Fidel Oltra © 2025 /
Como ya he comentado en otras ocasiones, desde hace años (quizás ahora un poco menos) vengo notando una cierta tendencia a menospreciar la música de los 80 en comparación con la de otras décadas. De alguna forma se tiene la impresión de que había poca alma y demasiada tecnología, mucho hedonismo y poca implicación social. Aparte de que generalizar suele llevar a la equivocación, lo anterior podría ser medianamente cierto si nos ceñimos a cierto tipo de música, por ejemplo a las bandas y artistas mimadas de la MTV, pero incluso así no sería del todo verdad, más aún si hablamos del pop inglés. Los 80 fueron precisamente una década de lucha en Inglaterra, con las brutales políticas de Margaret Thatcher encontrando bastante oposición en el mundo de la música. Aunque son grupos a caballo entre los 70 y los 80, ahí están The Clash o The Specials como ejemplo de respuesta combativa entre los artistas de éxito. Si hablamos de solistas, Billy Bragg, Elvis Costello o el mismísimo Paul Weller representan también esa resistencia frente al neoliberalismo que llegaba para arrasar con todos los derechos sociales, empezando por la destrucción de los sindicatos.
Hay un grupo que el gran público quizás no sitúe en esa ala respondona de la música británica, pero lo estuvo. Hablo de The Housemartins, una banda que seguramente algunos recuerdan por éxitos como Happy hour o Me and the farmer. Para muchos puede que sea una pequeñísima nota a pie de página dentro del extenso y variado libro de la música de los 80. Sin embargo, sería un tremendo error etiquetarlos dentro de los artistas “no alineados” que simplemente se dedicaban a hacer pop de su tiempo sin pretensiones intelectuales ni proclamas políticas. Sí, The Housemartins fueron un gran grupo de pop, hicieron canciones pegadizas, situaron varios sencillos en el top-10 de las listas, tuvieron una vida breve y, pese a su imagen bonachona y simpática, para nada estaban faltos de conciencia social, como iremos viendo en este artículo que he querido dedicar a su corta pero intensa trayectoria.
El germen de The Housemartins se encuentra en la amistad entre Paul Heaton y Quentin Cook, dos chavales que se conocieron estudiando Secundaria en un pueblo del condado de Surrey. Paul Heaton, que había formado una banda de breve vida con su hermano Adrian y otro par de amigos, conoció a Quentin Cook (pronto rebautizado como Norman Cook) en un momento de gran efervescencia social en el Reino Unido. Lo habitual en aquella época, si querías mostrar descontento, era montar un grupo de punk a imagen y semejanza de The Clash, ejemplo de que el punk podía ser algo más que crestas de colores y gamberrismo nihilista. Aquella banda se llamó Stomping Pond Frogs y duró solo unos meses, ya que Cook se fue a la universidad y Heaton decidió largarse a hacer autoestop por la Europa continental.

Paul Heaton pasó un año largo vagando por diversos países europeos, empapándose de ideas musicales y sociales. A su regreso, en 1983, decidió instalarse en la norteña ciudad de Hull, lejos de los grandes centros culturales británicos. Un hecho sorprendente, dado que no tenía familiares ni conocidos allí, pero que llevaba consigo la convicción de que debía reivindicar sus raíces geográficas y culturales. Algo que podría haber hecho perfectamente en Liverpool, más cerca de su hogar materno, pero esa fue su decisión y a la postre, quizás gracias a ello, podemos estar hablando hoy de The Housemartins.
En Hull Paul Heaton conoció a Stan Cullimore, quien se encontraba estudiando matemáticas en la universidad. Juntos formaron un dúo que empezó tocando por las calles a cambio de algunos donativos y que en poco tiempo llegó a grabar una demo que llamó la atención del sello Go! Discs. Por aquel entonces, de la misma Universidad de Hull había salido otro dúo que daría bastante que hablar en los años siguientes: Everything But The Girl. En un principio Heaton y Cullimore siguieron ese camino de folk pop amable y sensible, pero algo ocurrió en 1984: la gran huelga de mineros.
Margaret Thatcher había puesto sus ojos en la minería, un sector deficitario y fuertemente subvencionado, para poner en práctica sus políticas neoliberales. Todo ello mirando de reojo a los sindicatos, cuyo poder quería reducir. la dirigente hizo todo lo posible para provocar un huelga que combatió con dureza a través de la NCB (Junta Nacional del Carbón). El gobierno británico se había preparado para afrontarla, logrando la desmovilización de una parte de los sindicatos, el agotamiento de los mineros y la desaprobación de buena parte de la población respecto a un parón de la actividad que tuvo momentos de extrema violencia.
Al final Thatcher resistió más y salió vencedora. Los sindicatos vieron muy menguado su poder, no se obtuvieron mejoras tangibles y el sector minero acabó siendo privatizado años después. Aquellos largos meses dejaron un recuerdo muy intenso en la memoria colectiva del pueblo británico, de lo que ha quedado constancia en la gran cantidad de libros y películas ambientadas en aquel periodo. El mundo de la música no fue ajeno a ello, empezando por un Paul Heaton que empezó a componer canciones de crítica social que, en su opinión, necesitaban más potencia sonora. Así, el dúo se amplió con la sección rítmica de otro grupo de Hull, The Gargoyles, formado por Ted Key (bajo) y Hugh Whitaker (batería). Su primer concierto como cuarteto fue en la propia Universidad de Hull.

Tras actuar en el famoso show de John Peel, The Housemartins grabaron un sencillo titulado Flag day. Una canción que puso las bases de lo que iba a ser prácticamente toda la discografía de la banda: un envoltorio atractivo para unas letras intensas y retadoras. La canción se abre con estos versos: “Demasiadas Florence Nightingales, demasiados pocos Robin Hoods”. Heaton criticaba a la monarquía, la situación económica, la política y el conformismo y la hipocresía de la sociedad británica. Para entonces el grupo, impulsado por Heaton, se había formado un ideario que combinaba cristianismo y marxismo, dos ideologías que, si examinamos bien los Evangelios, no están tan lejos como puede parecer hoy en día. Desde luego era una propuesta llamativa y desconcertante.
Tras publicar Flag day Ted Key abandonó el grupo. Heaton se acordó entonces de su viejo amigo Norman Cook y lo invitó a ocupar su lugar. Después de publicar otro sencillo, Sheep, que consiguió entrar en listas aunque en puestos bajos, The Housemartins lograron darse a conocer con su tercer lanzamiento, Happy hour. Una canción que triunfó más allá de sus expectativas y que llegó a sonar en las radios universitarias de los Estados Unidos y también en emisoras españolas. Aunque su título pueda resultar hedonista y su sonido amable, en realidad se trata de otra ácida crítica a las costumbres británicas. Que sea una canción tarareable y pegadiza, y que su llamativo vídeo apareciera habitualmente en los programas musicales, no debería escondernos la inteligente, ácida y profunda ironía de su letra.
The Housemartins estaban ya preparados para dar el gran salto, y ese mismo año de 1986 publicaron su primer álbum titulado London 0 Hull 4. Un título con muy variadas interpretaciones, desde las musicales hasta las futbolísticas, pero siempre con esa reivindicación del norte frente al sur que Heaton tenía metida entre ceja y ceja. En el disco había canciones cuyos títulos no dejaban lugar a dudas como Get off your knees, un llamamiento a levantarse y dejar de estar arrodillado, o la propia Sheep. Por supuesto estaba la exitosa Happy hour, la primeriza Flag day, y otra canción que no llegó tan alto en las listas como Happy hour, pero que también tuvo bastante repercusión: Think for a minute Un tema en la línea musical de grupos como The Smiths o R.E.M., que de nuevo resulta engañoso si solo nos limitamos a admirar su belleza musical.
Para empezar, la canción se abre con toda una declaración de intenciones: “Algo está ocurriendo, está teniendo lugar un cambio”. Aunque nadie que la escuchara aquí, en las emisoras españolas y sin entender la letra, podría imaginarse que era una canción política, esos dos versos iniciales recogen la herencia de temas como The times they are a-changin de Bob Dylan, A change is gonna come de Sam Cooke y What’s goin’ on de Marvin Gaye. Casi nada, ¿verdad? Tenlo en cuenta para la próxima vez que alguien mencione a The Housemartins como ejemplo del pop inofensivo y pusilánime de los 80.

Por cierto, he hablado antes de la peculiar mezcla de ideas cristianas y marxistas que pululaban por el ideario de Paul Heaton y, por extensión, del grupo. Si tienes a mano una copia de London 0 Hull 4 podrás ver que en su parte posterior aparece el siguiente mensaje: «Take Jesus – Take Marx – Take Hope«. Esa conciencia social y cristiana les impedía alinearse con partidos políticos concretos. Así, aunque tenían clara su oposición a las políticas de Margaret Thatcher, tampoco se unieron a aquel movimiento llamado Red Wedge, que, impulsado por gente como Billy Bragg, Paul Weller o Jimmy Sommerville, buscaba llevar a los laboristas al poder. Una negativa que seguramente juega a favor de esa injusta fama de grupo insustancial y orientado al simple entretenimiento que, quienes no les conocen a fondo, suelen atribuirles.
Otra muestra de su elegancia, buen gusto, conciencia política y amor por la música negra, que no he mencionado, pero que queda claramente recogido en su primer disco, es su costumbre de interpretar a capella, en sus conciertos, algunos clásicos del soul. Por ejemplo People get ready, del gran Curtis Mayfield y sus Impressions. Una canción que aparece en posteriores reediciones de London 0 Hull 4, aunque nunca lanzaron como sencillo. Sí que lo hicieron con otra versión, la del Caravan of love de Isley-Jasper-Isley, más o menos la mitad de los Isley Brothers que triunfaron en los 60 y 70.
Caravan of love era una canción que, como muchas otras antes en la tradición del soul, buscaba lanzar un mensaje de cristianismo social, algo muy en la línea del pensamiento de The Housemartins. Era la canción perfecta para que Heaton y sus colegas hicieran una versión y, esta vez sí, la publicaran como sencillo. Una gran jugada que le dio al grupo su primer y único número 1. No solo en Inglaterra, también en Suecia, y ocupando el top-5 de Países Bajos, Bélgica, Holanda, Suiza… No tengo información sobre el puesto que alcanzó en España, pero sí conservo un claro recuerdo de haberla escuchado en su momento en la radio.
En ese periodo entre sus dos únicos álbumes, Hugh Whitaker dejó el grupo y sugirió a su amigo Dave Hemingway como sustituto a la batería. Con esa formación The Housemartins grabaron su segundo disco, The People Who Grinned Themselves To Death. Antes de publicarlo lanzaron dos adelantos: Five get over excited y Me and the farmer. Aunque la segunda sonó más aquí, la primera llegó algo más alto en las listas de éxito. Ninguna de las dos alcanzó el top-10, eso sí.
Me and the farmer es otro ejemplo más de que The Housemartins, aunque sonaran festivos, siempre incluían algún mensaje social en sus canciones. En este caso hablaban del trato injusto que los terratenientes daban a sus trabajadores. Del disco se extrajo un tercer sencillo, Build, que de nuevo es una canción con tendencia a ser malinterpretada. En un principio podría pasar por una suave balada romántica, pero en realidad habla de la voracidad de las constructoras británicas, que levantaban un edificio tras otro sin preocuparse de dónde, ni de las personas que los iban a habitar. Una preocupación, la de la construcción y la vivienda, que no tardaría mucho en llegar también a España. Estamos en 1987 y aquí, recién ingresados en la Comunidad Europea, todavía pensábamos que íbamos a atar perros con longanizas toda la vida.

El propio título del disco, que podría traducirse como «La gente que se sonrió a sí misma hasta la muerte«, indica que The Housemartins no estaban dispuestos a renunciar a la crítica social a pesar de haber alcanzado el éxito. El tema que le da título habla de esa gente, por desgracia tan habitual, que se limita a agitar la bandera y asistir a desfiles militares sin darse cuenta de que son peones en las grandes partidas, peones que serán sacrificados sin dudarlo cuando sea conveniente para el poder. El disco en su conjunto sigue esa línea que el grupo de Hull se marcó desde sus inicios: pop amable, comercial, con contenido social. Aparte de las canciones que salieron como sencillo, ya mencionadas, destacaría We’re not going back, que habla de avanzar y no mirar hacia tiempos pasados, la aparentemente divertida The world’s on fire y la preciosa The light is always green, ambas de nuevo con alguna pulla hacia la indolencia británica.
En abril de 1988 The Housemartins publicaron un sencillo no incluido en su último disco, There is always something there to remind me. La canción, que no debe confundirse con la de Burt Bacharach y Hal David, de gran éxito en los 60, era de nuevo una ácida crítica al sistema educativo británico basada en la propia experiencia de Paul Heaton. Aunque solo llegó al puesto 35 de las listas, no era de esperar lo que pasó apenas unos días después: The Housemartins anunciaron su separación, de manera amistosa, pero definitiva. O quizás sí era lo que tenía que suceder, porque en alguna entrevista los miembros del grupo aseguraban que su aventura iba a durar exactamente tres años, ni uno más ni uno menos.
Al final fueron cuatro, pero cumplieron con su palabra de que nacieron teniendo clara una fecha de caducidad. Algunos meses después salió un recopilatorio titulado Now That’s What I Call Quite Good, y eso fue todo. Norman Cook alcanzó el éxito con su proyecto Fatboy Slim, mientras que Heaton y Hemingway formaron The Beautiful South, junto a otros músicos que han ido entrando y saliendo del grupo. Cullimore, por su parte, montó una tienda de alimentación ecológica y se dedicó al periodismo y a escribir libros para niños. The Beautiful South, por cierto, estuvieron casi 20 años en activo, vendieron millones de discos y alcanzaron un enorme nivel de popularidad sobre todo en Gran Bretaña.
En definitiva, con una evolución hacia sonidos más sofisticados pero sin perder su esencia, The Beautiful South tuvieron más éxito que The Housemartins, aunque cualquier proyecto de Heaton ha sido siempre más o menos boicoteado por los medios británicos más conservadores. Lógico, porque allá donde ha ido siempre ha dejado bien nítidas sus convicciones, tanto en sus declaraciones públicas como en sus diferentes canciones.










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