Carme Riera: “Siempre vuelvo a Proust en agosto”

Carme Riera © karina beltrán 2013

Por Emma Rodríguez © 2013 / 

“Jaime Gil de Biedma asegura que a partir de los doce años no nos sucede nada importante o por lo menos nada tan importante como lo que nos ha ocurrido hasta entonces. Por lo que a mí respecta, acorto un poco más esa etapa, hasta los diez años”. Lo dice Carme Riera en “Tiempo de inocencia” (Alfaguara), su último libro. Una entrega cargada de los frutos de la infancia que la escritora, catedrática y recién nombrada académica de la Lengua, se propuso escribir en el momento en el que fue abuela, una especie de cofre de tesoros que un día su nieta abrirá con el afán de descubrirla, de saber algo más de sus orígenes. La niña Riera se consideraba fea y por eso odiaba los espejos; se alimentaba de los relatos que le contaba su abuela, un ser poderoso, de los que dejan una huella imborrable, y observaba el transcurrir de la vida en los oscuros años 50, entre prohibiciones y reglas de obligado cumplimiento. No aprendió a leer hasta muy tarde -a los siete años-, pero el virus de la lectura se inoculó en ella con tal fuerza que ya nunca la abandonaría. En la biblioteca familiar descubrió ficciones que la transportaban muy lejos, que le abrían las puertas que la realidad se empeñaba en cerrar, pero fue una de las “Sonatas” de Valle- Inclán, concretamente la de Otoño, la que llevó a su padre a cerrar con llave lo que para ella era un santuario. “A lo largo de mi vida me han preguntado muchas veces qué haría yo para que la gente se aficionara a leer y siempre he contestado lo mismo: prohibir la lectura. Conmigo, por lo menos funcionó”, dice en esta nueva y reveladora entrega.

“Recordar significa volver a pasar por el corazón”, escribe la autora mallorquina, a quien le encanta leer en los hoteles y que cuando viaja a Madrid suele alojarse en el de las Letras, en la céntrica Gran Vía. “No puede ser un espacio más idóneo, rinde culto a la literatura. Me inspira encontrarme textos de escritores que me gustan y que van variando según la habitación”, señala. En esta ocasión un poema de Antonio Machado la traslada a un paisaje de “colinas plateadas”, en torno a Soria, “por donde traza el Duero / su curva de ballesta”,  y la lleva a reflexionar sobre la soledad que llega a sentirse en esas habitaciones anónimas de hotel que acogen a los viajeros en ciudades desconocidas, lejanas. “La lectura es entonces la mejor aliada. Los libros son como alfombras mágicas que nos transportan a lugares en los que nunca soñamos estar. No hay mejor compañía que la de un libro, incluso puede ser mejor que la de un amante. Dura más y es mucho más intensa”, señala jocosamente, y al pedirle que se ponga cómoda para las fotos, como si no hubiese allí nadie más que ella, no lo duda. Se instala en el sofá, saca del bolso el libro que está leyendo,  “Rue des voleurs”, del autor francés Mathias Enard, en su lengua original [en español “Calle de los ladrones”, publicado por Mondadori] . “Es una novela muy interesante, que trata del Marruecos actual, con todo lo que han supuesto las primaveras árabes”, explica.

– Empecemos por la infancia, territorio en el que se centra tu último libro. No hay escritor que, en mayor o menor medida, no se haya detenido en ella. ¿En tu caso fue una etapa determinante a la hora de forjar tu vocación de escritora?

– Todo sale de la infancia, es evidente, pero a los cuatro años nadie se plantea dedicarse a escribir. Lo que sí existen ya son sensaciones, percepciones, experiencias. Y ahí sí es donde, aún de forma inconsciente, nace ese interés determinado,  que se manifiesta en la vocación lectora, y que llega a convertirse en un deseo de aprisionar el mundo con las palabras, de contarlo a través de la escritura.

– La geografía, el paisaje natal, es determinante en cualquier narración de la infancia. ¿Hubieras sido la misma escritora de no haber nacido en una isla, en tu caso en Mallorca?

-Por supuesto que no. Si no fuera mallorquina mis libros serían diferentes. La experiencia de la isla imprime carácter. La sensación de aislamiento, engrandecida por la constatación de que en cualquier momento, debido al mal tiempo, el aeropuerto puede ser cerrado; esa percepción de formar parte de un lugar apartado, en medio del mar; la imagen de la gente mirando permanentemente los barcos, los aviones… Los lugares, las escenas de una localización concreta, se quedan grabadas, te marcan. Infancia y magia van ligadas y yo recuerdo que para mí las olivas que mi padre sacaba del árbol eran de verdad el fruto de algún tipo de hechizo, algo similar a los regalos que traían los Reyes Magos.

Y, ¿qué has descubierto en ese reencuentro con la niña que fuiste? ¿Te quedan rasgos de ella?

– He recuperado muchas cosas y, sobre todo, he realizado el ejercicio enriquecedor de volver a ver el mundo con los ojos de esa niña tan ingenua, tan inocente, que pensaba que podía salirle una joroba a raíz de la lectura de un libro que le regalaron para preparar su Primera Comunión, un libro en el que había una ilustración de un niño medio jorobado por contar mentiras en una confesión. Aún me estremezco al recordar esos espantosos meses en los que me lo creí. Me quedan rasgos de ella, claro que sí. Sigo siendo una tímida, ahora reciclada, me gusta observar y continúo fascinada por la literatura.

Si no fuera mallorquina mis libros serían diferentes. La experiencia de la isla, esa percepción de formar parte de un lugar apartado, en medio del mar, imprime carácter.

-¿Qué primeros libros, qué autores,  recuerdas haber leído?

– El primero, “La sonatina”, de Rubén Darío. Le debo haber aprendido a leer a los siete años. Llevaba un retraso considerable. No había manera. Las monjas del colegio al que iba estaban preocupadas. Mi padre me lo leyó y fueron tales las ganas de hacerlo por mí misma que eso contribuyó a que acabara descubriendo cómo se hilaban las sílabas. Y fue tal el ímpetu, que poco después, cerca de los ocho años, descubrí “Sonata de Otoño”, de Valle-Inclán. No entendía mucho lo que se contaba, pero me gustaba su musicalidad. Se parecía a Rubén Darío. Ya iba por la de “Estío” cuando me cerraron la biblioteca, pero tiempo después encontré la llave y seguí leyendo compulsivamente, a escondidas. Recuerdo que mis padres eran compañeros de curso de Carmen Laforet y leí con nueve años “Nada”, tampoco comprendí mucho, pero me gustó. Y luego llegaron los poetas mallorquines que me pasaba mi abuela, Miquel Costa, Joan Alcover, María Antonia Salvá… El impacto de Valle no me abandonó y Gabriel Miró se acabó convirtiendo también en uno de mis autores favoritos por su capacidad para reflejar las sensaciones.

– ¿Dónde, cómo, a qué hora te gusta leer especialmente?

– Reparto mi tiempo entre Mallorca y Barcelona, debido a mi trabajo, y tengo dos casas con sus rincones favoritos, pero lo que de verdad me resulta importante es la estación del año. Si es verano me gusta leer después de comer, toda la tarde; si estamos en invierno, en la cama, justo antes de dormirme. Con los años he tendido a dormir menos horas y lo agradezco muchísimo porque las puedo dedicar a la lectura. Cuando me voy de viaje siempre meto en el equipaje un libro o varios. En estos momentos, por ejemplo, trabajo sobre Azorín y estoy con un estudio de José Fernández Lozano, “La cara del intelectual: entre el periodismo y la política”, que compagino con la novela de Mathias Enard. Leer me acompaña en los hoteles y ayuda a que me aísle en las esperas en los aeropuertos. Me gusta mucho viajar, salir de mi entorno. Los isleños necesitamos ver mundo, abandonar de vez en cuando el espacio cerrado en el que nos movemos, de lo contrario acabaríamos mirándonos el ombligo.

Carme Riera © karina beltrán 2013

¿Qué tipo de lectora eres?

 Compulsiva. Me meto de lleno y experimento el síndrome de la ausencia cuando termino un libro, hasta que encuentro otro que me vuelva a interesar.

¿Cuáles son esas obras de fondo en tu biografía, esos autores de cabecera a los que vuelves una y otra vez?

Proust, al que vuelvo siempre en agosto, que es cuando realmente tengo más tiempo. Es un escritor que siempre me dice algo nuevo. El problema es que siempre empiezo con “Por el camino de Swann”, que es el tomo de “A la busca del tiempo perdido” que más veces me he leído. Entre mis preferidos está Miguel Ángel Riera, un autor mallorquín que no es pariente mío, aunque mucha gente lo cree. Y también, por supuesto, Virginia Woolf, Mercè Rodoreda o Jaime Salinas, de quien me fascina sobre todo “La voz a ti debida”.

Soy una lectora compulsiva. Me meto de lleno y experimento el síndrome de la ausencia cuando termino un libro, hasta que encuentro otro que me vuelva a interesar.

– ¿Cómo llevas la convivencia del catalán y del castellano a la hora de escribir?

– Percibo que esa convivencia me enriquece literariamente. A las dos lenguas las defiendo y las amo. Soy una defensora del bilingüismo bien entendido. Curiosamente no podría escribir mis ensayos en catalán; pero a la hora de la ficción, cuando me pongo a hablar de aspectos más íntimos, me sale la lengua de mi abuela. Las versiones al castellano las realizo página a página y al comparar un idioma con otro llego a captar mejor los errores que he podido cometer en ambas. Es un proceso que me resulta muy interesante.

– ¿Algún libro que te haya afectado especialmente, que haya variado tu manera de mirar, que te haya ayudado a crecer, a comprender?

– Sin duda “Don Quijote”. Con él aprendí que las cosas no pueden ser ni blancas ni negras y la importancia de la ironía, fundamental para la literatura y la vida. De ahí bebe “Madame Bovary”, de Flaubert, y también hay rasgos cervantinos en Dickens, Tolstoi, Dostoyevski… Y más en nuestra época en autores como Gonzalo Torrente Ballester, Luis Landero y tantos otros. No podemos prescindir de la experiencia de Cervantes.

Curiosamente no podría escribir mis ensayos en catalán; pero a la hora de la ficción, cuando me pongo a hablar de aspectos más íntimos, me sale la lengua de mi abuela.

¿Una asignatura pendiente?

– Tenía una, pero ya la solucioné hace unos meses. “Vida y destino”, de Vasili Grossman. Es estremecedora su manera de reflejar la Europa que él conoció, la del terror. Me apetece acercarme más a Philip Roth y también quiero volver a los textos de la “Ilíada” y la “Odisea”, que leí muy mal de joven.

– ¿Qué libro recomiendas para afrontar mejor el presente?

– Depende de si la gente quiere evadirse o si persigue que le ayuden a encontrar luz en el presente. En este último caso se me ocurre un libro que tiene mala prensa, “El placer”, de D’Annunzio. Todo el mundo al que se lo he recomendado ha acabado dándome las gracias. Como el autor era fascista, la obra está muy mal vista en Italia, pero refleja muy bien lo que pasó, explica el germen de esa ideología de una manera diferente, iluminadora. De él aprendió Valle y a Gabriel Miró también le influyó mucho. Yo diría que ahora es un magnífico momento para leer esta obra, porque el terreno está abonado para que pueda suceder cualquier disparate a partir de la crisis de valores que estamos padeciendo, de la existencia de unos políticos que no nos representan. En cualquier momento podría volver a aparecer uno de esos líderes carismáticos…

Ahora es un magnífico momento para leer “El placer”, de D’Annunzio, una obra sobre el germen del fascismo.  El terreno está abonado para que pueda suceder cualquier disparate a partir de la crisis de valores que estamos padeciendo, de la existencia de unos políticos que no nos representan.

– ¿Cómo son los lectores de Carme Riera?

 – ¿Mis lectores? Sólo he conocido a uno y tuve que pedirle por favor que no me leyera. Fue en 1996 y aparecía un artículo mío en la revista “Ronda Iberia” porque acababa de ganar el Premio Nacional de Narrativa por “El último azul”. El piloto me invitó a ir a la cabina y vi que estaba leyendo el libro mientras el copiloto hacía un crucigrama. “Por favor, deje usted de leer, que los aviones no van solos”, le dije (risas).

Como profesora [Riera es catedrática de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Barcelona] de qué manera intentas contagiar el placer de la lectura a tus alumnos?

– Pues igual debería prohibirles leer, que tan bien funcionó conmigo; es broma. La situación actual en la universidad es muy triste. Mis alumnos no leen más que los libros obligatorios. A lo mejor se salva un diez por ciento, pero eso es tremendo, sobre todo si tenemos en cuenta que hablamos de una carrera de Filología. La mayoría es incapaz de recordar, por ejemplo, un poemario de García Lorca. La aplicación del plan Bolonia está resultando un auténtico disparate. El problema de la educación es muy grave y tiene que ver con la falta de pactos entre los partidos que se han ido alternando en el poder. No es problema de la tecnología, del cambio de formato. Sin no leen los libros tradicionales tampoco van a leer “e-books”.

¿Qué lecturas te llevarías a una isla desierta?

Si tuviera que ir en un bote creo que se hundiría porque metería dentro a “Don Quijote” y a Proust, sin dudarlo, pero, además, a  Miguel Ángel Riera. Y también a los que te citaba antes: Virginia Woolf,  Mercè Rodoreda, Pedro Salinas…

[“Tiempo de inocencia”, el último libro de Carme Riera, ha sido publicado por Alfaguara. Las fotografías fueron realizadas por Karina Beltrán en el Hotel de las Letras, Gran Vía, 11.  Madrid.]

El rincón de lectura de Carme Riera © karina beltrán 2013