Música para un fin del mundo con Prince, R.E.M., The Clash y otros

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Por Fidel Oltra © 2018 / Según un tal Mathieu Jean-Marc Joseph Rodrigue, el mundo tendría que haber acabado el 24 de junio de 2018. El teórico francés llegó a esta conclusión tras analizar profundamente la Biblia y su numerología, según ha asegurado. Ha sido, ya lo sabemos, una falsa alarma. Otra más que añadir a la larga lista de profecías que en las últimas décadas han tratado, en general sin ningún éxito, de atemorizarnos y hacernos creer que el Fin, así con mayúsculas, es inminente. Profecías que cada vez se suceden de una manera más acelerada, como si se tratara de adaptar un temor atávico al devenir de los vertiginosos tiempos actuales: el año pasado vivimos al menos tres o cuatro Apocalipsis, y el planeta Nibiru debía haberse estrellado contra La Tierra primero en una fecha, después en otra, y finalmente en otra más tardía. No lo hizo, claro.

Desde que en 1999 hubo una cierta inquietud por las famosas profecías de Nostradamus y sus sorprendentes coincidencias con la Guerra de Kosovo (dejan de ser tan sorprendentes y tan inquietantes cuando caemos en la cuenta de que siempre se revelan a posteriori), al tiempo que el llamado Efecto 2000 generaba preocupaciones más concretas y fundamentadas, casi cada año ha habido alguna predicción de un Fin de los Tiempos a la vuelta de la esquina. La más famosa es la de los Mayas y el año 2012, una profecía que contó con una amplia difusión mediática, incluyendo documentales y películas. No es, sin embargo, una moda actual: los que tenemos una edad hemos vivido toda la vida bajo la gran amenaza. Todavía recuerdo con cierto temor infantil la primera vez que leí, creo que en una colección de cromos, que el Fin del Mundo tendría lugar el año 2000. Yo tendría unos 8 o 9 años y me lo creí. Claro que antes había que sobrevivir al Apocalipsis previsto para 1979, luego al de 1983, y así sucesivamente. Siempre quedaba la esperanza de que tuviésemos la misma suerte que los que vivieron el terror milenario del año 999: llegó el 1000, luego el 1001, y no ocurrió ninguna calamidad más, aparte de las tristemente habituales en aquella difícil época.

Hay que admitir, sin embargo, que en lo que se refiere a 1983 las profecías estuvieron a punto de acertar debido a lo que hoy conocemos como el Incidente del Equinoccio de Otoño. En verano de aquel año, en plena reactivación de la Guerra Fría con la llegada de Reagan al poder en los Estados Unidos, la Unión Soviética derribó un avión de pasajeros surcoreano causando la muerte de todas las personas que iban a bordo, incluyendo algunas de nacionalidad norteamericana entre las que, parece ser, había un congresista. En la URSS, que había admitido el derribo pero afirmaba desconocer que se trataba de un aparato civil, se preparaban para la peor respuesta norteamericana posible: el temido ataque nuclear. Este pareció llegar pocos días después, el 26 de septiembre, cuando el sistema de alerta nuclear de la Unión Soviética informó del lanzamiento de misiles desde bases estadounidenses. Una vez confirmado que dichos misiles se dirigían hacia territorio soviético, la orden era responder de manera inmediata y total, incluso aunque esto llevara a una guerra nuclear a escala mundial. De hecho ese posible escenario tenía ya un nombre: Destrucción Mutua Asegurada. Stanislav Petrov, teniente coronel de guardia en el búnker desde el que se realizaba el seguimiento del sistema de alerta temprana, pensó en un primer momento que aquel misil solitario que se dirigía directo hacia ellos podría ser un error del sistema, que no había funcionado muy bien en las semanas anteriores. Sin embargo, poco después aparecieron otros cuatro misiles siguiendo la misma trayectoria. Petrov, a pesar de ello y de las órdenes recibidas, en un acto que le llevaría a ser un héroe en Occidente y un represaliado en sus propias filas, tomó la decisión más complicada: no hacer nada. Acertó, como después se demostró, y así provocó el error de la profecía de 1983. Curiosamente, unos meses antes se había estrenado una película llamada Juegos de Guerra que, además de lanzar a la fama a Mathew Broderick, recreaba el escenario de un posible conflicto nuclear debido a un fallo informático. Esa sí que estuvo a punto de ser una excelente y acertada profecía.

Prince en concierto en el estadio Thialf, Heerenveen, 5 de agosto de 1990 (Rex)

La música no era ajena a aquel ambiente apocalíptico. En 1982, un año antes del incidente de septiembre de 1983, el talentoso y visionario Prince había lanzado una canción, 1999, en la que exponía sus temores a lo que nos podría deparar el futuro tras la llegada de Reagan a la Casa Blanca y la escalada de amenazas entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Con la mirada puesta en el intimidante cambio de milenio, Prince parecía resignarse a la hecatombe («2000, party’s over, out of time») pero proponía que, si iba a haber un Apocalipsis, mejor que nos pillara de fiesta.

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Everybody’s got a bomb
We could all die any day

But before I’ll let that happen
I’ll dance my life away

(Todo el mundo tiene una bomba, podemos morir cualquier día, pero antes de que deje que eso pase bailaré la despedida de mi vida)

Quién sabe, quizás esa imagen de un cielo de color púrpura, de la lluvia radioactiva y gente corriendo, intentando huir de la destrucción, inspiró a Prince para componer el que sería su mayor éxito apenas meses después: Purple rain. En los 80, posiblemente la década apocalíptica por excelencia, no fue el genio de Minneapolis el único en ocuparse del extendido pánico nuclear. En 1986 un grupo sueco de hard rock llamado Europe causó estragos en las listas de éxitos de medio mundo con una canción llamada Final countdown. Un tema que nació cuando Joey Tempest, líder de la banda, escribió un épico riff de teclado con la idea de que funcionara como entradilla para sus conciertos, al estilo de lo que hacía Elvis Presley a principios de los 70, cuando salía al escenario al sonido del Así habló Zaratustra de Richard Strauss. Ese riff de teclado tuvo que esperar cinco años para convertirse en una canción completa que hablaba sobre un futuro en el que la humanidad se viese obligada a abandonar La Tierra. No está claro el motivo, para dirigirse a Venus. El tremendo riff de teclado que Joey tenía en la recámara desde hacía tiempo, además de un potente estribillo y, hay que reconocerlo, la atractiva imagen del grupo (muy en consonancia con lo que se llevaba en la MTV por aquellos años), llevaron a Europe a un nivel de éxito que no volverían a alcanzar jamás. La edulcorada balada Carrie, en el mismo disco que The final countdown, les consolidó en el recuerdo de muchos como los «two-hits wonder» por excelencia, aunque su carrera ha seguido hasta nuestros días con intermitencias y siguen publicando discos hoy en día que, en algunos casos y según sus seguidores, superan en calidad a sus éxitos de los 80.

Por supuesto el pánico nuclear no era nuevo en los 80. En los años 50 se materializó en una gran cantidad de novelas y películas de series B en las que la radioactividad producía efectos indeseables. Aquello era ciencia-ficción, pero en los 60 la crisis de los misiles en Cuba puso al mundo ante la realidad de la amenaza. Cuba, Vietnam, el asesinato de Kennedy, el verano del amor, la revolución del 68…aquellos años fueron especialmente atractivos para que los músicos con cierta conciencia social pudiesen protestar con sus canciones y reivindicar un mundo mejor. También para los que adivinaban un futuro negro para el mundo y usaban su música como un último llamamiento desesperado para hacer entrar en razón al ser humano. Es el caso de P.F. Sloan, un músico afincado en California que tocaba la guitarra y componía canciones desde los 13 años. Tras conocer al también compositor Steve Barri, decidieron formar un dúo sin demasiado éxito. Alguien, sin embargo, debió de ver potencial en sus composiciones, puesto que pronto se convirtieron en compositores y músicos de sesión para otros artistas de éxito como Jan & Dean. Uno de sus temas, Eve of destruction, fue ofrecido para The Byrds en un momento en el que estos triunfaban haciendo versiones de Bob Dylan, pero el grupo la rechazó. Otra banda entonces menos reconocida, The Turtles, la grabó sin demasiada repercusión. Fue un cantante de folk llamado Barry McGuire, que había estado con el conocido grupo The New Christy Minstrels, quien grabó la versión más conocida de la canción, a la postre el tema más conocido de su carrera. En Eve of destruction, compuesta en 1964, P.F. Sloan advertía de la deriva bélica y apocalíptica que estaba tomando el mundo. La Guerra de Vietnam todavía se veía como una especie de cruzada, aunque ya había protestas contra la intervención norteamericana, de forma que muchas emisoras entendieron la canción como un alegato antipatriótico, por lo que muchas se negaron a emitirla. Incluso así fue un éxito, y a partir de la segunda mitad de la década, cuando las tornas se cambiaron y se constituyó un importante frente antibélico, se convirtió casi en un himno.

El famoso Reloj del Juicio Final, cuyas manecillas se acercan o alejan de la medianoche en función de lo cerca que parece estar el mundo de su final, también ha inspirado numerosas canciones. Algunas de ellas tienen títulos tan explícitos como 2 minutes to midnight (Iron Maiden), Doomsday clock de Smashing Pumpkins, Minutes to midnight de Midnight Oil, o Seconds de U2. Grandes éxitos de los 80, que muchos bailamos y coreamos sin rubor en divertidas fiestas juveniles, hacían en realidad referencia al temido holocausto nuclear. Es el caso de 99  Red Balloons de los alemanes Nena, publicada en 1983 en alemán y, tras su imparable ascenso en listas, en inglés un año después. También de Two tribes de Frankie Goes to Hollywood o de Enola Gay, un tema de Orchestral Manouvres in the Dark (OMD, que tomaba su nombre del avión que lanzó la bomba de Hiroshima. Por cierto: tras unos años en los que las manecillas han llegado a marcar hasta diecisiete minutos para la medianoche, el reloj está ahora a solo dos minutos, como cantaban Iron Maiden, del temido Doomsday.

R.E.M.

Por supuesto no todo iba a ser pánico y desesperación. Como siempre, si tenemos que hacer caso a los psicólogos, lo que nos afecta no son las cosas que nos pasan sino cómo nos las tomamos. Michael Stipe, de R.E.M., llevó esta máxima al extremo tras sufrir unas pesadillas sobre un fin del mundo inminente, combinadas con otros sueños caóticos en los que se veía en una fiesta en casa de Lester Bangs donde todos los invitados tenían nombres con iniciales L.B. excepto él. Lo que para cualquiera de nosotros sería un sinsentido se convirtió, gracias a la imaginación y el talento de Stipe, en una canción que hace sonreír, una retahíla de versos casi aleatorios con los que su autor parece perseguir más una cierta sonoridad que la coherencia del contenido. Hablamos, claro está, de It’s the end of the world as we know it (and I feel fine), una canción apocalíptica pero también divertida gracias a su pegadizo estribillo, su ritmo vertiginoso y a la verborrea imparable que la atraviesa de principio a fin. Muy al estilo de 1999 de Prince, que hemos mencionado anteriormente, se trata de afrontar el fin, cuando llegue, bailando y con una sonrisa. Una emisora de radio canadiense se tomó esto al pie de la letra: el temido 21/12/2012, el día del fin del mundo según la profecia maya, emitió la canción en bucle ¡más de 150 veces!

Ese ambiente apocalíptico de los 80, que como ya hemos visto se fue creando en décadas anteriores, no surgió solo del pánico nuclear sino también de la incredulidad con la que se asistía a la decadencia de ciudades como Nueva York en los 70. Son también muchas las canciones de aquellos años que describían la sensación de que la civilización iba cuesta abajo en todos los sentidos, pero hubo principalmente un álbum que se hizo eco de ese irrespirable ambiente. Curiosamente no fue un grupo norteamericano ni tampoco venía de la tradición de la canción protesta; fue un grupo británico que procedía del punk, con ese aparente hedonismo y desinterés por todo que, decían, caracterizaba a un movimiento que, por otra parte, ya era historia. Hablamos de The Clash y su disco London Calling, de 1979. A lo largo de sus cuatro caras, puesto que se trataba en su formato original de un doble álbum en vinilo, asistimos a historias sobre desempleo, racismo, violencia y drogas. Historias con protagonistas generalmente anónimos, aunque a veces tienen nombre («Jimmy Jazz»), que giran alrededor de Londres, otra ciudad azotada por los problemas sociales de finales de los 70 y principios de los 80. Temas como Rudie can’t fail hablan sobre las dificultades de convertirse en un adulto serio y responsable en un mundo que se va a pique, un tema que también está presente en Death or glory. Spanish Bombs se refiere, por supuesto, a la Guerra Civil Española, un tema en el que Joe Strummer, compositor principal de la banda, estuvo siempre más que interesado. Lost in the supermarket critica, ya entonces, la avidez consumista y la forma en la que nos arrastra hacia la crisis identitaria, la apatía política e incluso la depresión. El clima apocalíptico del Nueva York de los 70, retratado en numerosas películas de la época como Rescate en Nueva York, The Warriors y otras similares de gran éxito, era trasladado al Reino Unido en temas como Guns of Brixton.

The Clash en vivo

La joya de la corona de un álbum con múltiples gemas es, sin embargo, la canción que le da título. London Calling hace referencia a las emisiones de la BBC para los territorios ocupados durante la II Guerra Mundial, que solían empezar con la frase «This is London calling». Su letra está principalmente basada en un incidente ocurrido, meses antes del lanzamiento del disco, en la central nuclear de la Isla de las 3 Millas, en Pensilvania. Pero no es únicamente la amenaza nuclear la que está presente en el opresivo ambiente soportado por dos impactantes acordes de London Calling: también lo está la violencia policial, los efectos de las drogas en la desconexión social, incluso la posibilidad de un aumento en el nivel de las aguas del Támesis, algo que ahora ya se contempla como una futura realidad ante la evidencia del cambio climático. Mientras Joe Strummer aúlla más que canta la letra, todos los instrumentos parecen aliarse para crear el efecto de bombas cayendo y estallando, un boom-boom machacón que apenas cambia su ritmo durante toda la canción. Toda la variedad estilística del disco, inalcanzable para muchos artistas de la época y sobre todo para los que procedían del punk rock, se queda aquí en un rock casi minimalista, rotundo dentro de su monotonía, como aceptando la rendición ante la inevitable derrota. Sonando como una marcha militar a pesar de estar encuadrada dentro de un álbum completamente antibélico, London Calling sigue estando de actualidad casi 40 años después. Sí, el mundo ha mejorado en muchos sentidos y hemos ido esquivando una a una todas las profecías apocalípticas que nos han ido lanzando a lo largo de todos estos años. Sin embargo, con nuevas potencias nucleares en alza, el terrorismo globalizado, las crisis migratorias, el clima cada vez más errático, el deshielo de los polos y otros desafíos a los que nos enfrentamos en la actualidad es inevitable hacerse la pregunta. ¿Y si la próxima profecía fuese la verdadera?

 


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