Foto de cabecera (c) Adolfo Frediani /
Emma Rodríguez © 2025 /
“En ese acceso, a través de la invención, a lo que el recuerdo no posee estriba precisamente la fuerza brutal de la novela. Que casi siempre se desinteresa de la realidad y aporta siempre la verdad…”
Quien lo señala es el narrador en primera persona de El aniversario, la última entrega del escritor italiano Andrea Bajani, una novela a la que le bastan 150 páginas para poner patas arriba una idea profundamente arraigada, la de que la familia es una institución sagrada a la que se debe veneración, que merece todos los sacrificios, los silencios. Con un estilo sobrio, contenido, que en momentos puede resultar frío, distante, pero que es capaz de tocar los fondos de la emoción de manera dolorosa en ocasiones, consigue el autor que una pesada puerta se abra ante nosotros, la puerta de un asunto que parecía intocable, la de un tabú persistente, mantenido a salvo generación tras generación.
¿Por qué no podemos romper con los lazos familiares si nos duelen? ¿Cuánto sufrimiento, abuso, humillación, hay que soportar por el bien de la familia? ¿Dónde poner los límites ante el maltrato, tanto físico como emocional, de los progenitores? ¿Por qué los vínculos de sangre deben ponerse por delante de la búsqueda de la felicidad? ¿Por qué olvidamos tan a menudo la importancia de protegernos, de cuidarnos a nosotros mismos? Todas estas preguntas, que curiosamente no solemos plantearnos en el día a día, salen a la luz al leer esta novela que, sin duda alguna, ha tocado un asunto casi secreto, el del dolor que provoca en muchos casos la familia, una estructura indiscutible, cuyos pilares se afianzan sobremanera en una tradición católica donde la resignación y el perdón resultan esenciales.
“La idea de que los vínculos familiares no pueden romperse, por muy dañinos que sean, sigue profundamente arraigada. Si una relación de pareja es abusiva, puedes dejarla. Si una amistad te hace daño, puedes alejarte. Pero si es tu madre, tu padre, tu hermano… entonces no puedes. Hay una noción arcaica que dice que la sangre es destino. Y lo que yo planteo es que no debería serlo”, tomo estas palabras del autor de una entrevista reciente en “La Marea”.
En El aniversario, obra ganadora del Premio Strega, el protagonista consigue decir no, toma conciencia de la manera en la que la violencia del padre y la sumisión de la madre están afectando a su mente, a su cuerpo, a su vida; decide huir de lo que le hace daño, poner tierra por medio, intentar reconstruirse en otro lugar, junto a otras compañías. “¿Es posible abandonar a los padres? O mejor dicho, ¿podemos sustraernos a ellos, quitando simplemente nuestro cuerpo de en medio con un gesto rotundo y definitivo? ¿Y condenarlos a vivir el resto de sus días, por así decirlo, con un miembro fantasma?”, se plantea en un momento dado.

Estamos ante una novela poderosa, valiente, llena de grandes interrogantes, que me atrevo a decir puede despertar conciencias aletargadas, incluso provocar cambios de rumbo. Su potencia se percibe en la incomodidad que provoca, en esa zona en penumbra de la existencia sobre la que Bajani sabe poner el foco, con su don para levantar las capas de lo escondido, de lo que sucede al cerrar las puertas, en el ámbito de lo privado. Creo que no pocos lectores reconocerán, en mayor medida, gestos, escenas, frases, actitudes…
La familia patriarcal, sus reglas, sus sombras, nos han marcado y siguen haciéndolo. En un presente, en el que tantos nuevos cauces se han abierto hacia la aceptación de otros tipos de familia no tradicional, estamos expuestos a movimientos reaccionarios que los ponen en peligro; que reivindican el papel masculino autoritario e idealizan la figura de la mujer como cuidadora de los hijos y del hogar. Puede que desde la psicología, la sociología y otras áreas se hayan abordado todo esto, pero pienso que la literatura puede aportar algo distinto, puede ser llave para abrir los férreos candados del corazón, para romper los complejos senderos emocionales.
“¿Es posible abandonar a los padres? O mejor dicho, ¿podemos sustraernos a ellos, quitando simplemente nuestro cuerpo de en medio con un gesto rotundo y definitivo?, se plantea el protagonista de «El Aniversario», una novela poderosa de Andrea Bajani.
También otra de las protagonistas de este número de Lecturas Sumergidas, Arundhati Roy, afronta el tema de la violencia familiar en Mi refugio y mi tormenta, libro de memorias en el que intenta descifrar la compleja relación con su madre, pero lo hace desde un punto de vista diferente, el de la aceptación y la comprensión, aunque hay un momento de ruptura, de huida, que la autora tuvo que acometer en un momento dado para salvarse, para poder seguir adelante. Aquí me permito hacer un inciso para reflexionar, una vez más, sobre las conexiones entre lecturas, sobre los puentes que, de manera azarosa, se abren ante nosotros.
Roy y Bajani están tocando una piedra firmemente fijada al suelo, a la mente, cada uno a su manera. Lo hacen con lenguajes y formas muy alejadas entre sí, pero son capaces de desplazarla un poco, de mostrar sus vetas, de agrietar su estructura aparentemente uniforme. La autora india recorre su vida, aunque nos invita a leerla como una novela; el escritor italiano parte de elementos biográficos que son sometidos al escalpelo de la ficción, haciendo cortes precisos para lograr que emerja lo no conocido, lo oculto. Frente a la potente figura de la madre de Roy, la del narrador de la novela de Bajani vive a las sombras del padre, por lo que para sacarla de esa zona, donde casi es invisible, se hace necesario romper la urna de silencio, de obediencia, de irrelevancia, recurriendo a los mecanismos de la invención.
Se trata de construir para ella una historia propia, de rescate, con capítulos y pasajes imaginados, que parten de pequeñas pistas, de comentarios de terceros, dando pie a escenas y diálogos que podrían haber sido, resaltando los pocos momentos en los que fue ella misma, en los que tuvo iniciativa, en los que disfrutó en compañía de alguna amiga o fue refugio para sus hijos. Es ahí, en esos breves episodios de ligereza, de cierta libertad, caso del periodo donde decidió trabajar como cajera de un supermercado y se sintió autónoma, donde asoma un poco de felicidad, donde la distancia se acorta y se vislumbra la mirada tierna del hijo hacia la madre.
”Si nunca he escrito sobre mi madre, ni nunca me he parado a pensar en ella, es porque para hacerlo hace falta extirparla de mi padre. Lo que implica una operación de delicada, que requiere una actitud quirúrgica y precisión, un bisturí gramatical (…) Extirpar a mi madre de mi padre significa, literalmente, sustraerla a la invasión con la que la figura de mi padre se ha impuesto sistemáticamente en nuestro imaginario, quemando nuestra retina con el soplete de la autoafirmación victimista y condicionando sin remedio nuestra visión. O sea, dejando en la oscuridad todo lo que no era él. En primer lugar a ella, ya predispuesta a desaparecer. Si hay piedad filial en mí, estriba en lo despiadado de ese intento de sustracción a la oscuridad, el acto cruel de sacarla a plena luz”, transcribo este pasaje que os puede dar idea de la potencia de la historia de la que os estoy hablando, de la voz que la cuenta, de su estilo (me detengo en palabras como precisión, actitud quirúrgica, precisión gramatical).

El ejercicio de decir lo que podría parecer indecible con las palabras justas parece haber sido clave para Andrea Bajani, al que descubrí con El libro de las casas, novela con la que me conquistó, una original historia con la que repasa la vida de su protagonista a través de las distintas casas en las que ha vivido, al tiempo que recorre la historia de la Italia reciente, que se cuela en la cotidianidad de las vidas, en las pantallas de los televisores, incidiendo en dos capítulos clave, los destinos trágicos de Aldo Moro y Pier Paolo Pasolini.
En El libro de las casas ya aparece el narrador de El aniversario. El niño, el adolescente, indefensos ante el autoritarismo y la violencia del padre; el joven que acomete una mudanza tras otra, que busca asentar los cimientos de una vida propia, es el mismo que ahora cuenta con más detalle las circunstancias opacas, la determinación firme de poner tierra por medio para poder salvarse.
La política entra en las novelas del escritor. ¿Cómo no tenerla en cuenta si tanto influye en nuestras vidas, si tanto las condiciona?, me pregunto. El modelo patriarcal que se expone en esta novela, en la que la madre ni siquiera tiene poder de mando en los espacios interiores, en el hogar, a diferencia de otras familias, es comparado con el totalitarismo, con los regímenes autoritarios. Es fácil establecer un paralelismo entre la figura femenina principal de la novela y la ciudadanía sujeta a la ley y al orden de poderes absolutos. El padre es como el dictador que siente la necesidad de atemorizar para sentirse venerado, amado. Y asoman sus debilidades, los fracasos en el mundo de fuera, en el terreno laboral y social, que encienden su ira.
El modelo patriarcal expuesto en esta novela, en la que la madre ni siquiera tiene poder de mando en los espacios del hogar, es comparado con los regímenes autoritarios. El padre es como el dictador que siente la necesidad de atemorizar para sentirse amado.
Una ira persistente, que hace evidente la desesperación, así como “un cuadro psíquico complejo y de un legado fascista negado, pero esencial en las conductas”, apunta el protagonista, abriendo una línea argumental interesante, sugerente, que nos lleva directamente a los usos y costumbres de la Italia de Mussolini, de la España de Franco, tan marcada por las directrices católicas, tan sacada a colación últimamente por sectores extremadamente conservadores que pretenden inocular en los más jóvenes la idea de que en ese pasado de ordeno y mando se vivía mejor, con más seguridad, con mejores infraestructuras. El ejercicio de la memoria es esencial para desmontar tales argumentos peligrosamente dañinos, pienso al hilo de todo esto, pero no quiero alejarme de la novela. ¿Me alejo o debo entender que, entre los dones de la ficción, está el de estimular la memoria y abrir cauces de reflexión?
El aniversario no es una novela cómoda, para nada. En ocasiones los episodios que se narran, los ambientes que se retratan, resultan sórdidos, asfixiantes. Las estrategias de convivencia en una situación de dominio; las sutiles formas que adquieren los silencios; la manera de los hijos (el narrador, la hermana) de afrontar la violencia, de observar el retraimiento de la madre cuando su marido levanta la mano a sus hijos, de tomar conciencia de formar parte de una familia rota, que nada tiene que ver con los cuentos de hadas de la publicidad capitalista, son parte fundamental del recorrido de esta historia que saca a la luz verdades soterradas, guardadas debajo de las alfombras; verdades que duelen porque podemos reconocernos en ellas, sentirnos identificados con determinados hechos, actuaciones que hemos vivido de puertas adentro u observado en lugares próximos.
no estamos ante una novela cómoda, para nada. En ocasiones los episodios que se narran, los ambientes que se retratan, resultan sórdidos, asfixiantes. El autor italiano saca a la luz verdades soterradas, guardadas debajo de las alfombras.
En toda familia herida, “desventurada”, los recuerdos oscuros se mezclan con esos otros en los que entra la luz, y son esos episodios de alegría, de dicha, a los que nos aferramos. Hay una tendencia a anteponer la bondad a las espinas, porque es demasiado duro aceptarlas. El narrador se refiere a que los episodios de violencia doméstica pasaban a convertirse en una especie de “alucinaciones” que podrían pasarse por alto en el conjunto del devenir familiar, una tendencia muy habitual.
Alude a ese tiempo que “una familia pasa junta, ese tiempo en que criar a los hijos y no dejarse desmontar por los acontecimientos siempre van unidos”. Y menciona la belleza de ciertos días que también recuerda: “Las pizzas de verano, los paseos por la montaña con mi padre, las tardes después de las competiciones de natación, la delicadeza que a veces advertía en sus manos, viéndolo bailar solo –convencido de que nadie lo veía– delante del tocadiscos que sonaba, las cartas que nos mandaba a la playa, su abnegación, su llevarme a hombros, mi nombre pronunciado por mi madre, la despreocupada normalidad de sentarme junto a ella, en la cocina, y decirnos cosas sin importancia, esa calidez”.

¿Cómo desentrañar el enmarañado ovillo de las emociones enfrentadas? ¿Hasta qué punto los recuerdos alegres deben anteponerse a los dolorosos y agazaparlos? Son preguntas complejas que esta novela abre. El cuestionamiento de lo aceptado, de lo que no suele ser objeto de las conversaciones corrientes, es el motor de esta historia que toca zonas delicadas en nuestro interior, en el discurrir de los sentimientos.
A diferencia de El libro de las casas, aquí el tiempo se acota. El grueso de la historia transcurre a finales de los años 70, en una Italia turbulenta –en 1978 tuvo lugar el asesinato de Aldo Moro–, en la que la familia, a causa de un traspiés laboral del padre, debe abandonar Roma y mudarse a un pueblo del Piamonte, cercano a Turín, lo que conlleva un proceso de adaptación a un entorno totalmente diferente en el que el anonimato de la urbe da paso al ojo vigilante de toda localidad pequeña.
Las tensas comidas en la mesa familiar, las llamadas telefónicas controladas, la falta de comunicación con el exterior, incluso con los familiares cercanos, dibujan un escenario cerrado, dañino, en el que también asoman las historias de los abuelos. Un territorio del que el protagonista se va alejando poco a poco, hasta desaparecer, en un proceso no exento de sufrimiento, que concluye en un sentimiento de liberación. En esa segunda parte de la novela, la del estudiante, la del joven que construye su propio hogar, su propia familia, basada en la igualdad, en el cuidado conjunto del hijo, resulta esencial la figura de una anciana y excéntrica terapeuta a la que solicita ayuda.
Los nudos en el estómago se van diluyendo, así como el pánico. La idea de que hay que huir de lo que hace daño se impone. No hay conclusiones felices, pero sí una idea de salvación, la sensación de haber salido de una especie de cárcel o haber superado una enfermedad, con el consiguiente periodo de convalecencia. El narrador se refiere a quienes emigran de sus familias, a quienes, aunque no sea frecuente que lo expresen, ponen kilómetros por medio para protegerse, para no apagarse, para no asfixiarse en sus ambientes dañinos. El protagonista de esta novela lo admite con rotundidad. Diez años después de haber dicho no, de haberse alejado para siempre, conmemora su liberación. Y confiesa ver a su madre, encontrarse con ella, en la cara de su pequeño hijo. Os decía que esta novela duele, añado ahora que también conmueve, estremece.
El aniversario, de Andrea Bajani, ha sido publicado por Anagrama, con traducción de Carlos Gumpert.









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