The Shangri-Las: El Triunfo de las «Malas» chicas de barrio

Fidel Oltra © 2020 /

Hay una serie de años en la historia del rock que parecen perdidos, como si en ellos no hubiese pasado nada. Uno de esos periodos es el bienio 1960-1961, ampliable incluso a 1958 o 1959. El rock and roll parecía muerto y enterrado: Elvis vuelve de la mili y lo primero que hace es aparecer con Frank Sinatra, una idea del Coronel Parker para hacerlo asequible para nuevas audiencias más adultas; Little Richard había abandonado la música para hacerse ministro de la Iglesia Pentecostal; Chuck Berry estaba en la prisión por problemas con una menor, y Jerry Lee Lewis seguía sufriendo las consecuencias del escándalo de su boda con su prima. Los Beatles, claro está, todavía no habían llegado. El folk aún era cosa de viejos hasta que llegó Bob Dylan. Así pues, parecería como si entre 1959 y 1962 no hubiese ocurrido nada importante en el terreno musical. Ese aparente vacío fue llenado por nueva música para adolescentes. La maquinaria nunca para, así que el mercado discográfico de aquellos años se llenó de nuevos ídolos que sustituyeran a los viejos.

Eso sí, la industria había aprendido la lección. Si hay que hablarles a los jóvenes, que son los que compran los discos y van a los conciertos, se les habla, pero no de sexo, rebeldía y violencia. Si hay que buscar nuevos ídolos adolescentes se buscan, o se inventan, pero les contarán historias de amor casto, inocente, también de desamor pero sin grandes tragedias. Ese nuevo terreno “teen pop” fue ocupado principalmente, desde el sector masculino, por nuevos solistas como Paul Anka, Frankie Avalon, Ricky Nelson o Bobby Darin, entre otros; por la parte femenina, por uno de los movimientos más interesantes de aquella época: los llamados “girl groups”, los grupos de chicas.

Las historias que cantaban las chicas eran las que más calaban entre las adolescentes de la época. Historias de amor, a veces imposible, casi siempre con un enfoque moralista. Además, en un momento en el que la igualdad racial en los Estados Unidos todavía era un reto, los grandes de la industria hicieron pasar a estos grupos de chicas, principalmente negras, por un producto pensando y diseñado para los blancos. La imagen de ellas no tenía nada que ver con la de las cantantes de R&B, Jazz o Soul: aparecían con vestidos modernos y pelos cardados, intentando que parecieran asumibles para los compradores blancos. De hecho, incluso a veces se las ocultaba para que los oyentes pensaran que eran blancas. Visto desde hoy parece triste e incluso repugnante, pero así era en aquellos años. En 1958 The Chantels llegaron al número 1 con Maybe, y en los siguientes años triunfaron grupos como The Shirelles, The Marvelettes, que consiguieron el primer número 1 para un nuevo sello llamado Motown, The Crystals o The Ronettes. Posteriormente surgirían bandas todavía de más éxito como The Supremes. Todas eran pulcras, elegantes, inocentes, bonitas, aceptables para el público blanco. Hasta que llegaron ellas que, curiosamente, eran blancas.

Mary Weiss sintió una temprana vocación musical que la llevó a formar una banda de chicas con apenas 14 años. Sus acompañantes eran su hermana Elizabeth y las gemelas Marguerite y Mary Ann Ganser. Todas ellas eran de Queens, un barrio complicado por entonces, y no habían podido disfrutar de una buena educación. Eran chicas difíciles, bastas, mal habladas. La antítesis de la imagen edulcorada de los grupos femeninos que triunfaban. Sin embargo, también eran muy cabezotas y querían hacerse un hueco en el mundo de la música. Quedaban después de las clases, o directamente se las saltaban, para ensayar canciones y coreografías. Llegaron a conseguir actuaciones en clubes, en general de dudosa reputación. Para ellas, de todos modos, aquello no era un problema: estaban acostumbradas a los ambientes sórdidos y a manejarse por los bajos fondos, a pesar de su juventud. También actuaron en fiestas de graduación y se presentaron a algún que otro concurso, sin éxito.

No tenían prisa, creían en lo que hacían y sobre todo anhelaban ser ellas mismas, hacer lo que les gustaba. No tenían claro si deseaban convertirse en un proyecto prefabricado y domesticado como peaje para llegar al éxito. Lo que sí les urgía era ponerse un nombre, ahora que debían presentarse ante el público. Deambulando por el barrio vieron un restaurante llamado Shangri-La. No lo dudaron: en adelante serían las Shangri-Las. Durante el primer año no pasó nada relevante con The Shangri-Las. Un tipo llamado Artie Ripp las descubrió, les consiguió un contrato con Kama Sutra – un sello que él mismo había creado para la ocasión – y grabaron un par de singles. Entonces llegó su golpe de suerte.

En este punto de la historia, debemos hablar de otro tipo muy peculiar llamado George “Shadow” Morton. Un tipo que tuvo el coraje de presentarse en el Brill Building alegando ser compositor solo para intentar atraer la atención de Ellie Greenwich. Ellie entonces estaba casada con Jeff Barry, quien en una combinación de celos profesionales y sentimentales le pidió a Morton que no volviera por allí sin una buena canción. La realidad es que George Morton quería ser compositor, pero no tenía nada que ofrecer en ese momento. Se fue, se retiró un tiempo a escribir y volvió con una demo llamada Remember (walkin’ in the sand). La canción no tenía nada que ver con lo que triunfaba por entonces, ni musicalmente ni sobre todo por la letra. Morton tenía una idea muy particular sobre cómo debía ser una canción para adolescentes: donde todos hablaban de amor y desamor, de felicidad e infelicidad. Él quería hacerlo de violencia, de relaciones malsanas, de bandas juveniles e incluso de la muerte. Con la ayuda de Barry y Greenwich la canción tomó forma, aunque suavizaron la letra y recortaron la duración, que en la demo se prolongaba hasta los siete minutos. Faltaba encontrar quien la cantara y el sello que la quisiera publicar. No fue complicado puesto que el sello Red Bird, para quienes Barry y Greenwich ya habían compuesto Chapel of love para otro grupo de chicas, las Dixie Cups, se interesó. En cuanto a las cantantes, tenían al grupo ideal: las Shangri-Las. Cuando Mary Weiss empezó a entonar “Seems like the other way, my baby went away…” todos supieron que esa voz de quinceañera, que en lugar de emoción y ternura juvenil derrochaba tragedia y desolación, era perfecta para el proyecto.

Incluso tras el recorte, que dejó la canción en poco más de dos minutos, Remember (walkin’ in the sand), a priori una historia más de desamor, seguía sonando amenazante y turbadora. Los ingredientes eran perfectos para el efecto que Morton tenía en la cabeza: la voz de Mary, nada ingenua a pesar de su edad, versos como “la noche era tan excitante, su sonrisa era tan tentadora”, la ausencia de un estribillo estratosférico como en las producciones de Spector, el formato atípico de la canción…Una canción que los adolescentes, a pesar de todo, hicieron suya aupándola directamente al top-10. Las Shangri-Las mascaban chicle, decían palabrotas y alucinaban con todo aquello. Morton se frotaba las manos. Los dueños de Red Bird, los míticos Leiber y Stoller que habían compuesto canciones como Hound dog o Jailhouse rock, así como Barry y Greenwich, también disfrutaban con aquel éxito. Todos eran felices, pero tenían que seguir alimentando aquella recién creada maquinaria.

Había que aprovechar el momento, así que todo el equipo, con Jeff Barry, Ellie Greenwich y George Morton a la cabeza, se puso a trabajar en el nuevo single. Remember… seguía en el top-10, así que pensaron que no sería buena idea componer algo muy parecido. Sin embargo, la fórmula parecía clara: insistir en la historia de amor / ruptura. Morton, fiel a su idea, quería algo con un final todavía más trágico. Además quería ambientar la historia en un ambiente pandillero y poco recomendable, que la canción fuera como esas películas de terror que te horripilan pero no puedes dejar de mirar. Tras varias reuniones alguien mencionó las motos, las peligrosas pandillas de moteros, y entonces surgió la chispa. La historia sería la siguiente: chica se enrolla con el jefe de la pandilla, las amigas le piden detalles, los padres de ella obligan a la pareja a romper, y el macarra motorista que en el fondo es muy sensible se lanza a una carrera alocada y se estrella con su moto. Todo ello aderezado con efectos sonoros impactantes (la chica gritando “¡¡Cuidado!!”, ruidos de cristales rotos…) y la entonación sombría de las Shangri-Las. Además sin estribillo, otra vez.

¿Podía triunfar una canción así? Pues sí, Leader of the pack no solo triunfó sino que llegó al número 1 de las listas norteamericanas desbancafownndo al Baby love de las Supremes, en una especie de triunfo de las chicas del barrio frente a la sofisticación del Soul norteño. Además las chicas malas de barrio pobre…¡¡Eran blancas!! El propio James Brown, con quien coincidieron en una de esas giras multitudinarias que se hacían en los 60, creyó que eran negras hasta que las vio con sus propios ojos. De hecho, la mayoría de las veces eran las únicas blancas en la gira.

Un error típico de las discográficas es querer forzar demasiado la maquinaria del éxito, y Red Bird, el sello de las Shangri-Las, no fue una excepción. Decidieron sacar más singles fuera como fuera, con prisas, y recurrieron a versiones que no pegaban mucho con el estilo que habían seguido hasta entonces. Su siguiente canción original resultó bastante más ligera e inofensiva que sus anteriores sencillos. Give him a great big kiss – de la que Burning hicieron una versión, Es especial, a principios de los 80 – era una canción bastante buena, pero no lo que el público esperaba de las Shangri-Las. A finales de 1964 eran una máquina de hacer dinero, pero dado el escaso éxito de sus últimos singles ya estaban en peligro de ser rebasadas por las nuevas bandas y artistas que en los 60 surgían a toda velocidad. Ya había muchos grupos, incluyendo a los Beatles, la nueva sensación, cantando sobre las maravillas y también sobre las penas de ser adolescente. Esa batalla la tenían perdida. Si lo que el público quería de las Shangri-Las era drama, sangre y muerte, eso es lo que le iban a dar.

Tras una gira europea de las Shangri-Las en Inglaterra, donde también tenían una buena base de fans y coincidieron con Dusty Springfield o The Zombies, Barry y Greenwich se pusieron a trabajar en una nueva canción, Out in the streets, otra rara muestra del particular estilo Shangri-Las. Otras canciones de chicas al uso solían hablar de la niña bien que se enamora del chico malo, de cómo lo ayuda a salir de las calles y a convertirse en buena persona. Out in the streets, sin embargo, hablaba del día después, de lo que ocurría tras el final feliz. En aquella canción la chica que ha redimido al pandillero empieza a notar que algo ha cambiado, que todo es distinto, menos interesante, más aburrido…Se siente culpable por haber sacado al chico de la pandilla y de la vida peligrosa de la calle. Finalmente, decide dejarlo libre, ya que su corazón está «afuera, en la calle» y no con ella. Una vuelta a los finales infelices y a las canciones sin estribillos. Aquello, sin embargo, tampoco parecía ser suficiente. Habían acostumbrado a los seguidores de las Shangri-Las a emociones fuertes, así que deberían sacar la artillería pesada.

Give us your blessings era la historia de una jovencísima pareja, Jimmy y Mary, que estaban terriblemente enamorados. Les decían a todo el mundo que su ilusión era compartir su vida para siempre, que su amor fuera eterno. Un día decidieron decírselo a sus padres y formalizar su relación. Fueron a casa de Mary y les dieron la noticia: querían casarse. “Dadnos vuestra bendición...”, les dijeron. Los padres de la chica se rieron de ellos y le quitaron importancia a sus deseos juveniles, tratándolos como a tontos adolescentes que no tienen claro qué hacer con su vida. Les dijeron que todavía eran unos niños, y se burlaron de su supuesto amor. Jimmy salió fuera y esperó a Mary en su coche, mientras que la chica insistía, “por favor, dadnos vuestra bendición…”, solo para volver a obtener unas risas burlonas por respuesta. Salió llorando de la casa, subió al coche con Jimmy y ambos se alejaron entre lágrimas de desesperación. Al día siguiente encontraron sus cuerpos entre los amasijos de hierro en que se había convertido el coche tras salirse de la carretera. Cuentan que, cuando llegaron sus padres, se les pudo oír decir con su último aliento “Dadnos vuestra bendición...” La canción, con su terrorífico final, llegó al top-30 en los Estados Unidos. Mejor que sus anteriores singles, pero el equipo seguía buscando un nuevo número uno.

Quizás la fórmula ya estuviera agotada, así que en Red Bird decidieron probar otras cosas. Además querían aprovechar el éxito de estos singles atípicos, retorcidos y espeluznantes para inundar el mercado con todo el material que fuera posible. Publicar dos LPs de las Shangri-Las en un año, teniendo en cuenta que su fuerte eran las canciones, no parecía una buena idea. Sacaron buenos discos, con algunas canciones interesantes, incluso una composición de Levon Helm (The Band)...pero todos ellos resultaron repetidos fracasos de ventas. Intentaron emular el sonido Motown que triunfaba por entonces con Right now and later, pero justamente el inesperado éxito de Red Bird radicaba en tener su propio sonido y una extraña pero electrizante personalidad. De hecho sus canciones de amor-desamor-muerte habían creado un subgénero en sí mismo, por donde se colaron canciones como Tell Laura I love her, de Ray Peterson, Dead man’s curve,de Jan & Dean, o Last kiss, de J. Frank Wilson and the Cavaliers, entre otras. Así pues, en un círculo vicioso que parecía no tener fin, cada vez que el equipo creativo de Red Bird veía fracasar un single luminoso o un LP con demasiado relleno, volvían a desempolvar las fantasmales composiciones de “Shadow” Morton. Esta vez George quemó sus naves en el que posiblemente sea el single más retorcido que alcanzó nunca el top-10 de las listas norteamericanas durante aquellos años: I can never go home anymore.

No es sencillo explicar el sobrecogedor efecto de escuchar I can never go home anymore con palabras. La canción empieza con la típica historia de chica adolescente rebelde, enfadada con el mundo y con su madre, gritándole a esta que se irá de casa si no la deja vivir su vida en paz. En ese momento suena una voz casi fantasmal, que toma el papel de narradora. Una voz de ultratumba que le dice a la chica que no lo haga, que no pase por lo que ella tuvo que pasar. Entonces empieza a contar su historia, con lo que accedemos al nivel más interno y espeluznante de la canción. La voz afirma con pena que se fue de casa por un chico al que su madre no quería que viera, a pesar de que esta le suplicó de mil maneras que no lo hiciera. Sigue contando como, curiosamente, al poco tiempo había perdido el interés por aquel chico, y que en la soledad de la noche, durmiendo donde podía, recordaba como su madre la arropaba en la cama y le decía “no temas, cariño, mamá está aquí”. Un sueño recurrente del que se despertaba cada noche en medio de la oscuridad gritando “¡¡Mamá!!”. Sin embargo, aunque la voz contaba que le dolía haberle roto el corazón a su madre y dejarla sola mientras se hacía vieja, afirmaba que no podía volver a casa nunca más. Todo eso con un recitado siniestro, con un estribillo que pone los pelos de punta, con unos vientos y unas cuerdas que parecen sacados de una película de terror.

La sensación de tristeza que invade a quien escucha la canción mientras lee la letra es terrible. Más todavía si recordamos que las hermanas Weiss eran huérfanas desde poco antes de formar el grupo. Nuevamente, la pregunta es: ¿Esto puede ser un éxito? Pues sí, I can never go home anymore llegó al número 6 en las listas norteamericanas, una vez más. ¿Sería por su valor artístico, por el riesgo? ¿El tirón entre los más jóvenes consistía simplemente en el morbo de ver quién y cómo moría en cada canción? ¿O era esa sensación indescriptible que dejaba en el cuerpo el abrupto final de la canción, con la llorosa voz de Mary susurrando «I can never go home (never) anymore…and that’s called sad«?

Aquel fue el último gran éxito de las Shangri-Las. Sacaron nuevos LPs, nuevos singles, cambiaron de discográfica tras el desmembramiento de Red Bird… Antes sacaron Past, present, future, la última canción de las Shangri-Las para el sello del pajarito rojo, en 1966, pero fue más un testamento que una canción. Aun así, George “Shadow” Morton no quería soltar a la gallina de los huevos de oro y se las llevó a Mercury. Sin embargo, la compañía sólo se interesaba por sus viejos éxitos, y finalmente el propio Morton acabó por dejarlas de lado para dedicar su tiempo a una jovencita Janis Ian. Las Shangri-Las acabaron de malas maneras, con un pleito con Mercury que les impidió grabar durante años. Fue el fin de su carrera, y el inicio de sus vidas normales. Una de las gemelas Ganser murió en 1970, parece ser que por una sobredosis de barbitúricos. La otra gemela falleció de cáncer en 1996. Betty Weiss se casó y tuvo un hijo, se dedicó a la cosmética y no volvió a la música. Mary Weiss aprovechó la baja de las Shangri-Las para continuar sus estudios – apenas tenía 18 años – y posteriormente se casó, se divorció, se volvió a casar, y en el año 2007 sacó su primer disco en solitario, Dangerous game, un trabajo bastante interesante y aprovechable.

En 1977 hubo un intento de reunión de las Shangri-Las supervivientes, incluyendo un concierto en el mítico local neoyorquino CBGB que vio nacer el punk estadounidense de la Costa Este. Incluso estuvieron a punto de fichar por Sire Records, pero todo se fue al traste cuando intentaron obligarlas a hacer canciones de música “disco”. Mary dijo que ellas eran punk como Patti Smith y no iban a cantar esa bazofia discotequera. Los mandó a la mierda y las Shangri-Las desaparecieron para siempre, aunque un grupo intentó apropiarse de su nombre en los 80. Obviamente no eran ellas.

Si la influencia en artistas posteriores es un parámetro para medir la calidad de un artista, quizás debamos recordar que, aparte de los antes mencionados Burning, las canciones de las Shangri-Las han sido versionadas por gente como Aerosmith, New York Dolls, The Damned, Blondie, Redd Kross, Belle and Sebastian, Ryan Adams o Amy Winehouse, que las citaba como una de sus grandes referencias incluso, como es evidente, en su propia imagen de chica mala y descarriada. Todo eso sin que las hermanas Weiss y Ganser escribieran ni una coma de sus canciones. Quizás por eso George Morton dijo una vez que la mayor habilidad de las Shangri-Las fue hacer creíbles, y a la vez soportables, las delirantes y trágicas historias que salían de su desequilibrada pluma. Aprovecho para recomendar la excelente caja de 3 CDs The Red Bird Story, aunque ya tiene unos años, donde se cuentan estas y otras historias del sello y en la que se pueden escuchar hasta 90 canciones de esa discográfica atípica e irrepetible. Tan atípica e irrepetible como las Shangri-Las, aquel grupo de chicas de barrio que durante dos años estremeció al mundo.

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