Carlos Castán: “Me gusta trabajar con personajes que no se resignan”

Por EMMA RODRÍGUEZ © 2021

Foto cabecera: ASÍS G. AYERBE © 2021 /

En su día, cuando descubrí a Carlos Castán con Frío de vivir, libro de relatos publicado en 1997, me sentí atraída por sus pérdidas, sus melancolías y sus arrebatadas pasiones juveniles. Entonces me sentí cómplice del deseo de huida frente al tedio de los días repetidos, frente a la sumisión; hermanada con esa voz surgida del interior, de la profundidad de los sueños y de las fantasías. Pasó el tiempo y recuperé esa particular mirada, esa intimidad, al leer su primera y única novela, La mala luz (2013), una especie de thriller muy literario, la historia de un hombre que se mueve a través de las grietas y extravíos del pasado, entre sombras, buscándose en lo vivido, en lo anhelado, en lo leído.

Entre una obra y otra Castán había seguido mostrando sus dotes para la distancia corta con otros dos títulos: Museo de la soledad y Solo de lo perdido, a los que se sumó una narración más larga, Polvo en el neón. No me acerqué a ellos en su día y ahora he tenido la oportunidad de hacerlo gracias a la edición que ha realizado Páginas de Espuma, una entrega que reúne todos sus cuentos, gran parte de sus caminos. Quienes no lo conozcan pueden ahora acercarse al conjunto de su obra de una sola vez, como quien disfruta de todas las temporadas de una serie, sin interrupciones, sin esperas. Quienes ya habíamos visitado parte de su territorio literario, tenemos la ocasión de completar el mapa y mirar con cierta distancia, con perspectiva, las distintas etapas creativas, también vitales, del escritor; sus búsquedas y hallazgos. 

Resulta muy interesante ir uniendo los distintos puntos de la geografía, encontrar afinidades y claves, reconocer palabras, escenarios, sentidos. Las señas de identidad del escritor –su manera de narrar, de construir, de sorprender– son inconfundibles. Con el tiempo el tono, los ritmos, se han vuelto menos impetuosos, algo más sosegados tal vez. Se percibe una lógica evolución en el estilo y el acercamiento a los temas, pero en el fondo, late siempre un pulso poético; una cierta indocilidad, un afán de no dejarse domesticar, una insatisfacción permanente, una continua necesidad de amor y un reconocible sentimiento de derrota no exento de lucidez. En cualquiera de sus libros nos encontramos con personajes que ansían otros futuros, futuros lejos de grises ciudades de provincia que han sido atisbados en salas de cine, entre luces de neón. Siempre lo que pudo suceder, la vida que pudo haber sido. 

Quienes no conozcan a Carlos Castán pueden ahora acercarse al Conjunto de sus cuentos de una sola vez, como quien disfruta de todas las temporadas de una serie, sin interrupciones, sin esperas.

Los Cuentos que recuperamos o que llegan a nosotros por primera vez están llenos de desasosiegos, de roturas y de cosas que duelen; de introspección y búsqueda de verdades, de impulsos para seguir adelante. La idea del amor ideal a menudo concluye en sufrimiento, en puñalada, y los miedos se vencen muchas veces a través de acciones atrevidas, incluso crueles. La intemperie es un terreno que el autor conoce bien. Y la tristeza, una “tristeza como de falta de aire”. Las atmósferas son espesas, cargadas de humo, cinematográficas, punzantes. Los recovecos de la memoria pueden ser muy hondos, oscuros, pero también se abren para buscar puntos de luz, revelaciones, esos momentos que de verdad dejan huella. 

De un tiempo de tormentas se titula el texto introductorio, de carácter reflexivo,testimonial, en el que Carlos Castán (Barcelona, 1960) intenta mirarse a sí mismo, reconocerse en lo andado, en lo escrito, en “la forja de unos referentes” que, como dice, “nada tenían que ver con el hombre de acción sino con la nostalgia del paseante solitario, los cafés, las mil y una forma del destierro, la estética de la derrota”. 

Este intercambio de preguntas y respuestas, realizado a través de correo electrónico, intenta ser una aproximación a los resortes que mueven al escritor, a lo que se esconde al fondo de algunos de sus muchos cuentos, aún sabiendo que resulta imposible apresar todo lo que atraviesan; todo lo que tocan; los diálogos que pueden llegar a entablar con cada lector en particular.    

Carlos Castán. Fotografía por Lydia Solans

En el texto inicial, donde miras desde el presente a tu trayectoria como cuentista, relacionas tu deseo de ser escritor con el enamoramiento que experimentaste en el instituto por una chica lectora. “Un día de esos seré eso que lees con la cabeza ladeada, seré la tinta, el papel sobre el que derramas tu pelo”, escribes. ¿Ahí comenzó todo o es simplemente una explicación, rememoración, literaria?

– Fue uno de esos instantes que uno recuerda como reveladores: haber sentido algo de manera muy fuerte, un deseo, una rabia. Pero seguramente la “literatura” juega sus cartas también en la memoria, sin apercibirnos del todo le metemos poesía a nuestra propia historia. Otras veces, al hablar del origen de mi idea de ser escritor, me he remontado a la niñez, a cuando mi madre nos leía libros para dormirnos a mis hermanos y a mí (los de Celia de Elena Fortún, Corazón de Edmundo de Amicis…) y hasta qué punto me afectaban aquellas ficciones aun sabiendo que eran “mentira”; y a la necesidad de tener siempre un cuaderno de más sobre el número de las asignaturas de cada curso. 

– ¿En tu caso el amor y la literatura, siempre han ido de la mano? La búsqueda del amor y el encuentro con la decepción, con el desamor, es una constante en tu obra… ¿Te consideras un romántico? ¿De qué manera han variado con el tiempo tus ideas sobre el amor? ¿Queda en ti algo del arrebato de tus relatos de juventud?

– No soy un romántico en el sentido convencional y coloquial del término. En mis cuentos la cuestión del amor suele estar relacionada en un primer momento con el arrebato (deseo, aventura, peligro) y más adelante con la soledad entendida como una isla de la que se necesita huir aun a sabiendas de que esto no es posible en un sentido radical. Me interesa mucho el tema de la fascinación por el otro, de la construcción del otro en el propio pensamiento y los posteriores roces y choques con la realidad, todo ese proceso de negociación íntimo y doloroso donde también interviene la versión de nuestro ser que ofrecemos a la mirada ajena. Quizá nos enamoramos de quien está dispuesto a comprar nuestro relato y nos devuelve una imagen bella, o al menos soportable, de nosotros mismos, al tiempo que encaja de alguna manera con nuestros sueños secretos, nuestra química más honda y nuestra forma de estar en el mundo. De todas formas, el amor está lleno de noche, eso es lo que lo hace fascinante, no terminar de saber con exactitud qué papel desempeña en él la feniletilamina y las oxitocinas en comparación con el de la primera turbación adolescente tras el ojo de una cerradura, los cientos de libros leídos y olvidados, las miles de imágenes mentales almacenadas en el confuso pozo que es nuestra memoria, la excitación ante la simple palabra “pecado”, el roce del dorso de una mano, la puñalada de un recuerdo o la música que sonaba un día allá a lo lejos.

– ¿Recuerdas tus primeros escritos -las circunstancias, el lugar, los impulsos que los motivaron-, esos que nunca vieron la luz, anteriores a tu primera publicación, Frío de vivir? Señalas la muerte inesperada de tu hermano como un momento durísimo que te llevó a la escritura…

– Sí recuerdo aquellos textos, especialmente mis Nociones de piromanía, y los relaciono con una necesidad de encontrarme en momentos en los que todo era desorden, la búsqueda de una voz, de algo que temblaba y protestaba muy adentro. Fue en Madrid, en sucesivos refugios destartalados del distrito de Tetuán, cuando las mañanas eran tan culpables como salvajes las noches. Cascos de Mahou por todas partes, mi gato caminando entre ellos, la chica que se había ido, la nevera vacía, el futuro como un vértigo muy oscuro. El golpe al que te refieres vino después a poner mi mundo todavía más patas arriba y tuvo efectos variados y contradictorios: me hundía en la melancolía, como un constante monólogo interior en segunda persona que no quería callarse nunca, aterrador y dulce, pero también hizo surgir una especie de coraje o de mala leche que antes me faltaba, seguramente como consecuencia de la toma de conciencia de la fragilidad de todo, de cómo se rompen las cosas y se rompe uno. Simultáneamente quería gritar y necesitaba callarme, y a la inversa.

«Quizá nos enamoramos de quien está dispuesto a comprar nuestro relato y nos devuelve una imagen bella, o al menos soportable, de nosotros mismos, al tiempo que encaja de alguna manera con nuestros sueños secretos, nuestra química más honda y nuestra forma de estar en el mundo».

– En el texto introductorio, tan esclarecedor en cuanto a tus claves y motivaciones, te refieres a la “siniestra experiencia” de volver a leer algo que ya no eres tú aunque lleve tu nombre. ¿Te sientes tan alejado? ¿No crees que la verdad más honda de un escritor hay que buscarla en sus creaciones, que son ellas las que realmente retratan su interior?

– Sí lo creo, con toda sinceridad. Es posible que en eso consista lo siniestro: en no querer saber de verdad quiénes hemos sido. Una cosa es una vieja foto, que hasta nos puede hacer sonreír, y otra el espectáculo del lenguaje mostrando las vergüenzas de una mente de la que confiábamos habernos alejado mucho más. O quizás sea sólo que hoy diríamos las cosas de otra manera, eligiendo otras palabras o inyectando sobre los textos un poco más de silencio.

– ¿Cómo te has sentido al atravesar tus distintas etapas vitales a través de tus libros? ¿Dónde permanecían? Tus primeros títulos ya eran inencontrables y los lectores podemos agradecer a esta edición de Páginas de Espuma volver a ellos, pero, ¿qué pasa con el autor, en qué medida le han abierto puertas al pasado o han estimulado sus ganas de seguir escribiendo, indagando, añadiendo nuevas piezas al álbum de la memoria?

Releerme es para mí como un tobogán, voy de la euforia al sonrojo a una velocidad increíble. Una intermitencia muy loca. Pero como decíamos, en general es una experiencia que me resulta bastante incómoda. Estimula en la medida en que uno cae en la cuenta de lo callado, de lo que falta por decir. Ante semejante mapa desplegado, se ven con claridad las regiones sin visitar y también las zonas que están demasiado pisadas. Hay como un impulso de rellenar, matizar, anotarse a uno mismo a pie de página y todo eso puede constituir, sin lugar a dudas, el germen de nuevas páginas.

– Si algo percibimos al recorrer el mapa de tus relatos es coherencia, la existencia de una mirada, de un estilo, de una voz, inconfundibles. Si hay algo que define tus cuentos, incluso tu novela La mala luz, desde mi punto de vista, es ese transcurrir por dentro. La mayoría de tus relatos están construidos con los hilos de la emoción y de los deseos; tratan de lo que anhelamos, de lo que esperamos y tememos, de aquello que aborrecemos ser… ¿Estás de acuerdo?

– Totalmente. Creo que lo fundamental para un escritor es construir una voz propia, o hallarla en alguna parte, y contar aquello que nadie más en el mundo podría narrar, o al menos de esa forma. He procurado plasmar en el papel una danza interior, todas esas batallas que serían invisibles de otro modo, el hilo de un pensamiento que absorbe las cosas a la vez que tropieza con ellas; las esperanzas, los descreimientos, los laberintos del corazón y de la inteligencia, toda esa maraña de certezas y espejismos.

– El choque entre el deseo y la realidad marca todo el trayecto.

– Es cierto, es un planteamiento muy cernudiano que creo atraviesa toda mi obra casi de un modo obsesivo. Está la ambivalencia del deseo, por un lado como presencia de una ausencia (la percepción de un hueco ahí, de algo que nos falta), y por otro como combustible que nos levanta de la cama y nos pone a vivir. Y está también el tema de la distancia irremediable e insalvable que habrá siempre entre el deseo y la realidad: cómo en nuestras propias manos lo conseguido se transforma siempre en otra cosa diferente a la que soñábamos poseer. Nunca Dafne, siempre un arbusto de laurel.

– En su día, cuando te descubrí con Frío de vivir, me gustó mucho la imagen de los “perseguidores de prodigios”, que aparecen en el primer cuento del libro, El andén de nieve. Esa imagen, esa designación, se ha quedado en mí desde entonces. Son seres que recorren miles de kilómetros en trenes en busca de sucesos sorprendentes. ¿Qué supone ese cuento para ti? ¿No son, en cierto modo, los escritores “perseguidores de prodigios”?

– En ese primer libro, el elemento fantástico está bastante más presente que en los posteriores, en los que, sin embargo, se sigue insinuando aunque asome ya de una manera más subrepticia. Creo que El andén de nieve, en su brevedad, es un relato complejo, donde aparecen ya ciertas claves, como la del “dolor de hogar” entendido como una cobardía que nos atenaza pero en la que nos sentimos cómodos. La derrota es nuestra casa y lo demás es intemperie. Necesitamos la idea de prodigio, el estallido en mil pedazos de una vida monótona hecha de inercias y días repetidos, pero no está claro lo que vayamos a preferir llegada la hora de la verdad. El prodigio vendría a ser como un túnel por el que evadirnos de una existencia insatisfactoria. Lo necesitamos, lo queremos ahí como promesa, pero está muy oscuro y en el fondo sabemos que no lo vamos a recorrer.

– El prodigio, su búsqueda, el sutil manejo de lo inesperado, aparece en muchas de tus piezas narrativas, pero casi siempre acaba en desencanto, en brusquedad. “El prodigio nos deja aún más solos”, leemos en La tía Aurora. ¿Puedes reflexionar un poco sobre esto? ¿Te has sentido derrotado en tu búsqueda personal de prodigios? Derrota es una palabra muy propia de la geografía literaria de Carlos Castán.

– Es un poco lo que comentaba antes, el prodigio es también la infancia, la magia, lo que acude al rescate en un océano de gentes y días grises. Cabe la posibilidad de que no queramos en realidad ser rescatados y también la de que todo sea un espejismo, una de esas trampas que nos tiende el deseo. Por otra parte, yo no sé qué puede ser triunfar en la vida, más allá de un acomodamiento adaptativo a la crueldad de las leyes del tiempo y de los hombres. Me interesa más la moral del condenado, la digna gallardía que sustenta toda lucidez. 

La vida por delante –seguimos en Frío de vivir– es otro de esos cuentos que se quedan grabados. Su comienzo es muy significativo y apresa, pienso, el sentido de muchas de tus narraciones. “Que vivir es un ejercicio triste es algo que he sabido desde siempre...” El dolor de la vida, de la vida por delante, está muy presente en el conjunto. ¿Hasta qué punto te has afanado en dar vueltas y vueltas a esta idea para encontrar sentidos, respuestas?

– Ese comienzo es como una forma de decir “nunca le he pedido peras al olmo, pero… quizá esto sea demasiado”. Se trata de un personaje devastado por sus penas de amor que va a terminar diciendo “las hojas del otoño me están llegando al cuello”. Por supuesto que vivir no es siempre un ejercicio triste. También es divertido. Todos lo hemos pasado bien muchas veces, nos hemos reído, hemos creído morir de placer. Todo eso está allí, todo aquello que decía Manrique que “después de acordado, da dolor” ha estado presente, en mayor o menor medida, en toda biografía. El problema está en el recuento que hacemos, no tanto en lo verdaderamente vivido como en el paseo del atardecer. 

– Los cuentos de Carlos Castán son tristes, melancólicos, pero también crueles. ¿Es la crueldad una forma de venganza frente a esa incapacidad de alcanzar la dicha, la felicidad deseada, que recorre gran parte de los relatos?

Habría que diferenciar entre la crueldad de determinados personajes y la crueldad de algunas de las historias en sí mismas. En el primer caso puede ser la reacción furibunda de un débil apaleado (El genio de los torpes, El pozo) o la respuesta a frustraciones de naturaleza muy diferente (Las rosas de la noche, A veces un fogonazo). En el segundo, diría que en términos generales obedece a cierto descreimiento respecto a determinados valores o visiones del mundo demasiado complacientes. 

– ¿Es la intemperie el territorio donde mejor se mueve Carlos Castán, es la huida, el deseo de huida, lo que queda tras el agotamiento de los sueños, cuando se apagan las luces de neón y se toma conciencia de que la vida no es una película romántica?

– Todo eso que nombras me interesa y aparece en bastantes de los relatos de una manera o de otra. En definitiva, es la insatisfacción. La pulsión de huida tiene que ver con ese descontento, con no terminar de estar conformes y a veces también con el cansancio de las interminables búsquedas. Me gusta trabajar con personajes que no se resignan, con las diferentes formas de rebelión que pueden darse ante la gran inoperancia de la realidad a la hora de satisfacer los deseos humanos. Aunque a primera vista suene a todo lo contrario, no deja de ser un gran motor el desencanto.

– Al volver a tus relatos, ¿ha habido alguno que te haya dolido especialmente; que te haya transportado a momentos que preferirías no rememorar? ¿Crees que, frente a la crueldad y las heridas de lo vivido, la literatura puede tener un efecto sanador, liberador?

– Ese efecto sanador al que te refieres lo he notado más como lector que escribiendo o releyéndome a mí mismo, cosa que evito hacer en la medida de lo posible. Leer, en general, ensancha mucho la mirada y en ocasiones consigue abrir vías de escape a las propias obsesiones en la medida que te permite habitar el mundo y la mirada de los otros. En cuanto a lo anterior, creo que actualmente mis temores se dirigen más al olvido que al recuerdo, que es un territorio en el que aspiro a no tener regiones prohibidas. El pasado es un relato que no siempre nos contamos igual: cambiamos las palabras cada vez, el color del cielo, el tamaño de la herida…

– Como lectora reconozco la amargura que me provocan algunos de los cuentos. Tras el romanticismo que anima muchos de ellos se suele abrir una grieta perturbadora, un cuchillo. Tienen la capacidad de escarbar en lo más profundo y oscuro. Hay un cuento de Museo de la soledad que se titula precisamente El aroma de lo oscuro. En él se habla de esos “latidos amargos que nos llaman a veces desde el pecho”. ¿Hasta qué punto sacar a la luz lo oculto, lo soterrado, lo más negro, te define?

– A veces he hablado de una marea de sombras sobre la superficie de las cosas, como manchas informes que se asoman y se vuelven a ocultar. Los seres humanos somos carne que recuerda. Y esa memoria está hecha de relatos de línea más o menos clara, como decíamos antes, pero también de sótanos y desvanes nunca explorados del todo. Hay heridas dentro, siempre, que en cualquier momento se ponen a doler al ser evocadas por una cosa que hemos visto al azar, una simple canción o el color de un cielo. Hay un hilo directo entre la percepción y el recuerdo, como si el interior y el exterior se estuvieran tiñendo el uno al otro.

«Leer, en general, ensancha mucho la mirada y en ocasiones consigue abrir vías de escape a las propias obsesiones en la medida que te permite habitar el mundo y la mirada de los otros».

– Y luego está esa pizca de ternura que aparece en ocasiones, ese punto de esperanza… Muchas veces proviene de la infancia. “Sé que llueve aún sobre los paisajes de mi infancia” (Trozos de un álbum roto, el último relato de Museo de la soledad). Me gustaría que te detuvieras un poco en esta frase…

– Yo tuve una infancia donostiarra y la recuerdo muy lluviosa tras los cristales tanto de casa como del colegio, un tiempo feliz y lleno de paraguas. Como le ocurre a muchísima gente, la lluvia es para mí especialmente evocadora. Tengo la sensación de que cada vez llueve menos, y entonces, cada vez que lo hace es algo así como el pasado que vuelve, igual que en el tango. Me transporta a un mundo de tranvías y academias, y a un tiempo en el que mi vida era una aventura maravillosa en la que todo estaba por suceder. 

Y en esta otra que aparece más adelante en el mismo relato: “Son los sueños los que nos hacen más crueles…

Claro, las expectativas que a veces nos hacemos sobre las cosas. A la frustración siempre le sigue la agresividad, aunque a veces ésta adopte formas poco visibles desde fuera o se vuelva incluso contra uno mismo. Sería más fácil si no esperásemos nada o, cuando menos, aprendiésemos de una vez por todas a ajustar las metas a nuestras verdaderas fuerzas, para lo cual se requiere de una sabiduría que yo por el momento disto mucho de alcanzar.

– Hay un fondo poético, de gran intensidad emocional, en tus cuentos, y también una cierta carga filosófica: el sentido de la vida, el tiempo, la memoria… ¿Hasta qué punto tu formación filosófica está presente en tu obra literaria?

– Pese a que mi formación sea filosófica, en mis cuentos jamás me propongo abordar “temas” en el sentido de desentrañarlos y agotarlos, ni mucho menos defender tesis en torno a las cuestiones fundamentales. Si he optado por una razón narrativa (en contraposición a una razón más discursiva y argumentativa) ha sido, de manera intencionada, para que tuvieran cabida también las contradicciones que me conforman, cierta poesía, cierta confusión, si se prefiere, que no deja de arrojar otra clase de luz sobre la condición humana. Pero quizá cierta deformación profesional haga inevitable la aparición, aunque sea entre líneas, de esas cuestiones a las que te refieres, como la identidad, el tiempo o la pregunta por el sentido.

– ¿Te sientes afortunado como docente? ¿Crees que aún es posible salvar las humanidades, la filosofía, la ética, en un presente tan falto de referencias, de valores? ¿Qué intentas trasladar a tus alumnos al respecto?

– He sido muy feliz dando clases de filosofía en la enseñanza pública. Siempre he tenido alumnos que me han hecho sentir que valía la pena. He puesto el acento en el pensamiento crítico, en que se expresaran en un lenguaje que fuera personal al tiempo que riguroso y sobre todo en que se aseguraran de llevar verdaderamente las riendas de su propia vida: que no tuvieran que lamentar haber vivido al dictado de diferentes inercias cuando fuese demasiado tarde. Creo que la enseñanza de las humanidades es primordial y más necesaria que nunca. Cada sociedad “fabrica” el tipo de ciudadano que considera útil que exista. Hoy en día se da prioridad a transmitir destrezas, competencias profesionales en lugar de una verdadera sabiduría y no puedo estar más en desacuerdo con esa mentalidad. Siempre he creído en la educación como un derecho del individuo, en el valor de la cultura por sí misma. En cambio, lo que hoy predomina es una perversión de la noción de “utilidad” realmente perniciosa.

Carlos Castán. Foto por Isabel Wagemann

– “Hasta siempre”, la última narración de Solo de lo perdido, es un retrato generacional en el que podemos reconocernos quienes hemos nacido en los años 60. Es de los pocos que alude directamente a lo externo, a la realidad social y política. Habla del franquismo, de su oscuridad y mediocridad; de los barcos llenos de exiliados, de las siniestras cárceles, de las cunetas “donde se amontonaban desde la posguerra los cadáveres de los vencidos fusilados”. ¿Qué te parece que hoy ganen terreno nostálgicos de esos tiempos; que se quiera tergiversar la historia; que aún sigan los cadáveres en las cunetas?

– Lo cierto es que es un poco desesperante tener que seguir a estas alturas defendiendo causas tan obvias. Aparte de los aspectos más flagrantes, trágicos e ignominiosos (levantamiento militar, guerra, represión) estaba el franquismo sociológico que es lo que a mí, por edad, me tocó padecer, y que se prolongó tras la muerte del dictador durante años en las calles, los despachos y no digamos en los cuarteles. Los jóvenes que coquetean con el fascismo es porque no lo han vivido. No han conocido ninguna de esas humillaciones, que te enfocara con la linterna el acomodador del cine, que te pidieran el libro de familia para entrar con una chica en un hostal inmundo. Era un país de guardianes donde hasta los bedeles eran autoritarios, cada guardia, cada funcionario, cada señora, cada farmacéutico. No podías leer los libros que querías, no podías hablar, si besabas a alguien en un bar te mandaban a la Dehesa de la Villa, no podías follar, no te dejaban vivir. Un remedo de Franco se sentaba casi en cada casa en la cabecera de la mesa. No me imagino a los chavales con pulserita de Vox soportando eso, sinceramente. Es pura ignorancia. En cuanto a los que lo añoran habiéndolo vivido, lo menos que se puede decir es que forzosamente son malas personas. Cuando un hombre -o un pueblo- ha perdido su libertad, lo único que puede dar sentido a su vida es luchar para recuperarla.

«Los jóvenes que coquetean con el fascismo es porque no lo han vivido. No han conocido esas humillaciones, que te enfocara con la linterna el acomodador del cine, que te pidieran el libro de familia para entrar con una chica en un hostal inmundo».

– En el relato se habla de que frente a ello, muchos jóvenes querían ser comunistas, y se alude al desencanto posterior de las revoluciones… ¿Cómo miras hoy a ese tiempo, a ese relato en concreto?

– Por reacción a todo eso que comentaba anteriormente, en cuanto se nos dio opción nos decantamos en nuestra gran mayoría por aquello que percibíamos como más contrario al régimen y a los valores que veníamos de padecer, es decir, nos fuimos alistando en las filas de lo que en todos los sermones se nos había señalado como el enemigo. Creo sinceramente que no podía esperarse otra cosa de mi generación e incluso de la precedente. Fue una reacción natural, instintiva, rabiosa, de pura defensa propia. Y un momento también de grandísimas esperanzas. En ese relato intento hablar un poco de todo eso y también de los desengaños que vendrían después, de las evidencias que no queríamos mirar, de las traiciones y los fracasos. Hay una canción de José Antonio Labordeta, Banderas rotas, que se corresponde bastante con el espíritu de ese texto.

–  Hay un fragmento que me resulta muy revelador en El aire que me espía, contenido también en Solo de lo perdido: “Lo más sincero de uno, lo que de alguna forma nos acabaría definiendo, es justamente lo que no se puede decir. Cómo amar sin máscaras, cómo llegar a algo desde solo lo que somos…” ¿Define, de algún modo, tus búsquedas literarias?

– Nuevamente es la pregunta por la identidad. El personaje percibe su auténtico yo como algo pequeño, frágil y desnudo tras las múltiples capas de impostura que, no sin culpa, ofrece a las miradas de los demás y del mundo. Esa percepción de sí mismo tiene que ver también con un estado de ánimo del que da cuenta la propia peripecia narrada en el relato. Son las historias que vivimos las que nos hacen responder de una manera o de otra a la cuestión de quiénes somos en realidad. Nos percibimos en función de lo que nos ocurre y nuestra relación con los demás y no solamente a través de una reflexión pura, a solas y con la luz apagada.

– Para terminar, una pregunta sobre Polvo en el neón, tu relato más largo, deudor, como dices en el texto inicial, de Sam Shepard y “el Hopper de las gasolineras en medio de la nada”. ¿Podría haber sido una novela? ¿Qué puedes decirme de tu experiencia con tu única novela hasta el momento, La mala luz?

Polvo en el neón vendría a ser lo que los franceses llaman una nouvelle. Desde el principio el proyecto era así. Siempre he pensado que cada historia, cada relato, requiere una determinada extensión (no debe comprimirse ni dilatarse en exceso) y este se quedó en esa especie de tierra de nadie. En la novela La mala luz sucede algo parecido, notaba que lo que quería contar no cabía en el formato de relato tradicional ya que necesitaba explorar más libremente todo el terreno de las digresiones, el monólogo interior, todos los caminos de la memoria. Es un texto sobre el luto y el deseo muy autoindagatorio, un personaje en quiebra que se busca.

– ¿Proyectos de cara al futuro?

– He continuado escribiendo relatos, historias que se me cruzan, que aparecen y se imponen sobre todo lo demás. Y estoy también trabajando en una segunda novela sobre la que no he terminado de tomar algunas decisiones importantes, por lo que es preferible que de momento permanezca callado al respecto. Tiene algo de ajuste de cuentas pero sigo sin terminar de saber con quién ni contra qué. De momento escribo para averiguarlo.

Cuentos de Carlos Castán ha sido publicado por Páginas de Espuma. El volumen recoge todos los relatos del autor hasta el momento e incluye una presentación bajo el título De un tiempo de tormentas.

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