Las búsquedas de Samantha Harvey: “Amor, amor, aflicción, todo mezclado”

Foto Cabecera por Urszula Soltys / Emma Rodríguez © 2022 /

Me siento atraída por el título de un libro de la escritora británica Samantha Harvey, Un malestar indefinido. Me interesa lo que se expone en la contraportada en cuanto a su temática, la vivencia de un año sin dormir, el insomnio y todo lo que se mueve en sus subsuelos, explorado desde la indagación, el buceo en la propia vida y los sueños, la literatura, como herramientas para el hallazgo. Me acabo sumergiendo en sus páginas como quien quiere resolver un enigma. Un malestar indefinido, ¿a qué se refiere? ¿hasta qué punto puede superarse un año sin dormir, cómo contarlo, de qué manera la escritura, partiendo de una experiencia así, puede llegar a tocar honduras imprevisibles?

La propia autora reconoce, en una introducción a modo de diálogo con un amigo, que ni ella misma sabía a ciencia cierta lo que estaba haciendo, una vez metida en el proyecto. “No son para nada ensayos. Son reflexiones” (…) Fundamentalmente sobre la falta de sueño. Pero la muerte está siempre presente”, señala ante la perplejidad de su interlocutor, que la anima a escribir una nueva novela, algo menos “macabro”, en su opinión. Está claro que Harvey no le hizo caso y gracias a ello podemos pasar las páginas de una obra original, dura, valiente, una especie de planta literaria sombría, con hojas que se inclinan en búsqueda de luz, de respuestas, de sentidos.

Un malestar indefinido no se ajusta a clasificaciones. La escritora va tanteando y adaptando los géneros a sus necesidades. Su estilo es sobrio, eficaz a la hora de tocar materiales ocultos, fondos de los que llegan a brotar inesperados destellos de una particular lucidez, una lucidez que sobrecoge, que alcanza a detectar la luz en lo más oscuro. En líneas generales este libro puede describirse como el particular diario de una insomne, pero resulta insuficiente. Por momentos adquiere la forma de unas memorias que conducen a la infancia; en otros participa de los resortes del ensayo… Las voces también cambian. La primera persona hace acto de presencia, pero también la tercera. Harvey tiende la mano a una “ella”, a una paciente, a la que observar, a la que seguir. Por momentos se dirige a sí misma desde fuera, como una espectadora activa de su tránsito, para darse ánimos, para obligarse a ver con claridad lo que sucede. Me imagino a nuestra protagonista ante un gran cuaderno en el que cabe todo, incluso los relatos, la necesidad de inventar personajes e historias ajenas, asidas a lo propio, pero con intención de alejarse, de ver los acontecimientos en perspectiva, desde otras vidas.

La mudanza a una casa sometida a ruidos exteriores molestos puede ser un detonante del insomnio, pero no es tan simple. Las causas son mucho más subterráneas. La muerte imprevista de un primo al que encuentran sin vida, solo, en su apartamento, es el hilo principal del que parte la escritora. Pese a que no tenía una relación estrecha con él, el hecho le produce un profundo pesar y le hace recordar otras muertes que llegaron sin ser esperadas, como la de su padrastro, al tiempo que la conducen a un doloroso proceso de anticipación de otras pérdidas de personas queridas que han de llegar.

«Un malestar indefinido » no se ajusta a clasificaciones. La escritora va tanteando y adaptando los géneros a sus necesidades. Su estilo es sobrio, eficaz a la hora de tocar materiales ocultos, fondos de los que llegan a brotar inesperados destellos de una particular lucidez.

La muerte de mi primo ha abierto la puerta a todas las muertes”, expone, ahondando en las imágenes que acuden a buscarla de noche, la idea del final de la vida como un viaje “terrible y solitario”,un descenso infernal en una oscura lanzadera”. Al hilo de la lectura, pienso en lo poco que solemos hablar, poner palabras, a todo esto, en lo identificada que me hace sentir, en lo mucho y profundamente que nos pueden llegar a afectar y a transformar las pérdidas. Un malestar indefinido es, de hecho, la historia de un cambio, de un proceso de crecimiento, de una poderosa corriente que nos lleva hacia dentro y nos conduce en dirección a otra edad, a otra orilla.

¡Cuántas experiencias y hechos nos van convirtiendo en personas diferentes a las que hemos sido! Samantha Harvey (Kent, 1975) se afana por encontrar los detonantes de su malestar, de su confusión, de su falta de sueño. Encuentra preocupaciones,  impotencia, rabia, tristeza, pena, soledad, desesperación… en la prospección que hace de sí misma. Lo más cercano, lo personal e íntimo, la afectan, por supuesto, pero también los movimientos colectivos, políticos, caso del Brexit. Un tramo de la historia reciente que ella identifica con otra pérdida, la de “muchos de los valores que antaño consideraba que formaban parte de su país y que le habían proporcionado sensación de pertenencia nacional, orgullo e identificación”. 

Pasar de ser alguien que duerme a alguien que no duerme; que puede estar cuarenta o cincuenta horas seguidas sin sueño, con todas las secuelas físicas que ello conlleva, permite acceder a otro plano, a una realidad diferente que intensifica el acercamiento a otros seres vulnerables, sufrientes. “Cuando dormía, no entendía nada de todo esto. No sabía nada de lo que cuesta soportar lo que es insoportable. Por la noche me siento arrojada a los lobos. Solo logro sobrevivir aullando como un lobo. Eso debe de pasarle a mucha gente. Ahora entiendo mejor esa mirada que ves en los ojos de la gente: por ejemplo, en ese sintecho cerca del aparcamiento para bicicletas, todos los días allí tirado con su ropa negra desteñida encima de una pequeña maleta con ruedas que parece una bolsa de basura, como si fuese la absoluta personificación de la redundancia y el desperdicio. Si has acabado destrozado por las maquinaciones de un mundo descuidado, disfrázate de bolsa de basura; si te atacan los lobos, disfrázate de lobo. Es un modo de esconderse a plena vista”, transcribo este fragmento que se prolonga y culmina con una pregunta: “¿Para qué seguir vivo en estas condiciones? ¿Por qué no lo deja correr? ¿Por qué no lo deja correr?

Pasar de ser alguien que duerme a alguien que no duerme; que puede estar cuarenta o cincuenta horas seguidas sin sueño, permite A Samantha Harvey acceder a una realidad diferente que intensifica el acercamiento a otros seres vulnerables.

La larga etapa de insomnio, todo lo que destapa y derrumba, conduce a la protagonista a experimentar una mayor empatía con los frágiles, con los desesperados, como os decía. “Estoy asustada”, confiesa. “Comprendo por qué la gente se suicida o termina sufriendo una crisis. Comprendo la desolación de la vida. El deseo de volver a ser un niño, de tener confianza, de ser consolado para poder vivir con sosiego y bienestar”.

Samantha Harvey es capaz de remover nuestras aguas más tranquilas y mostrarnos lo más turbio, pienso mientras reflexiono sobre lo mucho que debo a esos libros capaces de agitarme, de ayudarme a acceder a zonas en penumbra que no acabo de ver por mí misma, pero que están ahí, al acecho. Un malestar indefinido es uno de esos libros y está destinado a quienes quieren bucear, adentrarse, comprenderse. Os adelanto que el recorrido va ganando en intensidad y en capacidad de “revelación” a medida que nos adentramos en él. No lo abandonéis tras los primeros capítulos, sobre todo tras una demoledora y negra carta enviada al primo muerto. Si lo hubiera hecho me habría perdido pasajes realmente motivadores, deslumbrantes. 

Samantha Harvey. Fotografía por Rick Hewes

Hay una parte muy interesante donde se reflexiona sobre las circunstancias de las mujeres, sobre sus etapas vitales, sobre los prejuicios y mandatos con los que han de cargar. Estos aparecen una y otra vez, en las conversaciones y consejos que recibe la mujer insomne, en las consultas médicas, en su búsqueda desesperada de tratamientos… Entonces va siendo consciente de que existe la idea generalizada de que las mujeres no son capaces de aceptar los acontecimientos inevitables de la vida, de que se dejan sorprender con demasiada frecuencia y caen en las garras del estrés más que los hombres… El embarazo, la maternidad, la menopausia, son motivo de sugestivas reflexiones.

Ser una misma, lo que se quiere ser realmente, supone en muchas ocasiones romper con los roles marcados. Y la protagonista de este libro, siempre predispuesta a quebrar los moldes, desea llegar más allá, descubrir su verdadera naturaleza en el momento en el que el insomnio no le da tregua y saca a la luz su parte más salvaje. No está recostada en un diván, aunque en ocasiones nos parezca estar asistiendo a una sesión de psicoanálisis. Cuenta con tiempo y con un arma secreta y salvadora, la escritura, para acceder a sus pasadizos interiores. “En esta prospección dolorosa e invasiva, llegaré a unos cimientos en los que yacen todos mis miedos y mis neurosis (…)  Hay algo en mi personalidad que en estos momentos desea derrumbarse, algo que recibe la llamada para actuar como un adulto, pero que es incapaz de hacerlo. Siento una extraña regresión al miedo desvalido de la infancia; tal vez este sea uno de los artefactos que se supone que debo sacar de las profundidades. ¿Tal vez sea este uno de los motivos por los que no logro dormir?

A través del cuestionamiento, de la observación, de la búsqueda valiente en sus abismos, Harvey, que se define como una arqueóloga de sí misma, llega a tocar zonas de verdad que le devuelven una imagen distinta de su ser, que la hacen comprender qué le está sucediendo para poder seguir avanzando. Su situación la lleva a indagar en el sentido del tiempo, en la vastedad del ahora, en el carácter indómito del devenir. Mira a su alrededor y constata que vivimos en sociedades adictas a los fármacos. “La gente va cargada de medicamentos, se oye el zarandeo de las pastillas en sus bolsillos (…) Tal vez ni siquiera les interese mejorar, se han acostumbrado al triste prestigio que tiene sentirse mal”, escribe. Y al hilo de sus palabras recurro a mis propias impresiones, pienso en la necesidad de medicarse de tanta gente que en las sociedades actuales ha de enfrentarse a la incertidumbre, al ritmo alocado de un mundo demasiado confuso, demasiado cargado de ruido, donde lo material se impone y termina tapando la autenticidad de la vida, la capacidad de maravillarse ante los pequeños prodigios de lo cotidiano.

Ya en la cuarentena la autora se plantea la pérdida de la belleza, de la energía de la juventud. Un amiga le plantea que sus problemas pueden ser debidos a la menopausia y al dar vueltas a ese hecho, al pensar en la etapa de la vejez, llega a una conclusión esencial: “Me aterra iniciar el último tramo de la vida”. Una verdad que es una especie de roca a la que asirse, una roca en medio de una corriente que le susurra: “Lo único que parece obsesionarme estos días es la desaparición de quien creía ser”.

La protagonista de este libro No está recostada en un diván, aunque en ocasiones nos parezca estar asistiendo a una sesión de psicoanálisis. Cuenta con tiempo y con un arma secreta y salvadora, la escritura, para acceder a sus pasadizos interiores.

He aquí, en la capacidad para contar de manera esclarecedora y descarnada ese proceso de transformación, ese sentirse perdida, donde encuentro uno de los grandes valores de este libro tan especial que cautivará a los amantes de la psicología, sin duda, pero también a cualquier lector inquieto que irá atravesando a tientas sus distintas capas, los puntos de un recorrido lleno de paisajes diversos, donde la exploración y el autoanálisis son fundamentales, pero también los relatos, a modo de ventanas, que se van intercalando. Relatos biográficos en los que asoma la infancia, con sus grietas, con sus traumas, y no tan biográficos, en los que se va hilando la intrincada historia de un hombre que roba cajeros automáticos. En unos y otros hay pasadizos que se conectan, detalles propios que la autora presta a sus personajes y que nos llevan a ser partícipes de las claves del proceso creativo.

Llegada a este punto voy pasando las páginas con rapidez hasta llegar a los pasajes en los que Harvey se adentra en el proceso complejo de la escritura, tan cercano a los sueños, y llega a afirmar: Escribir me ha salvado la vida. Durante este último año, escribir ha sido lo mejor después de dormir. A veces incluso mejor que dormir. Me siento cuerda cuando escribo, mis nervios se relajan. Me siento cuerda, cuerda. Soy feliz (…) De algún modo empiezo a verme a mí misma ahí fuera, en las palabras que he creado, ahí fuera en sus múltiples mundos, fragmentada y libre”.

Apenas puedo tocar con las puntas de los dedos todo lo que me ha ofrecido este libro que duele y revela honduras; esta obra que tocará las fibras sensibles de cada cual de distinta manera. Palabras como incertidumbre, ansiedad, desarraigo, desolación, pánico, están muy presentes, pero también amor, el amor expresado de múltiples maneras. En un momento bellísimo leemos: “Amor, amor, aflicción, todo mezclado, tu padrastro murió de forma repentina demasiado joven, envuelto en dolor, tus dos abuelos, tu abuela, tu tío, tu primo, algunos amigos de amigos, algunos amigos de la familia, cinco perros, dos gatos, eso es todo, tienes suerte, suerte, dolor, amor, aflicción, vida, amor, pérdida, todo mezclado, los abortos que sufriste, dolor, buena parte de él físico, las Navidades bajo una manta, envuelta en ella como una niña”.

Palabras como incertidumbre, ansiedad, desarraigo, desolación, pánico, están presentes en esta obra que duele y revela honduras, pero también amor, el amor expresado de múltiples maneras.

Mientras transcribo este pasaje no puedo dejar de pensar que es imposible transmitir lo que nos conmueve una obra sin recurrir a ella de manera directa, accediendo a la voz narradora. En tramos así sentimos lo mucho que este libro desvela. En otro momento muy hermoso, la escritora recurre a un poema de Philip Larkin en el que habla del “olvido de la muerte” y siente que “la poesía puede crear frases capaces de desplazar la Tierra de su eje de rotación, un desplazamiento demasiado sutil como para causar una conmoción general, pero lo suficiente como para desplazar a una vida solitaria unos milímetros de su eje, de tal manera que nunca volverá a ser la misma”.

La búsqueda de Samantha Harvey es muy personal, pero debe ser acompañada de otras búsquedas cómplices, las de quienes la leemos y creemos, percibimos, el poder transformador de la literatura, su capacidad para ayudarnos a encontrar respuestas, asideros, ante las mismas preguntas que se plantea la autora: “¿Qué se supone que debemos hacer con la vida? ¿Qué es lo que nos empuja a seguir intentando ser felices?

Samantha Harvey. Fotografía por Urszula Soltys.

Para terminar me inclino por ir a las palabras, a la voz de quien se busca; de quien va despejando el bosque de sus miedos a lo largo de este intenso recorrido; de quien se convierte en inspiración, en compañía, devolviéndonos la idea del diálogo que es toda obra literaria que nos sacude y refleja, un trasvase de emociones, una corriente de afinidad que deslumbra.

– “Mi vida, toda la vida, se despliega en un acelerado metraje de crecimiento. No parece poder detenerse nunca y este es el truco de la vida: parece tan abundante que, incluso cuando vemos morir a nuestro alrededor, nos susurra dulces palabras de plenitud”.

– “No cuesta demasiado meter la cabeza bajo el agua y mover los brazos y debes seguir haciéndolo. No renuncies a la vida. Afírmate en ella. Las libélulas y los gavilanes. La maravillosa vida, contempla su velocidad y su sentido, a prueba de bomba y hermosa”. 

– “Al meterme en la cama y arroparme, vivo unos minutos de felicidad que me recuerdan a cómo era antes mi vida. Me encantaba meterme en la cama. Lo recuerdo precisamente ahora. Mi vida, tan complicada, repetitiva y reflexiva, no es ni más compleja ni más simple que la flor de un millón de pétalos del estar aquí. Estoy viva, pienso como si acabara de descubrir un hecho extraordinario. Pienso que llevo la vida puesta”.

– “A la mente pensante, que sumerge su ancla en el pasado y el presente donde es imposible fijar ningún ancla, dile esto: nada es inamovible. Ni siquiera tus manos son las mismas de un día para otro”.

Un malestar indefinido ha sido publicado por la editorial Anagrama en su colección Argumentos. La traducción la firma Mauricio Bach.

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