Sobredosis de información: Toffler, Kraftwerk, Asimov, Radiohead…

Radiohead
Radiohead
Radiohead

Por Fidel Oltra © 2017 /

Cuando el escritor futurista norteamericano Alvin Toffler dio a conocer su teoría de la “sobrecarga de información”, en su famoso libro de 1970 Future Shock, faltaban todavía veinte años para que la Internet que hoy conocemos, basada en la World Wide Web o telaraña mundial, echara a andar. Es cierto, sin embargo, que los primeros pasos para la conexión global ya se habían dado. En 1965 el científico Lawrence Roberts consiguió conectar un ordenador ubicado en la Costa Este de los Estados Unidos con otro que se encontraba en la Costa Oeste. En los años siguientes el propio Roberts, junto a otros científicos y por encargo del Departamento de Defensa de los EEUU, creó ARPANET, la primera red de ordenadores (solo dos, en principio) conectados a través de la línea telefónica conmutada. El 21 de noviembre de 1969 se mandó lo que podríamos considerar el primer mensaje por Internet, aunque el correo electrónico tardaría algunos años en desarrollarse. De todos modos la idea de una Humanidad interconectada a través de millones de dispositivos quedaba todavía lejos, muy lejos, confinada aún en lo más recóndito del cerebro de algún científico o en la arriesgada charlatanería de algún visionario.

Kraftwerk
Kraftwerk

Alvin Toffler, sin embargo, distaba mucho de ser un charlatán a pesar de la fama que desde algunos sectores se le ha querido atribuir. Mencionado muchas veces simplemente como “futurólogo”, Toffler era Doctor en diversas disciplinas como Leyes o Ciencia. Sus estudios científicos no eran mera palabrería a pesar de que en sus libros, escritos muchos de ellos en colaboración con su esposa Heidi, hiciera predicciones arriesgadas e incluso rocambolescas. Algunas de ellas se han cumplido: vaticinó el teletrabajo, la ingeniería genética o la normalización de otros tipos de familia aparte de la tradicional, por ejemplo. Y, por otro lado, arriesgó demasiado en temas como la colonización del espacio o la desaparición de las ciudades. Más allá de sensacionalismos, el cuerpo principal de su trabajo, sobre todo en sus primeros años, versaba sobre el impacto de los avances tecnológicos sobre la sociedad y las reacciones de esta ante dichos avances. El título de su obra más conocida, Future Shock, hacia referencia a una especie de choque psicológico provocado por la imposibilidad de asumir demasiados cambios tecnológicos en un tiempo demasiado corto. Sus síntomas: desorientación, estrés y ansiedad, angustia, pérdida de confianza, sensación de desarraigo temporal. Es famosa su frase “los analfabetos del siglo XXI no serán los que no sepan leer o escribir, sino aquellos que no sepan buscar y encontrar la información que necesitan para resolver un problema concreto”. Una frase que, sin embargo, no era suya sino de Herbert Gerjuoy, citado por el propio Toffler en su libro.

Alvin Toffler

Entre otros términos que el Dr. Toffler acuñó en aquella obra tuvo especial éxito el de “Information overload”, que podríamos traducir por exceso de información o sobrecarga informativa. Su autor lo describió con otra frase bastante conocida: “la gente del futuro podría sufrir no por la ausencia de opciones, sino por el exceso de estas”. Parálisis por indecisión, al enfrentarnos a un número demasiado elevado de opciones… ¿Podría ocurrir algo así? Para muchos estudiosos ya está ocurriendo. El problema, desde que Toffler puso el foco sobre él, ha recibido muchos otros nombres: data asphyxiation (William Van Winkle), cognitive overload (Eric Schmidt), data smog (David Shenk) o síndrome de fatiga informativa (David Lewis). En castellano ha tenido bastante aceptación el neologismo infoxicación, introducido en nuestro idioma por el experto en innovación Alfons Cornella. Estamos ante una versión actualizada de aquel cuento del Asno de Buridán, que ha llegado hasta nuestros días desde el siglo XIV y que narraba la muerte por inanición de un asno que no podía elegir entre dos montones de heno. En realidad se trataba de una parábola exagerada, dedicada a criticar a los defensores del libre albedrío y del sometimiento de todas nuestras elecciones a la autoridad de la razón, al parecer una idea demasiado avanzada para aquellos tiempos.

El ejemplo del Asno de Buridán nos sirve para darnos cuenta, una vez más, de que no hay nada nuevo bajo el sol. Las ideas innovadoras y los avances tecnológicos, sobre todo cuando han ido de la mano, siempre han levantado susceptibilidades y provocado miedos que, en la mayoría de ocasiones, se han revelado irracionales. En la época victoriana, marcada de lleno por la Revolución Industrial, ya se vivió un anticipo del actual temor tecnológico. Se creía, por ejemplo, que las mujeres podrían sufrir un desprendimiento de útero al viajar en tren, dadas las altas velocidades (para la época, lógicamente) que alcanzaba el nuevo medio de transporte. Inventos como el telégrafo, el cine, el automóvil o la televisión provocaron similares temores en décadas posteriores. La rápida irrupción de Internet en nuestra vida diaria es el perfecto caldo de cultivo (avance tecnológico + globalización + sobreinformación) para que surja de nuevo aquel pánico moral del que ya habló Stanley Cohen apenas un par de años después de que ARPANET tomara forma y de que Toffler publicara su libro. El pánico moral es un concepto sociológico que se refiere a la reacción, muchas veces exagerada o incluso histérica, de un grupo de personas frente a algún evento o comportamiento novedoso que perciben como amenaza para su modo de vida. Aunque también recibió su nombre en los 70, dista de ser reciente: en los libros de historia se relata la caza de brujas en la Europa de los siglos XVI y XVII, o el pánico desatado ante la llegada del año 1000 (reeditado mil años después con todas las características del miedo tecnológico). Su versión moderna surge como consecuencia de la enorme cantidad de noticias que tenemos a nuestro alcance hoy en día, de la rapidez con que se difunden por todo el mundo y de la dificultad derivada de la infoxicación para diferenciar entre la noticia, el rumor y el bulo. También como consecuencia de cierto periodismo irresponsable que pone el escándalo, el flash emocional y la batalla por el clic por encima del rigor informativo.

En 1981, cuando la globalización o Internet todavía eran conceptos apenas mencionados fuera del ámbito académico, los británicos The Police incluyeron en su álbum The Ghost in the Machine (título tomado de otro libro de finales de los 60 sobre psicología) una canción llamada Too much information. No es que la letra resultara especialmente elaborada, pero ya anticipaba el problema de tener que lidiar con enormes cantidades de información, de conocer todo lo que sucede en cualquier parte del mundo casi en tiempo real.

Demasiada información atravesando mi cerebro. Demasiada información que me está enfermando. Ya he visto el mundo entero seis veces, desde el mar del Japón hasta los acantilados de Dover…. (Too much information, The Police)

Casi al mismo tiempo, los alemanes Kraftwerk lanzaban un álbum llamado Computer World en su versión inglesa. Se trataba de un disco temático sobre el inicio de la era de las computadoras personales, una tecnología incipiente todavía a principios de los 80 pero que estaba a punto de dar el paso desde la ciencia ficción hacia la realidad cotidiana. Computer love, uno de los singles que se extrajeron del disco, hablaba ya de algo que entonces podía parecer casi humorístico pero que hoy se ha convertido en habitual: la utilización del ordenador para buscar el amor y calmar la soledad. Hoy, paradójicamente, buscamos aliviar el aburrimiento usando el mismo medio que nos aburre y desmotiva por saturación. ¿Correremos el mismo destino que el Asno de Buridán?

Computer love, computer love. Otra noche solitaria enfrentado a la pantalla de la televisión. No sé qué hacer. Necesito un encuentro. Llamo a este número para una cita con los datos… (Computer love, Kraftwerk)

Pero volvamos a 1969. Meses después de estrenarse la película 2001: Una odisea del espacio, antes de que llegara el hombre a la Luna y casi a la vez que el primer paquete de datos surcaba la línea telefónica, el dúo consiguió su único éxito con una canción que hacía unas inquietantes predicciones sobre el futuro casi proféticas por la exactitud de muchas de ellas. ¿La escucharía el Dr. Toffler? ¿Sacaría de allí algunas de sus excéntricas ideas?  Zager & Evans hablaban en aquel tema, número 1 durante muchas semanas en las listas norteamericanas y exitoso en todo el mundo, de un futuro en el que no necesitaríamos ojos ni dientes, nuestras piernas perderían su función motriz porque todo lo harían las máquinas, escogeríamos a nuestros hijos “desde el fondo de un tubo de ensayo”, explotaríamos la Tierra hasta su extenuación y todo lo que pensamos, decimos y somos estaría contenido en una pequeña píldora.

En el año 5555 los brazos colgando inútiles en tus costados. Tus piernas no tienen nada que hacer. Algunas máquinas haciéndolo por ti… (In the year 2525, Zager & Evans)

Isaac Asimov

En cuanto al pánico tecnológico, ya hemos visto que siempre ha acompañado a la Humanidad. En las últimas décadas el temor a que algún día las computadoras nos controlen, muy presente desde los 50 en películas y libros, se ha trasladado de la ficción a la realidad. Por suerte, las tres leyes de la robótica de Isaac Asimov nos protegen: un robot no puede dañar a un ser humano bajo ningún concepto. Asimov es posiblemente el escritor que más se han interesado por describir un hipotético futuro en el que las personas y las computadoras deberíamos convivir. Ese futuro ha llegado, y la verdad es que no se aleja demasiado de lo que predijo el divulgador científico en 1964 para 2014:

“Aun así, la humanidad sufrirá de la enfermedad del aburrimiento, una enfermedad que se irá expandiendo con intensidad año tras año. Esto tendrá serias consecuencias mentales, emocionales y sociológicas para la población, y me atrevería a decir que la psiquiatría será, de lejos, la especialidad médica más importante de 2014. Los pocos afortunados que estén involucrados en las diversas facetas relacionadas con los trabajos creativos serán la verdadera élite de la humanidad, porque solo ellos harán más que servir a una máquina”.


Una predicción de inquietante certeza, ¿verdad? Un relato de Asimov, La última pregunta, sirvió de inspiración a uno de los episodios que tienen lugar en otro conjunto de relatos de ciencia ficción también muy conocido, aunque de tono más humorístico: la Guía del Autoestopista Galáctico, de Douglas Adams (The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy –1979). En un tramo de la narración una raza de seres de otra dimensión construyen una computadora para preguntarle por la respuesta definitiva que siempre ha buscado la Humanidad. Después de millones de años la computadora devuelve un número sin sentido, no sin antes avisar que lo importante es encontrar la pregunta definitiva para poder hallar la respuesta. Por cierto, aquella computadora se llamaba Deep Thought, y más o menos diez años después de la publicación de aquellos relatos una supercomputadora con el mismo nombre batió por primera vez a un Gran Maestro en una partida de ajedrez. La máquina superando al mayor experto en su propio campo… Inquietante, de nuevo.

La Guía del Autoestopista Galáctico inspiró, en cierta medida, uno de los discos más llamativos y brillantes de la historia: OK Computer, de Radiohead. Thom Yorke y los suyos extrajeron diversas ideas de la obra de Douglas Adams, como por ejemplo el nombre del disco (Ok, computer es una frase que se repite en La Guía) o el personaje del Androide Paranoide que da título a una canción. En general, el disco toma prestado de los relatos ese tono mecánico, a veces frío, que combina la fascinación por las nuevas tecnologías con el temor, a veces incluso rechazo, que nos provocan cuando fantaseamos con un futuro totalmente computarizado. ¿Qué decisiones quedarán en nuestras manos cuando la Inteligencia Artificial supere a la humana? ¿Servirán de algo nuestras opiniones? Es más, ¿nos dejarán tener opiniones?

Cuando sea el rey, serás el primero enfrentado al paredón. Con tu opinión sin consecuencia alguna… (Paranoid Android, Radiohead)

Pero no hay que dejarse llevar por el pánico moral ni por el miedo a la tecnología. La sobredosis de información es real, pero tiene sus remedios. Escojamos bien nuestras fuentes, huyamos de lo superficial, pensemos antes de extraer conclusiones, no nos dejemos arrastrar por las prisas y por la vorágine de la sociedad del espectáculo que predijo Guy Debord. No nos convirtamos en robots cotidianos, como cantaba Damon Albarn, líder de Blur, en su disco en solitario de 2014. Un disco y una canción sobre la pérdida de la identidad, de nuestra individualidad, diluida en una sociedad volcada en la tecnología, en la competición y en la interconexión constante. Vivimos en la Era de la Información: aprovechemos al máximo sus ventajas y apliquemos el sentido común para minimizar sus inconvenientes.

Somos robots cotidianos en nuestros teléfonos, en el proceso de llegar a casa, mirando como piedras inertes, hacia afuera y en soledad (Everyday robots, Damon Albarn)


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