Foto de cabecera por Jindrich Nosek /
Emma Rodríguez © 2024 /
“¿Cuándo se convierte el pasado en pasado? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que algo que ocurrió sin más empiece a emitir el brillo secreto y numinoso que es la marca del verdadero pasado?”
Quien se lo pregunta es John Banville en La alquimia del tiempo, un libro biográfico que se subtitula Un memoir dublinés y que, os aseguro, es un auténtico regalo para los seguidores del escritor irlandés y también una magnífica puerta de entrada para los que aún no hayan descubierto su obra diversa y fecunda.
El interés por Banville, al que hemos ido prestando atención a lo largo del tiempo en Lecturas Sumergidas, ha hecho especialmente gozosa esta lectura que tantas claves ofrece sobre el autor, sus motivaciones literarias, las raíces y vivencias que son las semillas de su discurrir creativo. Pasar las páginas de esta entrega es como abrir un cofre lleno de revelaciones, podríamos incluso decir secretos, porque nuestro protagonista recorre las etapas de su vida, accede a sus fondos, se confiesa a lo largo de lo que es un viaje a sus geografías y emociones.
Incluso sin haber leído al autor, este libro resulta atractivo como guía de Dublín para viajeros inquietos, de los que no se conforman con lo habitual. En el trayecto trazado asoman historias, anécdotas, localizaciones de la capital irlandesa que ofrecen otra visión de una ciudad siempre asociada a lo literario. Banville, que nació en Wexford en 1945, nos cuenta su relación con ella a lo largo del tiempo: sus deseos infantiles por visitarla; su mudanza a la misma de joven; su vida en el barrio bohemio de Baggotonia; sus andares en busca de sí mismo, de sus ayeres, cuando ya es un septuagenario (la edición original del libro se publicó en 2016); la mirada siempre dispuesta a dejarse sorprender por el descubrimiento de rincones desconocidos.
Pasar las páginas de «esta entrega»La alquimia del tiempo» es como abrir un cofre lleno de revelaciones, podríamos incluso decir secretos, porque John Banville accede a sus fondos, se confiesa a lo largo de lo que es un viaje a sus geografías y emociones.
En compañía de su amigo Cicero, un gran conocedor de Dublín, John Banville nos invita a seguir distintas rutas por la ciudad oculta, trayectos atravesados de recuerdos y salpicados de revelaciones. Ameno e inspirador, el itinerario propuesto está impregnado de esa clarividencia que caracteriza la literatura del escritor, de su sutil sentido del humor. En este libro reconocemos la sensibilidad, la luminosidad, la misma capacidad para captar colores y atmósferas espaciales y emocionales, que ya conocemos de sus escritos de ficción, así como esa manera proustiana de enfrentarse a la memoria. Hay pasajes verdaderamente hermosos, algunos cercanos a lo novelesco, caso de la narración de su primer enamoramiento y su posterior frustración. Hay muchos fragmentos de infancia, un espacio al que el autor vuelve una y otra vez para intentar atrapar las esencias, los reflejos de lo que se acaba siendo en la vida, y muchas preguntas y reflexiones.

Cuando en 2013 tuve la oportunidad de entrevistar al escritor con motivo de la publicación en España de Venganza, una de las entregas de su saga policiaca del doctor Quirke, que firma bajo el seudónimo de Benjamin Black, me decía: “A todos nos interesa el pasado, porque quizás sea lo más intenso y lo más real que hayamos experimentado”. Del “tejido de la memoria” y “del truco de magia mundano e inexplicable que lleva a cabo el paso del tiempo”, habla el pintor protagonista de La guitarra azul, novela de la que escribí en otra página de esta revista.
En respuesta a una de las preguntas enviadas a través de correo electrónico, a propósito de este libro –editado en castellano en 2016, precisamente cuando apareció en el ámbito anglosajón La alquimia del tiempo– señalaba Banville: “El pasado es el más preciado y vital material para un novelista. Lo que más me fascina es plantearme la cuestión de cuándo el pasado se convierte en “el pasado”. ¿Dónde está la línea divisoria entre la realidad tal cual fue experimentada o vivida, cuando fue más o menos el presente, y la luminosa y misteriosa versión de ella a la que nosotros miramos como si fuera un dorado mundo perdido? Toda mi vida he estado obsesionado con esa pregunta y probablemente seguiré planteándomela hasta que me muera”.
Me entusiasma encontrarme ahora con esta contestación que marca un punto de conexión entre lecturas, que une el ayer con el hoy. Me imagino a Banville dando vueltas a esas ideas mientras fraguaba este libro testimonial del que os estoy hablando y cuyo discurrir gira en torno a estas meditaciones. Os confieso que Dublín se ha convertido en un destino deseado para mí a partir de estas memorias. Me atrae el Dublín de Banville, un Dublín acotado según sus vivencias y al mismo tiempo ampliado a través de las nuevas rutas y complicidades, que va descubriendo, como os decía, ya de mayor, en compañía de su amigo Cicero.
Pero volvamos al pasado, sigamos tirando de ese hilo, de esa gran obsesión que nutre toda la obra del escritor. Con la infancia empieza La alquimia del tiempo. Vemos al niño Banville durante muchos 8 de diciembre, fecha de su cumpleaños, partiendo de la estación del Norte de la pequeña localidad de Wexford, junto a su madre y su hermana, rumbo a esa urbe cercana y tentadora que era para él lo que Moscú para la Irina de Las tres hermanas de Chéjov, “un lugar de promesas mágicas que mi alma joven y hambrienta anhelaba sin cesar”.
Así lo recuerda el escritor, constatando que ese escenario de sus sueños no quedaba en absoluto enturbiado por la imagen del Dublín verdadero, por la pobreza y la grisura de la ciudad en los años cincuenta. “La realidad mundana se transformaba sin cesar ante mis ojos en pura novelería. No hay nada más novelesco que un niño pequeño, como Robert Louis Stevenson sabía mejor que nadie”, escribe justo antes de formular la gran pregunta de cuándo se convierte el pasado en pasado, y meditar detenidamente en torno a ella, abriendo nuevos interrogantes, cauces de comprensión.
Dublín era para El NiñO Banville , Que en sus cumpleaños recibía como regalo una visita a la ciudad, lo que Moscú para la Irina de «Las tres hermanas» de Chéjov, “un lugar de promesas mágicas que mi alma joven y hambrienta anhelaba sin cesar”.
“¿Cuál es la magia que obra sobre la experiencia, cuando se consigna al laboratorio del pasado, para bruñirla y conformarla hasta darle un acabado brillante? Estas preguntas, que en realidad son solo una, me han fascinado desde que, de niño, hice el impresionante descubrimiento de que la creación consistía no solo en mí y mis accesorios –mi madre, el hambre, una preferencia por la sequedad ante la humedad–, sino en mí por un lado y el mundo por el otro: el mundo de las demás personas, de los demás fenómenos, de las demás cosas”, reflexiona, y prosigue: “Digamos que el presente es donde vivimos, mientras que el pasado es donde soñamos. Aunque, si es un sueño, es sustancial y nos sostiene. El pasado nos mantiene a flote, es un globo aerostático atado a tierra que nunca deja de hincharse”.
Leyendo La alquimia del tiempo somos conscientes de lo que de sí mismo entrega el autor a los protagonistas de sus historias de ficción: la mirada, la manera de razonar, de sentir y de entender el mundo. Ese don para ahondar, para extraer perlas de lucidez, es lo que tanto aprecio en el autor irlandés. Vida y creación se entrelazan en este recorrido en el que vemos al pequeño visitante recibiendo como regalo de cumpleaños, cada 8 de diciembre, un trayecto en tren a Dublín, llegando “bajo la lluvia”, a la estación en la capital (entonces llamada Westland Row), y tomando la calle del mismo nombre, vislumbrando muy pronto la iglesia de St. Andrew, tan extrañamente ubicada, “encajada, como un martillo pilón celestial, en mitad de una hilera de casas adosadas del siglo XVIII”.
El Banville del momento en que escribe, ya traspasados los 70, superpone sus impresiones a las del niño que fue y va reconociendo los lugares de su mano, añadiendo información que entonces no tenía. En este tramo inicial el autor nombra lugares clave del trayecto que emprendían desde la estación (hoy con otro nombre, Pearse), así el pub Kennedy, donde “Samuel Beckett iba a beber cuando estudiaba en el cercano Trinity College”, o el número 1 de la calle Merrion Square, donde nació Oscar Wilde en “un bello ejemplo de casa adosada de estilo georgiano”.
Saberes, curiosidades y casualidades acompañan al paseante que se busca en el ayer y en sus distintos yoes a lo largo del camino; que despliega evocaciones de lo vivido al mismo tiempo que va vertiendo reflexiones sobre la ciudad, sobre sus devenires e historias, tanto de sus rincones como de sus habitantes ilustres. Mientras avanza en el recorrido el escritor empieza a cavilar, abriendo la narración hacia cauces inesperados. Oscar Wilde le lleva a lamentar la “espantosa estatua de colores chillones” que conmemora su figura en una plaza cercana a su lugar de nacimiento. Y a partir de ahí se para a pensar: “¡Qué indignidades nos creemos con derecho a cometer con los muertos famosos! Hemos bautizado un barco de guerra con el nombre de Samuel Beckett, el más pacifista de los hombres, y en las aceras de Dublín hay pequeñas placas de latón con fragmentos de la prosa del “Ulises” para que todo el mundo las pisotee”.
La infancia, su importancia en la obra de creación, es esencial en esta entrega en la que Banville recurre a estas palabras de Baudelaire: “El genio no es otra cosa que la infancia formulada con precisión”. A partir de las mismas, el escritor medita: “Si Baudelaire no se equivoca, en cierto sentido la infancia no se acaba nunca, sino que existe en nosotros, no solo como un recuerdo o un complejo de recuerdos, sino como una parte esencial de lo que somos intrínsecamente. Todos los artistas conocen esta verdad, puesto que, para el artista, la infancia y la concepción infantil de las cosas son una profunda fuente de eso que antes se llamaba inspiración, aunque solo sea porque fue de niños como percibimos por primera vez el mundo como misterio. El proceso de crecer es, por desgracia, un proceso de convertir lo misterioso en lo mundano. Dejan de sorprendernos las cosas –el cielo, el paso de las estaciones, el amor, los demás– solo porque nos acostumbramos a ellas”.

Son muy reveladores estos momentos en los que Banville se busca en el ayer. “¿Puede el anciano ser el mismo ser que el niño que fue?”, se pregunta. En los viajes iniciales a Dublín que rememora sale al encuentro de los Banville la tía Nan, figura crucial en el recorrido, pues años después, a principios de la década de los sesenta, nuestro protagonista compartirá casa con ella, una “solterona”, como se decía entonces, en Upper Mount Street. “Tenía un sentido del humor subversivo, y veía con regocijada irreverencia a todos los que desempeñaban la autoridad sobre nosotros, las masas”, la retrata el escritor.
Damos un salto temporal, dejando atrás escenarios y divagaciones, y nos detenemos en el momento de la mudanza a Dublín. JB –a partir de ahora me referiré al autor muchas veces así– tenía 18 años y constata que lo que realmente hizo fue abandonar Wexford, que nunca despertó su interés, y fue para él “como una escala” en su “camino a otra parte”. Me resulta especialmente interesante el tono de confesión, de autocrítica hacia muchas de sus actitudes y percepciones pasadas, que tan claramente se percibe en estas palabras: “Desde el punto de vista de la imaginación, esta indiferencia respecto a mi lugar de nacimiento, a su historia y a la compleja y sutil vida de sus moradores no solo fue arrogante, sino estúpida y despilfarradora. Que a mi alrededor había un mundo lo bastante interesante para llamar la atención de un artista –y desde el principio no me cupo la menor duda de que iba a ser un artista de uno u otro tipo– lo demuestra sobradamente la obra de escritores nacidos en Wexford como Colm Tóibín, Eoin Colfer y Billy Roche; los tres, y Roche en particular, han visto un tesoro en lo que a mí me parecía un metal vulgar, y eso cuando me dignaba apenas a mirarlo”.
Ese tono se acentúa cuando se refiere a sus padres. Ellos “figuran en primer lugar entre todo lo que dejé atrás”, escribe, desarrollando una especie de ejercicio de “mea culpa”, de lamento por no haber prestado más atención a sus circunstancias, a sus vidas, a sus envejecimientos. A medida que se va haciendo viejo Banville mira al artista adolescente que fue y tiene la necesidad de profundizar en ello. Recupera recuerdos, situaciones familiares, y reconoce costumbres y gestos del padre, de la madre, en sus propios hijos: los pasos tan especiales de la hija y su gusto por el té, igual que su abuela: la costumbre del hijo de parar en un pub antes de volver a casa del trabajo, como hacía el abuelo. “La forma más convincente en que se nos aparecen los muertos es encarnándose en los vivos”, apunta.
En este libro testimonial desarrolla el Escritor, Respecto a sus padres, una especie de ejercicio de “mea culpa”, de lamento por no haber prestado más atención a sus circunstancias, a sus vidas, a sus envejecimientos.
En un momento dado el escritor reconoce que a menudo se pregunta qué pensaban de él sus progenitores. “De pequeño no era, creo, desagradable –al menos, mi madre me adoraba–, pero en mi adolescencia sospecho que debí de ser odioso: egoísta, protestón, al mismo tiempo distante y exigente y con una arrogancia basada solo en mi cálculo exagerado de lo que conseguiría algún día (…) Me fui de casa con una cruel despreocupación, me sacudí el polvo de Wexford de los zapatos y puse rumbo hacia lo que pensé que serían las luces brillantes y cegadoras de Dublín, Para mis padres tuvo que ser desgarrador verme marchar así, como si tal cosa y sin apenas mirar atrás”.
Confieso que las páginas en las que cuenta todo esto, en las que el escritor se observa a sí mismo con distancia y mira a sus cercanos desde la comprensión que no practicó en su día, me parecen de las más hermosas de La alquimia del tiempo. Conmueven estas memorias en las que vemos a JB en Baggotonia, que pasó a ser el barrio de su vida, del que ha extraído el nutriente para su literatura, donde se encontraba el piso que compartió con su tía Nan hasta la muerte de esta, acaecida repentinamente cuando él se encontraba disfrutando de las islas griegas, con la despreocupación propia de la juventud. Aquí, de nuevo, al recobrar ese momento con perspectiva, aparece esa sutil culpa por no haber estado, por no haberse ocupado de nada.
Ese piso compartido, en Mount Street, en la segunda planta de una casa georgiana, convenientemente “adecentado” en la ficción, como apunta el autor, es el que habita el doctor Quirke, el protagonista de la saga policiaca de Benjamin Black, alter ego de Banville, más popular que el que firma con su nombre real obras que indagan en profundidad en la condición humana. Entre otros títulos, destacan: El libro de las pruebas, Antigua luz, Imposturas, la ya mencionada La guitarra azul, El mar (ganadora del Booker en 2005) o Las singularidades, publicada en castellano por Alfaguara en 2023.
Al detenerse en la casa el autor recuerda a los otros inquilinos que ocupaban los distintos pisos, entre ellos la hija de W. B. Yeats, Anne Yeats, “una pintora correcta aunque poco audaz”, una mujer “cordial y modesta”, con la que a veces se detenía a charlar en el rellano sobre el tiempo atmosférico, el estado de las cañerías y otros asuntos. Banville es un maestro de las evocaciones y de los retratos. Dibuja con agudeza los rasgos, apariencias y caracteres de sus protagonistas literarios, así como de la gente que ha ido conociendo a lo largo del tiempo. En este caso, rodea a “la señorita Yeats” de algunos enigmas y rememora el día en que la vio en compañía de “una anciana diminuta que llevaba un gorro de lana parecido a una maceta puesta del revés, un abrigo grueso y gafas muy grandes”.
El piso del autor en Mount Street, en la segunda planta de una casa georgiana, convenientemente «adecentado» en la ficción, es el mismo que habita el doctor Quirke, protagonista de la saga policiaca de Benjamin Black, Su alter ego.
Esa anciana, de “ojos tan oscuros que casi eran negros”, era Georgie Yeats, más conocida como la “señora W. B”, la viuda del gran poeta irlandés. Banville la reconoció tiempo después en fotografías, cuando le encargaron hacer una reseña de una biografía sobre ella. Entonces se sintió transportado al momento vivido en el pasado, a la mirada “extraordinaria”, “penetrante”, que le dedicó la mujer cuando pasó a su lado. Una mirada que “tendría que haber sido inexpresiva, pero que no lo había sido en absoluto”, escribe.
Y continúa: “Tenía fama de brindar hospitalidad y ánimo a la generación de escritores dublineses que floreció, si puede decirse así, justo antes de que llegara la mía e intentara quitarlos de en medio a codazos”. Este es Banville: capaz de moverse entre la evocación lírica y el golpe de efecto. El capítulo de Mount Street culmina con la muerte repentina de la tía Nan, cuando él estaba de vacaciones. Volver a ese momento desata una cascada de recuerdos sobre ella capaces de atravesar el túnel del tiempo, pero también esa cierta culpa, autocrítica, que ya he mencionado anteriormente, hacia el “joven despiadado” que fue, para el que “la liberación del espíritu que había encontrado en Grecia era más real (…) que la muerte de una pariente cercana”.

“Perdóname, querida y anciana tía; perdona al animal que era entonces, y que lamento decir que no he dejado de ser nunca: ahora soy viejo, o al menos estoy envejeciendo, pero el monstruo interior se mantiene siempre joven”, escribe Banville. Son estos momentos en los que el autor se confiesa y traza su autorretrato entre sombras, los que me interesan y cautivan sobremanera en este trayecto que participa de muchas más vertientes, porque La alquimia del tiempo es también un singular mapa de un Dublín alejado de las guías turísticas, que John Banville recorre de la mano de su amigo Cicero, sorprendiéndose, como el niño que nunca ha dejado de ser, con las historias poco conocidas y los lugares secretos, ocultos, que este le va mostrando y que amplían su visión de la ciudad, de sus afueras, rompiendo el marco cerrado del barrio y los entornos queridos por los que ha transitado a lo largo de los años.
Como ya he apuntado, Baggotonia es el territorio de John Banville en la realidad y en la ficción. Él lo denomina su “parcela particular de Dublín”, aludiendo a su predisposición a empequeñecer, a acotar, el marco geográfico que, según indica, pese a sus aspiraciones cosmopolitas, refleja su sensibilidad provinciana. En la casa de Mount Street vivió muchos años, trasladándose tiempo después a la parte norte de la ciudad, al antiguo pueblo de Howth, en su día “un próspero pueblo de pescadores”.
En las rutas trazadas, en las aventuras ideadas por Cicero, el escritor levanta las capas del tiempo y va descubriendo el pasado dublinés. En las páginas iniciales del libro les vemos a ambos, “un par de perros viejos y temerarios”, como escribe Banville, montados en un deportivo rojo, rumbo al sur, para ver “la fachada, desmontada, pero conservada con esmero, y la pared lateral del Abbey Theatre original”, inaugurado en 1904, con W. B. Yeats entre sus fundadores. La historia del teatro, destruido en un incendio en 1951, es recordada por nuestro autor.
Este viaje, como otros de los que deja constancia Banville en las páginas que nos ocupan, está impregnado de anécdotas y de compañías. En la zona que recorren, en esta ocasión, se encuentra la bahía de Killiney, “comparada por su majestuosidad y belleza, con la bahía de Nápoles”. En ese entorno, en Torca Cottage, vivió, entre 1866 y 1874, George Bernard Shaw. Y, a propósito de algo que cuenta, hay una mención a James Joyce, que hace acto de presencia en más de una ocasión, como no podía ser de otro modo.
En las rutas trazadas por su amigo Cicero, el escritor va descubriendo el pasado dublinés. En el inicio les vemos a ambos rumbo al sur, para ver “la fachada, desmontada, pero conservada con esmero, y la pared lateral del Abbey Theatre original”, que tuvo a W. B. Yeats entre sus fundadores.
La literatura y sus hacedores irlandeses, los poetas, los libros, están muy presentes en estas memorias. En ocasiones la mirada es desmitificadora. Además de los autores que ya han ido apareciendo en este texto, Banville hace entrar en las páginas del libro a otros muchos, caso de Jonathan Patrick Kavanagh, del que toma unos famosos versos sobre el Gran Canal de Dublín, donde este cuenta con dos bancos “consagrados a su recuerdo”, o del Premio Nobel Seamus Heaney, a quien conoció personalmente, con quien él y Cicero comparten un almuerzo y una conversación.
No voy a desvelar el resto de itinerarios. Os aseguro que os gustará descubrirlos. El pasado de la ciudad va asomando a trechos: el Dublín del XVIII, etapa en la que se detiene en la prostitución a la que se vieron abocadas tantas mujeres llegadas del campo; las hambrunas de la década de 1840; las primeras acciones del IRA en 1966… Y la alargada, temible y poderosa sombra de la Iglesia católica siempre merodeando, un tema muy presente en sus tramas novelísticas. Esto me lleva a las décadas de los 60 y 70, que el escritor rememora yendo de pub en pub, recordando lo mucho que se tardó en que las mujeres pudiesen acceder a los locales y pedir pintas por su cuenta, permitiéndoseles al principio “pedir dos medias pintas en vasos separados, pero no una pinta en un solo vaso”.
el pasado de la ciudad va asomando a trechos: el Dublín del XVIII; las hambrunas de la década de 1840; las primeras acciones del IRA en 1966… Y la alargada, temible y poderosa sombra de la Iglesia católica, un tema muy presente en sus tramas novelísticas.
Desde la perplejidad, Banville se pregunta, pasado el tiempo: “¿De dónde procedía esa norma absurda, y por qué la obedecíamos tan sumisos?”, pasando a argumentar: “Bajo un régimen tiránico –y la Irlanda de aquellos tiempos era una tiranía espiritual–, el populacho se vuelve tan temeroso que hace voluntariamente la labor del Estado. Y, como bien saben todos los tiranos, la mejor censura es la que ejerce el pueblo sobre sí mismo. En los años noventa, cuando las revelaciones de los abusos sexuales de los curas y los intentos de la Iglesia católica por encubrirlos pusieron fin a su hegemonía casi de la noche a la mañana, mi generación se rascó la cabeza y preguntó con la voz temblando: “¿Cómo dejamos que se salieran con la suya durante tanto tiempo?”. Pero la pregunta, claro, incluía su propia respuesta: “Dejamos que se salieran con la suya”. El poder se entrega más a menudo que se conquista”.
Ya en la parte final de este artículo, que hago coincidir con la del libro, me detengo en un capítulo impregnado de lirismo, de mis favoritos, en el que John Banville rinde homenaje a los parques de Dublín, empezando por Phoenix Park, que se extiende a lo largo de la orilla norte del río Liffey y prosiguiendo por St. Stephen’s Green, en el corazón georgiano de la ciudad, hasta llegar a los Iveagh Gardens, sus predilectos, “modestos, no muy exuberantes”, con “un aire de vaga tristeza” que encajan , según reconoce, con su temperamento.

Ese escenario conduce a Banville a narrar su enamoramiento de Stephanie, la chica que se los descubrió, una historia con aires de novela de formación, donde se van descifrando los secretos de la familia de la protagonista a medida que el joven JB va siendo consciente del fracaso de sus ilusiones. “Y el otoño, no la primavera, y mucho menos el verano, es la estación del amor. Yo amé a Stephanie Delahaye, esas pocas semanas, a finales de septiembre y principios de octubre, la amé sin esperanzas, con una especie de agónica ternura”, leemos, después de que el autor nos haya acercado a unos conmovedores versos otoñales de Philip Larkin. Aquí, como en otras partes del recorrido, Banville utiliza registros, descripciones, que recuerdan las evocaciones proustianas. De hecho, el último tramo del libro, que es donde aparece Seamus Heaney, lleva por título Tiempo recobrado.
No me puedo resistir a transcribir el pasaje final del mismo, que tanto apresa el espíritu de estas memorias. Escribe John Banville, rememorando una tarde tranquila, junto a Cicero, en el antiguo pub Mulligan’s: “Confieso que entre Cicero y Dublín me han concedido las llaves de la ciudad. Brindo por estar aquí –porque estar aquí es mucho– y sonrío como un estúpido, me temo, a la luz del sol en la puerta. Aparece una sombra y entra nada menos que –no existen las coincidencias– mi hijo mayor, mi primogénito, que ahora es un hombre de mediana edad y más alto que yo. Va de camino a casa después del trabajo y se ha parado a tomar una pinta, como hacía mi padre hace tantos años, en otro mundo, en otro tiempo. / Oh, tiempo, Oh “tempora”, ¿en qué sitios hemos estado… Y dónde me llevarás todavía?”.
Así cierra el autor sus memorias. Yo os quiero decir que el libro incluye dos apéndices en los que entran apuntes de lecturas sobre aspectos singulares de la ciudad y la letra de una canción: Johnny Doyle y el marinero olvidadizo. Os digo también que las notas a pie de página resultan también interesantísimas por las muchas anécdotas y datos que aportan sobre los paseos de John Banville y sus visiones de Dublín.
La alquimia del tiempo. Un memoir dublinés ha sido publicado por Alfaguara, con traducción de Miguel Temprano García.









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