Antonio Monegal: “La cultura nos concierne a todos, no es excluyente”

Emma Rodríguez © 2022 /

La cultura “reconcilia los desajustes entre el ser humano y el mundo, modula el horizonte de lo posible y nos invita a enunciar anhelos utópicos. Nos sirve para entender y, en consecuencia, para cambiar. Es el terreno donde nos lo jugamos todo”.

Quien lo dice es Antonio Monegal en Como el aire que respiramos, un  esclarecedor ensayo que explora los sentidos de la cultura a través de diversos análisis y estudios sobre la materia, de lecturas de filósofos y creadores que a lo largo del tiempo se han afanado en trazar caminos y hallar respuestas convincentes. Interesantísimo por su capacidad para abrir sendas de reflexión y de debate, por abordar el tema en toda su complejidad, el libro se apoya en las experiencias del autor como docente y como responsable de políticas culturales en el período de 2009 a 2013 en el Consell de la Cultura de Barcelona, lo que le proporcionó, como él mismo dice, “un aprendizaje práctico inestimable”. 

Monegal, en la actualidad catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Pompeu Fabra, sigue los pasos de autores como el italiano Nuccio Ordine, autor de La utilidad de lo inútil, en su defensa de la cultura, partiendo del convencimiento de la función social de la misma, de su potencial para elevar la calidad de vida y la realización de los ciudadanos, reconociendo en el beneficio personal un valor colectivo por el que, del mismo modo que sucede con la educación y la sanidad, debe ser apoyada con recursos públicos sin ningún tipo de complejos, sin necesidad de justificaciones utilitaristas.

He aquí el punto de partida de una entrega que da vueltas a ese planteamiento desde distintos enfoques y puntos de vista, contraponiendo argumentos a favor y en contra, huyendo de los lugares comunes y de los criterios elitistas que reducen la cultura a la creación más elevada, a aquello que llena las páginas de los suplementos culturales, sin tener en cuenta todo el complejo sistema de creencias, usos y costumbres que define a las sociedades, que fija identidades, que marca la memoria colectiva de los pueblos. Es la cultura en toda su amplitud, como almacén de tradiciones y como motor de cambios; como manera de vivir y como creación artística, la que interesa a Monegal, de ahí que el ensayo que nos ocupa amplía horizontes y estimula a reflexionar sobre los distintos significados del término, sobre la manera en que entendemos y vivimos el acontecer cultural. 

El autor parece no querer dejarse nada en el tintero. Son muchos los argumentos en contra de la necesidad de defender y apoyar la cultura en estas sociedades que abrazan lo útil, lo cuantificable, por encima de todo. La idea de elitismo perjudica a la cultura, pero también el exceso de buenismo con el que en tantas ocasiones se la intenta adornar. En este ensayo se desmonta la creencia de que la cultura, las artes, las letras, nos hacen mejores y nos pueden salvar de la barbarie. Basta ir a la Alemania nazi para verlo claro.

ES la cultura en toda su amplitud, como almacén de tradiciones y como motor de cambios, como manera de vivir y como creación artística, a que interesa a Antonio Monegal. SU ensayo «como el aire que respiramos» estimula a reflexionar sobre la manera en que entendemos y vivimos el acontecer cultural. 

Monegal se detiene en este punto, acompañado de George Steiner, una de las figuras de referencia en el recorrido, quien ha analizado con absoluta lucidez el hecho de que “la gran cultura europea no fue capaz de frenar el Holocausto”. Pero, sin embargo, pese a ello, el pensador no dejó nunca de constatar que “una idea de la cultura desprovista de un ideal utópico pierde su razón de ser”

Frente a la opinión bastante generalizada de que la cultura debe mantenerse alejada de la política, adscrita a sus ámbitos de contemplación y evasión solamente, en Como el aire que respiramos queda patente su potencial político. “Me preocupa cuando oigo decir que la cultura no tendría que verse afectada por los cambios políticos, porque esto querría decir que es impermeable a la realidad que la rodea, que pervive el tópico de la torre de marfil desconectada de las cosas que afectan a los ciudadanos”, sostiene Antonio Monegal, quien alude a los gobiernos represores que intentan censurar y reprimir las producciones culturales. ¿Lo harían si únicamente se tratase de evasión, de entretenimiento? ¿Hasta qué punto la cultura incomoda a los gobernantes al alimentar el espíritu crítico y ayudar a visibilizar las construcciones interesadas, las incoherencias del sistema?

Hoy que tanto se habla de ganar la batalla cultural no tiene sentido otorgar credibilidad a quienes niegan la relevancia de la cultura. En muchos casos son los mismos que quieren controlar, cambiar, imponer, sus relatos. Hoy que la idea de seguridad, de estabilidad, está en entredicho en el privilegiado mundo occidental, faltan asideros firmes, nuevos ideales, diálogos con los otros… La cultura es uno de los cauces, de las vías para imaginar nuevos rumbos; para entendernos mejor en relación al mundo que nos rodea. Sobre todo esto voy pensando al pasar las páginas de este ensayo tan estimulante. Antes de dar paso al cruce de preguntas y respuestas mantenido con el autor, me detengo a transcribir unos párrafos de la obra, pertenecientes a su último capítulo, Lo que está en juego, que me parecen especialmente significativos, motivadores:

“Me preocupa cuando oigo decir que la cultura no tendría que verse afectada por los cambios políticos, porque esto querría decir que es impermeable a la realidad que la rodea, que pervive el tópico de la torre de marfil desconectada de las cosas que afectan a los ciudadanos”, Escribe el autor.

Dejemos de hablar del valor de la cultura como valor económico o instrumento de cohesión social o, por lo menos, pongámoslo en segundo plano. Me temo que aceptar la lógica dominante en las polémicas sobre política cultural perjudica a la cultura porque es una lógica ajena, propia de la economía de mercado o de la gestión de las políticas públicas, que no se ajusta, por bienintencionada que sea, a lo que es y lo que hace la cultura. Nada tiene de sencillo la existencia humana. Ésta es la primera lección de cualquier repaso a la historia de las ideas y de las civilizaciones. Manejar razonamientos claros y simples para explicar el mecanismo que nos ayuda a explorar los misterios de la existencia y a articular la relación con nuestro entorno supondría traicionarlo…”

– “Uno de los valores fundamentales de la cultura es que introduce complejidad en nuestra vida, nos dota de recursos para comprender mejor lo que ocurre a nuestro alrededor y nos hace más capaces de responder con instrumentos complejos a la complejidad de la existencia. No está garantizado que por ello seamos más felices ni mejores personas, porque la cultura puede ser edificante o perturbadora. Puede servir para generar imaginarios de consenso que cohesionen una comunidad o ser un espacio de debate, enfrentamiento o subversión”.

Antonio Monegal en una imagen cedida por la editorial Acantilado.

El otro día un veterano crítico literario me decía que los que nos seguíamos dedicando a difundir contenidos culturales éramos una especie en extinción, que ya poco se podía hacer… Le respondí que, en cualquier caso, seguía mereciendo la pena resistir, plantear batalla. ¿Qué le respondería Antonio Monegal?

Le respondería que la cultura, en el sentido al que se refiere la pregunta, no ha sido nunca hegemónica y su función no ha dejado de ser crítica y de resistencia. Tirar la toalla, aceptar la derrota, supone, en términos políticos, resignarse a que vivimos en el único mundo posible, que es lo que el dogma neoliberal quiere que creamos. Esto es tan falso como pensar que quienes nos interesamos por estas cuestiones somos una especie en extinción. Por cierto, las especies en extinción no por serlo dejan de continuar haciendo aquello que por naturaleza están impelidas a hacer.

Nuccio Ordine, al que cita en más de una ocasión en su ensayo, señala en su obra La utilidad de lo inútil que “la cultura está amenazada por la lógica del beneficio”. El problema es que la mayoría de los ciudadanos, en todo el mundo, apenas discuten que lo que de verdad importa es el dinero, el sacar réditos de cualquier actividad. En estas sociedades parece un disparate no lucrarse, tener otros valores. Mirándolo así parece que el crítico del que le hablaba no estaba tan descaminado…

Tiene razón Ordine en señalar que el utilitarismo es una gran amenaza, porque condiciona incluso los argumentos que se esgrimen para defender la cultura. Constatar ese hecho no nos exime de hacer pedagogía para intentar cambiar la lógica y el discurso dominantes, que es lo que he intentado con este ensayo.

¿Qué se puede hacer? ¿Cómo explicar de manera sencilla que la cultura es una vía para el entendimiento, para la comprensión de la vida, para la plenitud, y que todo eso no tiene precio? ¿Cómo volver a introducir en las conversaciones las ideas de bondad, de honestidad, de coherencia, de nobleza de espíritu?

Creo que hay varias cosas que se pueden hacer: explicar mejor la complejidad de la cuestión y no tomar una posición defensiva que segregue la cultura de la experiencia de la mayoría de los ciudadanos. Hay que lograr que nadie se sienta excluido, dando reconocimiento a las distintas formas de vivir la cultura, no reduciéndola a la llamada alta cultura.

«La cultura no ha sido nunca hegemónica y su función no ha dejado de ser crítica y de resistencia. Tirar la toalla, aceptar la derrota, supone, en términos políticos, resignarse a que vivimos en el único mundo posible, que es lo que el dogma neoliberal quiere que creamos», señala Monegal.

– ¿Cómo enseñar a las nuevas generaciones los valores de lo inútil?, pregunta que se plantea Ordine. ¿En qué medida habría que cambiar los planes de estudio y optar por una formación humanista sin complejos de ningún tipo?

– Cómo reorientar el sistema educativo es en efecto uno de los grandes retos de nuestro tiempo. Uno de los factores favorables es el reconocimiento en muchos sectores de que los saberes humanísticos y las competencias que ayudan a adquirir, como la lectura crítica y la capacidad de comunicación oral y escrita, constituyen una buena base para prácticas profesionales diversas. Por otro lado, el valor de lo “inútil” no se refiere sólo a las humanidades. La ciencia también es cultura y el conocimiento científico no aplicado tampoco se fomenta lo suficiente. 

– ¿Qué le ha enseñado su experiencia como docente?  

Me ha enseñado a ser optimista. Llevo cuarenta años enseñando, las promociones de estudiantes se suceden y no he visto nunca que faltara entre ellos la vocación por las letras y las artes. Siempre hay jóvenes dispuestos a dedicarse a lo que les gusta y les llena, a pesar de los obstáculos y la escasez de oportunidades profesionales. El mensaje de que el mundo no va bien y no se arreglará procurando sólo ganar dinero está más extendido de lo que parece entre las generaciones en cuyas manos está el futuro.

Fotografía © Nacho Goberna

– ¿Cree que aún estamos a tiempo? ¿Tiene sentido la cultura como práctica de la reflexión, de la contemplación, en las sociedades de la prisa, de la productividad, del anhelo de lucro por encima de todo, del exceso de información? ¿Es tal vez la mejor herramienta, esa caja de herramientas de la que habla en el ensayo, para hacer frente a un presente lleno de incertidumbres?

Estamos asistiendo a un resurgimiento del interés por la filosofía, lo cual es una muy buena señal. Por otro lado, hay que tener en cuenta que la cultura es una caja de herramientas que sirve para lo bueno y para lo malo. Nos puede ayudar a enfrentarnos a los retos de nuestro tiempo, pero también son culturales las causas de muchos conflictos, nacionales, étnicos, religiosos, etcétera. Lo que ocurre en Ucrania tiene un sustrato cultural: los ucranianos defienden su identidad nacional, Putin los invade con el pretexto de que no son una entidad diferente de Rusia, es decir, desde la perspectiva de un nacionalismo ruso. Y para justificarse habla de “desnazificar”, invocando así el referente más poderoso de la memoria colectiva rusa. Aunque sea una falsedad, activa un imaginario con efectos emocionales.

– Aquí me apetece hacer un inciso. Todo se entiende hoy en términos de pérdidas y ganancias, de utilidad. Todo se cuantifica… Pero, sin embargo, y he aquí una contradicción, esto no vale para la cultura. Está extendida la idea de su gratuidad. La precariedad en el ámbito de la creación, de la difusión de contenidos culturales, es preocupante. ¿Qué opina al respecto?

En el libro explico que la producción cultural está amenazada por la derecha y por la izquierda. Desde la perspectiva neoliberal, no hay que apoyar aquello que no genera beneficios en el mercado, pero la insistencia en la gratuidad de los contenidos, desde el otro extremo del espectro ideológico, también es peligrosa, porque condena a los profesionales a la precariedad y además contribuye a reafirmar el prejuicio neoliberal de que la cultura no tiene valor porque no genera beneficios. Es indispensable luchar por la dignificación de las prácticas culturales. Los músicos tienen el mismo derecho a ganarse la vida que los ingenieros.

«Siempre hay jóvenes dispuestos a dedicarse a lo que les gusta y les llena, a pesar de los oBstáculos. El mensaje de que el mundo no se arreglará sólo Con ganar dinero está más extendido de lo que parece entre las generaciones en cuyas manos está el futuro».

– En el ensayo se plantea cuáles son las razones del Estado para proteger la cultura; por qué las políticas culturales deberían superar la lógica de la economía convencional, los argumentos de la rentabilidad a la hora de hacer llegar la más variada oferta cultural a la ciudadanía. ¿A qué conclusiones llega? 

– De lo que explico se pueden deducir conclusiones muy diversas. La primera es que los criterios economicistas no bastan para justificar el apoyo a la cultura. Para pensar cómo contribuye la cultura al bien común hay que partir de lo que efectivamente hace. Es un motor económico, por supuesto, pero también enriquece y mejora la calidad de vida de los ciudadanos, ayuda a darle sentido a la existencia y a navegar la complejidad de nuestro entorno. Son efectos difícilmente mensurables mediante indicadores cuantitativos, pero lo mismo ocurre con la educación y todo el mundo coincide en que es un bien común irrenunciable que contribuye al bienestar del conjunto de la sociedad. 

– Las continuas crisis que atravesamos: la pandemia, el desastre medioambiental y climático, la constatación de que el peligro nuclear sigue presente… ¿Todas estas circunstancias no deberían llevarnos a un cambio de valores en el que la cultura, precisamente como medio para la crítica, el cuestionamiento, la agitación del pensamiento, la búsqueda de sendas de cambio y de sentido, vuelva a ocupar un lugar central?

– La cultura es en efecto una caja de herramientas que debería ayudarnos ante todos estos desafíos, porque sin ella no los resolveremos. Sin embargo, una perspectiva histórica permite observar que no ha habido un tiempo sin crisis ni un momento en que un cambio de valores no fuera necesario. A veces pasan cosas, como la pandemia, que hacen que la conciencia de crisis se acentúe, pero los problemas estaban allí antes, simplemente nos habíamos acomodado en el «statu quo» e íbamos tirando.

– En Como el aire que respiramos se apuesta por una definición amplia de la cultura, capaz de superar la idea de que se trata de algo restringido, de aquello de lo que se habla en suplementos y medios especializados. La cultura lo impregna todo y es de todos, “como el aire que respiramos”. Tiene que ver con los usos y costumbres, con la memoria, con la identidad… ¿Verlo así es la mejor manera de que se entienda su carácter esencial, de bien común?

– En el ensayo he intentado simplemente conciliar la definición amplia con la restringida y argumentar que no son incompatibles sino que están conectadas. Quería partir de una reflexión teórica para rastrear las consecuencias prácticas.

– De hecho, la idea de que la cultura es algo ajeno a la mayoría, propia de las élites, que no pocos se han afanado y se afanan en sostener, resulta muy perjudicial. ¿Cómo hacerle frente? ¿Cómo convencer a tanta gente, preocupada por su supervivencia, de que la cultura importa, aporta, tiene sentido en sus vidas?

– La acusación de elitismo, que efectivamente es nociva, sólo se puede contrarrestar demostrando con la práctica que la cultura nos concierne a todos, que forma parte de la vida de todos y que no es excluyente. Y esto empieza por no mirar a la mayoría de los ciudadanos por encima del hombro y por no hablar del “mundo de la cultura” como si fuera un mundo separado. No se trata sólo de una fiesta a la que todos estamos invitados, sino de que ya estamos dentro.

Imagen de una manifestación en apoyo de la cultura en Madrid. Fotografía © Nacho Goberna

– La complejidad del tema se hace patente al leer el ensayo. ¿Cuáles fueron sus principales objetivos al abordarlo? ¿Qué descubrimientos le deparó el camino, el trabajo de investigación? ¿Cuáles son las perspectivas más novedosas a la hora de analizar y profundizar en el tema?

– El principal objetivo ha sido hacer pedagogía. Es el libro de un profesor que intenta explicar de la manera más clara posible un debate complejo, como haría en clase. He intentado recoger las que me parecen las contribuciones más útiles a este debate y darles una articulación personal. Entre otras muchas cuestiones, he optado por no centrarme en el concepto de identidad, que tanto circula, sino en hablar de las diversas inflexiones de la diferencia. 

– No son pocos los escritores y los filósofos que opinan que los ciudadanos cultos, informados, con criterio propio, no interesan a la clase política, a la que siempre le resultará más fácil ejercer el poder sobre ciudadanos ignorantes, y que precisamente por ello se intenta anular cada vez más las humanidades en los planes de estudio ¿Es de la misma opinión?

– No estoy seguro de que haya una estrategia calculada, porque esto presupondría la existencia de una clase política ilustrada que se reserva para sí el patrimonio cultural y la inteligencia, y eso no lo veo por ningún sitio. Creo que es más bien el resultado de la inercia de un utilitarismo mal entendido y de una visión a corto plazo.

– ¿Puede la cultura ser una herramienta eficaz contra el auge de los fanatismos, de los nacionalismos, de las corrientes de ultraderecha que actualmente amenazan a las democracias? 

Sí y no. Sirve para eso y para lo contrario, porque todas estas dinámicas negativas responden también a factores culturales. Hay repertorios culturales progresistas y otros reaccionarios.

Frente a la acusación de elitismo, «Hay que empezar por no mirar a la mayoría de los ciudadanos por encima del hombro y por no hablar del mundo de la cultura” como si fuera un mundo separado», Dice el ensayista.

– Cada vez tenemos una mayor impresión de que el sistema capitalista, neoliberal, con sus modelos de vida basados en el consumo, está haciendo aguas, pero aún es muy difícil atisbar el camino del cambio, la dirección a seguir. La literatura, el cine, el teatro, el arte, nos pueden ayudar a imaginar nuevos futuros. ¿Cree en la capacidad transformadora de la cultura en este sentido?

– Creo que la dimensión utópica es necesaria, es parte de lo que la cultura nos aporta, pero no es ninguna garantía de salvación. Imaginar es importante, pero no es lo mismo que conseguir cambiar. 

– ¿Hasta qué punto la cultura puede ayudar también a potenciar el sentido de comunidad, el encuentro con los otros, tan necesario en estos tiempos en los que se debería potenciar la empatía con los migrantes, a superar la fase de individualismo en la que estamos inmersos? 

– La empatía en efecto se aprende, y una de las maneras es mediante los relatos que nos permiten adentrarnos en la experiencia del otro, ya sea a través de la literatura, del cine…

– El último capítulo del libro se titula Lo que está en juego. ¿Cómo convencer a la gente de que la cultura no es para nada un capricho, un lujo del que se puede prescindir, de que con ella nos estamos jugando nada menos que nuestra visión del mundo?

No es una tarea fácil ni hay una respuesta sencilla. El libro intenta, modestamente, contribuir a ello.

– A medida que me voy planteando preguntas, soy consciente de las muchas que me dejo atrás, pues el ensayo que nos ocupa es riquísimo a la hora de abrir sendas de reflexión, debates. Y también pienso que tal vez le pedimos demasiado a la cultura… ¿Está de acuerdo?

La cultura es el sistema mediante el que nos relacionamos con nuestro entorno y con los demás, configura nuestra visión del mundo y la manera de actuar en él, así que no tendría sentido decir que le pedimos demasiado porque está en la base de lo que somos y hacemos. A la vez, le pedimos demasiado si creemos que nos va a dar la solución a todos los problemas, porque contiene soluciones, pero también causa conflictos.

Como el aire que respiramos (El sentido de la cultura), ha sido publicado por la editorial Acantilado.

Las fotografías del autor nos las ha facilitado la editorial Acantilado.

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