James Salter, el corazón de lo vivido

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Por Emma Rodríguez © 2014 / Hay ocasiones en las que apetece entrar en un continente literario nuevo, hacer el equipaje y viajar rumbo a un territorio del que hasta ahora sólo conocíamos las impresiones, las referencias, las imágenes de otros. Hay ocasiones en las que sentimos el inmenso placer de llegar a un país, a una ciudad, a un barrio hasta ese momento inexplorado, sabiendo que podemos quedarnos a vivir ahí una larga temporada. Así, con la curiosidad de quien emprende un viaje, de quien inicia unas ansiadas vacaciones, me he sentido al embarcarme en las páginas de “Todo lo que hay”, la última novela, la primera que yo leo, del veterano escritor estadounidense James Salter (Nueva York, 1925).

Llegué a sus escenarios, a su mundo, con la inocencia de quien aún espera dejarse sorprender, tras ojear brevemente alguna guía que me indicaba que el destino era el acertado, que me esperaba un espacio amplio en el que poder deshacer la maleta y salir a pasear, a observar el movimiento de los personajes, el ritmo de los días, el transcurrir de un tiempo de ficción en el que también yo deseaba sumergirme. Como quien, repito, cambia de ubicación, de domicilio, de dirección postal, empecé, poco a poco, a familiarizarme con ese otro discurrir, con los rostros, las palabras, las vivencias de gente desconocida que entraba en mi vida como un soplo de aire fresco, de vecinos generosos que me abrían las puertas de sus casas y me hablaban del pasado, de la vida como un caudal de acontecimientos, de deseos, de desengaños.

Todo era novedad y al mismo tiempo todo exhumaba un cierto clasicismo, un toque de película. Leyendo a Salter me perdía por calles y descubría recodos inesperados. A su lado, me imaginaba pasando las páginas de un álbum familiar cargado de aventuras y de recuerdos, un álbum que daba cuenta de un largo, provechoso, enriquecedor recorrido. Muchos rostros y nombres desconocidos me salían al paso en esta historia coral que es “Todo lo que hay”, una historia movida por la batuta de un director aventajado, el propio autor y sus experiencias, porque si algo desprende esta novela es lucidez ante lo vivido, lo sentido, lo sufrido. Y si bien confieso que quise iniciarla dejándome llevar sólo por las pulsiones de la historia narrada, de la ficción, sabiendo lo mínimo de su autor -en el bolsillo apenas la recomendación entusiasta de Antonio Muñoz Molina de otra de sus novelas, “Años luz”– debo reconocer que esa idea se vino abajo desde un principio y ahora estoy sin haber sacado aún el billete de vuelta, deseando alargar mi estancia en el nuevo país, coger el tren y descubrir otros títulos como “Juego y distracción” o la ya citada “Años luz”. Llegar hasta ahí y después merodear por “Quemar los días”, las memorias en las que Salter habla, entre otras muchas cosas, de sus vivencias como piloto en la II Guerra Mundial, esas páginas donde seguramente hemos de encontrar muchas de sus claves, el origen de esa mirada tan particular, tan clarividente, hacia el pozo de contradicciones del alma humana.

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Todo era novedad y al mismo tiempo todo exhumaba un cierto clasicismo, un toque de película. Leyendo a Salter me perdía por calles y descubría recodos inesperados. A su lado, me imaginaba pasando las páginas de un álbum familiar cargado de aventuras y de recuerdos. Muchos rostros y nombres desconocidos me salían al paso en esta historia coral movida por la batuta de un director aventajado, el propio autor y sus experiencias, porque si algo desprende esta novela es lucidez ante lo vivido, lo sentido, lo sufrido

Pero no adelantemos acontecimientos. Estoy en “Todo lo que hay”, una obra que el escritor entregó a sus editores tras décadas de silencio, que supuso todo un acontecimiento en los círculos literarios de Estados Unidos y en la que da cabida, según indica la contraportada, a muchas de sus obsesiones. Estoy sentada en una mecedora tapizada con flores otoñales y voy pasando las páginas de ese álbum de fotografías, un álbum que recorre gran parte de la historia del siglo XX, esa historia a la que hemos de volver una y otra vez si queremos entendernos, reconocernos en los fondos turbios de este tiempo convulso.

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“Toda la oscura noche, el agua se deslizó veloz…” Así comienza la novela: en el mar, con “cientos de hombres callados”, “tendidos de seis en seis sobre literas de hierro”, bajo la cubierta de un barco que navegaba hacia Okinawa, cuando ya la guerra tocaba a su fin. Nos trasladamos a 1944: el frente del Pacífico, la derrota japonesa de Saipán… Salter parte de la Historia. Utiliza sus acontecimientos, esos hechos que han de inmortalizarse en los manuales, como telón de fondo donde sus protagonistas han de ponerse a prueba. Ahí, mientras la Historia se desliza abrupta, sin miramientos, va transcurriendo, en paralelo, la intrahistoria, porque al novelista lo que realmente le importa es todo lo que sucede en el interior de los personajes, en la conciencia, en el corazón de los soldados, del soldado que él fue. “Cómo iba a comportarse en combate era algo que su mente calibraba aquella mañana (…) Tu coraje, tu miedo y tu conducta bajo el fuego enemigo no eran asuntos sobre los que se hablara. Confiabas en que, llegado el momento, serías capaz de actuar como se esperaba de ti”, reflexiona el protagonista, Philip Bowman, sabiendo que “el peligro real iba a llegar desde el cielo: los ataques suicidas, los kamikazes…”

Más adelante el narrador, señala: Todo estaba sucediendo a dos velocidades, la del estruendo y la desesperada urgencia de la acción, y una de ritmo menor, la del destino, unas motas sombrías que sorteaban los disparos en el cielo”. Se trata de un párrafo que dice mucho de lo que James Salter está buscando todo el tiempo: hablar del destino de los seres humanos, de su suerte, en medio de los movimientos de la Historia. Todo puede suceder, todo puede explotar, vendrán buenas y malas cosas, pero la vida de las gentes proseguirá: Trabajarán, amarán, soñarán, sentirán decepciones, pérdidas y también destellos de luz, de conocimiento, que les ofrecerán consuelo. Tendrán gestos generosos, serán traicionados y llevarán a cabo actos de venganza. Es así, una y otra vez, generación tras generación. Y es precisamente esto, la sensación de río que transcurre, de humanidad que nos trasciende como individuos, lo que consigue reflejar con maestría el escritor.

Y lo hace con aparente ligereza, con un estilo que fluye tranquilo, sin aspavientos, con la capacidad del gran narrador que sabe atrapar, divertir y a la vez conmover. Salter nos envuelve en la atmósfera de un territorio del que no nos queremos marchar, porque allí, de su mano, a través de esa voz poderosa que sabe contar las historias que están detrás de las fotos del álbum, hemos encontrado algo que no queremos olvidar, que no queremos dejar atrás.

Todo puede suceder, todo puede explotar, vendrán buenas y malas cosas, pero la vida de las gentes proseguirá: Trabajarán, amarán, soñarán, sentirán decepciones, pérdidas y también destellos de luz, de conocimiento, que les ofrecerán consuelo. Tendrán gestos generosos, serán traicionados y llevarán a cabo actos de venganza. Es así, una y otra vez, generación tras generación. Y es precisamente esto, la sensación de río que transcurre, de humanidad que nos trasciende como individuos, lo que consigue reflejar con maestría el escritor.

El barco de Philip Bowman arriba a la bahía de Tokio al finalizar la guerra. En ese primer capítulo, repito, el escritor ya nos da la pista de lo que de verdad le interesa: el destino de sus personajes, el destino de una sociedad noqueada que se va reconstruyendo sobre las ruinas, a sabiendas de que será imposible volver atrás, recuperar el mundo anterior a la terrible contienda. Ese capítulo se cierra y es a partir de entonces, lejos de los actos heroicos de una situación excepcional, al regresar a lo conocido, a lo ordinario, a lo cotidiano, cuando empieza la gran aventura de la vida: la aventura del crecer como persona; la aventura de encontrar un lugar en el mundo, la aventura de la búsqueda del amor auténtico, un amor que a Bowman se le resiste una y otra vez.

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“Todo lo que hay” es una novela estructuralmente convencional, de ahí ese halo de clasicismo que emana de ella. Sigue el trayecto del protagonista y da cuenta de sus pasos por Nueva York, la ciudad natal del escritor, esa ciudad que tan al dedillo conoce. Allí, en los años de euforia que siguieron al término de la guerra, Philip Bowman estudia, trabaja como periodista y posteriormente como editor. Se cruza con otros muchos personajes cuyas historias se despliegan a su alrededor. Se mueve en esos ambientes de la edición, de la literatura, de la intelectualidad, que son también los ambientes de Salter y que éste retrata con conocimiento de causa, con una mirada cínica y displicente en ocasiones. Se refiere, por ejemplo, a los editores como hombres, por lo general, “muy hábiles, incluso excepcionales, algunos con principios, otros sin escrúpulos”, y da cuenta de trayectorias muy interesantes.

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No parece suceder nada extraordinario en ese recorrido de ambiciones, logros, fracasos y desencantos, tan parecido a otros recorridos vitales. Volvemos a lo de antes: el autor bucea en lo que sucede detrás del telón de las vidas anónimas, porque si ha de haber algún prodigio en el discurrir de la existencia éste se encuentra en el descubrimiento de esos pequeños focos de verdad: en la aceptación de las pérdidas, en el reconocimiento de las derrotas, en la certeza de que en el viaje aguardan tragedias y también grandes días de placer y de amor, sobre todo de amor.

Nada amiga de contar argumentos, partidaria de abrir la ventana hacia los sentidos y sugerencias que particularmente encuentro en un libro y que pueden conducir a otras experiencias de lectura, no necesariamente afines -he ahí la riqueza de la literatura-, vuelvo a recorrer las páginas subrayadas, las anotaciones, y me decido a detenerme en algunos pasajes que me han tocado especialmente. Muy al comienzo, por ejemplo, se dibuja de manera conmovedora, la relación entre el protagonista y su madre, entre la madre que ve cómo su hijo, ese niño al que le había hecho “con papeles cosidos, cuentecitos de palabras y dibujos”; ese niño al que “había ayudado a escribir sus primeras letras” y que le suplicaba por las noches que no le cerrase la puerta de la habitación, ha de volar por sí mismo, fuera de su alcance.

“Siempre se habían querido madre e  hijo, sin interrupción (…) Cuando volvía la vista atrás se acordaba de cada momento, casi siempre con alegría; de hecho, sin otra cosa que felicidad…”, voy leyendo este tramo que conduce al paraíso perdido de la infancia, a esa complicidad que se establece con los seres queridos en el primer tramo de la vida, a esos acontecimientos que la memoria engrandece y que llegan a fijar lo que hemos de ser, lo que ha de convertirnos en seres únicos.

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Beatriz, el personaje de la madre, es uno de mis favoritos en esta novela. Esta mujer sensible, que siente “un obstinado pavor al otoño” porque su padre murió en esa estación y cada vez que llegaba ella percibía que “todo lo que uno amaba corría peligro”, es capaz de ver cómo la mujer con la que se va a casar su hijo es una mujer vacía, sin alma, con la que no ha de alcanzar la dicha. Pero, aunque siente eso hondamente, no puede decir nada, calla y observa, del mismo modo que observa el deterioro del paso tiempo, la decadencia de su propia vida.

Hay otro pasaje, uno de esos pasajes en torno a la  literatura, donde el autor fija el momento en el que “el poder de la novela en la cultura del país se había debilitado”. “Nadie lo ignoraba y todos se desentendían como si nada hubiese cambiado. Ése era el milagro. El viejo esplendor se había desvanecido, pero seguían apareciendo caras nuevas que querían formar parte de un mundo que conservaba su antigua aura, como un par de zapatos buenos, perfectamente encerados en poder de un hombre arruinado”, leemos.

Hay otro en el que se habla de libros -ésta, decíamos, es una novela protagonizada por autores, periodistas, editores, gente de los ámbitos de la cultura norteamericana- en la que uno de los personajes se refiere a Joyce como su ídolo. “No me gusta que un escritor me dé demasiada información sobre las ideas y los sentimientos de un personaje (…) Prefiero verlos, oír lo que dicen y sacar mis propias conclusiones. La apariencia de las cosas. Me gusta el diálogo. Ellos hablan y lo entiendes todo…”, señala, y ahí detrás, como una sombra, no podemos dejar de ver a James Salter poniendo a dialogar a sus actores, trazando el recorrido de esas vidas que siguen su propio cauce mientras, en letras mayúsculas, se van escribiendo los grandes hechos que hacen avanzar la Historia.

Así, entra en escena la Guerra de Vietnam, que durante una larga época lo eclipsa todo, con sus interminables listas de muertos”, con su “escandalosa brutalidad”, con “las continuas promesas de victoria que nunca se cumplían” y que “convirtieron aquella guerra en el hijo envilecido, indigno de confianza e irreformable que, sin embargo, debe ser aceptado por la familia”, escucho la voz del narrador. Así, como una breve pincelada, se introduce la muerte del presidente Kennedy en Dallas, en 1963.  Y se habla del movimiento feminista, que bullía y que había cambiado la ciudad de Nueva York.

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La situación de la mujer, su lucha por la igualdad en todos los ámbitos de la vida, su rechazo a la sumisión, su deseo de independencia, cambia las relaciones de pareja y pone de relieve la vulnerabilidad masculina. Los hombres de Salter pueden ser capaces de actos de egoísmo, de venganza, de traición, pero aparecen desnudos en sus emociones y sentimientos. Son abandonados, engañados, utilizados, y sufren por ello, pero no renuncian a encontrar el amor. Salter se aproxima a sus protagonistas con extrema sensibilidad y hace girar la acción en torno a los cambios que las transformaciones sociales van produciendo. Su escenario es el de un siglo XX agitado, turbulento, y en ese escenario se suceden las separaciones, los divorcios, los fracasos de matrimonios que parten de elecciones erróneas.

La situación de la mujer, su lucha por la igualdad en todos los ámbitos de la vida, su rechazo a la sumisión, su deseo de independencia, cambia las relaciones de pareja y pone de relieve la vulnerabilidad masculina. Los hombres de Salter pueden ser capaces de actos de egoísmo, de venganza, de traición, pero aparecen desnudos en sus emociones y sentimientos. Son abandonados, engañados, utilizados, y sufren por ello, pero no renuncian a encontrar el amor.

Los personajes de esta novela buscan una complicidad y una solidez que no resultan nada fáciles de alcanzar y que, más de una vez, les llevan a constatar lo complicado que resulta conocer a fondo a las personas que creemos amar. Hay pasión y escenas de alto contenido erótico en “Todo lo que hay”, pero también hay drama y un perverso fondo de dobleces, engaños y convenciones. Hay en estas páginas, en este territorio que no queremos abandonar, una permanente sensación de fugacidad de los momentos felices y una continua reconstrucción, un volver a empezar que impulsa a los protagonistas, los salva y les da la oportunidad de aprender una y otra vez.

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Los lectores también aprendemos y percibimos esos destellos de verdad de los que hablaba anteriormente y que provienen del corazón de lo vivido. La novela atrapa en su profundidad y también en su ligereza, en la frivolidad de los ambientes mundanos que se retratan, en ese juego de la seducción, de las artes del amor, que está presente todo el rato. Si hubiera que hacerle algún reproche a Salter, éste podría ser que, en el momento de narrar un viaje a España, no es capaz de huir de los tópicos: el flamenco, la pasión extrema de Andalucía. Pero es algo menor, la visión de un turista norteamericano que, eso sí, admira la poesía de Lorca y da cuenta de sus circunstancias.

Si el afán de todo novelista es interpretar, abarcar el mundo y sus metáforas en los márgenes de la ficción, James Salter lo consigue. En “Todo lo que hay” atrapa el mundo que conoce, su mundo, con todas sus contradicciones y complejidades, y da cuenta de toda la sabiduría que ha ido acumulando a lo largo de los años, en el trecho de una existencia apurada con intensidad.

Salter ofrece gran parte de esa sabiduría a Philip Bowman, su protagonista, a quien vamos viendo en sus sucesivas edades y transformaciones, tomando conciencia de la importancia de recordar, de preservar la memoria de los instantes de dicha; de todo lo que le había sucedido a él y a aquellos que le habían antecedido en el camino; de todo lo que había conocido y también ignorado, “las cosas de su tiempo, de los años que había vivido”.

Salter ofrece gran parte de esa sabiduría a Philip Bowman, su protagonista, a quien vamos viendo en sus sucesivas edades y transformaciones, tomando conciencia de la importancia de recordar, de preservar la memoria de los instantes de dicha; de todo lo que le había sucedido a él y a aquellos que le habían antecedido en el camino.

Podría terminar este artículo aquí, pero me detengo en un párrafo que ilustra esa sabiduría de la que hablo, un párrafo en el que se habla del paso del tiempo, de la vejez. “La vejez no llega poco a poco, irrumpe como una avalancha. Una mañana no hay nada nuevo, a la semana siguiente todo ha cambiado. Y las semanas duran mucho, puede suceder de un día para otro. Eres el mismo, aún el mismo, y de pronto han aparecido dos surcos, dos arrugas imborrables en las comisuras de los labios”.

Llegada a este punto, descorro un poco la cortina para que se filtre la luz y cierro las páginas del álbum de fotografías. He recorrido una vida, muchas vidas,  a través de tantas y tantas imágenes, y me quedo con la sensación de los deseos que se renuevan, de la esperanza que no se agota. Hay, ya al final de la novela, una frase que me encanta: “Cuando cruzaban las marismas a la temprana luz azulada, Nueva York parecía a lo lejos una ciudad extranjera, un lugar donde uno podría ser feliz”.

“Todo lo que hay”, de James Salter, ha sido publicada por Salamadra, como el resto de sus libros en España. La traducción la ha realizado Eduardo Jordá.

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– Las fotografías de Nueva York las firma Karina Beltrán. La que abre el artículo fue realizada por Corina Arranz y la segunda imagen del autor lleva el crédito de Tulane Public Relations. La última nos fue suministrada por la editorial © Peter Peitsch.

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