Puentes literarios, libros especiales

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Por Emma Rodríguez © 2015 / En Visión de la memoria Tomas Tranströmer ve su vida como un rayo de luz con forma de cometa, con cabeza y cola. “La extremidad más intensa, la cabeza, es la infancia y los años de crecimiento. El núcleo, su parte más densa, es la más temprana infancia en la que los rasgos más importantes de nuestras vidas se definen. Intento recordar, intento deslizarme hacia allí. Pero es difícil moverse en esas densas regiones, es peligroso; siento como si me acercase a la muerte. Hacia atrás el cometa se adelgaza –es la parte más larga, la cola. Se hace más y más densa pero también cada vez más ancha–. Ahora estoy en el extremo de la cola del cometa, tengo sesenta años cuando escribo esto”.

Es bellísima, muy plástica, la manera en la que el poeta sueco se acercaba, con su capacidad innata para descifrar el misterio, a las fases, al recorrido de la existencia, de una existencia que se apagó hace apenas unos meses, el 26 de marzo de 2015, cuando contaba 84 años de edad. No puedo evitar ahora, tras interiorizar sus palabras, pensar en Tranströmer alzándose muy alto, hacia las nubes, como una cometa luminosa. Visión de la memoria es una entrega que nos atrapa en su sencillez y en su verdad. Aunque el libro fue publicado en España por Nórdica en 2012, acabo de descubrirlo en una reciente visita a una de las librerías más bonitas de Madrid, Cervantes y Compañía. Me esperaba en los estantes. El azar, ese azar que tanto me acompaña en los asuntos de los libros, de la vida, hizo que brillara para mí, como una estrella cercana, pese a su delgadez, a su portada en blanco, poco llamativa entre el resto de volúmenes.

Tranströmer, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2011, atrapa sus recuerdos sin pretensiones, desde la más absoluta humildad, con un estilo cristalino, despojado, en el que resaltan esos toques de lucidez, de deslumbramiento, en los que reconocemos al gran poeta, al hombre que buscó siempre el enigma, el milagro, la parte secreta de la vida. Bastan algunos de sus títulos para confirmarlo: El gran enigma, Secretos en el camino… En esta obra autobiográfico el autor deja constancia de ello, al rememorar los veranos infantiles que pasaba en la isla de Runmarö, siempre de excursión, al aire libre. Allí, nos cuenta, tuvo “muchas vivencias de la belleza”, sin enterarse de ello. “Me movía en el gran misterio. Aprendí que el suelo estaba vivo, que hay un interminable mundo reptante y volador que vivía su propia, rica vida, sin preocuparse lo más mínimo de nosotros”.

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Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015

Deslizándose hacia atrás, hacia las regiones densas y dormidas de la infancia, el poeta captura en su red, cual mariposa, la primera imagen, el primer sentimiento de su niñez, el orgullo que experimentó al cumplir tres años, cuando alguien le dijo que ese día tenía su importancia porque ya era grande. Las distintas casas en las que vivió de niño en Estocolmo, los años de colegio, la primera vocación por la ciencia, el gusto por visitar museos y coleccionar insectos, el divorcio de los padres, que lo hacía sentir tan diferente entre los compañeros de clase, el autoritarismo de algunos profesores, que en aquella época recurrían al castigo físico, la muerte de uno de sus primeros amigos, los miedos nocturnos, los poemas de iniciación…

“Me movía en el gran misterio. Aprendí que el suelo estaba vivo, que hay un interminable mundo reptante y volador que vivía su propia, rica vida, sin preocuparse lo más mínimo de nosotros”, escribe Tomas Tranströmer en sus memorias de infancia.

Todo queda registrado en este libro que tomamos en nuestras manos como quien accede a un cofre secreto, guardado durante mucho tiempo. Sobre sus páginas planea la sombra de la II Guerra Mundial, el fantasma del nazismo que recorrió Europa y cuyas garras el niño Tranströmer descubrió enseguida, consciente de que a su alrededor muchos veneraban a las tropas de Hitler.

Era la primavera de 1940. Yo era un muchacho flaco de nueve años que se inclinaba sobre el mapa de la guerra en los diarios, en donde las ofensivas de las divisiones acorazadas alemanas estaban representadas con flechas negras. Las flechas penetraban en Francia y vivían también como parásitos en nuestros cuerpos enemigos de Hitler. Yo me contaba realmente entre ellos. ¡Nunca estuve tan seriamente comprometido en política!”, relata. Y más adelante: “Mis instintos “políticos” estaban enfocados directamente hacia la guerra y el nazismo. Para mí se trataba de ser pro-nazi o anti-nazi. La extendida tibieza de los suecos, el oportunismo incipiente, eran cosas que yo no entendía. Yo lo interpretaba como un apoyo no formulado a los Aliados, o como el nazismo disfrazado. Cuando me daba cuenta de que alguna persona que me agradaba era “amigo de Alemania” sentía inmediatamente una terrible presión en el pecho. Todo terminaba allí. Ya no podíamos tener cosas en común.

Resalto esta parte porque me parece interesantísima la manera en la que el niño va descubriendo por sí mismo, a través de la poca información que le llega, de las palabras, silencios y gestos de los mayores, de su poderosísima intuición, lo que está sucediendo a su alrededor. Una intuición para percibir el mal que otros no veían. Tranströmer nos permite acceder al cofre de su memoria. Son muchas las bellezas de esta pequeña obra “mayor” que nos vamos encontrando a medida que la recorremos. Hay otro episodio en la que vemos al pequeño, futuro poeta, perdido en Estocolmo, tras un concierto escolar. En el tumulto de la salida se soltó de la mano de su madre y se quedó solo en el anochecer. “Allí estaba yo, privado de todo amparo. Había gente a mi alrededor, pero todos estaban ocupados en sus cosas. No había nadie a quien aferrarse. Fue mi primera vivencia de la muerte”, nos cuenta.

Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015

La muerte está muy presente en este libro donde destaca la figura del abuelo. El abuelo que tanto le influyó y que cuando el niño volvió a casa a pie, tras lograr la hazaña de desandar de noche el camino que había hecho en autobús, mientras su madre, desesperada, estaba en la comisaría siguiendo su búsqueda, le recibe con toda naturalidad, como si no hubiera pasado nada, sin dramas.

La muerte, la infancia, la figura del abuelo, me llevan, a través de uno de esos fabulosos puentes literarios que tanto me gustan, a otro libro delicioso, muy especial. Se trata de Los amigos, la primera novela de la autora japonesa Kazumi Yumoto, publicada por Nocturna Ediciones y dirigida a todos los públicos, a mayores y a adolescentes que, sin duda, se sentirán muy identificados con las preguntas de los tres muchachos protagonistas, tres avezados investigadores que siguen a un “viejo” (así se le denomina todo el rato), para estar presentes en el momento de su muerte y acercarse algo más al misterio del acto final.

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Con humor, con ternura, también desde la sencillez, la autora, deudora de esa capacidad de la literatura nipona para transmitir la conjunción milagrosa entre las emociones y los ritmos de la naturaleza, maestra en el arte de contar las cosas importantes de la manera más simple (cualidad que ella traspasa a Yamashita, uno de sus personajes), consigue que nos acerquemos a las distintas fases de la vida, al cometa del que habla Tranströmer. Lo logra poniendo en pie un conmovedor diálogo entre generaciones, porque los niños, tras días y días espiando al anciano, que los acaba pillando y se muestra huraño en un principio, acaban  descubriendo todo lo que pueden aprender de su experiencia, de su sabiduría, a la vez que hacen que renazca en él el amor por una existencia de la que ya no parecía esperar nada.

Con humor, con ternura, también desde la sencillez, Kazumi Yumoto, autora de “Los amigos” y una maestra en el arte de contar las cosas importantes de la manera más simple, consigue que nos acerquemos a las distintas fases de la vida, al cometa del que habla Tranströmer.

Los amigos, llevada al cine por el director japonés Shinji Somai, es, una entrega sobre la amistad. Tranströmer dice en un momento de sus memorias de infancia que su abuelo era a su amigo, pese a la enorme diferencia de edad. Aquí los niños encuentran en el viejo al amigo que necesitan. Es él quien les facilitará emprender el camino del crecimiento y entender el proceso transformador de la vida.

Hay en la novela un momento revelador en el que el anciano se encuentra, por mediación de los niños, con una vendedora de semillas de su misma edad y de su mismo pueblo. Los dos se ponen a recordar y el pequeño que narra la historia, el larguirucho Kiyama, se sorprende de que hablen y hablen sin parar, “como si las historias no tuvieran fin”. “A mí me fascinaba la cantidad de información que había dentro de aquellos dos”, relata. “Quizá sea divertido ser viejo, porque cuanto más viejo eres, más recuerdos tienes. Y aunque el propietario de esos recuerdos se muera, los recuerdos permanecen, flotan en el aire, se disuelven en la lluvia y penetran en la tierra. Y a lo mejor entran después en el corazón de alguien que pasa por allí. Quizá los recuerdos sean también traviesos y les guste hacernos creer que hemos estado antes en algún sitio, cuando en realidad es la primera vez que pasamos por allí”.

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Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015

De recuerdos está lleno también otro libro tesoro, que acaba de publicar Alfaguara. Me refiero a Rondó para Beverly, firmado por el escritor John Berger y su hijo Yves, quien ha seguido una de las pasiones de su padre, la pintura. Se trata de una obra que también gira en torno a la muerte y a su estela, al enriquecedor legado que nos dejan los seres queridos que se van. Se trata de la historia de un gran amor contada desde el corazón, pero sin sentimentalismos, desde la verdad del lenguaje poético, desde la expresividad de los pinceles.

Padre e hijo escriben una elegía a la madre que acaba de morir. Y lo hacen con la palabra, con el dibujo. Ya desde la fotografía que abre el libro, una imagen del estudio de Beverly –la estancia vacía, en silencio, con la luz filtrándose por la ventana– sentimos el poder de la memoria, la calidez de esos lugares en los que se quedan suspendidos los afectos verdaderos, la plenitud de lo vivido. “Te fuiste hace cuatro semanas. Anoche volviste por primera vez. O, para decirlo de otro modo, tu presencia sustituyó a tu ausencia. Estaba escuchando una grabación del “Rondó nº 2 para piano (op. 51)” de Beethoven. Durante casi nueve minutos, por lo menos, fuiste ese rondó, o ese rondó se convirtió en ti. Contenía tu levedad, tu persistencia, tus cejas arqueadas, tu ternura”, escribe Berger.

Rondó para Beverly, firmado por el escritor John Berger y su hijo Yves, es una obra que gira en torno a la muerte y a su estela, al enriquecedor legado que nos dejan los seres queridos que se van. Se trata de la historia de un gran amor contada desde el corazón, pero sin sentimentalismos, desde la verdad del lenguaje poético, desde la expresividad de los pinceles.

Son muchos los pasajes reveladores, hermosísimos, en este libro donde el autor de obras como Puerca tierra y Una vez en Europa confiesa haber tenido muy presente al poeta palestino Mahmud Darwish (En presencia de la ausencia se titula una de sus obras esenciales). En la conversación que mantiene con Beverly, Berger le recuerda una comida con Darwish en un restaurante de Ramala, o tal vez en alguna otra ciudad que no logra precisar. Le falta ella para que le confirme con exactitud dónde tuvo lugar ese encuentro en el que a “una turbulenta discusión” siguió la lectura pausada que Darwish hizo de uno de sus poemas. A sus versos recurre Berger para pensar en la muerte, en la tierra, en lo que se siembra… La imagen de Beverly regando sus plantas ha desatado los recuerdos en este caso. Partir de imágenes, de sensaciones, es el mecanismo que utiliza el autor para tirar del hilo de la cometa, para sostenerlo, para impedir que desaparezca del todo.

Cierro los ojos y veo tus repeticiones, tus estribillos…”, escribe Berger, quien agradece a su mujer todo lo que le enseñó en el largo recorrido juntos, todo lo que fue capaz de transmitirle desde la valentía con la que asumió el final de su vida. “No sé si lo que te voy a decir ahora lo sabías o no. Hay muchos niveles de conocimiento y, muchas veces, el conocimiento en sus niveles más profundos no tiene cabida en las palabras o en los pensamientos”, le dice, intentando atrapar lo que sentía cuando ella ya no se podía valer por sí misma, esa percepción de la belleza que le embargaba al verla incomparablemente bella” en la enfermedad. “Esa belleza incomparable emanaba de tu valentía”, asegura.

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Igual que Tranströmer, John Berger, en compañía de Yves, nos ha regalado otro cofre secreto. Y lo mismo puede decirse, aunque no se trate de una entrega confesional, de Los amigos, de Kazumi Yumoto. He pasado de una entrega a otra como quien cruza puentes, ese tipo de puentes que una vez traspasados nos hacen cambiar las tonalidades y los efectos del paisaje. El título de este Diario alude a puentes literarios, a libros especiales que también, como en otras ocasiones he hecho, podemos denominar transformadores. Os puedo asegurar que durante el tiempo que duró la lectura de las tres obras que aquí os recomiendo, salí por una puerta que daba a una región diferente a aquella en la que me encontraba cuando empecé el recorrido. Os animo a que probéis.

Emma Rodríguez por Nacho Goberna © 2015

Los libros que recomiendo en esta Ventana son:

– Visión de la memoria, de Tomas Tranströmer, editado por Nórdica Libros y traducido por Roberto Mascaró.

Los amigos, de Kazumi Yumoto (Nocturna Ediciones), traducido por José Pazó Espinosa.

– Rondó pars Beverly, de John e Yves Berger, editado por Alfaguara, traducido por Pilar Vázquez.

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Todas las fotografías de Emma Rodríguez fueron tomadas por Nacho Goberna © 2015 en la librería “Cervantes y compañía” de Madrid (Calle del Pez).

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