Destapando mentiras con Juan Jacinto Muñoz Rengel

Emma Rodríguez © 2020 / 

En la naturaleza estaba ya la mentira mucho antes de que surgiera el lenguaje, mucho antes de que apareciéramos nosotros”. Quien lo pone de manifiesto es Juan Jacinto Muñoz Rengel en las primeras páginas de Una historia de la mentira, un estimulante trayecto que parte de la selva primigenia y sus engaños, desviando la mirada hacia los animales que se camuflan, cambian de color, se mimetizan, utilizan sofisticados modos de seducción, para sobrevivir, para reproducirse.

Millones de años más tarde, por supuesto, surgiría el lenguaje tal y como lo conocemos y las mentiras adquirirían la capacidad de volverse mucho más complejas y refinadas, dando lugar al arte, las religiones, la ciencia y el conjunto de la cultura contemporánea”, vamos pasando las páginas de una obra que supone un desafío para quien la lee porque actúa como un espejo, abre puertas habitualmente cerradas, genera grietas en suelos considerados firmes. Poco a poco, de manera brillante, este ensayo va desmontando, desenmascarando, verdades largamente asumidas. La mentira está en la base de todo: las creencias religiosas y científicas, el comercio, la economía, la política, las relaciones sociales, el amor, la muerte… Todo es apariencia. Todo se sostiene sobre argumentos engañosos, sobre construcciones asimiladas, sobre hipótesis… Somos conscientes de hasta qué punto nos engañamos a nosotros mismos. 

Muñoz Rengel (Málaga, 1974), conocido como autor de novelas y libros de relatos: El gran imaginador, El sueño del otro, El asesino hipocondríaco, De mecánica y alquimia, 88 Mill Lane, Colapso… se estrena en el territorio del ensayo con este libro que, como él mismo dice, aborda un tema, “el concepto de la realidad como simulacro y la teoría de que todo es ficción”, que recorre toda su trayectoria. Acompañado de grandes pensadores, el autor nos guía a través de los tiempos. El discurrir es profundo y ligero al mismo tiempo, pues la hondura de las indagaciones se rompe constantemente con preguntas que animan a proseguir el diálogo y con narraciones, a la manera de pequeñas crónicas, en las que asoma el fabulador, el contador de historias. Y hay capítulos, como Espionaje y contraespionaje o Breve historia de la falsificación, donde el autor se centra en personajes que bien podrían ser protagonistas de sus narraciones literarias.

Poco a poco, de manera brillante, EL ensayo va desmontando verdades largamente asumidas. La mentira está en la base de todo: las creencias religiosas y científicas, el comercio, la economía, la política, las relaciones sociales, el amor, la muerte…

La formación filosófica se percibe en todo lo que hace y muy especialmente en esta entrega que, precisamente por lo que comentaba anteriormente –su capacidad para ponerlo todo patas arriba, para desarmar argumentos– no resulta demasiado cómoda. No lo es porque, aunque, nos gusta señalar a los demás como mentirosos (“todos mienten”), nos cuesta reconocer que también mentimos (“todos mentimos”). Dicho esto, todo resulta menos crudo si sustituimos la palabra “mentira” por “ficción” y consideramos que todos somos creadores de ficciones que nos nutren, con las que vamos llenando las páginas en blanco de nuestras vidas.

Somos seres ficcionales, necesitamos forjar historias sobre las que sostenernos, desde las que partir para comprendernos y comprender el mundo. Estamos dotados del don de la invención, de la imaginación, y podemos usarlo de manera vil, para dañar a los otros, o creativa, para vivir mejor, en compañía. A todas estas reflexiones nos conduce el ensayo del que os estoy hablando, una entrega altamente motivadora y oportuna en este tiempo histórico que si se caracteriza por algo es por la avalancha de mentiras, por el choque de versiones contrapuestas, por ese ruido incesante que nos confunde y aturde.

Las imposturas, el juego de las apariencias, los autoengaños, siempre han estado ahí, como demuestra el autor capítulo a capítulo, llegando a desarticular el ya tan asumido concepto de “posverdad”.Es en este ambiente de confusión, de saturación informativa y de exceso de imágenes, de manipulación digital, de “fake news”, perfiles falsos y enjambres de bots, en el que conviven distintos planos de realidad y las redes sociales no dejan de multiplicarse, cuando surge el nuevo y engañoso término de la “posverdad” (…)  Pero es otra mentira, o si se quiere una metamentira, porque miente sobre la situación novedosa de la mentira actual”, argumenta Muñoz Rengel. Y nos recuerda que “el populismo, la retórica, el argumento vacío, la falsa promesa, la denostación del contrincante, siempre han sido utilizados en política”; que “el sofisma, la ocultación, la falsificación, la propaganda”, son lo suficientemente antiguos.

Lo que sucede es que en el marco de la virtualidad que se apodera del presente, estamos sobreexpuestos a tal cantidad de noticias que resulta difícil encontrar claros de sentido entre la espesura, “llegar a comprender este mundo poliédrico que se despliega ante nosotros”. Sucede que “las nuevas tecnologías y la globalización hacen que la repercusión de la mentira sea hoy exponencialmente mayor; las maniobras de engaño tienen más alcance y más consecuencias que nunca, pero también al mismo tiempo los ciudadanos toman mucha más conciencia de la tremenda farsa que se despliega alrededor”, sostiene el ensayista. La gran diferencia respecto al pasado es que hoy cualquiera puede participar, opinar, mentir. He aquí el elemento que define nuestra época: “La democratización tecnológica ha dado la palabra a todas las personas. La nuestra es la era de la opinión…”

En un momento dado, Muñoz Rengel sostiene que “de la férrea realidad de la Edad Media, que incluso resistió como pudo la Modernidad, no ha quedado ni rastro en apenas cien años de ataques y sospechas”. Nos dice que “los cimientos de todas nuestras convicciones se han venido abajo y descubrimos con perplejidad que la realidad entera no era más que un decorado construido con falacias…” 

Sostiene Muñoz Rengel que La gran diferencia respecto al pasado es que hoy cualquiera puede participar, opinar, mentir. “La democratización tecnológica ha dado la palabra a todas las personas. La nuestra es la era de la opinión…”

Una historia de la mentira, como os decía, arranca de muy atrás, y toca lo más cercano. Entre sus grandes méritos está el de llevarnos a cuestionar la realidad y sus espejismos, a reflexionar sobre las mentiras que hemos elegido para andar por la vida, para pisar los terrenos resbaladizos del ahora. “¿En qué consiste ser persona hoy”?, se pregunta, nos pregunta, el autor. “¿Acaso nuestra naturaleza no consiste precisamente en comportarnos como seres ficcionales?”, sigue tirando del hilo, animándonos a pensar. ¿Cuáles son las ficciones en las que creemos, cuáles los sueños que nos dan alas, que nos nutren, que nos consuelan, que nos ayudan a resistir? Alrededor de todas estas cuestiones tejemos a continuación un diálogo realizado a través de correo electrónico. Un diálogo que ojalá se prolongue con otras lecturas de una obra que anima a activar el mecanismo de las propias ficciones, las deseadas, no las impuestas.

JJ Munoz Rengel. Fotografías pos Isabel Wagemann

Muñoz Rengel: “Parece que estamos llegando al límite de nuestra capacidad de mentir”

Una historia de la mentira me ha parecido un recorrido muy interesante, con tramos realmente reveladores, pero también demoledor. Todo es mentira, todos mentimos, nuestras vidas están montadas sobre el engaño… Pero los seres humanos tenemos necesidad de creer en algo. ¿Cómo orientarnos en este presente tan lleno de incertidumbres?

– Hay que pensar. Pensar más, algo que estamos dejando de hacer. Hoy empleamos menos tiempo que nunca en detenernos a reflexionar, los mínimos espacios que antes dedicábamos a pensar sobre quiénes somos, sobre lo que hacemos o sobre cómo es el mundo, ahora los hemos sustituido por nuevos hábitos y aficiones superficiales que lo ocupan todo. Y debemos hacerlo para sobrevivir entre las incertidumbres. El ser humano está condenado a vivir entre engaños, apariencias e ilusión, y la única manera de aspirar al progreso y no convertirnos en presas de nuestras propias ficciones es poner un poco de orden entre nuestras mentiras, organizar, clasificar, establecer una jerarquía entre las mejores y las peores.

– La mentira ha existido siempre, incluso, como explicas, antes de la existencia del ser humano, ya estaba en la naturaleza… ¿Es un consuelo?

– En cierto sentido sí. Si nos sentimos culpables por mentir supone un alivio saber que la mentira no solo es consustancial a nuestra especie, sino que formaba parte de los mecanismos evolutivos de la naturaleza millones de años antes de nuestra aparición. Pero el problema no es ese. Nuestra inteligencia y nuestro pensamiento simbólico se fundan en la mentira, y nuestra esencia consiste en ficcionar. Por lo tanto, no debemos sentir culpa por ser mentirosos, sino por mentir mal, por engañar para causar daño, empobrecer la realidad o perjudicar a los otros.

«NO DEBEMOS SENTIR CULPA POR SER MENTIROSOS, SINO POR MENTIR MAL, POR ENGAÑAR PARA CAUSAR DAÑO, EMPOBRECER LA REALIDAD O PERJUDICAR A LOS OTROS».

Pero, ¿en otras épocas han sido tan conscientes los seres humanos de estar sobrepasados, ahogados entre mentiras?

– Quizá no. Siempre hemos mentido y de las formas más sofisticadas. Pero si algo caracteriza nuestro tiempo es ese desbordamiento. Parece que estamos llegando al límite de nuestra capacidad de mentir, o al menos de hacerlo sin perder el control. Esa autoconciencia es también parte del problema, el bucle de la posmodernidad nos enreda aún más en nuestras mixtificaciones, las herramientas para manipular, falsificar y propagar los engaños son más potentes que nunca, y nuestros filtros para contener todo esto han demostrado ser demasiado inmaduros. Ahora mismo, somos como niños fascinados por nuestros juegos de espejos.

Evidentemente hay muchos tipos de mentiras y unas son mucho más dañinas que otras…

– Así es. Podemos mentir con una novela, para esparcimiento de los lectores, que se dejarán engañar gustosos. Podemos mentir por cortesía, como exige la buena educación. Podemos mentir para proteger, motivar o estimular a nuestra pareja, o bien podemos engañarla para serle infiel. O podemos, en definitiva, mentir en beneficio propio y perjuicio de los demás, para robar, para acaparar el poder político, para hacer peor la vida de miles de personas.

Cada vez somos más conscientes de los andamiajes en los que nos movemos, de las falsedades. Las crisis económicas han puesto de manifiesto las falsedades del mundo de las finanzas. ¿Qué mentiras están quedando al descubierto con la pandemia?

– Para empezar, una vez más, como indicas, las económicas: inversores y especuladores enriqueciéndose con la pandemia, las mayores fortunas del mundo redoblando su riqueza tras esta nueva crisis, y la fragilidad de nuestro sistema financiero puesta de nuevo en evidencia y castigando a quienes trabajan, a la clase trabajadora. Pero tampoco los demás ámbitos han salido mejor parados. Los políticos mintiendo y ocultando más que nunca, falseando los relatos para atacarse unos a otros, más preocupados por el feedback engañoso de las redes sociales que por los ciudadanos reales. Tampoco la prensa, apresurada y tomando demasiado partido en esta polarización que vivimos, ha estado a la altura y no ha cumplido con su principal labor, contrastar y hacer de filtro ante la avalancha de mentiras que inunda las esferas política y económica. Incluso la ciencia, que tanta gente había colocado en el mismo altar donde antes estaba la religión, se ha visto forzada a mostrarnos sus miserias y como trabaja de verdad: el proceso científico sigue fundamentándose en las hipótesis, en el método de ensayo y error, necesita amplios lapsos de tiempo para hacer funcionar sus mecanismos de validación y, por encima de todo, es falible. La ciencia es quizá la mejor herramienta de la que disponemos, pero no está ni mucho menos en contacto directo con la verdad.

– ¿Hasta qué punto hemos sobrevalorado la verdad?

– Hasta el punto de que toda nuestra civilización, desde el platonismo, se ha cimentado sobre una idea de Verdad con mayúsculas que no existe. Ya lo advirtió Nietzsche: la verdad es la mayor mentira jamás inventada.

Hablamos de mentiras, pero tal vez podríamos cambiar la palabra, por ficciones. Ahora que tanto impera el odio, el “sálvese quien pueda”, ¿crees que es posible sobrevivir en la jungla del presente creyendo en conceptos como la honestidad, la bondad, dando cabida a ese relato, a esa ficción?

– Desde luego que unas ficciones son mejores que otras. Yo quiero tener fe en las bondades del relato, aunque todo relato sea por naturaleza ficticio. Claro que es posible perseguir la utopía, al igual que es posible perseguir el horizonte de la verdad, aun sabiendo que nunca lo alcanzaremos, que nunca sabremos qué es la cosa en sí, cómo es la realidad más allá de nosotros. Pero, volviendo a esa jungla que mencionas, es cierto que en estos tiempos hay que aprender más que nunca a distinguir unas mentiras de otras. Van a intentar engañarnos, siempre, en todas partes, unas veces para bien y otras para mal. Y, como los animales ficcionales que somos, nuestro deber es estar versados en el arte de la ficción.

«Tampoco la prensa, apresurada y tomando partido en La polarización que vivimos, ha estado a la altura. no ha cumplido con su principal labor, contrastar y hacer de filtro ante la avalancha de mentiras que inunda la política y La economía».

– Está claro que el relato de la bondad tiene muchos menos seguidores…

– Quizá la gente se deja sugestionar por el poder de la mentira con fines egoístas, nocivos o inmorales. Y no se da cuenta de que la mentira tiene muchas más caras. La buena educación, la convivencia, se basan en la mentira. Construyamos buenas mentiras. El arte es la más maravillosa de las mentiras, ese es el camino por donde debemos encauzar nuestra creatividad y nuestra esencia mentirosa.

– ¿No puede resultar peligroso aceptar que “todo es mentira” del mismo modo que creer el tan manido “todos son iguales” aplicado, por ejemplo a los políticos, en los tiempos actuales? Es algo que se aprovecha precisamente para instaurar un relativismo y una equidistancia que contribuye a confundir, a embarrar la convivencia.

– Cuando la idea de que todo es mentira cala en una sociedad que no piensa, quizá sí. Pero el relativismo solo es peligroso porque no estamos acostumbrados a pensar. De hecho, que todo es relativo y no hay una verdad única es algo en lo que todos podremos ponernos de acuerdo. Luego el problema no está en cómo son las cosas. El problema está en que necesitamos de una ciudadanía crítica, formada y responsable que sea capaz de manejar estos conceptos. Quiero creer que no vamos a volver a los Estados paternalistas de verdades unívocas. Claro que todo es mentira, hay apariencias y distorsión allá donde miremos. Pero, por supuesto, eso no significa que todo valga lo mismo. Ni tampoco todo vale.

JJ Munoz Rengel. Fotografías pos Isabel Wagemann

– Al analizar el presente, señalas que cualquier historia, cualquier argumentación, tiene su contrario. Es algo que podemos comprobar fácilmente al navegar por Internet. He echado en falta un capítulo dedicado por entero a los medios de comunicación. ¿Hoy, cuando la sobreabundancia de información nos satura, nos sobrepasa, no crees que correspondería a los medios desempeñar el papel de ir abriendo claros entre tanta espesura?

– Es exactamente así. Pero no está ocurriendo. Los medios viven su propia crisis económica, hoy por hoy no acaban de saber cómo financiarse en esta era de las nuevas tecnologías. Y, como los políticos y todos los demás, se están viendo arrastrados por esta ola descontrolada de mentiras. La cultura de la inmediatez, las prisas, los sueldos precarios, la competencia desleal, las «fake news», la manipulación digital, los intereses económicos, no están permitiendo a los periodistas realizar su trabajo. Y también, como los políticos, se están dejando empujar por los caprichos burdos y ciegos de las redes sociales. Este exceso de información y de basura digital nos ha pillado a todos de improviso. El día en el que el periodismo recupere su valor y sea un filtro eficaz contra el ruido, viviremos en un mundo mejor.

– Exacto, como argumentas en el libro los medios han caído en la “vertiginosa tendencia” de difundir bulos y rumores, han perdido la capacidad de contrastar, de reflexionar, de orientar… ¿Cómo crees que se podría corregir esto? ¿Son posibles diques de contención? Ya sé que ofrecer soluciones no es el objetivo de tu ensayo, pero me gustaría que aquí te lo planteases.

– Tendrían que detenerse un momento y replantearse toda la situación. Su propósito debería ser convertirse en voces autorizadas, en faros de luz para la ciudadanía. Y para eso tendrían que dejar de priorizar la inmediatez y, por supuesto, los temas que venden frente a los temas importantes. Ofrecer a la gente los temas que venden es el peor error que podrían cometer, el peor de los círculos viciosos. En cambio, los medios deberían consolidar sus mecanismos de validación, trabajar de una forma un poco más similar a como lo hacen las revistas académicas o los equipos científicos. A largo plazo, hacerse fuertes en su auténtica función es la opción más razonable.

– ¿Hasta qué punto las redes sociales lo han complicado todo, en el sentido de ruido, de confusión…? ¿Seremos capaces de desconectar algún día? Gran parte de la ciencia-ficción se ha basado en los avances tecnológicos. ¿Debemos imaginar ahora un mundo en el que deshacernos de muchos de esos avances para poder vivir de manera más sana? ¿Hemos perdido el control?

– Las redes sociales son una de las grandes culpables de la confusión actual. Y te lo digo siendo, además, uno de sus complacidos usuarios. Alguna vez he publicado algún tuit crítico en este sentido y siempre salen decenas de opinadores acusándote de estar usando una red social para juzgar las redes sociales. Este es el nivel. Un ejemplo más de lo que te comentaba antes, de cómo la masa anónima parece incapacitada para distinguir, para discriminar, para articular el más mínimo análisis con rigor. No obstante, aun con todo, no creo que debamos deshacernos de los avances tecnológicos. Nuestro rasgo primordial es nuestra capacidad de ficcionar, y debemos ser fieles a ella. La esencia humana no está en volver al campo, cultivar tomates, acostarnos con el sol, abandonar la ciencia y la tecnología, acostumbrarnos a la enfermedad, morir jóvenes y malograr nuestras habilidades creativas. No, debemos recuperar el control sobre los avances. Existe la posibilidad de un consumo sensato y ecológico, de convivir en equilibrio con la naturaleza, de un buen uso de las tecnologías, se tiene que poder controlar el ruido. Lo que sucede es que en solo unas décadas los avances se han sucedido más rápido de lo que podemos cambiar nosotros. Algún día quizá estaremos preparados.

Como indicas en un momento dado, las redes nos conducen a mostrarnos felices, a aparentar felicidad, a vendernos como marca, pero lo que consiguen es saturarnos, deprimirnos… “Los investigadores señalan que esta inmersión digital implica un deterioro de la autoestima, un aumento de la soledad y una dificultad para el desarrollo de las habilidades sociales tradicionales”, señalas. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?Parece una trampa, una pesadilla, una ficción…

– Todos sentimos una inclinación natural hacia lo fácil. Nos encanta lo lúdico, pero si además no implica un esfuerzo, mejor. En un mundo en el que los poderes fácticos retaran a la sociedad con objetivos que nos hicieran mejores —pienso en la programación televisiva, por ejemplo—, creo que no tendríamos dificultades en crecer. Pero estamos en manos del capital, que es ciego, de modo que siempre nos van a ofrecer lo más fácil: la comida basura, la telebasura, las noticias que venden, las apps más superficiales y adictivas. Y, sin embargo, no podemos culpar siempre a los otros, cada individuo tiene el poder de empezar a cambiar las cosas.

«Existe la posibilidad de un consumo sensato y ecológico, de convivir en equilibrio con la naturaleza, de un buen uso de las tecnologías, se tiene que poder controlar el ruido. Lo que sucede es que en solo unas décadas los avances se han sucedido más rápido de lo que podemos cambiar nosotros».

Hasta el concepto de «posverdad», que, en cierto modo, nos ha servido para explicar, para entender, lo que estamos viviendo, queda desenmascarado en el ensayo. Argumentas que se trata de una “metamentira”, porque no es algo novedoso, porque la política siempre ha mentido; porque ya los sofistas, en el siglo V antes de Cristo, enseñaban que en la cosa pública se trataba de convencer, no de acercarse a la verdad, algo que se sigue utilizando en todas las escuelas de retórica y debate…

– Lo único nuevo en la sociedad actual es la cantidad de las mentiras. Y su velocidad de transmisión. Pero no hay ningún salto cualitativo. No hay nada en la definición de la «posverdad» que no pueda aplicarse a la política de hace veinticinco siglos, a la falsificación de reliquias propia del Medievo, o a campañas de difamación internacionales previas a la invención de la imprenta. Lo más triste de todo es que el concepto de «posverdad» no es más que otro neologismo, en un mundo necesitado de «trending topics» y otras tantas invenciones casi diarias. Es más de lo mismo. Más marketing, más apariencia y más mercado.

De hecho, mentir bien, de manera convincente, “el arte de fingir”, se ve en las actuales sociedades como un don. Si logras enriquecerte mintiendo eres más valorado que si desarrollas un trabajo digno, brillante, pero no alcanzas el éxito económico.

– También vivimos una crisis de valores. ¿Sabes qué sería para mí mentir bien? Escribir una buena novela. Hacer una gran representación sobre el escenario. Entretener o estimular a los demás con una conversación. Engañar a los demás para obtener un éxito económico solo puede ser valorado por una sociedad que reniega del esfuerzo y de todo lo intelectual. La nuestra.

– Lo de que el dinero da la felicidad es otra mentira…

– Bueno… Eso tendré que esperar más para respondértelo…

– ¿La actualidad nos confunde, necesitamos tomar más distancia, perspectiva?

– Sí. Siempre ha sido así. Pero ahora lo vertiginoso de los avances no nos concede ese tiempo. Antes de la historia escrita se necesitaban miles de años para que cambiara algo; en la Edad Media, siglos; en el siglo XX, décadas. Y con las nuevas tecnologías todo puede cambiar casi de un día para otro.

Lo novedoso hoy es que todo el mundo puede opinar. “La nuestra es la era de la opinión”, escribes, y te refieres al relativismo, a las teorías de la conspiración… ¿Te has parado a reflexionar en si es posible hacer frente a todo esto? ¿A título colectivo, individual?

– A título individual siempre es posible adoptar una actitud y tomar decisiones. Aunque, para que eso tenga un impacto social, deberíamos hacerlo miles de individuos. Creo que, con el tiempo, acabaremos poniendo las opiniones en su sitio: no tienen ningún valor ni merecen ninguna atención cuando detrás no hay una trayectoria y un esfuerzo que las avale. Ni merece la pena hablar de las que provienen de perfiles anónimos.

JJ Munoz Rengel. Fotografías pos Isabel Wagemann

– Son muchos los filósofos que te acompañan en este trayecto. ¿Quiénes te han ayudado especialmente a desbrozar el camino?

– Creo que Descartes empezó a hacer bien las cosas con su duda metódica. Aunque luego no supo salir de la trampa del solipsismo en la que se había metido y, sin darse cuenta, recurrió a la fe. Immanuel Kant construyó de una forma mucho más sistemática sobre estos cimientos que nos han sido concedidos, y que son puro aire, pura subjetividad y ficción. El de Kant fue el intento más riguroso de establecer unas bases epistemológicas del conocimiento humano. Después, Schopenhauer y Nietzsche lo llevaron un poco más lejos. Todos ellos delimitarían las principales lindes del camino. Sin embargo, hay otros muchos pensadores imprescindibles en cada campo. Si pienso en filosofía de la ciencia, por ejemplo, te citaría a Kuhn y a Feyerabend.

«Lo único nuevo en la sociedad actual es la cantidad de las mentiras. Y su velocidad de transmisión. Pero no hay ningún salto cualitativo. No hay nada en la definición de la «posverdad» que no pueda aplicarse a la política de hace veinticinco siglos…»

Recurres a la ciencia-ficción, a Ursula K. Le Guin, Philip K. Dick y tantos otros, como territorio que ha buceado en el cuestionamiento de la realidad, en la gran mentira, o mentiras, sobre las que construimos nuestras vidas. ¿La literatura es un buen lugar, tal vez el mejor, para comprender las complejidades del mundo que habitamos?

– Desde luego. Con todos sus errores y su falibilidad, la ciencia es quizá el mejor instrumento que tenemos para lograr un progreso material, para evitar la enfermedad o hacer nuestras vidas más seguras y cómodas, incluso para obtener un relativo conocimiento del mundo. Sin embargo, la literatura llega a veces más lejos arrojándonos luz. Puede parecer pretencioso, o una exageración. Pero no, incluso los científicos necesitan del relato para comprender los resultados de sus investigaciones, han de fabular una teoría narrativa alrededor de sus descubrimientos. Ningún científico tiene una intuición directa de las supercuerdas o de las once dimensiones. Necesitamos de la literatura, del relato y los mecanismos poéticos para estar en el mundo.

Si algo se salva en este recorrido es precisamente el territorio de la creación porque parte de la imaginación. En la escritura, en el arte, toda invención está permitida. Y por eso no nos miente, no nos sentimos engañados.

– El arte es de las pocas disciplinas humanas, si no la única, que reconoce su naturaleza mentirosa antes de empezar a mentir. No lo hace la religión, que cree y pretende que creamos en su materia fantasmática. No lo ha hecho la ciencia, que no ha reconocido el carácter provisorio de sus hipótesis de trabajo y también ha sido tentada por la verdad. No lo hacen los políticos, que quieren convencernos o engañarnos cada día. Sin embargo, con muy pocas excepciones históricas, el arte nace de un acuerdo tácito con el receptor que desea ser engañado, que durante un tiempo estipulado pondrá voluntariamente en suspensión su incredulidad.

Si partimos del hecho de que nos engañamos a nosotros mismos, de que para poder convivir con los otros necesitamos ocultar lo que pensamos, muchas veces es la obra artística –una novela, un poema, una película– la que nos muestra lo que no queremos ver, los secretos más íntimos.

– En la esencia de la obra artística hay algo de revelación. Y, en ese sentido, un cuento o un cuadro, por ejemplo, pueden acabar por cambiar la forma de pensar del lector, mostrarnos cosas que no habríamos visto de otra manera. Todos queremos crear obras que conmuevan, que produzcan un efecto en los receptores, que dejen huella. Por eso también los gobiernos totalitarios se han apresurado siempre a hacerse con su propia camarilla de artistas del régimen.

– ¿Qué le proporciona el espacio de la ficción a Juan Jacinto Muñoz Rengel? ¿Siente más autenticidad dentro de sus novelas, de sus relatos?

– Para mí son el lugar por donde hacer crecer la vida más allá de la vida propia. Es una forma de vivir más, de añadir más capas a la realidad. Lo que nos rodea puede ser muy plano si no tratamos de enriquecerlo y de verlo en toda su complejidad. Lo que diferencia la realidad de un caracol de la de un perro, y la de un perro de la de un ser humano, es la capacidad de cada uno para añadir más capas de significado sobre su mera percepción sensorial. Por eso no entiendo que haya tanta gente hoy que prescinda de pensar o que rechace la filosofía. Tantísima gente que no lea en este país. Con lo poco que dura la vida, ¿no será más inteligente exprimirla con todos sus matices y sentidos?

– ¿Qué es la Escuela de Imaginadores? ¿Me puedes hablar un poco de esta aventura?

– Es el proyecto absolutamente ilusionante en el que me encuentro embarcado desde hace algo más de un año. Un lugar donde enseñar a mentir. En el que hablar de literatura, donde compartir experiencias y aprendizaje, donde seducir y dejarse llevar por la fabulación. En la Escuela de Imaginadores nos tomamos muy en serio tanto la fabulación como la diversión. Estamos en el centro de Madrid y, como taller de escritura, nos caracterizamos por tejer grupos humanos afines y con las mismas inquietudes. Es importante que nos encontremos entre amigos, porque es el único modo de aprender a mentir bien, sin hacer trampas, a mentir con honestidad.

«La historia de la mentira» ha sido publicado por Alianza Editorial.

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