Julio Medem: El poético gesto de la imagen

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Por Alberto Trinidad © 2014 / El tránsito que conduce de la adolescencia a la juventud es un camino apasionante; repleto de inseguridades, miedos y frustraciones, pero también provisto de los más emocionantes anhelos y esperanzas. En esta etapa, que podemos circunscribir de los trece a los veintiún años, uno se siente el arquitecto de su propia vida, se adivina capacitado para edificar a su alrededor (y dentro de sí) una estructura creativa sólida que lo defina, pero que, sin embargo, todavía no sabe muy bien cómo construir. Siente las intuiciones, los impulsos y las premoniciones, percibe la materia prima e imagina los posibles diseños de tales ciudades vitales; pero se reconoce perdido a la hora de dar forma concreta a esa ingeniería identitaria. Si uno además descubre, ya desde el inicio de la adolescencia, que esos «proyectos arquitectónicos» son radicalmente diferentes de los mundos que ve erigidos su alrededor, que el perfil complejo de sus creaciones internas no encaja con el entorno más o menos domesticado y pulido de la sociedad y la cultura a la que tiene acceso, entonces comprende que llevar a cabo su propósito, su proyecto vital, va a resultar todavía más difícil de lo imaginado en un principio.

Pero entonces ocurre un milagro, una revelación que solo puede catalogarse como epifánica (o como una cadena de epifanías): durante ese tránsito solitario uno va descubriendo personalidades y artistas que, desde la marginalidad de lo establecido, de repente le presentan, ya concebidos, matices de esos mundos que creía habitaban solo en su interior. Formas de expresión, climas, guiños narrativos, emociones, secretos entreverados…

Entonces comprendes que no estás solo y que tu ambicioso proyecto de vida puede tener viabilidad, que ahí afuera existen creadores (músicos, pintores, escritores, cineastas) y pensadores cuyos perfiles artísticos, teóricos, encajan con la sinuosa complejidad de los tuyos. Cuando a uno se le van presentando estas revelaciones, se le abre un camino de camaradería por el que resulta inusitadamente gratificante transitar. Sus titubeantes esbozos adolescentes se ven fortalecidos por unas presencias, reales, que lo impulsan a proseguir por ese camino, y que le ayudan a delinear secuencias, gestos, palabras… que más tarde, con suerte, acabará materializando en el exterior (como objetos reales) y en el interior (como columna vertebral identitaria).

Julio Medem fue para mí una de estas epifanías reveladoras de las que hablo.

Entré en contacto con su excitante mundo cinematográfico a través de su segundo largometraje, La ardilla roja, cuando todavía no era mayor de edad, y el tejido narrativo de ese filme me dejó fascinado. Sin embargo, en aquella época todavía no me fijaba en los directores de las películas que veía, por lo que su nombre me pasó desapercibido. Fue un poco más tarde, al calor de los trepidantes años nucleares de la adolescencia y de mis primeros escritos, cuando en una sola sesión, junto con Vacas, la vi ya con la conciencia plena de estar contemplando la obra de un gran autor (Julio Medem). Y fue a partir de ese momento cuando realmente se puso en marcha el mágico proceso arquitectónico que me insertaría en su universo creativo…

El tránsito que conduce de la adolescencia a la juventud es un camino apasionante; repleto de inseguridades, miedos y frustraciones (…) Pero entonces ocurre un milagro, una revelación que solo puede catalogarse como epifánica (o como una cadena de epifanías): durante ese tránsito solitario uno va descubriendo personalidades y artistas que, desde la marginalidad de lo establecido, de repente le presentan, ya concebidos, matices de esos mundos que creía habitaban solo en su interior

Empezó a desatarse en mí la risa nerviosa del que siente que le están palpando fibras emocionales internas hasta la fecha intocadas. Secuencias, juegos de cámara insólitos, versos («Yo soy su ángel, sin el amor de Sofía no existo, mi cabeza se ahueca, mis huesos se doblan y deja de correr sangre por mis venas») que vertebraban las vainas huecas de mis ansias creativas de entonces. Enigmas a medio hacer en mi cabeza se representaban en la pantalla con las mil posibilidades de lo insoluble, y aun así, trazados con un estilo firme, brillante y desbordante. Y, sobre todo, la promesa implícita en esa película de otras venideras que me acompañarían en la transformación que se producía dentro de mí.

Nos trasladamos a 1996, los edificios vitales que construía en torno a mi identidad se solidificaban. El reconocimiento de no encajar ni en el molde preestablecido de la realidad consensuada, ni en el de la cultura de masas, ni en el de los circuitos esnobs intelectualoides se hacía patente, por un lado con un sufrimiento difícil de obviar, pero por otro con la alegría delirante del que explora desconocidos y estimulantes territorios de los que se siente dueño y que, intuye, pueden ser compartidos.

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En ese instante estaba decidido a dar el paso más importante en mi vida en cuanto al terreno creativo se refiere. Después de cinco años escribiendo poemas quise dedicarme a la prosa. Y quise hacerlo por una razón muy sencilla: necesitaba expresar lo que yo sentía que sucedía verdaderamente, de una manera panorámica, global y transversal, en las relaciones humanas, en las conversaciones entre dos o más personas; todo aquello que quedaba callado y que ni la vida, por supuesto, pero tampoco la novela o el cine, lograban comunicar de la manera explosiva y trascendente como yo lo percibía en mi cabeza. Excitado por este ambicioso proyecto, escribí mi primera obra de teatro atendiendo a esas premisas que me había marcado con un resultado relativamente aceptable… Unas semanas después, casualmente, se estrenaba Tierra, la tercera película de Julio Medem, y mis amigos y yo fuimos a verla al cine con el entusiasmo adolescente de los fans que van a un concierto de su grupo favorito. El impacto que experimenté en aquel cine durante las dos horas que estuve frente a la pantalla no lo he olvidado jamás…

El reconocimiento de no encajar ni en el molde preestablecido de la realidad consensuada, ni en el de la cultura de masas, ni en el de los circuitos esnobs intelectualoides se hacía patente, por un lado con un sufrimiento difícil de obviar, pero por otro con la alegría delirante del que explora desconocidos y estimulantes territorios de los que se siente dueño

Explicaré los motivos de tal conmoción en dos apartados diferentes.

Por un lado empezaré diciendo (y con esto doy sentido a lo que he explicado con antelación) que aquellas premisas que había estado macerando para mi primera obra de teatro se articulaban de forma magistral (como nunca soñé que podría llegar yo a hacer nunca) en esta obra maestra. Esto es: la manera de exponer lo que sucede de «total» en las  relaciones humanas, la amplitud de gamas emocionales y vitales que experimenta un sujeto en relación a sí mismo y al entorno, la forma en cómo lo intangible y lo paisajístico, lo mítico y lo carnal se unen para mostrar una realidad compleja que solo puede ser representada en forma de prisma, y, en especial para mí, la polisemia (diseminadora, por utilizar muy libremente el concepto de Derrida) que genera la película con sus diálogos hipnóticos, exactos, pero a la vez transgresores de todo límite significativo. Esa manera de utilizar los diálogos (yo me atrevería a llamarlos pequeños poemas guionizados) como secuencias incrustadas en el magma onírico de la película, y apoyados por una gestualidad brillante de los personajes, me dejó en un estado de éxtasis creativo que nunca me ha abandonado. La genialidad de establecer puertas secretas en muchos de los diálogos a través de las cuales acceder a otros estratos de realidad (o de realidad ficcional dentro de la película) es una aportación al cine que pocas veces he vuelto a ver desarrollada. Y en la que yo, con mis notables carencias y falta de talento, traté de ahondar en las dos siguientes obras de teatro (irrepresentables) que escribí.

Por otro lado, la emoción que sentí al ver Tierra venía justificada por la armonía visceral que sentí respecto a su forma de narrar. Como ya he dejado entrever, aquellos que vivimos con un ojo puesto en lo real y el otro en los abismos del inconsciente, en las evanescentes costas de la utopía, en los improbables escalones del horizonte y en los diseños inacabados de nuestros dedos oníricos, estamos permanentemente a la espera de tropezarnos con un alma afín que, precisamente, nos ayude en la ingente e inacabable labor de cartografiar el inconsciente, de trazar las playas inabarcables de la utopía, de esculpir peldaños en el vacío y de unir los puntos que dibujen los mapas del sueño. Cuando tienes veinte años y frente a una pantalla de cine te encuentras con un aliado de la envergadura de Julio Medem, el impacto te deja estremecido para toda la vida. Porque con Tierra uno se adentra en un territorio que, independientemente de las tramas concretas o de lo que le acaba sucediendo a los personajes, siente que se le abre desde dentro, que comprende, que le ofrece un abanico de posibilidades (emocionales, vitales, creativas) que en otros ámbitos del arte (y ya no digamos de la realidad) están vetados. Descubrí que mi mirada, tantas veces calificada como marginal, absurda o ridícula, era compartida por otro, y que este otro, además, convertía la suya en una obra maestra. La mirada, como todo el mundo debería saber, lo es todo en cuanto a la manera en cómo te relacionas con el entorno.

Julio Medem te ofrece un lugar (narrativo, visual, ficcional, llámese como se quiera, pero al fin y al cabo un lugar) desde el que poder sentir, sin tapujos, sin reservas ni límites, unas emociones que suelen estar arrinconadas en la vida real y en según qué manera de entender el arte por considerárselas enfermizas, raras, disonantes, problemáticas, ridículas, pervertidas, irreales, altivas… Un lugar, por qué no decirlo, desde el que enfrentarte al mundo.

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Dos años después, fui a ver Los amantes del círculo polar reconozco que con unas expectativas (se puede entender a estas alturas del artículo) exageradas, y no escondo la relativa decepción que me produjo. Con el tiempo he sabido valorar en su justa medida a esta grandísima película que, en su día, me dio la sensación de que estaba filmada con demasiada contención, como tratando de hacerla más «entendible», cansado Julio, imagino, de tanta crítica anterior a su obra en términos de: películas incomprensibles, laberintos íntimos sin interés para el gran público, etc. En ese aspecto, y desde mi más que humilde posición de escritor no profesional, pude entenderlo; a veces resulta fatigoso que uno ponga su alma en sus obras y se las acuse tan repetidamente de «embrollos surrealistas sin fundamento» (y ahora no es el momento de hablar de por qué, sin embargo, otras obras de cineastas «de culto» verdaderamente sí incomprensibles tienen todo el favor de la crítica y del público «entendido»).

con Tierra uno se adentra en un territorio que, independientemente de las tramas concretas o de lo que le acaba sucediendo a los personajes, siente que se le abre desde dentro, que comprende, que le ofrece un abanico de posibilidades (emocionales, vitales, creativas) que en otros ámbitos del arte (y ya no digamos de la realidad) están vetados

A reconciliarme (hoy en día completamente) con Los amantes del círculo polar me ayudó, sin duda, el estreno de la que considero, junto con Tierra y La ardilla roja, su otra gran obra maestra, Lucía y el sexo. Hace poco leí que Julio Medem estuvo dudando hasta última hora entre ese título y el de Lucía y la isla. Sinceramente, creo se equivocó con la elección final. Me he escandalizado en diversos foros de discusión al comprobar que se trata a esta película como si se fuera un film erótico cuyo máximo aliciente es ver a Paz Vega desnuda y recrearse en las escenas aparentemente explícitas que aparecen. Tal vez, incorporar la palabra «sexo» al título de la película haya fomentado esta visión absurda y distorsionada de la película, y eso me apena. Dejando de lado estas particularidades, Lucía y el sexo me parece una de las historias de amor más hermosas en la historia de la ficción (tanto cinematográfica como literaria).

Cuando la vi por primera vez tenía 26 años, por lo que había superado ya el tránsito que marcaba al principio que une la adolescencia con la juventud. Supuestamente había fortalecido los cimientos sobre los cuales estaba construyendo la arquitectura de mi identidad, y me encontraba en los albores del desarrollo de mi «obra narrativa». Sin embargo, el impacto de esta película se produjo en mí con mayor énfasis en sus siguientes visionados. (Considero que este es una de los mayores halagos que puede hacérsele a una película: que te guste más cuantas más veces la ves). Sin dejar, desde un principio, de parecerme una obra magnífica, ha sido precisamente el verano pasado cuando ha logrado estallarme plenamente en el corazón al convertirse en uno de los únicos tres largometrajes que han logrado que se me salten las lágrimas (los otras dos son Big fish y Descubriendo nunca jamás). En la escena en que Elena, al final de la película, le explica a Lucía que un «farero» le ha escrito un cuento solo para ella, «lleno de ventajas», y que este, en un momento determinado, ha dejado de escribirle… por las razones que los que habéis visto la película ya conocéis, lloré. Curiosamente, al analizar las tres escenas que han provocado en mí esta reacción, he llegado a la conclusión de que todas ellas cuentan prácticamente lo mismo; dejo aquí que el lector curioso averigüe si lo desea cuáles son las escenas de Big fish y Descubriendo nunca jamás que considero hermanas de la que acabo de describir.

Si con Tierra, y en parte con La ardilla roja, descubrí un territorio afín de expresión, de gestualidad, de polisemia dialógica, de atmósfera onírica, de impacto narrativo, con Lucía y el sexo Julio Medem me abrazó con lo más puro y estructural que existe en mí (en todos nosotros, diría yo): la vivencia del amor incondicional como salvación y (algo a lo que he dedicado mis estudios más recientes) las posibilidades de la narración con respecto a la reelaboración de la realidad. Me asombró especialmente la valentía del personaje de Lucía. La valentía, en definitiva, que tuvo Julio Medem de rescatar el personaje de Ana (de Los amantes del círculo polar) y convertirlo en un ser lleno de luz, en una especie de Gradiva (el faro de la isla en este sentido es muy alegórico) que conduce al protagonista (Lorenzo —Lacan se frotaría las manos con la aliteración de los nombres Lorenzo-Lázaro—) a una salvación casi desechada; pero no solo al protagonista sino también al espectador, a las posibilidades del amor y de la narración, a lo que tiene de poderoso el corazón humano, la creatividad humana.

Luego Medem ha dirigido dos películas denostadas por público (fans incluidos) y crítica. En un artículo escrito para una sección que se llama «Pasiones» no veo lugar para hacer una crítica de estos dos filmes. Solamente quisiera dejar de manifiesto que, si bien es verdad que en ambas (sobre todo en Habitación en Roma) me costó bastante trabajo reconocer al Medem al que estaba acostumbrado, y su visionado me dejó una sensación agridulce (más agria que dulce, quizás), también es cierto que en absoluto me parecen malas películas, tal como las han calificado.

Tal vez, incorporar la palabra «sexo» al título de la película haya fomentado esta visión absurda y distorsionada de la película, y eso me apena. Dejando de lado estas particularidades, Lucía y el sexo me parece una de las historias de amor más hermosas en la historia de la ficción (tanto cinematográfica como literaria).

Finalmente, y aun sabiendo que me introduzco en terrenos pantanosos, no querría concluir este artículo sin hacer mención a La pelota vasca: la piel contra la piedra. Mi honestidad y admiración hacia Medem me lo impiden. La pelota vasca es un documental sobre el conflicto vasco que me produjo un fuerte impacto emocional, y me dejó conmovido durante días. Posee una belleza visual asombrosa y exhibe una delicadeza en el trato del conflicto difícilmente visto en otros ámbitos. Para redondear esta obra de arte documental, Medem entreteje los diversos testimonios con los estremecedores paisajes musicales del maestro (y malogrado) Mikel Laboa. Una película preciosa y emocionante que te deja una ineludible sensación final de rechazo a la violencia, de amor a una tierra hermosísima y de hermanamiento hacia la nobleza de unos habitantes que han sufrido muchísimo durante tantos años.

Cuando fui testigo del linchamiento público al que fue sometido Julio Medem por parte de los politizados miembros de la AVT, ciertos sectores de la sociedad vasca y los ultranacionalistas españoles comandados por un envenenadísimo Fernando Savater (patética su imagen manifestándose cual Torquemada de la más rancia Inquisición junto a sus secuaces chovinistas frente a la Gala de los premios Goya, con el fin de censurar la nominación de Medem y vilipendiarlo), sentí una rabia incontrolable. De la misma manera que cuando los fascistas de turno se personaron con banderas franquistas ante el estreno de una obra del nunca lo suficientemente recordado Pepe Rubianes, se sublevó una parte de mí, que a veces está adormecida, con unas ganas inmensas de gritar «¡A las barricadas!», viajar hasta allí y ponerme de lado del arte, de la cultura y de la libertad junto a Medem, como escudo si hiciera falta, contra esos fanáticos despreciables. Sea tarde, a destiempo o fuera de lugar, te ofrezco todo mi apoyo, Julio Medem. Al final somos siempre los no nacionalistas de verdad los que acabamos recibiendo las iras de los que se autodenominan «no nacionalistas pero sí patriotas». Menuda manera hipócrita de enmascarar la bilis imperialista e intolerante que llevan dentro.

La pelota vasca es un documental sobre el conflicto vasco que me produjo un fuerte impacto emocional, y me dejó conmovido durante días. Posee una belleza visual asombrosa y exhibe una delicadeza en el trato del conflicto difícilmente visto en otros ámbito (…) Una película preciosa y emocionante que te deja una ineludible sensación final de rechazo a la violencia, de amor a una tierra hermosísima y de hermanamiento hacia la nobleza de unos habitantes que han sufrido muchísimo durante tantos años.

En definitiva, gracias a Julio Medem por tanto. Y gracias a Lecturas sumergidas por darme la oportunidad de ofrecerle este humilde homenaje a uno de mis más admirados iconos.

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En julio 2014 Julio Medem y su equipo terminaron el rodaje de ‘ma ma’. La nueva película del director vasco ( San Sebastián – 1958) tiene como protagonistas a Penélope Cruz, Luis Tosar y Asier Etxeandia y su estreno podría ser en la primavera del 2015.

Créditos fotográficos:

1: Julio Medem en el rodaje de “Tierra” (1996) © Teresa Isasi

2: Julio Medem en el rodaje de “Caótica Ana” (2007) © Diego López Calvín

3: Julio Medem dirigiendo una escena de “Habitación en Roma” (2010)  © Diego López Calvín

Galería de imágenes:

4: Julio Medem, acompañado de Manuela Vellés , en el rodaje de “Caótica Ana” (2007). Fotografía  © Diego López Calvín

5: Julio Medem, acompañado de Manuela Vellés , en el rodaje de “Caótica Ana” (2007). Fotografía  © Diego López Calvín

6: Julio Medem, con Elena Naya y Natasha Yarovenko, dirigiendo una escena de “Habitación en Roma” (2010).  Fotografía  © Diego López Calvín

7: Rodaje de “Tierra” (1996). Carmelo Gomez y Silke. Fotografía © Teresa Isasi

8: Julio Medem, junto a Paz Vega, dirigiendo una escena de “Lucía y el sexo” (2000) © Diego López Calvín

Nota: Todo el material fotográfico nos fue suministrado por Alberto Marroquín Ruiz, colaborador de Julio Medem. Gracias Alberto.

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