Samuel Beckett por Roger Lucien Pinard CC 1977 /
Óscar Hernández Arteaga © 2026 /
A veces pienso que todo el asunto del aprendizaje que no acaba tiene menos que ver con la acumulación enciclopédica de saberes y más con la incomodidad radical que estos producen. Los buenos libros, las películas que se quedan vibrando en la retina, incluso esas conversaciones de bar que se demoran hasta que el camarero, con un cansancio elocuente, apila las sillas sobre las mesas, tienen siempre un punto de desajuste. Son, por definición, una pequeña piedra en el zapato que no te deja caminar del todo a gusto, pero que te obliga a ser consciente de cada paso que das sobre el pavimento de la realidad.
Lo cómodo, en cambio, es el eslogan, el tuit redondo que se agota en su propio ingenio, la frase motivacional de tipografía amable que cabe en una taza de cerámica. En su obra fundamental Presencias reales, George Steiner advertía que la verdadera experiencia estética no es una decoración del ocio, sino una fuerza que nos interroga y nos desnuda. Steiner decía que «el arte es una apuesta sobre la trascendencia» que nos exige una respuesta moral, una hospitalidad hacia lo extraño que puede resultar aterradora. La incomodidad exige un tiempo de digestión que se ha convertido en un lujo casi obsceno en un mundo que premia la respuesta inmediata sobre la pregunta persistente; nos hemos vuelto impacientes ante el misterio.
Me doy cuenta de que, cuando algo me entusiasma, mi primer impulso ya no es el silencio receptivo o la asimilación privada, sino la exportación inmediata: mandarlo por WhatsApp, comentarlo en el podcast, subirlo a redes, convertir la epifanía en «contenido». Es como si la lectura, o el visionado de una serie, no estuviera completa hasta que no se ha transformado en recomendación, en reseña, en esa taxonomía estéril de las listas de “lo mejor del año”.

Buscamos la validación del algoritmo para confirmar que nuestro gusto es el «correcto», olvidando lo que Roland Barthes definía en La cámara lúcida como el punctum: ese detalle imprevisto, esa herida que una obra nos inflige y que es, por naturaleza, inalienable y secreta. Barthes distinguía el studium (el interés cultural, lo que todos podemos ver y analizar) del punctum (lo que me pincha, lo que me duele solo a mí). Lo que de verdad me cambia por dentro nunca sale en esas listas de éxitos porque es, casi siempre, algo que no sé explicar del todo; un malestar leve, un matiz que chirría, una frase que me deja pensando en una dirección que no sabría justificar ante un tribunal de expertos. Como decía Adorno en su Teoría estética, «el arte es para sí algo que no se entiende, pero que quiere ser entendido», y en ese «no entender» inicial es donde reside la verdadera potencia de aprendizaje.
La torre de Montaigne y el prestigio de la contradicción
Pienso en Michel de Montaigne, otra vez, revisado por la mirada lúcida de Sarah Bakewell en Cómo vivir. Me fascina la imagen del señor encerrado en su torre, rodeado de vigas grabadas con sentencias escépticas, escribiendo sin un plan definitivo, como quien camina por una ciudad desconocida y se deja llevar por el azar de las esquinas. Montaigne no escribía para enseñar verdades inmutables, sino para descubrir qué pensaba en el acto mismo de la escritura. «Yo no pinto el ser, pinto el tránsito», escribía en sus Ensayos.
Aprender es, bajo este prisma, habitar el tránsito, la duda y el cambio. Es la aceptación de la propia contradicción como la única certeza honesta que nos podemos permitir. Como apunta Nuccio Ordine en La utilidad de lo inútil, el saber que no tiene un fin práctico inmediato, aquel que no busca una rentabilidad económica, es el que constituye nuestra verdadera dignidad humana. El aprendizaje que no acaba es el rechazo a la verdad absoluta para abrazar las verdades minúsculas, esas que nacen de dudar de uno mismo frente a una página de Hidalgo Bayal (me viene sobre todo su novela La paradoja del interventor y su enfoque tan kafkiano) o tras el cierre de una escena de Doctor en Alaska (me viene a la cabeza el episodio llamado Una llamada de atención, una fábula incómoda). Aprender es una forma de autopsia en vida: mirar qué hay debajo de nuestras opiniones más firmes y descubrir que a menudo solo hay herencia, inercia y cansancio.
El hacha contra el mar helado: Kafka y la pérdida del yo
«Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?», escribía un joven Franz Kafka a su amigo Oskar Pollak en 1904. Para Kafka, un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Esa es la verdadera función de la escuela de la incomodidad: no servir de bálsamo ni de refugio, sino de disruptor de nuestra autocomplacencia. Se nos ha vendido la cultura como un método para «encontrarse a uno mismo», pero la experiencia estética honesta te ayuda, en realidad, a perderte mejor.

Te despoja de las protecciones que has construido para que el mundo no te duela, para que la realidad no te asalte. Tal vez el aprendizaje que no acaba sea exactamente eso: aprender a perderse con algo de dignidad, con algo de sentido del humor y con una paciencia infinita hacia la propia torpeza. Como sugiere Claudio Magris en El infinito viajar, el verdadero viaje —y por extensión, el verdadero conocimiento— es una forma de despojo. No acumulamos certezas, sino que vamos soltando lastre. Es aceptar que somos una mezcla confusa de canon literario, prejuicios heredados y biografía, pero que podemos habitar esa mezcla con una curiosidad que no busca la victoria intelectual, sino la comprensión del matiz.
La escritura como acto de fe y resistencia
Al final, pienso que escribo estas crónicas por una razón bastante prosaica: para no olvidar que el asombro sigue siendo una opción política. Escribo para dejar constancia de que sigo siendo un aprendiz, de que todavía soy capaz de sentir esa punzada de incomodidad que significa que algo, ahí fuera, ha logrado traspasar mi armadura. Escribo para no olvidar que hubo una reseña del gran Rafael Conte que casi cambió mi geografía mental de cómo encumbrar a un autor desconocido (en ese artículo descubro a Hidalgo Bayal), o que hubo un libro de autoayuda que, en su ingenuidad (Tus zonas erróneas de Wayne W. Dyer), me hizo enfadar tanto que me obligó a definir con mayor claridad mis propios límites éticos y estéticos.
Escribo para no olvidar que, como dijo Samuel Beckett en Rumbo a peor: «Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor». Esta idea de «fracasar mejor» es la base de toda educación humanística: la conciencia de que nunca llegaremos a la comprensión total, pero que cada intento fallido nos hace un poco más complejos, un poco menos bárbaros. El aprendizaje no acaba porque el misterio de nuestra propia ignorancia es infinito, y esa es, a fin de cuentas, la noticia más esperanzadora que puedo darme cada mañana frente a la página en blanco: que todavía queda mucha incomodidad por descubrir.









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