Junichiro Tanizaki: Amores fatales y secretos

Por Emma Rodríguez © 2016 /

El secreto de la escritura o, dicho de otro modo, el arte de escribir a fin de suscitar la atención del lector, consiste en conocer la frontera que separa lo que se puede expresar con ayuda de las palabras y lo que no se puede expresar, y en saber detenerse justo en esa frontera”, dejó dicho Junichiro Tanizaki en su ensayo Tratado de la escritura. Nunca olvidó el escritor japonés esa regla, el cultivo de la sugerencia que nos lleva a sus lectores a poner en marcha la imaginación, a interpretar, a prolongar los ecos de la narración una vez cerradas las páginas del libro.

He disfrutado mucho leyendo los Cuentos de amor de Tanizaki, un volumen de relatos que acaba de poner en las librerías la editorial Alfaguara, seleccionados y prologados magníficamente por Carlos Rubio, gran especialista en literatura nipona. Llegué a ellos después de la relectura de El elogio de la sombra, un ensayo del autor que uno no olvida fácilmente porque, más allá de su carácter de manual de estética, de la belleza y transparencia de su estilo, nos habla de asuntos que tocan zonas muy íntimas, más profundos de lo que a simple vista puede parecer, porque las luces y las sombras, la manera en que disponemos de ellas, influyen y definen nuestros modos de vida, el placer o el mero cariz práctico que otorgamos a los espacios interiores que habitamos.

Muchas de las enseñanzas, de las sugerencias de esa obra que no deja de ser una pequeña joya, las encontramos en estas narraciones donde Tanizaki juega a dibujar con las palabras, a la manera del artista que traza con los pinceles sutiles líneas tras las que se filtran los secretos del corazón. Tanizaki juega todo el rato a tapar y desvelar, a iluminar y a ensombrecer los acontecimientos de los que da cuenta, a explorar las cuevas del corazón, las fuentes, más o menos ocultas, de las que fluyen los deseos. “La escritura de Tanizaki es de una visualidad de maravillosa sencillez, un ejemplo apto de ese carácter eminentemente visual de la cultura japonesa que algún crítico moderno japonés ha contrapuesto al carácter intelectual y analítico de las culturas de Occidente”, señala Carlos Rubio, aludiendo, como consecuencia de ello, a la exaltación artística del detalle, a la descripción morosa de lo aparentemente insignificante, a la presencia habitual en las narraciones de pintores, con los que evidentemente se identifica el autor.

Otra de las peculiaridades de los cuentos de Tanizaki es “la índole no convencional y hasta subversiva del amor”, seguimos al prologuista, quien nos invita entrar en su mundo con un texto altamente estimulante. Una puerta de entrada a un universo de pasiones, de perversiones, de sutilezas, de fetichismos, de misterios, de rincones oscuros en los que a veces se filtra un redentor rayo de luz, la bella ceremonia del intercambio amoroso en todas sus manifestaciones.

“La escritura de Tanizaki es de una visualidad de maravillosa sencillez, un ejemplo apto de ese carácter eminentemente visual de la cultura japonesa que algún crítico moderno japonés ha contrapuesto al carácter intelectual y analítico de las culturas de Occidente”, señala Carlos Rubio en el prólogo de “Cuentos de amor”.

La variedad anima esta recopilación de cuentos que, en efecto, llegan a transgredir las líneas de la corrección para ahondar en los límites de la pasión, en las zonas más secretas e inconfesables, por lo que en muchas ocasiones el autor se introduce en los cuentos como mero observador y oyente que escucha con suma atención lo que le hacen saber sus interlocutores. Puede ser en una visita o encuentro inesperado; puede ser a través de una carta; en ocasiones el que le hace llegar su historia confía en que el escritor se interese y decida construir un relato con ella, una manera de hacerla salir de la zona de sombra y enfrentarla al foco de luz de la verdad desnuda.

Es muy moderno este planteamiento de Junichiro Tanizaki (1886-1965), a quien vemos dentro de muchos de sus relatos, abriendo también el diálogo con sus lectores. Moderno y clásico al mismo tiempo, capaz de unir, a través del puente de la ficción, Occidente, cuyas costumbres tanto admiró durante un tiempo, y Oriente, la cuna, esas raíces indestructibles a las que regresó, fascinado, en la etapa final de su trayecto. Todas esas fases y transformaciones en su vida y en su obra se perciben en las historias que componen Cuentos de amor, un conjunto de once narraciones absorbentes, cautivadoras, en los que entramos como “voyeurs” entregados, pasando de unas estancias a otras, atraídos por los secretos escondidos, como si escucháramos detrás de las puertas o fuésemos invitados a conocer lo que pocas veces es dicho, esas zonas que el arte, la creación, logra sacar del ámbito de lo prohibido.

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Antes hablaba de Elogio de la sombra, del modo en que las observaciones del ensayo están presentes en estas piezas, pero hay otro detalle de la biografía de Tanizaki que llama poderosamente mi atención y que resulta esencial para entender las inspiraciones de su obra. El escritor realizó la versión al japonés moderno de la monumental obra de Murasaki Shikibu, El relato de Genji (Genji monogatari), la primera gran novela de la historia. Se entregó en cuerpo y alma a actualizarla y ponerla en manos de las nuevas generaciones de lectores. Todo su tiempo y esfuerzo dedicado a ese proyecto de 26 tomos que durante los años que duró enfrió su vena creadora, como señala Carlos Rubio.

Todas las fases y transformaciones en la vida de Tanizaki y en su obra se perciben en las historias que componen Cuentos de amor, un conjunto de once narraciones absorbentes, cautivadoras, en los que entramos como “voyeurs” entregados, pasando de unas estancias a otras, atraídos por los secretos escondidos, como si escucháramos detrás de las puertas o fuésemos invitados a conocer lo que pocas veces es dicho.

Hace unos años, cuando la editorial Atalanta inició la publicación en español de la que es la novela de referencia de las letras niponas (su influjo es similar al del “Quijote” de Cervantes en nuestro idioma) tuve la oportunidad de leer sus capítulos iniciales para elaborar un artículo y me quedé absolutamente deslumbrada con esta obra del siglo XI que relata la vida de un príncipe y de sus herederos a lo largo de unas 4.000 páginas. Continuar su lectura es para mí una de esas asignaturas pendientes que nunca llegan a materializarse porque no es fácil pararlo todo y sumergirse sin obstáculos en sus aguas.

“Es un libro que tiene paisajes, viajes, amoríos, tradiciones y poesía, porque el haiku era una especie de foto del instante. Son muchos los aspectos que me fascinan de la obra”, me señaló hace poco Clara Janés, con motivo de una entrevista para Lecturas Sumergidas. La autora japonesa, “un personaje totalmente seductor, de una gran fuerza”, según la define, es una de las protagonistas de su revelador ensayo Guardar la casa y cerrar la boca.

Mientras recorro ahora los cuentos de Tanizaki pienso hasta qué punto hay huellas en su obra de esa increíble novela-saga que tanto ahonda en los pozos del deseo, en los matices y transgresiones del amor. El prologuista de Cuentos de amor nos cuenta que cuando El relato de Genji traducido por Junichiro, que así se tituló, se puso en circulación, a principios de la década de los 40, sufrió los cortes de la censura. Los capítulos donde se narra la relación adúltera entre el protagonista y su madrastra fueron suprimidos, algo que no sorprendió al autor, acostumbrado a que su propia obra sufriera mutilaciones con frecuencia.

También nos indica Rubio que, una vez concluida la aventura, coincidiendo con la II Guerra Mundial, el escritor se adentró en el segundo proyecto más ambicioso de su vida, la crónica de una familia burguesa de Osaka a lo largo de cuatro años. La novela, titulada en español Las hermanas Makioka, se centra en la búsqueda de marido para la hija menor y describe con nostalgia el Japón anterior a la contienda, “cuando las clases burguesas se ocupaban simplemente de acuerdos prematrimoniales y de visitar lugares famosos donde admirar cerezos en flor”.

Seguramente el ritmo demorado de Murasaki Shikibu, a cuya obra volvió con frecuencia el escritor para realizar otras versiones, se filtró en la manera de narrar del Tanizaki de esta etapa en la que, tras su enamoramiento de Occidente, volvió a beber en las fuentes de su propia cultura. Puede que, por efecto del clásico, sintiese la necesidad de contar las vicisitudes de una saga familiar, de recobrar el sabor del pasado japonés, que también late en otra de sus obras más conocidas, La madre del capitán Shigemoto.

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Las experiencias lectoras y las vitales forman parte del trayecto creador de Tanizaki, quien junto a Kawabata y Mishima forma el trío de oro de la narrativa japonesa del siglo XX. Las referencias a sus clásicos, al teatro kabuki, entran en los relatos de este hedonista y libertino en su juventud, que llegó a casarse en tres ocasiones, la primera con una ex geisha de 19 años, que le presentó la hermana mayor de la misma, con la que mantenía relaciones. Amores y desamores, rupturas y reconciliaciones marcaron la vida sentimental del escritor y le proporcionaron un conocimiento de las pasiones que nutre su obra, una obra que cambió de rumbo, como él mismo, girando hacia las fuentes de la literatura japonesa clásica, cuando, ya tocando la cincuentena, el sosiego llegó a su vida tras conocer a la que sería su tercera mujer, Nezu Matzuko, su compañera hasta el final.

Pero ya es hora de ir a los cuentos. Ya es hora de dejarnos arrastrar por el ritmo, por la corriente, por la voz susurrante de Tanizaki, por su melodía envolvente y su capacidad de seducción a través de la palabra. Ya es hora de ir abriendo puertas y de dejarnos fascinar con lo que nos espera detrás: la belleza, la crueldad, la inquietud, la perversión, la destrucción… Un cóctel, en fin, de pasiones y emociones, capaz de conducirnos a entornos de ensueño o de pesadilla.

Amores y desamores, rupturas y reconciliaciones marcaron la vida sentimental del escritor y le proporcionaron un conocimiento de las pasiones que nutre su obra, una obra que cambió de rumbo, como él mismo, girando hacia las fuentes de la literatura japonesa clásica, cuando, ya tocando la cincuentena, el sosiego llegó a su vida tras conocer a la que sería su tercera mujer, Nezu Matzuko, su compañera hasta el final.

Durante muchos años, el verdadero deseo de Seikichi fue hallar una hermosa mujer de piel resplandeciente en la cual tatuar su propia alma”, leemos en el cuento que abre la entrega, titulado El tatuaje, una misteriosa pieza por la que avanzamos con la sensación de estar accediendo a un plano secreto, a uno de esos espacios que descubrimos en los sueños. Una hermosa joven durmiente a la que el protagonista no se cansa de contemplar antes de sujetar el pincel y empezar a dibujar con tinta en su piel, recuerda irremediablemente la novela de Yasunari Kawabata La casa de las bellas durmientes.

El arte de la mirada, de la contemplación; el gusto por el detalle; la atención a lo que pasa en el interior de las personas, une a los dos autores, maestros ambos en el arte de transmitir los matices y tonalidades del alma y de ajustar los paisajes y fenómenos de la naturaleza a los estados anímicos. Es la suya la corriente de la literatura japonesa; esa corriente que tanto nos cautiva con su contraste de calma y tensión, de sutileza y exuberancia, de luces y sombras.

Antes os hablaba del modo en que las observaciones y los argumentos de El elogio de la sombra se hacen patentes en los cuentos de Tanizaki. “La luz del sol de la mañana se reflejaba en el agua del río e iluminaba incandescente el salón de ocho tatamis de superficie. El reflejo fulguraba en la cara de la niña, que dormía profundamente; mientras en el papel de las puertas correderas de la estancia, se proyectaban círculos concéntricos dorados y trémulos...” Este párrafo, en el que juega con la luz, pertenece a El tatuaje. Pero hay otros muchos pasajes en sus relatos en los que alude a la decoración japonesa, a los efectos y matices de la iluminación, a la importancia de los reflejos, de las sombras, de los umbrales y las penumbras, que tan desapercibidos pasan para los occidentales.

Los rayos de un suave sol otoñal caían sobre el papel de las puertas deslizantes de la galería exterior como si de una lámpara de proyecciones se tratara, iluminando el interior de la celda que me hacía sentir como dentro de un farol”, leemos en El secreto, el segundo de los relatos, una historia sobre el deseo de desaparecer y adquirir una nueva identidad, sobre las lindes entre lo real y lo imaginado. De manera absolutamente cautivadora Tanizaki nos introduce en las búsquedas y motivaciones de un hombre cansado de su vida y de sus relaciones habituales que se muda a vivir una temporada a un lugar que le era desconocido hasta el momento, un templo famoso por el esoterismo de sus doctrinas, donde se esconde de sus próximos y decide disfrazarse de mujer noche tras noche y salir a la calle para comprobar cómo se siente con su nueva apariencia, qué significa ser mujer.

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Pero el ritual, la ceremonia de travestismo, se rompe de un modo imprevisible cuando se reencuentra con un antiguo amor. Ahí empieza otro juego con una gran carga de misterio. “¿No existiría algo extraño y sorprendente, algo capaz de excitar mis nervios hipersensibles, acostumbrados a estímulos ordinarios? ¿Podría darse ese algo en un mundo fantástico, convulso y salvaje, un mundo apartado de la realidad?”, se pregunta el protagonista, quien reconoce que “desde la niñez había disfrutado intensamente del placer de la clandestinidad”. Todos los relatos parten de un secreto, de una confesión. Todos, como decía antes, nos invitan a descorrer las cortinas de la intimidad, a mirar lo que normalmente no es mostrado. En todos tiene cabida, de una u otra forma, lo clandestino, lo prohibido, lo inconfesable.

Los peligros del exceso de belleza, tanto femenina como masculina; el juego de las apariencias y el cultivo de la crueldad, son otros de los temas que animan estos relatos inquietantes, morbosos. Tanizaki quiere explorar las turbiedades del alma humana, acceder a las sombras, y para ello, a menudo, bucea en las oquedades de los sueños. ¿Esto es real o lo estoy soñando?, parecen preguntarse algunos de sus personajes, personajes al borde del delirio, de la locura.

Seguimos abriendo puertas y nos encontramos con una pieza absolutamente magistral, Los pies de Fumiko, donde se explora el tema del fetichismo y que también remite a Kawabata, a los ancianos que visitan su casa de las bellas durmientes para disfrutar del placer de contemplar, para reavivar la llama extinguida del deseo. Aquí el autor recurre a una carta para contar la historia, una carta que le envía un joven artista que ha conocido a un viejo obsesivamente enamorado de los pies de una mujer, una inconfesable, secreta, inclinación sexual que el comunicante comparte, lo cual convierte el cuento en la historia de una complicidad, una complicidad que a ojos de los dos protagonistas, convierte en menos abominable de lo que ellos pensaban su “singular afición”.

En la indagación de las perversiones Tanizaki no se impone límites. La práctica del masoquismo es el tema de El caso Crippen a la japonesa, un relato cercano al género negro que narra las motivaciones de una pareja que sólo siente placer a través del maltrato, a través del juego del dominio y la seducción. El amor destructivo aparece en otras historias, así en El caso del baño Yanagi, de tintes surrealistas, o en El mechón, una historia sobre el egoísmo que no tiene límites, donde el autor recurre, en vez de a una carta, a una conversación, recurso que aparece en otras ocasiones, por ejemplo en mi cuento favorito, El segador de cañas, publicado en 1932, como indica Carlos Rubio en el prólogo, correspondiente ya a la etapa del segundo Tanizaki, del hombre que ha encontrado la estabilidad emocional junto a su tercera mujer y mira hacia las fuentes de su propia cultura, dejando atrás la fascinación que le despertó Occidente.

En la indagación de las perversiones Tanizaki no se impone límites. La práctica del masoquismo es el tema de El caso Crippen a la japonesa, un relato cercano al género negro que narra las motivaciones de una pareja que sólo siente placer a través del maltrato, a través del juego del dominio y la seducción.

Una fascinación de la que da cuenta particularmente en una narración anterior, La flor azul, que indaga en la vanidad, en la trampa del lujo y del consumismo, con una curiosa y original estructura montada sobre el juego de los contrastes entre culturas y las situaciones que va imaginando el protagonista, un hombre que ha comprado la compañía de la joven que camina a su lado con la promesa de satisfacer sus caprichos.

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Pero volviendo a El segador de cañas, me pongo a pensar en los motivos por los que ya es para mí un relato difícil de olvidar, de esos que, seguro, acudirán a mi encuentro en determinadas ocasiones: en algún paseo prolongado; al escuchar de boca de un ser querido una historia evocadora; al sentir el paso del tiempo… Siendo todos los relatos arrebatadores en su diversidad, me gusta especialmente El segador de cañas porque es el más emotivo de todos; porque en él, como en ningún otro, el escritor adecúa el ritmo de los paisajes, de la naturaleza y de las estaciones, a las distintas edades y estados de ánimo y porque cuenta una maravillosa historia de amor y de renuncia, que, además, tiene mucho que ver con la propia experiencia del autor, con la relación sentimental que mantuvo a la vez con su primera mujer y la hermana mayor de ésta. Un trío amoroso resuelto en el relato de una manera hermosísima.

Un día soleado de septiembre el protagonista se decide a dar un paseo hasta “algún sitio olvidado adonde a nadie se le ocurriera ir” y opta por el paisaje fluvial en torno al santuario de Minase, en la prefectura de Osaka, donde se encuentra con un hombre, oculto tras las cañas, que se le presenta, comparte su sake con él y le cuenta los paseos por el lugar con su padre cuando era niño y la secreta historia de amor que éste le contaba con las dos hermanas, una de ellas su madre.

Siendo todos los relatos arrebatadores en su diversidad, me gusta especialmente El segador de cañas porque es el más emotivo de todos; porque en él, como en ningún otro, el escritor adecúa el ritmo de los paisajes, de la naturaleza y de las estaciones, a las distintas edades y estados de ánimo y porque cuenta una maravillosa historia de amor y de renuncia, que, además, tiene mucho que ver con la propia experiencia del autor, con la relación sentimental que mantuvo a la vez con su primera mujer y la hermana mayor de ésta.

Cualquier persona experimentará un sentimiento de nostalgia al pensar en el pasado. A mí, vulnerable como soy al borde de la cincuentena, la tristeza del otoño me abrumaba con una fuerza extraña que nunca había imaginado cuando era joven, y me emocionaba tan solo al ver una hoja de pueraria trémula al roce del viento. Y, además, al contemplar el paisaje sentado de noche en ese arrecife, eché de menos la prosperidad pasada y me lamenté de la fugacidad de la vida”, seguimos las meditaciones del narrador, quien, más adelante, le dice al señor de las cañas: “Cuando era joven la primavera era mi estación favorita, pero ahora deseo sobre todo la llegada del otoño. Con el tiempo, el ser humano adopta una actitud resignada, llega a disfrutar del ocaso de las leyes de la naturaleza y ansía una vida de armonía. Por eso me consuela más contemplar un paisaje austero que uno deslumbrante, y sumergirme en los recuerdos del pasado glorioso antes que en devorar los placeres del presente”.

Evidentemente Junichiro Tanizaki refleja su propio proceso vital en este cuento. Los párrafos que os he transcrito, que tanto me recuerdan a las evocaciones del Adriano de Marguerite Yourcenar, justifican por sí solos mi predilección por este relato de madurez que está lleno de referencias a la literatura clásica japonesa, entre ellas a El relato de Genji de Murasaki Shikibu. De la pieza señala Carlos Rubio que se trata “de un prodigio de transposiciones literarias, de eficacia de la insinuación y de construcción narrativa”. Yo añado que no os dejará indiferentes y os animo a emprender el paseo.

Nos quedamos realmente atrapados en las atmósferas, en las imágenes visualmente potentes, de estos cuentos que tantos secretos nos revelan. Tanizaki recurre al género negro en ocasiones, se muestra trascendente y reflexivo en relatos como El segador de cañas y también crea situaciones cómicas en piezas como la que cierra el volumen, La gata, el amo y sus mujeres, hasta ahora inédita en español, como algunas otras incluidas en la selección. En este cuento se trata el tema de los celos y de la falta de comunicación que el protagonista no llega a entablar ni con su primera ni con su segunda mujer, pero sí con su gata. Cercano y divertido nos muestra hasta qué punto Junichiro Tanizaki disfrutaba contando historias en distintos niveles, haciendo uso de registros diferentes, buscando siempre descifrar los enigmas del alma y alcanzar la belleza.

Cuentos de amor ha sido publicado por la editorial Alfaguara. La edición ha corrido a cargo de Carlos Rubio. la traducción del japonés la han llevado a cabo Akihiro Yano y Twiggy Hirota.

Elogio de la sombra ha sido publicado por Siruela. Del ensayo se habla más ampliamente en una entrada de la sección “Una ventana propia”.