Emma Rodríguez © 2023 /

Exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento”, dejó escrito Lucia Berlin en Silencio, uno de los cuentos que componen Manual para mujeres de la limpieza, la primera de sus obras que llegaba a las librerías españolas, tiempo después de su muerte en 2004 –a los 68 años de edad–, uno de esos libros difíciles de olvidar por su mezcla impactante de experiencia, intimidad, crudeza, verdad. Sucedió en 2016 y, en el transcurso de los años, se han ido editando otros títulos: el ramillete de relatos de Una noche en el paraíso y el tomo biográfico Bienvenida a casa, que recoge escritos sobre los lugares en los que habitó la escritora. Poco a poco, hemos ido reconociendo los tonos y los registros que quien parece hablar desde la cercanía, desde la confidencia.

Con sus tormentos, con su potente carga emocional, con esa combinación tan singular de fuerza, fragilidad y compasión, Lucia Berlin se ha hecho un hueco en nuestras bibliotecas, en nuestras casas. Con el tiempo la sorpresa inicial se ha ido convirtiendo en complicidad, en entendimiento, en una especie de diálogo continuado. Buscamos su compañía, sabiendo que su lectura nos ha de deparar cada vez nuevas pistas, nuevos sentidos, nuevas llaves de acceso a una aventura vital acometida radicalmente, sin parapetos, desde una dolorosa y salvaje libertad, con todas sus consecuencias.

Vuelvo a la primera frase de este texto, me detengo en ese “nunca miento” y me doy cuenta, ahora que acabo de terminar Una nueva vida, entrega recién publicada por Alfaguara, la editorial que se ha ocupado de hacernos llegar su obra en castellano, de que no solo no miente en sus escritos, sino que ellos son la forma en la que encontrar un poco de comprensión, de luz, a las decisiones, a los pasos emprendidos en su vida. La literatura como cultivo de la introspección, como asidero, como manera de asumir lo más oscuro, de dar forma a las pesadillas, a los fantasmas, a las culpas. 

No recomiendo a nadie que se introduzca en el mundo de Lucia Berlin a través de esta obra; mejor abrir la puerta de Manual para mujeres de la limpieza y a partir de ahí ir descubriendo este territorio literario tan particular. Es en los cuentos que escribió donde radica el poder cautivador, iluminador, de Lucia Berlin; es en ellos donde desembocan sus búsquedas, sus hallazgos. En mi opinión, Una nueva vida, de la misma manera que en su momento Bienvenida a casa, es un complemento muy valioso para los especialistas, para los iniciados, por supuesto para los lectores y lectoras devotos que quieren conocer más y mejor a la escritora, pero no provoca el deslumbramiento de las recopilaciones de relatos ya mencionadas. 

Con sus tormentos, con su potente carga emocional, con esa combinación tan singular de fuerza, fragilidad y compasión, Lucia Berlin se ha hecho un hueco en nuestras bibliotecas, en nuestras casas. Con el tiempo la sorpresa inicial se ha ido convirtiendo en complicidad, en una especie de diálogo continuado.

El tomo se compone de cuentos publicados en medios diversos, de piezas primerizas inéditas, de algunos ensayos breves y fragmentos de diarios… El hijo de la autora, Jeff Berlin, se ha ocupado de la edición. Ha buscado en los cajones de su madre intentando ampliar los cauces de su mundo creativo, ofreciendo claves que ayuden a interpretar la obra en su conjunto.

Me ha resultado muy interesante el orden de los relatos, los detalles que los acompañan y que demuestran la influencia que lo vivido tiene en lo escrito, la manera en que la autora modifica las experiencias, las trastoca, las trasciende. Me resulta muy acertado el índice biográfico final que acompaña a los textos, un “hilo temporal” en el que el hijo, según explica, recurre a su propia memoria, a los recuerdos familiares, y también a una “exhaustiva investigación” a partir de la lectura de las muchas cartas que escribió su madre a amigos y colegas, con el fin de aportar luz sobre su proceso creativo y sus motivaciones.

Lucia Berlin, Mirador Hotel, Acapulco, México, Noviembre, 1961. Fotografía por Buddy Berlin / Literary Estate of Lucia Berlin.

Quienes leemos a Berlin sabemos de sus altibajos amorosos; de sus fracasos matrimoniales, de su adicción al alcohol, que la hizo bajar a los infiernos y que finalmente acabó superando, de los muchos trabajos precarios que hubo de realizar para sobrevivir, para sacar adelante a sus hijos, entre ellos limpiadora de casas y auxiliar de enfermería, lo que la acercó más al sufrimiento. Sabemos de sus desencuentros con la madre, de la compasión hacia los más vulnerables, del tiempo que pasó en Nuevo México cuidando de su hermana, enferma de cáncer, a la que tan unida se sintió en esa etapa final…

De todo ello se ha escrito ampliamente, desde fuera, a través de análisis, de reseñas. De ello se ha hablado en presentaciones y encuentros literarios, pero nada de lo que se haya podido decir es comparable al modo en el que la propia protagonista se ha acercado, a través de la escritura, del adentramiento, a sus vivencias, encontrando en ellas no solo la crudeza de lo vivido sino la epifanía de esos momentos en los que sale a la luz la belleza, el prodigio de la vida; en los que un gesto de complicidad, unas risas, un abrazo, el descubrimiento de un lugar, pueden difuminar, incluso disolver, las sombras que acechan.

Quienes leemos a Berlin sabemos de sus altibajos amorosos; de sus fracasos matrimoniales, de su adicción al alcohol, que la hizo bajar a los infiernos y que finalmente acabó superando, de los muchos trabajos precarios que hubo de realizar para sobrevivir, para sacar adelante a sus hijos.

¿Qué se hace con el material de la vida, cuando el material de la vida supura soledad y dolor?”, se pregunta, en el texto introductorio que abre el recorrido que nos ocupa, la escritora Sara Mesa, quien se refiere a la variedad de las vidas vividas por esta mujer, “tanto para arriba (viajó, amó, fue amada, conoció la riqueza) como para abajo (su infancia fue solitaria y difícil, padeció la violencia, fue alcohólica, vivió rachas de pobreza)”; a la manera en que todo esto amplió “su comprensión y compasión”. 

Mesa, acostumbrada a rastrear en su propia obra la transgresión, esos elementos perturbadores, extraños, que marcan y definen los trayectos existenciales, se asoma al territorio de nuestra protagonista desde la complicidad. “En sus historias Lucia Berlin reivindica la complejidad de la existencia, afronta con valentía las heridas, no oculta sus contradicciones, nunca se rinde”, señala.

Dicho todo esto, ya es hora de ir a los escritos, de dejarnos sorprender con sus matices, con sus revelaciones. Os diré que me ha resultado muy sugerente el cuento, inédito, que abre el volumen, Manzanas, compuesto como ejercicio para un curso de escritura creativa en el verano de 1957, cuando la autora tenía veinte años. Indica su hijo que “fue su primera experiencia a la hora de construir un poso entrañable a partir de una experiencia traumática”; apunta que el relato no le pareció bueno ni a la profesora ni a ninguno de los amigos a quienes se los mostró, “pero a ella le encantó escribirlo y tenía fe en él”.

“En sus historias Lucia Berlin reivindica la complejidad de la existencia, afronta con valentía las heridas, no oculta sus contradicciones, nunca se rinde”, señala la escritora Sara Mesa en el texto introductorio de «UNA nueva vida».

Sin duda no resulta nada convencional esta narración en la que la joven Berlin, ya casada con Paul Suttman y madre de un niño de nueve meses, Mark, recrea una escena vivida: la observación de su vecino, un viejecito por el que sentía un gran cariño, en el jardín común de la casa de Nuevo México que habitaba entonces. De los árboles caen manzanas y en un momento dado, tras no perderse detalle de los movimientos del anciano en su entorno, sumergido en su propio mundo, sin que falten detalles cómicos, ella se acerca y los dos se dedican a amontonar las frutas caídas. Poco más se cuenta, pero ya se detecta la capacidad para mirar desde un ángulo diferente, para acercarse al mundo de los otros, para transmitir la empatía y la alegría de un momento compartido.

La dureza de lo cotidiano y la vejez son temas que atraviesan algunas de las piezas de Una nueva vida. Me detengo en la titulada Mamá y Papá, un relato en el que sobresale un tono de cruda ironía al reflejar una situación en la que el mantenimiento de las apariencias de una anciana que quiere deslumbrar a sus amigas (la decoración impecable de su casa, los menús perfectos…) se viene abajo cuando asoma la enfermedad, la decadencia, del marido. El egoísmo, incluso la mezquindad, se muestran en este cuento con final inesperado, que puede interpretarse como un llamamiento a apreciar que la belleza de verdad se encuentra en otra parte, en otros gestos.

Lucia Berlin con sus hijos Jeff y Mark, Mirador Hotel, Acapulco, México, Noviembre, 1961. Fotografía por Buddy Berlin / Literary Estate of Lucia Berlin.

El miedo a envejecer late en la historia que da título al libro, Una vida nueva, un ejercicio de escritura inspirado en Chéjov, concretamente en El tío Vania, una práctica de la que era muy amiga la autora y de la que se incluyen otros ejemplos en esta recopilación. Según el detalle que aporta Jeff Berlin, Lucia se sentía, en el momento en que escribió esta pieza, “fracasada como esposa y como madre”, al tiempo que percibía que tantos años escribiendo “le habían dado pocas recompensas o reconocimientos”. Aquí el relato no se centra en los materiales de la biografía , sino en ese sentir, en el estado anímico de una mujer cansada de una vida de la que quiere huir, que desea cambiar. 

Los momentos buenos son tan difíciles de afrontar como los malos. la cuestión es que forman parte del pasado”, piensa la protagonista de Berlin. Tiene sesenta años y siente nostalgia de los tiempos de juventud; su horizonte se presenta repetitivo; no ve posibilidad de aprender nada nuevo; se compra un libro de instrucciones sobre los modos de suicidarse y, finalmente, el destino le pone delante la posibilidad de huir, de cambiar de identidad, de aspecto, de amigos… “Caray, todos queremos huir, cada día. A todo el mundo en este mundo le gustaría huir. Y si no lo hacen es por respeto a los sentimientos de los demás”, le dice su hijo Jason.

Cuenta Jeff Berlin, hijo de la escritora, que «Una vida nueva», relato que da título al volumen, surgió en un momento en que se sentía “Fracasada como esposa y como madre”, al tiempo que percibía que tantos años escribiendo “le habían dado pocas recompensas o reconocimientos.

Lucia Berlin cita, para iniciar el cuento, un fragmento muy significativo de El tío Vania. Dice así: Si fuera posible vivir el resto de la existencia de alguna forma nueva… ¿Comprendes? Despertarse una mañana clara y tranquila y notar que has empezado a vivir de nuevo, que todo lo pasado ha caído en el olvido, que se ha disipado como el humo”.

Tal vez Una vida nueva sea, de los quince relatos que componen el libro, uno de mis favoritos, junto al conmovedor Del gozo al pozo, donde reconocemos otros cuentos en los que la escritora refleja momentos vividos junto a su hermana durante su enfermedad, a través de personajes y tramas de ficción que tienen mucho que ver con la realidad. “Claudia era enfermera, había venido desde California para cuidar de Sally, pero sobre todo para estar con ella, hablando, hablando, riendo. Le leía durante horas todos los días, libros en inglés. Veían ¿Te conté?, una telenovela chilena, completamente inmersas en el melodrama, aunque atentas también a los escenarios familiares de su infancia, el hipódromo, la calle Ahumada, el cerro Santa Lucía, una vista de los Andes”, voy leyendo.

Este relato, lleno de emociones, trata sobre la preparación para la pérdida, para el adiós, sobre la felicidad que proporciona tener la posibilidad de curar, sobre la necesidad de vivir el duelo, pero en él  sobresale también el retrato de ambientes de Nuevo México, de personajes como el del chófer Ceferino, un personaje real del que Lucia explota literariamente su gracia, su forma de utilizar refranes para cualquier situación, algo que a ella le lleva a evocar al personaje cervantino de Sancho Panza.

La hermana también está presente en Fuego, donde se da cuenta de un viaje en avión para ir a visitarla, sintiendo ya la cuchillada que supone la idea de perderla. Hay relatos muy duros y sórdidos en este recorrido; algunos de ellos narran internamientos, programas de desintoxicación del alcohol, de las drogas, caso de El foso, muy apegado a la propia biografía. Hay apuntes sobre momentos dramáticos en el devenir de la escritora y piezas tan singulares como Vida de Elsa, de 1995, donde Berlin se afana por recrear la vida anodina, sin nada de relevancia, de una anciana salvadoreña a la que conoció a través de un programa en el que participó, transcribiendo testimonios orales de octogenarios y nonagenarios. Aquí la autora cuenta mucho sobre su proceso de escritura, sobre los frutos de la imaginación a los que, irremediablemente, hay que recurrir para enriquecer la existencia. 

Buddy y Lucia Berlin, en Taos, Nuevo México, enero de 1962. Fotografía por Jay Walker / Literary Estate of Lucia Berlin.

Una nueva vida, con el que Alfaguara, que ha ido publicando todos los títulos de Lucia Berlin, anuncia poner el punto final a la publicación de su obra, nos acerca mucho más a la escritora. El conjunto de cuentos, como os decía, se acompaña de artículos, ensayos y páginas de sus diarios. Me gusta especialmente un texto breve titulado Yo soy lo que soy en el que Berlin se refiere a todos los nombres con los que se le ha llamado a lo largo de su vida.

Soy tan caótica”, escribe, “que no sé ni cómo pronunciar mi nombre. Mi madre me llamaba Luchía, mi padre insistía en que me llamaran Lusha, una constante batalla durante toda mi infancia que se apaciguó un poco cuando nos fuimos a vivir a Sudamérica y todo el mundo me llamaba Lu-siii-a (….) Soy todos esos nombres. Me gusta que me llamen Lusha porque significa que hay una larga amistad, pero Lucia me aleja de mi infancia. A la gente le da rabia, de todos modos… ¿No ha leído todo el mundo a Dostoievski? A veces soy Dimitri, a veces Misha”.

Lucia Berlin refleja en este breve texto el juego de yoes, de identidades, que planea en toda su obra; las distintas circunstancias, los variados ángulos y paisajes de una vida en constante movimiento, marcada por idas y venidas, atravesada de turbulencias que obstaculizan el camino. Un torbellino emocional del que extrajo auténticas perlas en forma de relatos. Hay un texto en el que escribe sobre su experiencia con el diseño, con las artes tipográficas, en el que, una vez más, ofrece claves de su manera de aproximarse a la escritura. “El placer del proceso ocurre en ese lugar que Charlie Parker denominaba “el silencio entre las notas. A menudo mis relatos son como poemas o diapositivas que ilustran un sentimiento, una epifanía, el ritmo de una época o de una ciudad. Un aroma o una risa pueden desencadenar recuerdos que cristalizan en una historia, aunque la fuente de inspiración para mí suele ser visual (…) La imagen debe conectar irremediablemente con una experiencia concreta e intensa”. 

«A menudo mis relatos son como poemas o diapositivas que ilustran un sentimiento, una epifanía, el ritmo de una época o de una ciudad. Un aroma o una risa pueden desencadenar recuerdos que cristalizan en una historia, aunque la fuente de inspiración para mí suele ser visual», escribió Lucia berlin.

Destaca Sara Mesa en su introducción al volumen “la sensorialidad, el sentido de la narración, las potentes imágenes visuales” de la literatura de nuestra protagonista. Muchas de esas imágenes, como los zapatos rojos del anciano protagonista de Manzanas, el primer cuento de la autora, se nos graban en la memoria. Cuando pensamos en los libros de Berlin enseguida acude a nosotros la visión de una mujer atormentada, pero, sobre todo, la belleza escondida que supo ver en situaciones y tramos nada gratos de su existencia. Los momentos de angustia, de decepción, de dolor, asoman en los escritos, pero también los tramos de calma, de descubrimiento, de contemplación.

Encontramos muchos ejemplos de estos últimos en las páginas de sus diarios. Se incluyen fragmentos de estancias en Yelapa (Jalisco, México, en 1988); en Naropa (Boulder, Colorado, julio de 1990); en Cancún (1991); en Berkeley (1991). Son apuntes que nos aproximan a estancias en universidades, a encuentros con otros autores, pero también a escenas familiares, con los hijos, tras las que suele asomar esa culpa permanente por considerar que lo había hecho “fatal” como madre.

Berlin con su hijo David, Acapulco, México, enero de 1963. Fotografía por Buddy Berlin / Literary Estate of Lucia Berlin.

Me detengo en el tramo de Un diario de París, escrito en 1987, donde nos encontramos a Lucia Berlin como una turista más en la capital francesa, paseando por sus calles, apreciando las tonalidades de los días, visitando museos e iglesias, evocando lecturas, parándose ante las tumbas de Colette, Proust, Jim Morrison… en el cementerio de Pére-Lachaise, o ante las de Baudelaire, Sartre y Simone de Beauvoir (enterrados juntos) en el de Montparnasse

Es una observadora sagaz, una visitante culta que no pasa simplemente por los sitios, sino que profundiza en ellos. Son jornadas para disfrutar (primero en compañía de amistades, luego sola) y, sin embargo, como suele suceder en todo lo que escribe, las nubes hacen acto de aparición un día en el que se deprime porque se siente “vieja y sola”. Y entonces escribe que cuantas más cosas bonitas ve, peor, y más adelante se siente embargada por una inquietud que tiene que ver con el desamparo y también con la nítida impresión de haber perdido el poder de su belleza.

Los cambios de humor, la explosión de emociones, el juego de contrastes… Todo ello está muy presente en lo que escribe Lucia Berlin. Tras el nubarrón emocional, el nuevo día amanece “deslumbrante y soleado”, y ella anota: “Los demonios se han ido inexplicablemente. Espero que sea porque los he mirado cara a cara”. Es eso lo que hace, una y otra vez, la escritora, enfrentarse a sus demonios, a sus terrores, a través de la mejor arma a su alcance, las palabras, la literatura. Es en instantes así cuando la llegamos a sentir tan cercana, tan auténtica; cuando queremos seguir escuchándola, leyéndola. 

Pese a sus muchas mudanzas y viajes, anotó Lucia Berlin en sus cuadernos de París: “El único lugar donde viajo de verdad son los libros, dentro de un libro. Muy de vez en cuando consigo crear una emoción genuina sobre la página y solo entonces podría decirse que existo”.

Una nueva vida ha sido publicado por Alfaguara. Traducido por Eugenia Vázquez Nacarino. Edición a cargo de Jeff Berlin y prólogo de Sara Mesa.


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