Pilar Adón. “La necesidad de escapar es lo que anima mi literatura”

Fotografías por Nacho Goberna © 2022 /

Emma Rodríguez © 2022 /

 

He quedado con Pilar Adón una mañana otoñal, en una cafetería cercana a su casa y rodeada de libros, en el barrio madrileño de Argüelles, y ha sido como retomar el hilo de una conversación mantenida hace unos años, en 2015. Volvemos a hablar de la naturaleza indomable, de la idea de comunidad, del anhelo de huida de los entornos urbanos. Entonces el motivo del encuentro fue la publicación de su novela Las efímeras. Ahora, la reciente llegada a las librerías de una nueva entrega, De bestias y aves, una obra que se comunica con la anterior a través de una especie de cauce subterráneo (imagen que se adapta muy bien a la narrativa de Adón) y que deja absolutamente claro que la autora está construyendo un territorio absolutamente singular, con ecos de cuentos y leyendas, como ella misma señala. 

La obra sobre la que hablamos atrapa en sus redes a quienes abrimos sus páginas. La trama es inquietante, las atmósferas y tonalidades parecen sacadas de una pintura romántica. La historia nos habla de una comunidad de mujeres a la que llega Coro, una pintora que desea escapar de su realidad, de sus traumas, de sus pérdidas, sin tener claro el rumbo. Por momentos, nos parece estar dentro de un sueño, tal vez una pesadilla, pero la protagonista está viviendo de verdad una situación extrema. No va a despertar y darse cuenta de que todo está bajo control. El destino la conduce a una revelación, a una verdad liberadora, iluminadora, a una experiencia con tintes espirituales. 

Si tuviera que definir rápidamente la novela, diría que es una narración sobre el hecho de perderse. O tal vez una historia sobre saltar a otro lado, a otro tipo de entendimiento. El cielo y las aves, el agua y la tierra, “el pasado del tiempo y sus sombras”, adquieren una poderosa importancia en todo lo que sucede. “Mire el cielo y quédese con la luz. Olvídese de la oscuridad y recupere la inocencia, querida. Haga uso de ella”, le dice a la protagonista una de las mujeres de Betania, un lugar sin teléfono, sin llamadas ni mensajes. “Nada de saludos ni de disponibilidad absoluta para cualquier idea que implicara una exposición, una charla, un debate, un traslado en tren o en avión”, se explica ya en la primera página. Entramos en un espacio fuera de cualquier mapa, al que tal vez solo llegan los que se pierden de verdad.

«De Bestias y aves» es una novela sobre el hecho de perderse. una historia sobre saltar a otro lado, a otro tipo de entendimiento. El cielo y las aves, el agua y la tierra, “el pasado del tiempo y sus sombras”, adquieren importancia en todo lo que sucede.

De bestias y aves se sitúa en un entorno ajeno, que no reconocemos, pero las pulsiones que mueven la narración nos resultan cercanas y, tal vez, nos atraen porque en ellas podemos reconocer ansiedades y temores, deseos de dejar atrás el ruido apabullante de las sociedades de las prisas y acceder a la lentitud, al silencio. “El deseo de huir de Coro, de dejarlo todo, porque está agotada mentalmente, es un deseo que existe y que está claramente en mí desde siempre”, reconoce Pilar Adón, una mujer a la que le gusta explorar a través de la literatura lo que se esconde tras las capas de lo visible, tras el telón de las vidas.

Su manera de hablar es fluida, natural, una palabra que le gusta mucho. La conversación parece ser para ella una manera de ir descubriendo sobre la marcha algo más de sus motivaciones, del germen que la lleva a contar las historias que cuenta. La escritura es un nutriente para quien dice sentirse segura con un libro en las manos. En la poesía, en los relatos, en las novelas, siempre asoma esa niña que se refugiaba debajo de la mesa camilla de su dormitorio con sus cosas, sus cuadernos, sus libros. Tal vez ahí empezó a imaginar, a inventar, su propio mundo.

Pilar Adón. Fotografías por Nacho Goberna © 2022

– ¿En qué momento y circunstancias sitúas De bestias y aves? Sus atmósferas, sus búsquedas, la acercan mucho a tu novela anterior, Las efímeras. Es como entrar en un territorio que nos resulta familiar.

– Sí, me gusta la idea de que las novelas que escribo se comuniquen entre sí. Empecé con esta historia cuando terminé Las efímeras. Siempre hago lo mismo. No dejo que pase tiempo entre la que acabo y la siguiente. Me gusta tener una novela que me acompañe, me da seguridad. Es como tener a alguien esperándote en casa, y, aunque no sea constante con la escritura, sé que está ahí y todo lo que hago: pensar, dar vueltas a ideas, tomar notas y observar, lo hago con un propósito que es la novela que tengo en mente. Lo que sucede es que en este caso sí hubo unas circunstancias especiales. Decidí ponerme a trabajar en serio en el verano de 2018, pero en el siguiente, el de 2019, perdí a mi padre y sentí que no podía seguir. Había una imposibilidad real de escribir cualquier cosa en prosa. Me centré en la poesía. Escribí un poemario, que se publicó en marzo de 2020, titulado Da dolor, muy vinculado a la desaparición de mi padre… De pronto, era el vacío, la sensación de que esa persona, de repente, dejó de estar…

– Fue una especie de bloqueo

– Sí.  Un bloqueo que se mantuvo hasta que Juan Casamayor, el editor de Páginas de Espuma, me propuso escribir una historia corta para su colección de libros ilustrados. Le dije que sí y eso fue lo que me despertó. Escribí una historia, una novela corta, Eterno amor, sobre una comunidad de mujeres, aislada, en mitad de un monte. Son mujeres que se dedican a cuidar de chavales que han cometido alguna falta, algún tipo de delito. Hay una mezcla ahí entre el pasado, la ambientación medieval, y el ahora, con la posibilidad de acceder a Internet. Es un no tiempo y un no lugar, como también sucede en De bestias y aves. Ambos libros están muy relacionados… En ambos irrumpe un intruso que lo trastoca todo. Cuando escribí esta historia, de repente me desbloqueé. Me ayudó a seguir con De bestias y aves. Empecé con un ritmo continuo y pude terminarla. Está muy, muy vinculada, a mi padre. La dedicatoria es para él; la naturaleza de la que hablo está muy relacionada con su figura. 

«Me gusta tener una novela que me acompañe, me da seguridad. Es como tener a alguien esperándote en casa, y, aunque no sea constante con la escritura, sé que está ahí y todo lo que hago: pensar, dar vueltas a ideas, tomar notas y observar, lo hago con un propósito que es la novela que tengo en mente».

– Pero supongo que el tema de la comunidad de mujeres ya estaba antes de que empezaras a escribir Eterno amor. También hay una comunidad en Las efímeras. El aislamiento, el carácter cerrado del grupo, en medio de una  naturaleza agreste. Son elementos muy presentes en todo lo que escribes.

– Sí. El tema de la comunidad ya estaba presente y, como dices, también se encuentra en Las efímeras. Me gusta que me lo señales porque es un propósito que ha sido inconsciente, involuntario, aunque no lo parezca. La sensación que tengo es que siempre acabo escribiendo alrededor de lo mismo. Hay temas que me atrapan, que me hacen escribir y estar todo el día pensando en ellos. Son el encierro, la huida, los deseos de estar en otra parte, el anhelo de liberación. Todos ellos me llaman la atención y tiran de mí. Me dejo llevar y voy escribiendo, pero, cuando echo la vista atrás, me doy cuenta de que, efectivamente, hay un hilo conductor en prácticamente todo lo que he escrito, no sólo prosa, sino también poesía: la naturaleza, el aislamiento, la comunidad de mujeres, la llegada de un intruso que viene a ser el elemento disruptivo que lleva a que todo cambie… Todo esto se va repitiendo, con distintos argumentos, distintos personajes, etcétera, pero lo que subyace, incluso la ambientación, es muy parecida. Me resulta muy interesante la manera en que unos libros se van vinculando a otros. Ahora, cuando lo pienso, ya es algo consciente, pero todo partió de una pulsión, de  una manera de actuar porque, simplemente, era lo que me llamaba.

Lo cierto es que has ido construyendo un territorio muy particular. Los lectores reconocemos el territorio Pilar Adón. Los refugios, los lugares para aislarse, para huir de la sociedad, del sistema, están ahí. ¿Hasta qué punto la escritura, la literatura, es también eso para ti?

– Pues seguro que sí. Te puedo contar que cuando era pequeña, mi manera de leer era metiéndome debajo de la mesa camilla de mi habitación. Allí era donde hacía los deberes y donde ponía mis cosas, mis libros, mis cuadernos. Me gustaba mucho aislarme, esconderme dentro de ese refugio. Quizá de una manera inconsciente, desde la niñez, asociaba ese refugio, ese aislamiento, a lo que ahora me planteas. Hay algo en la literatura, no solo como escritora, también como lectora, que me hace sentir segura. Y esto lo noto mucho, por ejemplo, cuando me dispongo a viajar. Cuando ya sé qué libro o libros me voy a llevar, me siento segura. Es como un anclaje a terreno sólido, a terreno firme, dentro de lo que puede ser un viaje, una mudanza o cualquier tipo de cambio en el que no sabes lo que te espera. Cuando no controlas nada, saber que hay algo literario alrededor en lo que ampararse, a mí me ayuda mucho.

– ¿Estás de acuerdo en que tu literatura se sitúa en los márgenes, en la periferia, en “lo no habitual”, como se dice en un momento dado en la novela? 

– La verdad es que cuando me planteo estas cosas, nunca sé muy bien la respuesta. Tengo claro que lo que hago obedece a una honestidad y a una búsqueda literaria, pero también personal, por encontrar esos huecos en los que sentirme segura. Son los espacios en los que más me gusta estar y los personajes que elijo son los personajes con los que me siento cómoda. Puedes pensar que son personajes muy sensibles, que puede ser que lleven una existencia en los márgenes. No creo que sean marginales, pero, por su manera de actuar, de comportarse, de querer huir, sí que se pueden situar ahí, pero lo cierto es que este hecho no obedece a algo forzado ni premeditado. Es sencillamente lo que a mí me parece natural, una palabra que abarca muchos significados y que prefiero usar en vez de normal. Cuando me preguntan, por ejemplo, por qué mis personajes son siempre mujeres, contesto que es lo que me resulta natural; lo que me llama; lo que me sale; lo que me interesa y lo que me hace seguir escribiendo y querer seguir haciéndolo. Si planteamos el germen de la narrativa como una semilla, como una imagen, como algo que se te mete en la cabeza y que te persigue y de lo que únicamente te puedes librar escribiendo, en mi caso, vuelvo a lo mismo, los elementos que generan todo esto son la naturaleza, los personajes que huyen, las mujeres…

«Cuando me preguntan por qué mis personajes son siempre mujeres, contesto que es lo que me resulta natural; lo que me llama; lo que me sale; lo que me interesa y lo que me hace seguir escribiendo y querer seguir haciéndolo».

– Mujeres con caracteres fuertes, por lo general, que, curiosamente, deben hacer frente a la amenaza que suponen los personajes masculinos, que casi siempre suelen ser intrusos. Ellos son los que irrumpen, los que rompen los equilibrios.

– Sí, efectivamente. El elemento masculino casi siempre es el elemento disruptivo que viene a poner en tela de juicio todo lo que está sucediendo y lleva a que las mujeres fuertes se rebelen y se defiendan. En De bestias y aves hay otra parte que, en cierto modo, juega ese papel. Se trata de Coro, la protagonista, una mujer que viene de fuera y que llega a la comunidad porque se pierde; necesita gasolina; necesita ayuda. Tanto ella como el hombre son elementos disruptivos. Los dos vienen a romper la calma, lo establecido, pero cada uno es recibido de una manera distinta. Él viene reclamando que esa propiedad es suya, y por ello quieren expulsarlo. A ella las mujeres la acogen, a su manera. Mientras escribía solo sabía que tenía que haber algo que produjera  una ruptura y surgió el personaje del hombre que va a reclamar una casa que es lo más sagrado para las mujeres. Esa casa es su centro de seguridad, es el anclaje a su realidad, a la realidad que ellas han querido trazar para sí mismas. Ese es el lugar en el que son fuertes, independientes, autosuficientes. Querer expulsarlas de ahí es como talar un árbol de raíz.

– ¿Hay algún punto de conexión entre estas mujeres y tus propias vivencias, tu biografía? 

– Bueno, últimamente me estoy dando a mí misma un argumento que no sé hasta qué punto es real. De nuevo te voy a hablar de mi infancia. Cuando yo era pequeña, en el pueblo de mis padres, un pueblo muy pequeño entre Toledo y Ávila, yo vivía en casa de mi abuela, y en esa casa éramos cuatro mujeres y dos hombres. Por las noches, las mujeres de la casa, a las que se incorporaban otras que venían de fuera; caso de mi mejor amiga y sus hermanas, o de mis tías, se reunían, en verano en el patio y en invierno frente al fuego, para hablar y contarse historias. Seguro que se las inventaban; que elucubraban mucho, pero el recuerdo que guardo es que las niñas escuchábamos y escuchábamos. Se establecía una especie de círculo de mujeres muy interesantes, apasionantes. Todo era descubrimiento hasta que llegaban los hombres. No es que fueran ni mejores ni peores, esto no quiero juzgarlo; pero llegaban y desde ese momento se rompía ese círculo porque había que hacer la cena, había que irse a la cama…

Pilar Adón. Fotografías por Nacho Goberna © 2022

De alguna manera, por lo que cuentas, sentías que se rompía esa magia que se había creado.

– Así es. He contado esto en alguna otra ocasión y algunos hombres se han molestado porque entendían que los hombres a los que me refería eran malísimos y llegaban para romper la armonía maravillosa de las mujeres. Yo no he dicho tal cosa. Esos hombres eran mi padre y mi hermano, y esta novela está dedicada a mi padre. Pero realmente pasaba eso, algo se rompía. Creo que, en cierto modo, esa experiencia se ha quedado en mí y es la que me lleva a trazar personajes masculinos vistos como una amenaza. Por otro lado, las mujeres en mi casa siempre han sido muy fuertes. Tengo un poema que se titula Nunca he visto llorar a mi abuela y, ciertamente, en los muchos años que estuve a su lado, nunca vi llorar a esa mujer tan dura, física y emocionalmente, que había vivido mucho, que había perdido a varios hijos. 

Estás dándome muchas claves. Hablabas antes de las historias que escuchabas de niña. En esa atención puede que ya empezara a fraguarse la mirada de la escritora.

– Puede. Las mujeres de mi entorno eran fabuladoras natas. Mi familia es un ejemplo de la famosa tradición oral. No encendíamos la tele, no había móviles, las niñas escuchábamos sin escandalizarnos; si tenían que contar barbaridades las contaban, no como ahora, que nadie cuenta nada delante de los niños para que no se frustren. Sí, yo creo que todo esto tiene algo que ver con lo que escribo.

– El tema de la comunidad también adquiere un significado muy especial en un presente tan individualista como este. 

– Sí. Y fíjate que en la novela se plantea una dualidad, porque hablamos de una comunidad de mujeres que se han reunido para ser autosuficientes, independientes; porque se necesitan unas a otras, para cuidarse y para vivir al margen, pero, al mismo tiempo, sí que hay bastante individualismo. Viven juntas, pero cada una de ellas guarda muy bien, con mucho celo, su propio territorio, como si fueran animales que protegen su madriguera. Y también es muy importante la presión de grupo. Esa presión se hace más intensa con Coro. Ella es la nueva, la externa al grupo, y el grupo puede llegar a ser paralizante. Basta pensar en lo que nos sucede cuando llegamos a un lugar de trabajo nuevo; cuando entablamos relación con un círculo de amigos ya formado. La manera que tiene Coro de intentar irse de ese lugar, del que no puede salir, es la misma que tenemos casi siempre de ir integrándonos. Se trata de ir cediendo, siendo amables, sin decir “me quiero ir”, aunque lo deseemos, de una manera frontal. Coro nunca se enfrenta al resto de las mujeres de manera radical porque sabe que tiene las de perder. Se trata de un grupo cerrado, dentro del cual cada una tiene sus características, sus peculiaridades, y, en conjunto, son capaces de imponerse sobre ella, que es la que acaba de llegar.

«en la novela se plantea una dualidad. hablamos de una comunidad de mujeres que se han reunido para ser autosuficientes, independientes; porque se necesitan unas a otras, para cuidarse y para vivir al margen, pero, al mismo tiempo hay bastante individualismo».

La protagonista ha llegado a un lugar del que no puede escapar. Va conduciendo, se ha quedado sin gasolina y para el coche para pedir ayuda. No lleva móvil, está perdida, ha ido a parar a un sitio que no se sabe muy bien ni donde está, como si hubiera llegado a un lugar mágico, irreal, fuera de los mapas. Hay una imposibilidad geográfica.

– Efectivamente. Se trata de un no lugar, no hay salida. Físicamente no puede salir, emocionalmente le resulta también muy complicado. Hay una primera parte en la novela más realista. Se cuenta la historia de una mujer artista que está agotada mentalmente, que arrastra un trauma y necesita huir. En esa primera parte la vemos llevar a cuestas una pesada carga; pero, de pronto, llega a la casa, situada en un no lugar. Está rodeada de naturaleza, no tiene manera de escapar… Es el paso a otro lado que se ha denominado como “irrealismo”, un término que me encanta. En ese lado se encuentra con una comunidad de mujeres que le dan una pócima nada más llegar; no hay más que animales y naturaleza; conoce a dos hermanas, a una niña, a una anciana que se está quedando ciega… Si nos fijamos, todos esos elementos forman parte de los cuentos de nuestra infancia, de las leyendas, de esa especie de imaginario que, por lo menos en mi caso, sigue muy presente. ¿Cómo huyes de ahí, como huyen los personajes de los cuentos? En esos relatos se habla de gente que está y que de repente ha desaparecido mientras nos preguntamos dónde se encontrará. En el caso de Coro en ningún momento se plantea la visión exterior, la de aquellos que notan su ausencia y piensan en su posible destino. Todo el rato la historia se cuenta desde el punto de vista de ella, que realmente desaparece, como si la poza, la roca, el lago, todos los elementos naturales que hay en la novela, se hicieran con ella.

Volviendo al tema de la comunidad, pienso en un filósofo como Jean-Luc Nancy, que habla de la necesidad de recuperar la idea de comunidad. Pero su idea se basa en la proximidad con los otros, en los afectos colectivos, como camino para superar estos tiempos de tanto individualismo y falta de conexión auténtica. Nada que ver con la comunidad de tu novela, donde hay elementos sombríos, incluso señales de amenaza, de peligro, como hablábamos antes. Mientras leemos nos vamos preguntando todo el tiempo: ¿Pero qué pasa aquí? La protagonista se lo plantea también; no sabe si está secuestrada. De ideal tu comunidad tiene poco.

– No, no tiene nada de ideal, del mismo modo que la naturaleza no está idealizada en mis novelas. En Las efímeras, la comunidad utópica se va al traste y quedan las supervivientes, las herederas, y su empeño de mantenerla en pie pese al desastre. En Eterno amor, la comunidad de mujeres es más armónica, pero tampoco es perfecta. Siempre me han atraído las comunidades tolstoianas, no exclusivamente de mujeres. Me interesa mucho todo lo que respecta al movimiento que se generó a partir de las ideas de Tolstói de compartir. Tengo un cuento que, básicamente, habla de esto, de un personaje que llega a una comunidad tolstoiana. Lo único que quiere es que le dejen en paz para escribir en una cabaña; pero se da cuenta de que está en una comunidad, sus miembros le han acogido y él tiene que dar algo a cambio. Le piden sus libros, le piden que se integre, que hable de todo lo que sabe, algo a lo que él no está dispuesto porque básicamente lo que quiere es escribir. He ahí esa dualidad entre individualismo y comunidad de la que hablábamos. Es un tema que me apasiona.

Pilar Adón. Fotografías por Nacho Goberna © 2022

– ¿No crees que esa dualidad se ha visibilizado mucho durante la pandemia?

– Totalmente de acuerdo. De repente fuimos conscientes de que el otro podía contagiarnos, y el otro podía ser tu familiar, tu pareja; o, peor aún, tú podías contagiar a tus padres, con una edad avanzada, y entonces el terror era horroroso, ese no poder acercarte a ellos, no poder abrazarlos. Experimentamos una sensación de individualismo brutal, impuesto, aceptado, y también sano, para no perjudicar a los demás. La pandemia nos hizo ser conscientes de lo aislados físicamente que podemos llegar a estar. A mí me ha llamado la atención algo que ya tenía claro, pero que en estas circunstancias se intensificó aún más: la imposibilidad de la comunicación mediante las palabras. Esto ya era algo que le había leído a Iris Murdoch. Ella decía dos cosas: solo con las palabras, como seres humanos, somos capaces de llevar al otro a lo más alto, o hundirlo en las miserias más absolutas, y al mismo tiempo señalaba que la comunicación humana es imposible, que no somos capaces de transmitir el amor mediante las palabras. En la pandemia lo he entendido completamente. Me di cuenta de que llamar a mi madre y decirle que la quería mucho era una cosa totalmente estéril; de que ella me podía decir te quiero y estaba bien, pero no bastaba. Yo necesitaba acariciarla, abrazarla… De repente ese individualismo impuesto, físico, frente a la idea de comunidad, aunque sea la pequeña comunidad familiar, lo hemos percibido a lo bestia. 

Pero también se ha dado una tensión importante. Hemos sido conscientes del individualismo, que en este caso ha sido impuesto, pero que ya formaba parte sustancial de las sociedades en las que vivimos. Y, por otro lado, hemos tenido la percepción de que había que cambiar algo, protegernos los unos a los otros, cuidar los servicios públicos. Parecía que la dureza de las circunstancias vividas nos iba a conducir en ese camino, pero ya pasado algo de tiempo, esto no parece nada claro. Esa tensión entre el anhelo de otro tipo de sociedades más fraternales y el individualismo salvaje sigue ahí.

– Sí. Es curioso cómo olvidamos, cómo va pasando el tiempo y comprobamos que algo que fue brutal no haya tenido la suficiente capacidad de transformación. Al principio lo creímos; puede que fuese porque necesitábamos agarrarnos a algo y pensábamos que esta situación a nivel mundial, de todos los seres humanos sintiendo la misma indefensión, el mismo aislamiento, la misma necesidad de sanar, no solo físicamente sino social y mentalmente, tendría consecuencias positivas. Estábamos esperanzados, pero no ha sido así; al final nada, o incluso se ha ido a peor, porque ahora nos estamos agarrando a nuestros pequeños círculos en busca de seguridad. No hemos salido beneficiados en absoluto, sino con más miedo, con la idea acentuada de “lo bueno para mí y para los míos”. Y en lo que atañe a los servicios públicos, tampoco se ha aprovechado lo vivido para mejorar. No hemos sabido estar a la altura en ningún sentido: ni política, ni social, ni filosófica, ni intelectualmente. No lo hemos conseguido. Ha habido momentos en que ha salido el cainismo más terrible en este país. 

– Se ha producido, por otro lado, una explosión de deseos de salir al exterior, de exponerse más, de apurar el tiempo, de disfrutar de la diversión, tal vez de no pensar… ¿Qué opinas?

– Bueno, ya anunciaban que la salida de la pandemia iba a ser como una especie de felices años 20, como una explosión de ansias de disfrute, pero sin mucha conciencia. Durante el confinamiento estábamos meditando, reconcentrados, con la mirada hacia el interior, y de repente todo eso se ha olvidado. Parece que no tuvo efecto alguno. Y también es interesante analizar lo que ha pasado en las redes sociales. Actuar en redes en esos momentos venía bien porque daba la impresión de estar acompañados y eso acentuó el uso de las mismas, la exposición en ellas, algo que a mí siempre me ha dado mucho pudor. Pero, a posteriori, al menos esa es mi impresión, ha aumentado también la sensación de que hay que tener cuidado. ¡Cuidado con lo que dices, que va a haber un montón de gente alrededor recriminándote! Eso es terrible, es una especie de autocensura previa por miedo a las consecuencias, a las reacciones que puedan surgir. Siempre fue así, pero ahora parece haber ido a más. Yo pertenezco a una generación pre virtual y me doy cuenta de que cuando interactúo en redes me preocupa mucho el mensaje que estoy enviando; es casi como si escribiera una carta en papel, pero siendo consciente de que lo que he escrito lo va a leer mucha gente, y eso genera ansiedad. ¿Qué necesidad tenemos de esa exposición constante?

«No hemos salido beneficiados en absoluto Tras la Pandemia, sino con más miedo, con la idea acentuada de “lo bueno para mí y para los míos”. No hemos sabido estar a la altura en ningún sentido: ni política, ni social, ni filosófica, ni intelectualmente».

La conversación nos ha llevado lejos de los márgenes de la novela, pero no tanto. De bestias y aves nos conduce a la idea de aislamiento, de alejamiento del ruido del mundo. La protagonista necesita de la calma y el silencio, quiere dejar atrás la tensión que le supone ser una artista continuamente expuesta a la mirada y la apreciación de los demás. La necesidad de retiro creo que es común a muchas personas en este presente dominado por la comunicación en redes.

– Sí, justo es eso.  Esa sensación… De bestias y aves es una novela prepandemia, pero conecta con mucho de lo que hemos experimentado recientemente. La  idea de retiro, de aislamiento, es algo que obedece a una pulsión que tengo desde siempre. Ya te decía como leía de pequeña, encerrada en mi habitación debajo de la mesa. La necesidad de salir, de escapar, es lo que anima mi literatura; el deseo de bajarse de la famosa rueda de las ratas. Eso es dificilísimo, pero mis personajes lo intentan, por lo menos lo intentan. Coro, la protagonista, decide huir y dejarse el móvil, un acto de valentía absoluta. Me han preguntado qué hay de Coro en mí, y la verdad es que hay mucho, pero ella es bastante más valiente que yo, mucho más. Quiere romper con todo, no de la forma tan drástica en que acaba sucediendo, no de una manera sin fin. Lo que ella busca en un principio es liberarse, descansar la mente, salirse de esa apreciación constante a la que está sometida por el hecho de ser artista. Es una mujer muy obsesiva, muy centrada en la perfección de su trabajo, y como pintora miniaturista está muy acostumbrada a ver las cosas de cerca, a copiar hojas y otros elementos. Y de repente se siente frente a la amplitud y al vacío de la naturaleza, donde se tiene que mirar a distancia, donde no hay nada que se pueda controlar, nada. A través de este personaje he seguido explorando el hecho que acompaña a la querencia de huida, la dirección a tomar. ¿A dónde huir? ¿Cómo saltar de la rueda de ratas? En Las efímeras se habla de una comunidad donde las hermanas Oliver ya estaban asentadas; aquí lo que me he planteado es una mujer que no está asentada sino que llega a la comunidad. ¿Cómo se va a integrar?, es la pregunta que subyace todo el rato. Una de las cosas que tuve claras desde un principio es que yo quería salvar al personaje, quería que esa huida que la empujaba a pasar por una serie de procesos, de fases de adaptación, de comprensión, finalmente la llevara a un cierto tipo de salvación.

Estamos ante una novela sobre el perderse. Perderse con todas las consecuencias; pasar a otro lado, a otro tipo de entendimiento.

– Sí, perderse, además, de una manera auténtica, porque si ella echara la vista para atrás se daría cuenta de que ya estaba perdida desde el momento en que su hermana se fue. Ahí empezó a cargar con un fardo que no le correspondía; con la culpabilidad de la superviviente… La culpabilidad la dominaba, no le permitía ser libre, debía ir evolucionando y perderse para encontrarse finalmente.

El tema de las hermanas es otra de las constantes en tu obra. ¿De dónde parte esa obsesión?

– Siempre me ha atraído mucho el tema y eso que no tengo hermanas. Tengo un hermano tres años menor que yo y la relación no tiene nada que ver con la que planteo entre hermanas en mis distintas novelas y también en mis cuentos. Relaciono mucho ese interés con el hecho de que nunca fui una persona de grupo –los grupos siempre me ponen nerviosa–, pero sí de tú a tú. Desde pequeña siempre he tenido mejores amigas, que, al final, de algún modo, son como hermanas elegidas. Una de mis mejores amigas la conservo desde que íbamos al parvulario. A la hermana la veo como alguien que siempre va a estar ahí, que en principio te va a entender, aunque surjan diferencias y momentos difíciles. Con un hermano la relación no puede ser la misma, porque, entre otras cosas, la educación de los chicos es muy diferente, al menos en mi generación; ahora no lo sé. 

Antes me decías que te suelen preguntar si tienes mucho que ver con Coro. Ya el simple hecho de la dedicación a la creación da pistas, pero a mí me da un poco la impresión de que con tus personajes, concretamente con este, es como si te preguntaras: ¿qué haría yo en esta situación extrema? Es como si quisieras poner en una situación límite a la protagonista, hacerla sufrir un poco.

 – Bueno, yo creo que siempre hay mucho del autor en todo lo que escribe. Sucede sobre todo en poesía, pero también en prosa. Hay mucho no solo a nivel biográfico, en la inclusión de anécdotas que nos han podido suceder, sino también en lo que respecta a planteamientos, filosofía, querencias y aspiraciones que echamos directamente sobre nuestros personajes. El deseo de huir de Coro, de dejarlo todo, porque está agotada mentalmente, es un deseo que existe y que está claramente en mí desde siempre, unido a la pregunta de a qué otro sitio se puede ir. El hecho de que ella coja el coche y empiece a conducir, sin rumbo concreto, es algo que tiene mucho de mí. A mí me gusta bastante conducir y suelo perderme. Tengo una tendencia a no saber orientarme, pero ni siquiera en la actualidad, con todas las aplicaciones que existen. Coro no lleva móvil, pero yo incluso con móvil me pierdo. Me pierdo en las ciudades y me gusta preguntar a la gente por los sitios en los que me encuentro. Hay mucho en mí de esa pulsión de pérdida, de esa angustia que supone perderse.

«creo que siempre hay mucho del autor en todo lo que escribe. no solo a nivel biográfico, en la inclusión de anécdotas que nos han podido suceder, sino también en lo que respecta a planteamientos, filosofía, querencias y aspiraciones que echamos sobre los personajes».

Y respecto a lo que te decía de poner a tu protagonista en situaciones extremas… 

– Sí. En cuanto a lo que me planteas, es verdad que en la novela está todo ese proceso que bordea los límites, que lleva a Coro a preguntarse: ¿dónde estoy; cómo salgo de aquí?, hasta llevarla a experimentar terror: ¿qué me van a hacer estas mujeres? A todo ello sigue una fase de armonización de la situación, algo que tenía muchas ganas de explorar, porque creo que todos lo experimentamos cuando nos sucede algo muy brutal. Y hay otra cosa que está muy presente en la novela, la constatación de que la naturaleza no regala nada. En esta especie de huida hacia el campo, que se ha producido también con la pandemia, en muchas ocasiones se ha podido pensar: “me voy a la naturaleza y allí voy a estar en calma, en silencio, en armonía conmigo misma”. Pero a la naturaleza hay que acostumbrarse y la naturaleza tiene que dejarte entrar, no regala nada. Esa aceptación mutua es también algo que me apetecía tratar en el libro; el hecho de que la protagonista de repente se encuentra ante un territorio abierto y tiene que sentirse aceptada y aceptar ella, las dos cosas. Y, por último, la exploración final del conocimiento de lo que está sucediendo, ese proceso de abrir los ojos… 

Pilar Adón. Fotografías por Nacho Goberna © 2022

La novela evoluciona hacia una revelación, hacia una experiencia, diríamos, de carácter espiritual.

– Totalmente. Hay un símbolo en el nombre de la comunidad, Betania, un nombre bíblico, del lugar en el que resucitó Lázaro. No sé si al decirlo revelamos algo de lo que le pasa a la protagonista, pero es una especie de resurrección simbólica lo que le sucede.

El extrañamiento define la novela desde la posición de los lectores. Esa tensión que creas está hecha de silencios, de no contarlo todo, de sugerir, y dejar que supongamos, que imaginemos, lo que está pasando, los sentidos de lo que sucede. Esa tensión atrapa, hace que no se quiera parar de leer.

– Sí. El extrañamiento también es algo que me gusta mucho que menciones. Es una manera de narrar desde un posicionamiento concreto. Es como si toda la novela estuviera vista no de frente sino desde un lugar oblicuo, como si yo, como observadora, como autora, hubiera torsionado la historia para ofrecértela desde otro ángulo. Y, por supuesto, es evidente la labor de generar inquietud, que es, como dices, lo que hace que queramos seguir leyendo para saber qué pasa con la mujer que ha llegado a la comunidad. Para eso, sí, hay que ir dejando que el lector rellene huecos y se pregunte qué haría en la misma situación que se está planteando, qué sentiría. Ese proceso de extrañamiento, de descubrimiento, de aceptación, es un proceso que va sintiendo el lector a la vez que el personaje central. Es un avanzar desde el no entender nada, como le pasa a ella al principio, hasta ir viendo lo que sucede, descubriendo cómo es el sitio en el que está Coro, por qué las mujeres quieren que esté ahí y a partir de ahí ir aceptando. Es como coger una mano y seguir el pacto ficcional famoso: “Déjate llevar, que vas a ir descubriendo las mismas cosas a la vez que la protagonista”. 

El personaje de la niña de la novela resulta muy atractivo. Es misterioso. Se sabe poco de ella, pero en este proceso del que hablas de desvelamiento, actúa, en cierto modo, como una guía. Domina el lugar, el terreno, con absoluta naturalidad, como una parte más de él, y orienta a la mujer perdida.

«El proceso de extrañamiento, de descubrimiento, de aceptación, es un proceso que va sintiendo el lector a la vez que el personaje central. Es como coger una mano y seguir el pacto ficcional famoso: “Déjate llevar, que vas a ir descubriendo las mismas cosas a la vez que la protagonista”

– Sí. Como elemento narrativo me parece fascinante. Nunca ha salido de Betania, no conoce nada más, va aprendiendo con libros, con las historias que le van contando y con su propia investigación. Es una niña muy curiosa, que se lanza a la naturaleza. En realidad es la niña que sabe. En la novela nos encontramos con los dos límites de la edad. Está la señora anciana, que ya no puede andar, que casi no ve, que es casi como un oráculo. Ella representa la sabiduría de la experiencia frente a la sabiduría infantil de esta niña que, contrariamente a la anciana que no se puede mover ya, es todo movimiento, todo acción. La niña es la que realmente ve cómo se comporta el hombre, es la que está todo el rato curioseando con los animales. Son dos extremos de sabiduría, al final y al principio de la edad. En realidad estamos hablando todo el rato de dualismos, de ambivalencias. Es muy importante el arriba y el abajo también. Las aves del cielo, que son muy importantes en la novela, y, al mismo tiempo, el agua, la poza, el lago, todo lo que subyace a la tierra. Digamos que lo que está fuera de la casa es lo real y lo que está dentro, lo irreal, ese “irrealismo” que han acuñado y que me encanta. Está, además, el individualismo y la sensación grupal de la comunidad, de lo que hablábamos antes. Hay muchas dualidades y en el caso de la niña y la anciana es muy evidente. 

Hay un momento en el que Coro se plantea que ha llegado a esa situación porque “lo que creía cierto y firme ha fallado”. Es una frase clave en la entrega. Y en otro momento las mujeres le dicen que lo asuma, que acepte lo que le está pasando porque “la vida es cambio”.

– Sí. Todo eso está muy relacionado con la vida de la protagonista, con lo que le va pasando, con su personalidad de mujer controladora, perfeccionista, que acaba entendiendo que no puede controlar nada. Pero también tiene mucho que ver con los procesos de pérdida, con la aceptación de que la vida es cambio, de que la vida es ahora sí y ahora no. Recuerdo que cuando pasó lo de mi padre, pese a que ya había perdido a seres cercanos, una de las cosas que me preguntaba constantemente era por qué los mayores que yo, gente que sé que me quiere, no me dijeran lo que era esto. ¿Por qué no me lo dijeron para estar preparada? Sé que es una cuestión ridícula, porque no puedes estar preparada ante algo así, pero ese proceso de darte cuenta de que no controlas, de que tienes que aceptar, es muy complejo. La palabra aceptación es una palabra que a mí me cuesta mucho, me rebelo constantemente ante ella. Ese anhelo que tenemos muchas veces de querer cambiar las cosas; la sensación de que si lo quieres lo consigues, y el ser consciente de que no, de que hay muchas veces que no es así… Aceptar es una palabra que me cuesta mucho y es lo que se le plantea a Coro todo el tiempo, que tiene que aceptar, tiene que rendirse y dejarse llevar.

Pilar Adón y Emma Rodríguez en la Cafebrería ad Hoc. Fotografías por Nacho Goberna © 2022

También esta es una sensación que tenemos a nivel colectivo. Como sociedad, como colectivo, estamos percibiendo que lo que creíamos cierto y firme está fallando. Siempre ha sido así, nunca ha habido certezas, pero después de la II Guerra Mundial, en Europa, en Occidente, sí se creyó que se podía disfrutar de un bienestar duradero, de una cierta seguridad.

– Totalmente. Pienso que nosotras pertenecemos a una generación que ha pasado por distintas etapas. Crecimos con la idea de que teníamos que esforzarnos, conseguir lo que no consiguieron nuestros padres, y, en ese sentido, creo que nos hicimos fuertes, responsables, perfeccionistas y también rebeldes, capaces de ejercer resistencia. Es cierto que luego vivimos una época de estado del bienestar, en la que parecía que no había problemas con el dinero. Pero las generaciones posteriores han pasado todo el tiempo creyendo que el bienestar era lo natural. Ahora estoy pensando en gente muy formada, de 25, 26, 27 años, en personas a las que conozco, con las que trabajo, a las que se les dijo si hacéis esto conseguiréis seguro esto otro, pero eso no está sucediendo. Estamos donde estamos, crisis tras crisis, pandemia, guerra. Emocionalmente esa gente lo pasa muy mal, aunque pueda ser menos rebelde, más pragmática y maleable.

Supongo que ya estás con una nueva novela. ¿Se repiten las mismas atmósferas? Si fuera así podríamos estar ante un ciclo narrativo, una trilogía o más.

– A mí me gusta pensar que mis novelas se comunican entre sí. Como te decía al principio siempre estoy con una novela y al acabar esta empecé enseguida con la siguiente. Es en lo que estoy ahora, combinándolo con la escritura de cuentos. Y sí, de nuevo la naturaleza está muy presente, y el tema que subyace sigue siendo el mismo, los deseos de encierro. Es como ir detrás del descubrimiento de una verdad que parece que solo se revela en un estado de concentración y de aislamiento. Eso es algo que me llama mucho la atención. De hecho, en De bestias y aves la verdad se le revela a la protagonista cuando entra en ese estado de concentración, de aislamiento.

De bestias y aves ha sido publicado por la editorial Galaxia Gutenberg, sello que también ha editado Las efímeras.
Este diálogo tuvo lugar en la Cafebrería ad Hoc, en la calle del Buen Suceso, 14, en el barrio de Argüelles (Madrid).

Etiquetado con: