Óscar Hernández Arteaga © 2025 /

He vuelto a correr. Sin entrenamiento. Y la circunstancia me ha llevado a reflexionar sobre que en la vida podemos habituarnos a hacer cosas, a repetirlas sin ninguna pauta y a descubrir que no conocemos lo que hacemos, aunque lo amemos. Creo que vamos aprendiendo que cada vez ignoramos más cosas, por mucho que repitamos, o que repetimos precisamente por eso, porque ignoramos. 

El otro día fui a una librería de segunda mano que lleva una ONG. En ella se venden ejemplares de un euro, de dos, de cuatro los más caros. Pregunté si podía trabajar ahí y me dijeron que sólo necesitaban voluntarios. Conseguí un libro sobre filosofía de Xavier Rubert de Ventós y tres de Roberto Bolaño. El del pensador catalán es un libro breve sobre la capacidad y la necesidad de filosofar. Creo que es el resultado de un curso que impartió en televisión en los años 80. Una de las cosas que defiende es el principio filosófico “Nescere audare”, algo así como atrévete a ignorar.

No nos dice para nada que seamos unos ignorantes y nos sintamos orgullosos como alguna influencer que he escuchado por ahí, hablando de las virtudes de no leer. Lo suyo es todo lo contrario, es poner el “Noscere audare”, al servicio de la curiosidad. (Kant decía “Sapere Aude”, atrévete a saber). Eliminando la seguridad que puede otorgar el conocimiento, entramos en una incertidumbre positiva y necesaria, que es la palanca de la filosofía. Osar ignorar, supone entonces seguir conociendo hasta que dejemos de conocer y empecemos a ignorar el objeto de conocimiento, sea cual sea ese objeto de conocimiento. 

Xavier Rubert de Ventós.

La complacencia y la falsa seguridad que nos da el conocimiento superficial nos convierten en perezosos. Ahora, yo no me voy a poner de estupendo y decir que no me hace falta ese conocimiento superficial para el día a día. Obvio que sí. Obvio que muchas veces me quedo en esa primera capa de conocimiento. No estoy descubriendo nada nuevo (ni Rubert de Ventós tampoco). Sólo pretendo recordar que la filosofía se revela en esa ignorancia fruto del conocimiento y de su búsqueda incesante. Nunca llegamos a conocer del todo a las personas que amamos, a las que tenemos cerca, nunca llegamos a conocernos a nosotros mismos. 

Las mentiras que nos decimos para seguir viviendo, las ficciones que leemos o que construimos a diario son capas que envuelven a los personajes que somos. Sin embargo, he vuelto a correr después de mucho tiempo. Y la experiencia ha sido gratificante, también dolorosa. He recordado que en un tiempo quise ser el Murakami canario (más me valdría intentar ser yo mismo, lo sé) y convertirme en un runner que escribe novelas de éxito. La escritura y el deporte solitario y disciplinado tienen mucho en común. También he ido a ver Tiburón, la película de Spielberg de 1975, en su 50 aniversario. Se me ocurre que la trama se bifurca en dos historias, la primera es propia de una película de costumbres, drama y algo de suspense; la segunda se parece a una película de piratas, de cazadores o de tres individuos que no se soportan y tienen que convivir y unir fuerzas para destruir a un monstruo marino. 

En la primera hay un pueblo peculiar que vive del turismo (a qué me recuerda eso), y cuyo alcalde quiere minimizar el miedo de los ataques de un pobre tiburón (hermoso escualo que sufrió por culpa de esta película y de la ignorancia de la gente, una persecución que casi termina con él), convertido en monstruo o máquina asesina, gracias al ingenio de Spielberg y a la pericia de Verna Fields (montadora del filme). Un ejercicio de nostalgia y de repetición. 

Creo que el “amor repetición” del que habla Kierkegard en su obra La repetición, es eso. En contra del amor recuerdo, estancado en el pasado, está el amor repetición que busca del gozo y la reconciliación consigo mismo. El hábito y la costumbre de las cosas que nos hacen ser nosotros mismos, en nuestra incertidumbre. Cuando amas a alguien, cuando te da curiosidad algo (la filosofía es un acto de amor y de curiosidad) o cuando quieres volver a ver una película que te marcó, o retomar una disciplina deportiva que te llenaba terapéuticamente hablando, repetimos para ser aquello que pensábamos que éramos. Y somos finalmente una incógnita por descubrir. La vida es algo más que repeticiones, ya lo sé. Pero es cierto que a alguien como yo que cree tener (en días impares) una especie de Asperger no diagnosticado, le aporta cierta seguridad inconstante.

Con 17 años estuve viendo durante unos nueve meses, en los ratitos en los que comía después de llegar del instituto, una película de Steve Kloves donde salían Jeff Bridges y Michelle Pfeiffer, llamada Los Fabulosos Baker Boys (1989). Era la historia de un pianista que tenía miedo al fracaso y que no se separaba artísticamente de su hermano (con el que llevaba 15 años tocando las mismas canciones, repitiendo y muriéndose en vida) y de una mujer que había sido prostituta y que sabía lo que era venderse por dinero y por miedo. Las repeticiones son hasta cierto punto sanas, pero pueden convertirse en una trampa también.

Yo me sentía cómodo recreando una y otra vez esa película en mi cabeza, con su trama y su banda sonora. Me identificaba con el protagonista y vivía su pequeña tragedia. Para un adolescente no está mal. Algo similar me pasaba, en fechas cercanas, cuando leí el segundo volumen de las crónicas vampíricas de Anne Rice, Lestat el vampiro, escuchando de fondo la melodía en bucle del músico minimalista Phillip Glass. Era la banda sonora perfecta para esa historia en mi cabeza de adolescente. Creo que esa cabeza adolescente sigue ejerciendo una gran influencia en mi vida de adulto. Hay repeticiones y repeticiones. 

La vida se compone de eso:  Ir a una librería de segunda mano; hacer una carrera de cinco kilómetros con toda esa parafernalia que tienen las carreras populares; ver una película que revolucionó el cine hace 50 años (y también lo mató un poco)… Recordar que durante mis 17 años tuve una obsesión con una peli o que leía una novela de vampiros y filosofía con una música repetitiva, me traslada también a los días que estamos viviendo hoy, con sus tragedias que se repiten: el Trump esperpéntico, el genocidio de Gaza, la reciente Vuelta Ciclista a España y las declaraciones de su director sobre que hay que acatar las normas (nefasto).

Quiero ir a ver el concierto que da Radiohead en Madrid y repetir la experiencia que viví en 2012 en Bilbao. Pienso que no será lo mismo y que no se han posicionado frente a lo que está haciendo Israel y me produce malestar. Por supuesto que la vida es también todo lo demás, lo que no se cuenta y lo que no se conoce (o lo que no se llega a conocer): el miedo y el dolor, los genocidios, las mentiras que nos convencen de que todo es posible. Pienso en todo ello mientras estoy refugiado en casa de una amiga, que me ha invitado a pasar unos días con ella, mientras escribo en su portátil sobre las repeticiones que nos salvan a veces del tedio y de la realidad. Se me ocurre ir de paseo y se lo propongo. Quizás encuentre una librería de segunda mano y repita.

Los asuntos que nos llevamos y los asuntos que nos llevan son siempre un misterio. Escribo esto mientras recuerdo los primeros textos de Albert Camus. Reticente a publicarlos, los sacó a la luz poco antes de morir. Tenía cierto pudor a exponerlos a la luz porque pensaba que la forma no estaba muy bien lograda. Una preocupación formal. Sin embargo, lo que yo veo en ellos es a un joven de 22 años llegando a Praga y registrando ese momento de una manera tan emocional y poética que me conmueve.

Cito de su obra El revés y el derecho este fragmento, en la traducción de María Teresa Gallego Urrutia: “Llegué a Praga a las seis de la tarde. Dejé en seguida el equipaje en consigna. Contaba aún con dos horas para buscar un hotel. Y notaba que me henchía una curiosa sensación de libertad porque no me pesaban ya las dos maletas en los brazos.”  ¡Vaya!, me quedo saboreando eso de: “una curiosa sensación de libertad”. Una libertad difícil de paladear pero tan necesaria en estos días. Ojalá repita.


No pertenecemos a ningún gran medio; nuestro criterio editorial es radicalmente independiente. Somos humanos, estamos vivas. ¿Quieres formar parte de nuestra revista?

Únete a Lecturas Sumergidas eligiendo la cuantía de tu APOYO:

Puedes seleccionar solo un nivel de este grupo.

Nivel Precio Acción
Mecenas Mensual

3.00€ por Mes.

Selecciona
Mecenas Anual

30.00€ por Año.

Selecciona
Socio Anual

99.00€ por Año.

Selecciona


ARTÍCULOS RELACIONADOS

ExplORA POR TemAS, Géneros, Lugares, Épocas

Te invitamos a profundizar en la revista de una manera diferente, dejándote llevar por nuestras Rutas Sumergidas, una serie de trayectos lectores basados en los mapas compartidos por distintos libros, perfiles y paisajes sumergidos. Vínculos sorprendentes, bienvenidas al asombro.

Sumérgete en las Entregas


Una respuesta a «Volver a ver “Tiburón” en su 50 aniversario y otros ejercicios de nostalgia y repetición»

  1. Una lectura muy gratificante. ¡Gracias!

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Lecturas Sumergidas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.