Foto de cabecera: Joan Didion /
Óscar Hernández Arteaga © 2024 /
Me han cambiado al turno de la mañana y me suelo despertar mucho antes de la hora. Nunca he puesto el despertador y esa es una de las consecuencias. Me voy adaptando. He trabajado durante casi toda mi vida laboral en el turno de tarde. Son las seis de la mañana, e imagino cómo enfocar el artículo, el último artículo de este año 2024. Me imagino siendo Tara Selter, la protagonista de El volumen del tiempo I, la extraordinaria novela de Solvej Balle, que se encuentra atrapada temporalmente y, repitiendo con variaciones y envejecimiento, el mismo día (al parecer es la primera entrega de un total de siete novelas que están por llegar).
Imagino que todo mi entorno sigue igual, mientras yo voy envejeciendo de manera normal, pero en un solo día, en el mismo día. Y eso me hace reflexionar sobre las lecciones de vida; me lleva a pensar que los finales de años parecen estar programados para hacer recuento y extraer alguna lección. Y también en lo que le decía Kafka, en una carta de 1904, a su amigo Oscar Pollock sobre los libros y la lectura. “Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dice tu carta? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hagan felices podríamos escribirlos nosotros mismos, si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo”.
Considero esta una de las pocas lecciones de vida que reconozco, al menos en teoría, a día de hoy: sólo lo que me haga revolcarme por dentro me hará crecer. Al diablo con los libros felices, me digo. Pero las lecciones de vida son una de las pocas cosas que no sabemos gestionar bien. Todo el mundo dice que la vida es un aprendizaje, y nos lo repetimos como un mantra. Pero yo me pregunto, si en realidad, lo que ocurre es que no aprendemos nada o, en el caso de que sea un aprendizaje fallido, qué utilidad puede tener. ¿Por qué verlo como algo útil? ¿Y si la vida no tiene utilidad, ni sentido?
Ya Camus decía algo parecido. Personalmente me niego a creer que la vida tenga un fin o una finalidad. Creo que somos el resultado de un accidente biológico y darle trascendencia a eso puede ser la tarea de las religiones, del arte o de los filósofos. En cualquier caso, también siento (algún día que otro) que quizás la lectura me reconcilia con este sentimiento (sentimiento de trascendencia o de inmanencia aguda). Sigrid Nunez y su novela El amigo es un ejemplo claro de esto. Quizás la literatura (el arte en general) intenta ordenar el caos que se nos presenta ante el enigma biológico (que quizás no sea tan enigmático). Nunez narra la pérdida de su mejor amigo y cómo acaba adoptando el perro de este. Ella, una neoyorquina que vive en un apartamento minúsculo, se hace cargo de un mastín enorme y viejo. El vínculo que se crea entre la mujer y el animal es realmente conmovedor.

Me viene a la mente la música de Muerte entre las flores, compuesta por Carter Burwell. Es una de mis bandas sonoras de cabecera y mi película favorita de los hermanos Coen. El filme es de 1990; yo era un niño entonces y recuerdo verla con asombro. No sabía nada del lenguaje cinematográfico, ni de las adaptaciones literarias (no es que ahora sepa mucho más), pero aun así me cautivaba la historia y la forma en que estaba contada. Creo que los hermanos Coen están en absoluto estado de gracia y que los actores y la puesta en escena, el montaje, la fotografía, la música, la trama, son geniales. El travelling de la copa de los árboles, (desde abajo) y el sombrero que escapa al viento es icónico.
Se suele decir que los títulos de las películas dobladas son peores que sus originales y se acostumbra a citar como ejemplos Vértigo de Hitchcock, que en la versión doblada se llamaba De entre los muertos (spoiler incluido), o Colorado Jim (The Naked Spur) de Anthony Mann (cuyo protagonista interpretado por James Stewart, no se llamaba Jim ni era de Colorado), pero en el caso de la película de los hermanos Coen (la dirige Joel, la produce Ethan y la escriben los dos), creo que me quedo con el título español, en la misma línea poética que Centauros del desierto de Ford).
Muerte entre las flores es un título hermoso (Miller’s crossing es el título original y remite al nombre del bosque donde suelen llevar a aquellos a los que se quiere eliminar). Es una adaptación de La llave de cristal, novela de Dashiell Hammett, de la que hay otras versiones; yo recuerdo la de Veronica Lake de 1942. La ambigüedad moral, detectives desencantados, matones torpes, malos que no son tan malos, psicópatas humanizados y una leve atmósfera existencialista parecen ser los ingredientes del cóctel. De fondo, la ley seca, la rivalidad de dos bandas y el amor de una mujer. Creo que el género negro es ideal para tocar temas existenciales y existencialistas. La gestión de la libertad y las tramas que se complican para cuestionar el libre albedrío dan pie a un aprendizaje fallido. No sé si aprendemos, sinceramente.
El asunto sartreano (derivado de las reflexiones del filósofo francés Jean Paul Sartre) sobre la existencia que precede a la esencia y cómo estamos condenados a ser libres, es decir a elegir, es algo que siempre me ha perseguido. La conciencia de los conceptos construye tu propio miedo. No es que apueste por la ignorancia, pero es verdad que la conceptualización de la realidad a veces te da fundamentos para defender tu propia angustia. Esa angustia existencial tan sartreana…
Recuerdo que hace tiempo hice una entrevista de trabajo. En realidad, era el final de un proceso laboral que se había prolongado en el tiempo durante un año. Tardé medio minuto de reloj en contestar a las preguntas. Mientras lo hacía sentí esa angustia existencial. El proceso fue una elección mía y he de responsabilizarme de ello. Pero la verdad es que siempre me arrepiento de las elecciones que hago. Es mi gran defecto. Y, por consiguiente, cualquier elección que haga para calmar la dichosa angustia, me provoca con el tiempo, una angustia añadida. Todo un aliciente eso de ser un existencialista de pro.
Creo que siempre elegimos mal (no se puede elegir bien, en un juego, en la vida, que por definición siempre termina). Lo que me recuerda otra película que vi la semana pasada, Escape, de Rodrigo Cortés. Mario Casas encabeza un elenco espectacular de actores (Blanca Portillo, Pepe Sacristán, Willy Toledo, Ana Castillo). La premisa: un joven con tics nerviosos decide que no quiere seguir eligiendo (un pasado que vamos descubriendo es fundamental en esa decisión). Quiere perder la libertad, quiere dejar de ser autónomo, y opta por dejar de elegir. Para eso escapa de sí mismo y no se le ocurre mejor manera de hacerlo que deseando a toda costa que lo metan en la cárcel.

Leo para el podcast Cabeza de libro la novela El amigo de Sigrid Nunez. A mi compañero le entusiasma. Yo creo que Sigrid escribe bien. Y toda esa historia del perro es conmovedora. Pero nada más. Para más inri, al final del libro, la autora o la narradora se excusa y nos explica que todo lo que hemos leído es ficción. Y aquí volvemos a lo de siempre. ¿Es necesario eso? ¿Las lecciones de vida no son acaso una ficción para calmar la angustia existencial? ¿A qué viene romper esa cuarta pared y desmontar lo que nos ha calmado durante un tiempo? Porque ya sé que es mentira. Y que la apariencia de realidad es sólo eso, una apariencia.
Me sumerjo en El año del pensamiento mágico de Joan Didion. Y creo haber descubierto uno de los estilos depurados de escritura más precisos que he visto; y eso que es una traducción (del gran Javier Calvo, por cierto). La supuesta frialdad con la que la autora describe la desaparición de su compañero y la enfermedad de su hija en ese fatídico año en el que se encuentra con el pensamiento mágico, basado en que no quiere otra cosa que el regreso de su marido y que su hija se recupere, me resulta conmovedora. Atravesar el duelo de una manera tan racional y periodística me parece un logro. No caer en el sentimentalismo ni en los lugares comunes. Y me pregunto: ¿es eso una lección de vida? Honestamente creo que no. No creo que la muerte de un ser querido sea una lección de vida.
Llegados a este punto, mi posible conclusión sería que, a pesar de la literatura y el cine, y el género negro, no hay lecciones de vida que nos ayuden a progresar. No se progresa. Quizás esa sea la lección. Al final de año, me sumerjo a contrarreloj (como siempre) a escribir sobre las bondades de 2024. Y encuentro pocas. Pero seguimos vivos. Y seguimos siendo testigos de las barbaridades de Occidente y del mundo libre. Doy por hecho que la libertad es un espejismo. Y, claramente, me ocupo de las cosas cotidianas. Agradeciendo no padecer una enfermedad o no estar en medio de un conflicto bélico, me refugio en el día a día, en su inercia. Y busco la vida de San Ambrosio (resulta que nací el día en el que lo hicieron obispo). Es un giro espectacular (porque tengo poca vocación religiosa). Prefiero el libro de Anna Pacheco sobre el turismo. Ya sé que mis temas, últimamente y en este año que termina, se están repitiendo como el ajo.
Vuelvo a Didion, tan racional y equilibrada, de la que me fascina su forma de transitar el duelo. La noche del 30 de diciembre de 2003 pierde a su marido, con el que llevaba casi 40 años casada. Y durante el año 2004 no hace sino recordarlo, convocando su presencia casi con cada cosa que hace. Ha de esperar a finales de 2004 para darse cuenta de que a los muertos hay que dejarlos marchar; de que, en los recuerdos que tendrá en 2005 sobre el año anterior ya no va aparecer su marido.
Su 2004 fue un año dominado por el pensamiento racional, pero también por el pensamiento mágico. ¿Y no es eso lo que nos ocurre a todos? Lo que no podemos controlar lo intentamos racionalizar y el dolor que supone la vida con su juego aleatorio es asumido o no de una forma (a veces) mágica. Ese pensamiento mágico es el que está en la base de la fuerza racional con la que nuestra narradora/protagonista/autora intenta lidiar su tragedia personal. ¿Es eso una lección de vida? ¿O simplemente un capítulo más?, sigo preguntándome. Lo que escapa a nuestra capacidad de control se nos impone como algo real y al mismo tiempo irreal. Las desgracias tienen esa dimensión mágica y extraña. Es como si de repente te recordaran lo precario y milagroso que es todo este asunto de la vida y la muerte. Me he puesto un poco teólogo laico, ya lo sé. Hay un relato detectivesco en todo esto, una crónica minuciosa y un género negro (negro oscuro) que intenta mostrar y representar lo insólito.
La memoria es la manera mágica y humana de convocar la presencia real del marido fallecido. Es una crónica racional de los recuerdos emocionales de la protagonista. Y los sueños, el inconsciente y su poder simbólico, es la forma de la ficción para lidiar con el duelo. La autora nos dice que una cosa es el dolor y otra el duelo.
Recuerdo que cuando murió mi padre ya había atravesado la idea de perderlo (el dolor se instaló por culpa de su enfermedad, seis meses antes de que falleciera) y el duelo fue lo que se impuso luego. Tenía, como dice Joan Didion, que estar muy atento. El dolor es algo pasivo, es algo que te pasa. El duelo, sin embargo, requiere atención. Desterrar los pensamientos que vienen como un torrente y dedicarle tiempo a la crisis. Y obvio que lo hizo (Didion) y lo hizo de manera magistral. Yo seguí pasivo, sin asumir nada, y sin aprender nada.

Googleo lo que significa pensamiento mágico en psicología y me salen dos acepciones generales, una con un matiz psicológico y otra con un acento religioso. La interpretación psicológica (la de una rama de la psicología) alude a cierta alteración cognitiva de la realidad (como para no tenerla después de una pérdida devastadora). La religiosa es la que gobernaba los llamados pueblos primitivos; el animismo –la creencia de que las cosas y los elementos de la naturaleza tienen alma y conciencia– es una consecuencia del pensamiento mágico. Me hace recordar al cazador nómada Dersu Uzala, cuyas peripecias fueron recogidas por el capitán Vladimir Arseniev, a principios del siglo XX, y llevadas al cine por Akira Kurosawa en la década de los 70. Recuerdo a Dersu hablando con el fuego, con el agua y con el viento.
Del cineasta japonés recuerdo Los siete samuráis y esos actores con calva postiza que siempre me sacan de la historia, hasta que entiendo que es un recurso teatral y visual para marcarlos como pobres campesinos y víctimas. El duelo tiene algo de teatral e histriónico. Asumir la ausencia de alguien querido es asumir que tus itinerarios con esa persona ya no son posibles, y el vacío de la trama que se repite de manera automática te descoloca. Sólo el tiempo es capaz de rellenar esa rutina compartida con otras personas y son los recuerdos del futuro los que te aíslan del dolor. Pero no creo que eso sea una lección de nada.
Sigo despierto en mi cama y pronto será la hora de levantarme para ir a trabajar. He utilizado la madrugada para pensar en todo esto (ahora tendré que ponerlo por escrito), porque desde que trabajo de mañana al no usar despertador, suelo despertarme mucho antes, me desvelo y me pongo a leer. He terminado el libro de Didion. Busco algo sobre su hija. La había adoptado y se llamaba Quintana. Falleció en 2005. Didion perdió a su marido en diciembre de 2003, atravesó el duelo y el dolor y decidió escribir sobre todo el proceso en 2004, mientras su hija estaba hospitalizada a causa de una neumonía y de un shock séptico.
Me levanto y me preparo para irme a trabajar. Dejo que entren los obreros para que terminen de arreglar el techo. Le preparo el desayuno a mi madre y me aseguro de que se tome las pastillas. Estamos terminando el año. No sé si ha sido un buen año. Me doy una ducha, me visto y salgo. Camino bajo la fina lluvia y voy preguntándome cuál es el sentido último de mi existencia. Quizás alguna banda sonora me ayude a resolver esa incógnita. Busco los auriculares y pongo la melodía de El hombre de Mackintosh. Detrás de esta maravilla está Maurice Jarre. Es el compositor de Doctor Zhivago, Lawrence de Arabia y El club de los poetas muertos, entre muchas que ahora no me vienen a la cabeza. Su música tiene ese elemento humano que nos completa por su trascendencia y por el bucle de estar haciendo cosas que nos remiten a lo que queremos trascender.
Nuestra ruta de vida es esa paradoja en la que creemos que todo es por algo, cuando en realidad es muy posible que lo único cierto sea eso. Ese rollo de que lo importante es el camino, pero tirado sin mucho apego al camino. Tardaré unos diez minutos en llegar a la parada del tranvía. Me encuentro entre el sol y la luna, son las siete y cuarenta. Como siempre, me faltan palabras. Me llegan correos deseándome felices fiestas. Nada tiene sentido y, sin embargo, sigo andando. El itinerario, el camino me anda a mí, más bien. Seguro que llego tarde. Podría romper la cuarta pared y dirigirme al que está escribiendo, y pedirle que se deje de monsergas y que se espabile y que no espere tanto una lección de vida como la propia vida sin lecciones. Seguir andando, seguir escribiendo. Recomendarles a todos Not other land, el valiente documental, que pueden encontrar en Filmin, sobre el conflicto palestino-israelí. Esta es su sinopsis: “Basel Adra, joven activista palestino de Masafer Yatta, en Cisjordania, lucha desde su infancia contra la expulsión masiva de su comunidad por las autoridades israelíes. Documenta la erradicación a cámara lenta de los pueblos de su región natal, donde los soldados desplegados por el gobierno israelí derriban poco a poco las casas y expulsan a sus habitantes. En un momento dado, conoce a Yuval, un periodista israelí, que le apoya en sus esfuerzos. Surge así una improbable alianza. Pero la relación entre ambos se tensa por la enorme desigualdad que los separa: Basel vive bajo ocupación militar mientras que Yuval vive libremente y sin restricciones.”

¿Y después de esto? ¿Desearles felices fiestas, un buen 2025, etcétera? Siempre hay esperanza. La repetición es una esperanza y los finales que no terminan también. Viendo la última película de Jonás Trueba (Volveréis), escucho a su padre hablar sobre Kierkegaard y Stanley Cavell. El personaje que interpreta Fernando Trueba es el padre de la protagonista y en una escena (que creo que es la mejor de la peli), en la que ella le cuenta que se va a separar de su pareja, tras 14 años de vida en común, y que tiene pensado montar una fiesta para celebrarlo (siguiendo la idea que su padre le había trasladado a ella y a su hermano, años atrás), vemos a un Trueba asombrado (un tanto arrepentido y responsable por la idea), que empieza a filosofar sobre la naturaleza del asunto y le trae de su biblioteca personal unos libros que le sirvan a la hija, a la que ve necesitada, de bibliografía. ¿Qué otra cosa puede hacer un padre por sus hijos? (le dice un Trueba en estado de gracia). Cuando veo esta escena, envidio a Jonás Trueba por haber podido filmar a su padre. Jonás Trueba cuenta que la idea de la película le vino por una conversación con su progenitor. Es otro ejemplo de la mezcla entre realidad y ficción.
Me quedo con el recuerdo de Stanley Cavell (un filósofo norteamericano, del que hablaré en próximas crónicas, fallecido hace unos años) y con un libro suyo que tenía en casa llamado La filosofía pasado el mañana, una serie de artículos y reflexiones sobre Shakespeare, Wittgenstein, Heidegger, Henry James, Thoreau…, donde destaca un ensayo que comienza con Nietzsche y culmina con Fred Astaire. De él Trueba recomienda (nos recomienda) sus obras: El cine, ¿puede hacernos mejores? y La búsqueda de la felicidad, donde sostiene algo así como que lo importante es vivir, nada de sistemas complejos.
Lo importante es vivir. Y eso de que el cine nos hace mejores, o al menos puede hacernos mejores seres pensantes y vivientes, me lleva a seguir reflexionando sobre las lecciones de vida. Quizás el cine sea la herramienta para conocernos y para aprender. Quizás la estética como compromiso ético con nosotros mismos sea una posible respuesta al dilema planteado aquí sobre nuestra condición biológica y accidental. Ya se está terminando el año y yo debería terminar esta crónica.
Pero he entrado en la repetición. Los dolores de la vida y las pérdidas de los seres queridos en estas fechas se hacen dobles pérdidas. Quizás sea como dice Kierkegaard, en el libro que le recomienda Fernando Trueba a su hija de mentira (la gran Itsaso Arana), que “el amor repetición es la respuesta y da la felicidad frente a la tristeza del recuerdo. Lo peculiar del amor repetición es la deliciosa seguridad del instante”. La repetición entonces. Etcétera.





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