria de Tears for Fears. Es evidente que su mejor época había pasado, pero The Tipping Point es un disco más que digno y que recomiendo escuchar sin pretensiones, imaginando que se trata de otra banda, aunque cueste hacerlo si cierras los ojos mientras suena Rivers of mercy. Y es que la voz de Orzabal, o mejor todavía la combinación de las voces de Orzabal y Smith, seguía siendo inconfundible.
Quedaba la duda de si The Tipping Point sería la despedida definitiva de Tears for Fears. Pues sí y no. En 2024 publicaron un nuevo disco que en realidad solo incluía cuatro canciones nuevas junto a versiones en directo de sus clásicos y de algunos temas de sus discos de regreso. Lo cierto es que Say goodbye to mum and dad, The girl that I call home, Emily said y Astronaut seguían manteniendo el tipo, y de hecho acaban dejando con ganas de escuchar más material nuevo. ¿Lo habrá? Quién sabe. De momento 2025 lo dedicaron a celebrar el 40 aniversario de Songs From The Big Chair y a recoger premios. No es poca cosa, seguir en activo tanto tiempo después y habiéndose ganado un merecido respeto por su espléndida aunque intermitente trayectoria. A muchos nos gustaría que hubiese un último vals.










Deja un comentario