Fernando Pessoa, el extranjero de sí mismo

En lo más íntimo de lo que pensé nunca fui yo.

Por Alberto Trinidad © 2014 / Estoy dentro de la bañera de la casa familiar, disfrutando de uno de los momentos más importantes de la semana: mi dominical baño caliente de espuma. Son las ocho de la tarde y tengo once años, o diez, tal vez trece o catorce. Parpadeo y contemplo a mi alrededor a los otros tres habitantes de mi cuerpo, de mi vida, de mi corto —por aquel entonces— cúmulo de experiencias, pasiones, miedos y fantasmas. Se trata de tres aspectos de mí, cercenados y constituidos como entes ajenos y con personalidades propias. Yo —o esa fusión híbrida, heterogénea y apócrifa a la que llamamos Yo— presido la reunión que está a punto de dar comienzo. Se chapotea, las pieles están arrugadas y el vaho perfila la identidad de mis íntimos compañeros. De repente, a mi izquierda, la entusiasta voz del «personaje» pasional dice que debemos enfrentarnos a la prueba de mañana con mayor valentía; a mi derecha, se escucha un chasquido de reprobación: el debate ha comenzado.

Aproximadamente setenta años antes, el 8 de marzo de 1914, Fernando Pessoa vive lo que denominó su «día triunfal». A lo largo de ese día dio plena forma a sus tres más prolíficos heterónimos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos. En una especie de éxtasis cuya naturaleza no [consiguió] definir escribió de un tirón más de mil trescientos versos: buena parte de la obra completa de estos tres poetas que convivieron con él; luego de escribir estos versos, les construyó una vida, un pasado, unas correspondencias. Fijé todo aquello en moldes de realidad. Gradué las influencias, conocí las amistades, oí dentro de mí las discusiones y las divergencias de criterios. «El drama de personas» de Fernando Pessoa estaba ya en funcionamiento. Un drama —en su acepción de teatro— que, sin embargo, comenzó mucho antes, concretamente a sus seis años, cuando inventó su primer heterónimo, un tal Chevalier de Pas. Desde niño tuve tendencia a crear a mi alrededor un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos que nunca habían existido. (…) Esta tendencia para crear en torno a mí otro mundo igual a este, pero con otras gentes, nunca se me fue de la imaginación.

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Tengo quince años, diecinueve o diecisiete. Me busco, los personajes que poblaron mi infancia se desvanecen, o simplemente acceden a cotas de la existencia más elaboradas que la que yo padezco. Tal vez, pienso, en su desvanecerse de este mundo que habito y que me parece tan irreal e inconsistente, ellos se hacen más sólidos, más verdaderos allá donde han ido a parar. Así que decido ir a su encuentro —al encuentro de esos parajes más verdaderos que la realidad— a través de la elaboración de la escritura. Cobijado bajo un manto de estrellas que tan solo intuyo en el interior de mi cuarto, escribo mis primeros versos. Recreo mi identidad entrelazando esos signos llamados palabras de los que todavía conozco tan poco; me escindo en ellos, me desdoblo, me fragmento.

Fernando Pessoa. 1914. La época de la revista Orpheu. El Copyright ha expirado.

Escribo, y cuando escribo soy lo que escribo; leo, y cuando me leo soy lo que leo; y cuando ni escribo ni leo, soy el hombre del que se escribe, del que se lee, ¿verdad, Fernando? Me transformé en una figura de libro, una vida leída. Lo que siento es (sin yo quererlo) sentido para escribir que se sintió. Esto escribiste, Fernando, transformado en Bernardo Soares, un semi-heterónimo al que tú mismo justificaste así: Es un semi-heterónimo porque, no siendo mi personalidad, no es diferente de la mía, sino una simple mutilación suya. Soy yo menos el pensamiento y la afectividad. Él, Bernardo, escribió por ti tu obra crucial, el Libro del desasosiego. Y en ella dejaste de manifiesto la preeminencia de la escritura (Hay metáforas más reales que las personas que pasan por la calle. Hay imágenes en los rincones de los libros que viven más nítidamente que muchos hombres y mujeres (…) Toda literatura consiste en un esfuerzo por hacer real la vida.); confirmaste la certeza de la imposibilidad del amor (Todo amor temporal no tuvo para mí otro gusto sino el de recordarme aquello que perdí), tejiste una ficción convincente acerca de la metafísica y la mística (Somos muerte. Lo que consideramos vida es el sueño de la vida real, la muerte de lo que verdaderamente somos. Los muertos nacen, no mueren); y, sobre todo, expusiste tu visión sobre la fragmentariedad del sujeto, de ti, de nosotros, de la farsa a la que llamamos identidad  (Nadie me conoció bajo la máscara de la identidad, ni supo nunca que era máscara, porque nadie sabía que en este mundo hay enmascarados. Siempre me creyeron idéntico a mí mismo).

Me hago mayor, un hombre adulto en el mundo, tengo veintinueve años, treinta y tres (la edad del hijo huérfano de Dios), veinticuatro o treinta y cinco. Escribo novelas. Te leo a ti y a los más grandes poetas, Juarroz, Huidobro, Duprey o Lautréamont, me dejo seducir por las más apasionantes y desgarradoras líneas de la teoría literaria de la mano de Maurice Blanchot, Roland Barthes o Paul Ricoeur, y comprendo la experiencia órfica del lenguaje, de la literatura y, por ende, de nuestra relación con el mundo (la única manera de acceder a él —de llegar a Eurídice— es entregarse a su desaparición: mirarla —escribir— y enfrentarse a su inevitable ausencia). Pero tú eso ya lo sabías antes que nadie… La civilización consiste en dar a una cosa el nombre que no le corresponde, y después soñar con el resultado.

Fernando Pessoa. El copyright de la fotografía se ha extinguido.

Tengo treinta años, sí, y comprendo que la única manera de concederle sentido a la existencia, de darle una apariencia de sustancia a la identidad, es a través de la narración, de la ficción; así que me narro, abandono el Yo biográfico y me zambullo en una Odisea postmoderna a bordo de El Cirujano del Cielo. Junto con otros pocos libros me llevo el de Bernardo Soares, por supuesto, y un poema tuyo que no dejo de recitarme; uno que en las Universidades de Filología y en los decadentes foros literarios parecen no saber interpretar, «Autopsicografía». El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que de veras siente. Porque nadie parece comprender la verdadera tragedia que se oculta en estos versos «finge que es dolor el dolor que de veras siente», y se quedan con que eres un fingidor, un simulador, un comediante, como asegurando que es posible dejar de serlo. Como creyendo que existe un Fernando Pessoa originario, esencial, que finge y simula esos estados, esos personajes ajenos, salvaguardado en no se sabe qué depositario de identidad inmutable. Nunca entendieron nada, Fernando, nunca entendieron que no hemos existido nunca, que en lo más hondo de nosotros mismos nunca hubo nadie.

Tengo treinta y ocho años, cincuenta y cuatro, noventa y dos o veintisiete. He desaparecido del mundo y he vuelto a reaparecer, he escrito y he dejado de escribir. Me he fragmentado en media docena de identidades que sostienen a este Yo parapléjico que los ciudadanos del mundo llaman Alberto. Alberto me llaman, Fernando, ¿no te hace gracia?

Disculpa, soy un mal educado, no sé por qué, en el transcurso de estas líneas, he pasado a hablar de ti en segunda persona. Yo que no soy yo, a ti que ni eres tú ni te he conocido nunca. Será por esta manía nuestra de permanecer una vez hemos desaparecido —nos hemos disuelto—, será para recrear la fantasía —elaborada y deliciosa ficción— de haberme convertido, en este futuro incierto, en uno más de tus heterónimos y poder así —¿de qué otra manera si no?— permitirme el lujo de conversar contigo en esta humilde orilla de la literatura…

Tengo menos cien años, es 25 de noviembre de 1875, doy a luz a Miroslav Mičir, trece años antes de que tú nazcas. Le leo, me habla, permanecemos. Fernando, ¿qué vas a decirme ahora?

No sé lo que traerá el mañana.

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Fernando Pessoa jugando al ajedrez con uno de los últimos grandes ocultistas de la historia,Aleister Crowley. El copyright ha caducado.
Fernando Pessoa jugando al ajedrez con uno de los últimos grandes ocultistas de la historia, Aleister Crowley. El Copyright de la fotografía ha caducado.

 

Pessoa, Fernando. Libro del desasosiego. Acantilado (2005).

Otra bibliografía sobre  Fernando Pessoa:
Crespo, Ángel. Estudios sobre Pessoa. Bruguera (1984). Centeno, Y.K. Fernando Pessoa e a filosofia hermética. Editorial Presença (1985).

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