Emma Rodríguez © 2024 / 

He estado sumergida últimamente en un libro que no dudo en calificar como una experiencia de lectura transformadora, de esas que despiertan, que iluminan los alrededores, que modifican, o mejor aclaran, la mirada sobre determinadas cosas, que agitan y renuevan los argumentos. He ido afrontando sus trechos, sus capítulos, con pausa, pero intensamente, como quien emprende una caminata por senderos desconocidos, estimulantes por las sorpresas que deparan, dejándose llevar por las zonas de luz que se van abriendo paso entre los espacios en sombra. Sucede algo así mientras vamos pasando las páginas de esta obra que nos descubre un paisaje que no habíamos visto en conjunto y que se enriquece enormemente al ir hallando las conexiones entre sus elementos, sus territorios, sus relieves, las emociones que nos van embargando durante la contemplación.

Este libro, del que voy a hablaros, intentando compartir de la mejor manera posible mi experiencia, se titula Mujer y naturaleza. El rugido en su interior. Lo escribió la ensayista, poeta y autora teatral Susan Griffin (Los Ángeles, California, 1943), después de que le pidieran dar una conferencia sobre las mujeres y la ecología, y fue publicado por primera vez en Estados Unidos en 1978, considerándose desde entonces como una obra inaugural, pionera, del ecofeminismo. Han tenido que pasar nada menos que 46 años para que una editorial, Plankton Press, haya decidido publicarlo en España, permitiéndonos acceder a una visión que resulta deslumbrante porque nadie nos la había presentado de forma tan reveladora.

Griffin explica que el tema fundamental del ensayo es “la idea de la mujer creada por una cultura empeñada en la dominación tanto de la mujer como de la naturaleza” y señala a continuación que “los hombres tampoco son necesaria e individualmente los antagonistas, tanto como sí lo es el pensamiento que subyace a la dominación masculina”, aclarando que “no hace falta ser hombre para permitirse esta forma de pensar”.

«Mujer y naturaleza. El rugido en su interior» Fue escrito por la ensayista, poeta y autora teatral Susan Griffin en 1978, después de dar una conferencia sobre las mujeres y la ecología. Han tenido que pasar 46 años para que una editorial haya decidido publicar en España EstE Libro inaugural, pionerO, del ecofeminismo.

La comunión entre la mujer y la naturaleza, a través de iluminadoras asociaciones, vertebra una obra que nos muestra la manera en que, a lo largo del tiempo, de todo el trayecto de la evolución humana, ambas han sido oprimidas, explotadas, consideradas inferiores, bajo la dirección del antropocentrismo, bajo el marco impuesto de la indiscutible superioridad de los hombres blancos, que son los que han decidido y relatado los distintos capítulos de la historia; los que han marcado la importancia de determinados hechos, eliminando de los archivos otros, anulando y silenciando maneras de ser, de sentir, de crear.

No se trata de un libro fácil; de hecho resulta complejo y cuesta abrirse paso en su maleza, pero una vez que lo conseguimos, simplemente dando pasos hacia adelante, dejando que conecte con nuestros sentimientos y emociones, resulta altamente inspirador, liberador, transformador, como os decía al principio. Hay que dejarse llevar, sí, por el discurrir de una narración que por momentos resulta apabullante, hasta ir encontrando claros, destinos llenos de sentido. Como “un clamor político y literario” define la obra la poeta y periodista Azahara Palomeque, autora del prólogo, quien valora su sensibilidad poética como “herramienta de cuestionamiento” y “desestabilización del lenguaje hegemónico”.

El texto de presentación nos ofrece claves muy interesantes para adentrarnos en esta obra tan especial, tan atípica. Palomeque alude a los recursos vanguardistas de la misma, a su estructura de capa sobre capa, a “la alternancia de voces, en apariencia contradictorias”. Son mecanismos que permiten a Susan Griffin explorar en profundidad argumentaciones largamente asumidas que justifican el machismo, el racismo, el colonialismo… Recurre Palomeque a la acertada figura de un jeroglífico y nos dice que para descifrarlo “debemos, quizá, remontarnos a la filosofía griega, concretamente Platón, y luego emprender un viaje apasionante por el cristianismo, las devastadoras hazañas colonizadoras, hasta llegar a la revolución industrial, y finalmente nuestros días”.

Susan Griffin, en efecto, nos invita a realizar un recorrido abarcador, que atraviesa los grandes y decisivos momentos históricos. Hace uso de una vasta bibliografía, recurre a voces y hallazgos ajenos, que se van introduciendo de forma fluida en el discurrir narrativo. Se hace acompañar de destacadas pensadoras, escritoras, activistas y nombres esenciales del feminismo que la han inspirado. A su lado, entre muchas otras, caminan Mary Wollstonecraft, la autora de Vindicación de los derechos de la mujer, obra inaugural, indispensable, de 1792; Simone de Beauvoir, Simone Weil, Hannah Arendt, Virginia Wolf, bell hooks, Audre Lorde, Rachel Carson, Doris Lessing, Jane Goodall, Adrienne Rich, a quien dedica el libro… A través de lecturas y lecturas, de puentes de afinidad, de conexiones y saludables conspiraciones, Griffin va dando cuenta de las ideas inoculadas sobre la mujer, desde que el mundo es mundo, a través de la religión, de la ciencia, de la cultura. Una y otra vez, al hilo de la lectura, he anotado en mi cuaderno: ¡Cuánta misoginia! ¡Cuántos siglos de misoginia! ¡Cuántas barbaridades!

Como “un clamor político y literario” define la obra la poeta y periodista Azahara Palomeque, autora del prólogo, quien valora su sensibilidad poética como “herramienta de cuestionamiento” y “desestabilización del lenguaje hegemónico”.

Las voces van cambiando a lo largo del recorrido. Al principio la ensayista recurre a un tono impersonal, a una primera voz pasiva, que, como dice Palomeque, evoca la autoridad patriarcal, una autoridad que dicta sentencias, que no admite réplicas, porque parece llegada desde las alturas. A través de encabezamientos como “se dice…”, “se ha observado…”, “se ha decidido…” se van enumerando investigaciones, logros, pensamientos, con los que se ha ido forjando la idea de la superioridad masculina, su justificado dominio, por tanto, sobre la naturaleza, las mujeres, los pueblos colonizados, las razas consideradas inferiores. Al mirar en conjunto el devenir del progreso, se observa como, frente a la visibilidad y apoyo a cada uno de los descubrimientos, de las hazañas realizadas por hombres, las aportaciones femeninas, sus figuras de referencia, han sido menospreciadas, ocultadas.

En la introducción a la segunda edición del libro, en 1999, expone la autora: “A mediados de los años setenta, mientras daba clases y escribía, me interesé en una noción estereotípica y antigua sobre las mujeres. La suposición de que estas están más cerca de la naturaleza es algo omnipresente en la complejidad del arte y de la literatura europeos (…) Dicha noción no es un cumplido. En la geografía jerárquica de la tradición europea, no sólo los seres humanos están por encima del resto de la naturaleza, sino que los hombres están más cerca del cielo que las mujeres. En resumidas cuentas, la idea de que las mujeres están más cerca de la naturaleza es un argumento para la dominación femenina”.

Pensemos en la imagen del Paraíso, de Adán y Eva, y sigamos tirando del hilo. Mujer y naturaleza analiza como factores centrales de las ideas de dominio, la imposición de la razón sobre la emoción, del cuerpo sobre el alma, de lo tangible y calculable sobre lo misterioso y lo espiritual, que forman parte esencial de la existencia. A través de los ríos del tiempo, los hombres han ido dejando constancia de sus investigaciones, de sus estudios, de sus conclusiones, mientras a las mujeres se les imponía el silencio, se las culpaba por su intuición, por su sabiduría emocional, por su cercanía a la tierra, a los bienes de la tierra. Las mujeres como fuentes de lo maligno, de lo salvaje. Miles de mujeres juzgadas por brujas, condenadas a la hoguera, un hecho brutal que nos acompaña en todo el recorrido. 

Susan Griffin en una fotografía de 1965, en North Beach, San Francisco. Faltaban 13 años para que se publicase «Mujer y naturaleza».

Susan Griffin no permite que se olvide, rescata sus voces, sus memorias, del mismo modo que reclama el grito, el rugido feroz, ante las violaciones y los ultrajes. Forjada en el activismo, nutrida en el espíritu rebelde y contestatario de los años 60, impulsada por los logros de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, por el empuje del feminismo y del ecologismo, lo que hace la autora es darle la vuelta al relato que nos ha llegado a través de generaciones y generaciones, contarlo desde otro punto de vista. ¿Acaso la proximidad a la naturaleza, la cercanía a los procesos vitales, no debería ser un indicio de superioridad?, se planteó en su día el feminismo, desmontando un argumento tan largamente asumido. El flujo constante de ideas, de perspectivas, nutre este libro, que, a su vez, estimula a seguir construyendo nuevos espacios de debate, nuevas maneras de mirar y sentir.                                                              

¿Os imagináis cómo sería nuestra percepción del mundo si las voces narradoras hubieran sido femeninas? ¿Qué tipo de sociedades se habrían construido; qué guerras y conflictos podrían, tal vez, haberse evitado? ¿Cuál sería nuestro presente? Como mero ejercicio especulativo, ficcional, ya resulta fascinante ponerse a imaginar todo esto, aunque siga molestando a tantos el levantamiento de las voces femeninas, su reivindicación. 

Una y otra vez comprobamos la permanencia de esa molestia, expresada en ocasiones de manera sutil, otras desde el aspaviento, en la calle, en las redes sociales, en los ámbitos de la política, de la cultura, del periodismo. El otro día, sin ir más lejos, fui consciente de ello al empezar a leer un artículo de uno de esos escritores acostumbrados a agitar su sentido crítico, transgresor, ante las obras de otros, en general ante casi todo. Se refería a la moda actual de editar a mujeres por el simple hecho de serlo, dando a entender que ese era el principal criterio, no los méritos de las obras publicadas. Al despojarlo de adornos, se trata de un argumento simplista al que tantas veces hemos de enfrentarnos. Ya es hora de bajar el tono. Ya es tiempo de acabar con el victimismo, con el discurso de la desigualdad, parecen querer decirnos.

Este libro de Susan Griffin nos transmite el deseo de hacer todo lo contrario, de no callar nunca más, de revertir lo que ha sucedido durante demasiado, demasiado tiempo. ¡Qué pocas quejas, qué pocas críticas cuando no se prestaba atención a lo que decían, escribían, las mujeres, cuántos hombres mirando para otro lado ante las humillaciones! Al hilo de esta constatación reflexiono sobre la necesidad de educar a los hombres, desde niños, en el feminismo, sin dejar de reconocer que, a día de hoy, son muchos los que, sin duda, se sienten identificados con los llamamientos de este ensayo, escrito con una asombrosa prosa poética, que aúna fragmentos de libros, voces diversas y renovadoras, a la manera de una narración colectiva que nos hace ver las cosas de una manera completamente distinta.

A través de los ríos del tiempo, los hombres han ido dejando constancia de sus investigaciones, de sus estudios, mientras a las se las culpaba por su intuición, por su sabiduría emocional, por su cercanía a la tierra. Las mujeres como fuentes de lo maligno, de lo salvaje. Miles de mujeres juzgadas por brujas…

Nos demuestra su autora que sobre las violencias ejercidas contra las mujeres, contra los ecosistemas, no cabe dejar de hacer ruido; que contra los silenciamientos, contra la omnipresente corriente de la misoginia, no cabe la rendición y hay que seguir avanzando. Avanzar, imponer otros relatos, otras acciones, por el bien de todos –no solo de las mujeres–; por el rumbo del planeta, de la humanidad, hacia la construcción de sociedades mejores, menos belicosas, defensoras de la paz, más en armonía con los entornos naturales. 

Si queremos salvarnos a nosotros mismos y al planeta que nos sustenta, es necesario que haya un cambio monumental, tanto en nuestra forma de pensar como en nuestra forma de vivir”, apuntaba Griffin en 2016, en la introducción a la tercera edición de Mujer y naturaleza, invitándonos a cuestionar la ortodoxia dominante, según la cual “la lentitud indica despilfarro, la rapidez se alía con la productividad, la productividad con el progreso” y este “con un aumento del nivel de vida, que incluye muchos aparatos que, a su vez, permiten aún más rapidez”. Una dinámica, en fin, que no permite parar, que enreda en un movimiento sin fin que nos anula en lo más profundo. Las reflexiones de Griffin conducen a la búsqueda de otras alternativas que deben pasar, algo que parece lejos de suceder a día de hoy, por un decrecimiento consciente, que debe ser asumido e incluso deseado por sus beneficios para una mejor vida para todos; porque no se trata de tener menos, sino de repartir mejor, de disfrutar más del tiempo… 

Me he detenido en este aspecto porque me parece realmente importante y porque da idea del alcance de una obra que registra, paso a paso, hecho a hecho, a través de la ciencia, de los descubrimientos, de los aconteceres históricos, como ya he expuesto, el desigual y cruel trayecto que han sido obligadas a seguir las mujeres.

Cuenta Susan Griffin que fue en la ferviente década de los 60, durante su implicación en manifestaciones y huelgas a favor de los derechos civiles, cuando encontró la voluntad y la fuerza para oponerse a la injusticia, a la vez que halló el lenguaje para escribir este libro que visibiliza, de manera absolutamente esclarecedora, el desprecio continuado hacia las mujeres, reducidas a cuerpos fértiles, reproductores; la opresión a la que han sido sometidas y que se sigue produciendo, pese a los avances del feminismo, en muchos ámbitos: en los centros de trabajo, incluso en el interior de las casas, a través de las labores y comportamientos asumidos en cuanto a los quehaceres domésticas, la crianza de los hijos, los cuidados.

Mujer y naturaleza es un libro que avanza, que evoluciona en su propuesta, a través de las ventanas que va abriendo, de las corrientes que impulsa. La voz del patriarcado se va apagando a medida que pasamos las páginas y vamos tomando conciencia de la voz femenina, a través de un ingenioso, inteligente y certero juego de revelaciones, de conexiones. La explotación de los campos, el control de la tierra, el expolio de los bosques, la domesticación de los animales (la tecnificación cada vez mayor en lo referente a los ganados, la manera de domar a los caballos…) se asocia a la sumisión de las mujeres, a la posesión sobre sus cuerpos y sus destinos. Susan Griffin nos invita a reconocernos juntas, bajo el paraguas de un poderoso “nosotras”. Un plural protector, lleno de dignidad, de experiencias compartidas, de descubrimientos y desenmascaramientos de toneladas de mentiras. 

La explotación de los campos, el control de la tierra, el expolio de los bosques, la domesticación de los animales (la tecnificación cada vez mayor en lo referente a los ganados, la manera de domar a los caballos…) se asocia a la sumisión de las mujeres, a la posesión sobre sus cuerpos y sus destinos.

Imposible dar cuenta aquí de lo mucho que destapan estos capítulos en los que se habla, por ejemplo, de las operaciones estéticas a las que se invita a las mujeres para mantener la juventud (la apariencia de juventud) el máximo tiempo posible, sin permitirles la apacible transición a la vejez, el reconocimiento de la belleza en esa etapa de la vida. La maternidad, el cuerpo femenino, el placer y todo lo que lo rodea, sometido a los dictados masculinos durante tanto tiempo, es explorado por la autora. La poesía es su lenguaje, esos hermosos fragmentos líricos, narrativos, que ponen el foco en distintos temas.  

El libro va ganando en intensidad, en potencia, hasta llegar a la parte final, que es cuando se ofrece una visión diferente, cuando ella, ellas, ven a través de sus propios ojos. En mi opinión, llegar hasta aquí, después de un recorrido tan lleno de vertientes, de abismos a los que asomarse, de intrincados senderos en dirección a reveladores hallazgos, es como una explosión de alegría, de rebeldía, de reivindicación, de reconocimiento.

Me he dejado muchas cosas por el camino, que hubieran reclamado más atención y que, sin duda, si emprendéis vuestras propias lecturas, os impresionarán, pero he decidido detenerme más tiempo en este punto de llegada para disfrutar de su estallido de emociones, de sentidos. Bajo el título Su visión, Griffin dirige, en el cuarto capítulo de su libro, una fascinante coral de voces que nos eleva, que nos conduce, una vez atravesada la oscuridad, hacia un “lugar lleno del amor de las mujeres hacia las mujeres”, un espacio “lleno de la presencia de las madres”, en el que “todo el mundo es una hija”, en el que las generaciones se abrazan, en el que las distintas edades habitan en armonía, con el conocimiento cada vez más claro de lo que son, de lo que las constituye, con la tierra, las plantas, las mareas, toda la naturaleza, dentro de ellas. 

Griffin dirige, en el final de su libro, una fascinante coral de voces que nos eleva, que nos conduce, una vez atravesada la oscuridad, hacia un “lugar lleno del amor de las mujeres hacia las mujeres”, un espacio “lleno de la presencia de las madres”, en el que “todo el mundo es una hija”.

Hay pasajes de gran belleza en estas páginas que llegan a conmover. Entramos en un tiempo nuevo”, en el que ya no da miedo hablar, anuncia la autora. Y hay un momento en el que se enumeran los logros de las mujeres, en el que se destacan obras y puntos de inflexión, en el que la historia se somete a otra luz, a otro foco deslumbrante. Todo lo dicho, todo lo sentenciado, se desmonta, es caricaturizado. Tantas cosas vistas como negativas son reivindicadas: “Sí, somos diabólicas; es cierto, cacareamos. Sí, somos oscuras como la tierra y salvajes como los animales. Y nos volvemos unas hacia otras y miramos fijamente esta oscuridad. La encontramos preciosa. La encontramos irresistible. Nada es secreto. Mostramos lo que ellos dicen que es nuestra maldad...”  

Susan Griffin fotografiada por Alanna Hale.

El nosotros lo llena todo, recoge sueños, emociones, anhelos, ideales, convicciones, se enfrenta a las antiguas cicatrices…  “Decimos que somos parte de lo que se forma y somos parte de lo que se está formando. Dormimos y recordamos nuestros sueños. Nos despertamos. Os decimos que sentimos cada momento, os decimos que nos afecta cada detalle. Nos permitimos sobrecogernos. Nos permitimos el éxtasis, el grito, la histeria, la risa, el llanto, la rabia, el asombro, el sobrecogimiento, la delicadeza, el dolor, estamos gritando (Susurramos que hay un rugido en nuestro interior). (RUGIMOS)”. 

La actitud de maravillarse ante el comportamiento de la naturaleza, de los animales; el aprendizaje de la confianza, son partes fundamentales del recorrido, lecciones que indican nuevos rumbos. Susan Griffin nos anima a recuperar a las niñas que fuimos, a volvernos hacia nuestras madres, hacia todas las historias que callaron. Historias de usurpación de derechos (derecho a la propiedad, al salario, al voto, a la educación, a la emoción, a la pasión…) “Sobrevivimos al escuchar” tantas historias no contadas; al abrir los antiguos archivos, al acceder a las crónicas y destapar los ocultamientos, las brutalidades; al reconocernos en comunión con la naturaleza, y defenderla, de todas las formas posibles, del maltrato, porque “sabemos que estamos hechas de esta tierra”.

Sobreviviremos si somos conscientes de que no hay rendición posible, de que hay que seguir adelante, actuando, despertando a quienes aún no lo han hecho para engrandecer un grito que permaneció ahogado durante siglos. Mujer y naturaleza es un libro que ilumina el camino, un homenaje a tantas mujeres ultrajadas, maltratadas, víctimas de la violencia, abocadas a perder la autoestima, a callar, a sentirse humilladas, empequeñecidas. Es imposible reparar tanto dolor, pero está en manos de todas reconocerlo y convertirlo en rugido. Como señala Azahara Palomeque, en esta obra las brujas renacen. En cierto modo, me atrevo a decir, enderezan un rumbo que nunca debió desviarse. En nuestra imaginación, ahora, las rescatamos de la hoguera, y decidimos seguir caminando en su compañía, nutriéndonos de todo lo que esas mujeres sabían y no pudo ser transmitido.

Para terminar vuelvo a las palabras de Griffin para la segunda edición de la entrega: “Por muy lógicos que parezcan los argumentos para controlar a las mujeres y la naturaleza, ocultan una falta de lógica profunda, un  miedo intenso, en efecto, un miedo que sirve de motor para una civilización en retirada de los procesos naturales que deben incluir, y que incluyen, el cambio y la pérdida, la vulnerabilidad, el auge y la pérdida de poder, la mortalidad. La asociación entre las mujeres y la naturaleza no solo ha servido para oprimirlas, también ha funcionado como una estrategia para negarnos, un  medio para eludir la simple verdad de que la existencia humana está inmersa en la naturaleza, que depende de la naturaleza, y que es inseparable de ella”.

Mujer y naturaleza. El rugido en su interior, ha sido publicado en España por la editorial Plankton Press, con traducción de Gudrun Palomino y prólogo de Azahara Palomeque.


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Una respuesta a «Susan Griffin, el tiempo en que las mujeres ven a través de sus propios ojos»

  1. Avatar de Carmen Pouso Gonzalez
    Carmen Pouso Gonzalez

    Acabo de leer En ausencia de lo sagrado, de Jerry Mander.Ahí conozco el nombre de Susan Griffin.Voy a Google y busco porque atrae mi atención lo que dice el autor…y me encuentro con su obra recien traducida al castellano ,que pediré en la librería. ..y con esta maravillosa entrevista explicando la lectura del libro..Deseando leerlo.
    Gracias a la vida.

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