Leyendo con/Literatura/Nº37 / Enero-Febrero 2017

Lara Moreno: “Aprendí mucho de la sordidez de Agota Kristof”

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Por Emma Rodríguez © 2017 /

Romper con las reglas del tiempo y de la propiedad es la antítesis del mundo moderno. Quien lo dice es Enrique, uno de los protagonistas de Por si  se va la luz, la primera novela de Lara Moreno, la historia de una pareja que decide dejar la ciudad para empezar de cero en un pueblo abandonado y comprobar cómo transcurre la vida en tranquilidad, con la única compañía de unos pocos vecinos extraños, sin la seguridad del confort ni la dependencia del mundo virtual, sin ruidos que silencien los conflictos de fondo, las eternas preguntas existenciales, los latidos del corazón. A Moreno le gusta cuestionarse qué sucede cuando lo establecido se quiebra, cuando es necesario volver a aprenderlo todo, optar por la fuga, alejarse de lo conocido o de uno mismo.

La huida está presente de nuevo en Piel de Lobo, su segunda novela, publicada hace apenas unos meses. En ella, Sofía, una mujer que acaba de romper con su pareja, decide coger el coche y conducir deprisa, en compañía de su pequeño hijo, a la localidad donde transcurrió su infancia, a esa casa “donde fuimos infancia y donde siempre lo seremos a pesar de todo”, leemos en un momento dado. Allí todo lo que ha sido, todo lo que ha vivido hasta entonces, se resquebraja, y adquiere relevancia la relación con Rita, su hermana, menor que ella, una relación estrecha, pero no exenta de conflictos. Hay inconformismo en ambas entregas, la certeza de que algo no funciona en las urbes que habitamos, de que algo está fallando cuando no somos capaces de parar; cuando la vida se convierte en una carrera desesperada por llegar a fin de mes; cuando la insatisfacción es una constante y la rutina un velo que oscurece los afectos, que impide ver qué es lo que realmente queremos.

En Piel de Lobo, la segunda novela de Lara Moreno, Sofía, una mujer que acaba de romper con su pareja, decide coger el coche y conducir deprisa, en compañía de su pequeño hijo, a la localidad donde transcurrió su infancia, a esa casa “donde fuimos infancia y donde siempre lo seremos a pesar de todo”.

La propia escritora reconoce que, en algún momento, tendrá que detenerse, ganar tiempo, dejar de correr de un lado para otro. Nacida en Sevilla en 1978, fraguada en el terreno de la poesía y del relato corto, profesora de talleres de escritura y recién comenzada su experiencia como editora al frente de Caballo de Troya, un sello, dentro del grupo Random House, impulsor de la narrativa más joven y alternativa, que desde 2015, tras la despedida de su fundador, el crítico Constantino Bértolo, ha optado por cambiar de manos (ella ha tomado el relevo a Alberto Olmos y antes fue Elvira Navarro), son muchos los frentes que tiene abiertos. “Desde fuera puede parecer que todo es estupendo, pero lo cierto es que pocos escritores pueden vivir de sus publicaciones. No paramos de viajar, de ofrecer charlas para promocionar nuestros libros, pero tenemos que hacer mil cosas y robar mucho tiempo a la vida familiar, para poder seguir adelante, dedicando a la propia escritura los espacios que nos quedan después de todas las demás actividades, o las vacaciones que a veces podemos tomarnos… No todo es tan ideal”, señala la autora.

Los sentidos de Moreno están despiertos, alerta, para captar las inquietudes de la gente de su generación, de su entorno. El anhelo de cambio, de transformación social, entra en sus libros, aunque de manera sutil, porque lo suyo es meterse dentro, abrir huecos interiores, bucear en lo que duele, destapar heridas profundas, poner el foco sobre los anhelos y carencias. Como ella misma dice, le gusta afinar el lápiz hasta lo más hondo. Por eso, por su capacidad para destapar, para hacer que nos reconozcamos en las oquedades, en los cuestionamientos, en las culpas y deseos de sus personajes, sus historias son tan desasosegantes y a la vez tan cautivadoras.

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– ¿Si tuviéramos que identificar un tema en tu narrativa ese tema sería la huida? Por si se va la luz y Piel de lobo son dos novelas que están muy relacionadas a través de ese anhelo de fuga.

– Sí. La huida está presente en las dos historias, pero de un modo muy diferente. En la primera se aborda desde el punto de vista de la utopía. Aunque es Martín el que toma la decisión de abandonar la vida en la ciudad y arrastra con él a Nadia, hay algo asfixiante en el ambiente que les obliga a tomar una salida. La novela refleja la situación de una pareja en crisis, que ha tocado techo, pero al mismo tiempo esos puntos débiles de la sociedad a nivel colectivo que tan fácilmente podemos reconocer. Hay algo exterior que les impulsa a marcharse. En Piel de lobo, sin embargo, Sofía, la protagonista, huye del día a día, de lo cotidiano, de lo íntimo. Ella no toma el camino hacia lo desconocido, sino todo lo contrario, hacia lo conocido, hacia la casa vacía del padre, hacia el pasado de su familia, enfrentándose a la lucha con sus raíces. En un momento de vulnerabilidad, de extrema fragilidad, empieza a cuestionarse su identidad, su lugar dentro de la familia, ese núcleo que la hace sentirse protegida y a la vez atada.

– Sigamos buscando similitudes. Los personajes están desorientados en ambas historias, con sus vidas a la intemperie, por decirlo de algún modo. Y en las dos narraciones se cuela la incertidumbre, el malestar hacia el presente.

– Bueno, siempre intento empezar desde un punto de partida de fragilidad de los personajes. Me gusta encontrármelos en un momento de inestabilidad, cuando están con las heridas abiertas, un poco quebrados, en proceso de transformación, de búsqueda. Esa sensación de que nada es definitivo, de que todo puede cambiar de un momento a otro, define muy bien el tiempo que vivimos, y me motiva a la hora de escribir. Me motiva mucho que mis protagonistas se pongan a prueba, se cuestionen su propia realidad.

–  ¿Crees que la literatura española está ahora mismo más atenta a la realidad social, a la política? Hay muchas novelas que reflejan la crisis, la precariedad, el desasosiego…

– Creo que la literatura ha vuelto a las calles, del mismo modo que la gente. Es muy significativo lo que está sucediendo en este país en los últimos años. Todo el mundo habla de política, en cualquier ámbito. No hacerlo empieza a ser considerado ignorancia, falta de responsabilidad, y eso es muy importante. Algo está cambiando, aunque no tan rápido como nos gustaría. Nos hemos dado cuenta de que la Transición ha sido un velo en los ojos y somos conscientes de que aún falta por hacer autocrítica de toda esa etapa. La narrativa que estamos haciendo se fija en lo social y en lo político, es inevitable. Escribimos de lo que vivimos y las historias que contamos tienen que transmitirlo. El problema es que en España sigue leyendo la misma poca gente de siempre…

– ¿Qué transformaciones ha experimentado Lara Moreno en los tres años que han pasado entre una y otra novela? En la segunda hay mucha más introspección…

– Pues me ha cambiado muchísimo la vida (risas). En cuanto al proceso de creación, no ha habido un salto brusco, como sucedió cuando me enfrenté a la primera novela desde los relatos, donde sí hubo un vuelco que respondía a una intención en cuanto al estilo, al punto de vista. Aquí no ha pasado tanto tiempo. Ha sido la historia la que me ha pedido un registro muy distinto. Me salía de forma natural contar el trayecto de dos hermanas que vuelven a encontrarse y tenía claro el final, el lugar hacia el que quería dirigirme. A partir de ahí me dispuse a reconstruir toda el recorrido hacia atrás. Piel de lobo es una novela más realista y más íntima que Por si se va la luz. En ella he trabajado mucho más la parte emocional. Me interesaba adentrarme en la responsabilidad, en la culpa que siente una madre separada con su hijo pequeño, por ejemplo. Ese niño, Leo, es más normal y creíble que la niña que aparece en mi otra novela, que es mucho más literaria. Esta vez quería retratar a un niño, no a un pequeño adulto.

Creo que la literatura ha vuelto a las calles, del mismo modo que la gente. Es muy significativo lo que está sucediendo en este país en los últimos años. Todo el mundo habla de política, en cualquier ámbito. No hacerlo empieza a ser considerado ignorancia, falta de responsabilidad, y eso es muy importante.

– El enfrentamiento entre la ciudad y el mundo rural es algo que está muy presente en tu narrativa.

– Sí. Y la verdad es que es un tema que sale mucho a relucir cuando trabajo con grupos de lectura. Me encuentro con mucha gente que me manifiesta su apego a lo rural, pero, en igual proporción, hay otra que muestra su rechazo. Hay quienes ven en el campo un lugar idílico y quienes consideran que no podemos prescindir de lo urbano, porque es el futuro. En realidad nada es idílico, pero yo en mis novelas sí he querido dejar constancia de que el agotamiento en muchos sentidos de las ciudades grandes es uno de los males de nuestro tiempo. Las ciudades nos roban el tiempo, vivimos en una permanente precariedad laboral, la vida privada de cada uno se va haciendo más estrecha. La sensación de huida es cada vez más acentuada y está muy asociada a que estamos muy lejos de nosotros, de nuestras prioridades y necesidades. Por eso en los viajes que yo propongo en mis libros hay, de alguna manera, una idea de reconciliación. En Por si se va la luz, por ejemplo, Nadia encuentra que la maternidad es algo que la acaba atando a la tierra, que la acaba conduciendo a una cierta verdad.

– ¿Te resulta doloroso ese proceso de indagación, de introspección, de ahondamiento, que realizas con los personajes?

– El dolor está en la vida. Escribir acerca de lo doloroso de la vida resulta liberador. Yo disfruto escribiendo. Incluso convertir los momentos más horrorosos de la existencia en algo bello me parece un proceso satisfactorio. Y esto no tiene nada que ver con la escritura como terapia. No soy partidaria de esa asociación porque entiendo la literatura como algo pasional y la terapia es algo impuesto desde fuera, cuando no se puede superar un determinado conflicto. Es una suerte contar con la escritura para poder quitarte sombras, miedos que te sobran, y también alegrías. No se trata de una terapia, pero sí de una forma de respiración que oxigena.

Las grandes ciudades nos roban el tiempo, vivimos en una permanente precariedad laboral, la vida privada de cada uno se va haciendo más estrecha. La sensación de huida es cada vez más acentuada y está muy asociada a que estamos muy lejos de nosotros, de nuestras prioridades y necesidades.

– ¿Tal vez es también una forma de huida?

– No. En mi caso no. Si escribiera sobre templarios o sobre Isabel la Católica, podría ser. Pero a mí me interesan las cosas pegadas a la cotidianidad y ahí no hay huida.

– En Piel de lobo la familia es puesta en entredicho. Pese a todo lo que ha cambiado la sociedad, hay amplios sectores que defienden la familia como institución de lo que consideran amenazas a sus estructuras casi sagradas…

– Así es. Y por eso en la novela he trabajado la irreverencia hacia lo establecido, hacia el concepto de familia tradicional, hacia la debilidad de la mujer, hacia esa jerarquía estricta, sin una comunicación sana, en la que nos hemos criado generación tras generación. La familia se ha mantenido sin ser sujeto de cuestionamiento, de denuncia, y ya es hora de romper esa rigidez impuesta por el catolicismo. Lo que la novela plantea es que cuando se tiene al lobo dentro de casa es muy difícil defenderse, que algo terrible sucede cuando no se puede hablar con los padres de amor, de sexo, de nada; cuando aquello que te inquieta, que te preocupa, que te duele, no puedes comentarlo con la gente que más quieres. Debajo de esa incomunicación pueden surgir los horrores.

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– Decías antes que desde un principio tenías claro que querías escribir de la relación entre dos hermanas. Supongo que hay mucho de tu propia biografía al respecto.

– Sí, así es. De hecho la novela se la dedico a mi hermana. La relación entre dos hermanas siempre me ha interesado porque es una relación muy compleja, grandiosa. Entre ambas se suele levantar una isla, un territorio de intimidad al margen de la familia. El amor no se cuestiona. Se puede convivir con el horror sin que el amor se vaya. Esto es lo que he intentado transmitir.

– ¿De dónde parte esa inquietud que provocan tus relatos, esa proximidad dolorosa que hace que tengamos que cerrar las páginas en determinados momentos, pero no por mucho tiempo, porque necesitamos seguir buscando, indagando? ¿Es un juego perverso?

– Bueno, eso lo tenéis que decir los lectores, pero creo que puede tener que ver con la sordidez, que me interesa mucho sacar a la luz. Trabajo con lo que no se ve, con lo que se oculta. Voy a lo oscuro, a lo profundo. Me muevo en los límites de la perversión, pero mis protagonistas no son perversos. Por ejemplo, en lo que respecta a las relaciones de pareja, al sexo, que es uno de los temas que abordo en la novela, no acabamos de estar sanos. Aceptamos el divorcio, pero con muchísima frustración y culpa. Se habla poco de todo esto y se habla poco de la familia. Tiene que ver con la dificultad para romper con lo establecido de la que hablábamos antes. Tiene que ver con la educación. Contra todo eso es contra lo que se rebelan los personajes de Piel de Lobo.

La familia se ha mantenido sin ser sujeto de cuestionamiento, de denuncia, y ya es hora de romper esa rigidez impuesta por el catolicismo. Lo que la novela plantea es que algo terrible sucede cuando no se puede hablar con los padres de amor, de sexo, de nada; cuando aquello que te inquieta, que te preocupa, que te duele, no puedes comentarlo con la gente que más quieres. Debajo de esa incomunicación pueden surgir los horrores.

– Hay muchas referencias literarias en tus novelas. En Por si se va la luz, dos de los personajes comparten libros. En Piel de lobo Sofía no acaba de leer nunca un grueso libro de Marina Tsvetáieva que la acompaña a todas partes.

– Hago entrar esos libros en mis novelas porque son los que estoy leyendo en el momento en que escribo. Mi primera novela la desarrollé a lo largo de un verano en Almería y los libros de los que hablo, por ejemplo los poemas de Bolaño, son los que me acompañaron entonces. Con Tsvetáieva pasó lo mismo. Llevaba tiempo queriendo leer sus memorias y cuando me encontré con el pasaje de sus hijas, con esa dureza tan extrema con la que cuenta cómo tuvo que abandonar a una de ellas, fue como una iluminación, porque tenía mucho que ver con el terreno resbaladizo que yo estaba pisando. No hay intencionalidad en las elecciones, pero los libros que lees siempre te acaban moviendo cosas y de algún modo influyen en lo que escribes.

Lara Moreno vive en el madrileño Barrio de la Latina. Ese es su escenario. En cualquier terraza o bar se la puede ver departiendo con sus amigos, leyendo un libro, porque no tiene preferencias, cualquier lugar es bueno para sumergirse en una historia. “Lo único que necesito es un lápiz para subrayar”, señala. Las fotos que ilustran esta entrevista se realizaron en un rincón de su casa. Entre las manos, un ejemplar de “Sangre en el ojo”, de la escritora chilena Linda Meruane. “Esta mujer perdió la visión temporalmente y su testimonio es estremecedor. Además de su dominio del estilo, que me encanta, me interesa mucho el análisis que hace de la pérdida que experimentó de sus capacidades logísticas, de la memoria… Produce escalofríos”, explica.

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– ¿Qué primeras lecturas recuerdas?

– Aparte de los típicos libros juveniles, recuerdo muy bien haber leído, de los 10 a los 15 años, aproximadamente, toda la colección de bolsillo de Agatha Christie, que pertenecía a mi familia. Recuerdo que las portadas eran muy tétricas.

– ¿Qué autores te marcaron especialmente?

Cortázar me marcó muchísimo. Tuve la impresión de que entre él y yo había una conexión fuertísima. Me dio las llaves para creer que se podían hacer cosas distintas en literatura, cosas que no había sospechado que fueran posibles. Aunque hoy en día ya no lo leo tanto, de vez en cuando sigo volviendo a alguno de sus relatos. Y también debo citar a la escritora húngara Agota Kristof. La lectura de su novela Claus y Lucas fue para mí otro punto de inflexión. Me atrajo su brillantez, la manera de enfocar la obra.

Cortázar me marcó muchísimo. Tuve la impresión de que entre él y yo había una conexión fuertísima. Me dio las llaves para creer que se podían hacer cosas distintas en literatura, cosas que no había sospechado que fueran posibles.

– ¿Qué te está aportando tu experiencia como editora en Caballo de Troya?

– Pues me está haciendo plantearme muchas cosas, la verdad, sobre todo que es mucho más fácil leer y criticar cuando las cosas no tienes que decidirlas tú. Elegir es mucho más complicado de lo que parece. Te lleva a dudar de todo. Este trabajo me está haciendo dudar de muchas cosas que creía que tenía absolutamente claras, pero a la vez eso es muy enriquecedor. Me está gustando el trabajo codo con codo con los autores. Y ahora estoy encantada con la publicación de la primera entrega que es responsabilidad mía, La hija del comunista, de Aroa Moreno Durán, a la que conocí porque hizo conmigo una tutoría de novela.

– ¿Te gusta impartir talleres de escritura? 

– Es una labor que tampoco resulta fácil, pero que disfruto mucho. Me lo tomo como una manera de compartir con los otros, como una actividad sana, divertida, y a la vez profunda.

– ¿Crees en el poder transformador de la literatura?

– Absolutamente. Todo buen libro supone siempre una transformación. No tiene que ser una redención. Basta con que te abra el campo de la oscuridad y te haga asomarte a los abismos.

– ¿Una asignatura pendiente?

– Muchísimas, pero creo que la más llamativa es la de Proust. No lo he catado todavía, pero sé que es algo que tengo que solucionar en algún momento.

– ¿LIbros que te llevarías a una isla desierta?

– Te podría decir que me llevaría todos los que tengo en casa que aún no he leído, pero creo que en esa situación no me pondría muy exquisita. Cualquier cosa, lo que encontrase, me valdría. De pequeña leía así, a salto de mata, y me gustaba.img_1489

  • Las dos novelas que ha publicado Lara Moreno, Por si se va la luz y Piel de lobo, han sido publicados en la editorial Lumen.
  • Las fotografías han sido realizadas por Karina Beltrán en la casa de la escritora © 2017

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