Foto de cabecera: John Berger CC Amarjit Chandan /
Emma Rodríguez © 2026 /
“Mientras quede una rosa, aquí me quedaré, no hay otra razón”, le contestó John Berger a su amiga Marisa Camino un día en que le preguntó al escritor cómo llevaba vivir en Quincy, un pueblo campesino de los Alpes franceses, en el que se instaló después de abandonar la ciudad de Londres en 1962, donde aprendió a trabajar el campo y se sintió pleno para levantar una obra fecunda, parte de la cual se nutre de sus observaciones, emociones y experiencias en el mundo rural.
Mientras quede una rosa se titula el libro que dedica el periodista y también escritor Javier Morales al autor británico, novelista, ensayista, crítico de arte, dibujante, impulsor de mil proyectos, un hombre que compaginó su pasión por el arte con el amor a la tierra, a la naturaleza, que supo mirar las obras de pintores, fotógrafos, cineastas… con la misma sensibilidad con la que contempló los paisajes a su paso y compartió afinidades con gentes diversas. Las complicidades y los diálogos impregnan un ensayo en el que me he sumergido con curiosidad, alentada por el hecho de encontrarme ante una entrega que explora el influjo que determinadas voces y lecturas ejercen sobre quienes las reciben, hasta el punto de marcar y transformar las vidas.
Javier Morales da cuenta de su historia de complicidad con John Berger (Londres, 1926 – Antony, Francia, 2017), a quien no llegó a conocer, pero cuya influencia ha sido importante en su recorrido. Su libro es una búsqueda de los motivos, de las semillas y los frutos de un vínculo personal que se expande a otros muchos vínculos, pues traza su autor una ruta, un viaje tras los pasos, las huellas de Berger en España, con paradas en lugares concretos y conversaciones con personas que lo trataron muy de cerca, que disfrutaron de su amistad o que, sin conocerlo, como es su caso, se han impregnado de su manera de ver el mundo.

Mientras quede una rosa, editado por el sello cuatro lunas, es uno de esos libros que mezclan las propias vivencias con las ajenas, dibujando un hilo de cercanías, un mosaico de voces y vivencias. Viaje y crónica, reflexión y análisis, recuerdos y diálogos se entremezclan con soltura, haciendo que el camino resulte ameno, placentero, abriendo atractivas sendas de aproximación al protagonista, de quien este 2026 se está celebrando el centenario de su nacimiento –un 5 de noviembre de 1926–, lo que ha dado lugar a distintas reediciones de sus libros, libros que en no pierden vigencia, que nos hablan de la creación y también del tiempo que vivimos, un tiempo de devastación en el que, como él observaba, se perdían costumbres y palabras, como si no pasara nada, sin pausa para el relevo, para el aprendizaje. Su obra retrata la vida campesina en ruinas frente a la ávida entrega al culto de lo urbano, al consumo, a la rapidez de una frenética carrera por el progreso que no ha respetado la naturaleza, que no ha paliado las desigualdades ni parado las guerras.
«Mientras quede una rosa», de Javier Morales, es un libro que mezcla las propias vivencias con las ajenas, dibujando un hilo de cercanías, un mosaico de voces y vivencias. Viaje y crónica, reflexión y análisis, recuerdos y diálogos, se entremezclan.
John Berger nos conduce a meditar sobre todo esto. El ensayo que tengo entre las manos me ha despertado las ganas de conocer más al autor. Su impulso me ha llevado a otra publicación reciente, Encuentros y despedidas (Alianza Editorial), una recopilación de textos que dan cuenta de las muchas vertientes e intereses de un hombre que tanto nos despierta la mirada. He leído poco a Berger, aunque no he olvidado el impacto que me produjeron en su día los relatos de Puerca tierra. Recuerdo escenas y diálogos campesinos. Recuerdo la sencillez del estilo, la empatía… Entre brumas llegan a mí atmósferas, episodios sobre la dureza de los días de cosecha; escucho las voces de quienes se lamentan de que sus hijos ya no trabajarán las tierras, atraídos por las grandes ciudades, por los horarios fijos, los sueldos seguros, las vacaciones, la vida cómoda, sin imprevistos.
Mucho más adelante me conmovió su sensibilidad al abordar la pérdida de su mujer, en el bellísimo Rondó para Beverly, firmado por el escritor y su hijo Yves, que heredó de él la pasión por la pintura y que contribuye a la obra con sus dibujos. “Te fuiste hace cuatro semanas. Anoche volviste por primera vez. O, para decirlo de otro modo, tu presencia sustituyó a tu ausencia. Estaba escuchando una grabación del “Rondó nº 2 para piano (op. 51)” de Beethoven. Durante casi nueve minutos, por lo menos, fuiste ese rondó, o ese rondó se convirtió en ti. Contenía tu levedad, tu persistencia, tus cejas arqueadas, tu ternura”, vuelvo a sus páginas y me doy cuenta de lo mucho que Berger se refiere a la ternura.
Tengo que leer más a Berger, me digo tras este inciso y regreso a Mientras quede una rosa. Javier Morales me cuenta que mientras escribía el libro y posteriormente, en la toma de contacto con los lectores en las presentaciones del mismo, ha sido “maravilloso” ir encontrándose con “una red de lectores bergerianos que hay repartidos por toda España, una red de resistentes, como si fuéramos una fraternidad del abrazo y la esperanza, de la rosa, en estos tiempos tan sombríos, y frente a los que hay que rebelarse”. Me lo dice en un breve intercambio por correo electrónico, cuando le pregunto por qué esa atracción por John Berger; a qué respuestas y revelaciones le condujo el viaje tras sus pistas.

“Más que descubrir facetas nuevas de su vida o de su obra, el libro, que como bien dices es un viaje, una búsqueda, ha confirmado algunas certezas que ya tenía. La primera es que fue alguien que reivindicaba la risa, la sensualidad, como parte de la crítica al sistema, sin olvidar sus raíces marxistas y su visión de la naturaleza y el mundo rural”, explica, haciendo hincapié en que uno de los aspectos más interesantes de su legado, tal vez en el que radica la fuente de su admiración por él, es que “trató de vivir de acuerdo con sus principios, amando la vida y a todos los seres vivos que habitan el planeta, sin jerarquías”.
“Berger escribió libros hermosísimos, llenos de belleza, es un autor y un pensador capaz de ponerse en «los zapatos de otro» cuando escribía, con una gran empatía hacia sus personajes y todas las causas justas por las que merece la pena seguir trabajando mientras llegan tiempos mejores. Escribió mucho sobre Palestina, fue en varias ocasiones, y a veces me pregunto qué pensaría del genocidio actual”, prosigue Morales, haciéndome pensar en cuánto necesitamos de la orientación de pensadores, de creadores comprometidos, capaces de alzar la voz y situarse frente al poder, al lado de los desprotegidos, de los defensores de la dignidad, del planeta, de la vida en paz.
«Berger es un autor y un pensador capaz de ponerse en «los zapatos de otro» , con una gran empatía hacia sus personajes y todas las causas justas por las que merece la pena seguir trabajando mientras llegan tiempos mejores”, señala morales.
Fue eso lo que John Berger hizo durante toda su vida, alzar la voz de manera clara, intentar ver más allá de lo aparente, pisotear los caminos trillados, dar ejemplo con sus acciones. Lo corroboran los protagonistas de Mientras quede una rosa. Ya es hora de que os anime a recorrer sus páginas a través de algunas de mis impresiones de lectura. Comenzaba este texto con una pregunta que le hizo al escritor Marisa Camino, una restauradora de frescos y dibujante, una mujer a contracorriente que ha elegido habitar el campo. Morales la visita en Robredo de las Pueblas, en la provincia de Burgos, una pequeña comunidad despoblada (apenas diez habitantes fijos) en la que vive con su familia.
Durante el trayecto en coche reflexiona: “Cada vez me cuesta más contemplar la hermosura de un paisaje o la vida que acoge sin que se cuele un aire de despedida, la nostalgia anticipada por lo que estamos perdiendo a causa del cataclismo ambiental. Los psicólogos han encontrado una expresión para definir este sentimiento: “duelo ecológico”. Las reflexiones del autor están presentes a lo largo de todo el trayecto. Su posición es la del testigo que observa, que medita, que se abre al diálogo, una manera de avanzar que se hermana con la actitud de Berger en sus tránsitos.
Marisa Camino, que aparece en los escritos de Berger, cuenta cómo nació la amistad entre ambos, la correspondencia que mantuvieron a lo largo del tiempo, los encuentros, las charlas, la colaboración con él en uno de esos proyectos singulares, espontáneos, que tanto gustaban al escritor y que dio lugar a una exposición, bajo el título Cómo crece una pluma, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid (2006). Es hermoso este inicio del camino que nos traslada a un lugar que tanto tiene que ver con los territorios bergerianos y que se convierte en una doble historia, la de Marisa y la de su gran complicidad con un creador que creía en la importancia de asombrarse ante cualquier detalle. “La obra de John me habla de la ternura hacia todo lo que nos rodea, de una comprensión de las cosas. Encontrarme con alguien como él, donde se daban a la vez esa ternura y una gran fortaleza, fue una suerte para mí”, le hace saber a Morales.

El escritor gallego Manuel Rivas, tan próximo a los enfoques de Berger en su propia narrativa, no podía faltar en este libro, y de hecho es su prologuista. La obra que le abrió las puertas y a partir de la cual se convirtió en un adicto, capaz de contagiar entusiasmos, fue Puerca tierra. En el conjunto de cuentos “estaba el trasfondo, el campesinado francés en peligro de extinción por el capitalismo. Pero lo importante era el “storyteller”, cómo Berger cuenta eso. A veces se hace una lectura antropológica, sociológica, pero, vamos a ver, lo que nos interesa, lo que nos penetra, es cómo lo cuenta, cómo mueve la lengua. Es como un manuscrito de la tierra. Piensas: este es un libro gallego. Hay otros personajes, otras maneras, pero lo que realmente ves es lo que está destartalando a la gente. Habla de la derrota del mundo como una pérdida de sentido. La realidad se presenta hecha añicos. Y se produce en mí un encuentro con esa forma de narrar, de mover la lengua”, transmite el autor.
Manuel Rivas da cuenta de los encuentros con Berger y otras amistades en Galicia, de momentos de celebración y de alegría en compañía de un hombre que “sabía escuchar”. A partir de sus palabras Javier Morales habla de “redes de resistencia y afectos” y yo pienso que la frase define muy bien el recorrido que va trazando en la entrega que nos ocupa. Si Rivas reconoce la influencia que ejerció sobre él la mirada del escritor, a Morales llegó incluso a marcarle el rumbo, ya que su lectura le impulsó, a finales de los noventa, a dejar Madrid e irse a Extremadura, al Valle del Jerte, para colaborar como periodista en una fundación dedicada al cooperativismo agrario.
A día de hoy el autor sigue recurriendo a Berger para encontrar algo de esperanza. En este presente, cuando, siendo la paz primordial para afrontar grandes desafíos como el calentamiento global, las guerras vuelven al primer plano de la actualidad, regresa a sus escritos, a su defensa de los más débiles, de los explotados, de quienes emigran en busca de mejores vidas y son pisoteados. Morales regresa a sus palabras, a sus experiencias, y se hace acompañar de quienes se sitúan en su estela, caso del naturalista Joaquín Araújo, quien empezó a leer a John Berger tardíamente, seguramente, encontrando en él no pocas semejanzas con su visión ecologista.
“Estamos viviendo una rareza, una contradicción suprema. Porque sí, vale, hemos conseguido que la sociedad entera sea consciente de la degradación ambiental, sobre todo con el desastre climático que tenemos encima. Pero lo que no hemos conseguido es que sea consecuente con ello, que cambie su manera de vivir y de actuar. Hemos fracasado, porque para mí el ecologismo siempre fue una revolución cultural, pero vamos claramente cien veces más despacio de lo que deberíamos ir. Y ya no tenemos tiempo para conseguirlo”, le dice Araújo a Morales cuando lo visita en la comarca de Las Villuercas, Cáceres, donde ha encontrado su lugar en el mundo, su retiro, ese espacio en el que seguir plantando árboles y transmitir su amor a la naturaleza.
Son muchos los protagonistas de este viaje en homenaje a John Berger, que también es una llamada a despertar, a no cerrar los ojos, a seguir cultivando el asombro y la mirada crítica. Morales dialoga con traductores, con agentes, con difusores de la obra de este escritor polifacético, tan dado a abrir senderos. Es el caso de Nacho Fernández Rocafort, uno de los introductores de su poesía en España, quien le dice: “Es un autor que te ayuda a vivir porque cree en la vida, mira constantemente a la realidad, con una perspectiva muy jovial y comprometida con esa realidad”.

La estrecha vinculación del escritor con España, con su cultura, está muy presente en Mientras quede una rosa. Velázquez, Goya, Zurbarán, El Greco, Picasso y artistas más actuales como Juan Muñoz, fueron objeto de los singulares análisis del Berger crítico de arte, faceta en la que es altamente reconocido. Su manera de situarse ante una pintura, ante una fotografía, el vuelo de la imaginación a partir de una imagen, no deja de impresionar. Me ha sucedido al leer muchos de los textos del volumen recopilatorio Encuentros y despedidas, que ya he citado, un libro lleno de imágenes, acontecimientos, recuerdos, paisajes, paseos, retazos biográficos, en el que el arte es siempre un asidero, un hilo del que tirar para comprenderse mejor y comprender los alrededores de la vida.
Al leer los textos del libro recopilatorio «Encuentros y despedidas», lleno de imágenes, acontecimientos, recuerdos, lugares, retazos biográficos, no deja de impresionar La manera de situarse ante una pintura, ante una fotografía, el vuelo de la imaginación.
Si tuviera que destacar algunos de sus tramos, me quedo con un escrito dedicado a la madre, esa madre que le reprochaba a su hijo que fuera tan quijotesco; que solía decir que lo que realmente importa es el amor, “el amor de verdad”, y que siempre creyó que él acabaría convirtiéndose en escritor, algo sobre lo que Berger indaga: “Creo que me hice escritor porque muy pronto tuve la sensación de que había mucho por decir. Y muchas cosas por contar que había ido descubriendo ya en la niñez: la muerte, la pobreza, el dolor de los otros, el sexo...”
Y no puedo dejar de citar un artículo de extraordinaria fuerza, Mineros, donde lamenta con furia el injusto trato que reciben, sus bajos salarios, la manera en que son calumniados cuando se ponen en huelga… Y otro, de cariz muy distinto, en el que explora la relación entre dos artistas, la pareja formada por Jackson Pollock y Lee Krasner, unida por “el deseo común de pintar para sentirse vivos”. Escribe Berger: “Él pinta una explosión; ella, usando los mismos elementos, construye una forma de consuelo…”

La identificación que experimenta el escritor con el personaje velazqueño de “Esopo”, tan conocido por sus fábulas, es el detonante de otro revelador texto que se incluye en esta entrega y que nos da muchas claves de su forma de experimentar el arte, como algo propio, que atañe a la vida, que la explica. Javier Morales habla de habitar los cuadros al referirse al escrito en un capítulo de su libro titulado La mirada de Esopo.
“Esopo es un contador de historias con una mirada particular de ver e interpretar el mundo. No pretende apropiarse de él, tan solo narrar el misterio de la vida. He ahí una de las posibles conexiones con John Berger”, señala, al tiempo que imagina a su protagonista en uno de sus paseos por el Museo del Prado, detenido ante el cuadro, reconociendo su identificación con el personaje retratado por Velázquez, a quien ve “con su curiosa compostura, que coexiste con el abatimiento, con el dolor, con la compasión”, recurre Morales a sus palabras, haciendo hincapié en la alusión al “escepticismo como manifestación de la ternura que se acrecienta con las experiencias, no obstante, sean estas duras”.
Respecto al arte, se incluye en el ensayo un fragmento de entrevista con el periodista José Andrés Rojo en el que Berger alude a las cantidades, que miden el éxito en las sociedades actuales: el número de copias de un disco, de visitantes en una exposición, de libros vendidos. “Pero el mercado ignora que lo que importa del arte es su vida subterránea, lo que ocurre cuando una persona se ve afectada por lo que ha visto, ha escuchado, ha leído. Esa persona deja ya de ser la que ha sido, puede actuar de manera diferente. Pero es eso, precisamente, lo que no se puede cuantificar. Esos minúsculos cambios que el arte desencadena ni siquiera son fáciles de identificar”.
«Pero el mercado ignora que lo que importa del arte es su vida subterránea, lo que ocurre cuando una persona se ve afectada por lo que ha visto, ha escuchado, ha leído. Esa persona deja ya de ser la que ha sido, puede actuar de manera diferente», declaraba Berger.
Esta declaración define muy bien las búsquedas del creador y también el espíritu de Mientras quede una rosa. De una u otra manera, Berger transformó a quienes le recuerdan en el recorrido, entre los que se incluye también la directora de cine Isabel Coixet, que lo conoció personalmente. Ella, otra de las interlocutoras de Javier Morales, introduce la relación del creador con el cine, partiendo de su guion para la película Jonás, que cumplirá 25 en el año 2000, de Alain Tanner, una historia que atraviesa el desencanto de Mayo del 68 y respira un cierto optimismo ante los mejores horizontes que se podían esperar para el siglo XXI. En ella se reflejan “muchas de las cosas que Berger quería para sus hijos y también para sus nietos”, señala Coixet.
“La vida a partir del año 2000 fue mucho más oscura de lo que Berger y Tanner imaginaron entonces. El neoliberalismo se impuso como sistema hegemónico y el planeta se convirtió en una gran fábrica, en una macrogranja, en un gran matadero. El mundo de hoy, con nuestro pensamiento pixelado, se parece más al de “1984” de Orwell que a cualquier utopía soñada. Nuestra sordera nos impide oír el lamento de Gaia. Transformar el mundo pasa hoy por lograr que la Tierra sea habitable para todos”, reflexiona Morales.
Señala la directora catalana que fue una obra de Berger, Modos de ver, el origen de su relación con el autor. “El libro me cautivó, me pareció una revelación: no solo por su manera de ver el arte, sino por cómo se incorpora la vida, la lucha de clases, con una claridad y una poesía que no desdeña las cosas que no se pueden decir. Articuló ideas que yo tenía en la cabeza...”, explica.
La admiración fue mutua, pues tiempo después recibió un mensaje por fax de Berger en el que le hacía saber lo mucho que le había gustado su película Cosas que nunca te dije. Fue ahí donde comenzó la relación de amistad entre ambos. Muchas cartas y algunos encuentros que la directora catalana rememora, uno en el que ambos visitaron una cárcel de mujeres en Barcelona, donde él les leyó a las presas fragmentos de su libro De A para X, una historia contada a través de cartas. Y otro, que califica como uno de los recuerdos más importantes de su vida: una visita nocturna al Museo del Prado en la que pudo ver cómo a su acompañante “se le llenaron los ojos de lágrimas” cuando se acercaron a los cuadros de Goya.
Coixet, que dedicó a John Berger su película La vida secreta de las palabras, reconoce cómo le ha influido en su manera de mirar. “Ha sido fundamental. Era algo que estaba en mí, pero que su obra despertó de alguna manera, como el hecho de no desdeñar lo pequeño y contar el mundo a partir de ahí…”, confiesa.

De la charla con la cineasta me agrada la parte en la que esta baja un poco del pedestal al creador, lo aleja de esa especie de tentación por santificarlo que detecta Javier Morales. Pese a ser “un tipo muy sabio y divertido”, John Berger “no era la madre Teresa de Calcuta”, declara Coixet, tras referirse a los muchos amigos que tenía, a lo acaparadores que eran algunos, y antes de detenerse en su capacidad para acercarse a todos los ambientes y estratos sociales, no solo a los más oprimidos. “Era alguien que te inspiraba. De verdad que le gustaba vivir. Podía estar en Gaza comiendo humus cinco días, pero también le gustaba el champán y el caviar. Todo eso forma parte del encanto”.
Isabel Coixet reconoce cómo le ha influido Berger; “Ha sido fundamental. Era algo que estaba en mí, pero que su obra despertó de alguna manera, como el hecho de no desdeñar lo pequeño y contar el mundo a partir de ahí…”,
Son más las personas que participan en este trayecto y se suman otras a las que alude su autor como referencia (Antón Patiño, Lali Bosch, Ixiar Rozas, Antonio Muñoz Molina, Jorge Riechmann). Un trayecto que incluye una visita a Yves, el hijo de Berger en Quincey. Todos aportan su manera de leer, de ver, a John Berger. Pienso ahora, mientras escribo estas líneas, lo mucho que se me aparece el autor en lecturas recientes: en el ensayo Pánico y ternura de la autora chilena Paz López, que ocupa otra página de este número de Lecturas Sumergidas; en Mi refugio y mi tormenta, memorias de la escritora india Arundhati Roy, que le define como “uno de los escritores más sensibles, atentos y maravillosos” que ha conocido, reconociendo lo mucho que la ayudó a creer en su trabajo.
El viaje que es Mientras quede a una rosa nos lleva a conocer mejor a John Berger y, sobre todo, a querer seguir conociéndolo por nosotros mismos, a buscarlo en su obra. Aunque leer el libro ya nos ofrece suficientes motivos para acercarnos a este creador tan versátil, le pregunto a Javier Morales por sus argumentos para convencer a un lector indeciso y por los títulos con los que, a su juicio, debería empezar a abrir las puertas de su territorio. He aquí sus respuestas:

– Sus libros nos enseñan a mirar de otra manera el mundo y la vida. Por un lado, están llenos de belleza, una belleza híbrida, pues le encantaba mezclar los géneros, que no hubiera fronteras definidas, como debería ser el mundo en realidad. Su mirada nos alienta a la rebelión, a pesar de que las noticias que nos llegan son cada vez más tristes y desesperanzadoras, con una vuelta a los fascismos y regímenes totalitarios. Berger supo actualizar el marxismo, como análisis de la realidad del capitalismo, depredador y extractivista de recursos y de vida, pero supo hacerlo sin renunciar a la ambición estética y, tampoco, al misterio, a lo sagrado. En su opinión, uno de los principales fallos del marxismo había sido precisamente dejar de lado lo sagrado, en un sentido amplio, sin relacionarlo con las religiones oficiales. Y creo que es una tarea de todos, concebir la vida tal y como conocemos como un milagro, en la que deberíamos agradecer a la naturaleza, de la que formamos parte, los dones que nos ha dado, como hacen muchas culturas nativas en América, por ejemplo. Frente al nihilismo actual, la desidia o la impotencia, el bajar las manos en señal de derrota, Berger nos propone fracasar mejor, como pedía Beckett, y una rosa.
– Fue un hombre con una trayectoria tan amplia, desde el ensayo de arte a la novela o el guion cinematográfico, que el acercamiento puede llegar por varias vías. Desde luego, para conocer su faceta como crítico de arte, uno de los más importantes del siglo XX junto a Susan Sontag, yo leería “Mirar” y “Modos de ver”, basados en su famosa serie para la BBC. Como narrador, alguien que supo anticiparse a la desaparición del campesinado y la cultura campesina, comenzaría sin duda con “Puerca tierra”, el primer libro de su trilogía “De sus fatigas”. Describe ahí el modo de vida campesino y sus principales amenazas, entrevera narración con poesía y un ensayo final, de aliento marxista, que sigue siendo terriblemente actual pues denuncia cómo el agronegocio se ha hecho con la agricultura del mundo y cómo puede haber agricultura sin agricultores.
Mientras quede una rosa. Miradas de John Berger, ha sido publicado por la editorial cuatro lunas.
John Berger. Encuentros y despedidas, ha sido publicado por Alianza editorial, con traducción de José Luis Moreno-Ruiz.









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