Olga Tokarczuk, viajes y errancias en el momento y lugar adecuados

Foto cabecera: Olga Tokarczuk por Lukasz Giza. Artículo por Emma Rodríguez © 2019 /

Todo está en blanco aún. La pantalla del ordenador aguarda las primeras palabras, las primeras líneas de este artículo, y aún no tengo claro cómo empezar a hacerlo. ¿Cómo contar mi lectura de Los errantes? ¿Cómo hablaros de la tan especial literatura de Olga Tokarczuk? De primeras se me ocurren varias maneras, pero voy a optar por la más directa: dando las gracias al Nobel. La escritora polaca (Sulechów, 1962) ha sido premiada con el preciado galardón de las letras (edición 2019) y a eso se debe que yo haya sentido curiosidad y haya emprendido el rumbo hacia su territorio. 

Hablando de rumbos, me ha sucedido algo curioso, sin  mayor importancia, pero curioso, que no quiero que se me olvide contaros. Por eso debo anotarlo ahora, al comienzo, en estos primeros párrafos. Empecé a leer el libro en un avión, en un viaje reciente e improvisado a Tenerife, sin ser consciente de que estaba tan centrado en los viajes, en los aeropuertos, en los mapas, en los destinos. Me hizo gracia, lo interpreté como una señal evidente de afinidad, y me sumergí en la lectura. Los pocos días que permanecí en la isla los pasé, por tanto, en compañía de Olga Tokarczuk, de sus personajes, de sus historias, de sus sueños, que se mezclaban con los míos. Y concluí sus páginas en el trayecto de vuelta, tal vez con una apreciación diferente de los traslados, de los movimientos o giros que nos llevan de un lugar a otro, que nos transforman.

Porque este libro, que en absoluto es una novela al uso, que no atiende a linealidades ni a normas de género, trata de eso, de movimientos, de transformaciones, de tiempos en salas de espera, de posibilidades, de pérdidas, de descubrimientos. Los errantes es una entrega en la que se cruzan distintas historias que acaecen en momentos históricos diferentes, en el siglo XVII y el XXI, y en la que la ficción se mezcla con acontecimientos reales y también con retazos biográficos. 

Al parecer, cuando la autora envió el manuscrito a sus editores estos creyeron que distintos archivos se habían mezclado en su ordenador. Según ha contado en distintas entrevistas, su novela atiende al tiempo fragmentado en el que vivimos, al ritmo veloz de las sociedades altamente tecnologizadas, donde nos movemos en distintos niveles, “saltando de una realidad a otra como quien abre ventanas del ordenador”, según ha dicho. “La tecnología ha evolucionado y ha propiciado cambios en el tiempo (…) La realidad ya no es lineal. Ahora aparece enmarañada, caótica, cambiante, y ello se debe reflejar en la narrativa que hacemos. En un mundo dominado por las noticias falsas ya no hay frontera entre la verdad y la mentira, entre la ficción y la no ficción”, prosigo con sus palabras. 

Olga Tokarczuk en la presentación de la película polaca Spoor en laBerlinale 2017. Fotografía por Martin Kraft.

Los errantes, publicada en polaco en 2007 y ganadora posteriormente, en su edición inglesa (Flights) con el Premio Man Booker Internacional, no es el único libro de la autora traducido al español. Hasta nuestras librerías han ido llegando otros títulos como En un lugar llamado antaño; Casa diurna, casa nocturna, Los libros de Jacob y Sobre los huesos de los difuntos, esta última muy reciente. Pero yo me he iniciado con esta obra de la que os estoy hablando, de la que escribo ya lejos del momento en que recorrí sus páginas. 

Ha pasado el tiempo suficiente para constatar que me ha dejado poso. Me suele pasar cuando un autor es capaz de nombrar algo que hasta ese momento había permanecido en silencio para mí, aún conociéndolo. Sucede cuando una realidad se amplía ante mis ojos con una perspectiva, con un vuelo absolutamente diferente. Hay libros que nos impregnan con sus atmósferas nuevas, con su despliegue de un mundo que resulta absolutamente original por la manera de ser contado. Conocemos las palabras, pero la conexión entre ellas produce chispazos insólitos, destellos inesperados.

En Los errantes la Premio Nobel polaca nos invita a viajar en el sentido más amplio, desde la extrañeza, ampliando el foco hacia los otros y hacia realidades que no se muestran. Nada es sólido, nada es fijo. Todo se mueve y se diluye en este libro… Llegada a este punto ya me estoy planteando si no debería haber comenzado el texto con la primera frase, con el primer título de la primera página de la novela: Aquí estoy. Con esa frase tan simple Tokarczuk ya nos está indicando su manera de observar los detalles. Estoy aquí, en lo inmediato; soy consciente del espacio y del lugar que ocupo, estoy atenta a los detalles. “Ya no hay nada que hacer, existo, aquí estoy”. 

En Los errantes la Premio Nobel polaca nos invita a viajar en el sentido más amplio, desde la extrañeza, ampliando el foco hacia los otros y hacia realidades que no se muestran. Nada es sólido, nada es fijo.

Todo comienza con una niña sentada en el alféizar de una ventana, sola, mirando hacia el exterior. Nos traslada su asombro, nos lleva a pensar en esos momentos de la infancia en los que modelamos las escalas y los mapas a nuestro antojo, engrandeciendo lo pequeño, fijando la mirada en objetos que nadie más parece ver, imaginando que podemos bajar las escaleras volando, que los pequeños rincones son enormes castillos y cosas similares. Un primer ensanchamiento del mundo que luego, la mayor parte de las veces, en la adultez, se acaba estrechando demasiado.

Esa niña, la narradora, empieza a hablar de sus padres y a reflexionar sobre los viajes, sobre la necesidad de moverse. Claramente pertenece a la tribu de los nómadas, hoy de los turistas –pensemos en los más inquietos–. “A todas luces yo carecía de ese gen que hace que en cuanto se detiene uno en un lugar por un tiempo más o menos largo, enseguida eche raíces. Lo he intentado muchas veces, pero mis raíces nunca fueron lo suficientemente profundas, y me tumbaba la primera racha de viento”, nos dice.

El viaje, como os comentaba, es fundamental en Los errantes y sirve como metáfora de un presente en el que nada permanece fijo, en el que andamos a ciegas, entre llegadas y partidas, encuentros y desencuentros, intentando orientarnos ante horizontes desenfocados, buscando mapas para emprender los tránsitos, huecos en los que perdernos, en los que poder desaparecer en ocasiones. Es muy significativo que el libro esté salpicado por dibujos que se asemejan a planos, vistas aéreas, patrones de ciudades terrenales o soñadas, guías que señalan puntos de interés. Nos sentimos vagar por las páginas de este libro, tomamos aviones que nos conducen a zonas desconocidas, nos subimos a trenes sin rumbo fijo, llevados por el movimiento, en actitud de ensimismamiento. Somos errantes, migrantes, exiliados, fugitivos, prófugos, bohemios, peregrinos… El suelo se mueve bajo nuestros pies, sentimos que todo es resbaladizo. 

Mi energía es generada por el movimiento: el vaivén de los autobuses, el traqueteo de los trenes, el rugido de los motores de avión”, voy leyendo. La forma de mirar, de contar, de Olga Tokarczuk en esta entrega puede resultar en ocasiones fría, distante, atravesada por el léxico de tratados científicos, psicológicos. Pero hay momentos en los que nos sobrecoge con ramalazos de gran belleza, de misterio. Entonces la carga poética, contenida, destilada, se apropia de la narración y nos produce una sensación de reveladora extrañeza. ¿Reveladora extrañeza? Sí, se trata de una extrañeza que descubre y nos descubre. 

Olga Tokarczuk. Fotografía por Tomasz Leśniowski.

Los viajes, los desplazamientos son fundamentales en Los errantes, insisto. La psicología del viaje entra en la novela a través de un grupo de conferenciantes que ofrecen charlas en las salas de espera de los aeropuertos. En muchas de sus páginas se reflexiona sobre el sedentarismo en contraste con el impulso nómada. Hay distancia, hay lirismo y también hay humor, un humor muy especial, en este libro. Y, como decía antes, retazos de biografía, de experiencias propias. 

Nos sentimos vagar por las páginas de este libro, tomamos aviones que nos conducen a zonas desconocidas, nos subimos a trenes sin rumbo fijo, llevados por el movimiento, en actitud de ensimismamiento. Somos errantes, migrantes, exiliados, fugitivos, prófugos, bohemios, peregrinos…

La escritora se licenció en psicología y en la parte inicial, contada en primera persona, la narradora, quien traza las coordenadas de todo el trayecto narrativo (las distintas historias y fragmentos del libro arrancan de sus búsquedas y obsesiones) describe sus estudios: “En la facultad nos enteramos de que estamos hechos de defensas, escudos y armaduras, de que somos ciudades cuya arquitectura se limita a murallas, torres y fortificaciones: un país de búnkeres”. Y después nos cuenta que, en el transcurso de un viaje, cuando se quedó sin dinero en una gran ciudad en la que trabajaba como “kelly” (un dato real; la autora trabajó en Londres como limpiadora), se puso a escribir un libro. “A mí la vida siempre se me escabullía. Solo daba con sus huellas, pálidos vestigios. Cuando alcanzaba a detectarla ya estaba en otra parte (…) En mi escritura la vida devenía en historias incompletas, cuentos oníricos, tramas vagas; se aparecía a lo lejos en extrañas perspectivas desenfocadas o en secciones transversales, lo que hacía difícil llegar a una conclusión generalizadora”.

Aquí Olga Tokarczuk nos habla de sí misma y de la novela que nos ocupa. Poco importa en realidad qué partes se corresponden con las vivencias de la autora. ¿Ficción o no ficción? Las fronteras no existen. Todo forma parte de lo mismo, de la búsqueda, del camino en que consiste la vida. Todo es un juego narrativo complejo, lleno de pistas que seguir, de trayectos sin final. Y es esa falta de definición la que resulta tan cautivadora, porque nos incita a explorar, a mirar hacia dentro, hacia el fondo de nuestras propias querencias y contradicciones.

El viaje es central en Los errantes y también el cuerpo. Ambos temas se conectan a través de las vivencias de quien narra: “La historia de mis viajes es solo la de mis dolencias”, nos hace saber y nos cuenta que padece el Síndrome de la Desintoxicación Perseverante, que consiste en regresar una y otra vez a las mismas ideas, en buscarlas compulsivamente (“en el fondo es una dolencia pequeñoburguesa”). En su caso, la sintomatología se resume en la atracción que siente hacia “todo lo defectuoso, imperfecto, roto”, hacia “las formas amorfas, los errores en la obra de la Creación, los callejones sin salida

El cuerpo y sus accidentes y los viajes están conectados, sí, porque nuestra narradora viaja en busca de “lo raro e irrepetible”; de “lo insólito y monstruoso”. “Son precisamente los errores y accidentes de la creación lo que busco pacientemente en mis viajes”, indica. Y a partir de aquí entran en escena visitas a museos en los que se exponen momias, tejidos de cuerpo humano conservados en frascos de formol, deformidades anatómicas… A partir de aquí entran en escena embalsamadores y especialistas en nuevas técnicas de plastificación y de congelación del cuerpo humano. Sus experiencias atrapan, resultan interesantísimas, con un toque de perversión evidente. Mientras las leía acudían a mí imágenes de cuadros de Francis Bacon, sus cuerpos mutilados, desfigurados, amenazantes, desintegrándose, desapareciendo… La autora ha declarado que estuvo dos años estudiando la historia de la anatomía en los Países Bajos antes de escribir la novela.

Olga Tokarczuk. Fotografía por Tomasz Leśniowski.

Reflexión y relato se dan la mano en esta entrega. Su fondo filosófico es evidente, en la órbita de autores como Milan Kundera. Su talante revelador también. En ocasiones me ha recordado la tensión con la que impregna algunas de sus obras Clarice Lispector, tan atenta a las experiencias interiores, transformadoras; a los instantes en los que de repente un hecho nos hace cambiar, modificar la piel. Los personajes entran y salen por las estancias de Tokarczuk. Las historias se suceden, se rompen en un punto determinado y prosiguen en otro momento. Vidas cruzadas, similitudes, encuentros en distintos espacios y tiempos. Me ha resultado especialmente perturbadora la de una pareja que se va de vacaciones a una isla y acaba perdiéndose. Bueno, se pierden ella y su hijo y nunca se nos aclara qué sucedió en los días en los que estuvieron ausentes, en los que el marido se ve envuelto en una desquiciante búsqueda. Un episodio misterioso que abre una profunda brecha entre la mujer y el hombre; un abismo imposible de salvar.

“Son precisamente los errores y accidentes de la creación lo que busco pacientemente en mis viajes”, indica la narradora. Y entran en escena visitas a museos en los que se exponen momias, tejidos de cuerpo humano conservados en frascos de formol, deformidades anatómicas.

Se me ha quedado grabada la aventura de Ánnushka, la chica que decide huir de una ciudad oscura, donde la vida no le resulta nada grata. Y opta por ser una vagabunda más, entre seres a contracorriente, en el mundo subterráneo del metro, donde se hace amiga de la “errante bientapada”, la que considera que si no deja de moverse podrá despistar al mal, a las fuerzas del orden, de lo inerte e inmóvil. Y también está la aventura de la científica que emprende un largo viaje para salvar del dolor a un antiguo amor, para darle la despedida definitiva. Son historias que se quedan, que regalan momentos de revelación, que se convierten en metáforas de impulsos: el deseo de desaparecer, de dejarlo todo atrás, de convertirnos en otros, de acercarnos a vivencias que podrían ser las nuestras a poco que lo deseemos.

Hay otros relatos que reviven descubrimientos, como el del tendón de Aquiles (“¿Cómo se habrá podido pasar por alto este tendón? Parece mentira que las partes de nuestro propio cuerpo se vayan descubriendo como en el remonte de un río en busca de sus fuentes”…) Fue llevado a cabo en el siglo XVII por el anatomista Philip Verheyen, un personaje interesantísimo, muy atormentado en su final en la pieza que le dedica la autora polaca. Y asoman en las páginas paisajes oníricos y reales, muchas veces fuera del tiempo, colgados en el espacio: pasadizos, casas, habitaciones de hotel, aeropuertos, estaciones, fronteras… Y personajes tan entrañables como el de Eryk, viajero por mares periféricos, contrabandista, reo, charlatán y apasionado lector de Moby Dick, cuyo destino le lleva finalmente a conducir un transbordador que traslada a los viajeros desde la isla a tierra firme (la isla en la que acontece la aventura de la pareja ya mencionada).

Entre las historias, a modo de puentes, de asideros, van apareciendo distintas entradas con título. Son pensamientos, esbozos, apuntes, inspiraciones, hechos históricos y científicos, fragmentos en fin de calados y tonalidades diversas. Una especie de diario en construcción, páginas arrancadas, lanzadas al aire. “Borro de mis mapas todo lo que me hiere. Los lugares donde tropecé, caí, fui golpeada, humillada, ofendida, ya no aparecen, han dejado de existir. / “De este modo borré unas cuantas grandes urbes y toda una provincia. Quizá llegue el día en que borre un país entero. Los mapas, comprensivos, lo aceptan, porque añoran esos espacios en blanco que evocan su feliz infancia”.

En Los errantes también se percibe el compromiso de la escritora con las causas de los más débiles y su mirada sobre los grandes conflictos de la actualidad. Olga Tokarczuk nos habla de lo que nos atañe y preocupa, de las cosas de este mundo, desplegando los mapas de la literatura, desde ángulos y perspectivas diferentes, con nuevas medidas y palabras. El racismo y la desigualdad entran en la novela, del mismo modo que el calentamiento global, la lucha por el medio ambiente y contra el maltrato a los animales. Un alegato contra lo establecido, contra el sistema, es el que lanza el personaje crucial de la  “errante bientapada”, denominada así por las muchas capas de ropa que lleva encima. Una figura absolutamente lúcida en su aparente locura, en su apartamiento de las corrientes dominantes del mundo, en su coraje frente a abusos y tiranías.

En Los errantes también se percibe el compromiso de la escritora con las causas de los más débiles. El racismo y la desigualdad entran en la novela, del mismo modo que el calentamiento global, la lucha por el medio ambiente y contra el maltrato a los animales.

Escuchemos su voz, la línea de su pensamiento: “Así que muévete, contonéate, balancéate, camina, corre, huye, en cuanto te despistes y pares te atraparán sus enormes manos, te convertirán en un monigote, te envolverá en su fétido aliento que apesta a humo y a gas de tubo de escape y a gran vertedero como esos que hay a las afueras de la ciudad. Achatará y empequeñecerá tu alma que perderá todo su colorido, apenas quedará en un recorte de papel de periódico, y te amenazará con fuego, guerra y enfermedad, te atemorizará hasta hacerte perder toda paz y no puedas ya dormir. Te marcará e inscribirá tu nombre en sus registros, certificará tu caída. Llenará tu cabeza de pensamientos inútiles, qué comprar, qué vender, dónde es más barato y dónde más caro. A partir de ese momento te preocuparás por bagatelas como el precio de la gasolina y cómo éste afectará a los pagos del crédito. Convivirás a diario con el dolor, como si tu vida fuera un castigo, pero nunca llegarás a conocer el crimen, ni quién lo ha cometido ni cuándo”.

Olga Tokarczuk. Fotografía por Borys Nieśpielak / DeFacto

Al hilo de todo esto, comentar que el perfil público de la escritora es el de una persona combativa, siempre dispuesta a defender el feminismo, el ecologismo, los derechos de las minorías. De hecho, en Polonia no ha dejado de alzar su voz contra medidas del actual gobierno ultraconservador como su negativa a aceptar refugiados o su rechazo a aceptar la igualdad de derechos de los homosexuales.

La pantalla del ordenador ya no está en blanco. Se ha ido llenando de palabras, de acordes de lectura. Quiero poner el punto final. ¿Cómo hacerlo? ¿Os he logrado transmitir algo del espíritu de Los errantes? ¿He conseguido despertar vuestra curiosidad? Olga Tokarczuk ha levantado, desde la absoluta libertad con la que se enfrenta a la escritura, una novela abarcadora, que nos habla desde distintos tiempos y espacios, que abre puertas diversas, puertas que cruzaremos o no, dependiendo de nuestras propias búsquedas.

En el fondo, la novela, en la órbita de la gran literatura de todos los tiempos, nos está invitando a reflexionar sobre los caminos de la vida, sobre sus sentidos, sus edades, sus derivas, sus procesos, sus degradaciones. “Pensaba que nadie nos ha enseñado a envejecer, que no sabíamos como era...”, vuelvo a la frase subrayada en otra de las historias, la del anciano profesor que dirige a un grupo de turistas en Grecia, acompañado de su joven esposa. “En los últimos años se dio cuenta de que, pura y simplemente, bastaba con ser una mujer de mediana edad, sin ningún rasgo distintivo, para volverse invisible en el acto. No solo para los hombres, también para las mujeres, porque estas ya no la consideraban una rival en competición alguna…”, me detengo en las meditaciones de la científica que ha realizado ese larguísimo viaje hacia su Varsovia natal para realizar una “misión de amor”

Estoy dentro de un libro, de un territorio, lleno de sentidos y de descubrimientos, que nos habla a cada cual de un modo secreto, como si lo que nos está susurrando fuese un mensaje cifrado, capaz de llegar si estamos en el momento, el lugar y la disposición de ánimo adecuados. Las líneas temporales se cruzan en Los errantes, los puntos de vista se superponen, el lenguaje y los tonos van cambiando en función de lo que se nos cuenta, a la manera de los prestidigitadores que hacen magia con sus chisteras. Voy acabando, y deseo hacerlo con un fragmento que me ha resultado especialmente significativo y que, en cierto modo, condensa el alma de la novela. 

MOMENTO Y LUGAR ADECUADOS

No son pocos los que creen que el sistema de coordenadas del mundo determina un punto perfecto donde el tiempo y el espacio alcanzan un acuerdo. Debe de ser por eso por lo que se marchan de casa, creen que moviéndose, aunque sea de modo caótico, aumentarán las probabilidades de dar con ese punto. Hallarse en el momento y lugar adecuados, aprovechar la oportunidad, agarrar por el flequillo el instante, y entonces el código de la cerradura se desactivará, la combinación de cifras del premio gordo quedará al descubierto, la verdad, revelada. No pasarlo por alto, surfear sobre la casualidad, las coincidencias, los giros del destino. No se necesita nada más, basta con comparecer en esa configuración única de tiempo y espacio. Ahí se puede encontrar un gran amor, la felicidad, un décimo premiado de la lotería o la explicación de un misterio que todo el mundo lleva años buscando en vano, o la muerte. Algunas mañanas da la impresión de que tal momento está al caer, tal vez sea hoy mismo”.

Olga Tokarczuk. Fotografía © Jacek Kołodziejski

“Los errantes”, de Olga Tokarczuk, ha sido publicado por Anagrama, traducido del polaco por Agata Orzeszek.

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