Una canción de libertad y redención, la última de Bob Marley

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Por Fidel Oltra © 2017 / De todos los años que pasé en el instituto creo que mis recuerdos más nítidos son, curiosamente, del primero de ellos: el curso 80/81. Entre toda la excitación de cambiar de centro, despertar definitivamente a la adolescencia y conocer nuevos amigos, hubo tres momentos que siguen en mi cabeza casi tan presentes como entonces. Uno, desde luego, fue el intento de golpe de estado el 23 de febrero. Primero en casa con mis padres hasta bien entrada la noche, y posteriormente en clase escuchando las narraciones de los profesores que vivían en Valencia capital y nos contaban lo que sintieron viendo a los tanques por las calles, creo que fue la primera vez que tuve conciencia de que esa libertad que estaba empezando a disfrutar ni era gratis ni la tenía asegurada para siempre sino que me la tendría que ganar. Los otros dos momentos tuvieron que ver con el fallecimiento de artistas que, por aquel entonces, formaban parte de mi incipiente panteón de ídolos forjado a base de horas y horas jugueteando con el dial de mi radio y pasando de una emisora a otra; literalmente, puesto que solo conseguía sintonizar claramente dos.

Primero fue John Lennon. Recuerdo que en los corrillos que se formaban en el patio, antes de entrar a clase, alguien, quizá uno de los mayores, lo estaba comentando: habían disparado a John Lennon. Para mí entonces Lennon era, sobre todo, un artista que sonaba en la radio con algunas canciones que me gustaban mucho y me esforzaba por pillar enteras y grabarlas en mi cinta de casete, sobre todo Woman. Lo cierto es que no lo asociaba del todo con los Beatles, y si lo hacía era como algo pasado, superado, de otra época. Más tarde, por supuesto, tomé conciencia de la importancia del legado de Lennon más allá de aquel último disco, Double Fantasy, lanzado en España poco antes de su asesinato y que por supuesto me agencié (no recuerdo si comprado en cinta o grabado de un amigo) en cuando tuve ocasión. Al escuchar atentamente Just like starting over y Woman, sabiendo ya lo que había ocurrido, no podía evitar sentir una infinita tristeza. Con mi parco inglés creía entender que en aquellas canciones Lennon compartía con nosotros, ilusionado, las alegrías de la vida que le quedaba por delante, de un futuro familiar, viendo crecer a sus hijos, haciéndose viejo junto a la persona amada. Nada de eso pudo ser por culpa de un fanático, pero John sigue con nosotros gracias al inmenso valor del tesoro musical que nos dejó.

Después, hacia el final del curso, fue Bob Marley el que desapareció. Recuerdo, o quiero recordar, que Marley se había convertido definitivamente en una figura comercialmente muy importante en España, con sus canciones sonando a todas horas no solo en la radio y en programas musicales, sino también en anuncios de televisión. Su aspecto, estrafalario para aquella época pero intensamente atrayente, su música, su misticismo y su visión positiva de la vida eran cualidades que no podían dejar indiferente a un adolescente que buscaba su sitio en un mundo que ya sabía que no era totalmente justo, que había que luchar para mejorarlo. Pero más allá de posicionamientos políticos, entonces todavía difusos, estaba la música: el ritmo excitante y al mismo tiempo apaciguador del reggae, perfecto acompañante para algún cigarrillo furtivo. Recuerdo cuando vi la portada de Survival, su álbum de 1979, en un mercadillo callejero donde me intentaba aprovisionar de discos (entonces casetes) cuando la economía lo permitía. Me llamó la atención que toda la portada estuviese ocupada por banderas. Pensé entonces que el mensaje de Bob Marley era universal, que llamaba a la globalización, al amor entre todo el mundo, a la paz. Claro que más adelante me di cuenta de que entre esas banderas no había prácticamente ninguna que fuera conocida para mí, desde luego ni la de España, la de Estados Unidos, la de Francia o la de Gran Bretaña estaban allí. El por qué, lo fui entendiendo con el tiempo.

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Desde luego yo no tenía ni idea de que entonces, a finales de 1979 o principios de 1980 cuando me llamó la atención aquella portada de Survival, Bob Marley ya sabía que tenía cáncer y que había decidido no seguir los consejos de los médicos que querían amputarle el pie. Ese pie que se hirió en 1977 jugando al fútbol, una lesión mal curada que según algunos fue el detonante de un melanoma detectado bajo una uña de su pie. No parece cierto que fuera provocado por la lesión, como se cuenta, pero sí que se detectó en alguna de las revisiones que le hicieron durante su recuperación. Marley quiso seguir con su vida, dando giras y grabando discos, pero bajo esa apariencia de normalidad el cantante sufría en silencio el golpe de verse, de repente, enfrentado a su propia fragilidad, a su mortalidad. Fue durante una de esas giras de presentación de Survival cuando, a solas con su guitarra, compuso una canción que musicalmente no tenía que ver demasiado con lo que conocemos de su obra. Claro que muchas veces las canciones surgían así, en acústico, sin ritmo, y solo más adelante eran desarrolladas y preparadas para integrarse en el universo Marley. Pero aquella parecía especial, diferente a las demás.

Aquella canción hablaba de la diáspora de los pueblos africanos, de como fueron arrebatados de sus hogares y llevados como esclavos a tierras extrañas y lejanas. Era un canto de rabia, un alegato contra la servidumbre, un llamamiento a romper las cadenas del cuerpo y la mente para volver a África, quizás no físicamente (aunque también, como después veremos) pero sí como un estado mental. Un estado de libertad en todos los sentidos. Aquella temática no era nueva, como sabrá cualquiera que haya seguido la carrera de Marley. Lo que sí era nuevo era esa languidez, esa tristeza profunda que parecía sentir al interpretarla, a diferencia de otras canciones donde el ritmo alegre y despreocupado del reggae se imponía, para el gran público, a otras consideraciones más profundas. Aquella canción parecía no necesitar de la parafernalia rastafari habitual, ni de más acompañamiento que el de su guitarra. Su mensaje tenía un destinatario claro, como siempre, pero su diagnóstico y el tratamiento propuesto era más universal que nunca. En esa canción, que Marley entonces no sabía que sería la última que interpretaría sobre un escenario, parecía estar haciendo un llamamiento a todos los pueblos del mundo: amad la libertad, emanciparos no solo de las cadenas físicas sino también de las mentales. Ayudadme a cantar esta canción de libertad, de redención. Que todas las voces del mundo se unan a la mía para cantar esta canción de rebeldía, de sufrimiento, pero también de esperanza y de salvación.

Marley había tomado una de las frases más famosas de la canción, “Emanciparos de la esclavitud mental, nadie más que nosotros mismos puede liberar nuestra mente”, de un discurso de Marcus Gravey. Este era un líder panafricanista jamaicano que estuvo considerado uno de los padres de la ideología rastafari, sobre todo gracias a su iniciativa “Black Star Line”, una línea de navegación que iba a facilitar el regreso a África a todos aquellos que desearan hacerlo. Lamentablemente aquella iniciativa desapareció entre acusaciones de fraude, oscuros métodos de persuasión y bancarrotas, pero su mensaje caló en la población jamaicana y también en todos los líderes que posteriormente hicieron del empoderamiento de la población negra su principal lucha. Basta con saber que, entre otros reconocimientos, una moneda jamaicana lleva su efigie. En 1938 Marcus Gravey dio un discurso en la ciudad canadiense de Sydney ante numerosas autoridades políticas y religiosas, un discurso que ha pasado a la historia como “The work that has been done” y que no es tan famoso como el conocido “I have a dream” de Martin Luther King, pero que fue igual o más importante para la lucha por la igualdad y en contra de la supremacía blanca. Tras agradecer a las autoridades canadienses su apoyo y colaboración, deshacerse de las acusaciones de comunista que pesaban sobre su organización, elogiar la labor de los pueblos africanos desde el nacimiento de las primeras civilizaciones a lo largo del Nilo y la construcción de las Pirámides, hasta llegar a comparar la causa con la de los judíos que entonces luchaban por volver a Palestina, pronunció la frase que nos ocupa:

“We are going to emancipate ourselves from mental slavery because whilst others might free the body, none but ourselves can free the mind”.

(“Vamos a emanciparnos de la esclavitud mental porque, mientras otros pueden liberar nuestro cuerpo, solo nosotros mismos podemos liberar nuestra mente”)

Aquel movimiento de vuelta a las raíces africanas, no solo de pensamiento sino también físicamente, era conocido como “Back to Africa” o “African Redemption”, un concepto a su vez tomado de un discurso remitido por Benjamin Lundy y leído ante la Annual Convention of Free People of Color en Philadephia, en 1833. Puedo imaginar que Bob Marley estaba al corriente de todos estos discursos y que le inspiraron a cambiar el título de la canción, que a principios de los 80 presentaba en sus conciertos simplemente haciendo referencia a sus primeros versos (“Old pirates, yes, they rob I Sold I to the merchant ships”), por el de Redemption Song. Algo no cambió: aunque en varias ocasiones la interpretó con la banda y el típico ritmo festivo reggae, en muchos directos lo hacía a solas con su guitarra. Tal vez de esa forma pretendía poner el foco en el mensaje, en el texto, más que en su música y en el ambiente festivo que con ella generaba. Aquella canción de sufrimiento y redención merecía toda la atención que pudiera obtener, aunque la versión que se lanzó en single en Europa fuera la que incluía a la banda al completo. Sin embargo, Marley no dio su brazo a torcer en lo que respecta a su inclusión en el álbum Uprising, su último disco en vida, lanzado en junio de 1980. Aunque inicialmente no aparecía en la primera maqueta que Marley presentó a su discográfica, Island Records, cuando su presidente Chris Blackwell le transmitió su sensación de que faltaba algo, Marley se fue a su casa y volvió con su toma acústica de Redemption song. Finalmente, a pesar de que el disco viraba claramente hacia la comercialidad con su gran éxito de aquel entonces Could you be loved reinando en las emisoras y en las fiestas, la versión de Redemption song incluida en el disco era la pura, la acústica, la registrada solo por Marley y su guitarra en su estudio jamaicano Tuff Gong, y además cerraría el álbum para que quedara resonando en la cabeza de quienes lo escucharan, luchando y venciendo al crepitar con el que la aguja recorre los últimos surcos vacíos. La versión con banda al completo apareció mucho más tarde como cara B y como extra en algunas reediciones del disco.

Con gran sufrimiento por el estado de su pie, padeciendo grandes dolores sobre el escenario, y sabiendo que el cáncer estaba ahí, amenazante, Marley giró por Europa y Estados Unidos presentando Uprising. Actuó en Milán ante más de 100 mil personas, y también lo hizo en el Madison Square Garden. Durante su estancia en Nueva York salió a correr por Central Park, sufrió un desvanecimiento y fue llevado a un hospital. Allí le comunicaron que el cáncer se había extendido y había llegado hasta su cerebro. El ídolo jamaicano intentó sobreponerse y, antes de cancelar el resto de la gira, dio un último concierto en Pittsburgh. En un documental rodado por Kevin McDonald pueden verse imágenes de aquella actuación. Marley hacía grandes esfuerzos por mantenerse sobre el escenario, se veía el dolor en su cara. La última canción que interpretó en Pittsburgh, la última que interpretó en su vida, fue Redemption song.

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¿Sabía ya Bob Marley que aquella canción iba a ser la última, que no tendría otra oportunidad de cantarla? ¿Quiso dejarnos un testamento sonoro de su pensamiento, sus creencias, su filosofía de vida? Al despojar a la canción de todo ropaje reggae, incluso de toda referencia a la música jamaicana, ¿buscaba que su último mensaje nos llegara a todos, que fuera más universal que siempre, repetir lo que consiguió Dylan con Blowin’ in the wind o The times they are a-changing? Hay quien dice que sí, que Marley se estaba despidiendo del mundo con Redemption song. Yo, por el contrario, creo que precisamente gracias a Redemption song Marley se quedó con nosotros, que nos acompañará siempre, que durante toda nuestra vida le tendremos a nuestro lado, susurrándonos al oído que nos liberemos de la esclavitud mental que los poderosos nos quieren imponer.

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