Pedro Zarraluki: «Lo que más me atrae al escribir son los sobresaltos interiores”

Emma Rodríguez © 2021 / Foto © Jael Levi

La curva del olvido, una obra que Pedro Zarraluki ya había atisbado cuando publicó su libro de relatos Te espero dentro, y que fue depurando durante siete años, un ritmo lento que no es común en estos tiempos de entregas aceleradas, presión editorial y libros que desaparecen de las mesas de novedades sin apenas oportunidad de llegar a sus lectores potenciales, es una novela envolvente. No hay prisa en salir de sus márgenes, de sus atrayentes atmósferas, aunque los secretos que guarda estimulan a seguir pasando las páginas en busca de las motivaciones que conducen a sus personajes.

Profundiza el autor en las relaciones entre dos padres y dos hijas que, en un periodo clave de sus vidas, se van de vacaciones a la isla de Ibiza. Un intenso intercambio de experiencias, de diálogos entre generaciones, tiene lugar en un espacio acotado, donde la aparente calma encierra la agitación de las transformaciones que todos están experimentando en su interior y que también están acaeciendo por fuera: en la España del tardofranquismo, en medio de un convulso momento histórico, finales de la década de los 60 del siglo XX.

Aquel verano, mientras ellos se iban de vacaciones, el mundo parecía desmoronarse. Las protestas contra la guerra de Vietnam se sucedían por todas partes, en abril habían asesinado a Luther King y acababan de tirotear también a Robert Kennedy, el socialismo con rostro humano pendía de un hilo en la Checoslovaquia amenazada por la Unión Soviética y Francia recuperaba a duras penas la normalidad tras la revolución de mayo”. Así comienza esta entrega en la que los grandes aconteceres colectivos discurren de fondo, en paralelo a los vaivenes de los trayectos individuales, influyendo en sus desarrollos, aunque sus protagonistas no sean del todo conscientes de ello.

El avance de la narración en dos planos, la sutil conexión del latido del mundo con el sentir y el actuar de los personajes, es uno de los aciertos de esta novela en la que, al mismo tiempo que se extraen tesoros del fondo del mar, van emergiendo a la superficie anhelos e impulsos ocultos. Las preguntas sobre lo que desean ser, sobre el tipo de vida que quieren, animan a las veinteañeras Sara y Candela, mientras sus padres, Vicente Alós y Andrés Martel, bien pasados los cincuenta, con el destino ya trazado, a cuestas con sus logros y errores, luchan contra los fantasmas de su pasado, saldan cuentas y siguen aprendiendo a vivir.

El aprendizaje de la vida, en todas sus etapas, es el gran tema de La curva del olvido, título que alude a la memoria, a lo que se deja atrás, a lo que se fuerza olvidar, incluso lo más terrible, para volver a la tan ansiada normalidad. La curva del olvido “es la que describen los recuerdos a medida que los vamos perdiendo”, dice Jakob, un alemán que con su cámara fotográfica persigue a nazis que se esconden en Ibiza. Zarraluki ha elegido situar su historia en tiempos en los que el boom turístico se iniciaba en un país que había permanecido aislado demasiado tiempo. Los hippies llegan a una isla en la que poder cultivar el pacifismo y hallar un tipo de vida alejada de las guerras, de las sociedades del consumo, y sus búsquedas contrastan fuertemente con usos y costumbres que han de perdurar en el tiempo, a la manera de una costra incapaz de desprenderse del tejido social.

El aprendizaje de la vida, en todas sus etapas, es el gran tema de «La curva del olvido», título que alude a la memoria, a lo que se deja atrás, a lo que se fuerza olvidar, incluso lo más terrible, para volver a la tan ansiada normalidad.

En ese entorno las jóvenes protagonistas van aprendiendo a identificar sus deseos, a mirar los paisajes de otra manera, a vislumbrar sus posibles futuros. “Yo no sé si la vida te la haces tú o si solo hay que dejarse llevar”, le dice Sara a Candela. Y en otro momento reflexiona su padre, Vicente Alós: “A Sara le daba pena Candela porque la veía perdida. Y tenía razón. Candela estaba tan perdida que nadie sabía por dónde podía salir. Pero cómo explicarle que eso podía ser un síntoma de lucidez. Cómo decirle que a él le daban pena los que empezaban a vivir con mucha energía porque acabarían decepcionándose de todo, y principalmente de sí mismos”.

Consigue Pedro Zarraluki (Barcelona, 1954) atrapar la distancia generacional, esa barrera que impide transmitir a los hijos los tesoros de la experiencia porque son ellos los que deberán hallarlos. Esta novela es fruto de lo vivido, explora las heridas que dejan las pérdidas y también el valor de la amistad, pese a sus grietas. Impregnada aún de sus búsquedas, de sus ritmos y atmósferas, pude entablar con el autor este diálogo, un intercambio de preguntas y respuestas a través de correo electrónico. 

Cuando publicaste el libro de relatos Te espero dentro, señalabas que se trataba de una especie de preludio de la novela en la que entonces estabas trabajando. Las relaciones entre personajes de distintas edades, la plasmación de las distintas etapas de la vida, ya asoman en esa entrega, así como las complicadas relaciones entre padres e hijos. ¿Podrías reflexionar sobre ello? ¿Cómo ha sido el proceso de escritura? 

– Hay una gran diferencia en escribir un cuento o una novela. Los cuentos nos narran “flashes” fugaces, momentos importantes en la vida de sus protagonistas, lo que a mí me gusta llamar crujidos vitales. La novela, en cambio, nos narra todo un proceso, los cambios que se producen a lo largo del tiempo. Ambos géneros me interesan por igual, pero de aquellos cuentos me quedaron las ganas de sumergirme a fondo en las relaciones entre dos padres y sus hijas. Dos generaciones distintas, cada una con sus problemas, sus angustias y sus esperanzas. Escogí que los padres fueran dos hombres, viejos amigos camino ya de la sesentena, con una hija veinteañera cada uno. Solos los cuatro en un lugar apartado, donde pudiera estudiar bajo la lupa su comportamiento y su mundo interior.

Eso fue en 2014 y han pasado siete años. ¿Por qué tanto tiempo? ¿Qué ha cambiado en ti, como escritor, como persona, en este período?

– Bueno, cuando me hacen esa pregunta siempre contesto que la vida es muy rápida y yo soy muy lento escribiendo. En este caso, tenía además la sensación de que se me había ocurrido una idea muy buena y de que debía trabajarla hasta el fondo. Rechacé varios arranques de la novela, y una vez la tenía bien encarrilada la corregía constantemente. Reescribía una y otra vez los diálogos, los matices en las escenas, los gestos. Son muy importantes los gestos. Quizá parezca una exageración, pero una novela bien escrita puede ser incluso más visual que una película. Es increíble lo que aporta el lector si se le saben dar las herramientas. El lector “ve” la novela, y al mismo tiempo entra en el pensamiento de sus personajes. Es como un milagro de colaboración entre la historia que se narra y su receptor.

Hablando de tiempo, a veces tengo la impresión de que la lentitud es algo cada vez menos apreciado en el trabajo de creación; de que los escritores, debido a la presión editorial, comercial, se ven casi obligados a entregar nuevas historias en plazos demasiado cortos. ¿Qué opinas? ¿Ganaría la literatura con el cultivo de una mayor lentitud?

– Es cierto que se publican obras apresuradas. Es algo que me encuentro muchas veces como lector, o al menos esa es la impresión que me causan. Pero más que la lentitud, que puede ser un defecto solo mío, yo defendería el cultivo de la necesaria maduración. Me explico. El escritor comienza una novela bastante a ciegas. Por muy sólida que sea la idea de la que partes, al principio estás como en una fiesta en la que no conoces a nadie. Una de las cosas más bonitas de escribir es ir conociendo poco a poco a tus protagonistas, hasta que llega un punto en que sabes perfectamente lo que piensan, lo que sienten, cómo son en realidad. Y eso requiere su tiempo.

Vayamos a La curva del olvido. Se trata de una novela que ahonda en las encrucijadas de la vida, en esos momentos de reconsideración, de cambios. Y curiosamente transcurre en una etapa histórica de turbulencias, los años 60 del pasado siglo. Se alude a los asesinatos de Luther King, de Robert Kennedy, a la guerra de Vietnam, a la Checoslovaquia amenazada por la Unión Soviética, al Mayo del 68 en Francia… “Aquel verano, mientras ellos se iban de vacaciones, el mundo parecía desmoronarse”. Así empieza la historia. ¿Quisiste establecer un paralelismo entre el transcurrir individual y el colectivo?

– Quería que la aparente placidez que envuelve la vida de mis personajes tuviera de fondo un mundo convulso. En realidad, el mundo siempre es convulso, pero el verano de 1968 fue un momento especialmente apasionante. Todas esas sacudidas históricas suceden muy lejos, aparecen en la novela como un eco. Y, sí, con ello pretendía dar el tono de la narración, que el lector percibiera que tampoco había calma en el interior de los personajes. En cuanto a esa frase inicial de la novela, quería hacer con ella un discreto homenaje a la famosa entrada de Kafka en su Diario: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”. A esa línea de Kafka debo el tono de la novela.

La isla de Ibiza, el movimiento hippy, el tardofranquismo, con todas sus rémoras, el boom turístico, que ya ha comenzado… ¿Por qué esa etapa concreta? ¿Tal vez porque te aportaba contraste, contraste entre la manera de ver el mundo y de actuar de los padres, y las nuevas expectativas que se abren para las hijas, ya en otro lugar, en otro tiempo por irrumpir?

– Exacto. Los años 60 fueron de transición, o quizá de pretransición. Se respiraban aires nuevos, todavía lejanos. Más ecos. Los padres habían vivido una guerra, mientras las hijas ya estaban mentalmente instaladas en un futuro distinto, todavía difuso. Yo todo eso lo viví. Tenía catorce años en el 68, y estaba en Ibiza. Recuerdo como algo increíble la mezcla que allí se daba entre el mundo rural de siempre, el rancio ambiente oficial franquista y la cada vez más refrescante invasión turística. Podías ver cómo cambiaba todo ante tus ojos.

«Quería que la aparente placidez que envuelve la vida de mis personajes tuviera de fondo un mundo convulso. En realidad, el mundo siempre es convulso, pero el verano de 1968 fue un momento especialmente apasionante», señala el autor.

En la manera de actuar de los padres están presentes los modos y costumbres del franquismo: el amiguismo, las redes clientelares, el uso de los contactos y los favores como la principal manera de prosperar. Es algo que, curiosamente, sigue muy presente en la sociedad española: en la política, en el mundo empresarial, en los ámbitos de trabajo… 

– Hay cosas que nunca cambian. Y, por desgracia, de un tiempo a esta parte estamos viendo que, cuarenta años después, el franquismo tiene en este país muchos más devotos de lo que creíamos. Por otra parte, con franquismo o sin él, la condición humana tampoco cambia. Quizá las formas, si acaso. Lo que no hemos de perder es la esperanza ni la capacidad de luchar. Ese es el papel que, para bien o para mal, les toca desempeñar a las dos hijas en la novela. Son ellas las que miran hacia delante.

Pedro Zarraluki. Fotografía por Karina Beltrán para Lecturas Sumergidas.

¿Qué habría cambiado en la novela si la hubieras situado en el siglo XXI? Supongo que la sensación de aislamiento que se transmite -la isla con sus particularidades, los espacios acotados, el teléfono del hostal con monedas como único modo de comunicación con el exterior- se habría roto por efecto de los móviles, de las redes sociales…

– El fondo de la historia no habría cambiado mucho, porque los retos y problemas de cada etapa de la vida siempre serán parecidos. Pero sí habría cambiado el escenario donde sitúo esa historia. Y eso es importante. En el primer arranque de aquellos que deseché, todo sucedía en Barcelona en la actualidad. Pero no me sentía cómodo, y si el escritor no se siente cómodo no puede transmitir eso a sus lectores. A veces las historias cuajan en un lugar y en una época determinados, y no sabes muy bien por qué. Pensando en ello, empiezo a descubrir que le debo a Kafka aún más de lo que creía.

Tus propias experiencias te han llevado a esta novela, me decías cuando charlamos sobre tu anterior libro. Perder la infancia de los hijos, dejarlos volar, es una etapa importante en la vida. Implica una pérdida, un desarraigo. Vicente Alós y Andrés Martel están experimentando la pérdida de sus hijas veinteañeras y se sienten desorientados. ¿Te ha pasado a ti, necesitabas ahondar en ello para comprenderlo, asumirlo?

– Pues sí. Mis hijos ya hace mucho que dejaron de ser veinteañeros, pero recuerdo perfectamente su desarrollo. En la novela se cuenta algo que me pasó realmente. Un día llegamos mi mujer y yo a casa y encontramos a nuestra hija, adolescente por entonces, tumbada en un sofá llorando desconsoladamente. Alarmados, le preguntamos qué le pasaba, y ella nos contestó: “Es que no sé qué quiero ser en la vida”. En ese momento me hice consciente de que mi hija tenía por delante un futuro en el que yo no podría hacer nada por ayudarla.

Es muy sugerente, encierra una gran sabiduría, la parte en la que Vicente Alós reflexiona sobre la imposibilidad de transmitir a su hija ciertas cosas que él ya sabe y que ella tendrá que descubrir por sí misma. Hay una gran distancia, una barrera temporal, que lo impide. “Cómo decirle que a él le daban pena los que empezaban a vivir con mucha energía porque acabarían decepcionándose de todo, y principalmente de sí mismos”, se pregunta.

– Eso nace de lo anterior. En la juventud se tienen muchas expectativas, y luego el tiempo pasa y todo resulta inesperado. Una frase que leí en alguna parte y que me gusta mucho es que la vida es todo eso que sucede mientras tú hacías otros planes. Nada podría ser más cierto, y es el núcleo de la novela. Los dos padres tienen casi toda la vida por detrás, todas las decepciones y desaciertos, y han descubierto que nada es reversible. Y las hijas tienen por delante un futuro inabarcable. Tienen que tomar decisiones que las van a condicionar para siempre, y son conscientes de ello. Un hijo nunca quiere ser como sus padres, desea llegar mucho más lejos, ser más feliz. En realidad, lo único que pueden enseñar los padres a los hijos son las limitaciones en las que han ido encerrándose.

Hay una gran tensión de fondo en la historia. Todos los personajes sufren movimientos interiores, transformaciones, aunque el exterior -el verano, las vacaciones- parezca aportar calma. Las jóvenes, Sara y Candela, están cortando amarras, definiendo su futuro, no sin dolor, buscando quiénes quieren ser, encontrando su sitio.

– Es la convulsión de la que hablábamos. En el interior de cada persona con la que tratamos hay una tensión que desconocemos. A veces nos cuentan algo, lo desvelan en parte, a veces lo intuimos. Pero nunca llegaremos a descubrirlo del todo. Una persona es un charco de aguas demasiado profundas. Eso es lo más excitante de escribir una novela. Sumergirte en el charco de cada uno de tus personajes, bucear por su interior, intentar aflorar lo máximo posible la enorme complejidad que ocultan.

Hay un momento en el que Sara le dice a Candela: “Yo no sé si la vida te la haces tú o si solo hay que dejarse llevar”. En esta frase, crucial en la novela, se describen dos maneras de enfrentarse a la vida, de aprender a vivir. En realidad este es un libro sobre el aprendizaje de la vida en sus distintas etapas.

– Sí, es cierto. Sara y Candela son totalmente distintas. Una es extrovertida, muy social y afronta la vida de cara, sin complejos. La otra es retraída, casi incapaz de relacionarse con los demás. Ambas afrontan su futuro con las mismas dudas pero de manera muy distinta. La novela las sigue en un momento clave de ese aprendizaje del que hablas, un verano fundamental. Cuántas cosas debemos a los largos veranos en apariencia tan tranquilos. Y aquí, sin ánimo de hacer un “spoiler”, diré que Sara y Candela guardan una gran sorpresa en sus decisiones finales.

«lo más excitante de escribir una novela ES Sumergirte en el charco de cada uno de tus personajes, bucear por su interior, intentar aflorar lo máximo posible la enorme complejidad que ocultan».

E insisto, aunque todo parezca en calma, en la isla suceden cosas. Hay historias enigmáticas, presencia de nazis, negocios turbulentos. Las aguas de fondo están agitadas tras la aparente apacibilidad y disfrute que asoma en un primer plano. Las ruinas del pasado están en el fondo del mar. Creo que ahí radica el atractivo de la novela. ¿Qué opinas?

– Todo en la novela trata de lo que se esconde bajo la apariencia. La misma novela es en sí una apariencia. Un verano sosegado, una cala paradisíaca, casi ninguna acción. Pero hay, como tú dices, ánforas en el fondo del mar, huevos de avestruz fenicios en las tumbas que quedan al aire al cavar los cimientos de los nuevos apartamentos para los turistas, nazis en fuga que toman apaciblemente el sol. Si lo piensas, descubres que miras a tu alrededor y no te das cuenta de nada en absoluto. Nuestro mundo también es una apariencia. Escribir es intentar penetrar en ella y rebuscar en su interior.

Pedro Zarraluki. Fotografía por Jael Levi.

La lucha entre el pasado -el peso de la memoria, la necesidad de olvidar, o mejor aceptar, ciertas cosas para seguir viviendo- y el futuro, la ventana abierta a lo que ha de venir, se da en los personajes, pero también en la historia del lugar y del país. Todo el rato aparecen sombras del ayer y hay una necesidad de pasar página y seguir adelante. Los padres no quieren manchar a sus hijas con las tragedias ya acaecidas. Creo que estoy volviendo a lo mismo, pero me parece significativo. De una manera muy sutil, la novela nos habla de cómo en este país se pasó página, tal vez demasiado pronto, sobre la Guerra Civil, sobre el franquismo.

Bueno, en mi casa, como creo que en tantas de ellas, nunca se habló de la guerra civil. Era como si no hubiera existido. Probablemente no fuera, como sugiero en la novela, por poner a los hijos a salvo de una memoria tan terrible, sino por la necesidad de olvidar, de retomar la vida. Se dejaron atrás los muertos, los represaliados. Se levantó una especie de pax franquista a la que todos se sometieron. Y ahí entra la curva del olvido, que en muchos casos no existe. El pasado queda enterrado en la memoria y desde ahí nos va atormentando. Mi padre murió así, sometido a una curva del olvido imposible.

«en mi casa, como creo que en tantas de ellas, nunca se habló de la guerra civil. Era como si no hubiera existido. Probablemente no fuera, como sugiero en la novela, por poner a los hijos a salvo de una memoria tan terrible, sino por la necesidad de olvidar, de retomar la vida».

Hablaba de tensión, y es evidente que hay algo en el aire, una especie de secreto, una traición, que añade fuerza, potencia, intensidad, a todo lo que sucede.

– Sí, hay una traición que ayuda a comprender la tensión inicial. Pero de eso no puedo decir nada, que ahí sí haría un “spoiler”.

Y también se trata de una novela sobre la amistad y sus aristas.

– Es que la amistad es todo un universo. A medida que te haces mayor, descubres la enorme cantidad de amigos que se han ido quedando atrás, no por fallecimiento, sino por mutuo desinterés. Te quedan pocos, y cada vez eres más dependiente de ellos. Amigos que han entrado en tu charco, que lo saben casi todo de ti. Amigos a los que alguna vez has hecho daño o te han hecho daño. Sí, la novela también trata sobre eso.

Hay cuatro personajes principales, pero los secundarios resultan muy interesantes también: el pintor, la dueña del hostal, el alemán… ¿Hasta qué punto el retrato de personajes es esencial en tu literatura?  

– Para mí, los personajes secundarios son los que hacen posible que los principales existan y se desarrollen plenamente. Los trato con un cariño especial. Recuerdo que en una novela anterior todos los que la habían leído me hablaban de uno de los secundarios, una mujer. Lo revisé, y solo aparecía cinco veces en el libro. ¡Cinco veces! Y con esa poca presencia, aquel personaje cargaba con toda la historia. El retrato de los personajes es para mí lo más importante. 

Juan Marsé y Últimas tardes con Teresa; Jack Kerouac y En el camino y Rohmer, concretamente su película Nadja à París, son algunas de las referencias que aparecen en el recorrido. ¿Qué sentido tienen estos homenajes en la novela?

– Son las fuentes. Un escritor nunca parte de cero, sino de lo que ha visto y leído. También los personajes de sus libros. ¿Cómo adentrarse en la vida de alguien sin hacer referencia a las películas y las lecturas que le han marcado? Yo mismo, leí Últimas tardes con Teresa atraído en el inicio por la fotografía de Oriol Maspons que ilustraba la cubierta. Así descubrí a Juan Marsé. Aquel libro también fue un soplo de aire fresco en su momento.

También hay un homenaje a la Barcelona de Carmen Balcells y los autores del “boom”. Una época literariamente poderosa.

Carmen Balcells fue mi agente literaria durante muchos años. Era una mujer complicada y maravillosa a la que le debo haber podido dedicar mi vida a escribir. Siempre me ayudó, siempre estuvo ahí. Una vez, hace muchos años, andaba yo atascado con un libro, y ella me ofreció un apartamento en Cadaqués. Una vecina cocinaba para mí y me traía la comida, y esa vecina, quizá idealizada con el paso del tiempo, ha acabado convirtiéndose en uno de los personajes recurrentes en mis libros. Quise rendir un homenaje a Carmen haciéndola aparecer tangencialmente en la historia. 

Volviendo a Rohmer, la novela es un poco rohmeriana. Al director francés le gustaba explorar las relaciones entre adultos y jóvenes. En sus películas hay muchos diálogos, reuniones al aire libre, jóvenes en busca de salidas, de respuestas… ¿Qué te parece?

– Ahí la has clavado. Cada vez me considero más un autor rohmeriano. Me interesa poco la acción desencadenada. Lo que más me atrae son las fricciones entre los personajes y los sobresaltos interiores.

La curva del olvido ha sido publicada por la editorial Destino.

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