De adioses y regresos

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Por Emma Rodríguez © 2014 / 

Leí el delicioso “Tela de sevoya”, de Myriam Moscona, en días soleados y exteriores con piscina y vistas a los tejados de Madrid. Fue un libro que, como cuento en el artículo a él dedicado, llegó a mí en un momento en el que, sin saber por qué, estaba necesitada de sus palabras, y me resultó especialmente luminoso, tanto como las fotografías que acompañan esta Ventana y que tan magníficamente reflejan la experiencia de la lectura en las mañanas radiantes de verano, cuando nada mancha el cielo y sentimos que todo alrededor está limpio, como recién estrenado.

La autora mexicana construye un relato biográfico en el que la memoria despliega sus alas y alcanza las mágicas orillas de los sueños, esas orillas a las que acudir en busca de respuestas y desde las que es posible arribar al lado no iluminado de la vida, a ese otro lado en el que  aguardan aquellos que ya se han ido. Estaba aún inmersa en esas sensaciones cuando recibí la noticia de la muerte de Ana María Matute y me la imaginé en camino, a la búsqueda de otras estancias en las que poderse instalar para seguir escribiendo cuentos, para seguir inventando, siempre inventando, conmovedoras historias.

Igual que los seres queridos se marchan dejando en nosotros palabras y gestos en los que reconocernos, los autores que nos han abierto las puertas de sus fabulaciones y nos han permitido habitar en ellas, no se van nunca. He ahí el gran prodigio de la literatura. Ana María Matute será siempre para mí, e imagino que para muchos otros, la niña que cuando era castigada en el cuarto oscuro se ponía a jugar con personajes invisibles y construía castillos imaginarios. A esa niña valiente, decidida, vuelvo a encontrarla ahora, en el momento de esta despedida, cuando recuerdo las atmósferas de “Primera memoria” o cuando abro las páginas de una de sus últimas obras, “El paraíso inhabitado”. A la joven que quedó marcada para siempre por el impacto de la Guerra Civil y por la grisura de la posguerra la vislumbro en un libro estremecedor, “Luciérnagas”, testimonio del dolor de la contienda, de la asfixia, la impotencia, el miedo, de aquella etapa. Con apenas 23 años decidió poner todos esos sentimientos y zozobras por escrito, a través de unos personajes que representaban a los jóvenes de una generación herida. Durante cuarenta años la novela permaneció guardada en un cajón y su publicación supuso una especie de reconciliación de la autora con su pasado y su vuelta a las mesas de novedades en 1993, tras una temporada de retiro.

A la niña valiente, decidida, que fue Ana María Matute vuelvo a encontrarla ahora, en el momento de esta despedida, cuando recuerdo las atmósferas de “Primera memoria” o cuando abro las páginas de una de sus últimas obras, “El paraíso inhabitado”. A la joven que quedó marcada para siempre por el impacto de la Guerra Civil y por la grisura de la posguerra la vislumbro en un libro estremecedor, “Luciérnagas”, testimonio del dolor de la contienda, de la asfixia, la impotencia, el miedo, de aquella etapa.

“Entonces me sentía como una muchacha estafada, engañada y encarcelada, al tiempo que con una rebeldía tremenda. Todo lo que yo quería hacer y todo lo que quería vivir estaba prohibido. Quería ser escritora y me resultaba prácticamente imposible leer libros importantes de la literatura universal (…) Estaban prohibidos por la censura y teníamos que buscarlos a escondidas. Pensaba que mi juventud no tenía futuro, veía que iba a consumirse en ese mundo espantoso, y en cierto modo fue así; pero los seres humanos siempre encontramos un camino para salir”, recobro el recorte, ya amarillento, en el que ha quedado constancia de una conversación que mantuvimos entonces.

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La literatura fue el camino que Ana María Matute eligió para salir del horror. Fue para ella un lugar en el que poder mostrarse tal cual era, con todo su valor y su fragilidad a cuestas. Aunque atravesó por etapas de silencio y de depresión, siempre acababa volviendo a la escritura y de hecho se ha ido poco después de entregar a sus editores una última novela, “Demonios familiares”, un viaje de vuelta a los principios, a 1936, a los escenarios de esa guerra que cayó como una pesada losa sobre ella y sus compañeros de ruta. “En realidad uno no puede dejar de escribir. Cuando mantienes una conversación, cuando te levantas y ves el sol o la lluvia, estás escribiendo, estás preocupándote por la vida de los seres que te rodean. Para mí la escritura es una forma de pisar la tierra”, me decía esa mujer que no se dejó amedrentar por los embates del destino y que, ya en su madurez, demostró su plenitud con “Olvidado Rey Gudú”, una novela con la que regresó por la puerta grande tras una etapa de desánimo, una historia mágica, larga, coral, que se sitúa en la Edad Media para hablar de los impulsos y emociones que mueven a los hombres y mujeres de todos los tiempos: el amor, la venganza, la corrupción

“En realidad uno no puede dejar de escribir. Cuando mantienes una conversación, cuando te levantas y ves el sol o la lluvia, estás escribiendo, estás preocupándote por la vida de los seres que te rodean. Para mí la escritura es una forma de pisar la tierra”, me decía esa mujer que no se dejó amedrentar por los embates del destino y que, ya en su madurez, demostró su plenitud con “Olvidado Rey Gudú”, una novela con la que regresó por la puerta grande tras una etapa de desánimo.

– “La suya es una visión desencantada”, fue una de mis observaciones el día de esa entrevista que ahora cobra para mí tanto sentido.

– “No lo puedo evitar. No me han dado motivos para otra cosa, aunque hay momentos extraordinarios en mi vida. Yo he conocido el amor con una gran intensidad, y en eso me siento una privilegiada. Y siempre he sabido disfrutar de las pequeñas cosas: de tomar un aperitivo con mis amigos, de hablar con la gente, de meterme en el mar, de recibir los rayos de sol en invierno… Es en esos momentos cuando me siento feliz como ser humano”.

Esa fue su respuesta. Una respuesta que la retrata. Ana María Matute con esa mirada agridulce, con ese desencanto perenne atravesado por vetas de luz, con esa voz infantil, resquebrajada. Ana María Matute, satisfecha de su carácter combativo, a contracorriente de los usos y costumbres de las mujeres de su época, del mismo modo que Carmen Martín Gaite y Josefina Aldecoa, compañeras de generación, grandes damas de las letras españolas, niñas de la guerra que no se resignaron, que dijeron no a la sumisión y que también nos han dejado obras osadas que hemos de seguir habitando.

Siempre hay que pagar un precio muy alto por la propia libertad, por la inocencia. No hay nada que se pague más caro que esto”, vuelvo a sus palabras mientras le digo adiós y tomo de la mano a sus personajes. “La principal materia de la literatura es la memoria”, decía Ana María Matute. Y, curiosamente, este número de “Lecturas Sumergidas” puede considerarse un homenaje a la memoria. Desde “Tela de sevoya”, lectura cómplice de esta rememoración, hasta la búsqueda que del inolvidable narrador leonés Antonio Pereira realiza el autor José Manuel de la Huerga, pasando por el viaje al París de Patrick Modiano, una ciudad que emerge de las ruinas del pasado y nos regala corredores secretos por los que perdernos.

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Los cuentos infantiles ocupaban un lugar preferente en la biblioteca de Ana María Matute, a quien escuché en una conferencia en la Biblioteca Nacional decir maravillas de Peter Pan y de los relatos de Andersen. Sobre esos fondos ella construyó su particular cuento de hadas, “Olvidado Rey Gudú”. Recuperar el pulso de los cuentos tradicionales, mantener un diálogo con su niñez, con los relatos míticos que nos explican el mundo, es lo que ha hecho otra escritora, Irene Gracia, a quien sigo la pista desde su primera novela, la prometedora “Fiebre para siempre”, a la que han seguido obras tan personales como “El coleccionista de almas perdidas” o “El beso del ángel”.

En “El alma de las cosas”, que acaba de publicar Siruela en su colección de Las Tres Edades, colección que publicó hace ya muchos años la maravillosa “Caperucita en Manhattan”, de Carmen Martín Gaite, Gracia construye un cuento en el que se habla de los misterios del tiempo (“no existe nada tan irregular, inestable y voluble como la noción del tiempo”, leemos) y de las cosas mágicas, prodigiosas, que dotan de valor a la vida y que tan poco tienen que ver con el dinero.

“¿Qué estaríamos dispuestos a dar por un amuleto que hiciese posible nuestros deseos más profundos”? He aquí el punto de partida de este cuento, de tantos cuentos a los que Gracia nos traslada desde el momento en el que nos invita a entrar en la extraña orfebrería donde Platónides detiene el tiempo con la alquimia de la plata viva. Acompañado de ilustraciones realizadas por la propia autora, esta historia, que aviva en nosotros la llama de las obsesiones infantiles, puede interpretarse también como una reivindicación de todas las artes como fuente de inspiración, así como de la felicidad que proporciona la creación en unos tiempos en los que el imperio de lo material se resiste a caer.

Acompañado de ilustraciones realizadas por la propia autora, “El alma de las cosas”, de Irene Gracia, es un cuento que aviva en nosotros la llama de las obsesiones infantiles y que también puede interpretarse como una reivindicación de todas las artes como fuente de inspiraciónasí como de la felicidad que proporciona la creación en unos tiempos en los que el imperio de lo material se resiste a caer.

Si resulta placentero recordar esas historias que un día nos emocionaron o viajar de nuevo a ciudades que permanecían ancladas en la memoria; lo que me ha sucedido con Ana María Matute y con Patrick Modiano, también lo es explorar territorios nuevos o saber que la sorpresa, la revelación, puede estar escondida en un libro que aguarda en la mesa de novedades de una librería. Este ha sido un mes de regresos, sí, y de descubrimientos. Insisto en mi experiencia con la obra de Myriam Moscona, un viaje tras la ruta del ladino lleno de verdades, y no quiero acabar sin hacer referencia a otro libro, en este caso de cuentos, “Agua dura”, de Sergi Bellver, de quien conocía su faceta como crítico, devoto de autores rusos como Antón Chéjov y responsable de antologías como la reciente “Madrid, Nebraska” (Bartleby Editores), un libro colectivo que quiere rendir homenaje y reflejar la huella de los grandes cuentistas estadounidenses, desde Melville a Richard Ford, en narradores españoles como Pedro Sorela, Eloy Tizón, Blanca Riestra, Marina Perezagua, Ismael Grasa, Óscar Esquivias y Esther García Llovet, entre otros.

Confieso que soy un a devoradora de cuentos. Me parece un género ligero y complejo a un tiempo, capaz de abrir interrogantes y de sacar a la luz monstruos dormidos. Cada cuento, como dice Pedro Zarraluki es como un vuelco en el devenir de la vida. Los suyos, los que componen “Te espero dentro”, libro del que hablamos en el “Leyendo con” de este mes, son eso, pequeños crujidos que rompen lo cotidiano. Los de Bellver pueden despertar nuestros sentidos de manera inmediata. Hay piezas que son pequeñas cicatrices tatuadas sobre la piel de los personajes, cicatrices que vienen de muy atrás, de pasados de desolación y abandono, y hay otras que hablan de la necesidad de encontrar un lugar en el mundo, caso de “Islandia”, una de mis favoritas.

Hay un sentimiento de orfandad que actúa como un hilo de unión. Hay soledad, aridez y dureza. Una dureza que es asumida desde la normalidad de quienes no saben vivir de otra manera; de quienes han de vérselas con la parte salvaje, violenta, de la vida; de quienes buscan algún rescoldo de afecto que no han encontrado en el seno de familias para nada ideales; de quienes no pueden impedir que, pese a todo, se filtre al exterior un poco de su vulnerabilidad.

Los cuentos de Sergi Bellver pueden despertar nuestros sentidos de manera inmediata. Hay piezas que son pequeñas cicatrices tatuadas sobre la piel de los personajes, cicatrices que vienen de muy atrás, de pasados de desolación y abandono, y hay otras que hablan de la necesidad de encontrar un lugar en el mundo, caso de “Islandia”, una de mis favoritas

Hay culpa, deseo de venganza y de redención en este ramillete de doce historias que es “Agua dura”, publicado por el sello gallego Ediciones del Viento, donde Sergi Bellver (Barcelona, 1971) despliega su muestrario de registros, de maneras estilísticas, de tiempos narrativos, de ecos que le llegan desde los territorios a los que se ha acercado a beber ávidamente, una y otra vez, como lector. Son muchas las potencialidades, las intenciones, los dominios que asoman en esta entrega y que nos animan a seguirle los pasos, a seguir descubriendo.

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– Todas las fotografías han sido tomadas por Nacho Goberna © 2014