Emma Rodríguez © 2024 /

No es lo habitual, pero este texto he decidido empezarlo por la página final de los agradecimientos, donde Isabel Alba, autora de Tortugas, menciona a “todas las personas activistas por el clima, sobre todo a las más jóvenes, que luchan valientemente por defender la vida”. 

Me ha sorprendido y me ha alegrado que esta novela haya llegado a mis manos por muchos motivos, sobre todo por el punto de vista que aporta, el de una adolescente que es testigo y víctima de los daños continuos a un planeta cada vez más devastado, que ha de adaptarse al devenir de sociedades destructoras y despiadadas a todos los niveles. Sofía, la protagonista, es una estudiante de secundaria que va dando cuenta de sus observaciones, experiencias, sentires, a través de notas de voz y de mensajes en Instagram con su amiga Luna

La estructura fragmentada funciona, aporta agilidad a esta entrega que con sencillez es capaz de condensar las grietas del ahora de manera certera. Isabel Alba, además de escritora guionista y fotógrafa, actividades que sin duda influyen en su manera de narrar, dinámica y muy visual, abre un interesante diálogo generacional, ya que en el entorno de la joven son esenciales las figuras de Estrella, su abuela, una bióloga rebelde, y Blanca, su madre, una doctora de urgencias que ha de hacer frente a jornadas agotadoras de trabajo debido a los recortes continuados en la sanidad pública. 

Todo suena a muy actual en Tortugas, título que alude a la atención de la abuela y la nieta hacia este animal, al que admiran por su don para la supervivencia, seguramente también por simbolizar la necesidad de refugio con sus caparazones a cuestas, pero la acción va un poco por delante de lo que ya vivimos. Reconocemos el escenario de la pandemia reciente, sus marcas, conscientes de esa vulnerabilidad que nos constituye y que los ritmos acelerados del presente, los mecanismos de las sociedades que habitamos, no ayudan a ver.

En Tortugas se reflejan los daños, las heridas, provocadas por un virus que dejó a su paso millones de víctimas en todo el mundo. Y, aunque no se dice explícitamente, nos hace ser conscientes de hasta qué punto no hemos logrado salir de esa etapa por la puerta de la mejora que muchos esperábamos, la del cuidado de la naturaleza, de lo público, de lo común, sino por la de la huida y el taparse los ojos para seguir adelante, para que la máquina no pare, en muchos casos sin piedad, abrazando la agresividad, la conspiranoia, la negación de realidades a las que se necesita hacer frente de manera urgente, empezando por el cambio climático.

En el día a día de los personajes de la novela el calor es cada vez más insoportable, los árboles y los jardines prácticamente han desaparecido del paisaje, hay cortes de agua a determinadas horas y se han cerrado las piscinas públicas. Solo los ricos cuentan con ellas en sus casas, escondidas detrás de altas tapias, con cámaras de vigilancia, y siguen jugando en campos de golf que se riegan sin problema. Frente a la casa de Sofía y su familia se ha instalado un superordenador cuántico donde había una zona arbolada que la abuela defendió antes de ser destruida, siendo detenida por ello.

En el día a día de los personajes de la novela el calor es cada vez más insoportable, los árboles y los jardines prácticamente han desaparecido del paisaje, hay cortes de agua a determinadas horas y se han cerrado las piscinas públicas.

No estamos en una novela de ciencia-ficción, para nada. Reconocemos, nos reconocemos, en lo que se narra. La autora solo se adelanta un poquito a acontecimientos altamente previsibles. Hay un trecho del camino ante el que no podemos dejar de sentir una especie de escalofrío porque nos recuerda algo muy próximo: el drama de la reciente DANA en Valencia (finales de octubre de 2024), que se llevó por delante más de 200 vidas.

Llueve, llueve intensamente; llueve todo lo que no había llovido en muchos meses, y Sofía lo observa desde la ventana de su casa. Está sola, siente miedo y se pone a grabar, dando cuenta del “río marrón, lleno de remolinos”, que “lo arrastra todo”; de cómo el agua entra en la tienda de abajo y en el portal de la casa, de cómo se lleva a su paso bancos, vallas, contenedores, también coches. “¡Los arrastra la corriente! / ¡Y hay gente asomada a las ventanillas! / ¡Una mujer en un capó! ¡Ay, ay, que se cae! ¡Ay! ¡Resbala! / ¡Intenta agarrarse! ¡Ay, que se cae! / ¡Ahivá! ¡Un remolino ha engullido el coche! ¡Joder! ¡Joder! / ¡Está ahí! ¡Ahí! ¡La veo! ¡En el agua! ¡Mueve los brazos! / ¡Ay! ¡Se la lleva…! ¡La corriente se la lleva! / Ha desaparecido”.

Hay notas de voz en días sucesivos. Su madre queda atrapada en el hospital, donde cada vez llegan más afectados; la de su amiga Luna está ilocalizable y temen por su vida. Mucha gente ha perdido a familiares. Se habla de que con previsión las cosas no habrían sido tan catastróficas, pero que la agencia de metereología había sido cerrada “por las presiones de los negacionistas, y de mucha gente más que acabó creyéndose sus mentiras”. Sofía menciona en otra de sus grabaciones a Aurora, una activista que señala “que es más fácil creer que hay una conspiración que ver la realidad, porque el cambio climático da miedo, aunque cerrar los ojos no nos va a librar de sus efectos”. Y se refiere a sus charlas con Luna sobre la posibilidad de que la humanidad se extinga antes de que ellas consigan llegar a la edad de sus madres.

«es más fácil creer que hay una conspiración que ver la realidad, porque el cambio climático da miedo, aunque cerrar los ojos no nos va a librar de sus efectos”, señala Aurora, que forma parte del grupo de activistas climáticos de la novela.

Esta novela nos lleva a empatizar con las nuevas generaciones, a pensar en el futuro que les aguarda. Mientras vamos pasando sus páginas deseamos no perder la esperanza, no rendirnos, confiar… La brecha de luz aparece aquí a través del grupo de activistas del clima, formado por personas de distintas edades que no dejan de alzar la voz, de hacer pintadas para recordar que en tal o cual lugar hacía poco había árboles, hierba, jardines; de acometer acciones como colarse en campos de golf para grabar vídeos que dejen constancia de su existencia, de cómo no han dejado de ser regados con aspersores, sin importarles el consiguiente arresto. 

Todo nos resulta próximo. Nos traslada a circunstancias, a imágenes que vemos continuamente en las noticias de científicos y activistas detenidos por hacer ver que el planeta está cada vez más herido, por señalar a los responsables, capitalistas sin escrúpulos incapaces de pensar en sus descendientes, en los equilibrios que nos sostienen, en el hilo de continuidad de la vida. En el grupo de defensa de la novela, en su grito de auxilio (SOS PLANETA), en su ímpetu para intentar evitar el desastre total, para concienciar a la gente, encuentran Sofía y Alba su lugar, un lugar para la lucha y para el entendimiento y la escucha.

Ambas son víctimas de acoso en sus institutos por ser distintas, por combatir el negacionismo climático y también el racismo, la homofobia, el machismo, las mentiras de las que se nutren cada vez más jóvenes a través de las redes, en sus entornos familiares. He aquí otra realidad compleja que aborda Isabel Alba en el libro. Pensemos en la capacidad de penetración del odio, del fascismo, en los centros de estudio; de tantos niños, adolescentes que, en su necesidad de ser aceptados, de no ser discriminados por la mayoría de compañeros, se ven arrastrados a esa creciente corriente de rechazo a los diferentes, a los más débiles.

Isabel Alba Nos traslada a circunstancias, a imágenes que vemos continuamente en las noticias de científicos y activistas detenidos por hacer ver que el planeta está cada vez más herido, por señalar a los responsables, capitalistas sin escrúpulos incapaces de pensar en sus descendientes.

Todo esto entra en la novela, pero a través de los mecanismos de la ficción, del acercamiento a las vivencias y experiencias concretas de las protagonistas. Pienso que tal vez lo he expuesto como si se tratase de un ensayo y me disculpo por ello. Transcribo un fragmento para que os hagáis una idea: “Hoy, cuando he entrado en clase, alguien había puesto en la pizarra MUERTE A LOS MARICONES y una esvástica. Lo he borrado. Entonces Mispíquel [mote puesto a una compañera acosadora] ha dicho que a ver si es que era bollera y todos han coreado entre risas a Sofía le van las tías. Alberto no ha dicho nada, pero le ha pasado el brazo por el hombro a Mispíquel. / No se lo voy a contar a mamá. Ni a Estrella. No quiero que se chiven a la tutora. ¿Para qué? Como mucho, nos daría una charla de esas que no sirven para nada”.

Os estoy hablando de una novela que refleja las grietas del exterior, pero íntima, emotiva, compuesta de notas de voz muy descriptivas, que no siempre se ajustan a una linealidad temporal. Esas notas son para la protagonista una especie de diario, un lugar para dejar constancia de lo que está viviendo, para el desahogo, para la confesión, para la expresión del dolor, de la rabia. La mayoría de las veces es la voz de la protagonista la que se muestra, pero también hay grabaciones que realiza de conversaciones entre su madre y su abuela, pese a las quejas de estas. Y no puedo dejar de deciros que Tortugas, y ahí radica la parte que más nos atrapa, también es una historia sobre la pérdida y el duelo

«Tortugas» es una novela que refleja las grietas del exterior, pero íntima, emotiva, compuesta de notas de voz que son para la protagonista una especie de diario, un lugar para dejar constancia de lo que está viviendo, para el desahogo, para la confesión, para la expresión del dolor, de la rabia.

Sofía sigue hablando con Estrella, su abuela, un personaje cautivador, cuando ya no está. Le envía mensajes de voz y escucha asimismo algunos, extraños, enigmáticos, poéticos, que ella dejó grabados. Es su manera de seguir teniéndola a su lado el máximo tiempo posible. A través de esos mensajes nos acercamos a su relación y a la de ambas con Blanca, la madre, esa doctora angustiada por no poder atender a todos sus pacientes como merecen. En esta historia de iniciación, de traspaso de saberes entre las tres mujeres, se derraman muchos sentimientos y emociones. Hay un enigma que recorre gran parte del recorrido y mantiene una cierta tensión. Hay un sentimiento de agradecimiento a la vida que llena de luz las estancias oscuras del recorrido.

Foto crédito: kaboompics.com

Hay gente, en el libro y fuera de él, dispuesta a seguir plantando árboles y a seguir resistiendo en un “planeta raro y bonito a la vez”, pese a todo, como dice Sofía, quien, en uno de sus mensajes, da cuenta de sus acciones como activista a su abuela, reconociendo en ellas sus influencias, cómo la fue contagiando de deseos de cambiar las cosas al hablarle de Rosa Park, de los libros de Hannah Arendt, del movimiento MeToo… “Estoy segura de que apoyarías todas nuestras acciones y que participarías en ellas, aunque te llamaran terrorista y te metieran en la cárcel, están metiendo a muchos científicos y científicas, no quieren que nadie se entere de que nos estamos cargando el mundo…”, le dice.

Ya, a punto de poner el punto final a este texto, pienso que Sofía y Alba habrían sido buenas amigas del niño protagonista de Desconcierto, hermosa historia del escritor estadounidense Richard Powers, que comparte preocupaciones con esta y que ocupa otra página de Lecturas Sumergidas. Y también que este libro, donde la voz es tan importante, es absolutamente idóneo para escuchar (un audiolibro, una lectura en  voz alta, en compañía, en familia).

He descubierto con esta entrega a Isabel Alba, nacida en Madrid en 1959, pero con residencia en Donosti desde hace ya tiempo. Ahora sé que la filosofía está en la base de su formación y que comparte la escritura con sus actividades como fotógrafa, guionista y docente en el terreno audiovisual. Tiene en su haber cinco novelas, entre ellas El recinto Weiser (2011), con la que fue finalista del Premio Euskadi de Literatura, La danza del sol (2018) y La ventana (2022), estas dos últimas, publicadas, como Tortugas, por la editorial Acantilado. También es autora del ensayo Detrás de la cámara: cómo narrar en imágenes. Del guión a la película, así como directora del documental Será feminista o no será (2012).


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